Pecado inolvidable
Capítulo 4
4
—¿ llie? —La voz de Brandy resuena en el silencio del pasillo. E
—Sí, soy yo —le contesto a gritos mientras me quito los zapatos con los pies.
—¿Se puede saber qué coño haces aquí?
Brandy dobla la esquina y aparece en pijama y con el delantal puesto. Lleva el pelo rubio con las puntas teñidas de azul, así que parece que el rosa ha pasado a mejor vida. Al mismo tiempo, Jake sale trotando al pasillo, y me inclino para acariciarle el cuello mientras se retuerce y gimotea de placer. Jake es un cruce de labrador dorado y tiene casi once años, pero sigue convencido de que es un cachorro.
—Jake, a tu cama —le ordena antes de pasarle una mano por el lomo cuando él se dirige muy obediente hacia el enorme colchón que hay junto a la puerta del patio. Me mira de nuevo—. ¿Por qué no sigues en casa de Devlin haciéndolo como locos en plan reconciliación? ¿Necesitas ropa? Suponía que la ropa no iba a ser un problema…
Deja la frase en el aire con un guiño travieso, y pongo los ojos en blanco.
—Qué graciosilla —digo—, pero he venido a verte. Y porque Devlin tiene reuniones todo el día. A ver, dirige una organización benéfica multimillonaria. Cualquiera diría que puede hacerse un hueco en la agenda, ¿no?
—El mundo está loco.
—¿A que sí? —Olfateo el aire—. Si estás haciendo muffins, tendrás el honor de alegrarme el día.
Menea la cabeza como si estuviera exasperada.
—Si ya vas flotando en una nube… Tenga reuniones o no, de ánimo se te ve estupenda.
—Pues sí —admito, y la sigo a la cocina—. Y estaré mejor cuando me des una de esas.
Brandy es un genio en la cocina. Y con la máquina de coser. Está labrándose una carrera con Bolsos BB, el negocio que empezó en Etsy para vender sus bolsos de lona encerada.
Ahora mismo los vende en varias boutique locales, por no mencionar algunas tiendas de moda en Los Ángeles. Pero estoy segura de que podría abrir una pastelería y tendría cola todos los días. Es alta y delgada, y juro que es capaz de comerse todo lo que prepara sin que un solo gramo le vaya a parar a las caderas. Yo solo mido metro sesenta y cinco, y me arriesgo a subir una talla de pantalón cada vez que las pruebo. Pero es un riesgo que merece la pena correr.
—De plátano y nueces —me dice mientras rodea la encimera para colocar una en un plato y pasármelo—. Muy básica. Lo siento.
—¿Te has vuelto loca? Me parece increíble.
Aún está caliente porque acaba de salir del horno, así que le quito el molde de papel con cuidado para no quemarme los dedos.
—Bueno. —Hace lo mismo que yo con otro muffin—. ¿Lo que dicen es cierto? ¿Está todo arreglado? ¿Devlin y tú habéis vuelto, aunque no estés en su casa echando un polvo de reconciliación?
—Créeme —respondo—, ha habido mucho de eso. Ha habido polvo de reconciliación. Y polvo de estamos juntos de nuevo. Y polvo de que está para que se te caigan las bragas al suelo.
—Estamos hablando de muchos polvos en menos de veinticuatro horas —comenta.
La miro con expresión inocente.
—¿Eso crees? Porque, de no ser por esas reuniones, podría haber seguido dale que te pego…
Levanta una mano para interrumpirme.
—Ya lo pillo. Y me alegro mucho por ti y por tu libido aún insatisfecha.
Estoy a punto de preguntarle por el chico con el que está saliendo, Christopher, y el estado de su libido, pero algunas de sus últimas palabras por fin calan en mi mente.
—¿Qué has querido decir con eso de «lo que dicen»? ¿Quién dice qué?
Acaba de darle un buen bocado al muffin y empieza a masticar como una posesa y a tragar mientras me mira como si yo estuviera loca.
—Los periodistas del corazón, los instagrameros, los tuiteros. —Supongo que he puesto cara de no entender nada, porque sigue a toda prisa—: ¿No los has visto por aquí? ¿Ni por casa de Devlin? Supuse que habrías tenido que abrirte paso a codazos para llegar a la puerta.
Meneo la cabeza, y ella me mira boquiabierta, como si no diera crédito a mi absoluta ignorancia. Acto seguido, saca el móvil y da unos toquecitos a la pantalla antes de ofrecérmelo para que pueda repasar un sinfín de imágenes con etiquetas que van desde ayer —cuando salí corriendo de casa de Brandy para ir a la de Devlin— hasta esta mañana, cuando me ha besado en su puerta hace menos de una hora. Mientras miro el móvil, aparece otra en casa de Brandy, en el momento en que meto la llave en la cerradura, ajena por completo a lo que pasa a mi alrededor.
—No puedo creer que no me haya dado cuenta de que me estaban espiando. —La miro con el ceño fruncido—. Menuda poli, ¿no?
—Antigua poli —me corrige, y estoy a punto de decirle que una periodista también debería estar ojo avizor, cuando añade—: Y, a decir verdad, tampoco son muy descarados. —Se acerca a la ventanita de la cocina que da a la parte delantera de la casa —. Ese Toyota verde lleva ahí desde que te fuiste ayer. Y el conductor está tan agachado que no se le ve ni un pelo. ¿Ves? —me pregunta al tiempo que me levanto del taburete para colocarme detrás de ella—. Y ese Subaru rojo se fue un rato. Creo que te siguió a casa de Devlin anoche y ha vuelto esta mañana. Pero ninguno de esos coches llama la atención. La calle está llena.
Tiene razón. Algunos de los barrios de la falda de la colina tienen aparcamientos reservados para los residentes. Esta calle está lo bastante alejada del barrio de las Artes como para que la ciudad suponga que los turistas no molestarán a los vecinos dejando el coche en el aparcamiento que está a pie de calle. Tal vez tenga razón, pero ya sean locales o turistas, casi nunca hay un hueco para aparcar en la calle y los numerosos coches se funden con el paisaje.
Vuelvo al taburete sin soltar el móvil de Brandy. Hay chorrocientos comentarios en las diversas entradas, y no me apetece leerlos todos. Deslizo el móvil por la encimera para devolvérselo.
—Bueno, ¿cuál es la opinión general?
—En fin, ayer era que saliste en tromba de aquí para cantarle las cuarenta… y no, no se rumoreaba nada sobre el motivo de tu cabreo. Pero ahora se ha dado la vuelta a la tortilla y todo el mundo dice que habéis vuelto. La mayoría cree que es genial, pero también hay un montón de comentarios en plan «Mierda, el buenorro está cazado». Y esa gente cree que eres una zorra destrozasueños.
—La fama es una amante traicionera —replico, arrancándole una carcajada, ya que las dos sabemos que no me gusta lo más mínimo estar en el candelero—. Pero podría ser peor —sigo—. Teniendo en cuenta quién es Devlin, podrían acosarnos cada vez que saliéramos a la calle. De momento, hemos sido casi invisibles. Joder, ni siquiera me di cuenta de que alguien nos espiaba en el circuito hasta que se publicó aquella foto.
Al principio de nuestra relación, hubo alguna que otra foto en la que salíamos juntos, pero la mayoría de los posts se limitaban a reseñar el hecho de que yo era una periodista que antes vivía en Laguna Cortez y que estaba escribiendo un artículo sobre la Fundación Devlin Saint. Los medios de comunicación no empezaron a prestarme atención hasta que Devlin me llevó a una escapada de una noche a un circuito de carreras privado en el desierto. Cometimos el error de darnos un beso arrollador en los escalones de entrada a nuestra caravana. Después de aquello, fue un «Adiós, intimidad» y un «Hola, opinión pública».
Ahora soy la mujer que ha sacado al guapísimo y enigmático Devlin Saint del mercado.
Y eso ha tenido que cabrear a unas cuantas personas.
Frunzo el ceño al pensar en el misterioso mensaje mientras sopeso esa idea.
—¿Qué pasa? —me pregunta Brandy, que al parecer se ha dado cuenta de mi cambio de humor.
—Mira esto —le digo, y entonces abro el mensaje y le paso el móvil.
—«No sabes dónde te has metido. Descubre la verdad. No te fíes de nadie» —lee en voz alta antes de mirarme a la cara—. Es superacojonante. ¿Quién lo manda?
—Ni puñetera idea. —Aplasto unas migas del muffin con el dedo, como si estuviera aniquilando al tipejo que se burla de mí—. Supongo que es alguien que cree que no sé quién es el padre de Devlin. Pero a lo mejor es por otra cosa.
Frunce el ceño.
—¿Como qué?
Titubeo, pero Devlin nunca me ha pedido que le oculte cosas a Brandy. Sabe que necesito a alguien con quien hablar. Y ahora mismo lo necesito más que nunca.
Tomo una honda bocanada de aire antes de contárselo todo a mi mejor amiga.
—Devlin me ha dicho que tiene más secretos. Pero también que no va a contármelos. Jamás.
Ladea la cabeza y me mira fijamente.
—¿En serio? ¿Y te ha parecido bien?
—Sí. No. No lo sé. —Me paso los dedos por el pelo—. Es como si me estuviera advirtiendo para que me marche, pero no puedo alejarme de nuevo, Brandy. No puedo.
—Lo sé. —Lo dice con ternura—. Lo entiendo. Pero de todas formas, si tiene secretos que pueden ponerte en el punto de mira de un chalado que te manda mensajes, lo justo es que te cuente el puto secreto.
Casi sonrío. Brandy no suele soltar tacos, así que el hecho de que diga uno demuestra lo indignada que está por mi situación.
—No te lo discuto —le aseguro—. Y no creo que vaya a ocultarme sus secretos para siempre. No somos así, ¿me entiendes?
—Todo es muy nuevo, Ellie. No es Alex, ¿recuerdas? Ahora trabajas con un «nosotros» totalmente distinto.
No replico, porque tiene razón, y esa verdad me oprime el pecho.
Brandy frunce el ceño antes de pasarme otro muffin, como si fuera un premio de consolación.
—Es probable que tengas razón. Al fin y al cabo, ese hombre está loquito por ti. Ahora quiere protegerte, pero acabará contándotelo.
—Tal vez. Lo más seguro. No lo sé. — Arrincono la tristeza—. Pero da igual. El asunto es que tal vez no sea por su padre. Quizá sea por esos secretos.
—Lo entiendo. Pero ¿de qué te sirve eso si no sabes qué secretos son?
—Da igual. Los secretos en sí no importan.
—Entonces ¿qué importa?
—Quién más los conoce.
Por un instante parece desconcertada. Después se le enciende la bombilla. Rodea la encimera y se sienta a mi lado haciendo girar el taburete para mirarme de frente.
—Me estás diciendo que alguien te ha enviado ese mensaje para asustarte. ¿Alguien que conoce los otros secretos de Devlin y no quiere que los descubras?
—Básicamente.
—Vale, tal vez. Pero ¿cómo averiguarás de quién se trata?
La miro a los ojos.
—Tengo una idea.
Frunce el ceño.
—¿Quién?
—Ronan Thorne.
Teniendo en cuenta lo mucho que Devlin confía en él, me siento un poco desleal al pronunciar su nombre, pero no puedo quitarme de encima la sensación de que no es trigo limpio. Y siempre me fío de mi instinto.
Brandy frunce el ceño de nuevo.
—Pero son colegas.
—Más a mi favor. Se cubrieron las espaldas mientras estaban en el ejército, así que ahora también le cubrirá las espaldas a Devlin, ¿no?
—Supongo, pero esto…
—No se fía de mí.
Brandy se pone muy recta.
—¿Qué dices?
—No sé, o a lo mejor no le gusta que sea periodista. —Me paso la mano por el pelo enredado—. Solo sé que intentó advertirme de que no me acercara a Devlin. Dijo que yo era una distracción.
—Oooh. —Alarga la sílaba al tiempo que asiente con la cabeza —. Lo distraes de todas las cosas secretas que hace.
—Eso creo. Y Ronan fue a Las Vegas cuando Devlin y yo estábamos allí. Estuvieron hablando en el bar del vestíbulo a las tantas. Y cuando me reuní con ellos, a Ronan no pareció hacerle mucha gracia verme.
—A lo mejor interrumpiste una reunión importante. O tal vez sienta un afán protector por su amigo. Como cuando tú y yo nos preocupamos la una por la otra.
—Es posible —convengo—. Pero me dio la sensación de que había algo más.
—Vale, vas hacia atrás. ¿De qué secreto estaríamos hablando? De algo que los atañe a los dos, ¿no? No de cuando estaban en el ejército, porque eso se acabó. De algo de la fundación, ¿verdad?
—Eso es. Pero ¿qué? La fundación apoya un montón de causas. Sé que ayuda a las víctimas del tráfico de personas, pero eso solo es la punta del iceberg.
—Ronan estaba en Las Vegas, y allí hay un centro de recuperación para las víctimas. ¿Tal vez haya algo allí?
—Es posible —contesto—. Pero fue una visita rápida. Podría haber ido a Las Vegas porque tenía que hablar con Devlin y nada más.
—¿Intentarás averiguarlo?
Trago saliva, titubeante. Devlin ha dejado claro que piensa guardar sus secretos con celo, así que husmear con el fin de averiguarlos sería una violación de las reglas de pareja. Pero quiero saber a qué se refiere el mensaje y, a menos que conozca el secreto, ¿cómo voy a averiguarlo?
—¡Mierda! —exclamo, y Brandy frunce el ceño —. Claro que sí, el texto es por otro secreto. Si no lo fuera, ¿por qué iba a insistir tanto Devlin en ser él quien lo investigase?
Brandy se echa a reír.
—Te estás comiendo el tarro — me suelta—. Puede que tengas razón. O tal vez Devlin sea muy protector y esté acostumbrado a controlarlo todo. Seguro que lo está volviendo loco que un pirado te mande mensajes misteriosos. Por supuesto que quiere descubrir quién está detrás. Al fin y al cabo, es tu caballero de brillante armadura.
—Su armadura es negra como el carbón —replico con una sonrisa al recordar lo que Devlin dijo de sí mismo.
—¿Mande?
—Da igual. El asunto es que tienes razón. — Le doy un apretón en la mano—. Gracias. Voy a tomarme las cosas con calma y ver si Devlin averigua algo sobre la identidad del que me lo ha enviado.
—Bien por ti.
—¿Y tú qué te cuentas? —le pregunto mientras se baja del taburete y rodea de nuevo la isla para entrar en la cocina—. Sobre el tema novio, digo.
—¿Yo? —La voz le sale un poco chillona, lo que es suficiente respuesta. O al menos me dice mucho.
—Desembucha —le ordeno al tiempo que me levanto para coger otro muffin pese a su débil intento por apartarme la mano—. ¿Hay alguna novedad con Christopher? Venga ya, ¿se quedó a dormir anoche?
No dice una sola palabra para indicar que sí, por supuesto, pero por lo colorada que se pone, me doy cuenta de que algo ha cambiado entre ellos.
—¡No! —contesta al fin—. Bueno, vale, sí. Pero no hemos…, ya sabes. —Está como un tomate—. Pero quiero hacerlo —añade, en voz tan baja que casi no entiendo lo que dice.
El corazón se me encoge por la preocupación.
—¿Estás segura?
Se pone más colorada, si cabe.
—Es muy tierno y no me ha presionado. A ver, quiere… Hemos hablado del tema. Pero entiende que necesito ir despacio. —Se encoge de hombros como si no fuera nada del otro mundo, pero lo es—. Es un buen hombre, ¿sabes?
—Según lo que me has contado y lo que he visto, el tío es la leche. Pero ¿sabe por qué quieres ir despacio?
Menea la cabeza.
—Ni hablar. —Se abraza—. A ver, es evidente que sabe que tengo problemas, y le he dejado caer que he pasado por una mala relación.
—Brandy…
—Lo sé…
—¿De verdad? Porque, si va en serio, tienes que contárselo todo.
—¡Lo sé! Es que ya me cuesta bastante hablar del tema contigo. Lo entiendo. Quiero contárselo. Creo que es el primer hombre que me ha importado lo bastante como para contárselo. Pero me da miedo que eso lo mande todo al traste.
—Ya —digo con el corazón en un puño—. Pero si quieres que haya algo real entre los dos, tendrás que contárselo en algún momento, ¿no? Mejor ahora. Si esperas demasiado, te costará más.
—Supongo. Y de verdad que voy a… ¡Ay, mierda! La segunda hornada.
Me da la espalda, y agacho la cabeza para que no me vea la cara, concentrada en el muffin.
No culpo a Brandy por tener miedo de contar lo que le pasó. Al fin y al cabo, al igual que yo, tiene casi veintinueve años. Y, a diferencia de mí, solo se ha acostado con un tío, sin contar con el cabrón que le robó la virginidad, y no salió bien. Hablar de sexo con los hombres no es la mejor cualidad de Brandy. De hecho, tampoco se le da muy bien escoger a tíos que entiendan lo que necesita.
Ha salido con algunos que le gustaban mucho, pero ninguno estuvo dispuesto a quedarse con ella al darse cuenta de que el sexo tardaría en llegar.
El mundo no es un lugar justo. Lo he sabido desde siempre. Brandy lo supo en su último año de instituto. Y las dos hemos recibido más muestras de esta sencilla verdad de las que nos corresponden. Algo que, supongo, la confirma.
Le arranco un pedacito al muffin y me lo meto en la boca para disfrutar del sabor dulce con los trocitos de nuez. Brandy es mi mejor amiga y una de las personas más agradables que conozco, así que detesto que haya tenido tan malísima suerte con los hombres. A lo mejor es por la ley de los promedios, pero me cuesta creer que no haya por ahí más hombres no solo dispuestos a esperar, sino que también sean tiernos en la cama.
A lo mejor Christopher es el definitivo. Si Brandy empieza a ir en serio con él, o al menos eso espero; detesto pensar que pueden volver a hacerle daño. Y la verdad es que no se conocen demasiado. Me lo encontré en la sala de investigación de la Fundación Devlin Saint. Más o menos al mismo tiempo, él conoció a Brandy por casualidad, lo que quiere decir que llevan viéndose el equivalente a cinco minutos en cuanto a «tiempo de relación». No sé dónde vive, solo que se aloja en un Airbnb mientras está en Laguna Cortez.
Es inteligente, tierno y parece que le tiene un cariño sincero a Brandy. Eso está clarísimo, igual que tengo claro que ella también se lo tiene, pero sigue manteniendo las distancias. Comprensible, supongo, teniendo en cuenta que prácticamente estaba inconsciente su primera vez, después de que un gilipollas le echara droga en la bebida para violarla. Como si eso no fuera bastante malo, se quedó embarazada, algo que mandó al abismo a sus padres y terminó dando al bebé en adopción.
Muy traumático todo, así que entiendo por qué no quiere hablar del tema. Pero si se calla el secreto demasiado tiempo, estoy segura de que acabará alejando a Christopher. Al fin y al cabo, que las parejas tengan algunos secretos está bien. Aunque, cuando el secreto es gordo —la clase de secreto que puede alterar una relación—, el silencio no es neutral. Se convierte en un obstáculo para la relación.
Frunzo el ceño al darme cuenta de que ya no estoy pensando en Brandy. Devlin ocupa mi mente. Me confesó sin rodeos que tiene secretos.
«Siempre habrá secretos entre nosotros —me dijo—. Deberías haberte mantenido lejos de mí».
Me dijo que era peligroso apostar por él, pero no llegó a creerse que yo saldría corriendo. En el fondo no. De eso estoy segurísima. Porque Devlin me conoce. Ha visto mis demonios y sabe que el peligro no me asusta.
No, eso no es verdad. Me asusta. Pero ahí está la gracia. De ahí el subidón, mucho más potente porque nunca me lo espero. El peligro me arrebató a toda mi familia, pero aquí sigo.
No soy una adolescente que coquetea con el peligro. Soy una mujer que manda a la mierda al peligro.
Me estremezco, ya que no me gusta el cariz que han tomado mis pensamientos. Lo que siento por Devlin es real, ¡claro que sí! No es una retorcida manifestación del sentimiento de culpa del superviviente. Lo sé. Lo creo. Lo amo y, cada día que pasa, incluso más.
Sin embargo, ¿pueden ser profundas las raíces de nuestra relación cuando sé que no solo oculta secretos, sino que jamás de los jamases piensa contármelos?