Quédate conmigo

Ayòbámi Adébáyò · Capítulo 27 de 42

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Quédate conmigo

Capítulo 27

 

A Akin le molestaba la presencia de Sesan en nuestra cama, con o sin

diagnóstico.

—Solo pido poder tocarte cuando quiera y como quiera. Y este niño ya es

lo bastante mayorcito, recordará lo que estamos haciendo —dijo él.

Quise reírme en su cara. ¿Qué estábamos haciendo?

—Nuestra prioridad ahora mismo es la salud de Sesan, no tocarnos —

repliqué yo.

Se enfurruñó, pero me daba igual. No quería que me volviera a poner las

manos encima nunca más. Su mentira me desgarraba por dentro, pero no tenía

tiempo de lidiar con aquello ni de enfrentarme a él. Sesan me necesitaba,

necesitaba todo lo que hubiese en mí que pudiera darle fuerzas para vivir.

Pelearme con Akin por lo que me había revelado Dotun habría sido un

derroche de energía.

Después del diagnóstico de Sesan, me había subido la adrenalina. Me

pasaba los días leyendo fotocopias de revistas médicas que le pedía prestadas

al médico de Sesan. Tenía la cabeza llena de imágenes de hemoglobina y

células falciformes. Aprendí a usar un termómetro para controlar la

temperatura de Sesan, y durante un breve periodo me planteé estudiar

enfermería. Lo único que me detenía era que, a la vista del horario de clases,

me quedaría muy poco tiempo para cuidar realmente de mi hijo. Me

despertaba muchas veces sudando a altas horas de la madrugada, incapaz de

recordar las pesadillas que me habían hecho incorporarme en la cama.

Pasados unos meses empecé a respirar de nuevo. Sesan seguía igual de sano

que siempre, colgándose bocabajo del pasamanos de la escalera y correteando

por toda la casa sin ningún motivo particular. También le iba bien en el

colegio, llegó incluso a ser el segundo de la clase.

La primera crisis fue un golpe tremendo. Al volver del colegio, Sesan me

dijo que le dolía la cabeza. Le administré jarabe de paracetamol y lo acosté en

el sofá de la sala de estar. Cuando intenté despertarlo para cenar no respondió.

Le imploré a Dios con toda mi alma mientras Akin nos llevaba en coche

al hospital. «Por favor, por favor, por favor», le supliqué. No se me ocurría

nada más coherente. El coche seguía acelerando y acelerando. En algún

rincón de mi mente, un demonio me aseguraba que nos estábamos alejando

del hospital, a toda velocidad, no acercándonos.

—Conduce más rápido, más rápido. ¡Vamos! ¿Sabes adónde vamos? —le

grité a Akin. También amenacé a Sesan—: Vamos a ver, tú, niño, si te

mueres, te mato.

Salí a trompicones del coche antes de que Akin lo detuviera y corrí hacia

el edificio más cercano.

Una enfermera intentó quitarme a Sesan. Me aferré a él sin parar de gritar.

—Suéltalo —me ordenó Akin.

Dejé que la enfermera se lo llevara. Un celador nos cortó el paso cuando

intentamos seguirla. Amenacé a gritos a la mujer mientras se iba; si algo le

ocurría a mi niño, le haría mucho daño. Caminé de un lado a otro por el

pasillo. Estaba sola. Akin se encontraba en alguna parte rellenando los

formularios de admisión. Supliqué a Dios de nuevo. Luego lo amenacé: «Si

tú… Si mi… Te voy a… Te prometo que lo haré». Es aquel momento odié a

Dios. Deseé poder ver a Dios y arrancarle el corazón. ¿Qué le había hecho yo

a Él? ¿No me merecía un poco de felicidad? Mi madre, Olamide, y ahora

Sesan.

Los días pasaron lentamente, cada minuto preñado de esperanza, cada

segundo temblando por la tragedia. Moomi vino al hospital y pasó la noche

sentada a mi lado. A la mañana siguiente, antes de marcharse, me recordó que

tenía que ser fuerte porque era madre. Me senté junto a su cama y lo miré,

esperando, buscando la menor señal de que hubiese decidido volver a mí. No

había ninguna señal. Tenía miedo de tocarlo, miedo de que mi tacto lo

estresara y lo lanzase hacia lo desconocido, lejos de mí, para siempre. Antes

del tercer día, me arrodillé para rezarle con palabras musitadas que solo yo

oía. «Saanu mi, malo, Omo mi, joo nitori Olorun. Saanu mi. Duro timi». Ten

piedad de mí, no te vayas, por favor. Quédate conmigo. Iba al baño y volvía

corriendo. No comía ni me bañaba.

Se despertó el sexto día. Llamé a la médico a gritos, a pesar de que estaba

junto a la cama contigua haciendo la ronda de visitas cuando Sesan se

despertó.

—Mamá, huele mal. —Esas fueron las primeras palabras que pronunció

mi hijo al volver en sí. Las sigo recordando hasta hoy.

 

Mi suegra vino de visita aproximadamente una semana después de que le

dieran el alta a Sesan. Desdeñó con la mano el saludo de Akin y negó con la

cabeza cuando le ofrecí algo de beber.

—Es el abiku —dijo moomi en cuanto se acomodó en una silla—. No he

dejado de pensar en la enfermedad de este niño desde que fui a verlo al

hospital.

—Es solo una enfermedad, moomi, tiene un nombre y un tratamiento. No

es el abiku —dijo Akin.

Moomi soltó un resoplido.

—¿Tiene cura? ¿Pueden curarlo?

—Pueden tratarlo —respondió Akin.

—¿Tiene cura? ¡No! ¿Lo ves? Lo niegas con la cabeza. Pero eso significa

que es el abiku. En mi juventud vi muchos. Y es así, exactamente así. Mirad,

estos niños han prometido morir jóvenes en el mundo de los espíritus. Y una

cosa os diré, sus lazos con el mundo de los espíritus son más fuertes que el

acero. ¿Os pensáis que vuestros hospitales pueden servir de algo en esto?

Tenemos que hacer algo.

Akin se sujetaba la frente como si sintiera una incipiente migraña.

—Es solo una enfermedad, moomi. Y hay un tratamiento, los espíritus

aquí no pintan nada.

—Tú fuiste a la escuela del hombre blanco y yo no. Pero ya hemos visto

de sobra lo que hacen los que van a la escuela como tú, lo bastante como para

saber que ir a la escuela no es de sabios, en muchos casos es de tontos, como

conformarse con un tratamiento cuando hay una cura.

—Moomi, ¿me estás llamando tonto? —Notaba que la irritación de Akin

se estaba transformando en rabia.

Moomi le lanzó una mirada que indicaba que su respuesta era un sí

rotundo y se volvió hacia mí.

—Habla conmigo, jare, hija mía. ¿Tú qué piensas? ¿Deberíamos

quedarnos cruzadas de brazos mirando cómo los médicos tratan lo que no

saben curar cuando hay otro camino que podemos tomar? ¡Otro camino, hija

mía! Todo el mundo sabe que son muchos los caminos que llevan a Roma.

Pero el hombre blanco a algunos os tiene engañados, os ha contado que su

forma de hacer las cosas es la única que hay. —Hizo una pausa y fulminó con

la mirada a Akin, que estaba mirando fijamente el techo—. Algunos han sido

lo bastante tontos como para creerlo sin investigar por sí mismos. Que Dios se

apiade de ellos.

—Di lo que quieras, moomi —intervino Akin—, no vamos a llevar a mi

hijo a ninguno de esos granujas tuyos.

—Vaya con este Akin, que no tiene ni idea de lo que se siente al estar

embarazada, mira cómo habla. Hija mía, no le hagas caso. Eres tú la que decide porque tú sabes lo que es arrodillarse para parir. ¿Crees que es

casualidad que nuestra gente diga que no hay ningún dios como una madre?

Claro que lo crees. Ya nadie se molesta en acabar el refrán. Iya Sesan, abre

bien los oídos y oye el proverbio completo, no hay ningún dios como una

madre porque nadie es capaz de sostener a su hijo como ella cuando ese hijo

padece tormentos. Eres tú la que decide por tu hijo, no este Akin que quiere

curar el abiku con una inyección.

En ese momento entró Dotun, apestando a alcohol.

—¡Moomi! ¡Estás aquí!

Sesan se las había ingeniado para escabullirse de las rodillas de su abuela.

Me tiró del dobladillo del vestido.

—¿Qué es el abiku?

—Es un juego —respondí.

—¿Podemos jugar al abiku?

—No, es un juego malo —respondí yo.

Dotun se tambaleaba dando vueltas en torno a moomi, cantando canciones

infantiles:

—«Beeeh, beeeh, black sheep, beeeh, beeeh, black sheep».

—¿Por qué bala mi hijo como una cabra? —preguntó moomi.

—Está cantando una canción. Una canción en inglés —respondió Akin.

Moomi suspiró y negó con la cabeza.

—Sé saltar como una rana. ¡Sé saltar como una rana! —Esta vez Dotun

cantó en yoruba y moomi no necesitó recurrir a ningún intérprete.

—Akin, no me mires así. Haz algo con tu hermano.

Aunque mi marido no tenía nada nuevo que decir, reaccionó y desvió la

conversación de la salud de Sesan al desempleo de Dotun y lo que estaba

haciendo y planeaba hacer al respecto.

Dotun daba saltos por nuestra sala de estar como un niño pequeño,

cantando canciones infantiles. Sesan lo seguía y cantaba con él.

—«Al pasar la barca, me dijo el barquero, las niñas bonitas no pagan

dinero. Yo no soy bonita…»

Dotun se detuvo delante de mí, y, como iba bebido, con una mano quiso

levantarme de la silla y con la otra me agarró un pecho. Intenté zafarme, pero

no me soltaba.

Akin lo empujó y Dotun se desplomó sobre un asiento, riendo.

—¡Pero qué aberración es esta! —gritó moomi, llevándose la mano al

pecho izquierdo como para evitar que el corazón le estallase a través de la

piel.

—Es por el alcohol —dijo Akin.

—Esposa mía, no te enfades, por favor —me dijo moomi.

—No está enfadada. Es por el alcohol, ¿verdad? —me preguntó Akin. Se

le contraía constantemente un músculo de la mandíbula, como si estuviese

apretando los dientes. Tenía los puños cerrados y tensos y las venas

hinchadas. No apartaba la mirada de mí, aunque su madre le estuviese

diciendo algo. Estaba esperando que yo respondiese, que le asegurara que no

había sido más que el alcohol. Me dejé caer en una silla, pensando que no

tenía derecho a estar enfadado, no si las cosas que Dotun me había contado

eran ciertas. Pero no tenía suficiente energía como para preocuparme

demasiado por cómo se sentía Akin. Sesan era lo único que importaba. Mi

hijo era lo único que me quedaba.