Pecado inolvidable
Capítulo 5
5
— ntonces nos vemos luego, ¿no? —le pregunto a Brandy horas después, y E
ella se mira en el espejo del pasillo con el ceño fruncido—. ¿Lamar, tú y yo, para tomar algo a las cinco?
—Ese es el plan —contesta ella—. Siempre y cuando quedemos para ponernos al día, no para que me organicéis la vida.
—Te lo prometo —le aseguro al tiempo que me llevo una mano al corazón—. ¿Estás segura de que no quieres hablar más?
Con mucha habilidad, había cambiado de tema después de sacar la segunda hornada de muffins, y como para entonces mis pensamientos eran demasiado profundos e inquietantes, decidí no insistir. Pero ahora me siento culpable, como buena amiga que soy.
—En tu caso, a lo mejor te lo permito más tarde. Pero en el caso de Lamar, aunque lo quiero mucho, no me apetece tenerlo como asesor sentimental. Solo como compañero de camino.
Me río. No puedo llevarle la contraria.
—Está bien. Yo te protejo de las preguntas sobre Christopher y tú me proteges de las preguntas sobre Devlin.
Brandy hace una mueca.
—Me pondré mi traje ignífugo favorito.
—No tiene gracia.
—¡Anda que no! —exclama riéndose—. Bueno, un poco al menos.
Sonríe y frunzo el ceño. Ambas sabemos que Devlin no está en la lista de «Personas preferidas de Lamar». O, más concretamente, en la lista de «Personas preferidas de Lamar para Ellie». Lamar y yo somos amigos desde que éramos cadetes en la Academia de Policía de Irvine. Yo era la única mujer y él, el único cadete negro; trabamos amistad de inmediato. Y aunque nunca ha habido nada romántico entre nosotros, nos protegemos, y Devlin se ha dado cuenta.
Hace mucho, Lamar estaba un poco enamorado de mí. No le interesaba mantener una relación seria, pero sí convertirse en un «amigo con derecho a roce». A veces aún me toma el pelo con el tema, pero no va en serio. Estoy segura de que sigue prefiriendo una amistad con beneficios sexuales, pero porque él no tiene problemas para mezclar el sexo ocasional con la amistad. Sin embargo, yo sí, por eso hace años descarté esa posibilidad. Aunque él puede acostarse con alguien y seguir siendo amigos, yo echo un polvo y me largo.
O eso es lo que hacía. Devlin es la única excepción a esta regla. Seguramente, mi pasado con Alex me indujo a establecer esa regla.
A estas alturas, Lamar es como Brandy. Un confidente íntimo. Pero a diferencia de ella, no sabe que Devlin era Alex Leto. Lo que significa que tengo que andarme con mucho ojo cuando estoy con él, y eso me repatea. Sin embargo, no pienso traicionar la confianza de Devlin. Podría darle la tabarra hasta cansarlo y que me permita contárselo a Lamar, pero no pienso hacer nada sin que él esté al tanto.
De hecho, es posible que Lamar nunca se entere de la verdad. A diferencia de Brandy, Devlin no confía en él. Sin embargo, ese es su problema. Solo tengo dos amigos de verdad, y aunque estoy dispuesta a guardar su secreto, no pienso dar la espalda a un amigo porque mi novio esté celoso.
—En The Cask & Barrel a las cinco, ¿verdad? —pregunta Brandy.
Asiento con la cabeza.
—Perfecto.
—Genial. ¿Te importa dejar a Jake en su cesta cuando te vayas? Si no salgo ya, llegaré tarde. —Asiento otra vez con la cabeza y ella se agacha para acariciar a Jake, que está sentado en el pasillo. Acto seguido, se da media vuelta mientras busca las llaves—. ¿Qué planes tienes? —me pregunta al tiempo que rebusca en el bolso.
—Me pasaré por la comisaría para ver si Lamar puede ayudarme a investigar ciertos detalles sobre mi tío. Pero antes llamaré a Roger para preguntarle si sigo teniendo trabajo.
Brandy ya había dado un paso hacia la puerta, pero mis palabras la detienen.
—¿Vuelves a Nueva York?
—No, no.
He decidido quedarme en Laguna Cortez con Devlin, y no voy a cambiar de opinión. Pero me encanta mi trabajo, y si puedo encontrar la manera de mantenerlo… En fin, incluso llegaría al extremo de suplicar.
—Buena suerte —me dice Brandy cuando se lo cuento.
Después me da un abrazo, le acaricia la cabeza a Jake, sale a toda prisa y cierra la puerta a su espalda.
Vuelvo a mi dormitorio con Jake pisándome los talones y me tumbo en la cama. Jake se acuesta al sol, junto a la ventana, mientras me pongo los auriculares y marco el número de The Spall Monthly en Manhattan.
—Hola, Brenda —digo cuando la recepcionista contesta la llamada—. Soy Ellie. ¿Está Roger por ahí? —Roger Covington es mi editor, y no hemos vuelto a hablar desde que canceló el artículo que estaba escribiendo sobre la Fundación Devlin Saint después de enterarse de que Devlin y yo estamos juntos. Si a eso le sumamos que le dije que pensaba quedarme en California, no estoy segura de que sigamos siendo amigos, mucho menos de que mantenga mi puesto de trabajo.
—Está en la reunión de personal — me contesta Brenda, y me doy un tortazo mental porque se me ha olvidado la diferencia horaria—. Casi han terminado. ¿Quieres esperar? Si lo prefieres, le digo que te devuelva la llamada.
Miro el reloj. Si Roger tiene las pilas puestas, y siempre las tiene, la reunión acabará en unos siete minutos.
—Puedo esperar —le digo, y me preparo para disfrutar de la música clásica mientras rebusco en el armario la caja que contiene los diarios de mi madre.
Estoy dispuesta a darle veinticuatro horas a Devlin para ver si descubre algo sobre el mensaje. Pero no pienso retroceder ni un paso en la investigación sobre mi tío.
La primera pista sobre la verdadera identidad de Devlin, el hijo del famoso criminal apodado El Lobo, la obtuve poco después de leer uno de estos diarios. Cuando mi madre escribió lo que sucedió aquel día, yo era muy pequeña y ella estaba preocupada por los negocios a los que se dedicaba su hermano, Peter.
Mi tío nos dejó a mi madre y a mí en el coche y él fue a hablar con la madre de un niño llamado Alejandro, que, según él, era el hijo de su jefe.
Poco después de leer los pensamientos de mi madre, até cabos. Peter había trabajado para Daniel López, también conocido como El Lobo. Alex Leto era Alejandro López, el hijo de El Lobo. Y Alex se convirtió en Devlin.
En ese momento fue una gran revelación. Ahora que he descubierto la verdad más profunda, esa es solo una parte de quién es Devlin…, y de quién fue.
Durante años, he sido incapaz de leer las palabras de mi madre porque me aterrorizaba la posibilidad de que el dolor me consumiera y me arrastrara a la oscuridad. Empecé a hojearlos al comenzar la investigación para el artículo sobre mi tío.
Regresé a Laguna Cortez porque aparecieron nuevas pruebas después de su muerte, y no tardé en averiguar que Peter estuvo relacionado con El Lobo. Cuando empezó a quedarse con su dinero, El Lobo ordenó que lo mataran.
Mi objetivo era averiguar cómo un hombre aparentemente honrado, procedente de una familia de clase media con firmes principios, acabó tan absorbido por una organización criminal como la de El Lobo. Pero Peter murió hace más de diez años, y sin ningún otro familiar vivo ni pistas sólidas, debo volver a enfrascarme en los diarios de mi madre.
Mi primera incursión en sus palabras fue breve, la verdad. No sé si porque me pareció mal leer sus pensamientos íntimos o porque me dio miedo levantar el negro telón del dolor. Sin embargo, ahora quiero saber más. Quiero averiguar qué le preocupaba a mi madre de Peter, y quiero saber más sobre la mujer que me quería y que me arrebató la muerte.
Mi madre no etiquetó el lomo de sus diarios, pero uno de ellos no está acabado, así que supongo que es el último. Con el corazón latiendo con fuerza, busco la última entrada.
Charlie ha vuelto a hacerlo. Me prometió que llegaría a casa a tiempo para cenar
conmigo y con Ellie. Hace una semana que no le lee un cuento antes de dormir. Sé que nos quiere, pero ¿por qué no entiende que necesita demostrarlo?
Perdóname, diario, no paro de refunfuñar. Charlie es un buen hombre. No nos falta
de nada. Y sé que su trabajo implica una gran responsabilidad, pero aun así…
He llamado a Peter para hablar con él sobre Charlie. Sé que no debería hablar de
mis problemas de pareja, pero Peter lleva toda la vida siendo mi confidente. Sé que sigue molesto conmigo, pero tenía que hablar con él. Pero no me ha cogido el teléfono. Le he dejado un mensaje, por si está filtrando llamadas. Le he pedido que me llame dentro de una hora porque necesito un poco de aire. Voy a dar una vuelta. Con suerte, Lisa podrá cuidar de Ellie una hora más o menos. Ahora está dormida, así que lo mismo le da hacer los deberes aquí que en su casa, al otro lado de la calle.
Quizá me pase a recoger algunas cosas más para la fiesta de Ellie de mañana. Así
no parecerá que estoy huyendo de casa porque me siento sola y frustrada por culpa de los hombres de mi vida.
¿¡Cómo es posible que mi niña tenga ya casi cuatro años!?
Acabo de llamar a Lisa y dice que ahora viene. Qué suerte tengo de contar con una
chica tan responsable justo enfrente, y eso que todavía está en secundaria.
Mi próxima entrada no será tan quejica. Tal vez incluso compre una botella de vino
y seduzca a mi marido. A lo mejor así le doy una razón para llegar temprano a casa. Creo que me gusta ese plan…
Cierro el diario temblando. «Para la fiesta de Ellie de mañana». Mi madre escribió esa entrada la noche que murió. La noche que su coche se despeñó por uno de los barrancos, arrancando incluso el guardarraíl, matándola al instante.
¿Fue parte de la razón por la que Peter se mudó de Los Ángeles a Laguna Cortez? ¿Se sentía culpable por no estar disponible cuando lo llamó mi madre… o, peor aún, por no haberle cogido el teléfono a propósito?
¿Y por qué estaba molesto con ella? Sé que toda la vida estuvieron muy unidos. Mi padre y mi tío me lo aseguraron.
En ese caso, ¿qué pudo haber hecho para que mi tío se molestara?
Doblo las rodillas para pegar las piernas al pecho y abrazármelas. Gracias a la entrada anterior, sé que Peter no vivía en California cuando yo tenía dos años. Pero debió de surgirle algún tipo de trabajo en Los Ángeles, porque mi madre y yo fuimos a verlo, y sé que después se mudó a esa ciudad.
En aquella primera entrada, mi madre estaba preocupaba por él y decía que mi tío estaba involucrado en el tipo de negocio del que no debía hablar a la mujer de un jefe de la policía.
¿Quizá mi madre sabía algo concreto? ¿O solo tenía sospechas? ¿Y qué cambió entre ese momento y mi cuarto cumpleaños? ¿Por qué se mudó Peter a Los Ángeles?
Desconozco las respuestas a estas preguntas, pero tengo la intención de averiguarlas.
Sobre todo porque hurgar en el pasado de mi tío tal vez suscite alguna reacción…, y a lo mejor hasta descubro la identidad de la persona que me envió el mensaje.
Me planteo seriamente cortar la llamada después de otros cinco minutos de espera, para tomarme un café e intentar hablar con mi jefe más tarde. Estoy a punto de hacerlo cuando la música clásica se detiene de repente y oigo la voz de Roger.
—Esperaba que me devolvieras la llamada —me dice—. ¿Debo suponer que los días de silencio significan que cuento con una periodista menos en plantilla? Por no mencionar que ya no tendré con quien compartir las patatas fritas con queso de Freddie’s…
Sonrío y me ruge el estómago al recordar las increíbles patatas fritas del restaurante situado a dos manzanas de la oficina. También sonrío porque, si Roger hace una broma con las patatas, no he convertido a un amigo en un enemigo.
—Supongo que ha sido un malentendido. Yo también esperaba que me llamaras.
Además del artículo sobre la Fundación Devlin Saint, me fui de Manhattan para investigar sobre la muerte de mi tío y, posiblemente, para convertir mi búsqueda en una historia que The Spall Monthly publicaría. Pero cuando se filtró a la prensa la noticia de mi relación con Devlin, Roger canceló no solo el artículo sobre la fundación, sino también la historia sobre Peter.
Carraspeo.
—Después de soltarte la bomba de que me quedaba en Laguna Cortez, supuse que tendrías que pensártelo. Y que si llegabas a la conclusión de que me sigues queriendo en la plantilla, tendrías que hablarlo con Franklin. —Franklin Coates es el dueño de la revista, lo que significa que es el hombre del que en última instancia depende mi nómina.
—Te quiero con nosotros —suelta Roger—, y Franklin está dispuesto a dejarte trabajar desde California. No creo que nuestra reacción fuera exagerada; mantener una relación sentimental con Saint mientras escribes un artículo sobre él y su fundación puede suscitar muchos comentarios…, entre ellos, que has perdido la cabeza.
—Lo sé. Yo…
—Pero todos cometemos errores, y Franklin y yo sabemos que eres una excelente periodista y un activo importante para The Spall Monthly.
Siento que se relaja la banda de acero que me atenazaba el corazón y, de repente, me doy cuenta de lo mucho que deseaba que no me despidieran.
—Gracias. Roger, eso significa mucho para mí. Yo…
—Vamos a seguir con el artículo sobre la fundación —me interrumpe, y el alivio hace que me relaje.
—Me alegro mucho. La fundación hace un trabajo tan bueno que…
—Sin firma. —Doy un respingo—. Lo siento, niña, pero dadas las circunstancias, es mejor que el artículo sobre la Fundación Devlin Saint se publique sin firmar.
Estoy a punto de protestar, pero sé que es inútil. Y, joder, seguro que tienen razón. Creo en el trabajo que lleva a cabo la fundación de Devlin, y detestaría que nuestra relación entorpeciera la claridad del mensaje.
—De acuerdo —digo. Y luego, como creo que me ha quedado demasiado seco, añado—: Gracias.
—Te queremos con nosotros, niña. Eres un tesoro. No pienso darle a cualquier revistucha de tres al cuarto la posibilidad de que se quede contigo.
—¿Y mi artículo sobre la corrupción en el Consorcio de Transportes Metropolitanos de Nueva York?
—Ya no es tuyo.
Carraspeo, pero no digo nada. Difícilmente puedo esperar que la revista me pague los billetes de avión para volar de un lado a otro y continuar con varias investigaciones a la vez.
—Corbin se hará cargo de todos los artículos que tenías relacionados con Nueva York.
—Genial —contesto, y esa breve palabra contiene una tonelada de sarcasmo.
—Dime cómo te sientes de verdad —me pide Roger, y hago una mueca.
Corbin Dailey y yo hemos establecido una política de destrucción mutua. Lo odio porque es un imbécil arrogante, traicionero y sin talento para escribir. Y él me odia porque lo sé.
—No creo que esperaras que me alegrase por eso.
—No, y fue decisión de Franklin. Si quieres considerarlo un castigo, no te contradeciré.
—Vale, vale. ¿Tienes alguna buena noticia para mí?
—¿Aparte de que seguirás cobrando cada mes?
Me froto una sien.
—Qué gracioso. Esperaba que pudiéramos hablar de la historia de Peter. Sigo pensando en escribir al respecto y la voy a publicar en alguna parte. Así que si…
—Eh, eh, eh. Para el carro. También he hablado con Franklin de eso.
—Ah. —Enderezo la espalda—. ¿Y?
—Queremos publicarla. Con firma. Creemos que, si lleva tu nombre, tendrá más valor. Un artículo personal con bases periodísticas firmes que resalte la parte emocional. ¿Qué me dices?
Me dan ganas de gritar de alegría porque me parece perfecto, y así se lo digo.
—Pues mantenme informado. Me gustaría publicarla el mes que viene, pero me da la sensación de que necesitarás más tiempo para investigar.
—Tienes razón. De hecho, ahora voy a la comisaría. Espero que Lamar pueda dedicarme un rato para ayudarme con un par de entrevistas. —Quiero hablar con los contactos de Peter en Laguna Cortez. Y empezar a rastrear sus contactos en Los Ángeles.
—¿Te refieres al detective Gage? ¿El que vino a la oficina hace más o menos un año?
Lamar viajó a Nueva York el verano pasado para disfrutar de un fin de semana de teatro, y lo llevé a la oficina para presentarle a mi editor y enseñarle mi escritorio con el mismo entusiasmo que él demuestra cuando enseña la placa a los alumnos de primaria.
—Dale recuerdos de mi parte —dice Roger.
—Lo haré.
Salto de emoción en cuanto cuelgo.
Al fin y al cabo, ya no estoy en el limbo en cuanto a mi empleo y, además, cuento con una razón legítima relacionada con el trabajo para llevar a cabo toda la investigación que Devlin quiere que evite.