Quédate conmigo
Capítulo 18
Una madre debe estar siempre alerta. Debe ser capaz y estar dispuesta a
despertarse diez veces cada noche para dar de mamar a su bebé. Después de
esa vigilia intermitente, a la mañana siguiente debe verlo todo con claridad
para poder notar cualquier cambio en su bebé. A una madre no le está
permitido que se le nuble la vista. Debe percatarse de si el llanto de su bebé es
demasiado fuerte o demasiado bajo. Debe saber si la temperatura del niño ha
subido o ha bajado. A una madre no se le puede pasar por alto ninguna señal.
Sigo convencida de que pasé por alto señales importantes.
En cuanto nació Olamide, decidí que le daría de mamar al menos hasta el
año. Todavía le quedaba bastante para cumplirlo la mañana que pasé por alto
las señales importantes; solo tenía cinco meses. Aquella mañana yo tenía
sueño porque me había tenido que despertar varias veces durante la noche
para darle de mamar. Al amanecer, me duché, bañé a Olamide, la mecí hasta
que se durmió y luego la puse en la cuna. Después me metí en la cama para
dormir unas cuantas horas más, totalmente segura de que sus gemidos me
despertarían al cabo de pocas horas.
Me desperté alrededor de las doce y media y me tranquilizó que Olamide
siguiese durmiendo plácidamente en su cuna. Bajé las escaleras a por algo de
comida y debí de pasar unos treinta minutos en la cocina. Cuando terminé de
comer, volví a subir, esperando encontrar despierta a mi hija. No siempre
lloraba al despertarse; a veces se quedaba en la cuna, gorjeando y entretenida.
Cuando me asomé a la cuna, Olamide parecía inusitadamente quieta.
Tardé más o menos un minuto en percatarme de que no respiraba. La cogí y
grité su nombre. La sacudí y traté de comprobar si le latía el corazón. Bajé las
escaleras corriendo con mi bebé en brazos, sin dejar de gritar. Registré a la
carrera toda la sala de estar en busca de las llaves de mi coche. Es probable
que no fuesen más que unos pocos minutos, pero a mí se me hicieron eternos.
Después de mirar sobre todas las superficies y sacar a patadas los cojines de
la silla, me quedé de pie en medio de la habitación durante un breve instante,
sujetando contra el pecho a mi niña, flácida.
Recuerdo que descolgué el teléfono para llamar a Akin a su despacho. Sé
que hablé con él, pero no recuerdo qué le dije. Recuerdo dejar caer el teléfono
y marcharme de casa, salir corriendo de la urbanización hasta la calle, donde
paré al taxi que me llevó al hospital.