Quédate conmigo
Cuarta parte
Capítulo 40
Ilesa, diciembre de 2008
Aquí estoy. Me tiemblan las manos al ajustarme el pareo y el corazón me late
fuerte en la garganta, pero aquí estoy, y no pienso irme sin verte.
Los invitados se cuentan por centenares y las carpas son de las caras, con
aire acondicionado; tu padre ha tenido una buena muerte. Los terrenos de este
instituto de enseñanza están totalmente transformados. Hay pancartas con la
foto de tu padre, policías encargados de echar a los maleantes y luces
colgadas para que la fiesta dure hasta la noche. Todo hombre cuyos hijos sean
capaces de montar semejante carnaval en su honor tras su fallecimiento no ha
podido tener una muerte mejor. Pero yo no estoy aquí por su muerte; he
venido por la hija que abandoné, a la que no quise ver morir.
He querido volver muchas veces, solo para preguntarte cómo fueron sus
últimos momentos. Ya no podía permitirme el lujo de la esperanza, así que
excluí la idea de que de algún modo ella hubiera logrado sobrevivir. Y todas
las veces que me planteé volver a verte, fue con la intención de preguntarte si
no sufrió demasiado.
Más de una vez hice la maleta para el fin de semana y le dije a mi chófer
que se preparara para viajar hasta Ilesa. Pero los días en que se suponía que
me marcharía de Jos, siempre acababa paralizada, incapaz de salir de la cama,
convencida de que el menor movimiento me haría estallar en un millón de
pedacitos. Esos días los pasaba acostada, llorando sin sollozos, dejando que
las lágrimas me resbalasen a los lados de la cara hasta hacerme cosquillas en
el oído, porque no tenía la energía suficiente para levantar las manos y
atraparlas. Al cabo de una década, dejé de planear aquellos viajes, y durante
cinco años no hice la maleta para el fin de semana ni le dije a mi chófer que
se preparara para viajar al sur.
Ahora estoy lista, lista para saber cómo fueron sus últimos momentos y
dónde está enterrada. No tiene sentido negar que lo peor me ha ocurrido más
de una vez, y que no ver sus tumbas no cambia el hecho de haber sobrevivido
a quienes deberían haber pisado la tierra recién excavada y arrojado los
primeros puñados de ella sobre mi ataúd. Akin, ya me da igual no cumplir con
la tradición: tengo que ver la tumba de mi hija.
Bajo las carpas, todo es amarillo y verde. Manteles verdes, fundas de raso
amarillas con lazos verdes para las sillas. Me siento en la primera que
encuentro bajo una carpa que lleva tu nombre escrito; hay más de mil
invitados. Debes de haberte gastado un dineral, pero no luce tan bien como
debería. En esta mesa todo el mundo se queja, no le han servido nada a nadie.
Ni una mísera botella de agua.
—Aunque la carpa es muy fina y han decorado las sillas con mucho gusto.
—Sigo saltando en tu defensa, como si esta fuese también mi familia, como si
aquí no fuese una hija pródiga.
—¿Qué esperan? ¿Que nos comamos los manteles? —se mofa el hombre
sentado a mi lado—. Tengo comida en casa. Si sabían que no tenían dinero
para darnos de comer, ¿por qué han invitado a tanta gente? ¿Es obligatorio
dar una gran fiesta? ¿A la fuerza?
—Seguro que los camareros llegan pronto. —Me levanto y me cambio de
mesa. Después de sentarme, me impaciento; tamborileo con los dedos sobre la
rodilla y busco entre la multitud una cabeza como la tuya. A estas alturas ya
te habrás quitado el gorro; la cabeza te suda si lo llevas puesto. Intento
encontrar una cabeza descubierta.
—Probando, probando, micrófono. Uno, dos, uno, dos. Probando,
probando, uno, dos, uno, dos —dice alguien por el sistema de megafonía.
Ya te veo: estás de pie a una mesa de distancia. Mis ojos establecen
contacto con tus labios; el inferior sigue siendo rosa. Tú no me ves: tus ojos
repasan a la muchedumbre y saludas a tus invitados distraído. Buscas a
alguien. Pasas al lado de mi mesa. Me clavo las uñas en las palmas de las
manos para no extenderlas y tocarte. Ya no me siento tan valiente como
cuando decidí venir, y necesito aferrarme a los pequeños consuelos de la
ignorancia. Después de todo, tal vez no esté lista para saber cómo murió mi
hija. Tal vez no me haga falta saberlo.
—Baba Rotimi, el banquero, mira cómo camina, son los andares del
dinero —comenta una mujer de mi mesa, dándose un manotazo en el muslo.
Te sigue con la mirada.
Me sobrecoge que aún te llamen por el nombre de Rotimi y espero que
nadie lo use delante de ti. Hay que ser muy cruel para recordarte de ese modo
nuestra pérdida.
—¿Ha venido su hermano? Su madre solo tiene esos dos hijos varones, y
he oído que ni siquiera se dirigen el saludo —comenta la otra mujer de mi
mesa.
—Claro que ha venido. ¿No es también su padre el que ha muerto? ¿Eh?
Tendrían que hacer las paces, aunque sea por su padre muerto —apunta la
primera mujer.
—¿Sabes que dicen que fue su mujer la que sembró cizaña entre ellos?
Hay mujeres malísimas; las muy malas no quieren que su marido siga
juntándose con su gente.
¿Esto es entonces lo que se cuenta de nuestra historia? Yo soy la mala
malísima y tú eres un santo. Me pongo de pie y doy vueltas y vueltas por la
carpa hasta que te encuentro de pie delante de una mesa repleta de bebidas.
Hay una chica adolescente junto a ti. Se parece a mí, pero tiene tu nariz.
Parpadeo y sigue allí, de pie a tu lado. Me acerco, y me quedo boquiabierta.
He imaginado este encuentro de mil modos distintos, pero jamás sospeché
que tu brazo le rodearía los hombros, jamás me permití creer que ella estaría
sonriéndote.
¿Cómo has podido no decírmelo?
Mis ojos se cruzan primero con los de ella; me mira fijamente, de la forma
que la gente mira a los intrusos, como si fuera alguien que nunca ha visto. Son
tantas las palabras que me bullen en el pecho que no dejan espacio para el aire
y casi no puedo respirar. Tú te vuelves de un lado y nuestros ojos se
encuentran. Te miro y luego la miro a ella, y siento que podría desmayarme.
Es una batalla que daba por perdida y de repente parece que he ganado, no
solo la batalla, sino toda la guerra.
Tiene los ojos de mi madre, su cuello largo y el corte fino de sus labios.
Quiero tocarla, pero tengo miedo de que me rehúya o incluso desaparezca.
Mientras respiro hondo, se lleva la mano al crucifijo que pende de su collar de
oro.
Me acerco.
—¿Es esta mi hija? Akinyele, ¿es esta mi hija?