Pecado inolvidable

Julie Kenner · Capítulo 7 de 45

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Pecado inolvidable

Capítulo 7

7

 

 

El Seaside Inn está en la autopista de la Costa del Pacífico, casi justo enfrente de donde ahora se alza la Fundación Devlin Saint. Cuando el hotel era propiedad de mi tío Peter, el edificio de la fundación era un solar cubierto de malas hierbas que la gente usaba como aparcamiento ilegal para ir a la playa.

Peter y yo solíamos ir andando desde su casa, una de las pocas de Laguna Cortez que está en el lado de la autopista que da al océano. Incluso lo ayudé a decorar el hotel. Al menos, pinté unas cuantas paredes. Por lo general, me daba tareas menores, ya que el trabajo de verdad lo realizaron los empleados de la empresa de reformas que contrató. Pero recuerdo sentirme importante, y siempre me ha gustado el hotelito.

La zona que da a la autopista no tiene nada de especial. Es acogedora, sí, pero muy funcional, con un camino circular de entrada y un porche que permite que los clientes entreguen el coche al aparcacoches sin bloquear la autopista. En cambio, en la zona interior, el hotel tiene un maravilloso toque mediterráneo. Es de planta cuadrada, y en los cuatro laterales se encuentran los pasillos que llevan a las distintas habitaciones.

En el centro del edificio hay un patio soleado con una pequeña piscina, una zona de sillones y un bar bien provisto que atrae tanto a los huéspedes como a los lugareños.

El mostrador de recepción es lo primero que vemos al cruzar las puertas de cristal. En mi adolescencia, el gerente se llamaba Taggart. Nunca supe su nombre de pila, y aunque podría haberlo buscado antes de venir, no me he molestado en hacerlo. Ahora no está en el mostrador, aunque no sería raro que siguiera trabajando aquí. Tras la muerte del tío Peter, descubrí que el señor Taggart había comprado el hotel, y no se me ocurre ningún motivo para que lo haya vendido. Después de todo, el turismo en Laguna Cortez sigue en auge.

Aunque tiene sentido que no esté en la recepción. Ahora es el dueño, no el gerente, y la mujer que veo es más o menos de mi edad. Miró de reojo a Lamar, que capta la indirecta y se acerca primero. Al fin y al cabo, está cañón, y siempre estoy a favor de engatusar a un testigo. La mujer levanta la mirada cuando nos acercamos y sonríe.

—¿Van a registrarse?

Tiene los ojos grandes, la piel bronceada y algo de acento. Mexicana, creo, aunque no estoy segura. Lleva una camisa blanca y una americana azul con una chapa metálica en la que se lee REGGIE. El pelo le llega a los hombros. Es totalmente liso, de un castaño oscuro acentuado por mechas azul cobalto. Esboza una amplia sonrisa muy amable, y me doy cuenta de que no lleva alianza. Soltera. Tal vez usar la baza de Lamar sea lo mejor.

—Esperábamos poder hablar con el señor Taggart — ⁠dice Lamar⁠—. Tengo entendido que es el dueño.

—¿Hay algún problema? Soy la gerente.

—Ningún problema. Solo queríamos hacerle unas preguntas sobre el hombre al que compró el hotel.

Deja de mirar a Lamar para clavar la vista en mí, y me da la sensación de que está sorprendida.

—¡Ah! —exclama—. Mateo Taggart es mi padre. Pero no está aquí. Sufrió un ictus hace tres años. Ahora vive en una residencia.

—Lo siento mucho —dice Lamar—. ¿Crees que podríamos ir a verlo?

—Pues sí, pero me temo que no está bien. Hay muy pocas probabilidades de que recuerde algo de hace tanto tiempo, o de que sea capaz de mantener una conversación coherente.

Parpadea, y me da la impresión de que intenta mantener la compostura. Me pregunto qué relación tenía con su padre. Y si perder a un padre de esa forma, por culpa de una lenta enfermedad o de la degeneración mental, duele más o menos que perderlo de golpe durante la adolescencia.

Me acerco un paso con la repentina sensación de que me resulta familiar. Me pregunto si nos hemos visto antes.

—¿Fuiste al instituto aquí, en Laguna Cortez?

Pone los ojos como platos, sorprendida.

—Lo siento. Es que me suena mucho tu cara — ⁠me disculpo.

—Ah. No, no crecí aquí. Mis padres se divorciaron cuando yo era pequeña. Viví con mi madre. Me mudé hace unos seis años para ayudar a mi padre con el hotel. —⁠Hace una mueca⁠—. Y porque no sabía qué hacer con mi vida. Mi padre siempre decía que el hotel sería mi herencia y que debía aprender a llevarlo. —⁠Suspira⁠—. Supongo que he heredado antes de tiempo.

—Siento mucho lo de tu padre — ⁠le digo⁠—. Pero estoy segura de que es un consuelo para él saber que el hotel está en tus manos.

—Gracias. Eres muy amable. — ⁠Da unos golpecitos a un montón de postales publicitarias para colocarlas bien⁠—. Bueno, ¿en qué creéis que podría ayudaros mi padre?

—Peter White —le contesto—. Era mi tío, y lo asesinaron cuando yo tenía diecisiete años. Intento saber más sobre él. En fin, para completar mi historia familiar y tal vez comprender por qué lo mataron. El asesinato fue muy peculiar.

—El nombre me suena. Es a quien mi padre compró el hotel, ¿verdad?

Asiento con la cabeza.

—Me sabe mal, pero no sé más. Ni siquiera creo que tengamos documentos o notas que el señor White dejara a mi padre para dirigir el negocio. Supongo que habéis hablado con la policía.

—Por supuesto, pero no queremos resolver el asesinato. Se trata de averiguar qué clase de hombre era.

—Lo entiendo. Yo he estado guardando muchas de las pertenencias de mi padre durante estos últimos años, organizándolas y averiguando cosas sobre su vida. Como te he dicho, siento mucho lo de tu tío. Ojalá pudiera ayudaros.

—En fin, gracias por atendernos —⁠dice Lamar.

Me mira de reojo y asiento con la cabeza. Me da que de aquí no vamos a sacar nada. Nos despedimos antes de marcharnos.

Una vez en la calle, detengo a Lamar.

—¿No te suena su cara?

Lamar niega con la cabeza.

—No, y créeme que me acordaría de ella.

Pongo los ojos en blanco.

—Hablando de mujeres guapas… — ⁠Deja la frase en el aire para señalar con la cabeza el edificio de la fundación que está al otro lado de la calle⁠—. ¿Te importa si nos pasamos?

Al principio me desconcierta la pregunta. Después recuerdo a Tracy Wheeler, que está haciendo prácticas en la Fundación Saint Devlin. La misma Tracy que volvió loquito a Lamar cuando asistimos a la gala no hace mucho.

—Te tiras a todo lo que se menea.

Se las apaña para mirarme con expresión inocente.

—No sé a qué te refieres.

—Millie me ha mandado un mensaje. Me ha dicho que la has invitado a almorzar con nosotros en Los Ángeles mañana.

Millie es una amiga de nuestra etapa en el departamento de policía de Irvine. Dejó el puesto para estudiar Derecho poco después de que nosotros nos incorporásemos. Ahora trabaja para la oficina del fiscal general en Los Ángeles.

—No puede, por cierto —sigo—. Está preparando un juicio. Pero me ha dicho que estaba emocionada por el hecho de que se lo hayas pedido. —⁠Cruzo los brazos por delante del pecho⁠—. Es una amiga. No juegues con ella. Ni con Tracy. Las dos me caen muy bien.

Él levanta las manos.

—Un momento. No quiero hacer daño a nadie. Pero si me gusta alguien y yo también le gusto… —⁠Esboza una sonrisa de oreja a oreja⁠—. A ver, ¿por qué no voy a gustarle?

Intento controlarme, pero al final se me escapa una carcajada.

—Te tiras a todo lo que se menea —⁠repito⁠—. Y no creas que porque me esté riendo lo digo menos en serio. Como le hagas daño a alguna de las dos, te corto las pelotas.

—Recibido —me asegura—. Mis pelotas y yo nos portaremos de una forma impecable.

Meneo la cabeza con exagerada exasperación. La verdad es que espero que encuentre a alguien, lo que pasa es que me da miedo de que acabe haciéndole daño a alguna de mis amigas durante su búsqueda. Nunca lo he visto tomarse una relación en serio. Ha salido con un montón de mujeres y de hombres desde que lo conozco, siempre personas muy agradables, normalmente graciosas e inteligentes. La clase de persona con la que podría verlo feliz a largo plazo. Sin embargo, por algún motivo, nunca sale bien.

No sé por qué, y me preocupa. Lo quiero muchísimo, pero también sé que no termino de entenderle. Me gustaría hacerlo, un día de estos. Pero hasta que suceda, nos apañamos como podemos.

—No le rompas el corazón a Tracy —⁠le ordeno al llegar a la puerta principal de la Fundación Devlin Saint.

—Ni se me pasaría por la cabeza.

Me gustaría dejárselo bien clarito —⁠al fin y al cabo, siento cierto afán protector hacia Tracy, ya que trabaja para mi novio⁠—, pero ya me ha abierto la puerta. Entro y me detengo un momento para observar el conocido interior, tan increíble por su austeridad de hormigón, acero y cristal.

Me acerco al mostrador de recepción donde está la misma persona que me recibió el primer día que llegué, Paul. Levanta la mirada y me da la bienvenida con una sonrisa.

—Señorita Holmes, ¿le digo al señor Saint que está aquí?

—Llámame Ellie, Paul. Y desde luego, sería estupendo. Pero dile que no es nada importante. Hemos venido a ver a Tracy, así que, si está ocupado, no es necesario que baje.

—Se lo diré. Y avisaré a Tracy.

Le doy las gracias y Lamar y yo nos acercamos a los ventanales orientados hacia una zona de estar al aire libre. Los paneles de cristal se pueden plegar por completo hacia los lados y desaparecen en la estructura, como si fueran puertas correderas, para crear una zona de recepción con espacio interior y exterior. La fundación celebra muchas galas para recaudar fondos y, con la vista del Pacífico al otro lado del patio embaldosado con piedra, la ubicación es inmejorable.

Lamar me deja sola para ir al aseo y, mientras observo el océano, Tracy se me acerca por la espalda.

—¡Hola!

Me vuelvo y me encuentro de repente entre los brazos de Tracy.

—Me alegro mucho de verte —⁠dice ella al tiempo que retrocede un paso. Lleva el pelo a lo afro y muy corto, lo que resalta sus pómulos⁠—. ¿Qué pasa?

—Lo que pasa es que tienes un admirador —⁠contesto⁠—. He venido con Lamar. Le apetecía pasarse.

—Oh. —Esboza una sonrisilla—. En fin, qué bien, ¿no?

Se me pasa por la cabeza ponerla sobre aviso. Decirle que Lamar no parece ir en serio nunca. Pero no lo hago. Al fin y al cabo, soy la última persona que debería dar consejos sentimentales. Además, cada vez que Lamar hace un comentario sobre mi relación con Devlin, me cabrea.

—¿Os habéis estado viendo a menudo? —⁠pregunto justo cuando la asistente de Devlin, Anna, se acerca hacia nosotras a toda prisa.

Tracy niega con la cabeza.

—Nos vemos en nuestro edificio, poco más. Tenemos unos horarios muy distintos. Pero nos hemos estado mensajeando mucho —⁠añade con un deje cantarín⁠—. Es muy mono.

—Pues sí —admito, y es la verdad.

—¿Habláis de Lamar? —pregunta Anna ⁠—. Lo he visto arriba. Subía cuando yo bajaba.

Frunzo el ceño mientras me pregunto por qué no ha entrado en el aseo de esta planta. Claro que da igual, y se me olvida en cuanto Anna me coge las manos. Es una pelirroja impresionante, con brillantes ojos azules y piel de alabastro. Es una combinación muy rara —⁠los ojos y el pelo⁠—, algo que descubrí cuando escribí un artículo sobre los genes recesivos durante mi primer año en The Spall Monthly. Rara o no, el asunto es que Anna hace que la gente se vuelva para mirarla y también que me puse muy celosa la primera vez que la vi junto a Devlin.

Ahora que sé que solo son amigos, me cae bien. Pero sigo con la sensación de que soy como una niña bajita disfrazada al lado de esa belleza de estrella de cine.

—Me alegro muchísimo de verte. Iba a llamarte para decirte lo contenta que estoy. Devlin me ha contado que habéis arreglado las cosas. Me alegro por los dos. Estaba preocupadísima —⁠añade al tiempo que retrocede un paso y me mira de arriba abajo⁠—. Pero mírate, estás maravillosa.

Me echo a reír un poco avergonzada. Nunca se me ha dado bien estar en el candelero.

—No es verdad.

—Claro que sí —asegura Tracy, así que les doy la razón a regañadientes.

Como está en prácticas, Tracy lleva poco tiempo en la Fundación Devlin Saint y no pertenece al círculo de amistades de Devlin. En cambio, Anna lo conoce desde pequeño y es muy consciente de que antes era Alex Leto, también conocido como Alejandro López. Lo que no sé es si Ronan o ella están al tanto de que él mató a Peter. Seguramente no. ¿Por qué iban a saberlo? Ni que a Devlin le hubiera interesado gritarlo a los cuatro vientos cuando todavía era Alex… Tampoco tenía sentido que tuviera la necesidad de revelar sus secretos más adelante, cuando creó la Fundación Devlin Saint. Tamra lo sabe, pero porque es más una madre para él, y se lo contó todo después del suceso.

—… bajar.

—¿Perdona?

Levanto la mirada al darme cuenta de que me he ensimismado y me he perdido lo que Anna estaba diciendo.

—He dicho que estaba liado cuando Paul lo avisó. Pero que debería bajar en cualquier… Ah, ahí está. Un estupendo don de la oportunidad.

—Para las dos —murmura Tracy, que se ha inclinado para susurrármelo al oído.

No sé a qué se refiere hasta que me vuelvo y veo a Devlin bajando la escalinata con Lamar a su lado. Devlin lleva un traje gris con una camisa celeste y el pelo peinado hacia atrás; la montura oscura de las gafas que usa como camuflaje adicional le aporta el aire de un guerrero empresarial.

«Un guerrero, ya lo creo», me digo. Su postura es tensa, tiene los labios apretados y se mueve con una precisión milimétrica. Baja junto a Lamar, pero no se hablan, y el aire entre ellos parece crepitar por algún motivo.

No sé qué ha ocurrido entre ellos, pero me doy cuenta de lo que pasa.

Y lo que veo me dice que Devlin está cabreadísimo.