Quédate conmigo

Ayòbámi Adébáyò · Capítulo 31 de 42

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Quédate conmigo

Tercera parte

Capítulo 31

 

Ilesa, diciembre de 2008

 

Llego a Ilesa justo antes de medianoche. Mi chófer y yo recorremos desde

hoteles hasta moteles; da la impresión de que el país entero está en Ilesa este

viernes. No encontramos alojamiento hasta llegar a Ayeso, la última zona de

la ciudad que habría elegido para hospedarme, por estar tan cerca de la casa

de tu padre. Pero en algún sitio tengo que dormir, así que acepto la última

habitación disponible del Beautiful Gate Guest House. Le pido al

recepcionista que le permita a Musa dormir en el sofá de lo que parece haber

sido, antaño, una sala de estar, aunque ahora haga las veces de recepción.

Estoy cansada, pero no puedo dormir. Salgo de la habitación y me dirijo al

balcón anexo, veo la casa de tu padre desde aquí; al otro lado de la calle, justo

después del punto en que la carretera asfaltada se hunde en un valle. Es fácil

reconocerla porque, exceptuando esta pensión, es la única casa con las luces

encendidas, gracias a un generador. Hay varios coches aparcados en doble fila

en la calle principal. Hay gente comiendo en la terraza; hay gente por todas

partes. Aunque desde donde yo estoy no se ve el patio trasero, diviso el humo

que se alza desde allí. Yo debería estar ahora allí, vigilando el guiso en el

fuego y ordenando a los cocineros contratados para la ocasión que le den la

vuelta a la carne asada antes de que se queme, asegurándome de que

empiecen a cocinar el arroz jollof antes de las cinco de la mañana, el ñame y

el guiso, antes de las seis, para que todo el mundo coma antes de marcharse a

la iglesia para asistir al funeral. Es lo que hacen las esposas; yo lo hice

muchas veces, ¿recuerdas? ¿Reparaste siquiera en todo el empeño que ponía?

¿Por qué me invitaste a este funeral? ¿Cómo supiste siquiera dónde

estaba? Pensaba que me habías borrado igual que un maestro borra de la

pizarra la fecha del día anterior con un borrador. Entonces recibí aquella

tarjeta en el buzón, y las letras de imprenta me anunciaron la invitación de

Akinyele Ajayi. Examino la casa familiar, con la esperanza de reconocer a

alguien, al menos a alguna de las personas que solía considerar mi familia en

este lugar al que una vez llamé mi hogar. Pero está demasiado lejos. Veo

personas, pero no distingo sus caras, y cualquiera de los hombres podrías ser

tú. Aún hay carpas fuera; presupongo que son del velatorio que se ha celebrado esta misma tarde. No tenía pensado asistir, escucharte a ti y a tus

hermanos contar entre cánticos mentiras urdidas cuidadosamente sobre tu

padre muerto.

Puedo imaginarme las comedidas palabras que debes de haber dicho esta

noche, los tópicos que se esperan de un primogénito. Seguro que has

pronunciado un buen discurso, que has hecho que a algunas personas les

entren ganas de llorar. Quienes no hayan conocido a tu padre habrán estado

tentados de llorar a lágrima viva la pérdida que supone para el mundo la

muerte de una persona tan valiosa a la tierna edad de noventa años. Tu madre,

como siempre, se habrá sentido orgullosa. Al haber sido probablemente tú el

primero en hablar, ninguno de tus hermanos habrá estado a la altura de tus

dotes en oratoria, ninguno de ellos podría estarlo, ni aunque hubieran tenido

un año para prepararlo. Me quedo en el balcón hasta que se apagan las luces

de la casa de tu padre, entonces regreso a mi habitación y enseguida me quedo

dormida.

Antes de las seis ya estoy despierta. El suelo está frío y unos escalofríos

serpean por mis piernas mientras camino hacia el balcón. Es como si en tu

casa nadie se hubiese acostado. Tal vez cerraras tu casa en Imo para quedarte

a dormir aquí anoche. Me acomodo en una silla de plástico y observo. No

tengo ninguna prisa por arreglarme porque no pienso asistir a la ceremonia en

la iglesia.

El cantante de alabanzas llega alrededor de las siete con su minimegáfono.

Se queda en la calle y entona cánticos, alabando antes que nada al pueblo de

Ijesa, al que pertenece tu padre. Aprendí los versos de este oriki justo antes de

casarme contigo. Tu madre me enseñó cada verso que sabía y los memoricé

con entusiasmo. Me dijo que por la mañana te despertase de rodillas,

entonando los versos de alabanza a tu linaje. En vez de eso, preferí aferrarme

a tu cuerpo y susurrarte aquellas palabras al oído, pero a ti no te gustaba

escuchar poesía por las mañanas, ni a ninguna hora, y era Sesan el que

disfrutaba de mis recitales. El rapsoda ensalza ahora a la familia de tu abuela

paterna. Aún me producen dolor de cabeza todas esas palabras sobre personas

que ya llevaban muertas mucho tiempo antes de que nosotros naciéramos.

Se me saltan las lágrimas antes de que los cantos lleguen finalmente al

oriki dedicado a tu padre. No sé si lloro por mí, por ti, por tu padre, por todos

los años que han pasado o porque el cantante de alabanzas recita los versos de

una forma preciosa. Hay una mujer de pie junto al rapsoda, tiene las manos

alzadas al cielo. Veo que está llorando, agita su cuerpo hasta que se le cae el pareo al suelo. No lo recoge. Noto mis manos frías sobre las mejillas al

enjugarme las lágrimas.

Se oye un estruendo de llantos cuando sacan de la casa el ataúd de tu

padre, blanco desde aquí. Los gemidos alcanzan su punto culminante en el

momento en que los portadores del féretro lo apoyan sobre sus hombros. La

gente está de pie en grupos de dos o de tres, agarrados unos a otros, como si

pudieran derrumbarse bajo el peso de la pena si no se sostuvieran entre sí.

Una voz femenina atraviesa el barullo y llega hasta mí.

—Padre mío, ¿de verdad es el final? ¿De verdad nos dejas? ¿Ya no

despertarás? ¿No vendrás a despedirte? ¿Padre mío? ¿Padre mío?

Los portadores inician la marcha hacia el coche fúnebre; un solo de

trompeta va abriendo el camino, suena «Shall We Gather at the River». El

cantante de alabanzas prosigue también con su cántico:

 

Ma j’okun ma j’ekolo

Ohun ti won ba n je l’orun ni o maa ba won je.

 

La pequeña multitud reunida delante de tu casa se dispersa. Muchos se

montan en los coches aparcados, que empiezan a avanzar lentamente,

formando un cortejo tras el coche fúnebre. Una camioneta con un hombre con

medio cuerpo fuera de la ventanilla y una cámara de vídeo al hombro es la

primera en coger velocidad. La sigue el coche fúnebre, anunciando con su

sirena la despedida final de tu padre del barrio en el que pasó la mayor parte

de su vida adulta. Nunca más regresará aquí; tras la ceremonia, lo enterrarán

en el cementerio de la iglesia de Ijofi. Varios vehículos siguen al coche

fúnebre, jeeps relucientes y algunos SUV propiedad de sus hijos y de

parientes cercanos. Espero a que desaparezca el último coche para volver a mi

habitación.

Me visto a la hora en que tú estarás de pie junto a la tumba recién cavada

de tu padre, rodeado de familiares y sacerdotes. Serás el primero de sus hijos

en lanzar un puñado de tierra dentro de la sepultura. El llanto comenzará de

nuevo, y mientras todos observáis cómo los enterradores empiezan a rellenar

la tumba de tierra, incluso a los hombres se les saltarán las lágrimas. Parejas

que llevan semanas sin hablarse se cogerán de la mano. Yo estaba demasiado

conmocionada para llorar en el funeral de mi padre, pero tú tenías lágrimas en

los ojos, aunque no permitiste que cayera ni una sola de ellas. Te cogí de la

mano mientras te sorbías la nariz y pestañeabas sin parar.

Akin, ¿quién te cogerá hoy de la mano si lloras en silencio?