Pecado inolvidable
Capítulo 34
34
Tengo el cuerpo dolorido después de hacer el amor y, con un suspiro satisfecho, ruedo hasta tumbarme de lado y paso una pierna desnuda por encima de Devlin.
—Todavía no me has contado lo de Carrie. Estabas con ella en aquella gala en Nueva York, y ahora dice que eres el mismísimo diablo.
Su semblante se endurece.
—Creo que es justo decir que Carrie entra en la categoría de cosas de las que me arrepiento.
Le aparto la pierna y me incorporo para sentarme contra el cabecero mientras me cubro con la sábana.
Él cambia de postura para verme mejor y después menea la cabeza despacio.
—No —dice en voz baja—. No hubo nada entre nosotros, no en ese aspecto. Ya te lo he dicho. Solo he ido en serio con una mujer.
—No estoy celosa —le aseguro, aunque lo estoy un poquito y sé que él lo sabe—. Solo me siento incómoda. Carrie es Carrie, y nunca hemos sido íntimas. Pero era mi amiga, y…
—Lo sé. Entonces también lo sabía. Te lo creas o no, en parte por eso le pedí que me acompañase a Nueva York.
Ladeo la cabeza.
—Ahora me he perdido.
—Era amiga de un amigo mío que vivía en Manhattan. Jon. Él sabía que yo iría ese fin de semana. Era una conferencia con varias organizaciones sin ánimo de lucro, y me invitaron para pronunciar un discurso. Había una cena formal, y se esperaba que llevara acompañante. Carrie quería visitar a Jon, y Anna estaba ocupada con los últimos detalles de la construcción. En aquel momento me pareció una buena idea.
—¿No te preocupaba que pudiera reconocerte?
Aunque ninguna de mis amigas, salvo Brandy, sabía que Alex y yo manteníamos una relación cuando yo estaba en el instituto, venían a la casa donde trabajaba Alex. Y eso quería decir que lo veían y a menudo comentaban lo bueno que estaba.
—No me preocupaba que tú lo hicieras, ¿no? — replica—. Y si había alguien capaz de ver a Alex bajo la máscara de Devlin, serías tú.
—No es una máscara —lo contradigo, al tiempo que extiendo un brazo y le acaricio la mejilla.
Me coge la mano y me la sujeta contra la barba y el duro ángulo de su mentón.
—Ahora no —reconoce—. Pero por aquel entonces…
Asiento con la cabeza. Por aquel entonces él llevaría unos tres años en el mundo desde la desaparición de Alex y la aparición de Devlin, surgido del oscuro pasado que le crearon sus amigos del ejército y la inteligencia militar.
—¿Y Carrie estaba conforme con que fuera un viaje entre amigos? Siempre le pareció que Alex estaba buenísimo. Habría pensado que se sentiría más atraída por Devlin.
—Así era —me contesta.
—¿A qué te refieres? —No estoy segura de si se refiere a que estaba conforme con el plan o a que se sentía atraída por él.
—A ambas cosas —responde, y nos echamos a reír.
—En fin, debería habérmelo esperado.
Cambia de postura para apoyar la espalda en el cabecero de la cama y me coloco a horcajadas sobre él dejando que la sábana caiga. Me cubre los pechos con las manos. Me muerdo el labio inferior y muevo las caderas para incitarnos a los dos. Y para dejar bien claro que solo estamos tomándonos un descanso, que la noche no ha terminado, ni mucho menos.
Me acaricia los pezones mientras dice:
—Veo que no te interesa mucho la historia.
—Al contrario. —Me siento con su polla entre las piernas y luego me inclino hacia delante para apoyarme en su torso, con la cabeza ladeada a fin de mirarlo a la cara—. Cuéntame el resto.
Me pone las manos en la cintura y empieza a acariciarme el culo mientras continúa.
—La primera noche estuvo bien. Cenamos y tomamos algo con Jon. Ella se fue a su habitación y yo me fui a la mía. Había una puerta que las comunicaba, pero estaba cerrada. Me pasé el día siguiente de seminario en seminario, y ella estuvo de compras. Esa noche se tomó algo con una amiga de la universidad. Mientras ella estaba fuera, hice algo que no debería haber hecho. Algo que siempre hacía cuando iba a Nueva York, aunque, cada vez que lo hacía, sabía que era un error muy peligroso.
Me mira a los ojos, y me quedo sin aliento. «Fue a verme». La certeza me golpea al tiempo que él sigue hablando.
—Era una obsesión. Era imposible que no te buscara de la misma manera que era imposible obligarme a no respirar.
—¿Cada vez que ibas a Nueva York? —El corazón me late con tanta fuerza que temo que no pueda oír mis palabras. Lo veo asentir con la cabeza—. Y nunca te vi. O, si te vi, supongo que nunca supe que eras tú.
Le tiemblan los labios, pero no sé si intenta contener una sonrisa o es una mueca.
—Nunca quise que me vieras. Pero te observé. Cada vez que iba a la ciudad, encontraba la manera de observarte. —Me mira fijamente a los ojos—. Aquella noche, con Max, me viste, pero de hecho, no veías nada.
—Pero te percibí —le digo—. Cómo te movías. Cómo andabas. No sé. Me fijé en ti antes de llegar al callejón, y estaba pensando en Alex. Creí que me estaba volviendo loca, la verdad, pero… —Dejo la frase en el aire, ya que mi mente vuelve a centrarse en el espantoso recuerdo de Max y en lo que intentó hacer. Respiro hondo para olvidar el recuerdo y continuar—. Después… —Tengo que hacer una pausa antes de seguir—. Después me pareció que el chico que había visto era un ángel de la guarda. Tenía sentido, ¿no? Al fin y al cabo, y que yo supiera, Alex estaba muerto.
Da un respingo al oírme.
—No pasa nada —le aseguro—. Aquello fue entonces, pero ahora te he recuperado. —Lo miro con una sonrisa coqueta—. Mientras la historia no desvaríe mucho, te perdono. —Me arrepiento de esas palabras nada más ver la dureza que brilla en su mirada—. Devlin, cuéntamelo. Ya sé que te considera el mismísimo diablo. Quiero saber por qué.
Por un instante, creo que se va a quedar callado. Pero prosigue al cabo de nada.
—Esa noche, después de verte, después de pararle los pies a Max, volví al hotel. Iba a tope. Acababa de matar a aquel tío. Al cabrón que quería hacerte daño. Pero no bastaba. Ni por asomo. Fui a mi habitación y me tomé un par de copas. Me las tomé de un trago, una tras otra, para calmar los nervios. Después me di una ducha, porque quería borrar todo aquello. La sangre. Los recuerdos.
Me tenso, temerosa de adónde va la historia, pero sin querer que se calle.
—Te he dicho que había una puerta entre las habitaciones, pero que de noche estaba cerrada. Sin embargo, esa tarde estuvimos hablando y seguía abierta. Yo tenía una toalla alrededor de la cintura cuando ella pasó por delante de la puerta. También había bebido, y mucho. Sé controlarme cuando bebo alcohol, pero esa noche no quería hacerlo. Quería emborracharme como una cuba. Quería acabar ciego perdido. Quería olvidar.
Siento que me caen las lágrimas por las mejillas, pero no me las seco. Me quedo inmóvil mientras deseo que las cosas hubieran sido distintas, como tantas otras veces en mi vida.
—No sé qué buscaba ella, además de sexo. Y después de varias copas más, estuve encantado de complacerla.
Trago saliva, ya que no quiero oírlo, pero al mismo tiempo estoy pendiente de todas y cada una de sus palabras.
—Fui… rudo. Y le gustó. Tenía… muchas cosas en la cabeza, y el alcohol facilitaba la tarea de perderme. —Se pasa los dedos por el pelo antes de pegarme a él y apoyar la frente en la mía, de modo que nos tocamos, pero no puedo verle la cara—. La perdí —continuó—. Pero conseguí recuperarla. Me di cuenta de que no deseaba aquello. No la deseaba a ella. Así que la noche siguiente, cuando quiso meterse en mi cama, la eché.
—A mí me has atado —susurro—. Y también me gusta rudo.
Se aparta un poco para echarme la cabeza hacia atrás, y en esta ocasión su mirada me llega al alma.
—Porque te deseo. Deseo reclamarte. Poseerte. Y porque sé lo que te gusta: la posibilidad del peligro, aunque solo sea a través de una fantasía, porque sabes que yo nunca te haría daño.
—Sí. —Trago saliva, sin saber qué va a decir a continuación.
—Con ella solo pensaba en ti. La estaba castigando, y me estaba castigando, porque te había perdido. La estaba usando igual que mi padre usaba a la gente. Igual que le hacía daño a la gente.
Doy un respingo.
—¿Le hiciste daño? Fue un accidente. Ella sabía que tú…
—No. —Casi se echa a reír—. No le hice daño. — Toma una honda bocanada de aire—. Quería que se lo hiciera. Quería que repitiera lo que habíamos hecho la noche anterior e ir más allá. Y cuando me negué a estar con ella, se enfadó. Estalló. Dijo que la había engañado. Que la había usado. Y tenía razón.
Me inclino para darle un beso fugaz.
—Eso no te convierte en un monstruo, y no le debías nada después. —Le acaricio una mejilla con una mano y la dejó allí mientras lo miro a los ojos—. Pero a mí puedes usarme. Quiero que lo hagas. Sabes que no puedes hacer nada que me aleje de ti. Que no hay nada que no me puedas pedir. Tierno, rudo. Lo que necesites —le digo mirándolo fijamente a los ojos—. Cuando lo necesites.
Sonríe al reconocer las palabras que me dijo.
—Nena, lo sé. —Me pega a él y me abraza con fuerza hasta que, al final, me tumba de espaldas, pone un brazo a cada lado de mi cuerpo para sostenerse por encima de mí y se queda así, observándome con esos ojos verdes que ya me resultan tan familiares.
—¿Qué? —Siento que se me escapa una sonrisilla, ya que espero un comentario travieso o un beso largo y apasionado.
Así que no estoy preparada cuando dice en voz baja:
—Te quiero, El. Siempre te he querido.
Parpadeo para contener las lágrimas y, pese al nudo que siento en la garganta consigo decir:
—Lo sé.
—Debería haberlo dicho antes. Tú lo hiciste, y cada vez que oía esas palabras, la felicidad me inundaba el corazón y me sentía el hombre más afortunado del mundo.
—Las has dicho miles de veces —le aseguro—. Es posible hablar sin palabras.
—Pero de todas formas te gusta oírlas.
Me echo a reír mientras me abraza.
—Sí —admito—. Muchísimo.
Nos quedamos así, abrazados, respirando al unísono durante lo que me parece una eternidad.
—Podría ser un problema —dice al rato Devlin.
Tardo un momento en centrarme y darme cuenta de que vuelve a hablar de Carrie.
—¿A qué te refieres?
—No me esperaba que todavía estuviera tan furiosa.
Asiento con la cabeza.
—Cuando me lo dijo, le pregunté si estaba enviando ella los mensajes. No me lo confirmó, pero tampoco lo desmintió.
—¿Crees que es ella?
—La verdad, no lo sé. —Me incorporo y pego las rodillas al pecho—. Hay algo más que debo preguntarte.
Él también cambia de postura y frunce el ceño.
—Menuda nochecita —dice, y me echo a reír, agradecida de que quiera aligerar el ambiente.
—¿Sabías algo de que Peter estuviera metido en el porno?
Sé que no tenía ni idea antes de que me conteste.
—¿Estás segura?
—No —respondo, y después le cuento lo que me dijo Lamar.
—El hecho de que Mulroy estuviera metido en el porno no quiere decir que Peter también lo estuviera. Eso no le pega al hombre al que yo conocía.
—Lo mismo digo.
Pero lo que no digo es que trabajar en el crimen organizado y en el tráfico de drogas tampoco era propio del Peter que yo creía conocer.
Siempre he sabido que todos tenemos secretos, pero al volver a Laguna Cortez, por fin lo he entendido de verdad.
Estoy en la cocina observando a Devlin mientras prepara unos scones de arándanos de una caja que contenía la mezcla ya preparada. No son ni las ocho de la mañana, pero se ha levantado justo después de dar las seis.
Lo sé porque enseguida eché de menos su calor corporal y, al darme cuenta de que ya se había puesto en marcha, no pude dormirme de nuevo. Así que me puse una de sus camisetas y salí a buscarlo. Lo oí antes de encontrarlo, y me pasé unos veinte minutos muy agradables viendo cómo le daba una paliza a un saco de boxeo en el patio trasero. Se había envuelto las manos, algo que agradecí. Recuerdo demasiado bien haber visto sus dedos en carne viva, enrojecidos, y manchas de sangre en la suave piel de color tostado de la pobre bolsa de cuero.
Anoche tenía los nudillos rojos, pero no magullados ni sangrando. Se había contenido con Walt, claro. Y esa es la razón por la que ese canalla no está muerto.
—¿Ya estás mejor? —le pregunté cuando se volvió hacia mí, con el sudor cayéndole por los ojos.
Solo llevaba unos pantalones cortos, y todo su cuerpo relucía como el retrato de un dios antiguo iluminado por los focos de un museo.
—Estoy en ello —me contestó antes de cogerme una mano—. Hablar anoche me ayudó. Y darme una ducha contigo ahora seguro que remata la faena.
—Tienes una mente obsesiva.
—Si la obsesión eres tú, sí —me contestó.
Ahora ya estamos duchados y vestidos para afrontar el día, y pronto nos comeremos unos scones juntos. Después él se irá a la fundación y yo volveré a casa para ver cómo está Brandy antes de continuar mi investigación sobre Peter, o sea, que mi prioridad es ponerme en contacto con Cyrus Mulroy.
—Trece minutos —dice Devlin al tiempo que mete la bandeja en el horno—. ¿Qué podríamos hacer durante trece minutos?
Me mira con fingida lujuria, y me echo a reír.
—Quieto, guapo. Estoy vestida e incluso me he maquillado. Y usted, caballero, lo estropearía.
—Se me ocurren un montón de cosas que podríamos hacer para divertirnos sin estropearte el maquillaje. —Rodea la isla, me baja del taburete y me estrecha entre sus brazos—. ¿Te lo demuestro?
Estoy a punto de retarlo a que lo haga cuando nos interrumpe el estridente timbre de la puerta.
Frunce el ceño y saca el móvil para comprobar la cámara.
—Brandy —anuncia, y de repente siento un nudo en el estómago.
Corro hacia la puerta, seguida de cerca por Devlin, y la abro de un tirón en cuanto él desconecta la alarma.
—¿Estás bien? —le pregunto—. ¿Ha pasado algo? Joder, tendría que haberme quedado contigo.
Lo digo todo de forma atropellada cuando entra.
Brandy menea la cabeza.
—No, no, estoy bien. De verdad. Christopher me acompañó a casa anoche. Estoy bien. De verdad que sí.
—¿Y qué pasa? —le pregunto al tiempo que Devlin la invita a entrar y le pregunta si quiere una taza de té verde.
—Me vendría fenomenal —contesta ella, y lo seguimos mientras intento no hacerle más preguntas.
Devlin tiene razón. Sin importar lo que la haya traído hasta aquí esta mañana, nos lo contará a su debido tiempo.
Él le pone una taza delante.
—¿Quieres que me vaya para que puedas hablar con Ellie?
—No. Gracias. La verdad es que he venido a hablar contigo.
—Ah —digo—. ¿Quieres que me vaya yo?
Se le escapa una trémula carcajada.
—No. Os podéis quedar los dos. — Toma una honda bocanada de aire y la suelta con un sonoro suspiro—. Es que me siento fatal por todas las fotos. ¿No las has visto? —añade cuando me ve fruncir el ceño por el desconcierto.
—Del callejón —deduzco—. De Devlin con Walt. ¿Son muy tremendas?
—Algunas son muy ilustrativas —comenta Devlin.
Por primera vez me doy cuenta de que esto no lo pilla por sorpresa. Y, para ser sincera, tampoco debería pillarme a mí. Pero he estado tan ensimismada en el mundo que creamos los dos, que he dejado que el real se me vaya de la cabeza.
«El saco de boxeo», pienso. No era por Carrie, ni por Max, ni por Walt, ni por nada de eso, al menos no solo por eso. Ha visto las fotos y estaba asimilándolo como mejor sabe hacerlo.
—Tamra te las envió esta mañana —digo.
Lo veo asentir con la cabeza.
—Para eso le pago. Iré a la fundación en cuanto comamos.
—Casi todos los comentarios son tonterías — asegura Brandy—. Dicen que eres un buen samaritano con mala leche. Tamra también me ha llamado. Me ha dicho que no me preocupe por el tema y que la fundación es más que capaz de responder a las desafortunadas tormentas que se desatan en las redes sociales.
—Tamra es lista —replica él—. Te ha dicho justo lo mismo que te voy a decir yo ahora. —La mira fijamente—. No te preocupes por eso. Y no te preocupes por mí.
La veo tragar saliva.
—Pero me preocupo —asegura ella al tiempo que endereza la espalda—. Por eso he venido. Voy a hacerlo público. Voy a denunciar y voy a decir a los periodistas lo que me pasó. Quiero que comprendan por qué fuiste a por él —le dice a Devlin—. Haces un trabajo maravilloso, y algo como esto, que parezca que le estás dando una paliza a un tío cualquiera porque sí… Este tipo de publicidad podría hacerte mucho daño.
Observo a Devlin, que no deja de mirar a Brandy con expresión impasible.
—Brandy —digo en voz baja—, ¿estás segura?
—No puede irse de rositas —contesta.
—A lo mejor no lo hace —replico —. Lamar ya sabe cómo se llama. Puede empezar una investigación. Averiguar si ha drogado y violado a más mujeres. —Me acerco a ella para tomarla de las manos—. No tienes que ser tú.
—Sí, tengo que ser yo. Tal vez no para procesarlo, pero para esto sí. Por los periodistas. Por Devlin. Porque, de lo contrario, publicarán que él…
—Publicarán que William Alexis Tarkington y yo tuvimos una discusión privada que seguirá siéndolo, que es justo lo que dice el comunicado de prensa que le pedí a Tamra que enviara esta mañana. —Devlin se acerca a Brandy—. Denuncia si quieres, si te ayuda a dormir por las noches y te da paz. Pero no tienes que decidirlo ahora. Conoces su nombre. Lamar no le va a perder la pista. Y quizá no tengas que enfrentarte a él sola.
—Pero en las redes sociales seguirán hablando de ti por algo que no has hecho. Y con todos tus secretos…
—Sí lo hice, Brandy —la corrige —. Y llevo mucho tiempo protegiendo mis secretos. Pero —añade— la decisión es tuya. —Nos mira un momento justo cuando pita el temporizador del horno—. Voy a sacar los scones para que se enfríen y luego me vestiré. Tengo que hacer unas cuantas cosas en la oficina. —Le acaricia el hombro a Brandy antes de volverse hacia mí y cogerme una mano—. ¿Te quedarás aquí?
Niego con la cabeza.
—Trabajo mejor desde casa y tengo que ponerme a escribir. ¿Vendrás en cuanto termines?
—Como un rayo.
Me da un beso fugaz en los labios y después apaga el horno, saca los scones y echa a andar hacia el dormitorio.
Brandy suspira.
—Lo sé —le digo—. Es de los buenos.
Se echa a reír, y me sirvo otra taza de café. Luego me apoyo en la encimera para observarla con detenimiento.
—¿Quieres un scone?
—Sí, claro, pero deja que se enfríen.
—Bueno, ¿qué me dices?
Ahora entiende que no me refiero al desayuno. Respira hondo y suelta el aire.
—Creo que tiene razón en lo de esperar, pero al final hablaré con Lamar para que lo arreste.
—¿Estás segura?
—Sí. No. No lo sé. —Se enrosca un mechón de pelo en un dedo antes de sentarse en la encimera, delante de mí—. No quiero testificar. A ver, no me apetece hacerlo. No quiero revivir un solo segundo de lo que pasó. —Hace una mueca irónica—. Aunque no me acuerde de casi nada.
—Brandy… —Dejo la frase en el aire, incapaz de encontrar las palabras que mejoren la situación.
Se encoge de hombros y suspira.
—No quiero hacerlo —repite—. Pero tampoco quiero que Walt se vaya de rositas. Así que espero que Lamar encuentre a otras víctimas más valientes que yo. Pero es una idea espantosa, porque eso querría decir que no solo me lo hizo a mí.
—Bran…
—Estoy jodida, ¿eh?
—La situación lo es. Pero tú no lo estás. Y ahora tienes tiempo.
—No es justo que Devlin…
—Eso es cosa suya —le recuerdo—. No tenía por qué machacar a ese tío. Reconócele al menos que es capaz de tomar sus propias decisiones.
Asiente con la cabeza.
—Ya, tienes razón. —Toma aire y lo suelta despacio—. Es un buen hombre de verdad.
Siento que me tiemblan los labios, que quieren sonreír, y miro por encima del hombro hacia la puerta cerrada del dormitorio.
—Sí, lo es.
Brandy se baja de la encimera de un salto y coge una servilleta. Después se hace con un scone y se va al patio. Yo también cojo uno y la sigo al exterior. Las dos clavamos la vista en las colinas y en los tejados que hay por debajo hasta que Brandy se vuelve lo justo para mirarme a la cara.
—Christopher se disculpó conmigo. Dijo que debería haber adivinado quién era Walt solo por mi reacción. Y que debería haberlo hecho él, no Devlin.
Me quedo callada. Si estuviera en el lugar de Christopher, pensaría lo mismo.
—Creo que idolatra un poco a Devlin. Incluso me dijo que no creía que él hubiera tenido los cojones de plantarse en la línea de fuego de esa manera. Por un segundo creí que se refería a quién era Devlin en realidad… Ya sabes, que cuanto más se exponga públicamente, más probabilidades habrá de que alguien de su pasado lo reconozca y vea que es Alex.
Hago ademán de hablar, pero Brandy se me adelanta:
—Casi me fui de la lengua, casi metí la pata con lo de Devlin porque estaba demasiado alterada para pensar con claridad.
El miedo me abruma, pero pongo una mano sobre la suya y consigo decir con voz serena:
—Pero no lo hiciste.
Lo digo de manera que parezca una afirmación, aunque me muero por qué me lo confirme.
—No —me asegura—, no lo hice. Me di cuenta, antes de decir nada, de que se refería a que lo pondría nervioso meterse de lleno en una situación tan explosiva.
—Ya, en fin, no sabe la vida que ha llevado Devlin. Entre su padre y el ejército, las situaciones explosivas tienen que ser normales para él.
Es la primera vez que se me ocurre eso, y frunzo el ceño mientras me pregunto qué ha hecho Devlin a lo largo de los años. A juzgar por lo que ha dejado caer, y por su confesión de que guarda secretos peligrosos, lo de anoche no fue nada explosivo.
—Estoy casi convencida de que, todo este tiempo, Christopher ha visto a Devlin como un ricachón al que le gusta interpretar el papel de salvador benévolo —comenta Brandy—. Pero ahora ve que es un buen tipo.
—Pues eso que nos llevamos —replico, y las dos nos echamos a reír—. Pero ahora en serio, Christopher me cae bien. Ojalá que no se sienta mal por no haber sido tu caballero de brillante armadura.
—Un poquito mal sí. Pero creo que eso es hasta bueno. Porque hemos hablado, ¿sabes? A ver, hablado de verdad. En otro nivel de intimidad. Como si hubiéramos pasado de la superficie.
Esboza una sonrisa tímida. La mía es tan ancha que me duelen las mejillas.
—Brandy Bradshaw, ¿habéis…?
—Creo que esta noche. Vamos a cenar. En Los Ángeles. Tengo un almuerzo de negocios en Beverly Hills mañana y, como puede escribir en su portátil desde cualquier parte, parece una buena idea.
—Me alegro por ti —le digo.
—Yo también me alegro por mí. Aunque estoy nerviosa. Dime que eso se pasa.
—¿Por el sexo? Pues claro. ¿En cuanto a la relación…? — Dejo la frase en el aire y me encojo de hombros—. Se lo preguntas a la persona equivocada. Sigo sin saber qué haré si vuelvo a perderlo.
—No lo perderás —me asegura con firmeza.
—Me lo ha dicho —le digo—. Me ha dicho que me quiere. Ha dicho las palabras.
—¡Ay, Ellie! —Se le quiebra la voz por la emoción, y quiero derretirme de placer—. ¿Lo ves? No se va a ir a ningún sitio.
Sonrío, porque deseo creerlo con desesperación. Pero sé mejor que nadie que el amor no es un escudo mágico y que da igual la fe con la que te aferres a él: el destino es un hijo de puta que te arrancará de los brazos a las personas que quieres sin previo aviso.