Quédate conmigo

Ayòbámi Adébáyò · Capítulo 25 de 42

Páginas del PDF

Quédate conmigo

Capítulo 25

 

Conocí a Akin durante mi penúltimo año en la Universidad de Ife. Aquella

noche había ido al Oduduwa Hall a ver una película con un chico que me

había pagado la entrada y me había comprado brochetas de suya para que me

las comiera durante la sesión. En aquella época quedaba con ese chico casi

todos los días.

Vi a Akin delante de nosotros en la cola de la taquilla. Sonreía por algo

que había dicho la chica que iba con él; su labio superior era de un rosa

intenso que resaltaba sobre su piel marrón. Me entraron ganas de tocarle el

labio para comprobar si los llevaba pintados. Me produjo una sensación que

provenía de algún lugar profundo del estómago, un lugar cuya existencia

desconocía antes de aquella noche.

En la sala nos separaba una butaca. La chica que lo acompañaba estaba

sentada en el asiento entre nosotros, pero aquella noche ella no existía, no era

más que aire, ni siquiera existía la butaca en la que estaba sentada. Sentía la

presencia de Akin junto a mí, como si estuviese justo a mi lado. Me comí las

brochetas de suya, masticando un trozo tras otro de ternera picante sin

siquiera pararme a beber de la botella de refresco que mi atento acompañante

había traído.

—Guau, qué dura eres, comiéndote toda esa pimienta. Yo ya tendría la

boca ardiendo —había comentado el chico de mi cita.

Lo miré de pasada justo antes de que apagaran las luces para anunciar el

inicio de la película, intentando recordar quién era y por qué demonios me

hablaba. Intenté fijar los ojos en la pantalla. Era imposible. Mis ojos se

sentían atraídos hacia Akin como el metal a un imán; era meramente

imposible resistirse a la fuerza de atracción. Él también me observaba bajo el

débil resplandor de la pantalla. Despegué la vista de él una y otra vez, por

miedo a hundirme en su mirada constante. La película acabó demasiado

pronto. Me puse de pie y me obligué a seguir al chico de mi cita, todavía

esforzándome por recordar su nombre, manteniendo la cabeza agachada para

poder lanzarle una mirada a Akin sin volver la cabeza.

El chico de mi cita iba a pasar la noche estudiando en una sala de lectura.

Le insistí en que no era necesario que me acompañase a mi habitación.

Emprendió el camino hacia la Facultad de Artes y yo en dirección a Moremi

Hall.

Akin me había seguido. Noté su mano en el hombro en cuanto puse los

pies en la acera.

—¿Necesitas que alguien te lleve? —preguntó.

—¿Quieres llevarme a cuestas?

Se echó a reír.

—Sería genial, pero tengo el coche aparcado delante de la sala. Puedo

traerlo hasta aquí o podemos ir juntos a por él. Aunque si prefieres que te

lleve a cuestas, mi espalda es toda tuya.

—No, gracias. —Llevaba toda la noche babeando por él, pero todavía no

me había sorbido el seso. Era más de medianoche y podría haber sido un

secuestrador.

—Soy Akinyele, pero todo el mundo me llama Akin —se presentó.

Mis pies, por alguna razón, habían echado raíces en el suelo.

—Yejide.

Se rascó la ceja.

—Ye-ji-de. Bonito nombre.

—Gracias. —De repente me sentía incapaz de articular más de una

palabra a la vez.

—Te habrás dado cuenta de que no he podido ver la película por tu culpa.

—¿Quieres que te dé el dinero de la entrada? —¡Ah! Mi lengua había

resucitado.

Sonrió.

—No me importaría, pero no el dinero, sha, sino tu número de habitación.

Quiero volver a verte. Hacerte una visita.

—¿Vas a venir con tu novia?

—¿Mi qué? Ah, Bisade. Era mi novia, pero ya no.

Agaché la cabeza para disimular una sonrisa.

—¿Desde cuándo?

—Desde que te vi. Esta noche.

—¿Lo sabe Bisade?

Se rascó la punta de la nariz.

—Pronto lo sabrá.

—F101 Moremi. Mi número de habitación. —Las palabras me salieron

solas.

Se frotó las palmas de las manos y sonrió.

—Acompáñame al coche.

Lo seguí hasta el coche, el Volkswagen Escarabajo que sería mío cuando

nos casáramos. Me abrió la puerta para que entrase.

—¿Sabes lo que dicen de un hombre yoruba que le abre la puerta a su

mujer? —me preguntó al subirse también él.

—¿Qué?

—Pues que cuando un hombre yoruba le abre la puerta a su mujer, es

porque uno de los dos es nuevo: o el coche o la mujer.

—Ah —dije yo como una imbécil.

—F101 —dijo él mientras apagaba el motor del coche. Estábamos en el

aparcamiento de Moremi Hall.

Asentí, tratando de despegar la vista de sus labios. No lo logré. En vez de

eso, sentí cómo mis labios se separaban. El coche estaba en silencio. Me oía a

mí misma respirar por la boca. Podía haberle quitado la mano cuando me tocó

la barbilla, ladeándome la cara hasta que nuestras miradas se cruzaron; la

suya, inquisitiva, pedía permiso sin hablar. No le quité la mano. Su campo de

fuerza me atrajo. Sus labios tocaron los míos.

Fue mi primer beso.

Obviamente antes ya había tragado saliva de las bocas de unos cuantos

chicos, me habían estrujado incómodamente los labios; y me preguntaba por

qué todas las noches veía a tantísima gente destrozándose los labios bajo los

árboles en diferentes sitios del campus. Entendí el porqué al sentir los labios

de Akin en los míos. Sus labios se detuvieron a tiempo. Su lengua provocó a

la mía hasta hacer que oscilasen juntas. Cuando se retiró, no me acordaba de

mi nombre ni de ninguna otra cosa.

—Vendré a verte mañana —dijo él.

Tambaleándome, salí del coche y subí los escalones que llevaban a

Moremi Hall.

Apareció al día siguiente, se sentó en mi cama y se recostó apoyando la

cabeza en el panel de madera que recorría el lateral de la pared. Parecía a

gusto, tan cómodo como si viniese todos los días a recostarse así sobre mi

cama. Yo me sentía violenta. Él no decía nada, tan solo me miraba con una

sonrisa que le rondaba los labios. A mí me abrumaba el impulso de llenar

cada silencio con palabras. Para mí el silencio era un vacío en el universo que

podía succionarnos a todos. Mi misión consistía en bloquear aquel vacío letal

con palabras y salvar al mundo. Le hablé de mí sin que me preguntara. Él se

incorporó, se inclinó hacia delante y asimiló cada palabra. Empecé a sentirme

como si dilucidase verdades eternas.

Akin tenía la capacidad de escuchar a la gente, de concentrar la vista y el

oído de forma tal que te hacía sentir que cualquier cosa que dijeses era

importante, o incluso trascendental. Eran las diez de la noche: demasiado pronto, pero la hora de marcharse de la residencia junto con el resto de los

visitantes masculinos. Mientras lo acompañaba al coche, caí en la cuenta de

que había pasado cuatro horas en mi habitación y yo seguía sin saber de él

nada más que su nombre. Aun así, por algún motivo tenía la impresión de

conocerlo.

Más adelante me enteraría de que Akin era capaz de mantenerse

perfectamente replegado en sí mismo mientras se lo sonsacaba todo a otra

persona. Era uno de esos tipos al que muchos consideraban un amigo muy

querido. Muchas de esas personas ni siquiera lo conocían, pero no eran

conscientes de ello. Aquello me hizo sentir especial: saber que Akin jamás

permitía que nadie lo conociese de verdad.

A medida que fuimos intimando y era él quien me hablaba sin cesar

durante horas, tuve la impresión de que se me daba la bienvenida al más

exclusivo de los clubs, un club en el que solo Dotun y yo teníamos permitida

la entrada. No me daría cuenta hasta mucho después de que Akin era capaz de

hablar horas y horas sin decir nada, y con esa habilidad había conseguido

hacerme sentir parte de su círculo más íntimo.

Le conté mi plan a Akin. Lo planeé el día que empecé la secundaria. Iya

Abike, la esposa más joven de mi padre y su favorita en aquella época,

después de mirarme de arriba abajo con mi nuevo uniforme escolar, me había

dicho que no hacía falta que estudiara porque acabaría siendo una puta como

mi madre, embarazada de un hombre que nunca se casaría con ella. Ninguna

de las demás esposas dijo nada, y supe que Iya Abike, reafirmada en su

estatus de esposa predilecta, había hablado en nombre de todas, segura de

poder escurrir el bulto con mi padre si a mí me daba por revelar lo que ella

había dicho. Hasta aquel momento tenía pensado que, al acabar la secundaria,

me pondría de aprendiza con la peluquera del barrio para aprender el oficio.

En ese mismo instante resolví que iría a la universidad, que llegaría virgen al

matrimonio y que después de mi noche de bodas le enviaría a mi padre el

pañuelo blanco manchado de sangre como prueba. Ya en aquel entonces era

una tradición que solo unos pocos seguían, pero yo estaba decidida a ponerla

en práctica y restregársela en la cara a mis madrastras a su debido tiempo. En

mi cabeza, el plan sería una declaración, una condición que yo ponía sobre la

mesa para cualquier hombre que quisiera estar conmigo, algo así como un lo

tomas o lo dejas. Pero a Akin tuve que suplicárselo. A pesar de que solo nos

habíamos besado un par de veces antes de que me pidiera ser su novia, yo

sabía de antemano que estaba a merced del rosa de sus labios.

Accedió a esperar.

La espera fue en vano. Mi padre murió poco antes de nuestra boda. Mis

madrastras encontraron una excusa para no asistir a la ceremonia en la iglesia,

pero no pudieron escabullirse de la boda tradicional porque se celebraría en el

domicilio familiar. Cuando regresé a casa después del banquete para esperar a

que una delegación de la familia de Akin viniese a recogerme, la casa estaba

vacía. No había ninguna mujer de mi familia que me acompañase hasta Ilesa,

ninguna hermana pequeña que me hiciese compañía durante mi primera

noche de casada. Era como si no solo fuese huérfana; era como si ni siquiera

tuviese ninguna familia.

La noche que Dotun entró en mi habitación sin llamar, me contó las cosas

que saltaban a la vista, pero ante las que yo había estado ciega, y luego se

marchó con la cabeza gacha, como un criminal condenado, sentí de nuevo la

soledad del día de mi boda.

Desperté a Sesan.

—Cuéntame cosas del cole —le pedí.

—¿Ya es hora de ir al cole, mamá? —Aún seguía adormilado.

—No, solo necesito que me hables. —Necesitaba oír su voz, la de aquella

persona que era toda mía, mi hijo. Yo le pertenecía de un modo inmutable e

irremplazable. Yo era su madre. Lo conocía, no podía traicionarme de las

formas que lo había hecho Akin. Aún no podía engañarme e, incluso si lo

hacía, yo siempre sería suya.

—Quiero dormir.

—Siéntate aquí. —Lo atraje hasta mi regazo y lo abracé fuerte—.

Cuéntame, ¿cómo se llaman tus amigos de clase?

—Déjame tranquilo —protestó, forcejeando para zafarse de mí con una

fuerza sorprendente. Rodó hasta el otro extremo de la cama y se quedó

dormido.

La soledad me envolvió como una mortaja.