Pecado inolvidable
Capítulo 2
2
Me despierto con la sensación del cuerpo de Devlin pegado al mío, abrasada por su calor. No me muevo, me limito a respirar y a disfrutar de la todavía novedosa sensación de tener cerca al hombre que quiero.
No sé qué hora es, pero la luz del sol entra a raudales en el dormitorio a través de los huecos de las cortinas que cubren las ventanas orientadas al este. Tengo los ojos entreabiertos y la mente aún abotargada por los rescoldos de la pasión y el deseo mientras observo las diminutas motas de polvo que flotan a la luz del sol.
Supongo que son más de las diez, y aunque sé que deberíamos levantarnos de la cama, no quiero hacerlo. Me encantaría quedarme aquí para siempre, a salvo entre los brazos de Devlin, lejos de las garras del mundo exterior.
«No sabes dónde te has metido. Descubre la verdad. No te fíes de nadie».
El recuerdo del mensaje que recibí anoche me produce un escalofrío. No se lo enseñé a Devlin. Pero no sé si lo hice para proteger la íntima sensualidad de nuestra noche juntos o porque me asustaba lo que asomaría a su rostro, lo que podría verse obligado a contarme. Y por la sombra de los secretos que ocultaba.
Al fin y al cabo, todo lo que he descubierto de un tiempo a esta parte ha estado a punto de hacerme polvo. Descubrir que es el hijo de uno de los criminales más famosos de la historia ya fue un mazazo. Pero cuando me enteré de que fue él quien mató a mi tío Peter hace unos cuantos años, mi mundo se puso patas arriba.
Necesité largas conversaciones y profundas reflexiones conmigo misma hasta llegar al fondo de mi alma y aceptar la verdad; hasta comprender sus motivos y no solo perdonarlo, sino reconocer lo mucho que lo necesito. Anoche vine a verlo con una muda de ropa y la determinación de convencerlo de que las cosas podían salir bien entre nosotros.
Y entonces me llegó el mensaje.
¿Y si hay otra horrible revelación? Quizá pueda hacerle frente en este momento, a la luz de la mañana. Pero ¿anoche? ¿Con velas, besos y el ardor de la reconciliación?
Ni hablar; ni siquiera me lo planteé.
Así que, en vez de enseñarle el mensaje, me tragué los miedos.
Ni siquiera me he planteado la posibilidad de que el misterioso mensaje se refiera a otra cosa, no a Devlin. Por supuesto, se refiere a él.
Me dijo sin rodeos que aún guarda secretos. Pero los secretos son huidizos. Rara vez se quedan en un cajón. Alguien más está al tanto de lo que trata de ocultar.
Sin embargo, no sé si el mensaje pretendía ser una advertencia o una amenaza. En cualquier caso, quería separarnos.
Pero no lo permitiré, y saco fuerzas de la certeza de conocer al hombre que tengo al lado. Al hombre real, no a la fachada que le enseña al mundo.
Salvo que sé que eso no es del todo cierto, y me estremezco. No porque conozca los secretos que oculta, sino porque temo que me quiere lo suficiente como para alejarse si dichos secretos me convierten en un objetivo. Al fin y al cabo, ya lo hizo una vez.
Esa certeza me agobia, y cierro los ojos anhelando volver a dormirme. Deseo despertar de nuevo, pero en esta ocasión sin recordar el mensaje. Quiero que se convierta en los restos de una pesadilla. En algo que pueda olvidar.
En algo de lo que no tenga que hablarle.
Como si el torbellino mental que tengo en la cabeza lo hubiera despertado, siento que su mano sube por mi muslo hasta acariciarme la cadera. Me roza la nuca con los labios, y mi cuerpo responde de inmediato: se me endurecen los pezones y noto un deseo palpitante entre los muslos.
Sin decir una palabra, me doy media vuelta y me encuentro ese rostro cincelado que me sonríe. El pelo oscuro, que le llega a la barbilla, le enmarca la cara, y esos ojos, de color castaño claro en este momento, me miran con una ternura y una intensidad tal que me duele el corazón.
Hemos pasado por mucho en muy poco tiempo. Secretos, mentiras, promesas. Sus revelaciones me impresionaron y horrorizaron a la vez, pero aquí sigo, a pesar de que hizo lo posible por alejarme.
Ahora hay alguien más presionando, insinuando secretos aún más sombríos. Pero no me importa. También estoy luchando contra esa persona.
He pasado de odiar a Alex Leto por alejarse de mí hace tantos años a amar de una forma tan profunda a Devlin Saint que sé que sacrificaría lo que fuera para mantenerlo a mi lado. Es cierto que lo rodea cierta oscuridad, pero me gusta pensar que soy la luz que necesita en su vida.
Sé, sin lugar a dudas, que yo lo necesito en la mía. Y sería idiota si dejo que mi confianza en él se tambalee por unas amenazas anónimas y casuales.
Me mira a la cara serio, y el silencio que nos rodea parece cargado de posibilidades. No le pongo fin. En cambio, uso el índice para recorrer suavemente la cicatriz de su rostro.
De joven no la tenía, y aunque aún no me ha contado la historia completa de lo que le sucedió, sé que es una marca de identidad del hombre en el que se ha convertido. Le divide en dos la ceja derecha y le recorre la mejilla, porque por suerte el ojo no recibió el menor daño de la afilada hoja que lo hirió. Termina en el labio superior, bajo ese bigote tan bien recortado que acaricio con suavidad antes de tomarle el mentón con la mano, encantada de sentir la aspereza de la barba en la palma.
Cuando éramos jóvenes siempre iba afeitado, pero por aquel entonces era una persona distinta. Y la verdad, no me quejo. El Alex Leto al que quería en aquella época llamaba la atención, no cabe duda. Pero Devlin Saint lo tiene todo. Seguridad, autocontrol y un toque de peligro, envuelto en un hombre que los dioses debieron diseñar en un día de gran inspiración.
Y lo mejor de todo es que es mío.
—Hola —digo con un hilo de voz que apenas se oye.
No replica. Al menos no con palabras. Se mueve hasta dejarme de espaldas en el colchón y se coloca a horcajadas sobre mí, mientras me acaricia el cuerpo y se inclina para besarme en la boca.
Es un beso lento y apasionado, y me dejo llevar, ansiosa por fundirme con él. Separo las piernas porque necesito todo lo que esté dispuesto a darme, y doy un respingo al recordar un detalle.
—Espera —susurro al tiempo que le doy un apretón en los hombros—. ¿Tienes un condón?
Me percato de que duda más de lo previsto antes de estirar el brazo para abrir el cajón de la mesita de noche. Tal vez no se haya dado cuenta de que ha vacilado, pero yo sí. Y sé por qué.
Anoche nos olvidamos de usar protección. Pero eso no supone un problema, pues llevo un implante anticonceptivo subcutáneo. Sin embargo, antes de que Devlin apareciera, no puede decirse que me anduviera con mucho ojo. Llevo años sin tener cuidado. Al contrario: desde mi pasión por los coches veloces hasta los polvos con desconocidos, me he pasado gran parte de los últimos diez años haciendo equilibrios al borde de un volcán metafórico y desafiando al mundo a darme un empujón.
No temía a la muerte. La retaba, la tentaba a que se atreviera a reclamarme, como había hecho con toda mi familia.
Ahora, sin embargo, sé lo que es el miedo.
Ahora tengo algo que perder. Ha pasado un tiempo desde que me hice las pruebas para saber si había pillado algo y me atormenta la idea de que pueda contagiar alguna enfermedad a Devlin.
Pero desde su perspectiva… En fin, seguro que ha pensado que anoche no lo presioné porque por fin estábamos juntos. Así que ¿qué pensará si se lo pido ahora?
Sin embargo, no dice nada. Se pone el preservativo y me mira con una sonrisa alegre mientras dice:
—Toma dos.
Me río, un poco más de la cuenta porque la broma es un pelín tonta, y le echo los brazos al cuello.
—Bésame —murmuro—. Hazme el amor.
—Nena, es justo lo que pretendo.
Estamos más que preparados, como si nuestros cuerpos abrazados mientras dormíamos hubieran bastado a modo de preliminares. Arqueo la espalda, suplicándole en silencio que me la meta, porque este hombre es lo único que deseo: las caricias de sus manos, su polla dentro. Todo sucede muy rápido y con frenesí, al tiempo que nos dejamos llevar por el torbellino de pasión y deseo.
No tardo nada en jadear, al borde del orgasmo.
—Ahora —me dice—. Córrete, nena.
Es una orden que no puedo desobedecer, y estallo a su alrededor, aprisionándolo en mi interior y haciendo que se corra conmigo, de manera que ambos caemos juntos al vacío, dando tumbos una y otra vez hasta que acabamos agotados y jadeando, abrazados, mientras la luz del sol invade el dormitorio y recibimos el nuevo día.
Me desperezo con languidez, él se aparta de mí y se quita el condón.
—Esto es mejor que la alarma del despertador —digo.
—Un cumplido precioso —replica con deje burlón mientras me acaricia el pelo—. ¿Te apetece un café?
Hago ademán de incorporarme en la cama.
—Siempre —contesto—. Voy a poner la cafetera.
Niega con la cabeza y se inclina para besarme en los labios con delicadeza.
—No, quédate aquí. Me gusta la idea de que estés en mi cama el mayor tiempo posible.
Levanto una ceja y me inclino hacia atrás.
—¿Vas a traerme el desayuno? Igual hasta me acostumbro y todo…
—Esa es la idea. —Me guiña un ojo, y me río.
Me quedo sentada en la cama disfrutando de las vistas, él se levanta y se pone unos pantalones deportivos que estaban en una silla.
Me da la espalda cuando echa a andar hacia la puerta, y contemplo ese culo tan perfecto mientras se aleja. Suspiro de felicidad. Jamás se me ha pasado por la cabeza que pudiera ser mío de nuevo, no después de todo lo que perdimos de jóvenes.
Siento que el miedo me atenaza el corazón, y soy incapaz de controlar el temor de que lo nuestro sea efímero, como la otra vez. De que no sea permanente. De que las sombras oscuras de nuestra juventud regresen para perseguirnos, y de que todos mis recelos sobre el regreso a Laguna Cortez acaben cobrando sentido.
Dejé Manhattan y regresé a mi ciudad natal para escribir un artículo sobre la Fundación Devlin Saint, además de tener un plan para investigar las circunstancias que rodearon el asesinato de mi tío Peter, que sucedió hace ya diez años. Pero aunque nací y me crie aquí, era como volver al infierno.
Esta ciudad representa el sentimiento de pérdida de mi vida. Mi madre murió en un accidente de tráfico; mi padre, en acto de servicio. Y después mi tío Peter, que se convirtió en mi tutor al morir mis padres, fue asesinado de un disparo en la cabeza, dejándome perdida y sola.
La noche que murió fue la primera vez que su asistente, Alex Leto, y yo hicimos el amor, ya que nos rendimos al dolor, al sentimiento de pérdida y a la pasión.
Yo tenía diecisiete años, él casi veinte, y el deseo que existía entre nosotros acabó alcanzando el punto de ebullición. Alex me colmó por completo y me hizo vibrar. Me ayudó a olvidar el horror de la muerte de mi tío, al menos durante aquellos preciosos instantes.
Me tranquilizó y me dijo con palabras y con su cuerpo lo mucho que me quería.
Y luego me hizo trizas. Porque aquella fue la última vez que lo vi.
Cuando regresé a Laguna Cortez diez años después para investigar esas dos historias, no me encontré a Alex, sino a Devlin Saint. Un hombre nuevo, un hombre distinto.
Un hombre que juró que no tendría nada que ver conmigo por culpa de su peligroso pasado. Sin embargo, aquí estoy, en su cama, y no pienso moverme de ella.
«No sabes dónde te has metido. Descubre la verdad. No te fíes de nadie».
Recuerdo de nuevo esas sombrías palabras y cojo el móvil, decidida a verlas escritas. Intento concentrarme en el hecho, no en la emoción.
Quienquiera que me las haya enviado ni ha irrumpido en mi casa ni me ha agredido por la calle. Sin embargo, el mensaje me parece igual de hostil. Me lo ha enviado alguien para hacerme daño y, sin lugar a dudas, la flecha ha dado en la diana.
Por supuesto, podría estar equivocada sobre el significado del mensaje. Pero si no se refiere a Devlin ni a los secretos que lo rodean, no entiendo nada. Y si se refiere a él, Devlin y yo tendremos que enfrentarnos a muchas más cosas, además de superar los fantasmas de nuestra juventud.
Cuando regresa al dormitorio con dos humeantes tazas de café, estoy sentada en la cama abrazándome las rodillas. Al verlo fruncir el ceño, supongo que mi expresión no es la que esperaba encontrar después de una deliciosa mañana en la cama.
Deja el café en la mesita de noche y se sienta en el borde del colchón.
—¿Qué te pasa?
Titubeo, consciente de que, si abro esta puerta, alimentaré sus temores de que tanto sus secretos como él suponen un peligro para mí. Pero si me quedo callada, quienquiera que haya enviado el mensaje habrá ganado, pues abrirá una silenciosa brecha entre nosotros.
Así que respiro hondo, lo miro a los ojos y le digo:
—Tenemos que hablar.
Tuerce el gesto y levanta la ceja partida.
—¿Ya te has cansado de mí?
Me río y me siento como si se hubiera abierto una válvula de presión.
—Necesito enseñarte algo —le digo, y cojo el móvil, que está a mi lado encima de la cama.
Se pone serio de repente.
—¿Qué ha pasado?
—Debería habértelo enseñado anoche, pero no quería… — Dejo la frase en el aire al tiempo que me encojo de hombros, consciente de que él lo entenderá.
Era nuestra primera noche juntos después del distanciamiento. Seguro que entiende que yo no quisiera que hubiera nada desagradable en la habitación con nosotros.
Sin embargo, desbloqueo el teléfono y se lo paso. Mientras lee el mensaje, observo su rostro en busca de algún indicio de preocupación, enfado o incluso confusión. Pero no descubro nada. Y vuelvo a recordar quién es realmente Devlin Saint. Un invento. Un enigma. Un hombre con un pasado oscuro y secreto. Un muchacho que tuvo que aprender a esconderse y a ocultar sus emociones para convertirse en el hombre que es ahora.
Y aunque sé que confía en mí, no puedo negar que el dolor me atraviesa el corazón cuando veo que, ahora mismo, me oculta esas emociones.
Levanta la mirada y soy incapaz de descifrar lo que veo en sus ojos.
—Supongo que no sabes quién te lo envió.
—No. Busqué el número, pero no hay información sobre él. Supongo que es un móvil desechable, pero puedo pedirle a Lamar que investigue un poco —añado, refiriéndome a mi amigo, el policía.
—No. Yo me encargo. Tengo recursos.
Asiento con la cabeza y no me sorprende que se niegue a involucrar a Lamar. Mi amigo no solo desconoce mi pasado con Devlin, sino que, cada vez que están juntos, percibo la tensión que existe entre ellos. Ambos quieren protegerme, pero no acaban de fiarse el uno del otro, así que, en la medida de lo posible, prefiero evitar esa situación.
En cuanto a que Devlin cuente con recursos, tiene sentido. Al fin y al cabo, su fundación no solo ayuda a víctimas de todo tipo de delitos, sino que también brinda apoyo y acceso a organizaciones paramilitares que pueden colaborar en misiones de rescate. Así que, aunque la Fundación Devlin Saint carezca de los medios necesarios para rastrear el número, estoy segura de que Devlin conoce a alguien que pueda hacerlo.
—De acuerdo —le digo—. No hay problema.
Extiende el brazo para coger mi móvil, pero lo alejo de su mano.
—Te daré el número con una condición: cualquier cosa que descubras, dímela.
Lo veo titubear, pero acaba asintiendo con la cabeza mientras le envío un mensaje con el número.
Cuando levanto la mirada, descubro que tiene una expresión tensa en la cara. Se pone de pie, se pasa los dedos por el pelo y empieza a andar de un lado a otro por el espacioso dormitorio; irradia una furia helada.
—Siempre será así, ¿no? —dice con un deje tenso en la voz. Controlado—. Mi pasado nos perseguirá. Mis secretos amenazarán con interponerse entre nosotros.
Me levanto de la cama, cojo la camiseta que él no se ha puesto y me la paso por la cabeza. No sé por qué siento la necesidad de que me arrope en este momento, pero la siento. En cuanto me pongo la camiseta, que me llega hasta los muslos, me acerco para abrazarlo.
—No. —Meneo la cabeza con firmeza—. Es solo un incordio. Una intromisión. Una amenaza. Pero no se interpondrá entre nosotros.
En un primer momento, su cara se muestra impasible. Después, veo el brillo de una sonrisa en sus ojos, que siguen siendo castaños. No se ha puesto las lentillas verdes que forman parte del hombre en el que se ha convertido. Ahora es un poco Devlin y un poco Alex, y estrecho con fuerza entre mis brazos las dos versiones del hombre que amo.
—Me apuesto lo que quieras a que ha sido alguien que no sabe que conozco la identidad de tu padre.
Echo la cabeza hacia atrás para mirarlo y lo veo asentir despacio, como si de verdad considerase esa posibilidad. Estoy casi segura de que llevo razón, porque ¿qué otra cosa puede ser?
—Supongo que es eso. Pero sinceramente, no sé quién habrá sido.
Yo tampoco tengo la menor idea.
—Quizá alguien ha descubierto tu verdadera identidad. Tal vez ha guardado silencio a la espera de hablar cuando le convenga.
Me doy cuenta de que la neutralidad lo abandona y de que su actitud se torna gélida. Vuelvo a ver un indicio de lo peligroso que puede llegar a ser.
Como sigue en silencio, lo presiono:
—Además de Anna, Tamra y Ronan, ¿quién sabe que eras Alex?
Ronan Thorne es su mejor amigo, con quien sirvió en el ejército tras alistarse como Alex después de huir de su padre.
En cuanto a Tamra Danvers, conocía a la madre de Alex y lo buscó al morir esta, cuando él aún era joven y vivía casi como si fuera un rehén de su padre, un cabecilla del hampa conocido como El Lobo. Tamra lo cuidó durante años e incluso llegó a Laguna Cortez al mismo tiempo que él. Trabajó como enlace de la comunidad con la comisaría de policía justo cuando yo estudiaba secundaria y estaba allí de becaria.
La adoraba entonces y la adoro ahora que trabaja como directora de publicidad de la Fundación Devlin Saint. Tanto Devlin como yo confiamos en ella. De hecho, fue quien más me apoyó los días posteriores al descubrimiento de que Devlin mató a Peter, y le estaré eternamente agradecida por haberme ayudado a encontrar el camino de regreso a él.
Anna Lindstrom, la tercera integrante del trío más cercano a él, es su asistente. Es solo un par de años mayor que Devlin y creció con él en el complejo que El Lobo tenía en Nevada. También es la primera chica con la que Alex se acostó, una mujer voluptuosa y guapa. La primera vez que la vi con un ceñido vestido plateado, me entraron ganas de arrancarle los ojos. Ahora nos llevamos bien, pero debo confesar que los celos no me han abandonado del todo.
Claro que son cosas mías. Anna es leal al máximo, y no me la imagino haciendo daño a Devlin.
Aun así, debe de haber otros.
—Me dijiste que, aunque no entraste en el programa de protección de testigos, contaste con ayuda del Gobierno para establecerte como Devlin Saint después de que mataran a tu padre.
Lo veo asentir con la cabeza.
—A cambio de información sobre su red, sí.
—Bueno, pues esa gente sabe la verdad. Y seguro que sus conocidos también lo saben. Algún administrativo. Algún transcriptor. Alguien que no crea que mereces empezar de cero con un padre como ese.
Su expresión se endurece, y en este preciso instante me hubiera gustado tragarme esas palabras. Porque sé que eso es justo lo que siente una parte de Devlin: que no merece esta nueva vida porque lleva el estigma de su padre. Y por sus actos.
Le cojo una mano y le doy un apretón.
—No es cierto. No lo veo así. Pero tal vez alguien sí. Y si te han estado vigilando, al acecho de la mejor oportunidad… —Dejo la frase en el aire.
Devlin asiente con la cabeza.
—Es una posibilidad —reconoce—. Lo investigaré.
Frunzo el ceño, todavía pensando.
—Tal vez alguien de aquellos días piensa que estás dirigiendo una empresa ilegal a través de la fundación…, los pecados del padre y tal —digo, con un deje en la voz tan seco como su expresión. La posibilidad no me gusta nada. No lo veo así, pero tal vez alguien sí. La Fundación Devlin Saint es una organización filantrópica de renombre que ha subido como la espuma en cinco años desde que se creó. Y eso significa que ha llamado mucho la atención—. La Fundación Devlin Saint ha crecido muy rápido, y la financiaste con el dinero de tu padre —añado pensando en voz alta.
Devlin heredó una parte importante de la fortuna de su padre porque nunca se hallaron pruebas suficientes para que el Gobierno embargara esos fondos de manera legal.
—Porque quería limpiar ese dinero. Hacer el bien en vez del mal.
—Lo sé. Pero la gente ve lo que quiere.
Ronan me viene de nuevo a la cabeza. Han sido amigos desde su paso por el ejército. Es leal a la fundación, y trabaja con Devlin en muchas causas nobles. Pero no puedo evitar preguntarme quién era antes. ¿Se sintió celoso de la repentina fortuna de Devlin?
En el ejército, seguramente eran iguales. Pero Devlin se ha convertido en el nombre y el rostro de una organización de renombre mundial. ¿Aplaude Ronan los esfuerzos de Devlin porque cree en ellos o porque espera el momento oportuno para que se enfrente al castigo que merece?
Me obligo a desterrar esas sospechas. Ronan me cae bien, en serio. Pero no se puede negar que empezamos con mal pie, después de que me dijera que lo mejor sería que me alejara de Devlin porque era una «distracción» para él.
Sí, en fin, que se joda. Estoy encantada de distraerlo.
Aunque quizá sea mejor no dejar que mi irritación se transforme en una acusación sin fundamento.
—¿Se te ha ocurrido algo?
Miro hacia arriba y veo que Devlin me está mirando, así que niego con la cabeza.
—No. La verdad es que no. — Logro esbozar una sonrisa—. Esperaba que me llegase la inspiración, pero nada. ¿Vas a hablar con tus antiguos contactos? ¿Comprobarás si alguien de tu pasado te ha prestado demasiada atención?
—Te aseguro que lo haré. No me gustan las amenazas, y menos aún cuando van dirigidas a ti.
—No te lo discuto —replico—. Yo también veré qué puedo averiguar.
—No, déjalo —me dice Devlin—. Estaré atento para ver si se comenta algo, pero no quiero que vayas escarbando por ahí. Alguien te ha enviado una advertencia. Eso significa que tal vez corras peligro.
—¡Venga ya! —El peligro no me asusta, pero perderle sí. Y si cree que me voy a quedar de brazos cruzados… Cuadro los hombros y lo miro a los ojos—. Al parecer, alguien cree que has levantado de nuevo el negocio de tu padre. Y quiero ayudarte a demostrar que no es cierto.
—No tienes por qué…
—Además —añado interrumpiéndolo, pues empieza a aparecer mi mal genio—, he recibido yo el mensaje, ¿lo has olvidado? ¡Joder, tu nombre ni siquiera aparece! A lo mejor no tiene nada que ver contigo. Y si alguien me está amenazando, lo menos que puedo hacer es tomar medidas para protegerme. Así que no me digas lo que puedo y no puedo investigar. Por si se te ha olvidado, mi trabajo es ese: investigar. Soy periodista, ¿recuerdas? Con puntos extra por mi pasado como policía.
Veo que comienza a irritarse, y me preparo para discutir.
—¿Periodista? —suelta de mala manera —. ¿Me estás diciendo que vas a publicar esto?
Doy un respingo.
—Por supuesto que no. Me refería a que cuento con las habilidades necesarias y a que tengo la intención de usarlas.
—¡Joder, El! Debes alejarte de esto. No te acerques a nada que aún quede de los negocios de mi padre.
—No soy una niña, Devlin. Este es mi…
—¡No me jodas! —me interrumpe—. No estoy jugando al troglodita protector. Pero necesito tiempo para hablar con mis fuentes sin hacer ruido. Como empieces a investigar, quienquiera que te haya mandado el mensaje sabrá que te ha dado donde más te duele.
Estaba a punto de hablar, pero sus palabras me silencian. Tiene razón. Pero no de la manera que él cree.
Tiene razón en que, si empiezo a investigar, el remitente del mensaje sabrá que me interesa lo que me ha dicho, y lo más probable es que sea lo bastante arrogante como para creer que puede convencerme de que hable. Y eso significa que tal vez sean suficientes unas cuantas preguntas para que yo suelte una avalancha de información.
—Vale —digo al final, con frialdad—. Puede que tengas razón.
Pero no he accedido a estarme quietecita.