Quédate conmigo
Capítulo 7
Un domingo, Yejide me contó que estaba embarazada. Me despertó sobre las
siete de la mañana para decirme que el día anterior había ocurrido un milagro.
Ni más ni menos que en una montaña. Un milagro en una montaña.
Le pedí que por favor apagase la lámpara de su mesita de noche. La luz
me hacía daño en los ojos tan temprano.
En aquella época aún conservaba su sentido del humor. No se le caían los
anillos por hacer una broma de vez en cuando. Yo creía que estaba
preparando el terreno para contarme algo muy gracioso. Tal vez fuese esperar
demasiado, pensar que pudiese bromear con el hecho de estar embarazada.
Me incorporé cuando apagó la lámpara. Esperé a que soltase el final del
chiste para luego volver a escabullirme bajo las sábanas. Pero simplemente se
quedó de pie junto a la cama, sonriendo de oreja a oreja. Aquello no me hacía
gracia. Estaba violando mi política dominical. Yo cumplía a rajatabla con el
ritual del día de descanso y jamás abría los ojos por voluntad propia antes del
mediodía. Ella lo sabía.
—Te traigo una taza de café. —Descorrió un poco las cortinas, dejó que
entrase un rayo de sol.
Me levanté cuando salió de la habitación. Fui al baño, abrí el agua fría y
metí la cabeza bajo la ducha un par de minutos. Regresé a la habitación sin
toalla. Dejé que el agua me chorrease por el pecho y la espalda, que me
empapase un poco el elástico de los calzoncillos.
Ella ya estaba de vuelta en la habitación cuando entré. Sentada en la cama
con las piernas cruzadas a la altura de los tobillos. Entonces me di cuenta de
que no tenía puesto el camisón, sino unos pantalones cortos y una camiseta
azul. Parecía llevar bastante tiempo despierta.
Había una bandeja a su lado. Cargada de platos de ñame frito, un cuenco
de guiso de pescado y dos tazas de café. La mujer que podía pasar semanas
quejándose si me comía un bocadillo en la cama había traído a la habitación
un cuenco de guiso. En ese momento debí percatarme de que algo iba mal.
Me senté en la cama y le di un sorbo al café.
—¿A qué hora te has despertado?
—Akin, creo que va a ser niña.
Nada me había preparado para una Yejide que creyese que se había
quedado embarazada en una montaña. No sabía qué decirle. Mientras desayunaba la observé de cerca. Escuché lo que decía. Cuando desapareció el
último trozo de ñame frito, era evidente que no es que creyera que se había
quedado embarazada en aquella puñetera montaña, es que estaba convencida.
Puse la bandeja en la mesita de noche y atraje a Yejide hacia mí.
—Escúchame —le dije—. Tienes que descansar, dormir un poco más.
—No me crees.
—No he dicho eso.
Se zafó de mis brazos.
—Tampoco has dicho que me crees, no has hecho nada más que comer
todo este tiempo. Ni siquiera estás entusiasmado o contento. No me has
felicitado todavía y ya te has tomado el café, así que no es eso.
Quería que la felicitara. Por quedarse embarazada en una montaña.
—¿Akin? —Me agarró la mano, clavándome las uñas en la palma—. ¿Me
crees? Dime, ¿me crees?
—Esas cosas no pasan. Tienes que dejar de ir a esos sitios con moomi. Te
lo he dicho muchas veces. Esa gente son todos unos mentirosos, unos
farsantes de los pies a la cabeza.
Me soltó la mano.
—Tu madre no vino conmigo.
—¿Qué? ¿Ahora vas a ver a esos granujas tú sola?
—Tienes que creer. —Frunció el ceño, negó con la cabeza—. A veces me
das lástima.
—¿Qué?
—No crees en nada.
—¿De qué va todo esto? Porque no me creo que un hombre con una
túnica verde te tocase con la varita y te dejase embarazada.
Suspiró.
—No usó una varita, yo llevaba una… Da igual, solo pensarás que es
ridículo.
—Ya pienso que es ridículo. ¿Qué llevabas? Dios mío, no puedo creer que
estemos manteniendo esta conversación.
—No importa. —Sonrió, poniéndose las manos sobre la tripa—. ¿Sabes
qué? Dentro de poco iré al hospital a hacerme la prueba y entonces tú también
creerás que algo especial ocurrió en aquella montaña. De verdad creo que tal
vez esté embarazada.
—Dios mío. —Tenía la impresión de estar hablando con una desconocida
—. Yejide, te lo diré claro. No te quedaste embarazada en esa montaña. Si no lo estabas cuando la subiste, no lo estabas cuando la bajaste. —Le puse la
mano en la rodilla—. ¿Me entiendes?
—Akin. Dentro de nueve meses, verás que no eran unos granujas. —Me
sujetó la barbilla y me dio un beso en la nariz—. Ya verás. Ahora, cambiemos
de tema.
El beso en la nariz fue la guinda. Me abrió los ojos, tenía que hacer algo
antes de que Yejide perdiese la cabeza. En algún momento de la mañana de
aquel domingo, decidí que era hora de dejarla embarazada. De acabar de una
vez para siempre con todas aquellas visitas descabelladas a sacerdotes y
profetas. Pero antes tenía que esperar a que ella estuviera lista.
—Tal vez vaya a Lagos el fin de semana que viene —dije.
—¿A qué tienes que ir a Lagos?
—Tengo que hablar con Dotun de unas inversiones.
—¿Dotun e inversiones? Pues ten cuidado con tu hermano; a veces pienso
que lo único que hace es crear problemas.
Se equivocaba en lo del embarazo, pero no con Dotun.