Quédate conmigo

Ayòbámi Adébáyò · Capítulo 29 de 42

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Quédate conmigo

Capítulo 29

 

—Señor Ajayi. Es usted el señor Ajayi, ¿verdad? Bien, de acuerdo —dijo el

médico—. Está respondiendo al tratamiento, es probable que pueda verlo

dentro de una hora más o menos. Lo avisaré. Ahora, si me disculpa…

Regresé al pasillo donde había estado sentado en un banco junto a Yejide,

que ahora andaba de un lado para otro, con las manos entrelazadas alrededor

de su abultada barriga.

—Oya, ven a sentarte. No hay ningún problema. —Le pasé el brazo por

encima del hombro y la acompañé hasta un banco—. Me he encontrado con

uno de los médicos de Sesan cuando volvía del servicio. Dice que Sesan está

respondiendo al tratamiento. Es probable que podamos verlo pronto. Así que

relájate, ¿vale?

—Gracias a Dios. —Suspiró y se dejó caer sobre mí como un peso muerto

—. El bebé ha vuelto a dar una patada cuando te has ido.

Le puse las manos sobre la barriga.

—Lo siento, ya ha parado. —Se le escapó una risita.

—No es justo. —Me pegué más a ella para que un anciano pudiera

sentarse a mi lado en el banco—. ¿Quieres ir a casa a desayunar algo? Yo me

quedaré esperando.

—Lai lai. De eso nada, no voy a ir a ninguna parte sin mi hijo.

—Se pondrá bien, no te preocupes. Tienes que comer, Yejide. —Me puse

de pie—. Déjame que te traiga algo de esas máquinas de comida que hay justo

ahí fuera. ¿Qué te apetece?

—Tal vez un poco de pan.

—Vuelvo en un minuto.

Yejide y yo nos habíamos despertado de madrugada y nos habíamos

encontrado a Sesan retorciéndose de dolor. Habíamos acabado en el hospital

antes de las tres de la mañana. Ahora el sol estaba justo empezando a salir

cuando crucé la entrada peatonal del hospital. La mayoría de los tenderetes de

madera que se concentraban allí estaban vacíos, así que tuve que caminar en

dirección a Ijofi Street para encontrar a una mujer que me vendiese un par de

barras de pan recién hecho. Yejide aún estaba comiendo cuando el médico

que había visto antes vino hacia nosotros; al verlo acercarse, nos pusimos de

pie.

—Por favor, acompáñeme. Me gustaría hablar con usted —dijo.

Yejide soltó el pan en el banco y empezamos a recorrer el pasillo con el

médico. El médico se detuvo y echó un vistazo a la barriga de Yejide.

—No, no. Me refería solo a su marido, ma. Por favor, vuelva y siéntese,

necesito hablar solo con él. A solas.

—¿Solo con él, ke? ¿No me necesita a mí? —preguntó Yejide.

—No, señora. Tan solo tengo que hacerle a su marido unas preguntas.

Volverá con usted en un momento.

Yejide regresó al banco a regañadientes mientras el médico y yo seguimos

adelante por el pasillo. Todavía oía sus pisadas cuando el médico y yo nos

detuvimos al final del pasillo.

—Señor Ajayi, ¿cómo se lo digo? —Se quedó mirando el suelo durante lo

que debió de ser un minuto entero. Cuando levantó la vista, tenía los ojos

rojos—. Es mi primera guardia en pediatría. Solo llevo un año ejerciendo. Mi

especialidad no es la pediatría. La médico titular, mi superior de guardia,

también estuvo presente mientras luchamos por la vida de Sesan. Pero ha ido

al servicio de nuevo. La doctora Bulus, así se llama, creo que tal vez tenga

diarrea. Quizá deberíamos esperar a que viniese, lo siento mucho.

—¿Qué me quiere decir?

Se frotó los ojos con el dorso de la mano y suspiró.

—Lo hemos perdido. Lo siento mucho, lo hemos perdido.

Todavía hoy sigo pensando en la forma en que me dijo que lo habían

perdido, como si aún hubiese una oportunidad de recuperarlo, de encontrarlo

escondido dentro de un mueble archivador.

Regresé junto a Yejide.

—Está mejor —le dije.

—¿Cuándo podremos verlo?

—Aún no. Están… Quieren tenerlo en observación dos horas más antes

de que lo veamos.

Frunció el ceño.

—¿Dos horas? ¿Por qué quería hablar contigo a solas?

—¿Tienes ewedu en casa?

—¿Ewedu? —Se rascó la cabeza—. Sí, ¿por qué?

—Quiere que le traigamos guiso de ewedu para que…, porque cuando…,

es nutritivo y cree que le ayudará. Oya, vámonos a casa.

—¿Para qué?

—Yejide, el ewedu, venga. De todas formas no lo vamos a ver hasta

dentro de dos horas. Vamos rápido para que el guiso esté listo cuando nos

dejen entrar.

Frunció la boca. Mientras caminábamos hacia el aparcamiento, no paró de

volver la vista hacia atrás, hacia el ala donde habían ingresado a Sesan.

En el coche de vuelta a casa, pensé cuál sería el mejor modo de decirle a

Yejide que nuestro hijo estaba muerto. Antes de salir del hospital, supe que

sería la cosa más difícil que jamás hubiese hecho.

Yejide me puso la mano en la rodilla cuando aparqué delante de casa.

—No has dicho una palabra desde que salimos del hospital. ¿Qué pasa?

¿Qué te dijo ese médico?

Debió de ser algo en mis ojos, en cómo la miré mientras intentaba que se

me ocurriera cualquier cosa plausible que decirle.

—¿Es por Sesan, abi? Lo del ewedu es mentira, solo querías sacarme del

hospital. ¿Qué ha pasado? —Me agarró la rodilla—. ¿Abi, mi hijo está

muerto?

Ni siquiera pude asentir. Estaba débil, agotado. Ni siquiera traté de

abrazarla cuando apoyó la frente sobre el salpicadero y se echó a llorar.

Moomi vino a pedirnos permiso al día siguiente. Nos dio el pésame

apresuradamente y se sentó al lado de Yejide, en nuestra cama.

—Serán solo unas marcas en el cuerpo —bajó la voz— y unos azotes.

—Moomi, he dicho que no, no hay ninguna necesidad. —No daba crédito

a lo que decía, a punto estuve de pedirle que se marchara de mi casa.

—La próxima vez estaremos seguros, lo sabremos seguro cuando Yejide

tenga otro niño.

—He dicho que no. ¿Es que no me oyes? —Conocía la tradición. No era

necesario que me la explicase. Se azota el cuerpo del abiku para que la

próxima vez que renazca las marcas del recién nacido adviertan de que el niño

muerto ha regresado para atormentar a su madre. No quería que le dejasen a

mi hijo cicatrices rituales, porque no creía que fuese ningún niño-espíritu

maligno. Nunca había creído ni de lejos en los abikus.

—Abiku. Abiku. Mira que lo dije y lo dije, hasta que me dolió la boca de

tanto decirlo. Pero tú decías, ¿qué sabrá una vieja? Tú eres un hombre, Akin.

Simplemente un hombre. ¿Qué sabrás tú? A ver. ¿Has estado embarazado?

¿Has tenido a un niño en brazos, pegado al pecho, y lo has visto morir? Lo

único que sabes es hablar esa tontería de inglés. ¿Qué sabrás tú? Yejide, habla

conmigo, o jare. Es tu permiso lo que me hace falta. ¿Pueden hacerlo? Solo

unas cuantas marcas, para que la próxima vez estemos seguros.

—Sí —respondió Yejide, tapándose con una manta.

—¿Yejide? ¡Qué tontería es esta! No puedes dejarles que lo hagan.

—Por favor, quiero dormir —dijo ella—. Idos, idos todos. Por favor,

marchaos.