Quédate conmigo
Capítulo 24
Me habían enseñado y creía que la educación, la mejor que el dinero podía
comprar, era lo más importante que podía darle a mi hijo. Estaba dispuesta a
esclavizarme si hacía falta para darle a Sesan una buena educación. Admiraba
los títulos universitarios y a las personas que los poseían. Cuantos más, mejor.
Cuando sentí que mi hijo tenía la edad suficiente, lo envié a la mejor escuela
primaria de la ciudad, un colegio católico que también le enseñaría a temer a
Dios.
El día después del diagnóstico, quería que Sesan se quedara en casa, en la
cama, donde pudiera darle de comer, abanicarlo y simplemente observarlo.
No me importaba si el resto de su vida mi hijo era incapaz de sumar dos más
dos son cuatro. Ya no importaba si jamás lograba hablar inglés sin el fuerte
acento de Ijesa que no había manera de quitarles de la lengua a algunos de sus
tíos y tías. Me daba igual si no se convertía en ingeniero o abogado, o
contable como su padre. Si durante el resto de sus días no hacía otra cosa que
permanecer con vida; con aquello me habría bastado.
En algún momento de la noche, Dotun me había tapado con un pareo.
Después se marchó de casa sin decirme adónde iba. No le pregunté. Cuando
los rayos de sol empezaron a colarse por una abertura entre las cortinas, me
até el pareo sobre los pechos y le di unos golpecitos a mi hijo para
despertarlo; era la hora de prepararlo para el colegio. Ese día dejé que fuera,
aunque no quisiera que se alejase de mi vista, porque una madre no hace lo
que quiere, hace lo mejor para su hijo.
Me temblaban las manos al volante mientras llevaba a Sesan al colegio.
Me quedé de pie en el aparcamiento y vi a mi hijo correr hasta su clase. Ni
siquiera se volvió para mirarme.
Seguí con el coche hasta la rotonda, aparqué delante del juzgado, al lado
del palacio de Owa, y entré en la biblioteca pública. No encontré ni un solo
libro sobre anemia falciforme. Consulté libros de texto sobre biología. Leí
cosas acerca de la sangre, de los glóbulos rojos y la hemoglobina. Leí y releí
los libros de texto hasta que eran casi las dos y tuve que ir a recoger a Sesan.
Esa noche lo saqué de su habitación y lo reinstalé en la habitación que
compartía con Akin. Dormiría a mi lado, donde pudiese vigilarlo todo el
tiempo.
Dotun vino a buscarme un sábado por la noche a unas horas en las que
debería haber estado fuera, como de costumbre, bebiendo en el Club
Deportivo Ijesa con el carné de Akin. No llamó; simplemente entró, como si
desde el otro lado pudiera ver que estaba sentada en la cama de espaldas a la
pared. No lo veía desde la noche en que excitó mi cuerpo hasta alcanzar un
orgasmo tras otro mientras mi hijo dormía en el sofá. Su hermano seguía de
viaje, volvería al cabo de unos días.
Dotun tenía los ojos inyectados de sangre, sus iris resaltaban sobre el rojo.
—Tenemos que hablar —dijo, de pie junto a la puerta entreabierta.
—Vete, por favor. —No quería hablar con él.
Se sentó cerca de mis pies. Parecía afligido, culpable, algo asustado. Ni
siquiera era capaz de mirarme a los ojos. En vez de eso se concentró en mi
frente como si fuera una pantalla de televisión. Jamás me imaginé que el
bocazas de Dotun conociese el significado de la palabra «culpa». Esperaba un
cierto remordimiento; al fin y al cabo, yo era la mujer de su hermano. Pero la
forma en que las comisuras de sus labios se hundían hacia el mentón denotaba
vergüenza. La vergüenza era algo que jamás había asociado con él, siempre
aparentaba estar por encima de ella, con su sonrisa fácil, sus comentarios
inapropiados y la forma en que se metía el dedo en la nariz y se rascaba los
huevos en público.
—Lo que hicimos…
—No volverá a ocurrir —acabé la frase.
—Es solo que… No sé qué pasó… El demonio… Akin…
Era la primera vez que oía a Dotun pronunciar el nombre de su hermano
así, llamarlo simplemente por su nombre, desprovisto de los honores que le
correspondían a un hermano mayor, sin anteponerle bros o hermano. Ni
hermano mi, ni egbon mi o bros Akin, simplemente Akin, como si en algún
momento de la semana mi marido se hubiese convertido en su igual en edad,
quizá mientras Dotun yacía conmigo sobre la alfombra de la sala de estar.
Me incliné hacia delante y le agarré la barbilla.
—Tu hermano nunca se enterará de esto.
Los labios curvados hacia abajo ahora temblaban, parecía estar a punto de
echarse a llorar. Yo resoplé entre dientes, agarrándole la barbilla aún más
fuerte, hasta clavarle las uñas en la piel.
—Deja de temblar como un flan, o jare —le ordené.
Tal vez fuera la culpa lo que le soltó la lengua, la necesidad de justificar el
deseo que afloró en sus ojos en el momento en que mi mano tocó su barbilla,
la forma de disculpar la necesidad desnuda que luchaba por tragarse. Tal vez presupuso que yo sabía las cosas que él iba a decir, los secretos que Akin me
había ocultado mientras alimentaba diligentemente mis inseguridades.
No quería creer a Dotun, pero no podía oponer resistencia a la verdad, no
podía negar sus palabras en voz alta y parecer una idiota. Dotun no dejaba de
pedir perdón. Yo sonreía y le decía que no pasaba nada. Finalmente cerró la
boca y se retiró de la habitación con la cabeza gacha, como un criminal
condenado.
Sus palabras fueron como un golpe en la cabeza: me dejaron aturdida y
desorientada. Las musité para mis adentros, intentando reconstruir de nuevo
las frases. Traté de encajarlas en la imagen que tenía de mi matrimonio, de mi
relación con Akin desde el momento en que había puesto los ojos en él. El
pasado se abrió y fue pasando página a página como un espeluznante álbum
familiar, revelando una foto tras otra, destacando las cosas que saltaban a la
vista pero que yo nunca había visto. Las cosas que me había negado a ver.