Quédate conmigo
Capítulo 35
Un lunes por la tarde, Linda, mi secretaria, entró en mi despacho y me dio una
carta. Yo normalmente revisaba la correspondencia por la mañana, después de
leer los titulares del periódico y antes de mi reunión diaria con el jefe de
operaciones.
—Esto acaba de llegar, señor —dijo Linda antes de que me diese tiempo a
preguntarle por qué no había incluido la carta en la carpeta de correo que
todos los días se aseguraba de dejar encima de mi escritorio antes de que yo
llegase.
Examiné el sobre y reconocí enseguida la letra cursiva. Cada sello de
correos ponía «Australia 45c» sobre la imagen de una rata de cola muy larga.
Rasgué el sobre para abrirlo, saqué la única hoja que contenía y la desplegué.
Hermano mi:
¿Cómo estás? Como habrás deducido por el sello, ya estoy en Australia. No llegué hasta la semana pasada. Por favor, dile a moomi que estoy sano y salvo. Antes que nada, quiero darte las gracias por todo lo que hiciste por mí después de que perdiera el trabajo. No tuve la oportunidad de hacerlo antes de marcharme. Quiero que sepas que te agradezco todos tus esfuerzos por ayudarme a conseguir otro empleo y a recuperarme. Te estoy muy agradecido por haberme dado un techo bajo el que cobijarme después de perder todo lo que tenía.
Respecto a todas las cosas que pasaron antes de marcharme de Nigeria, quiero que lo olvidemos todo. No podemos continuar peleándonos por esto, lo sabes. Somos hermanos, tenemos la misma sangre. Una mujer puede divorciarse de ti, la familia no. Me sigue sorprendiendo que ni siquiera me recibieras cuando fui a tu despacho. Puedo disculpar lo que ocurrió en tu casa, estabas enfadado y por eso me diste una paliza. Puedo olvidar eso, los dos podemos superarlo y pasar página. Pero por la forma en que me despachaste de tu oficina, parece que quisieras convertir esto en una eterna disputa entre nosotros. Hermano mi, entiende bien esto: no puedes pelearte conmigo, no puedes pelearte con la familia.
¿Sigue Yejide contigo? Lo siento si se ha ido, porque sé que la querías. O al menos eso creo. No puedes culparla por irse. Tu matrimonio ya tenía problemas. Es una mujer muy comprensiva. Te habría escuchado y te habría comprendido, estoy seguro. No fue mi intención revelarle ningún secreto. Pensaba que se lo habías contado todo, no medias verdades. Simplemente supuse que, tal como me prometiste, lo habías hecho tú.
Es una mujer con la que resulta fácil hablar, a la que resulta fácil amar. Sea como sea, lo importante es que debemos perdonarnos mutuamente y pasar página. Por lo que a mí respecta, yo ya te he perdonado.
Espero tener noticias tuyas muy pronto.
Cordial y respetuosamente,
Dotun Me planteé tirar la carta a la trituradora de papel, pero en vez de eso la
destrocé yo mismo, en pedacitos diminutos. Me pregunté si le habría dicho a
Yejide que se iba del país, si ella le habría dado dinero para el vuelo. El
Dotun que yo conocía estaba sin blanca. No me explicaba cómo había podido
arreglárselas para viajar a cualquier lugar sin mi ayuda.
La carta de Dotun me desestabilizó, pero respondió a la única pregunta
que había querido hacerle después de pillarlo con mi mujer. Así me enteré de
que había sido tan idiota como para hablar con Yejide de mí. Llevaba tiempo
preguntándome cuánto sabía ella y prácticamente había llegado a la
conclusión de que Dotun ya le había contado los secretos que yo le había
confiado. Quedaba claro por la actitud desafiante con que se comportaba, por
el hecho de que se hubiese mudado a otra habitación, por cómo me había
sostenido la mirada cuando los pillé in fraganti. Pero guardaba la esperanza de
que Dotun hubiese mantenido su bocaza cerrada. Pensé que todo lo que
habíamos pasado era suficiente para que Yejide se enfadara; me dije a mí
mismo que aquello explicaba su silencio, el desprecio que perduraba en su
mirada.
Antes de que llegara la carta de Dotun había logrado convencerme a mí
mismo de que, de haberlo sabido, ella se habría enfrentado a mí, me habría
dado la oportunidad de explicar mis motivos. Aunque no es que tuviera nada
que decir, probablemente le habría contado más mentiras. Pero solo porque
aún albergaba esperanzas; siempre había mantenido la esperanza de que todo
cambiaría y las mentiras ya no importarían. Seguía viendo a un especialista en
el Hospital Universitario de Lagos, y me había dado muestras de un cierto
optimismo. Yo cogí sus prudentes comentarios y salí corriendo con ellos, me
dije a mí mismo que era cuestión de días, me convencí de que aquel
especialista podía obrar milagros. Encontraríamos el cóctel perfecto de
medicamentos y todo iría bien. La esperanza siempre ha sido mi opio, algo de
lo que no me podía desenganchar. Por muy feas que se pusieran las cosas, yo
encontraba la forma de creer que hasta la derrota era una señal de que
acabaría venciendo.
Las semanas posteriores a la llegada de la carta de Dotun, tuve la
impresión de que nuestra casa había encogido. Me parecía diminuta,
demasiado pequeña para no toparme con Yejide. Por primera vez desde que
se cambió de habitación, me alegré de tener toda la cama para mí. Empecé a
no comer la comida que me dejaba preparada, preguntándome durante unos
días si tenía planeado envenenarme, castigarme, sin jamás enfrentarse a mí
cara a cara.
Yo estaba demasiado avergonzado para forzar el enfrentamiento que tanto
había temido, que había rehuido desde la primera vez que la vi y decidí que
nada podría impedirme pasar con ella el resto de mi vida. Me movía por la
casa a hurtadillas, me iba temprano a trabajar, llegaba tarde a casa. Pasaba los
fines de semana solo en mi habitación, replanteándome todas las decisiones,
retrocediendo sobre mis pasos, considerando si realmente había tenido otra
opción, si había cosas que podría haber hecho de otra forma. Antes de
recuperarme del todo de la primera carta de Dotun, llegó la siguiente.
Hermano mi:
¿Cómo estás? ¿Y cómo está moomi? ¿Tienes noticias de Arinola y su marido? Ya tengo trabajo aquí. Estoy ganando dinero. Muy muy poco dinero, pero sobrevivo. Sé que recibiste mi última carta. ¿Por qué no me escribes? ¿Cómo puedo convencerte para que me escribas?
Hermano mi, déjame que intente explicarte las cosas desde mi lado de la historia. La primera vez que me acosté con tu mujer fue para salvar tu matrimonio. Todavía no me has dado las gracias por aquello, tú con tu superioridad moral. Incluso cerré los ojos cuando se desnudó aquel día. ¿Sabes? Aquella primera vez intenté besarla, no porque tuviese especial interés en hacerlo, sino porque sentí que tenía que hacerlo para que no pareciese tanto una violación. Fue un sexo casto, como en los vídeos caseros, sujetando las sábanas para tapar nuestros cuerpos, como si hubiera alguien mirándonos. Pensaba sinceramente que se lo habías contado todo, como me prometiste. Y cuando lo hablé con ella por primera vez, lo hice solo porque tú estabas de viaje y ella acababa de enterarse de que Sesan tenía anemia falciforme. Sentí que necesitaba a alguien con quien hablar, eso fue todo. ¿La deseaba? En honor a la verdad, ante ti y ante el Creador, diré que sí. Sin embargo, no le conté todo aquello para traicionarte. Pensé que ella ya lo sabía. Hermano mi, eso es todo lo que puedo decir.
Ajoke se va a volver a casar, con un general de división. Se llama Garuba y ya tiene otras tres esposas. ¿No crees que es tonta, esta ex mujer mía, por casarse con un militar justo cuando están abandonando el poder? Dice que los niños vendrán a verme en vacaciones. Imagino que será el general quien apoquine. ESCRÍBEME. Espero tu carta.
Cordial y respetuosamente,
Dotun
P.D.: Cuando escribas, cuéntame cómo van las elecciones presidenciales. Aquí no tengo forma de saber qué pasa realmente en Nigeria. Quiero saber cómo van las cosas.
No sentí ninguna rabia al introducir la segunda carta en la trituradora. La
vergüenza que sentía no dejaba lugar a nada más, ni siquiera a la esperanza.
Ya no estaba enfadado con mi hermano; empezaba a darme cuenta de que la
rabia había sido pura afectación. Algo de lo que había echado mano como
escudo frente a la vergüenza. Es más fácil recurrir a la ira que a la vergüenza. Rotimi me salvó de la desesperación, me ayudó a encontrar el camino de
vuelta a la esperanza. Una noche, en realidad eran ya las primeras horas del
día siguiente, casi las dos de la mañana, al regresar del trabajo y entrar en mi
habitación me encontré a Rotimi dormida en su cuna. Al principio pensé que
Yejide había vuelto a nuestra habitación, así que llamé con los nudillos a la
puerta del baño y, al no oír ninguna respuesta, la abrí despacio, pero no estaba
allí.
Salí al pasillo, entreabrí la puerta de la nueva habitación de Yejide y sentí
una suerte de alivio al verla allí, dormida en la cama. Regresé a mi cuarto,
preguntándome qué mensaje quería transmitir Yejide al colocar de nuevo la
cuna de Rotimi en el que antes había sido nuestro dormitorio. No me
quedaban energías para pensar en todo aquello. Me quité la ropa, me metí en
calzoncillos en la cama y me quedé dormido.
Rotimi me despertó a las cinco de la mañana. Me quedé en la cama; no
me sorprendía el llanto, esperaba que cesara sin mi intervención, como había
sido siempre hasta entonces. Los gritos continuaron, aunque cada vez sonaban
más resentidos y más fuertes, hasta que casi no pude creer que aquellos
sonidos proviniesen de algo tan pequeño. Me levanté, preguntándome qué
haría con ella después de cogerla. Mi primer impulso fue llevársela a Yejide,
pero no hizo falta que lo hiciera. Rotimi dejó de llorar en cuanto la cogí en
brazos.
Estaba callada pero tensa, respirando por la boca, dando puñetazos al aire,
parpadeando rápidamente. Después de que se calmara, cerrara la boca y
apoyara la cabeza sobre mi pecho, decidí volver a dejarla en la cuna. Pero
empezó a chillar en cuanto se despegó de mis brazos. La cogí de nuevo y se
calló. Gritó cuando intenté tenderla en la cama, cuando me senté, cuando me
tumbé bocarriba con ella sobre el pecho. Tardé un buen rato en adivinar lo
que quería: que la cogiera en brazos mientras yo estaba de pie. No se volvió a
dormir hasta al cabo de una hora. Acurrucada contra mí, no hacía gran cosa,
tan solo bostezaba y observaba mi cara. No la solté cuando se quedó dormida;
su peso y la calidez de su aliento contra mi pecho tenían algo de
reconfortante. Había pasado bastante tiempo desde la última vez que estuve
tan cerca de otro ser humano. Me apoyé contra la pared y simplemente la
abracé hasta que, alrededor de las siete, Yejide entró, me la quitó sin mediar
palabra y salió de la habitación.
Ese día llegué a casa alrededor de las nueve de la noche. Era la primera
vez que volvía antes de medianoche desde que recibí la carta de Dotun. Yejide estaba en mi habitación con Rotimi. Se puso de pie cuando entré y me
la entregó.
—Si llora antes de las once, dale agua. —Señaló hacia una mesita de
noche donde había dejado dos termos y varios biberones—. O alguna papilla,
le gustan con leche. Hay pañales en la bolsa que está en el suelo.
Dejé caer el maletín para poder sostener a Rotimi con las dos manos,
sorprendido de que su madre me hablase.
—No vengas a molestarme. Quiero dormir. Vendré a por ella por la
mañana —dijo Yejide al salir de la habitación.
Así que, a partir de ese día, comencé a desear con ganas mi regreso a casa.
Yejide no se molestó en explicarme por qué cada vez dejaba más cosas de
bebé en mi habitación, tan solo me entregaba a Rotimi en cuanto cruzaba la
puerta.
Rotimi me despertaba todas las mañanas a las cinco. Su llanto era puntual
como un despertador. Me apoyaba contra la pared y la abrazaba a lo largo de
una hora. Observaba su cara día tras día, miraba en el interior de sus ojos y
sentía algo parecido a la fe, convencido ya entonces de que esta viviría, se
quedaría. No era una niña juguetona; ya se adivinaba cierto aire de seriedad
en cómo sostenía la barbilla. Rara vez balbuceaba. Al principio, nuestras
horas matutinas fueron silenciosas, siempre que no intentara sentarme o
soltarla. Y entonces, una mañana, levantó la vista hacia mí, con un puño
debajo de la barbilla, como si estuviese cavilando sobre lo que estaba a punto
de decir, y dijo «Baba». Lo repitió dos veces más antes de dormirse de nuevo,
como si supiera que yo necesitaba volver a oír la palabra. Cada vez que la
pronunció fue como una absolución. Aquella sencilla palabra me liberó un
poco del aplastante peso de las cartas de Dotun y de todos mis errores.
Sentí como si me hubiese hecho un regalo, algo casi divino, porque
llegaba en el momento oportuno. Me había designado como su padre. Sí, no
era más que una niña que no sabía nada de cómo funcionaba el mundo. Pero,
aun así, me designó como su padre. Me sentí obligado a darle algo mío a
cambio, a forjar un vínculo que duraría mientras los dos viviéramos. Empecé
a susurrarle historias al oído, a contarle los cuentos que moomi nos solía
contar a Dotun, a Arinola y a mí.
No tenía ningún favorito, pero había un cuento que todavía recuerdo
haberle contado a Rotimi muchas veces. Moomi solía empezar cada cuento
con un refrán. Para este, siempre comenzaba diciendo: «Olomo lo l’aye»,
quien tiene hijos posee el mundo.
En los tiempos del érase una vez, cuando casi todos los animales
caminaban erguidos y los humanos aún tenían los ojos en las rodillas, Ijapa
era una tortuga macho que estaba casada con Iyannibo.
Se querían mucho y vivían felices juntos. Tan solo se tenían el uno al otro,
no tenían hijos, ni siquiera uno solo. Llevaban muchos años suplicando a
Eledumare que les concediera un hijo, pero no llegaba ninguno. Iyannibo
lloraba todos los días. Todos los días la gente se burlaba de ella allá donde
fuera, señalándola con el dedo y riéndose a sus espaldas en el mercado.
Iyannibo quería un hijo más que nada en el mundo, más que a la propia
vida. Así que un día Ijapa se cansó de ver llorar a su esposa y viajó hasta una
tierra remota donde habitaba un poderoso Babalawo. Tuvo que atravesar siete
montañas y siete ríos para llegar hasta aquel lugar remoto. El camino era
largo, pero a Ijapa no le importaba. Este Babalawo era el más poderoso del
mundo en aquella época. Ijapa estaba seguro de que si había una solución
bajo los cielos, Babalawo lo ayudaría a encontrarla.
Cuando Ijapa encontró al Babalawo, le suplicó que lo ayudara. El
Babalawo preparó una comida. La metió en un calabacino y le pidió a Ijapa
que se la llevara a su esposa. El Babalawo le aseguró a Ijapa que en cuanto su
esposa se la comiese se quedaría embarazada. Le advirtió que ni se le
ocurriera probar la comida ni abrir la calabaza antes de llegar a casa. Ijapa le
dio las gracias al Babalawo y se marchó con la comida.
De camino a casa, Ijapa tuvo que cruzar de nuevo las siete montañas y los
siete ríos. La comida tenía un olor delicioso, el sol pegaba fuerte y él estaba
cansado. Tras la tercera montaña, se paró a la orilla del tercer río para
descansar y beber agua. No tenía nada que comer, no había árboles frutales a
su alrededor, ni siquiera un poco de hierba. Ijapa se moría de hambre.
Decidió echarle un vistazo a la comida, solo un vistazo. De ninguna de las
maneras se iba a comer la comida; tan solo le echaría una ojeada. Abrió el
calabacino y vio que era asaro. Y era un asaro delicioso, pues además del
puré de ñame y el aceite de palma, había pescado, carne, verduras y cangrejos
de río.
Ijapa se sintió tentado. Las tripas le hacían mucho ruido. Pero pensó en los
brazos vacíos de su esposa y cerró el calabacino. Prosiguió con su viaje. Cada
vez hacía más calor, tenía más hambre y se sentía más cansado. Así que se
detuvo después de la quinta montaña, justo al lado del quinto río, para
descansar.
Ijapa pensó para sus adentros: solo tocaré la comida con un dedo y sentiré
el tacto del aceite de palma. De esa forma podré saber si el Babalawo ha usado un aceite de palma de buena calidad. No quiero que Iyannibo coma
nada que pueda sentarle mal en el estómago.
Ijapa tocó el asaro solo con un dedo. Únicamente para saber de qué
calidad era el aceite de palma. Se frotó el aceite entre las manos. Parecía
bueno. Parece bueno, se dijo para sus adentros, aunque puede que de sabor no
lo esté. Así que cogió un poquitito más y lo probó. Enseguida su estómago
empezó a retumbar como un trueno y devoró la comida en pocos minutos. No
pudo resistirse ni detenerse en cuanto aquella pequeña muestra traspasó la
barrera de sus labios. Se relamió al acabar la comida y se lavó las manos en el
arroyo.
En ese momento, Ijapa cayó en un sueño profundo.
Cuando se despertó, habían pasado tres días, pero él no lo sabía. Se sentía
como si solo hubiese dormido una hora. Decidió que regresaría a la casa del
Babalawo. Le contaré simplemente que el asaro se cayó y se derramó, se dijo
a sí mismo. Estoy seguro de que me hará otro, es un hombre amable.
Ijapa intentó levantarse, pero se dio cuenta de que le costaba mucho
trabajo. Bajó la vista y, ¡mirad!, tenía la barriga hinchadísima. De hecho
estaba tan hinchada como la de una mujer embarazada de nueve meses.
Todo lo rápido que pudo, volvió a atravesar corriendo las cinco montañas
y los cuatro ríos que había cruzado. Al llegar a la casa del Babalawo, se puso
a cantar:
Babalawo mo wa bebe
Babalawo, vengo a suplicarte
Alugbirin
Babalawo mo wa bebe
Babalawo, vengo a suplicarte
Alugbirin
Oni n mama f’owo b’enu
Me dijiste que no
me llevara la mano a la boca
Alugbirin
Oni n mama f’ese b’enu
Me dijiste que no
me llevara los pies a la boca
Alugbirin
Ogun to se fun mi l’ekan
La medicina que me diste
la otra vez
Alugbirin
Mo f’owo b’obe mo fi b’enu
La toqué y me llevé
la mano a la boca
Alugbirin
Mo wa b’oju w’okun
Después me miré la barriga
O ri tandi
Y estaba grande
Alugbirin
Rotimi siempre se quedaba dormida antes de que acabara la canción, por lo
que yo nunca terminaba la historia. Jamás la empecé con el refrán «Olomo lo
l’aye» de moomi. La había creído en su momento; había aceptado, como la
tortuga macho y su esposa, que de ningún modo se podía estar en el mundo
sin tener hijos. Había imaginado que tener hijos que me llamasen baba
cambiaría hasta la mismísima esencia de mi mundo, me limpiaría, incluso
borraría el recuerdo de haber empujado a Funmi por las escaleras. Pero por
muchas veces que le contase aquel cuento a Rotimi, ya no creía que tener un
hijo equivaliese a poseer el mundo.