Pecado inolvidable

Julie Kenner · Capítulo 8 de 45

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Pecado inolvidable

Capítulo 8

8

 

 

Cuando Devlin y Lamar llegan a la planta baja, este le tiende la mano para estrechársela, pero Devlin ya ha iniciado otro movimiento, así que se limita a rozarle el hombro para indicarle en silencio que deben reunirse con nosotras. No sé si es un desaire intencionado o no ha visto la mano de Lamar. Espero que sea esto último, aunque me temo que es lo primero.

Cuando llegan junto a nosotras, Tracy se adelanta para saludar a Lamar, así que no tengo la oportunidad de preguntarle qué ha pasado. Devlin viene hacia mí mientras Anna se marcha sin hacer ruido, seguramente para volver arriba y ocupar su puesto en el centro de mando de la oficina de Devlin.

Retrocedo un poco para alejarme de Lamar y Tracy, y susurro:

—¿Qué está pasando?

Devlin me contesta con voz tensa:

—Tu amigo quería transmitirme un mensaje.

—¿Ah, sí?

—Si te hago daño, me deja tieso.

Casi suelto una carcajada. No dudo del talento de Lamar como agente de policía, pero me divierte la idea de que pueda someter a un hombre como Devlin. Sin embargo, me limito a responder con una mueca.

—Lo siento.

—A menos que lo hayas enviado tú para que me dé el mensajito, no tienes motivos para disculparte. El detective Gage, en cambio, tiene mucho que explicar.

—Devlin, no…

—Sé que es tu amigo, así que le daré cuartelillo —⁠me interrumpe con un deje en la voz tan afilado como una espada⁠—. Pero la próxima vez que venga a mi casa y me eche un sermón sobre…

—¿Sobre qué?

Ha dejado de hablar de una forma tan brusca que me doy media vuelta preguntándome si Lamar o Tracy se han acercado. Pero seguimos solos y lejos de ellos, de manera que no pueden oírnos.

Devlin niega con la cabeza y su expresión se suaviza.

—Joder, lo siento. Se preocupa por ti, lo sé. No pasa nada.

—Pues no lo parece.

Se pasa los dedos por ese pelo oscuro que lleva recogido en una coleta con un cordón de cuero y, sin darse cuenta, se le deshace gran parte.

—De verdad que no pasa nada. Lo siento.

Lo miro con atención, consciente de que está celoso de la amistad que Lamar y yo entablamos durante los años en los que Devlin y yo estuvimos separados. Unos años que nunca podremos recuperar. Y por eso decido que una retirada a tiempo es una victoria y me limito a decir:

—Gracias.

—No hay motivo para que te sientas agradecida, pero de nada. —⁠Me observa un instante y después frunce el ceño mientras me sujeta por el codo⁠—. Acompáñame.

Titubeo un momento, pero Lamar sigue hablando con Tracy, así que no me opongo cuando Devlin me lleva al exterior, a un rinconcito oculto a los ventanales que ofrecen una maravillosa panorámica del océano a los visitantes de la fundación.

—¿Qué vamos…? —Sin embargo, interrumpe mis palabras con un beso brusco, abrasador y exigente. Me derrito contra él, y al instante el deseo se apodera de mi cuerpo ansiando más⁠—. Ten mucho cuidado —⁠susurro cuando me deja respirar⁠—. Como me pongas demasiado cachonda, te costará mucho pisar el freno.

—Contigo no quiero frenar nunca.

Lo abrazo por el torso y me pego a él para sentir su erección.

—Me gusta cómo suena eso. Y lo que siento ahora mismo también.

—Eres mala.

—¿Contigo? Puedo ser tan mala como quieras.

Con una ferocidad inesperada, me entierra una mano en el pelo y me echa la cabeza hacia atrás. Jadeo, no por el dolor, sino por la sorpresa y por la salvaje intensidad que veo en sus ojos.

—Eres mía —masculla, y me derrito al percibir ese tono tan posesivo⁠—. Dilo.

—Lo soy. Claro que lo soy. —⁠Esbozo una sonrisa y caigo en la cuenta de que todavía no sabe mi gran noticia⁠—. Oficialmente, ya puedo mudarme a Laguna Cortez.

Frunce el ceño al preguntarme:

—¿Oficialmente?

Asiento con la cabeza.

—Me iba a mudar de todas formas, pero ahora puedo quedarme sin perder el trabajo. Roger me ha dicho que sigo en plantilla, pero trabajando desde la Costa Oeste. Me quedo con la mayoría de los artículos en los que estaba trabajando, salvo los específicos de Nueva York. Esos se los ha quedado mi némesis. —⁠Hago un mohín con la nariz.

Veo el asomo de una sonrisa en sus labios.

—No sabía que tenías un enemigo.

Levanto una ceja.

—¿No lo tenemos todos?

—Touché —replica a la ligera, pero veo que una sombra cruza su rostro. De repente, recuerdo el horrible mensaje y me arrepiento de la broma. No obstante, el momento pasa rápido, y carraspea antes de añadir⁠—: Cuéntame más.

—Casi te lo he dicho todo. Sigo en nómina, pero ahora trabajo desde aquí. Van a publicar el artículo sobre la Fundación Devlin Saint, no hace falta que me lo agradezcas, pero sin firma.

Devlin tuerce el gesto.

—Nena, lo siento.

—Tranquilo, no pasa nada. —⁠Le doy un apretón en la mano⁠—. Teniendo en cuenta que la compensación eres tú, no voy a quejarme. Además, lo he estado pensando y no quiero que el hecho de que estemos juntos dé a entender que es un artículo sesgado. Quiero que los lectores conozcan la Fundación Devlin Saint y la vean como lo que es. Porque es una organización muy especial y el trabajo que haces es importante.

—Valoro mucho que digas eso.

—Solo constato la verdad. Pero eso es lo más bonito. Da igual lo que signifique para ti o para mí. Lo importante es lo que significa para todas las personas a las que ayuda.

Lo veo tragar saliva antes de levantarme la mano y llevársela a los labios para besarme la palma.

—Sí —murmura, con la voz rebosante de emoción⁠—. Exacto.

—Y tengo un artículo de investigación que publicarán con mi nombre —⁠le digo⁠—. Aunque no sea ese.

—¿Un nuevo encargo?

Titubeo un poco, porque sé que no le hará ni pizca de gracia.

—Al final quieren que haga el artículo sobre mi tío Peter.

Su expresión se vuelve inescrutable.

—¿Ah, sí?

Consigo reírme.

—Qué emocionado te veo… Además, es una buena noticia. Así me pagarán por la investigación que pensaba hacer por mi cuenta. —⁠Como no dice nada, continúo⁠—: Será un artículo personal. Una especie de ensayo sobre mi viaje para descubrir qué le sucedió a Peter. Lo que lo llevó a entrar y salir de la organización de El Lobo.

Se frota las sienes.

—Ellie…

—Sé que no te gusta la idea, pero lo siento. Voy a encontrar respuestas. Quiero saber qué le pasó a mi tío. En qué estuvo implicado. Quiero saber cómo pasó de ser el hombre que era al hombre en el que se convirtió.

—Lo entiendo, nena, pero sufrirás en el proceso. Y cuanto más descubras sobre lo involucrado que estaba en la organización de mi padre, irás echando sal en la herida. —⁠Me coge una mano⁠—. No quiero verte sufrir así. No cuando es innecesario.

—Lo sé. Y sé que el vínculo de mi tío con El Lobo se superpone al tuyo.

—Eso no es lo que trato de…

—Pero te aseguro que jamás incluiré nada en ese artículo que revele quién eres. Ni siquiera daré pistas. Joder, no necesito ni siquiera mencionarte.

—Ya hemos hablado de esto. Y sigue sin gustarme. No encontrarás nada bueno escarbando en el pasado, Ellie. Nunca es buena idea desenterrar esqueletos.

—Ese es mi trabajo, Devlin —⁠replico con tono arisco⁠—, desenterrar esqueletos. Viene con la profesión.

—Encontrar respuestas que afecten al presente. Eso es lo que hace un periodista. Pero nunca conseguirás respuestas sobre Peter, porque él no está para dártelas.

Retiro mi mano de la suya de un tirón.

—Deja de decirme cómo debo hacer mi trabajo. Entiendo que no te guste que hurgue en temas que podrían estar relacionados con tu padre, pero tendrás que superarlo. Y también sé que quizá no descubra los pensamientos de Peter, pero sigue habiendo hechos que puedo averiguar. Que necesito descubrir.

Devlin frunce el ceño.

—¿Como qué?

—Detalles. Como por qué estaba enfadado con mi madre justo antes de que ella muriera. Y si eso fue parte del motivo por el que se mudó aquí para ayudar a cuidarme. ¿Lo hizo por un sentimiento de culpa? ¿Creyó que mi madre conducía demasiado rápido porque estaba pensando en la discusión que habían mantenido? ¿Por eso se salió de la carretera?

Su expresión me transmite mucho más que simple tristeza.

—No, nena, no. Nunca encontrarás esas respuestas. Nadie puede responder a esas preguntas.

—Pero tengo que hacerlas —insisto⁠—. Es como una oración, ¿sabes? Es mi manera de honrarlos.

Respira hondo y luego suelta el aire despacio. Supongo que está buscando las palabras adecuadas para oponerse de nuevo a la idea, pero al final se limita a decir:

—De acuerdo.

—¿De acuerdo?

Asiente y lo repite, pero en esta ocasión con una sonrisa.

—Sí, de acuerdo. Sé que tampoco importa mucho lo que yo te diga —⁠añade⁠—. Sé que no me estás pidiendo permiso, que solo es para mantenerme informado.

El corazón me da un vuelco. Tiene razón, y me alegro de que lo entienda.

Me da otro apretón en la mano.

—¿Para esto has venido? ¿O se me olvida que habíamos quedado para almorzar?

—No, no. Es que Lamar quería ver a Tracy. Verte a ti es un bono extra.

—Lo mismo digo. —Todavía no me ha soltado la mano, y soy muy consciente de las caricias de su pulgar en el dorso⁠—. Bueno, ¿qué vas a hacer ahora?

—Lamar me abandona para seguir con su trabajo. Así que he pensado que podría intentar reunirme con algunas de las personas con las que se relacionaba mi tío.

Lo que no le digo es que tengo un asunto personal del que también quiero ocuparme. Siento un nudo en el estómago por culpa de los nervios, pero sé que debo hacerlo.

—¿Con más gente? ¿Con quién has hablado ya? — ⁠Lo pregunta como si tal cosa, pero detecto el deje cortante de su voz.

—Con nadie, de verdad. De momento no he tenido éxito. Empezamos en el Seaside Inn —⁠le explico⁠—. Resulta que el dueño sufrió un ictus. Está en una residencia de ancianos. Su hija se encarga del negocio, pero no sabe nada. Así que ha sido un callejón sin salida.

—Sabía lo del señor Taggart, sí.

Por un momento, me quedo perpleja. Luego caigo en la cuenta.

—Claro, los invitados de la fundación suelen alojarse en el hotel, ¿verdad?

—Recomendamos varios de los hoteles de la ciudad, pero tenemos una relación muy buena con el Seaside Inn, sí. Mateo Taggart era un buen hombre. Y Regina es muy competente gestionando el hotel.

—¿Asistió a la gala?

Frunce el ceño y luego niega con la cabeza.

—No, que yo recuerde. Pero seguro que la invitaron. Creo que estaba fuera de la ciudad. ¿Por qué?

—No sé. Su cara me suena. —⁠Me encojo de hombros⁠—. No es nada, supongo. Seguro que me recuerda a otra persona.

—Bueno, si la conoces, seguro que la recordarás —⁠dice sin darle importancia. Obviamente, no la tiene⁠—. ¿Qué vas a hacer esta noche?

—He quedado con Brandy y Lamar para tomar algo, y luego se me ha ocurrido que puedo ir a casa de mi novio para prepararle la cena. —⁠Hago una pausa antes de añadir⁠—: A menos que prefieras que vaya a la tuya.

Sonríe con arrogancia y luego tira de mí para pegarme a él y abrazarme por la cintura.

—Te la estás ganando.

—¿Contigo? Lo que quieras y cuando quieras.

—Me gusta cómo suena eso. Pero esta noche tengo una reunión.

—No pasa nada —le aseguro con voz alegre, aunque me siento un tanto decepcionada⁠—. Quedaré con cualquiera de los otros hombres que tengo comiendo de la palma de mi mano.

Lo oigo gruñir y me río.

—¿Me llamas cuando llegues a casa?

—O podrías estar esperándome —⁠sugiere⁠—. A ser posible, en mi cama. Y desnuda, ya puestos.

—Podría, pero me alojo en casa de Brandy. Creo que es mejor que siga allí, ¿no te parece? Es mejor evitar que quienquiera que nos esté vigilando crea que paso de su amenaza hasta el punto de mudarme a vivir contigo.

Asiente con la cabeza. Sin embargo, está claro que la referencia al mensaje anónimo lo inquieta.

No lo culpo. A mí me pasa igual.