Quédate conmigo

Ayòbámi Adébáyò · Capítulo 9 de 42

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Quédate conmigo

Capítulo 9

 

Todo empezó con las ecografías. Los aparatos afirmaban que no había ningún

bebé en mi útero.

La doctora Uche fue la primera en hacerme una ecografía. Tenía unos ojos

pequeños que nadaban en un charco de lágrimas estancadas que se negaban a

caer. El brillo de sus ojos emitió un destello al anunciar la noticia.

—Señora Ajayi, no hay ningún bebé.

—Ya la oí la primera vez, y la segunda también —dije.

No dejaba de penetrarme con aquellos ojos resplandecientes, como si

esperase alguna reacción por mi parte. ¿Llorar? ¿Chillar? ¿Saltar sobre su

mesa y ponerme a bailar?

Se inclinó hacia delante en su asiento.

—¿Cuánto tiempo lleva embarazada?

—Creía que había dicho que no hay ningún bebé.

La doctora Uche sonrió con cautela. Ya había visto antes aquella sonrisa,

en el rostro de mi padre. Era una sonrisita que daba la impresión de que su

boca estuviese a punto de estallar en cualquier momento en un estruendoso

grito de socorro. Era una sonrisa especial que reservaba para su tercera

esposa, la que una vez se paseó desnuda por el mercado. La que se pasaba el

día hablando con personas que nadie más veía.

—¿Me puede dar los resultados? —le pedí.

—Me gustaría que hablásemos de este embarazo —dijo ella.

Obviamente, pensaba que yo estaba perdiendo la cabeza.

—¿Ha oído hablar de Perfect Finish? —le pregunté.

Ella asintió.

—¿Conoce Capital Bank?

—Sí, tengo una cuenta allí.

—Yo soy la propietaria de Perfect Finish y mi marido es el director de

Capital Bank. Me gradué en la Universidad de Ife. No soy una loca cualquiera

que viene de la calle. ¿Por qué quiere hablar conmigo del embarazo cuando

acaba de decir que no hay ningún bebé?

La doctora Uche se llevó la palma de la mano a la frente.

—Señora, discúlpeme si le he parecido condescendiente. Es solo que me

preocupa su salud, su salud mental.

Pronunció «salud mental» en voz muy baja, como si tuviese miedo de oír

sus propias palabras. Me pregunté por el estado de su propia mente.

—Doctora, estoy bien. Simplemente deme los resultados. Tiene un

montón de pacientes esperando.

Me entregó los resultados.

—A veces ocurre, este tipo de… embarazo. A personas que no pueden

tener…, que no tienen hijos. Ocurre, los síntomas del embarazo están ahí pero

el bebé no. Hemos quedado en que no está embarazada, ¿verdad? Tal vez

podría visitar de nuevo a un ginecólogo para tratar este asunto. Veo en su

historial que ya le han hecho una serie de pruebas antes, pero quizá podríamos

intentarlo con otras.

—Me lo pensaré.

Salí al pasillo con la mano puesta en mi vientre ligeramente hinchado,

impertérrita ante el escéptico Akin y la médico. Me sentía como un globo,

llena de esperanza y un bebé milagro. Estaba lista para pasar flotando sobre

las salas del Wesley Guild Hospital.

 

Akin se echó a reír cuando le dije que Funmi quería quedarse con nosotros

durante el embarazo. Nos disponíamos a irnos a la cama; yo ya me había

puesto mi camisón blanco. Él se estaba quitando la ropa de la oficina.

—Esa chica… En cualquier caso, ¿de qué embarazo me hablas? ¿Lo han

confirmado ya en el hospital? —Se sacó el cinturón de un tirón, con fuerza, y

lo golpeó bruscamente contra la cama, como un látigo.

—La doctora que me ha visitado no sabe lo que hace. Necesita gafas,

créeme, fíjate que va y me dice que no ve a mi bebé, ¿ehn? Y eso que ya ha

empezado a dar patadas.

—¿Patadas?

—Sí, ahora. ¿Mueves la cabeza para negarlo? Pues muévela, muévela

bien, muévela hasta que se te caiga del cuello, ya verás. —Me metí en la

cama—. Cuando tenga a mi bebé en brazos, la humillación recaerá sobre ti,

sobre todos los que pensáis que no puedo tener hijos, hasta sobre esa imbécil

de médico.

—Sabes que hablas como una loca, ¿verdad?

—¿Qué quieres decir? —Me acuné el vientre y esperé a que contestara.

Se desnudó hasta quedarse en calzoncillos y se tumbó a mi lado.

—Yejide, por favor, baja la luz de la lámpara.

—¿Qué querías decir con lo que acabas de soltarme?

Se volvió y se puso bocabajo, mirando hacia el otro lado.

—¿Akinyele? ¿Yo? ¿Yo hablo como una loca?

—No estás embarazada y Funmi no va a mudarse aquí. ¿Puedo dormirme

ya? —Se tapó la cabeza con las sábanas.

Sus palabras reptaron por la habitación y se aferraron a mi cuerpo sin

darme cuenta, como hormigas soldado. Después, de madrugada, me picaron

sin previo aviso la enésima vez que me levanté a orinar en el transcurso de

aquella noche. Sentada en la cama, mientras bebía agua de la botella casi

vacía que siempre tenía sobre la mesita de noche, sus palabras volvieron a

resonar en mi cabeza, desencadenando preguntas.

Estaba ya más o menos en el cuarto mes de embarazo, la barriga me crecía

por días, pero, aun así, mi marido prefería creer a una médico inepta. No

dejaba de decirme que hablaba como una loca. ¿Estaba ciego? ¿Es que no me

veía la barriga? ¿No me veía la cara inflada? Hasta los desconocidos lo veían.

Fuera donde fuese, la gente me saludaba con un: «L’ojo ikunle a gbohun Iya a

gbohun omo o», es decir, «ojalá oigamos la voz de la madre y del hijo cuando

nazca». Los desconocidos me deseaban que todo fuera bien, rezaban por que

yo sobreviviese y también mi hijo. La gente se bajaba de taxis ocupados para

cederme el sitio; ya no tenía que hacer cola en el banco, quienes esperaban me

invitaban a ponerme la primera. ¿Akin se pensaba que yo era una loca que iba

parando a la gente por la calle para decirles que estaba embarazada? Desde el

día en que nos casamos, nunca le había dicho que estuviese embarazada; ¿por

qué le resultaba tan difícil creerme ahora?

Me tumbé en la cama con las manos entrelazadas sobre el vientre. Sentía

cierta tensión en la cabeza, una incipiente migraña. A mi lado, Akin se

revolvía, se estiraba en sueños. Me quedé mirando su barbilla afeitada y

apreté los puños para no acariciarla. Seguía con la mirada fija en él cuando

abrió los ojos. Se los restregó con el dorso de las manos.

—¿No duermes? —me preguntó.

—¿Por qué me odias tanto?

Se rascó el cuello.

—Ya estás otra vez. Duerme un poco, Yejide.

—Si me hago la prueba y sale que estoy embarazada, ¿me creerás? —

Intenté interpretar el gesto de su cara bajo la luz brumosa del amanecer. No

pude.

—Yejide, tienes que dormir más. Es demasiado temprano para esto.

Transformé la habitación vacía junto a la cocina en un cuarto de juegos.

Acondicioné un rincón especial donde poder pasar el tiempo con mi bebé, un

espacio exclusivo para nosotros dos. El cuarto de juegos no era algo que

hubiese planeado; lo hice porque Akin dejó de hablarme. Dejó de ir a ver a

Funmi por las tardes. En vez de eso, se plantificaba en la sala de estar, viendo

el telediario de la noche, leyendo el periódico, pero sobre todo sin hablarme,

aunque estuviese sentada a su lado. Respondía a mis preguntas con un

gruñido, a mis insultos con el silencio.

Cejé en el intento de provocar o convencer a Akin para que hablase, así

que empecé a pasar tiempo en aquella habitación vacía en vez de en la sala de

estar. Dispuse por el suelo los juguetes que había comprado para el bebé. Puse

un sillón y me compré mis propios periódicos para tener algo que leer

mientras esperaba a que sonara el temporizador en la cocina. En aquel cuarto,

rodeada de osos de peluche y sonajeros de colores vivos, leí la noticia de los

oficiales del ejército acusados de planear un golpe de Estado. Me llamaron la

atención los perfiles de dos de los hombres. Uno era el teniente coronel

Christian Oche, que había sido estudiante de doctorado en la Universidad de

Georgetown, en Estados Unidos, hasta que lo convocaron para que regresara

al Cuartel General Supremo. No dejaba de preguntarme qué rumbo habría

tomado su vida si no lo hubiesen reclamado y le hubiesen dejado acabar su

tesis. Tal vez se habría enterado de los acontecimientos leyendo la esquina

inferior derecha de algún periódico estadounidense. También me preguntaba

si, al embarcar en el avión de vuelta a Lagos, habría sentido una tristeza

debilitante a la que no prestó atención hasta que la emoción del regreso al

hogar ocupó su lugar.

Y el otro era el hombre cuya suerte dejó anonadado a todo el país: el

teniente general Mamman Vatsa, ministro en aquel momento, poeta

galardonado y amigo íntimo del jefe de Estado. Vatsa y Babangida eran

amigos desde niños y compañeros de clase durante la secundaria; fueron

nombrados oficiales del ejército el mismo día y estuvieron al mando de

batallones vecinos durante la guerra civil. Babangida había ejercido incluso

de padrino en la boda de Vatsa.

En aquella época, yo pasaba más tiempo en el cuarto de juegos que en

cualquier otro lugar de la casa, pero el día en que leí que habían condenado a

muerte a Vatsa, Oche y otros once, me senté con Akin en la sala de estar e

intenté conversar con él sobre aquellos sucesos. Sin embargo, él no paraba de

redirigir la conversación hacia mi abultado vientre, así que me retiré al cuarto

de juegos y ni me molesté en preguntarle si creía que serviría de algo que Wole Soyinka, Chinua Achebe y J. P. Clark se reuniesen con Babangida. En

mi opinión, la petición de clemencia de los escritores tenía sentido; al fin y al

cabo, lo ocurrido no llegaba siquiera a intentona de golpe: habían juzgado a

los hombres por sus intenciones. Al día siguiente, lloré al enterarme de que

habían ejecutado a diez de los oficiales, incluidos Vatsa y Oche. Vatsa insistió

en su inocencia hasta el final, pero aún tendrían que pasar muchos años para

que otros oficiales del ejército cuestionasen las pruebas que emplearon para

declararlos culpables. En aquel momento, Nigeria seguía en su fase de luna de

miel con respecto a Babangida, y, como la mayoría de las recién casadas, no

hacía preguntas perspicaces, aún no.

No entré en la sala de estar mientras el secretario de Defensa anunciaba

las ejecuciones, pero lo oí desde el cuarto de juegos porque Akin había subido

el volumen. Quería ir a donde él estaba, ni siquiera para hablar, tan solo para

sentarme a su lado y sentir cómo me estrujaba el brazo. Pero tenía miedo de

que me clavase la mirada en la barriga sin mediar palabra, la misma expresión

de un hombre delante de un vómito.

Con el tiempo, el silencio glacial se derritió en palabras cálidas

pronunciadas con dulzura. Incluso vino unas cuantas veces al cuarto de

juegos. Sus palabras ocupaban demasiado espacio en la habitación y me

costaba respirar. Desde que le dije que estaba embarazada, había sellado sus

labios respecto al bebé, pero cuando venía a verme al cuarto de juegos, era lo

único de lo que quería hablar conmigo. Quería que entrase en razón, solo que

formulaba sus sermones con preguntas que pronto dejé de contestar. Me

preguntó varias veces si creía que mi bebé salvaría el mundo. Me preguntó si

tenía visiones del niño. Me pidió que le describiese los ángeles que había

visto, incluso después de que le dijese que en mi vida había visto un ángel.

Una noche me preguntó si pensaba que mi bebé tendría superpoderes y decidí

que hasta ahí podíamos llegar. A la mañana siguiente fui a la peluquería e

informé a las chicas de que no volvería hasta el día siguiente. Después me

monté en el coche y fui hasta el Hospital Universitario de Ife.

Cuando llegué, no había electricidad en el hospital. Después de darme

número, el enfermero me informó de que no encenderían el generador hasta

las dos de la tarde, y, dado que ya había varias personas esperando antes de

mí, era probable que no me visitara ningún médico hasta las tres. Acababan

de dar las once. Decidí ir al mercado en busca de algunos productos para la

peluquería. Compré los fijadores y los champús que usaba siempre, y luego

me detuve en una tienda de regalos para comprar un jarrón de flores de

madera que quedara bien en el cuarto de juegos.

Ya estaba saliendo del mercado cuando noté una mano que me agarraba la

muñeca. Me di la vuelta y me encontré cara a cara con Iya Tunde, la cuarta

esposa de mi padre. No la veía desde su entierro.

—Yejide, ¿eres tú? Te he visto y me he dicho, no, no puede ser Yejide.

Yejide no vendría a este mercado sin pasarse por mi puesto. ¡Hay que ver

cómo está el mundo! ¿Cómo puede un hijo venir al mercado sin acercarse ni

un segundo al puesto de su madre? —dijo Iya Tunde.

—Buenas tardes, Iya Tunde. —No pude resistirme a recordarle que era

Iya Tunde, no mi madre—. ¿Cómo va el mercado?

—Dios quiera que hoy nos mande una buena jornada. Sea como sea, hay

que darle las gracias porque no pasamos hambre.

Los primeros meses después de casarse con mi padre, Iya Tunde vendía

fruta en un pequeño cobertizo detrás de casa. Cuando se quedó embarazada,

mi padre la trasladó al puesto que había construido para Iya Martha en el

mercado y le pidió que lo compartiesen, porque una mujer embarazada debía

tener la sombra y el espacio necesarios para llevar su negocio. Le prometió a

Iya Martha que le construiría un puesto nuevo en otro lugar del mercado. No

sé cómo lo hizo, pero antes de que acabara el año Iya Tunde se había

apoderado del puesto e Iya Martha vendía sus artículos en un cobertizo de

madera detrás de casa. Mi padre jamás le construyó otro puesto a Iya Martha.

—Salude a todos en casa de mi parte —me despedí—. Tengo que irme.

—Espera, espera, déjame que me alegre por ti, ya veo que ¿ahora sois

dos? ¡Estás embarazada!

—A Dios gracias.

—Tu madre no está dormida en el cielo, está rezando por ti. Aunque no

tuviese linaje, o al menos que nosotros supiéramos, ahora está claro que es

una buena madre.

No podía dejar que me marchara sin hurgar en la herida. Según mi padre,

mi madre pertenecía a un grupo nómada de fulani cuando se quedó

embarazada de él y se negó a seguir viajando con su pueblo. Pero mis

madrastras se irían a la tumba sin dejar de considerarla una mujer de «linaje

desconocido».

—Me tengo que ir, de verdad.

—Acuérdate de venir a visitarnos alguna que otra vez, que te veamos la

cara de cuando en cuando. Al fin y al cabo, sigue siendo la casa de tu padre.

Cada vez que mi padre se casaba con una mujer nueva, les decía a sus

hijos que la familia consistía en tener personas que te buscasen si algún día te

secuestraban. Después añadiría que estaba haciendo todo lo posible por reunir un ejército en caso de que nos secuestraran a alguno de nosotros. Era un

chiste malo y yo era la única que se reía. Me reía de todos sus chistes.

Imagino que él creía en ese mito de la familia grande y armoniosa. Quizás

pensaba que después de su muerte yo seguiría visitando a mis madrastras.

—Adiós, Iya Tunde.

—Adiós. Dale recuerdos a tu marido de mi parte.

Las bolsas de plástico con las que cargaba se me hicieron de repente más

pesadas. Le agradecí muchísimo al conductor del autobús que me las cogiera

al subir. Había dejado el coche en el hospital para ahorrarle el esfuerzo

innecesario al viejo motor. Vencí los recuerdos de mi infancia solitaria, me

froté el vientre por encima de la ropa y me sentí reconfortada. No debía tener

miedo. Incluso si Funmi acababa arrebatándome a Akin, pronto tendría a

alguien que sería solo mío, mi propia familia.

Llegué justo a tiempo para la cita.

Después de la ecografía, el doctor Junaid se aclaró la garganta.

—¿Cuánto tiempo lleva embarazada?

—Ahora hace unos seis meses.

—¿Cuándo se hizo la última ecografía? —Escribió algo en el expediente

que tenía abierto delante.

—A los tres meses, y eso fue hace tres meses. Me vio una médico joven,

tal vez se equivocara por eso, por la falta de experiencia.

Dejó de escribir y me miró.

—Hmm, ¿cree que se equivocó?

—He venido a que me lo confirme. Me dijo que aquí no había ningún

bebé. —Me di unas palmaditas en la barriga prominente—. Usted mismo

puede verlo y estoy segura de que no es el kwashiorkor [Forma de

malnutrición que afecta a los niños entre los seis meses y los tres años. (N. de

la T.)].

Reí. El doctor Junaid no.

—¿Ha visto a algún especialista en fertilidad? ¿Vio a alguno antes de…,

bueno, antes de empezar a pensar que estaba embarazada? ¿Le hicieron algún

tipo de pruebas?

—Sí, por supuesto. Vi a uno en Ilesa, me hice todas las pruebas. Dijeron

que estaba bien.

—Y su marido, ¿vio a un especialista?

—Sí.

Fuimos al hospital juntos una vez. Akin respondió a la mayoría de las

preguntas del médico. Cuando este le preguntó por nuestra vida sexual, Akin me agarró la mano antes de contestar y me acarició el pulgar mientras decía:

«Nuestra vida sexual es normal, completamente normal».

El doctor Junaid cerró el expediente y se inclinó hacia delante.

—Entonces, a su marido, ¿le hicieron pruebas? ¿Lo sometieron a las

pruebas y…?

—Sí, le hicieron pruebas —respondí—. Oiga, doctor, ¿qué me dice de mi

bebé?

—Señora —tamborileó con los dedos sobre el escritorio—, no hay ningún

bebé.

Aplaudí tres veces y me eché a reír.

—Doctor, ¿está ciego? No quiero insultarlo, pero ¿es que no lo ve?

—Por favor, permítame que le explique. Estas cosas suceden a veces. Hay

mujeres que creen estar embarazadas, pero no lo están.

—Escúchese a sí mismo. No creo estar embarazada. Sé que estoy

embarazada. Llevo seis meses sin tener la regla. Mire mi barriga. ¡He notado

hasta cómo el bebé da patadas! No creo estar embarazada, doctor. Estoy

embarazada. ¿No lo ve? Estoy embarazada.

—Señora, por favor, tranquilícese.

—Me voy de aquí. Ni siquiera sé si lo que no funciona son los aparatos

con los que trabajan o sus cerebros.

Salí de la consulta dando un portazo.

 

Cuando el embarazo ya duraba casi once meses, decidí volver a la Montaña

de los Milagros Prodigiosos. El día que me puse en camino, Akin estaba en

Lagos en una reunión y se había desplazado hasta allí junto a sus colegas en el

coche oficial del banco. Cogí su coche y me dirigí hacia la plana extensión de

tierra en la falda de la montaña. Al llegar, solo había otro coche, un Volvo,

aparcado a la sombra de un almendro. Reconocí la matrícula de la señora

Adeolu.

Mientras subía por la montaña, todo estaba tranquilo y en silencio. Tardé

más de dos horas en llegar a la cima porque me paraba de vez en cuando a

sentarme en una roca y beber agua de la cantimplora que me había llevado. El

sol no daba tregua. El sudor me recorría la espalda hasta la hendidura entre las

nalgas. Me daba tirones del cuello del vestido para que me entrase algo de

aire.

Al llegar a la cima, no había criatura viviente a la vista. Deambulé de un

lado para otro hasta encontrar un cartel de madera donde alguien había garabateado: «Profeta Josiah de viaje. Volber porfavor en mes sijiente para

milajros». Pues él se lo pierde, pensé para mis adentros, dando golpecitos a

los billetes de naira que llevaba en el bolsillo; quería darle dinero. No me

había pedido nada la primera vez que vine, y me imaginaba que no le vendría

mal una donación. La cantimplora estaba ya vacía, yo me moría de sed y me

sentía mareada. Por miedo a caerme redonda en la bajada, rodeé la cima, con

la esperanza de encontrar alguna botella de agua olvidada, rezando por no

pillar el cólera con lo que fuera que encontrase. Fue entonces cuando me topé

con el cobertizo: estaba construido con cuatro postes de madera dispuestos en

forma de rectángulo irregular, y unas hojas de palma hacían de tejado.

En su interior, el profeta Josiah y la señora Adeolu mantenían relaciones

sexuales. A ella le veía la cara; tenía los ojos cerrados y una expresión que

podría ser de éxtasis. De él distinguí el inconfundible gorro de cocinero, a

punto de caérsele; llevaba las vestiduras arremangadas en torno a la cintura,

dejando al descubierto las embestidas de sus nalgas. Tenía las piernas

desnudas y flaquísimas.

 

Me marché antes de que ninguno de ellos pudiera verme y pasé los dos meses

siguientes en casa, esperando la llegada del bebé. Dejé de ir a la peluquería y

Akin atendía a la peluquera encargada cuando venía por la tarde a rendir

cuentas. No cocinaba ni se encargaba de ninguna tarea doméstica. Akin traía

la comida de los bukas de la ciudad y se sentaba conmigo en el cuarto de

juegos para asegurarse de que comía algo. También me traía periódicos que

yo no leía. Una mañana le dije que estaba ahorrando energía para que, cuando

el bebé estuviese listo, yo tuviese las fuerzas suficientes para empujar. No me

dijo que no había ningún bebé ni me preguntó por qué no había hecho aquello

a los nueve meses de embarazo. Se limitaba a darme un beso en la barbilla e

irse a trabajar, pero al regresar aquella tarde me explicó que si quería estar

fuerte para el bebé, tenía que mantenerme activa. No mencionó nada de

ningún psiquiatra ni sonó como si bromease o le siguiera la corriente a una

persona desequilibrada. Me habló como yo habría querido que me hablase

todo el tiempo, como un futuro padre. Acepté su consejo y volví al trabajo al

día siguiente.

 

Un sábado por la tarde, abrí la puerta de casa y me encontré a Funmi al otro

lado, rodeada de varias cajas y bolsas. El taxi que la había dejado allí levantó una nube de polvo al alejarse.

—Aparta y déjame pasar —me dijo.

Me quedé junto a la puerta como un guarda mientras ella entró

rozándome. La observé mientras arrastraba las bolsas una detrás de otra hacia

el interior de la casa y las dejaba desperdigadas por la sala de estar. Llevaba

puesto un boubou azul marino, rematado con un pañuelo a juego que llevaba

atado a modo de banda alrededor del pelo trenzado. Su piel reluciente brillaba

con la luz del sol, que se colaba a chorros por la puerta abierta.

—¿Dónde está mi habitación? —preguntó cuando acabó de trajinar con

sus bolsas.

—¿En esta casa? ¿Estás soñando?

—A ver, mujer… Ya lo he intentado de demasiadas formas contigo. Se

acabaron las tonterías conmigo. Esta es también la casa de mi marido. ¿Por

qué tengo que quedarme fuera por tu culpa? —Se quitó el pañuelo y se lo

anudó alrededor de la cintura—. ¿Por qué? Eres mala, te pedí que te hicieras a

un lado para que las dos pudiéramos sentarnos. Si no te andas con cuidado, te

acabaré echando de tu asiento, del todo.

—Verás, no fui yo quien se casó contigo. Tu supuesto marido no está en

casa. Cuando vuelva, le puedes hacer a él todas tus preguntas imbéciles. —Le

indiqué la puerta—. Ahora, lárgate de mi casa.

—¿Sabes qué? No veo más que tu boca moviéndose, no oigo ni una sola

palabra. Déjame que te diga algo, solo hay una cosa que puede echarme de

esta casa, ¡una cosa!

—¡Te he dicho que te largues! —Acompañé cada palabra con un

manotazo al compás en el muslo.

—Lo único que hará que te deje en paz es que te levantes la blusa y me

dejes verte la barriga. Este embarazo tuyo ya dura más de un año. Déjame ver

qué tienes ahí, porque van diciendo por toda la ciudad que lo que llevas

debajo de la ropa es una calabaza: sí, te han dejado en evidencia. —Se echó a

reír—. Pero puedes demostrarles que están equivocados, puedes demostrarles

a esas malas personas que se equivocan. Enséñame la barriga para que la vea

con mis propios ojos y te dejaré en paz. Lo juro por Dios.

Con una mano me sostuve la barbilla y con la otra me envolví el vientre

dilatado.

—¿No vas a decir nada?

¿Qué podría haber dicho? ¿Que mi embarazo era real? Seguía sin venirme

la regla, y si me hubiese levantado la blusa y me hubiese abierto el pareo,

ninguna calabaza se habría estampado contra el suelo; ninguna almohada habría caído a mis pies. Lo que Funmi habría visto era mi vientre tenso y

dilatado y las estrías que me entrecruzaban la piel. Yo podría haber dicho que

mi embarazo no era real, que ecografía tras ecografía se había confirmado que

allí no había nada, a pesar de que las patadas del bebé me despertaban todas

las noches; que algunas de mis peluqueras me creían loca y que el último

médico al que vi me derivó a un psiquiatra.

No podía decir ninguna de aquellas cosas; solo podía decir una cosa. Lo

que ella no se esperaba que dijera. Cerré la puerta y me volví hacia ella.

—Sígueme. Te enseñaré tu habitación.

La conduje hasta el cuarto de juegos.

Yo no era idiota. Comprendí que era cuestión de tiempo que moomi

apareciese para asegurarse de que Funmi vivía ya en casa. Si me peleaba con

Funmi, solo empeoraría las cosas. Moomi podría pedirme que me marchara, y

aunque Akin no dejaba de decirme cuánto me quería, yo ya no lo creía.

Aunque deseaba creerlo. No tenía padre ni madre ni hermanos. Akin era la

única persona en el mundo que realmente se daría cuenta si algún día yo

desaparecía.

Últimamente me repito a mí misma que aquella fue la razón por la que me

esforcé por aceptar cada nuevo grado de humillación, para tener a alguien que

me buscara si algún día yo desaparecía.