Quédate conmigo

Ayòbámi Adébáyò · Capítulo 22 de 42

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Quédate conmigo

Capítulo 22

 

Al poco de mudarnos a nuestra nueva casa, Dotun perdió su trabajo en Lagos

y se mudó con nosotros. En realidad, nunca llegó a hacerlo, en el sentido de

que un hombre casado y con cuatro hijos no se muda con otra familia excepto

si deja a su mujer; simplemente apareció un día y no regresó a Lagos. Alegó

que necesitaba tiempo para organizarse y encontrar otro trabajo.

La verdad era que lo habían echado del trabajo un año antes y se había

gastado los ahorros en montar una panadería que fracasó al cabo de unos

meses. Después de aquello intentó encontrar otro empleo, pero los únicos

trabajos que le salían eran de guardia de seguridad o de mensajero, empleos

que no aceptaba porque, con su máster en administración de empresas, se

sentía demasiado cualificado. Cuando de tanto caminar por Lagos desgastó

las suelas de su último par de zapatos, vendió su coche, el coche de su mujer,

pidió dinero prestado e intentó resucitar el negocio de la panadería. Esta vez

lo embaucaron unos estafadores, según él, en unas circunstancias demasiado

embarazosas para ir aireándolas. Todo esto me lo contó a mí primero, antes

que a Akin.

Vino a Ilesa para esconderse de sus acreedores. E incluso después de que

Akin le diese parte de nuestros ahorros para saldar sus deudas, no se marchó.

Durante las primeras semanas de su estancia con nosotros, Dotun debió de

beberse al menos tres cajas de Trophy, la cerveza rubia local. Hacía poco más

que picotear carne de mi cazuela de estofado y declarar, sin venir a cuento, lo

sexy que estaba mientras intentaba preparar la cena antes de que mi marido

volviese del trabajo.

Me ponía por las nubes todos los días, abusando de mi paciencia y

minando mis defensas, hasta que caí en la cuenta de que lo que yo creía acero

no era en realidad más que una simple chapa. Si me hubiese dicho que era

guapa, habría opuesto resistencia. Akin me lo decía todo el tiempo, con un

deje de fascinación que jamás se le borró de la voz, ni con el paso de los años.

Dotun, por el contrario, elogiaba la perfecta turgencia de mis pechos, la

redondez de mis nalgas y la seducción de mis ojos.

—Me encanta que se te queme el estofado —me dijo un día, mirándome

de arriba abajo con una botella de cerveza frente a los ojos.

Yo salía de la cocina. Acababa de calcinar una cazuela de estofado de

verduras que estaba preparando como guarnición para el arroz de Akin aquella noche.

Dotun dejó la botella en el suelo, junto a sus pies.

—Sobre todo si estás arriba cuando sucede. Bajas las escaleras a toda

prisa y, al correr, se te mueven los pechos. Y no dejo de pensar en ti, en aquel

fin de semana que pasé aquí de camino a Abuja.

No me gustaba pensar en aquel fin de semana. Ocurrió unos dos meses

después de que naciese Olamide; Akin tuvo que marcharse urgentemente a

Lagos de viaje de negocios después de que llegase su hermano. Dotun y yo

pasamos todo el fin de semana solos en casa con Olamide. La casa no era lo

bastante grande como para no toparnos el uno con el otro todo el tiempo. El

sábado, mientras desayunábamos, acercó su mano para apartarme el pelo de la

cara, después me tocó la oreja y ya no me soltó. No fue rápido y furtivo como

la primera vez; no acabó demasiado pronto. Me sentí lo bastante culpable

como para mantenerme alejada de él el resto del fin de semana y me prometí a

mí misma que no volvería a ocurrir.

—Pienso todo el tiempo en aquel fin de semana —dijo Dotun.

Mi corazón latía cada vez más rápido mientras él hablaba, y sentí cómo se

me endurecían los pezones. Di gracias a la vida por las cosas buenas que nos

daba, sin ir más lejos por el sujetador con relleno que llevaba puesto aquel

día.

—Escúchame bien, no volverá a pasar.

—No luches contra ello —dijo él—. Es normal que lo desees.

Me alejé lentamente, aunque sabía que Dotun nunca intentaría tocarme.

Tendría que acercarme yo; él nunca me buscaría.

—No sé de qué me hablas.

—Avísame cuando estés lista. Yo siempre estoy listo —añadió, y cogió de

nuevo la cerveza.

Me dije a mí misma que era el alcohol lo que lo envalentonaba tanto.

Estaba medio borracho, tenía dificultad para articular las palabras.

Me vino bien que lo expresase en aquellos términos, como si acostarme

con él fuese una mera transacción comercial. Me ayudó a relativizar las cosas,

sofocó el fuego que me ardía en la boca del estómago y detuvo en seco la

humedad que se me acumulaba entre las piernas.

Le debería haber dicho que dejase de hablarme de aquel modo. Que dejase

de comentar que mis pechos seguían estando sorprendentemente firmes

después de haber amamantado a dos niños. Habría dejado de hacerlo, sobre

todo si lo hubiese amenazado con contárselo todo a Akin. Pero yo no quería

que parase. Me encantaba la forma en que sus palabras me entraban por el oído y propagaban su calor por todo mi cuerpo. En vez de revelarle los

comentarios lascivos a Akin y exigir que echase a Dotun de nuestro hogar,

fingí no oírlos. Por la noche, me repetía a mí misma aquellas palabras, incluso

con el tono ronco con el que él las pronunciaba, mientras Akin dormía

bocabajo a mi lado, roncando con la boca abierta. Empecé a tener motivos

para regresar a casa después de dejar a Sesan en el colegio.

Sentía que me pesaba la cabeza. El peso se multiplicaba con cada paso

que daba hacia la habitación de Dotun, la habitación que una vez perteneció al

hijo al que nunca parí, antes de que la heredase Funmi. Cuando entré, Dotun

estaba sentado en el suelo de espaldas a la puerta, redactando una carta de

solicitud de empleo. Había una decena de sobres desperdigados por el suelo,

la mayoría sellados y franqueados. Hasta ese momento no fui consciente de

que estuviese haciendo un esfuerzo por encontrar trabajo. Presuponía que se

pasaba el día bebiendo cerveza y picoteando carne de mi cazuela. Akin me

había dicho que Dotun solo se quedaría el tiempo que necesitara para

organizarse.

Me pregunté por qué hablaba con Akin de sus grandes proyectos y no de

las solicitudes de trabajo que parecía escribir todos los días. Quise dar un paso

atrás y salir de la habitación. Tenía la impresión de haber invadido su

intimidad y de que si me quedaba allí mirando me vería atraída hacia una

suerte de intimidad con él. Alzó la vista. Ya no había posible marcha atrás

para mí. Recogió los sobres y los amontonó, pero su mirada no se apartaba de

mi rostro.

—¿Pasa algo? Se ko si? —preguntó.

—Eh…, nada… Bueno…, nada.

Se puso de pie.

—¿No pasa nada? Estás en mi habitación.

—He venido a… He venido a… ¿Cómo va la búsqueda? ¿Has tenido

alguna respuesta?

Se sentó en la cama y se sujetó la cabeza entre las manos, mirando el

montón de sobres. No dijo nada. La pelota estaba en mi tejado, me tocaba a

mí quitarme la blusa o hacer lo que hubiera que hacer para decir: «Estoy lista

para acostarme contigo otra vez». Me sentí estúpida. ¿Para qué había venido?

¿Qué sabía yo de seducir a un hombre? Incluso a uno que estaba bien

dispuesto. Aún era virgen cuando me casé con Akin.

—Me engatusaron en una estafa en el trabajo, por eso me despidieron.

Corren rápido los rumores sobre estas cosas… Ya nadie me dará trabajo.

Nadie. —Hablaba deprisa, como si las palabras le quemasen en la lengua.

Ojalá se hubiese quedado solo en su mundo atormentado y no hubiese

dicho nada. Yo no quería saber nada de su pena secreta ni de su agonía. No

me importaba y no quería. Solo quería una cosa de él.

—No se lo he contado a mi hermano mi. No se lo cuentes, por favor. No

lo hagas —me pidió.

Asentí.

—Yo no estaba implicado en el fraude. Solo fui lo bastante idiota como

para autorizar algunos de los documentos implicados. En realidad, fue una

mujer quien lo hizo todo; me estaba acostando con ella. —Levantó la vista, su

mirada era sombría y suplicante.

Asentí. Pues claro que se estaba acostando con una chica de su oficina;

según su esposa, se acostaba con todas las mujeres del barrio.

Suspiró.

—Mi mujer no me cree. Se piensa que tengo el dinero oculto en una

cuenta secreta, y a alguna chica bonita esperándome para gastárselo conmigo.

—Se echó a reír—. Ojalá. No se lo digas a bros Akin. Por favor… No… No.

Tal vez debería contárselo todo… —Se tumbó bocarriba en la cama y se tapó

la cara con las manos—. Estoy acabado. No puedo llevar un negocio. Nadie

me querrá contratar. Es el final.

—Todo irá bien —dije, con la esperanza de que se callara, con la

esperanza de poder marcharme de la habitación antes de que desnudase aún

más su alma ante mí. Me senté a su lado en la cama—. Acabaste la carrera

con matrícula de honor. Ya se te ocurrirá algo.

Su risa cesó. Su pesada respiración interrumpía a intervalos el silencio.

—Gracias —me dijo.

Al salir de la habitación, me temblaban las piernas.

 

Sesan y yo estábamos a punto de salir de casa para ir a la celebración de la

eucaristía cuando me enteré del golpe de Estado de Orkar. Aunque hacía poco

que había aprendido a andar, Sesan se sostenía firme sobre sus pies y se

empeñaba en bajar las escaleras sin mi ayuda. Fue mientras lo iba siguiendo

escaleras abajo cuando oí la noticia del golpe de Estado en la radio, que ahora

dejábamos encendida a todas horas. En cuanto me di cuenta de que la voz de

la emisión anunciaba el derrocamiento del régimen de Babangida, cogí a mi

hijo, lo acallé cuando protestó, y me lo llevé a toda prisa a la sala de estar.

Aún no habían dado las ocho de la mañana. Akin dormía arriba y Dotun

estaba en su habitación, probablemente resacoso. Así que escuché a solas con Sesan la retransmisión del discurso de la toma de poder. Asentí a medida que

el locutor iba recitando las acusaciones contra el Gobierno de Babangida,

pero cuando anunció la expulsión de cinco estados del norte del país, mi

horror fue tal que decidí esperar a que repitiesen de nuevo la emisión, para

asegurarme de haberlo oído bien.

Me aflojé el pañuelo de la cabeza mientras la emisora retransmitía música

militar; no tenía ningún sentido ir a la iglesia en ese momento. Se produjo un

apagón antes de que acabara de doblar el pañuelo. Suspiré. Podían pasar horas

o incluso días antes de que restablecieran la electricidad; ya no se podía

predecir nada.

Me llevé a Sesan arriba e intenté quitarle la pajarita. Lloraba disconforme

cuando Akin se despertó.

—¿Qué le pasa?

Solté a Sesan y escapó corriendo hacia el lado de la cama de Akin.

—¿No vas a la iglesia? —dijo Akin, echando un vistazo al reloj de la

pared—. Son ya casi las nueve.

—Han derrocado a Babangida —dije—. Ha habido un golpe de Estado.

Akin se incorporó en la cama de un salto.

—¿En serio?

—Escuché el anuncio en la radio antes de que se fuera la luz.

—Ya le dije a Dotun que alguien acabaría quitando a ese hombre de en

medio. Ese asunto de Dele Giwa olía demasiado mal. —Puso los pies en el

suelo—. Nadie puede demostrar que fuera él, pero aun así… ¿Y no prometió

que este año habría elecciones y volveríamos a tener una democracia? ¿Dónde

está ahora la democracia?

—Eso es en parte lo que alegan los nuevos, que si no lo derrocaban se

hubiese autoproclamado presidente vitalicio.

—Eso no es posible en esta Nigeria. —Akin se puso de pie y Sesan se le

abrazó a una pierna—. Esto no es una república bananera cualquiera.

—Aunque han dicho algo raro. —Me acerqué a Akin y le agarré la mano

a Sesan, que lloriqueó mientras le desabrochaba la camisa—. Han dicho que

van a expulsar de la federación a algunos estados del norte: Sokoto, Borno,

Kano, y no recuerdo el resto, pero mencionaron más.

—¿Que van a hacer qué?

—Ni siquiera entiendo esa parte. Es imposible, ¿no?

El teléfono sonó y ambos dimos un respingo. Ya sabíamos cómo

funcionaba la cosa: en cuanto se producía el golpe, lo normal era que cortasen

las líneas telefónicas todo el día. Akin respondió al teléfono. Escuché su parte de la conversación y deduje que su hermana estaba al otro lado de la línea.

Estuvieron hablando un rato; Akin le aseguró que no creía que hubiese

altercados en la ciudad y que nosotros estábamos bien. En cuanto colgó, el

teléfono volvió a sonar casi de inmediato. Esta vez era Ajoke, la mujer de

Dotun.

—Quiere que recemos —dijo Akin después de despedirse de Ajoke—. En

Lagos hay enfrentamientos; oyen los disparos desde casa.

—¡Ay, Dios mío, los niños! ¿Están bien?

—Sí, pero está asustada. Los disparos suenan fuerte. —Akin se llevó la

palma de la mano a la frente—. Pero no creo que les pase nada. No habrá

víctimas civiles.

Me senté en la cama, imaginándome a Ajoke y a sus hijos acurrucados en

un rincón de la habitación.

—Que Dios los ayude.

—Si todavía siguen combatiendo, no creo que Babangida vaya a irse a

ninguna parte.

—Deberías decirle a Dotun que Ajoke ha llamado.

—Sí, sí. —Levantó a Sesan y se lo llevó a caballito de la habitación.

—En la cocina tienes el desayuno —grité cuando salía—. He preparado

moin moin.

Me quedé en la habitación, preocupada por cómo evolucionaría la

situación en los días siguientes. Cuanto más lo pensaba, más esperaba que

Babangida lograra aferrarse al poder, no porque me gustase la forma en que

estaba gobernando el país, sino porque dada la situación más valía malo

conocido que bueno por conocer. Si los nuevos dirigentes se hacían con el

poder y de verdad expulsaban a los estados del norte, la situación

probablemente desembocaría en una nueva guerra civil durante las semanas

siguientes.

Akin gritó algo y salí al rellano.

—¿Qué has dicho?

—Dotun cree que se trajo su radio transistor —dijo—. Lo está buscando

en su habitación. —Akin estaba de pie en medio de la sala de estar. Ahora

tenía a Sesan sentado sobre los hombros, estirándose para tocar el techo.

Bajé las escaleras. Al tratarse de Dotun, tardó una eternidad en localizar la

radio y las pilas del tamaño adecuado. Cuando por fin la encendió, todas las

emisoras emitían piezas instrumentales, lo que indicaba que el estado de

confusión continuaba y que ninguna se sentía lo bastante segura como para

reanudar su programación habitual. Dotun se decantó por una emisora que ponía algo parecido a música clásica. Nos sentamos sin hablar, envueltos por

el sonido de la música, a la espera de noticias. De repente la radio enmudeció

y por un instante pensé que se había quedado sin pilas, pero pronto se oyó el

chisporroteo de las interferencias y una voz se dirigió a nosotros.

 

Yo, el teniente coronel Gandi Tola Zidon, por la presente garantizo que los disidentes han sido vencidos de forma aplastante. Se les aconseja que permanezcan tranquilos a la espera de nuevos comunicados. Gracias.

 

Dotun se puso al teléfono y habló con Ajoke y los niños. Después, todos

seguimos escuchando la radio hasta que las pilas se agotaron. Hubo más

comunicados, discursos y emisiones que nos confirmaron que sí se había

derramado sangre, pero después de todo nada había cambiado.

 

Iya Bolu era ahora mi inquilina. No quiso abandonar su peluquería después de

que yo comprara el edificio, y su marido pagaba religiosamente el alquiler el

día uno de cada mes. Rara vez tenía clientes, por lo que de ninguna de las

maneras se lo podría haber permitido sin la ayuda de su marido. Pese a todo,

se negaba a echar el cierre a la peluquería.

—No puedo quedarme sentada en casa sin más, de brazos cruzados —me

decía cada vez que le insinuaba que debía dejar la peluquería—. Déjame que

me levante y venga aquí hasta que me entere de otro trabajo que pueda hacer.

Siguió pasando casi todo el tiempo en mi peluquería y yo empecé a

impedirles a las clientas que se sentaran en la silla que había acabado

considerando la silla de Iya Bolu. Cuando sus hijas regresaban del colegio por

las tardes, comían en su peluquería y hacían allí los deberes. Si las niñas se

acercaban por mi negocio, ella las espantaba todas las veces con las mismas

palabras: «Iros a leer vuestros libros».

—Esa Bolu un día será médico, Dios mediante —repetía Iya Bolu después

de que sus hijas se marcharan refunfuñando por el pasillo.

Normalmente mis clientas respondían «Amén» mientras Bolu y sus

hermanas desaparecían por el pasillo. Pero un día, una de mis clientas

habituales, aunty Sadia, que estaba en el salón cuando Iya Bolu hizo su

declaración, en vez de decir «Amén», se echó a reír.

—¿De qué se ríe? —dijo Iya Bolu poniéndose de pie—. ¿Dónde está la

gracia?

Yo le estaba quitando las extensiones a aunty Sadia, cortando con una

cuchilla los hilos que las unían al pelo. Miró al espejo mientras le contestaba a

Iya Bolu:

—¿Esa de ahí de piel amarilla es su hija? ¿No lo ve? Ya se está poniendo

guapa. ¿Cree que los muchachos la van a dejar tranquila?

Pronunció la palabra guapa como si ser guapa fuese una mala costumbre

que Bolu hubiese adquirido, algo que rayaba en la conducta criminal y por lo

que un día recaería sobre ella todo el peso de la ley.

Iya Bolu se nos acercó, con los brazos en jarras.

—¿Ehen? Entonces, ¿resulta que si Bolu es guapa, no puede leer? ¿No

puede ir a la universidad?

Aunty Sadia le sonrió al espejo.

—Espérese a que tenga los pechos como naranjas dulces y todos los

hombres se pongan firmes como soldados al verla. En un santiamén, la tendrá

embarazada. Y entonces entenderá lo que le digo.

—Mi hija, no. Dios nos libre. —Iya Bolu se inclinó hacia aunty Sadia y

alzó la voz—. ¡Mi hija estudiará!

Me quedé mirando a aunty Sadia, esperando que se disculpara o dijera

algo para apaciguar a Iya Bolu. No abrió la boca.

—No hay nada que impida que una chica guapa coja los libros, aunty —

dije yo finalmente, dándole palmaditas en los hombros a Iya Bolu. Ya había

acabado de quitarle las extensiones a aunty Sadia, así que le indiqué a una de

mis peluqueras que le aflojara las trenzas pegadas al cuero cabelludo.

Fui hasta el rincón de la peluquería donde Sesan dormía en su cuna y le

sujeté unos instantes la muñeca para sentir el ritmo tranquilizador de su pulso.

—Lo único que digo es que la cosa dura gusta. ¿Abi? Incluso a ti, que eres

su madre, si no te gustara, ¿la habrías parido? —Aunty Sadia se había dado la

vuelta sobre su asiento y le sonreía a Iya Bolu. Era lo más parecido a una

disculpa que le ofrecería.

Iya Bolu negó con la cabeza.

—Mi hija será médico. Después de eso, que disfrute de todas las cosas

duras que quiera.

—Vale, pues entonces será médico antes de que los soldados firmes la

cojan. Aunque tampoco sería el fin del mundo que la cogiesen primero y

luego se hiciera médico. —Aunty Sadia se echó a reír mientras le daba

palmaditas en la mano a Iya Bolu—. Al menos, demos gracias a Dios porque

eso no mata a nadie.

Iya Bolu se unió a las risas.

—Algunas estaríamos muertas si matase. Demos gracias a Dios por que la

maza no mata al mortero. Si lo hiciera, ¿cómo íbamos a disfrutar del rico puré

de ñame?

—Pero nuestro Dios es un Dios grande. Iya Bolu, tú sabes que cuando esa

cosa está dormida y así de blanda, puedes faltarle al respeto como quieras.

¿Pero en cuanto se pone así de tiesa? —Aunty Sadia se levantó y se puso en

posición de firmes—. ¿Así de dura? Lo único que quiero es dar gracias a Dios

por que la hiciera así y no de otra forma.

Iya Bolu aplaudió.

—Es esa dureza lo que le confiere honor y valor, o jare.

—¿Abi? —Aunty Sadia se sentó—. ¿Qué se puede hacer con una maza de

mortero blanda? ¿Puede machacar el ñame?

Mientras hablaban, yo empecé a sentirme violenta. Pensé en la última vez

que Akin y yo hicimos el amor y quise hacerle preguntas a aunty Sadia:

parecía el tipo de persona que me daría palmaditas en el dorso de la mano y

respuestas francas. Pero me mordí la lengua porque yo no era como esas

mujeres que hablaban de su vida sexual en la peluquería con otras mujeres.

Mi ayudante había acabado ya con aunty Sadia. Me acerqué a ella y le

clavé un peine en el pelo.

—A ver, ¿cómo lo quiere? —pregunté.

—Señora, ¿por qué pone la cara así de larga? Abi, ¿es que no le dan puré

de ñame a media noche?

—No le haga caso, es la cara que pone siempre. Como si fuera virgen…

—Iya Bolu señaló hacia la cuna de Sesan—. Pero tenemos pruebas de que de

virgen, nada.

—Señora, ¿cómo la peino?

Aunty Sadia me miró fijamente unos instantes, con una sonrisita todavía

rondándole por las comisuras de los labios. Me puse nerviosa bajo su mirada,

preocupada por si seguía hablando de sexo.

—Está bien —respondió—. Solo extensiones, todo hacia atrás.

Extensiones hacia atrás.

Comencé a frotarle la pomada en el pelo, aliviada por que hubiese

cambiado de tema. Aparté las preguntas que quería hacerle y dejé que sus

suaves mechones me resbalasen por los dedos.

Ella sonreía al espejo mientras yo le dividía el pelo en secciones.

—Conozco a las mosquitas muertas como tú. Ponéis cara de virgen María,

pero en cuanto se cierra la puerta del dormitorio, echáis fuego.

Me mordí el labio inferior y no dije nada.