Pecado inolvidable
Capítulo 3
3
Devlin la agarró de la espalda de la camiseta cuando ella hizo ademán de pasar junto a él y la detuvo.
—¿Se te ha olvidado que te conozco a la perfección?
Ella lo miró por encima del hombro, con esos ojos de color whisky clavados en la mano con la que la agarraba de la camiseta de las fuerzas especiales del ejército.
—¿Algún problema, señor Saint?
—Tienes que olvidarte de esto, Ellie. Deja que me ocupe.
—Mmm…
Lo miró de arriba abajo con una expresión distante muy diferente a como solía hacerlo. Devlin estaba seguro de que era la misma expresión que usaba cuando era policía. Joder, debía de formar parte del uniforme. El componente esencial en su transformación de mujer menuda a poli dura.
En ese momento supuso que era la expresión que mostraba al entrevistar a un posible informador testarudo. No esperaba esa cara en el dormitorio, pero no podía negar que le gustaba. Ellie era fuerte, siempre lo había sido.
Claro que también era terca, y en ocasiones como esa aquel rasgo acababa siendo peor que un dolor de muelas.
—Has dicho que hay gente con la que puedo hablar — insistió él—. Deja que me ocupe.
—También hay gente con la que yo puedo hablar — replicó ella—. Y para señalar lo evidente de nuevo, el mensaje lo he recibido yo. Cabe la posibilidad de que no tenga nada que ver contigo.
—Y una mierda.
La vio adoptar una postura de derrota.
—Joder, Devlin.
Al oírla, creyó que había ganado, pero después la vio inclinarse hacia delante, pasarse la camiseta por la cabeza y dirigirse hacia el cuarto de baño, completamente desnuda, mientras él se quedaba con la camiseta en las manos.
—El…
—No vamos a discutir sobre esto —lo cortó—. Quieres que me quede, vale. Eres más grande que yo. Joder, usa la dichosa camiseta y átame a la cama. Pero al margen de eso, yo haré lo que creo que es mejor, y tú puedes aplicarte el cuento. Y lo que pienso hacer es identificar al cabrón que me está mandando anónimos como si pudiera asustarme.
Se dio media vuelta y desapareció en el cuarto de baño cerrando de un portazo. Devlin hizo ademán de seguirla, pero se detuvo y decidió calmarse. Era muy obstinada, él también, y estaba más que claro que Ellie no se amedrentaba cuando se asustaba. Al contrario, se enfrentaba a sus miedos.
Debería haber sabido que no debía intentar convencerla de que lo dejara estar porque podría agitar el avispero. Ellie agitaba avisperos por el subidón que implicaba. Y él comprendía el motivo mejor que nadie.
El problema era que ella no entendía hasta qué punto era grande y peligroso ese avispero en concreto. El mundo de Devlin era inseguro, y había muchas personas a las que les gustaría verle caer. Si ella metía las narices donde no debía, podría acabar atrapada en un enjambre mortal.
Demasiado secretos. Demasiadas mentiras.
Se repetía sin cesar que, cuanto menos supiera, más segura estaría. Porque, cuanto más hilo cogiera Ellie, más tiraría de él y más probabilidades habría de que su mundo —y el que habían construido juntos— se desmoronase.
Tal vez ella no tuviera miedo a esos lugares peligrosos, pero él sí.
Antes no había sido así. Hasta que ella regresó a su vida, le había hecho un corte de mangas al peligro sin problemas. Porque ¿qué podía perder?
En ese momento se sentía vulnerable, cuando antes era acero puro. En ese instante tenía un punto débil. Y bien sabía Dios que mataría a cualquiera que hiciera daño a su El.
Quería contárselo todo. Quería estrecharla contra su cuerpo y ver cómo se acurraba a su lado, con los ojos cerrados, mientras asimilaba sus secretos. En sus fantasías, ella lo entendía. Todo lo que él hacía, todo lo que él era, tendría sentido para ella.
Sin embargo, no terminaba de creérselo.
En realidad, estaba acojonado.
«Es eso», pensó. Así de sencillo.
No se había sentido tan asustado desde el día que huyó de su padre, pero Ellie había conseguido aterrarlo de nuevo. Por su culpa, tenía algo que perder, algo que arriesgar.
Más aún, algo que proteger. Y eso era lo que estaba haciendo, aunque en parte implicara protegerla de él. De los recovecos oscuros de su alma que, si ella los viese, harían que lo mirase de otra forma.
«Mierda».
Sin darse cuenta de que se estaba moviendo, llegó a la puerta y la abrió de un tirón. Ella estaba en la ducha, y el contorno de su cuerpo se entreveía a través del cristal empañado por el vaho. La única luz de la habitación la proporcionaba una claraboya tintada, de modo que la escena que tenía delante parecía sacada de una película erótica.
Pese a la rabia, sintió que se le ponía dura. ¿«Pese»? Joder, tal vez era porque lo frustraba a más no poder. Quería poseerla de nuevo. Doblegarla a su voluntad. Sentir que tal vez —solo tal vez— tenía un mínimo de control sobre el torbellino que empezaba a formarse a su alrededor.
Y si eso lo convertía en un troglodita, que así fuera.
Ellie tenía la cabeza echada hacia atrás mientras el chorro de la ducha le caía en la cara, y no se había dado cuenta de que él había entrado.
Devlin se desató el cordón de los pantalones de chándal, los dejó caer al suelo antes de apartarlos de una patada. Ya la tenía dura, y eso que ni la veía bien. Bajó una mano y se la acarició despacio al tiempo que la observaba a través de la mampara. ¿Alguna vez en su vida esa mujer no lo había puesto cachondo? Solo tenía dieciséis años cuando se conocieron, y el impacto de verla aquella primera vez fue como un golpe en el estómago.
Era su debilidad, lo sabía, y no le gustaba ser débil. Pero merecía la pena porque era suya.
Pasara lo que pasase, ella era la personificación de todo por lo que había luchado en la vida, de todo por lo que seguía luchando: el amor, el bien, la esperanza y el futuro. Todo eso se concentraba en una mujer que le pertenecía. Una mujer por la que siempre lucharía, aunque implicase luchar contra ella.
Cruzó la estancia llena de vapor y abrió la mampara de la ducha. Ella se sobresaltó. Acto seguido, la rodeó con un brazo y tiró de ella a la vez que Ellie se relajaba, aliviada tras la sorpresa inicial.
—Dev… —comenzó ella, pero él la silenció con un beso abrasador, antes de soltarla el tiempo justo para pegarla a los azulejos negros de la pared, inmovilizándola con un brazo mientras la acariciaba entre las piernas con la mano libre.
Estaba mojadísima, y la vio entreabrir los labios con un quedo gemido que pronto se convirtió en un jadeo cuando le metió dos dedos al tiempo que le acariciaba el clítoris con el pulgar.
—Si te portas así cuando te cabreas — murmuró Ellie—, me dedicaré a sacarte de tus casillas a todas horas.
Se inclinó hacia ella y le mordisqueó una oreja.
—Cariño, no estoy furioso. No me has visto cabreado. Dudo que quieras verme así.
Se apartó lo justo para verle la cara, ya que esperaba una réplica mordaz. En cambio, ella se limitó a contestar:
—Lo mismo digo.
Devlin fue incapaz de controlarse. Soltó una carcajada.
—Solo hago mi trabajo —siguió ella—. Y alguien me ha mandado ese mensaje. Quiero saber quién. Y por qué. ¿Por qué quiere que te tenga miedo? ¿Por qué le importamos? Ya que estamos, ¿es por nosotros? ¿O se trata de lo que soy, periodista, y de quién eres tú? ¿Intenta obligarme a que te delate? ¿O pasa algo más gordo? —Extendió un brazo para que la acariciara con más fuerza antes de mirarlo a los ojos y empezar a frotarse contra él, y entreabrió los labios cuando se estremeció—. A lo mejor cree que soy su aliada. Que te estoy usando para conseguir lo que quiero.
—¿Y qué quieres? —La tenía tan dura que casi no podía hablar.
—A lo mejor busco el peligro —contestó ella—. A lo mejor solo quiero un buen polvo.
—A ver —contestó él con tranquilidad —, ¿quién no? Pero cariño, si anhelas el peligro, tienes que apartarte de mí. A lo mejor no te gusta lo que descubres.
Ella alzó la barbilla mientras lo miraba con furia en los ojos.
—¿No me va a gustar?
El corazón le retumbaba en los oídos, como si la sangre le pidiera a gritos que se lo contara. Que le confesase hasta el último dichoso detalle. Pero se limitó a preguntar:
—¿Crees que soportaría perderte de nuevo?
Devlin movió los dedos en su interior y se alegró al ver que ella se retorcía frotándose contra él, mientras se mordía el labio inferior en un claro intento por no gritar.
Se inclinó para besarla, con la polla tan dura que creyó estar a punto de explotar. Quería darle la vuelta y penetrarla desde atrás, sentir sus pechos en las manos hundiéndose en ella hasta el fondo.
Sin embargo, cuando hizo ademán de apartar la mano, ella se la sujetó, lo miró a los ojos y meneó la cabeza.
—Solo podrás perderme si eres tú quien se va — le aseguró—. Y para que conste, da igual lo mucho que desee que me la metas ahora, porque follándome no conseguirás que te obedezca. —Se escabulló por debajo de su brazo y se alejó hacia la puerta de la mampara con agilidad—. Ahora tengo trabajo —añadió—. Y creo que tú también.