Pecado inolvidable
Capítulo 32
32
Lamar me sujeta la puerta para entrar y reunirnos con los demás, pero oigo mi nombre cuando estoy a punto de pasar.
Me vuelvo y veo detrás de nosotros a una chica que me resulta conocida.
—¿Carrie? ¡Ay, por Dios! —Me vuelvo hacia Lamar—. La conozco del instituto. Entra. Voy ahora mismo.
Lamar asiente con la cabeza, y me acerco a Carrie, que corre por la acera hacia mí.
—¡Carrie Bartlett! Estás estupenda.
Con su altura y esa melena rubia ondulada, los vaqueros ajustados y tanto carácter como irradiaba en el instituto, debería estar en una pasarela.
—¿De verdad te lo estás tirando?
Me pongo tensa y me quedo helada por el tono desagradable de su voz.
—¿Cómo?
—A Devlin Saint —añade—. Es un mentiroso y un capullo.
—¿De qué hablas? ¡No me jodas! —Sin pensarlo, extiendo los brazos y la agarro por los brazos—. ¿Tú eres la de los mensajes? —le espeto, echando humo por las orejas, furiosa—. ¿Nos estás acosando?
Ella se libra de mis manos, y esos ojos azules me miran tan fríos como el hielo.
—¿Qué mensajes? ¿De qué coño hablas? Intento hacerte un favor, idiota. No te fíes de él.
Me quedo plantada como una boba mientras me da vueltas la cabeza, intentando comprender a qué viene esto.
—Espera —digo—. Ya me acuerdo. Saliste con él. En Nueva York, hace unos años. Lo acompañaste a una gala en la que pronunció un discurso.
Por aquel entonces yo no prestaba mucha atención a Devlin Saint, pero The Spall Monthly cubrió el elegantísimo evento durante el cual anunció que estaba construyendo una sede permanente para su fundación en Laguna Cortez. Me pareció una coincidencia muy rara que lo acompañara una antigua amiga del instituto, pero tampoco me sorprendió, claro. Salta a la vista que Carrie tiene la misma pinta que esas modelos que suelen ir del brazo de los multimillonarios.
Podría haber llamado al hotel para intentar quedar con ella y ponernos al día, pero fue el fin de semana del ataque del tío del callejón y, después del susto, cualquier pensamiento sobre el filántropo rico que estaba saliendo con una antigua amiga se me fue de la cabeza.
Ahora me pregunto cuánto tiempo estuvieron saliendo…, y qué sucedió para que lo dejaran.
—Nada de lo que dice es real —sigue antes de que pueda preguntarle—. Tenlo presente, Ellie. Nada de lo que dice es real.
Niego con la cabeza.
—Lo que pasara entre vosotros…
—Qué ingenua eres. Ellie, en serio. No soy una imbécil muerta de celos. Solo intento ayudarte. —Su mirada me atraviesa—. Aléjate de él, ¿vale? Devlin Saint es un puto monstruo.
El corazón me late con tanta fuerza que me retumba en los oídos y apenas oigo mi propia voz.
—No sé de lo que hablas, pero te equivocas.
Carrie no dice nada. Se limita a mirarme de arriba abajo, se encoge de hombros y me suelta:
—Lo he intentado. Ahora depende de ti.
Se da media vuelta y desaparece entre la multitud.
Hago ademán de seguirla, pero un tío muy alto pasa a mi lado para entrar en el bar y durante los escasos segundos que tardo en comprender que estoy bloqueando el paso y necesito apartarme, Carrie desaparece.
—¿Está bien? —me pregunta la jefa de sala.
—Sí —miento, y señalo hacia el rincón del fondo—. Vengo con ellos —añado después de echar a andar.
Devlin me ve acercarme y me mira con una sonrisa deslumbrante mientras se levanta para retirar la silla que tiene al lado. Sin embargo, no me siento. Lo abrazo y entierro la cara en su torso, aspirando su olor. Él me acaricia el pelo con ternura.
—¿Qué ha pasado?
Niego con la cabeza y lo estrecho un poco más antes de retroceder y echar la cabeza hacia atrás para mirarlo a la cara.
—Nada. Me he encontrado con una antigua amiga. Digamos que no es de tu club de fans.
Devlin frunce el ceño.
—¿Quieres hablar del tema?
—Ahora no. Luego.
Ya tengo dos temas de los que debemos hablar: Carrie y la revelación de que Peter podría haber estado implicado en un caso de porno. Con lo alegre y soleado que ha empezado el día, rápidamente se ha transformado en uno gris y deprimente.
«No», me digo.
Alejo esos pensamientos con furia. Es nuestro día. Un día para disfrutar del mundo con nuestros amigos. Sin preocupaciones, sin demonios, sin responsabilidades.
—Estoy bien —le aseguro con firmeza—. Ahora solo quiero comer, beberme una botella de vino y estar con mis amigos y contigo.
—Creo que podremos conseguirlo — replica antes de darme un beso fugaz.
Sin embargo, soy consciente de que sigue preocupado cuando tomamos asiento. Y veo la misma inquietud en las caras de todos los reunidos en torno a la mesa. ¡Joder con Carrie! Siempre le encantó ser el centro de atención.
—Estoy bien —les aseguro—. En serio. —Miro a Brandy a los ojos—. Acabo de encontrarme con Carrie. Tiene uno de esos días que no hay quien la soporte.
Devlin se tensa a mi lado, y Brandy mira a Christopher de reojo.
—Fuimos juntas al instituto. A veces salíamos las tres, pero no acababa de decidirse entre nosotras y el grupito de las chicas malas.
—No ha pasado nada —añado sin mirar a Devlin por si la cara me traiciona—. Solo ha sido un reencuentro rarito.
Anna, que está al otro lado de Christopher, se inclina hacia delante para mirarme mientras apoya una mano en su hombro para mantener el equilibrio.
—Tuve amigas así —le dice a Brandy antes de mirarme—. Nunca me ha gustado reencontrarme con ellas.
Vuelve a acomodarse en la silla, pero me doy cuenta de que ha dejado la mano en el hombro de Christopher. Él, sin embargo, no parece darse cuenta, y me recuerdo que no tiene importancia. Sé que son buenos amigos. Me quedó claro cuando los sorprendí repasando posibles ideas para el argumento de su libro.
—Bueno, ¿y qué te ha dicho para cabrearte? — me pregunta Brandy—. ¿O solo era su habitual simpatía arrolladora?
Agito una mano para restarle importancia.
—Nada, las chorradas de siempre —contesto—. Vamos a dejarlo.
—Brindemos por eso —dice Christopher, que levanta su copa de vino.
Descubro que tengo una copa delante y la levanto para brindar con los demás. Durante más de media hora, disfrutamos de la comida y de la conversación, y hablamos un poco de todo y de nada.
Lamar se pone en pie para ir al baño, y sopeso la idea de ir yo también, pero me siento relajadísima después de haberme bebido una copa entera de vino, y casi una segunda. Así que me quedo en la silla, un poco inclinada hacia la derecha, disfrutando del contacto de la mano que Devlin me ha puesto en la espalda.
Estoy así sentada cuando lo veo levantar la otra mano para saludar a alguien. Sigo la dirección de su mirada y descubro a Ronan y Reggie, que esperan en la fila de las copas de vino para llevar, algo permitido en la ciudad durante las celebraciones festivas en el barrio de las Artes.
Ronan lo ve y levanta su copa a modo de saludo, al tiempo que Reggie se vuelve y nos sonríe.
—¿Están saliendo? —le pregunto a Devlin, sin apartar la mirada de la cara de Reggie e intentando, una vez más, averiguar por qué me resulta tan familiar.
—¿Te refieres a salir como pareja? No que yo sepa. Pero han trabajado bastantes veces juntos como para convertirse en buenos amigos.
—Creo que hace tiempo lo intentaron —dice Anna—. Pero estoy segura de que no pasaron de la primera cita.
Devlin se ríe.
—No me sorprende.
—¿Por qué? —pregunta Brandy.
—Son demasiado cabezotas —contesta Devlin.
Cruzo los brazos por delante del pecho y lo miro con expresión seria.
—¿Y nosotros no?
Me coge de la barbilla para echarme la cabeza hacia atrás y me besa.
—También —dice cuando se aparta, dejándome más que un poco insatisfecha—. La diferencia es que a mí me gusta.
Supongo que a Ronan también le gustan las mujeres con carácter, pero no digo nada porque por fin he descubierto por qué Reggie me resulta tan familiar: tiene los mismos ojos que Bette Davis.
Debe de ser eso, concluyo mientras se despiden los dos con la mano y salen del establecimiento para volver a la feria. Mi tío era un gran aficionado al cine clásico, y Bette Davis era una de sus actrices favoritas. Me digo que he resuelto el misterio, pero sigo dando vueltas al asunto.
«Es otra cosa —pienso—. La he visto en algún lado».
Estoy segura de que la he visto en algún sitio.
El asunto es ¿dónde?
Estoy a punto de compartir mi frustración con mis compañeros de mesa cuando Brandy chilla y tira la copa de vino.
—Lo siento, lo siento —se disculpa mientras lo limpia, pero me doy cuenta de que le tiembla la mano.
—¿Bran?
Levanta la cabeza y me mira fijamente; en un primer momento solo distingo el miedo en sus ojos. No, miedo no. Terror.
—Brandy —repito, esta vez en voz más baja—. ¿Qué pasa?
Mueve los labios, pero no sale sonido alguno. No importa. He entendido la palabra que trataba de pronunciar gracias al movimiento de sus labios y al miedo de sus ojos: «Él».
Extiendo un brazo por encima de la mesa y le agarro la mano.
—¿Él? —repito—. ¿Walt?
Está temblando, y entrelazo mis dedos con los suyos.
—No puede hacerte daño —le recuerdo —. Estás a salvo.
Somos solo Brandy y yo, porque me he olvidado de todos los demás, así que doy un respingo, sobresaltada al oír la voz de Devlin, baja y seca.
—¿Pelo oscuro, camisa azul y vaso de whisky en la mano?
Brandy traga saliva y asiente con la cabeza.
—Es él —afirma Devlin, sin preguntar—. El tío que…
—Sí —susurra Brandy con un hilo de voz.
En cuanto lo dice, Devlin echa la silla hacia atrás arrastrándola por el suelo y se encamina hacia la otra punta del restaurante. En un abrir y cerrar de ojos, agarra a Walt por el cuello de la camisa y lo levanta a pulso, de manera que sus pies no tocan el suelo.
Ni siquiera soy consciente de que me levanto de la silla hasta que estoy junto a ellos y, mientras Walt protesta y el camarero amenaza con llamar a la policía, Devlin lo arrastra hacia la puerta. Walt no para de pedir ayuda a los sorprendidos clientes, que se llevan la mano a la boca o sacan los móviles para grabar la escena.
Corro en esa dirección empujando a la gente a ciegas para intentar seguirlos. Hasta que veo a Lamar salir del baño y decido acercarme a él, al tiempo que grito su nombre y señalo en dirección a Devlin.
—Es Walt —digo y, como no podía ser de otra manera, Lamar evalúa la situación al instante.
Brandy no suele hablar mucho de lo que pasó con ese tío, pero Lamar sabe lo básico. Incluso ha tratado de localizarlo varias veces a lo largo de los años, para intentar que se haga justicia y que Brandy pueda dar carpetazo al tema.
En este momento veo que le cambia la expresión. Enseña la placa y chilla al camarero que llame a la policía, tras lo cual grita a los clientes que abran paso. La gente se aparta al instante, como si Lamar fuera Moisés separando las aguas del mar Rojo.
—Date prisa —grito, mientras lo alcanzo al llegar al exterior—. Nunca he visto a Devlin tan cabreado.
—Pues yo estoy igual —me confiesa Lamar, con la voz ronca por la emoción—. ¿Está segura?
Echa un rápido vistazo por encima del hombro, y asiento con la cabeza.
—Tú también lo estarías si le hubieras visto la cara.
—¿Se puede saber dónde se han metido?
Estamos bajo la marquesina, y desde aquí parece que sea una noche normal. Gente paseando. Riendo. Hablando.
Sin embargo, algo menos de una manzana más adelante veo una pequeña multitud, y muchísimos más teléfonos haciendo fotos de lo que me esperaba. Echo a correr con Lamar pisándome los talones.
—¡Policía! —grita mientras se acerca—. Policía. Despejen la escena. Abran paso.
Devlin y Walt están detrás de un contenedor, y mi primer pensamiento coherente es que Devlin parece ileso. El segundo, que es un alivio, porque, gracias al tamaño del contenedor, dudo que haya muchas fotografías buenas. Lo último que pienso es en Walt, que tiene la cara hinchada y ensangrentada, el labio partido y un ojo casi cerrado de tan inflado.
—Me ha atacado —balbucea Walt al ver a Lamar—. Este cabrón de mierda me ha atacado. Te va a caer una buena, tío —le dice a Devlin—. Mi padre te arruinará la puta vida.
—Creo que es a ti a quien le va a caer una buena, amigo mío —replica Lamar, que se acerca con la placa mientras yo cojo a Devlin del brazo y lo alejo de Walt—. Quizá no lo sepas, pero los delitos de violación no prescriben en California.
—No sé de qué cojones hablas.
—En fin, permíteme que te lo explique. ¿Cómo te llamas?
—Y una mierda te lo voy a decir.
Devlin le saca la cartera del bolsillo trasero y Walt suelta un gruñido.
—William Alexis Tarkington —dice Devlin, tras lo cual tira la cartera al suelo.
Lamar resopla.
—Supongo que por eso no pude encontrar a ningún Walt o Walter en la ciudad que coincidiera con la descripción. —Carraspea—. William Tarkington, tú y yo vamos a tener una pequeña charla. —Y, como si sus palabras fueran una señal, de repente se oye el aullido de las sirenas de la policía.
—¿Qué coño está pasando? ¡Yo no he hecho nada!
De pronto se queda petrificado, con los ojos clavados en el otro extremo de la calle, no en Devlin ni en Lamar. Sigo la dirección de su mirada y veo que Brandy está al lado de Christopher, acompañada por dos policías de uniforme.
—Yo no he hecho nada —repite, pero con menos convicción.
—¿Ah, no? Bueno, vamos a alejarnos de esta multitud para hablar del tema. —Lamar hace un gesto a los agentes de uniforme, que se acercan para trasladar a Walt al coche patrulla—. Me voy con ellos —me dice.
—¿No lo vas a arrestar?
—Todavía no. —Señala a Brandy con la cabeza—. Si lo hacemos, ella tendrá que testificar. Quiero darle tiempo para que se lo piense. Mientras tanto, Walt y yo vamos a charlar un poco. ¿Quién sabe? Tal vez ahora que sé su nombre encontremos más víctimas.
Asiento con la cabeza y después lo abrazo.
—Gracias. —Miro a Devlin—. Muchas gracias a los dos.
Ellos se miran a los ojos, pero no dicen nada. Lamar se limita a estrechar la mano a Devlin y da un abrazo rápido a Brandy. Después le da un beso en la frente y entra en el coche patrulla junto a un esposado Walt.
Brandy corre hasta Devlin, que la abraza.
—Todo saldrá bien —le dice.
Brandy asiente con la cabeza enterrando la cara contra su hombro, de manera que los sollozos quedan ahogados.
Al cabo de un momento, se aparta de él.
—No deberías haberle pegado. Seguro que te denuncia o, no sé, es capaz de crearte problemas. Y eso no es bueno para la fundación.
Devlin niega con la cabeza.
—No merecía otra cosa. Si llamas a la policía primero, no podrás darle su merecido. No del todo. —Endurece la mirada—. Todavía no ha recibido lo que merece de verdad.
Quiero discutir, decirle que así no funciona el sistema, pero no me salen las palabras. No con Brandy mirándolo como si fuera un héroe.
—Gracias —susurra otra vez, y lo besa en la mejilla.
Cuando se separa de él, Devlin la acompaña con delicadeza hasta Christopher.
—Me he quedado petrificado —dice él—. Aun después de comprender quién era, me he quedado petrificado. —Mira a Devlin a la cara con algo semejante a la adoración—. Muchas gracias por defenderla.
—Ha sido un placer —replica Devlin —. Puedes devolverme el favor ayudándome a protegerla.
Me mira de reojo y me las apaño para no poner los ojos en blanco.
Christopher titubea, seguramente porque le parece ridículo asegurarle que me protegerá cuando es evidente que me muero de ganas de gritar que sé protegerme sola. Sin embargo, acaba tendiéndole la mano a Devlin mientras dice con solemnidad:
—Te debo una, Saint. Puedes contar conmigo sin problemas.