Pecado inolvidable
Capítulo 26
26
—¿ e han llegado las notas? —le pregunto a Roger. T
Aún no es mediodía, y me he pasado toda la mañana organizando los datos del artículo de Peter y poniéndome hielo en el culo, que todavía me duele. Hace más de una hora que le he enviado un resumen y, como no he recibido respuesta, he tomado la iniciativa y he decidido meterle caña.
Por regla general, ni me molestaría en llamar, pero como he planeado dedicarme a la investigación de Myers una temporada, quiero asegurarme de ponerlo al día con el proyecto Peter.
—Las he ojeado, pero después las leo con atención —me contesta—. ¿Ya tienes ordenador?
—Lamar me ha conseguido un portátil. Voy a crearme una cuenta de correo y a reenviarme el mensaje con el enlace en breve. Cruza los dedos para que encuentre algo interesante y no me lleve a una página porno.
Hago un mohín, porque, teniendo en cuenta la inventiva que demuestran últimamente los creadores de mensajes de correo basura, es una posibilidad muy real.
—Ya están cruzados —me asegura—. Y gracias por hablar con Corbin ayer. He recibido su artículo esta mañana y ha hecho justicia a tu investigación.
Gruño, y él se ríe.
—Debería encerraros a los dos en una habitación hasta que os llevéis bien.
—¡Pero si nos encanta disfrutar de la aversión mutua!
—No te lo discuto. Y para que conste, te echamos de menos. O, al menos, yo te echo de menos. Bueno —se le nota en la voz que está bromeando—, echo de menos a Shelby.
—Eres consciente de que es una injusticia no poder llamarte gilipollas porque eres mi jefe, ¿verdad?
—Una lástima —contesta—. Deberíamos hablar de la posibilidad de establecer una especie de régimen de custodia compartida. Cuando acepté dejarte trabajar desde la Costa Oeste, me olvidé de Shelby.
—Ni lo sueñes. —Durante los últimos tres años, Shelby estuvo en el garaje de su casa, ya que encontrar un aparcamiento en Manhattan superaba mi presupuesto—. Puedes seguir el ejemplo de mi padre —le sugiero—. Búscate un Shelby Cobra del 65 que necesite un poco de cariño y ponte manos a la obra.
Lo oigo reír al otro lado de la línea.
—Qué pena que carezca de las habilidades de tu padre.
—¡Ah! Mi padre también carecía de ellas. Lee las notas. El mecánico no tenía mucha información, pero mencionó a una novia. No la he localizado, y no sabía que Peter estuviera saliendo con alguien, pero espero encontrar alguna pista en la ciudad si presiono lo suficiente. Y si resulta que ella era más que un rollo, si estaba trabajando o colaboraba con El Lobo o algo así, la historia se volverá mucho más interesante.
—¿Y lo llevas bien?
—La parte de mi madre me dejó hecha polvo —admito—. Pero estoy intentando alejarme un poco y verlo como una historia. Le añadiré los toques personales cuando lo redacte, pero necesito compartimentar para mantener la cabeza despejada mientras investigo. Tú me enseñaste a hacerlo.
—Y aprendiste bien. Estoy orgulloso de ti, niña. —Hace una pausa—. ¿Cómo van las cosas con Saint?
Es un cambio de tema interesante, teniendo en cuenta que casi me despiden de la revista por mi relación con él y que ya no me es posible firmar algunos de mis artículos.
—Genial —le aseguro.
—¿No te arrepientes de haberte quedado en California?
—Solo llevo aquí unos cinco minutos —le recuerdo—. Pero no. No me arrepiento. Y no creo que lo haga.
—Me alegro por ti, niña. ¿Quieres que siga en línea mientras creas la cuenta de correo electrónico y abres el enlace con el portátil?
—¿Y dejar que me oigas soltar burradas por todas las meteduras de pata que voy a hacer mientras creo la cuenta? No, gracias. En cuanto lo logre, te llamaré o te enviaré un mensaje poniéndote al día.
Quedamos en eso y, tan pronto como colgamos, me relleno la taza de café y me pongo a trabajar. Tengo la casa para mí sola; lo he cerrado todo a cal y canto. Brandy está en Los Ángeles, ocupada con sus cosas en el distrito de la moda, pero me ha llamado dos veces. Lamar se ha pasado a verme de camino al trabajo y me ha enviado tres mensajes. Devlin, que todavía no sabe lo del Range Rover, me ha llamado dos veces para decirme que está pensando en mí. Y aunque quiero mucho a mis amigos, son los mensajes de Devlin los que más me hacen sonreír.
Dado que no quiero hacer nada relacionado con el mensaje de correo electrónico de Terrance Myers en casa de Brandy ni en su red, me voy a Brewski para usar la conexión wifi gratuita. Sé que Brandy y Lamar se enfadarán si se enteran de que he salido, pero no me apetece seguir encerrada. Además, voy en Shelby en vez de ir andando, las mesas de Brewski están en una terraza y a la vista de todo el mundo, y llevo un arma en el bolso.
Pese a todos los argumentos racionales, lo cierto es que me gusta la idea de salir y regresar a casa sin problemas. Porque, en serio, ¿desde cuándo dejo pasar la oportunidad de coquetear con el peligro?
Una hora después ya tengo el portátil nuevo configurado y conectado a la wifi de Brewski. Acto seguido, creo una dirección de correo electrónico para Cotilla Chismoso, un nombre que he elegido porque Gmail pide un nombre y una serie de datos identificativos. En este caso, son todos falsos.
La cuenta no está relacionada con mi nombre ni con ninguna de mis contraseñas habituales. Por si no fuera suficiente, y como estoy paranoica, creo una segunda cuenta de correo electrónico falsa. A esta la llamo Tierra Plana, y la razón no es otra que mi absoluta falta de imaginación. Envío algunos correos electrónicos de Tierra Plana a Cotilla Chismoso, y llegan sin problemas.
Una vez que abro mi portátil de verdad, echo un vistazo a mi alrededor esperando que la gente mire con curiosidad a una mujer sentada con dos portátiles frente a la mesa de una cafetería. Nadie me mira. Es la ventaja de vivir en un mundo centrado en la tecnología. Podría tener dos portátiles, una tableta, un móvil y una impresora portátil en esta mesita y nadie se inmutaría.
Abro el correo electrónico del trabajo en mi portátil y reenvío el mensaje anónimo sobre Terrance Myers a la dirección de Tierra Plana. En cuanto aparece, lo reenvío a Cotilla Chismoso.
Y después, cuando llega a la cuenta de Cotilla, por fin, ¡por fin!, pincho en el enlace y cruzo los dedos para no haber hecho tantos malabarismos en balde.
La conexión es lenta a más no poder, y empiezo a dar golpecitos a la mesa con un dedo mientras la barra que indica que la página se está cargando se rellena a la velocidad de un caracol.
Por fin se carga del todo y aparece la web. Veo texto en la parte superior y un vídeo insertado que está en pausa. Lo único que distingo es una imagen del edificio del banco Hastings y la flecha azul donde necesito pinchar para reproducir el vídeo.
Utilizo el trackpad para colocar el cursor en su sitio mientras leo la breve nota:
En las imágenes del dron se ve algo
interesante. Fíjate en la hora. Horas antes
del asesinato de Terrance Myers. Dos
figuras bajan con cuerdas. Un ensayo
antes de la función principal. No dejes
que esos cabrones se salgan con la suya.
Eso no es justicia, es un asesinato.
Lo leo dos veces y, aunque he elegido una mesa en la que tengo la pared de la cafetería a mi espalda, compruebo si alguien me mira por encima del hombro. Porque esto es un bombazo, un bombazo que va a traer cola, y ni de coña pienso arriesgarme a perder un notición de esta magnitud.
Suponiendo, por supuesto, que el vídeo sea lo que dice el misterioso buen samaritano.
«Por favor —pienso—. Por favor, que sea real».
Respiro hondo y empiezo a reproducir el vídeo.
Aguanto la respiración mientras veo que el dron rodea el edificio del banco y acaba enfocando a dos figuras que bajan con cuerdas por un lateral, tal como siempre he pensado que habría hecho el francotirador. Según la policía, tras el asesinato solo descendió una persona por el edificio, así que supongo que el remitente del vídeo está en lo cierto y que esto es un ensayo.
El dron se acerca, y contengo el aliento mientras trato de ver las caras. Incluso pongo el dedo en el trackpad en un intento por acercar la imagen, como si fuera un mapa o algo así. Por supuesto, no puedo, pero si hago una captura de pantalla…
Pauso el vídeo lo justo para hacer la captura y después amplío la imagen. Sin embargo, está demasiado pixelada. Frustrada, dejo que el vídeo siga reproduciéndose. Las dos figuras casi han llegado al suelo. Bajan codo con codo, y el ganador llega a la acera solo unos segundos antes que el perdedor. El dron no graba el sonido, pero debe de oírse algo, porque ambos miran hacia arriba.
Sería una toma perfecta para usarla como reconocimiento facial, pero entre la distancia y la poca luz, la imagen es espantosa. No es nítida y está muy pixelada, y carezco de las habilidades necesarias para arreglarlo.
Me pregunto si alguien podrá hacerlo. Porque seguro que quien me haya enviado esto lo ha intentado. Quieren que vea al francotirador, ¿verdad? ¿Significa eso que la calidad del vídeo no se puede mejorar? O tal vez supongan que los periodistas tenemos poderes porque, si esto fuera una película, seguramente lo solucionaría todo pulsando unas cuantas teclas o escribiendo algún código y listos.
Ni de coña, vamos.
Frunzo el ceño e intento pensar en algún conocido con las habilidades necesarias para mejorar la imagen.
O, mejor dicho, con las habilidades necesarias para enseñarme a mejorar la imagen. No estoy preparada para compartir este vídeo. Es demasiado fuerte, y una filtración podría significar que me robasen la historia.
Necesito a alguien que tenga un software que pueda usar. Alguien que trabaje en diseño gráfico, en programación o, no sé, un genio experto en tecnología.
Por desgracia, no se me ocurre nadie, pero le envío un mensaje a Roger preguntándole si me puede ayudar. Seguro que la revista ha necesitado mejorar la calidad de una imagen en algún momento.
Su respuesta es rápida y desconcertante.
Tenemos a alguien en plantilla que trabajaba
codificando software para diseño gráfico. Dice que en tiempos creó un programa que tal vez pueda ayudarte.
Pero no te va a gustar.
¿Que no me va a gustar? ¿Está loco? Le respondo:
Estás loco? Quién es?
Esta vez, la respuesta tarda más. Tanto que estoy a punto de llamarlo. Sin embargo, al final contesta:
Corbin. Ha accedido a enviarte el programa. Pero
dice que le debes una.