Quédate conmigo
Capítulo 2
Ilesa, de 1985 en adelante
Ya entonces intuía que habían venido en son de guerra. Los veía a través de
las hojas de cristal de la puerta. Oía su cháchara. No parecieron percatarse de
que llevaba casi un minuto entero de pie al otro lado de la puerta. Quería
dejarlos plantados allí afuera, subir las escaleras y volver a acostarme. Tal vez
se derritiesen en charcos de fango marrón si se quedaban al sol el tiempo
suficiente. El trasero de Iya Martha era tan grande que, derretido, ocuparía
todo el espacio de los escalones de cemento que conducían hasta nuestra
entrada.
Iya Martha era una de mis cuatro madres; había sido la esposa de más
edad de mi padre. El hombre que la acompañaba era Baba Lola, el tío de
Akin. Ambos se encorvaban para protegerse del sol y lucían un ceño fruncido
tan contumaz que sus caras me resultaban repugnantes. Sin embargo, en
cuanto abrí la puerta, su conversación cesó y se deshicieron en sonrisas. Ya
me imaginaba las primeras palabras que saldrían por boca de ella. Sabía que
sería alguna demostración exagerada de un vínculo que jamás había existido
entre nosotras.
—¡Yejide, mi tesoro, mi hija! —Iya Martha sonrió abiertamente,
sosteniéndome las mejillas entre sus manos rollizas y húmedas.
Le devolví la sonrisa y me arrodillé para saludarla.
—Bienvenidos, adelante. Hoy Dios debe de haberse despertado pensando
en mí. Por eso estáis aquí —dije, arrodillándome a medias de nuevo una vez
que entraron y se sentaron en la sala de estar.
Rieron.
—¿Dónde está tu marido? ¿Lo pillamos en casa? —preguntó Baba Lola,
recorriendo la habitación con la vista como si yo tuviese a Akin escondido
debajo de una silla.
—Sí, señor, está arriba. Iré a avisarlo en cuanto les sirva algo de beber.
¿Qué les apetece que prepare para comer? ¿Puré de ñame?
El hombre dirigió una mirada a mi madrastra como si, durante los ensayos
de la obra de teatro que estaba a punto de estrenarse, él no hubiese leído esa
parte del guión.
Iya Martha negó con la cabeza de un lado a otro.
—No podemos comer. Trae a tu marido. Tenemos cosas importantes que
tratar con vosotros dos.
Sonreí, me marché de la sala de estar y me dirigí hacia las escaleras. Creía
estar al tanto de las «cosas importantes» que habían venido a debatir. En
ocasiones anteriores, varios miembros de mi familia política ya habían venido
a casa para tratar el mismo asunto. La conversación consistía en que ellos
hablaban y yo escuchaba de rodillas. Todas esas veces, Akin fingía escuchar y
tomar notas cuando lo que en realidad hacía era escribir la lista de cosas que
tenía que hacer al día siguiente. En toda la serie de delegaciones no había
nadie que supiese leer ni escribir, aunque todos sentían un respeto reverencial
por quienes sí sabían. Les impresionaba que Akin anotase sus palabras. Y a
veces, si paraba de escribir, la persona que estuviese hablando en ese
momento se quejaba de la falta de respeto de Akin por no apuntar nada. A
menudo mi marido planeaba toda su semana durante estas visitas, mientras a
mí me daban unos calambres horrorosos en las piernas.
A Akin le fastidiaban las visitas, y lo que quería era decirles a sus
parientes que se metieran en sus asuntos, pero yo no se lo permitía. Sí, las
largas conversaciones me daban calambres en las piernas, pero al menos me
hacían sentir parte de su familia. Hasta esa tarde, ningún miembro de mi
familia me había hecho ninguna visita de este tipo desde que me casé.
Conforme subía las escaleras, caí en la cuenta de que la presencia de Iya
Martha significaba que estaban a punto de plantear algo nuevo. No me hacían
falta sus consejos. En casa estábamos bien sin aquellas cosas importantes que
ellos tuviesen que decir. No quería oír la voz ronca de Baba Lola que le salía
a la fuerza entre toses ni volver a ver de refilón los dientes de Iya Martha.
En cualquier caso, yo ya creía haberlo oído todo y estaba segura de que mi
marido pensaría lo mismo. Me sorprendió encontrarme a Akin despierto.
Trabajaba seis días a la semana y pasaba casi todo el domingo durmiendo.
Pero hoy caminaba de un lado a otro de nuestra habitación cuando entré.
—¿Sabías que venían hoy? —Registré su cara en busca de la mezcla
familiar de terror y fastidio que mostraba cada vez que una delegación
especial venía de visita.
—¿Están aquí? —Se quedó quieto, agarrándose las manos detrás de la
cabeza. Ningún terror, ningún enfado. El aire de la habitación empezó a
parecerme viciado.
—¿Sabías que iban a venir? ¿Y no me lo dijiste?
—Bajemos y ya está. —Salió de la habitación.
—Akin, ¿de qué va esto? ¿Qué está pasando? —grité mientras se iba.
Me senté en la cama, me sujeté la cabeza entre las manos e intenté
respirar. Me quedé así hasta que oí la voz de Akin llamándome. Bajé a la sala
de estar y me dirigí hacia él con una sonrisa, no una grande que mostrase los
dientes, sino solo alzando ligeramente las comisuras de los labios. Del tipo
que decía: «Aunque ustedes, ancianos, no tengan ni idea de mi matrimonio,
estoy encantada, no, extasiada, de oír todas las cosas importantes que tengan
que decir al respecto. Al fin y al cabo, soy una buena esposa».
Al principio no la vi, a pesar de que estaba sentada en el borde de la silla
de Iya Martha. Tenía la piel clara, de un amarillo pálido, como el interior de
un mango verde. Sus labios eran finos y estaban cubiertos de un carmín rojo
sangre.
Me incliné hacia mi marido. Su cuerpo estaba rígido y no me rodeó con
los brazos ni me atrajo hacia él. Intenté deducir de dónde había salido la
mujer amarilla, llegando a considerar por un instante la descabellada
posibilidad de que, al entrar, Iya Martha la hubiese traído oculta bajo el pareo.
—Esposa nuestra, nuestro pueblo dice que cuando un hombre posee algo
y ese algo se convierte en dos, el hombre no se enfada, ¿verdad? —dijo Baba
Lola en yoruba.
Asentí y sonreí.
—Pues bueno, esposa nuestra, esta es tu nueva esposa. Un hijo llama a
otro hijo a este mundo. Quién sabe, puede que el rey celestial responda a tus
plegarias gracias a esta mujer. En cuanto se quede embarazada y tenga un
hijo, estamos seguros de que tú tendrás otro —explicó Baba Lola.
Iya Martha asintió en señal de conformidad.
—Yejide, hija mía, lo hemos pensado y le hemos dado muchas vueltas a
este asunto, los parientes de tu marido y yo. Y tus demás madres.
Cerré los ojos. Estaba a punto de despertar del trance. Cuando los abrí, la
mujer color amarillo mango seguía allí, algo borrosa pero aún allí. Yo estaba
aturdida.
Me imaginaba que habían venido a hablar de que aún no tenía hijos. Mi
arsenal eran millones de sonrisas. Las tenía todas preparadas: sonrisas de
disculpa, sonrisas lastimeras, sonrisas encomendándome a Dios y cualquier
otro tipo posible de sonrisa falsa necesaria para sobrevivir toda una tarde en
compañía de un grupo de personas que afirman querer lo mejor para ti
mientras te ponen el dedo en la llaga. Estaba dispuesta a escuchar cómo me
decían que dadas mis circunstancias tenía que hacer algo. Esperaba que me
hablasen de un nuevo pastor al que podía acudir, una nueva montaña a la que ir a rezar, o un nuevo curandero en alguna aldea o pueblo remoto al que
consultar. Iba armada con sonrisas para mis labios, un brillo lacrimoso
apropiado para mis ojos y gimoteos sonoros para mi nariz. Estaba dispuesta a
echarle el cierre a mi salón de peluquería toda la semana siguiente para irme
con mi suegra en comitiva en busca de un milagro. Lo que no me esperaba era
otra mujer sonriente en la habitación, una mujer amarilla de boca rojo sangre
que sonreía de oreja a oreja como una recién casada.
Deseé que mi suegra estuviera allí. Era la única mujer a la que había
llamado moomi en toda mi vida. La visitaba más a menudo que su hijo. Ella
había sido testigo de aquella vez en que un sacerdote, que tenía la teoría de
que mi madre me había echado una maldición justo antes de morir, pocos
minutos después de darme a luz, convirtió mi permanente recién hecha en un
caudaloso río de pelo largo y suelto. Moomi estuvo a mi lado la vez que pasé
tres días sentada en una estera de oración, salmodiando sin cesar palabras que
no comprendía hasta que al tercer día me desmayé, interrumpiendo lo que
debían haber sido siete días de ayuno y vigilia.
Mientras me recuperaba en una sala del Wesley Guild Hospital, me cogió
la mano y me pidió que rezara para pedir fuerzas. La vida de una buena madre
es dura, dijo, una mujer puede ser mala esposa pero no mala madre. Moomi
me contó que antes de pedirle a Dios que me diese un hijo, debía implorar la
gracia de ser capaz de sufrir por ese hijo. Me dijo que si me desmayaba
después de tres días de ayuno, es que aún no estaba preparada para ser madre.
Reparé entonces en que ella no se había desmayado al tercer día porque
probablemente ya habría pasado por ese tipo de ayuno diversas veces, para
complacer a Dios en nombre de sus hijos. En ese momento, las arrugas
grabadas en torno a los ojos y la boca de moomi se volvieron siniestras; para
mí representaban ya algo más que signos de la vejez. Aquello me destrozó.
Quería ser algo que nunca había tenido. Quería ser madre, que mis ojos
brillasen de sabiduría y alegrías secretas como los de moomi. Sin embargo,
todo lo que contaba sobre el sufrimiento era aterrador.
—Ni siquiera tiene una edad parecida a la tuya. —Iya Martha se reclinó
hacia delante en su asiento—. Porque te aprecian, Yejide, los parientes de tu
marido saben lo que vales. Me han dicho que valoran que seas una buena
esposa en la casa de tu marido.
Baba Lola se aclaró la garganta.
—Yejide, yo quiero elogiarte personalmente. Quiero agradecerte tus
esfuerzos por asegurarte de que nuestro hijo deje un hijo cuando muera. Por
eso sabemos que no tratarás a esta nueva esposa como a una rival. Se llama Funmilayo y sabemos, confiamos, que la recibirás como a una hermana
pequeña.
—Una amiga —apuntó Iya Martha.
—Una hija —concluyó Baba Lola.
Iya Martha le dio unas palmaditas a Funmi en la espalda.
—Oya, ve a saludar a tu iyale.
Me estremecí cuando Iya Martha se refirió a mí como la iyale de Funmi.
La palabra crepitaba en mis oídos: iyale, primera esposa. Era un veredicto que
me estigmatizaba como no lo bastante mujer para mi marido.
Funmi vino a sentarse a mi lado en el sofá.
Baba Lola negó con la cabeza.
—Funmi, arrodíllate. Veinte años después de que el tren haya iniciado su
viaje, siempre se encontrará con la tierra que tiene por delante. En esta casa,
Yejide va por delante de ti en todos los sentidos.
Funmi se arrodilló, me puso las manos sobre las rodillas y sonrió. Mis
manos se morían de ganas por borrarle de un guantazo la sonrisa de la cara.
Me volví para mirar a Akin a los ojos, con la esperanza de que de algún
modo él no fuera cómplice de la emboscada. Me sostuvo la mirada en una
súplica silenciosa. Mi sonrisa, ya de por sí forzada, se desvaneció. La ira
enroscó sus manos violentas alrededor de mi corazón. Sentí un martilleo en la
cabeza, justo entre los ojos.
—Akin, ¿tú sabías esto? —Hablé en inglés, dejando fuera de la
conversación a los dos ancianos, que solo hablaban yoruba.
Akin no dijo nada; se rascó el puente de la nariz con el índice.
Busqué por toda la habitación algo en lo que concentrarme. Los visillos
blancos con ribetes azules, el sofá gris, la alfombra a juego que lucía una
mancha de café que llevaba más de un año intentando quitar. La mancha
estaba demasiado lejos del centro para que la tapase la mesa y demasiado
lejos del borde para que la ocultasen los sillones. Funmi llevaba un vestido
beis, del mismo tono que la mancha de café, del mismo tono que la blusa que
llevaba yo. Tenía las manos justo por debajo de mis rodillas, me rodeaban las
piernas desnudas. No era capaz de mirar más allá de sus manos, más allá de
las largas mangas de globo de su vestido. No era capaz de mirarla a la cara.
—Yejide, acércala a ti.
No estaba segura de quién acababa de hablar. Tenía la cabeza ardiendo,
recalentándose, a punto de estallar. Cualquiera podía haber dicho aquellas
palabras: Iya Martha, Baba Lola, Dios. Me daba igual.
Me volví de nuevo hacia mi marido.
—Akin, ¿tú sabías esto? Lo sabías y no me lo podías contar. ¿Lo sabías?
Hijo de la gran puta. ¡Después de todo! ¡Desgraciado hijo de puta!
Akin me agarró la mano antes de que se estrellase en su mejilla.
No fue lo escandaloso del grito de Iya Martha lo que detuvo mis palabras,
sino la ternura con la que el pulgar de Akin me acarició la palma de la mano.
Aparté la mirada de sus ojos.
—¿Qué está diciendo? —Baba Lola le pidió a la nueva esposa que
interpretara.
—Yejide, por favor. —Akin me estrujó la mano.
—Dice que es un hijo de puta —Funmi tradujo en un susurro, como si las
palabras quemaran y pesaran demasiado para su boca.
Iya Martha soltó un grito y se tapó la cara con las manos. A mí no me
engañó con su teatro. Sabía que por dentro se regodeaba. Estaba segura de
que pasaría semanas repitiéndoles lo que había visto a las demás esposas de
mi padre.
—No debes insultar a tu marido, hija mía. Pase lo que pase, sigue siendo
tu marido. ¿Qué más quieres que haga él por ti? A ver si no es por ti que ha
buscado un piso para Funmi teniendo aquí mismo un dúplex enorme. —Iya
Martha lanzó una ojeada a la sala de estar, extendiendo las palmas de las
manos para hacer hincapié en el tamaño del dúplex, por si acaso yo no había
captado la referencia a la casa de cuyo alquiler yo pagaba la mitad todos los
meses—. A ver, Yejide mía. Agradecida le tienes que estar a tu marido.
Iya Martha había dejado de hablar, pero su boca seguía abierta. Si uno se
acercaba lo suficiente, aquella boca despedía un hedor insoportable, como a
orina añeja. Baba Lola había escogido un asiento a una distancia de seguridad
de ella.
Yo sabía que se esperaba de mí que me arrodillase, que inclinase la
cabeza como una colegiala castigada y pidiese perdón por insultar a mi
marido y a su madre al mismo tiempo. Ellos habrían aceptado mis disculpas,
yo podría haber culpado al demonio, al calor o al hecho de que mis trenzas
recién hechas me apretaban demasiado, me daban dolor de cabeza y me
habían impulsado a faltarle al respeto a mi marido delante de ellos. Sentía
todo el cuerpo agarrotado, como una mano artrítica, y me resultaba imposible
obligarlo a adoptar las posturas que se negaba a adoptar. Así que, por primera
vez en mi vida, hice caso omiso del descontento de un miembro de mi familia
política y me puse de pie cuando se esperaba que me arrodillase. Sentí que
había crecido unos centímetros al erguirme cuan alta era.
—Voy a preparar la comida —anuncié, negándome a preguntarles de
nuevo qué querían comer. Una vez terminada la presentación de Funmi, a
Baba Lola e Iya Martha les pareció aceptable quedarse a comer. Yo no estaba
dispuesta a cocinar una comida distinta para cada uno, así que les serví lo que
quise. Les puse potaje de alubias. Mezclé las alubias de hacía tres días que
tenía pensado tirar a la basura con el potaje recién hecho. A pesar de estar
segura de que repararían en que la mezcla sabía un poco mal, para que se lo
comieran todo confié en la culpa que Baba Lola estaba ocultando bajo su
indignación ante mi comportamiento y en el júbilo que Iya Martha escondía
bajo sus muestras de consternación. Con el fin de facilitar que les bajase la
comida por el gaznate, me arrodillé para pedirles perdón a ambos. Iya Martha
sonrió y admitió que se habría negado a comer si hubiese seguido
comportándome como una barriobajera. Me disculpé de nuevo y abracé a la
mujer amarilla por si las moscas; olía a aceite de coco y a vainilla. Me bebí
una botella de malta mientras observaba cómo comían. Me fastidió que Akin
se negase a probar bocado.
Cuando se quejaron de que habrían preferido puré de ñame con estofado
de verduras y pescado seco, decidí ignorar la mirada de Akin. Cualquier otro
día me habría vuelto a meter en la cocina a machacar ñame. Aquella tarde, lo
que quería era decirles que si tanto les apetecía comer puré de ñame podían
machacarlo ellos solitos. Las palabras que me quemaban en la garganta me las
tragué mezcladas con malta, y les dije que no podía usar el mortero porque el
día anterior me había hecho un esguince en la mano.
—Pero si no nos has dicho nada al llegar. —Iya Martha se rascó la
barbilla—. Tú misma nos ofreciste puré de ñame.
—Se habrá olvidado del esguince. Ayer le dolía muchísimo. Me planteé
incluso llevarla al hospital —intervino Akin, encubriendo mi mentira bastante
evidente.
Se zamparon las alubias cual niños muertos de hambre, y me aconsejaron
que me mirasen la mano en el hospital. Funmi fue la única que retorció la
boca con la primera cucharada de alubias y me miró con recelo. Nuestras
miradas se cruzaron y me dedicó una amplia sonrisa perfilada de rojo.
Cuando retiré los platos vacíos, Baba Lola nos explicó que al no saber
cuánto duraría la visita, no se había molestado en acordar una hora para que el
taxista que los había llevado hasta allí regresara a recogerlos. Dio por sentado,
del modo en que a menudo hacen los familiares, que Akin se ocuparía de
devolverlos a casa.
Pronto llegó la hora de que Akin se los llevara a todos. Los acompañé
hasta el coche mientras Akin agitaba las llaves en el bolsillo del pantalón y les
preguntaba si les parecía bien la ruta que pretendía seguir. Primero dejaría a
Baba Lola en Ilaje Street y luego conduciría hasta Ife para llevar a Iya
Martha. Me percaté de que no mencionó dónde vivía Funmi. Después de que
Iya Martha aprobase el recorrido que proponía mi marido como la mejor
opción, Akin abrió las puertas del coche y se montó en el asiento del
conductor.
Reprimí el impulso de agarrar a Funmi de los pelos rizados a lo jheri y
sacarla del coche: se había colado en el asiento delantero, al lado de mi
marido, y había tirado al suelo el pequeño cojín que yo siempre llevaba allí.
Apreté los puños mientras Akin se alejaba al volante y me dejaba sola en
medio de la nube de polvo que había levantado.
—¡¿Qué les has dado de comer?! —gritó Akin.
—¡Anda! Pero si ha vuelto el novio —contesté. Yo acababa de terminar
de cenar. Recogí los platos y me dirigí a la cocina.
—¿Sabes que ahora mismo están todos con diarrea? Tuve que parar al
lado de unos matojos para que cagasen. ¡De unos matojos! —dijo mientras
me seguía hasta la cocina.
—¿Qué tiene eso de inaudito? ¿O es que ahora tu familia tiene váter en
casa? ¿No cagan entre matojos y en montones de estiércol todos los días? —
pregunté a voz en grito, lanzando los platos en el fregadero de metal. Al
sonido de la porcelana al romperse le siguió el silencio. Uno de los platos se
había quebrado por la mitad. Pasé el dedo por la superficie rota. Sentí cómo
me rasgaba la piel. Un hilo de sangre manchó el borde irregular.
—Yejide, intenta comprenderlo. Sabes que no voy a hacerte daño —dijo
él.
—¿Pero en qué idioma hablas? ¿En hausa o en chino? Porque yo no te
entiendo. Empieza a hablar algo que yo comprenda, señor recién casado.
—No me llames así.
—Te llamaré como me dé la gana. Al menos mientras sigas siendo mi
marido. Ay, pero igual resulta que ya no eres mi marido otra vez. ¿Me he
perdido también esa noticia? ¿Pongo la radio o lo dan por televisión? ¿En el
periódico? —Tiré el plato roto en el cubo de la basura de plástico que había al
lado del fregadero. Me di la vuelta para encararme con él.
Le brillaba la frente por las gotas de sudor que se deslizaban por las
mejillas y se le juntaban bajo la barbilla. Repiqueteaba un pie al ritmo de
algún furioso compás dentro de su cabeza. Los músculos de la cara se le
movían a ese mismo ritmo mientras apretaba y relajaba la mandíbula.
—Me has llamado hijo de puta delante de mi tío. Me has faltado al
respeto.
La ira de su voz me sacudió, me indignó. Me había imaginado que su
cuerpo tembloroso significaba que estaba nervioso, normalmente era así.
Había albergado la esperanza de que significase que lo sentía, que se sentía
culpable.
—¿Me traes a una nueva esposa a esta casa y eres tú el que se enfada?
¿Cuándo te has casado con ella? ¿Hace un año? ¿Hace un mes? ¿Cuándo
planeabas contármelo? ¿Eh? Eres un…
—No te atrevas, mujer, no te atrevas a decirlo. Habría que ponerte un
candado en la boca.
—Bueno, pues como no lo tengo, lo diré, eres un grandísimo…
Akin me tapó la boca con la mano.
—Vale, lo siento. No lo tuve fácil. Sabes que no te engañaría con otra,
Yejide. Sabes que no puedo, no puedo hacerlo. Te lo prometo. —Se echó a
reír. Era un sonido roto y lastimoso.
Le arranqué la mano de mi cara. Él se aferró a mi mano, frotando mi
palma contra la suya. Me entraron ganas de llorar.
—Tienes otra mujer, le pagaste a su familia una suma para casarte con
ella y te postraste ante ellos. Creo que ya me estás engañando.
Me puso la palma de la mano sobre su corazón; latía muy rápido.
—Esto no es engañarte; no tengo ninguna mujer nueva. Confía en mí, es
por nuestro bien. Mi madre dejará de presionarte para que tengas hijos —
susurró.
—Tonterías, chorradas. —Le arrebaté mi mano y salí de la cocina.
—Si esto hace que te sientas mejor, a Funmi no le dio tiempo a llegar a
los matojos. Se ensució todo el vestido.
No me sentía mejor. Tardaría mucho tiempo en sentirme mejor. En ese
momento me estaba deshaciendo, como el nudo de un pañuelo atado con
prisas que se afloja y acaba en el suelo antes de que su dueña se dé cuenta.