Quédate conmigo
Capítulo 20
Moomi soltó que Olamide era una mala hija, una niña malvada que había
elegido morir. Me dieron ganas de abofetearla cuando lo dijo.
Era su manera de consolarme, de convencerme de que mi Olamide quería
morir, de que no había nada que ninguna madre pudiera haber hecho. No
funcionaba y ella lo sabía. Yo no podía dejar de pensar en mi bebé, en lo
horrible que era que se hubiese quedado atrapado para siempre en el amarillo
pálido y su piel nunca alcanzase el mismo tono que sus orejas.
No me conmovieron los rostros abatidos de quienes abarrotaban la sala de
estar para darnos el pésame. Fue su silencio lo que me conmovió, me retorció
el corazón, el silencio casi total de los dolientes, roto tan solo por palabras
amables que pretendían dar ánimo y consuelo. Si mi Olamide se hubiese
hecho mayor, si se hubiera casado y hubiera tenido hijos antes de morir, si
hubiésemos sido yo o Akin quienes muriésemos, los allí presentes habrían
estado llorando a lágrima viva, no mordiéndose el labio y negando con la
cabeza y pidiéndome que me olvidase de aquello porque pronto tendría otro
hijo.
El hecho de que nadie gritase o gimiese hacía que se me retorcieran las
tripas. Todo el mundo mantenía las formas. No había ningún caos, ni se
lanzaban sillas ni objetos, nadie se revolcaba por el suelo ni se tiraba de los
pelos. Ni siquiera moomi danzaba. A nadie le faltaban las palabras. Todos
sabían qué decir. «No te preocupes, pronto tendrás otro hijo».
No había ninguna foto enmarcada sobre una mesa con el libro de
condolencias debajo.
Era como si nadie fuese a echarla de menos. Nadie lamentaba que
Olamide hubiese muerto. Lamentaban que yo hubiese perdido un hijo, no que
ella hubiese muerto. Era como si, por haber pasado tan poco tiempo en el
mundo, no importara realmente que ya no estuviese; ella no importaba
realmente. Se podría pensar que habíamos perdido a un perro que significaba
mucho para nosotros. Me dolía profundamente ver a la gente tan serena, como
si no hubiésemos perdido gran cosa. Y cuando las voces del desfile de
afligidos demasiado serenos me decían que me imaginase lo terrible que
habría sido que aquello hubiese sucedido más adelante, en la víspera de su
graduación o de su boda, deseé poder gemir, gritar, revolcarme por el suelo y
ofrecerle el duelo que ella merecía. Pero no podía. La parte de mí que podía haberlo hecho se había marchado con Olamide hasta la cámara frigorífica de
la morgue para hacerle compañía y suplicarle que me perdonase por todas las
señales que había pasado por alto.
El funeral tuvo lugar cinco días después. A Akin y a mí no se nos permitió
asistir, nunca sabríamos el lugar exacto donde estaba enterrada. Mi suegra no
paraba de recordarme que no debía insistirle a nadie para que me dijese el
lugar escogido. Me susurró al oído que jamás debía ver su tumba porque
entonces mis ojos verían el mal y yo experimentaría lo peor que le puede
pasar a un padre: conocer el lugar donde está enterrado un hijo. No reaccioné
a las palabras de mi suegra. Me quedé toda la mañana tumbada en el sofá de
la sala de estar, totalmente quieta, esperando el momento en que diesen
sepultura a su pequeño ataúd. Estaba segura de que si me quedaba lo bastante
quieta, lo sabría. Me quedé inmóvil y observé el reloj hasta que se volvió
borroso: el tiempo pasó sin que me diera cuenta. Recuerdo vagamente a Akin
cogiendo las llaves del coche y diciendo algo en algún momento. No me moví
del sofá hasta que me di cuenta de que eran las dos en punto. El entierro
habría acabado antes de las doce del mediodía. No había sentido nada en todo
el día. Por muy quieta que me hubiese quedado, no había estado lo bastante
alerta. Entonces grité, un sonido breve y desgarrador que me hizo toser. Un
sonido que no pude mantener todo lo que quería. Ni siquiera entonces hubo
lágrimas, ni una sola.
Moomi vino de inmediato, y me pasó el dedo por el cuero cabelludo.
—Antes de que te quieras dar cuenta estarás embarazada de nuevo. Te
recuperarás, ya lo verás —dijo como si se tratase de un resfriado y solo
tuviera que hacer un poco de reposo para reponerme. Deseé que fuese ella la
muerta y no mi hija. Le di la espalda y no le dije que ya estaba embarazada.
Unos muros de dolor iban cercándome por todos los lados; yo intentaba
empujar, pero los muros eran de cemento y acero. Yo no era más que carne y
míseros huesos.
Akin me insinuó, me aconsejó, me engatusó y por último insistió en que
volviese a la peluquería a trabajar a jornada completa. Aún no le había dicho
que estaba embarazada.
En realidad, nunca se lo dije. Un día, cuando mi barriga ya era demasiado
grande como para pasarla por alto, se apoyó en el marco de la puerta de la
cocina y me preguntó:
—¿Estás embarazada?
Yo cogí un cuchillo del escurreplatos.
—¿De nuevo? —añadió Akin, como si acabase de recordar que ya había
estado embarazada antes.
Corté las hojas de verdura, agarré el cuchillo con demasiada fuerza y
apreté todos los músculos del brazo como si estuviera cortando un tubérculo
de ñame.
—¿Yejide?
Clavé el cuchillo en la tabla de madera y me di la vuelta para enfrentarme
a aquel hombre que era mi marido. Entrelacé las manos apretadas sobre mi
vientre prominente.
—¿Tú qué crees, Akin? Dime tú qué crees que hay dentro de mi barriga.
—¿Por qué no respondes simplemente a mi pregunta?
—¿Crees que me he atado una calabaza alrededor de la barriga? Venga,
hombre. ¿Es eso lo que crees?
Se rascó las cejas y apartó la mirada, fijándola en un punto indeterminado
por encima de mi cabeza. Le di la espalda.
Se aclaró la garganta.
—¿Entonces estás embarazada?
Seguía siendo una pregunta. Aquel hombre pensaba que se me había ido
la cabeza, hasta el punto de atarme una calabaza alrededor de la barriga. Por
eso seguía haciéndome la pregunta: no se lo podía creer. Hacía calor y lo
único que llevaba puesto era una camiseta grande que me llegaba hasta la
mitad del muslo. ¿Quería inspeccionarme la barriga? ¿Tal vez cortar un
trocito de piel para asegurarse? Arranqué el cuchillo de la tabla de cortar y
dejé que las manos me cayeran a los lados. Asentí.
—Sí.
Emitió un sonido que no fui capaz de distinguir del todo. Sonó como un
«enhorabuena», sonó como si estuviera ahogando o conteniendo un sollozo.
Me quedé mirando por la ventana de la cocina, con el acero frío del cuchillo
pegado al muslo desnudo.
—Lo siento —dijo al cabo de un rato—, siento que el bebé muriese.
—Se llama Olamide —grité. Me volví para enfrentarme a él, con los otros
veinte nombres que le habíamos puesto a mi hija listos para ser pronunciados.
En el umbral de la puerta no había nadie; ya se había ido.
El primer día que volví al trabajo, le pedí a una de las chicas que me cortase
el pelo. Se negó, fulminándome con la mirada, como si le hubiese pedido que me cortase la cabeza. Todas las chicas se negaron a tocar las tijeras, hasta Iya
Bolu se negó.
—Pero si estás embarazada otra vez —me dijo.
Yo misma me corté los mechones y me dejé el resto del pelo lleno de
greñas cortas e irregulares. Las clientas pusieron cara de terror. Si fuese Akin
el que había muerto, no se habrían escandalizado tanto al ver cómo me
cortaba el pelo. Entonces, ¿por qué me miraban fijamente como si hubiese
perdido la cabeza?
Mi coche estaba pasando la revisión aquel día, así que anduve hasta casa,
arrastrándome, después de cerrar la peluquería. Los pies me pesaban como el
plomo. No quería volver a casa para encontrarme con la cuna vacía, que
seguía junto a la cama que compartía con Akin.
Akin estaba en casa cuando llegué. Estaba trabajando en la mesa del
comedor. Tenía delante decenas de folios esparcidos y tecleaba números en
una calculadora.
—¿Qué le ha pasado a tu pelo? —preguntó, apartando la calculadora.
—Un pájaro se me ha posado en la cabeza y se lo ha comido mientras
volvía a casa. ¿Qué otra cosa podría haber sido?
Continuó tecleando sus números.
Yo me senté en un sillón de espaldas a la mesa del comedor.
—¿Cómo de corto lo quieres? —preguntó Akin.
—Al cero —respondí, intentando quitar con el dedo gordo del pie un resto
de cera de vela de la alfombra. Tenía varias manchas. No se había limpiado
en semanas.
De repente, noté la mano de Akin en la cabeza. Me pasó las manos por el
pelo greñudo, y luego oí los cortes secos de un par de tijeras; los mechones de
pelo me cayeron por la cara, pegándose a la piel al entrar en contacto con las
lágrimas que se deslizaban en silencio por las mejillas. Los restos de pelo me
pinchaban la piel, pero no me los aparté de la cara. Los dejaría allí, toda la
noche, dejaría que la piel me picara y picara como si me hubiesen restregado
por la cara un trozo de ñame crudo.
—Ve a ducharte —dijo él cuando acabó.
No podía ponerme de pie. Los sollozos me tensaban el pecho, me costaba
respirar.
Akin se arrodilló a mi lado y apoyó la cabeza sobre mi barriga,
agarrándome el vestido con una mano mientras la otra le colgaba lacia por
encima del borde del sillón, sujetando aún las tijeras. Él jamás lo admitiría,
pero aquel día noté sus lágrimas, me pegaron el vestido al vientre y dieron validez a mi pena. Eché la cabeza hacia atrás y lloré amargamente. Maldije.
Chillé. Pedí perdón a mi hija, le rogué que perdonase mi descuido, le supliqué
que me escuchara allá donde estuviera. Lloré toda la noche tan fuerte como
pude. Me sujeté la cabeza e intenté sacar el dolor a gritos. La noche siguiente
dormí de un tirón. No soñé con bebés muertos descomponiéndose bajo la
tierra; no soñé nada en absoluto. Al despertarme, a lo largo de seis horas
pensé que las lágrimas se habían llevado mi dolor y mi culpa. Entonces no
sabía que aquello era imposible.