Quédate conmigo
Primera parte
Capítulo 1
Jos, diciembre de 2008
Debo marcharme hoy de esta ciudad e ir a tu encuentro. Las maletas están
listas, y las habitaciones vacías me recuerdan que hace una semana que debí
haberme ido. Musa, mi chófer, lleva durmiendo en la garita del vigilante de
seguridad desde el viernes pasado, todas las noches, a la espera de que yo lo
despierte al amanecer para ponernos en marcha, puntuales. Pero mis maletas
aún aguardan en el salón, acumulando polvo.
Les he dado a las peluqueras que trabajaban en mi salón de belleza casi
todo lo que compré aquí: muebles, electrodomésticos, hasta accesorios de
casa. Así que desde hace ya una semana paso las noches dando vueltas en esta
cama sin la compañía de una televisión que acorte mis horas de insomnio.
Me espera una casa en Ife, justo a las afueras de la universidad donde tú y
yo nos conocimos. Me la imagino ahora mismo, una casa no muy distinta de
esta, con sus numerosas habitaciones pensadas para cuidar de una gran
familia: marido, mujer y muchos hijos. Tendría que haberme marchado el día
después de que desinstalasen los secadores. La idea era pasar una semana
montando mi nueva peluquería y amueblando la casa. Quería tener mi nueva
vida organizada antes de verte.
No es que me haya encariñado con este lugar. No echaré de menos a los
pocos amigos que he hecho, a la gente que no conoce a la mujer que fui antes
de llegar aquí, a los hombres que durante estos años han creído estar
enamorados de mí. Una vez que me haya ido, es probable que ni siquiera
recuerde a quien me pidió que me casara con él. Aquí nadie sabe que sigo
casada contigo. Solo les cuento una parte de la historia: era estéril y mi
marido se casó con otra. Nadie ha indagado más a fondo en ningún momento,
así que nunca les he hablado de mis hijos.
Tengo ganas de irme desde que asesinaron a los tres jóvenes del programa
del National Youth Service Corps. Decidí cerrar el salón de belleza y la
joyería antes de ni siquiera saber qué haría después, antes de recibir la
invitación al funeral de tu padre, como un mapa mostrándome el camino. He
memorizado los nombres de los tres jóvenes y sé lo que había estudiado cada
uno en la universidad. Mi Olamide tendría ahora más o menos su edad; también ella estaría acabando la carrera por estas fechas. Cada vez que leo
algo sobre ellos, pienso en ella.
Akin, muchas veces me pregunto si tú también piensas en ella.
Aunque el sueño se me resista, todas las noches cierro los ojos y vuelven a
mí fragmentos de la vida que dejé atrás. Veo las fundas de batik de las
almohadas de nuestro dormitorio, a nuestros vecinos y a tu familia, a la que
durante una época, por error, también consideré la mía. Te veo. Esta noche
veo la lámpara de la mesita de noche que me regalaste unas semanas después
de casarnos. Yo no podía dormir a oscuras y tú tenías pesadillas si dejábamos
las luces fluorescentes encendidas. Esa lámpara fue tu solución. La compraste
sin decirme que se te había ocurrido consensuar un acuerdo, sin preguntarme
si yo quería una lámpara. Y mientras acariciaba su pie de bronce y me fijaba
en los paneles de cristal coloreado que conformaban su pantalla, me
preguntaste qué me llevaría del edificio si nuestra casa estuviera ardiendo.
—A nuestro bebé —contesté sin pensármelo, a pesar de que aún no
teníamos hijos.
—Algo —dijiste tú—, no alguien. —Aunque parecías algo dolido porque,
al creer que me preguntabas por alguien, no me hubiese planteado salvarte a
ti.
Me levanto con esfuerzo de la cama y me quito el camisón. No perderé ni
un minuto más. Las preguntas que debes responder, las que tengo
atragantadas desde hace más de una década, aceleran mis pasos mientras
agarro el bolso y entro en el salón.
Hay diecisiete maletas, listas para meterlas en el coche. Me quedo
mirándolas, recordando el contenido de cada una. Si esta casa ardiese, ¿qué
me llevaría? Tengo que pensarlo porque lo primero que se me ocurre es nada.
Me quedo con la bolsa de fin de semana que había planeado llevarme para el
funeral y un saquito de cuero lleno de joyas de oro. Musa puede traerme el
resto del equipaje en otro momento.
Así que esto es todo: quince años aquí y, aunque mi casa no esté en
llamas, lo único que me llevo es una bolsa de oro y una muda limpia. Las
cosas que me importan las llevo dentro, encerradas bajo el pecho como si
fuese una tumba, un lugar de permanencia, mi cofre del tesoro en forma de
ataúd.
Salgo de casa. El aire es gélido y el cielo negro se torna púrpura en el
horizonte a medida que el sol asciende. Musa está apoyado en el coche,
limpiándose los dientes con un palillo. Escupe en una taza mientras me acerco y se guarda el palo de mascar en el bolsillo del pecho. Abre la puerta del
coche, nos saludamos y me subo al asiento trasero.
Musa enciende la radio del coche y sintoniza una emisora. Se decide por
una que inicia la emisión del día con una grabación del himno nacional. El
guarda se despide con la mano cuando cruzamos la verja de la urbanización.
La carretera se extiende ante nosotros, envuelta en un velo de oscuridad que
se va transformando en el alba mientras me conduce de nuevo hacia ti.