Quédate conmigo
Capítulo 34
Cuando mi suegro nos invitó a Akin y a mí a una reunión familiar, antes de
llegar a Ayeso estaba segura de que era moomi quien había debido de
insistirle para convocar la supuesta reunión de emergencia. Sostenía a Rotimi
delante de mí, como un escudo, cuando entramos en la sala de estar y nos
sentamos uno al lado del otro en un sofá marrón. El sofá era pequeño y, por
primera vez desde que descubriese a Dotun encima de mí, Akin y yo nos
sentamos juntos: estábamos tan cerca que lo oía respirar. Dotun ya estaba allí
cuando llegamos, sentado al lado de su padre. No lo veía desde que le dieron
el alta del hospital.
Moomi fue la primera en tomar la palabra:
—Mis hijos están aquí para explicar por qué se pelearon, por qué no
recurrieron a la familia para resolver cualquier desavenencia que tuvieran.
Están aquí para explicar por qué quieren deshonrar a nuestra familia y
convertirnos en la comidilla del mercado.
—No, para ahí. Querrás decir a ti, Amope. Te han deshonrado a ti. El
mundo entero sabe que el mío es un nombre respetado en Ijesaland —
puntualizó el padre de Akin.
—¿Conque esas tenemos, baba? ¿Ahora son solo hijos míos? Qué
inutilidad de hombre; pues claro que son mis hijos, ¡si tú jamás te has gastado
ni un kobo en ellos! Fui yo quien les pagó el colegio, quien les compró los
uniformes y luego, cuando se graduaron en la universidad, tú solo apareciste
para las fotos. Pero ahora resulta que vuelven a ser mis hijos.
—¿Acaso no son tus hijos? ¿Los robaste del hospital? —El padre de Akin
advirtió a moomi con un dedo—. ¡Ja! ¿Eso es lo que has venido a contarnos,
que los robaste de la maternidad, abi? —Se rio de su propio chiste.
Moomi soltó un bufido.
—Pero esto no es culpa tuya. Son estos dichosos niños los culpables de
que le tiren palos y piedras a su madre. Mira que sois idiotas, ¡explicaos!
Hablad por esa boca de una vez. —Le lanzó una mirada de furia a Akin, luego
a mí, amenazándonos con sus manos artríticas como si fueran garras
descomunales.
Dotun se aclaró la garganta. Todavía llevaba la mano izquierda en
cabestrillo, la cabeza vendada y un lado de la cara lleno de puntos diminutos.
—Discutimos por dinero —dijo Dotun.
A mi lado, el cuerpo de Akin se relajó con lo que imaginé que era un
suspiro de alivio. Yo debería haber estado escuchando y memorizando la
historia que Dotun estaba contando. Debería haber retenido todos los detalles
para después repetírselos a los parientes que seguramente me interrogarían
más tarde, con caras de preocupación, ansiosos por engullir su ración de
cotilleo para acompañar al puré de ñame en la próxima celebración familiar.
Pero para entonces ya me daba igual lo que pensara la familia de Akin. Me
estaba despidiendo, aunque en ese momento aún no lo supiera. Así que mecí a
Rotimi y jugueteé con su collar, apretando con el pulgar los bordes duros del
crucifijo bajo su blusa. Sí que escuché con atención cuando Akin empezó a
hablar. Me asombró con qué facilidad rellenaba los huecos del relato de su
hermano. Era como si hubiesen ensayado las mentiras una y otra vez.
—El dinero no era mío. Se lo pedí prestado al banco. Después de todo lo
que he hecho, después de todo lo que me he sacrificado por Dotun, ¿cómo fue
capaz de perderlo todo jugando? —dijo Akin, dándose un manotazo en la
rodilla.
—Hermano mi, no lo perdí jugando. Fue un negocio que salió mal. Se
suponía que sacaríamos dinero suficiente para devolver el préstamo, pero se
torcieron muchas cosas. —Dotun no miraba en nuestra dirección mientras
hablaba, tenía la cabeza doblada y parecía mirar fijamente el entramado del
linóleo azul que cubría el suelo.
—No era un negocio; si no fueras tan imbécil te habrías dado cuenta de
que era una estafa. ¿O es que no seríamos todos ricos si de verdad el dinero
pudiera multiplicarse?
—El dinero es algo insignificante —intervino el padre de Akin, dándole
palmaditas a Dotun en el hombro.
Akin y Dotun siguieron entretejiendo las hebras de sus mentiras hasta que
su relato se hizo igual de fuerte que una soga de la verdad.
—No debéis permitir que el dinero se interponga entre vosotros. Por
vuestras venas corre la misma sangre. ¿Qué ejemplo queréis dejarles a
vuestros hijos si permitís que el dinero os separe? —añadió mi suegro cuando
sus hijos se quedaron en silencio.
Moomi resopló y negó con la cabeza, pero su marido no le hizo caso y
siguió su perorata.
—Debéis reconciliaros y pediros perdón el uno al otro. —El anciano se
inclinó hacia delante en su asiento e hizo señas con las manos—. Unión, debe
haber unión dentro de todas las familias. ¿Lo habéis olvidado? Un palo de escoba solo no sirve para nada, pero ¿qué pasa cuando lo unes a un manojo de
ramas?
—Barre toda la casa hasta dejarla limpia —respondió Akin.
—¿Entendéis entonces lo que trato de deciros? —dijo mi suegro.
Dotun se tocó el lado de la cara medio cubierto de puntos y dijo:
—Lo siento, hermano mi, no te enfades conmigo. Encontraré la forma de
devolverte el dinero.
Akin tosió.
—Se me llevaron los demonios, Dotun. No sé de dónde me salió aquella
rabia.
—Ya está. —Mi suegro se volvió hacia moomi—. Iya Akin, ¿satisfecha
ahora? Ya te dije que Yejide no tenía nada que ver con todo esto. No hay
ningún motivo para que se interponga entre ellos. ¿Cómo se te pudo pasar por
la cabeza que estuviese metida en algo así?
—Yo solo sé —dijo moomi, levantándose y poniéndose delante de Akin y
de mí—, yo solo sé una cosa: hasta el secreto más grande y mejor guardado
acabará un día por airearse en el mercado.
Bajé la vista hacia Rotimi y vi que se había sacado el crucifijo de debajo
de la blusa y lo estaba chupando. Se lo quité de la boca, con cuidado de no
hacerle daño en las encías.
Moomi se inclinó hacia mí.
—No puedes tapar la verdad. Igual que nadie puede tapar los rayos del sol
con las manos, no se puede tapar la verdad.
Cada vez que llegaba a la peluquería lo primero que hacía era entregarle a
Rotimi a Iya Bolu. Era Iya Bolu quien se la ataba a la espalda si lloraba y la
seguía por el pasillo cuando empezó a gatear. Fue ella quien se dio cuenta de
que le estaba saliendo el primer diente y le hizo fiestas el día que se agarró a
la pata de un taburete para ponerse sola de pie.
—¿Por qué te comportas así? —me dijo Iya Bolu cogiendo a Rotimi
cuando arrancó a llorar.
—¿Comportarme cómo? —Enjuagué un lote de rulos y los puse en un
escurridor.
—No la miraste ni un segundo cuando te dije que ya se ponía de pie. ¿Es
que ni te va ni te viene? —Le dio unas palmaditas a Rotimi en la espalda
mientras la mecía.
Le di a Iya Bolu el biberón con la leche materna que me había sacado por
la mañana y le dije:
—Tal vez tenga hambre.
—Hay que ver esta mujer. Te tengo dicho que esta niña ya está demasiado
grande para alimentarse únicamente a base de leche materna. ¿Por qué te
comportas como si te hubieran tapiado los oídos? Rotimi, lo siento, o jare,
confórmate con su leche, no se lo tengas en cuenta a tu madre, confórmate por
esta vez.
Agradecí el silencio cuando Rotimi empezó a chupar de la tetina del
biberón. El sol ya se estaba poniendo y me empezaban a doler las rodillas y
los tobillos después de todo el día de pie. Cogí el monedero y saqué algunas
monedas para las dos chicas que se habían quedado un rato más para
ayudarme a limpiar. Cuando se colgaron el bolso al hombro y se marcharon,
me senté bajo un secador de pie y bajé el casco. Iya Bolu me seguía hablando,
pero debajo del secador daba la impresión de que me hablaba desde un lugar
lejano, desde otra habitación, desde otro mundo. Sus palabras no me
parecieron muy importantes mientras estaba debajo del secador, no eran cosas
en las que tuviese que pensar o a las que tuviese que dar respuesta. Cerré los
ojos para magnificar la sensación de encontrarme lejos de todo, de estar sola.
—¿Cuándo le vas a preparar a Rotimi puré y pescado fresco? ¿O a
comprarle por lo menos leche de fórmula?
—Estoy muy liada —dije, cruzando las piernas para masajearme la
rodilla.
—Iya Rotimi, Dios no te oiga. ¿Que estás demasiado liada para comprar
leche de fórmula para tu niña? Si hay algo que no te deja tranquila, vamos a
hablarlo. Sácatelo de la cabeza para que puedas ocuparte de tu niña.
—¿Ha acabado de comer? Tenemos que llegar a casa antes de que sea
noche cerrada.
—Ven y sácale el biberón ahora. Ni siquiera escuchas lo que te digo. —Se
volvió hacia la niña—. Rotimi, no te preocupes. Yo te compraré la leche de
fórmula dentro de nada. No le hagas caso a esa mujer, no tardará en volver a
entrar en razón. Estoy segura.
Bostecé.
Dotun vino a la peluquería al día siguiente mientras le hacía las trenzas a
una niña pequeña. Le pedí que se sentara y esperara porque no permitía que
las aprendizas les tocaran el pelo a las niñas. Creía que su cuero cabelludo era
demasiado tierno para hacer prácticas con él. Cuando acabé con las trenzas,
me tomé mi tiempo para frotar las rayas entre las trenzas con aceite hidratante y esperé a que la niña se fuese dando saltitos de la peluquería antes de ir a
sentarme junto a Dotun.
—¿Quieres tomar algo? ¿Una Coca-Cola o una Fanta?
—No —respondió, y suspiró—. He venido a despedirme. Me voy de Ilesa
mañana. A Lagos.
—Ah, vale. ¿Has encontrado trabajo en Lagos?
—Algo así.
No le pedí que se explayara porque la verdad es que no me importaba. Mi
interés por él no iba más allá de asegurarme de que sobreviviera después de la
paliza de Akin. Me pregunté por qué había venido a despedirse.
—Te voy a echar de menos —dijo.
Entonces lo miré a la cara, lo miré de verdad. Le habían quitado la venda
de la cabeza, que ahora lucía una gran cicatriz sobre la que los puntos
brillantes jamás permitirían que volviese a crecer el pelo. Daba la impresión
de que había perdido más peso y mostraba una sonrisa esperanzada en el
rostro. Me pregunté si esperaba que yo también dijera que lo echaría de
menos.
—Buen viaje. Saluda a tu mujer y a los niños de mi parte —dije yo.
Miró para otro lado y se tocó la cicatriz de la cabeza.
—Esta mañana he estado en la oficina de Akin. Le dijo a su secretaria que
me despachara.
—Hermano Akin —lo corregí—. No tienes derecho a llamarlo solo Akin,
no es un colega tuyo.
—Un momento, Yejide. ¿Conmigo? —Se señaló el pecho con un dedo—.
¿Estás enfadada conmigo?
—No levantes la voz.
Negó con la cabeza.
—No es culpa mía, lo sabes, Yejide. Todo fue idea suya.
—Dotun, tú y tu hermano conspirasteis contra mí.
—Escucha, Yejide, yo creía que tú lo sabías. —Me puso la mano en la
rodilla—. Él me dijo que te lo iba a contar todo.
—Tienes que irte, Dotun. Como ves, estoy trabajando. No tengo tiempo
para estas cosas.
—Te voy a echar de menos. —Esta vez susurró las palabras, que sonaron
como si pretendiesen transmitir algo que él no podía verbalizar.
Le quité la mano de mi rodilla y me puse de pie.
—Buen viaje mañana.
Me alejé de él y me acerqué a una señora mayor que rondaba entre las
peluqueras pero que no se había sentado.
—Buenas tardes, ma. ¿Nadie la atiende?
—Ay, sí, cariño. Pero les he dicho que te esperaría a ti. No quiero que
nadie me estropee los cuatro pelos que me quedan.
Sonreí y la acompañé hasta una silla. Por el rabillo del ojo vi que Dotun se
paraba en la puerta a saludar a Iya Bolu y a Rotimi antes de marcharse.
Esperé a que la mujer que tenía delante se quitara el pañuelo de la cabeza y
pensé en lo que habría querido decir Dotun repitiendo aquella frase. ¿Me iba a
echar de menos? El pelo de la mujer no era en absoluto escaso, sino
abundante y largo, con un mechón blanco en la frente. Recordé quién era al
pasarle las manos por el cabello. Era una directora de colegio jubilada que
venía una vez al mes a hacerse las trenzas y siempre insistía en que no usara
nada más que la manteca de karité que ella misma traía en un bote de plástico.
—¿Te lo he contado ya? —Iya Bolu se acercó y se quedó a mi lado—.
¿Te he contado lo de la boda de mi sobrina?
—No —respondí mientras peinaba a la directora jubilada.
—Pues el año que viene, se casa la hija mayor de mi hermano. ¿No parece
que fue ayer cuando nació? Na wah. —Veía en el espejo el reflejo de Iya
Bolu. Sostenía a Rotimi en el aire y le sonreía—. Antes de que te quieras dar
cuenta, también estaremos bailando en la boda de Rotimi.
Estaba segura de que había dicho lo mismo de Olamide y de Sesan, y yo
tenía claro que no iba a pensar tan a largo plazo como para llegar a la boda de
Rotimi. La esperanza era un lujo que yo ya no podía permitirme.
—Siempre da esa impresión, y es que los hijos crecen tan deprisa —
comentó la directora jubilada, sonriendo—. Mi hija pequeña se casó el año
pasado. Y ya veis, todavía me acuerdo del día en que me enteré de que estaba
embarazada de ella, y ahora ella también será madre.
—Enhorabuena, señora —la felicité, cogiendo un peine de madera.
—Gracias.
—Entonces, ¿cuándo es la boda? —le pregunté a Iya Bolu.
—Puede que en junio, aún no han fijado la fecha exacta.
—Espero que las elecciones no afecten a los preparativos —dijo mi
clienta, inclinando la cabeza para que pudiera separarle el pelo en cuatro
partes iguales.
—Por eso están aún esperando para fijar la fecha. Mi hermano, antes,
quiere estar seguro de la fecha exacta de las elecciones.
—¿Pero tú te crees que van a convocar elecciones? —me mofé yo—.
¿Este Babangida, que ha pospuesto la fecha una y otra vez?
—Transición —dijo mi clienta—. Se trata de una transición. Y una
transición es un proceso. No un acontecimiento aislado. No hay por qué
ponerse cínico. Ha habido contratiempos, pero creo que son bastante
comprensibles.
—Pues yo no creo que este hombre vaya a irse a ninguna parte. Esta
historia de las elecciones es otra estafa. Esos militares nos están engañando y
punto.
—Esta vez se marchará, créeme. Acuérdate de lo que te digo. Al menos
ahora tenemos gobernadores civiles, no militares, y los legisladores tomarán
posesión del cargo antes de diciembre. Es una transición gradual, paso a paso,
cariño. Es la única forma de asegurar que el cambio perdure.
Le clavé el peine de madera en una de las mitades del pelo y empecé a
trenzar la otra mitad. No tenía ninguna fe en aquella supuesta transición
gradual. Mi clienta estaba claramente muy comprometida con todo el proceso.
Recitaba de corrido fechas y estadísticas como alguien que se pasa los días
leyendo periódicos. Asentí mientras ella explicaba por qué el Gobierno militar
federal tenía todo el derecho a crear y fundar los dos partidos políticos que
existían en el país. Encontró la forma de justificar el hecho de que el
Gobierno hubiese redactado la constitución de ambos partidos y diseñado sus
emblemas.
—Mirad, no es la situación ideal —nos dijo—, pero una vez que entremos
en democracia, las cosas serán distintas. Pero primero tenemos que llevar al
país hacia una absoluta democracia. Cuando logremos eso, ya pondremos en
orden todo lo demás.
No me metí en el asunto porque no me importaba demasiado. Por lo que a
mí respectaba, el año 1993 llegaría y se iría, y cuando acabase sabríamos si el
Gobierno se tomaba en serio su promesa. No tenía intención alguna de
registrarme para votar.
—Antes de que acabe el año, el Gobierno nos comunicará cuándo serán
las elecciones y mi hermano fijará la fecha definitiva. Y tú, Iya Rotimi, tienes
que venir conmigo a Bauchi —me dijo Iya Bolu—. Sea cuando sea la boda, tú
te vienes conmigo.
—¿Bauchi, ke? ¿Es ahí donde vive tu hermano? Eso queda muy lejos.
—Por eso te aviso con tiempo, para que empieces a hacerte a la idea.
—Está bien, me lo pensaré —respondí—. Pero aún no he aceptado, Iya
Bolu. Aunque lo tendré en mente.
—Ya sabes que si vienes conmigo, puedes comprar oro en Bauchi para
venderlo aquí. ¿Te acuerdas de la clienta que preguntó si vendías joyas? Pues
hazme caso, ¿abi? Sé que eso te tienta. Es hablar de negocios y se te ponen
tiesas las orejas. La mujer de mi hermano está metida en el negocio del oro.
Te puede enseñar todos los lugares donde comprar, y quién sabe, quizá el oro
de Bauchi se acabe vendiendo bien aquí.
—Eso sí me parece interesante —dije mientras le frotaba el cuero
cabelludo a mi clienta con la manteca de karité.