Pecado inolvidable

Julie Kenner · Capítulo 41 de 45

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Pecado inolvidable

Capítulo 41

41

 

Sigo pensando en la dichosa brecha mientras paseo de un lado a otro de la cocina a la espera de que hierva el agua y pueda tomarme un café. Ojalá me despeje la cabeza y pueda pensar con claridad en los secretos y en Devlin. En lo que quiero y en lo que creo. En lo que está bien y en lo que está mal, y en cómo encontrar la delgada línea que separa lo uno de lo otro.

Cinco tazas después, estoy despejadísima, pero sigo sin respuestas.

Se me ocurre dar un paseo por la playa, pero Jake está en San Diego con Brandy, y sé que si paseo sola iré derecha a las piscinas naturales.

Así que opto por retomar la investigación sobre el tío Peter. He perdido parte del entusiasmo por escribir el artículo. La pregunta de cómo pasó de ser un chico de clase media a trabajar con El Lobo primero para traicionarlo después me resultó interesante en algún momento. Pero ahora me parece una historia aburrida y ñoña si la comparo con la vida y obra de Devlin Saint.

Claro que es una historia que jamás revelaré, por más que mi sangre de periodista me grite que es buenísima.

—Escribe —me ordeno—. Cuatro párrafos, y si te atascas después, paras.

Es algo a lo que juego y solo funciona la mitad del tiempo. Claro que hoy el trabajo se convierte en un refugio y, a la hora del almuerzo, ya he escrito tres párrafos y estoy repasando mis notas, con la intención de averiguar quién más puede seguir por aquí que haya formado parte de la vida de Peter. ¿A quién más puedo entrevistar para encontrar a la novia misteriosa?

«¡Anna!».

Quiero darme un palmetazo en la frente. Devlin me contó que, hasta que consiguió salir de la organización de El Lobo y mudarse a Chicago para ir a la universidad, Anna solía ser la encargada de entregar mensajes a sus lugartenientes, que estaban repartidos por todo el país.

Incluso fue ella la que le dio a Devlin el mensaje que le ordenaba matar a Peter.

Estuvo aquí por aquella época. Conocía a Peter. Y, si alguien vio a la mujer con la que salía, fijo que fue Anna.

Cojo el teléfono y marco la extensión para hablar con ella. Suena dos veces antes de oír un clic seguido de:

—Despacho de Devlin Saint.

De repente, me quedo sin aliento y corto la llamada. Me siento una completa imbécil por no haberme dado cuenta antes.

Pues claro que Anna sabía quién estaba saliendo con Peter.

Era ella.

Me apuesto lo que sea. Tal vez no sea rubia, pero tampoco es pelirroja natural. Le he visto las raíces. Así que, si se ha teñido el pelo de rojo, tal vez también se lo aclaró y se lo puso rubio.

Aunque ¿por qué no confesarlo? Sabe que he estado buscando a la antigua novia de Peter. O cree que no tiene información relevante para mi artículo, o se siente avergonzada. Somos más o menos de la misma edad, y tiene sentido que no quiera que me entere de que se estuvo acostando con mi tío.

Ya que estamos, tal vez no quiera que Devlin lo sepa. Es evidente que no se lo contó entonces. ¿Creía que él no lo aprobaría? ¿O estaba pasando algo más siniestro? ¿Estaba Peter implicado en el porno? ¿Había involucrado a Anna de alguna manera?

Extiendo la mano para coger el móvil de nuevo, pero la aparto al darme cuenta de que voy con el piloto automático puesto, de que mi intención es llamar a Devlin para contarle lo que pienso.

Ya no tengo derecho a hacerlo. Todavía no.

Tal vez nunca lo recupere.

La idea vuelve a romperme por dentro. Cierro el portátil y me bajo del taburete. He estado trabajando en la isla de la cocina, así que abro el frigorífico y miro un rato en su interior por si encuentro respuestas, además de algo para picar.

Al final, ni una cosa ni la otra.

Solo sé que ya no quiero pensar en Peter. Hoy no.

No estoy segura de cuándo tomo la decisión, pero me pongo a andar de un lado para otro de la estancia con los auriculares puestos, a la espera de que me conteste la persona que está al otro lado del teléfono. Después de cinco tonos, lo hace.

—¿Diga?

—Hola, ¿Laura? Soy Ellie Holmes.

—Ellie —dice ella—. El artículo que escribiste es precioso. Fue muy bonito leer sobre el rescate y todo lo demás. Me quitó un peso de encima saber que alguien comprendería, aunque fuera un poquito, lo que mi niña tuvo que soportar.

La hija de Laura, Sue, estuvo secuestrada en la mansión de un monstruo, Terrance Myers. Fue de las pocas afortunadas, ya que sobrevivió para que la pudieran rescatar.

Sé que la fundación ofreció apoyo al rescate. Y sé que Devlin disparó a Myers después de que un tribunal fallara a favor de la apelación y ordenase su puesta en libertad por un tecnicismo.

—Si el artículo consiguió ofrecerte aunque fuera un poco de paz, me alegro.

—Pero me voy por las ramas —⁠dice ella⁠—. No creo que me hayas llamado por eso.

—No —admito—. Me preguntaba si sabes por casualidad quién mató a Myers.

Resopla con desdén.

—No. Y ojalá lo supiera. Le otorgaría una medalla.

Sin darme cuenta, esbozo una sonrisa.

—¿Cómo está Sue?

—Va mejor. Tiene menos pesadillas. Juega más. Se ríe más. Es como si tuviera un ángel de la guarda que vela por ella.

—Creo que lo tiene —le digo, pero nada más pronunciar esas palabras, me engulle el arrepentimiento.

La verdad es que ese ángel de la guarda llegó demasiado tarde. Porque Myers mató a muchos niños y, una vez libre, sin duda lo habría vuelto a hacer de no ser porque Devlin lo eliminó.

¿Un ángel de la guarda? Sí, es la descripción más adecuada.

No sé si alguna vez me sentiré del todo cómoda con lo que hace, pero confío en su corazón. Y lo más importante: lo amo. Y lucharé por él.

No nos separa el Gran Cañón del Colorado. Es un pequeño arroyo que borbotea, y algo así se cruza con facilidad.

De hecho, eso es lo que quiero hacer ahora mismo. Cruzarlo.

Cruzarlo y encontrarme en brazos de Devlin.

Le pido disculpas a Laura y le digo que me ha surgido algo y que tengo que colgar.

Después me doy una ducha rápida y me visto, todo en tiempo récord.

Anoche no metí a Shelby en el garaje, así que salgo por la puerta principal y recorro el camino de entrada. Puedo ver toda la calle al acercarme al coche, de modo que me fijo en el Tesla negro aparcado al final de la manzana.

Sonrío. No lleva matrícula delantera, o sea que no puedo estar segura, pero apostaría lo que fuera a que Devlin está en ese coche. Y ha estado esperando ahí a que me dé cuenta por fin de lo que él sabe: que, ya tengamos que cruzar el Gran Cañón o un arroyito, nuestro destino es estar juntos.

Y cuanto antes llegue a su lado, mejor.

 

Al pasar junto a la puerta de Shelby vacilo un instante y paso de largo en dirección al Tesla. Está anocheciendo, de modo que el sol brilla muy bajo sobre el Pacífico y proyecta largas sombras a los pies de las laderas y cañones.

Entorno los párpados mientras me acerco en un intento por identificar al conductor, pero es imposible. Solo veo el cegador reflejo del sol poniente en el parabrisas, y cuando estoy a pocos pasos, el coche arranca en silencio y retrocede para entrar en una calle cercana y marcharse en dirección contraria.

«No es Devlin», pienso.

Siento que la decepción me oprime el pecho, y eso confirma lo que ya sé: hago lo correcto al ir a buscarlo. Al darle una oportunidad a nuestra relación.

Claro que ahora estoy más ansiosa que antes por decírselo, de modo que corro de vuelta a Shelby, arranco el motor y salgo disparada marcha atrás por el camino de la entrada.

La certeza de mi decisión me domina, así que piso a fondo, ansiosa por verlo y decirle que nunca debería haberme marchado. Sus revelaciones me sorprendieron y me bloquearon, sí, pero nada de eso cambió lo que es él ni lo que somos los dos juntos.

Estaba muerta por dentro hasta que volví a encontrar a Devlin, y sé que a él le pasaba lo mismo. Es el amor de mi vida, la luz de mi mundo. Y, si bien hay «negocios importantes» de los que tenemos que hablar, sé que los superaremos.

Y cuanto antes llegue a su lado para decírselo, mejor.

Bajo a toda velocidad por la carretera antes de enfilar el altiplano que conduce hacia las colinas. Llevo a Shelby al límite y dejo que el viento me alborote el pelo y me azote la cara mientras piso a fondo el acelerador. Su velocidad y potencia reflejan mi anhelo.

La carretera se va estrechando conforme me acerco al cruce que lleva a casa de Devlin, y, en vez de atravesar la zona residencial, escojo las carreteras secundarias del cañón que son mi camino habitual hasta su casa, aislada en un promontorio, en una parcela de ocho mil metros cuadrados. Una de las carreteras del cañón parte desde la esquina suroriental de su propiedad hacia la zona de las colinas que no está urbanizada y hacia una red de carreteras secundarias que van a parar a Sunset Canyon, la carretera principal que cruza las colinas.

Esa es la que tomo ahora, ya que no solo sé que habrá menos tráfico, sino que podré dar rienda suelta a Shelby. No porque ansíe el peligro, no es el momento. No, ahora quiero la alegría. La alegría de la velocidad, la potencia y la emoción de estar pronto en brazos de Devlin.

Giro a la izquierda dejando atrás Sunset Canyon para tomar Sunrise Canyon. Justo antes veo algo oscuro a mi espalda. Miro por el retrovisor y, sí, es el Tesla negro.

Ahora estoy segura de que es Devlin. Sonrío y el cuerpo me vibra por la tierna certeza de que no solo viene detrás de mí, sino que sabe muy bien adónde me dirijo.

Se me pasa por la cabeza acelerar y echarle una carrera hasta su casa, pero ya sobrepaso con creces la velocidad recomendada para una carretera tan estrecha. No hay quitamiedos y las curvas son cerradas. He recorrido esta ruta cientos de veces y, sí, incluso he ido más rápido.

Sin embargo, por aquel entonces asumía riesgos. Le decía «¡Que te den!» a la muerte y al peligro.

Hoy ese ha dejado de ser mi mantra, así que, en vez de acelerar, aminoro la marcha y permito que se ponga a mi altura.

Lo hace, y su silencioso motor no me deja calcular su velocidad ni su aceleración hasta que casi es demasiado tarde y lo tengo encima.

—¡Joder, Devlin! ¿A qué coño viene eso?

No sé si ha medido mal la distancia o si está jugando, pero miro por el retrovisor con el ceño fruncido y acelero para crear cierta distancia entre los coches.

La siguiente curva es muy cerrada, de modo que reduzco la velocidad para tomarla. Pero joder, lo sigo teniendo encima. Estoy poniendo verde a mi novio cuando se abre paso en mi mente la horrible verdad: no es Devlin.

Casi no tengo tiempo de asimilarlo cuando el Tesla golpea a Shelby por detrás y me envía al arcén derecho justo cuando la curva se cierra hacia la izquierda. Giro el volante, pero no tengo tracción, y el cabrón me golpea de nuevo en el parachoques, de modo que solo tengo media rueda delantera derecha en el suelo.

Pego un grito cuando el capó se inclina hacia abajo y me doy cuenta de que parte del arcén ha cedido. ¡Mierda! Meto marcha atrás e intento retroceder, pero el Tesla está haciendo lo mismo, solo que es mucho más rápido.

Acto seguido, observo con espanto que se abalanza de nuevo sobre mí.

No quiero abandonar a Shelby, pero no me queda otra. Abro la puerta de golpe con una mano al tiempo que intento soltarme el cinturón de seguridad con la otra.

Aunque ya es demasiado tarde. El Tesla nos golpea de nuevo y todo el morro de Shelby se inclina sobre el barranco. Nos quedamos en equilibrio un instante, y después caemos al vacío mientras me aferro a la puerta, con medio cuerpo fuera del coche y la absoluta certeza de que, en esta ocasión, seguro que voy a morir.