Quédate conmigo

Ayòbámi Adébáyò · Capítulo 26 de 42

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Quédate conmigo

Capítulo 26

 

El día que Yejide me contó que Sesan tenía anemia de células falciformes, yo

estaba en la habitación de un hotel de Lagos, en algún lugar del barrio de

Ikeja. Si hubiera podido, habría salido de inmediato hacia Ilesa, pero aún tenía

reuniones de negocios programadas para los próximos días. Cuando Yejide

me dijo que el doctor Bello quería verme cuando regresara a Ilesa, presupuse

que querría discutir las opciones de tratamiento. No sabía tanto sobre la

enfermedad como para estar tan asustado como se la oía a ella por teléfono.

Confiaba en la medicina, creía que Sesan podría curarse si gastaba el dinero

necesario. Y estaba dispuesto a gastarme todo lo que tenía.

Fui al hospital a ver al doctor Bello el mismo día que regresé a Ilesa. Ni

siquiera pasé antes por casa; fui en coche directamente al hospital en cuanto

llegué a la ciudad. Justo volvía de hacer la ronda de los pacientes cuando

llegué a su consulta.

—¿No se acuerda de mí? —me preguntó mientras abría con llave la

puerta de su consulta.

Intenté recordar dónde nos habíamos conocido, pero no pude.

—No —contesté, siguiéndolo dentro de la consulta y sentándome en la

silla que me indicó.

Se quitó la bata y la colgó sobre el respaldo de la silla.

—Fui a su banco a pedir un préstamo el año pasado; fue usted muy

servicial —añadió—. ¿Está seguro de que no lo recuerda?

—Lo siento, pero no —contesté.

Se remangó la camisa.

—No pasa nada, no se preocupe. Su señora me dijo que estaba usted en

Lagos. ¿Qué tal fue el viaje?

—Estupendo, muy bien. Gracias por interesarse.

Respiró hondo.

—Imagino que su señora ya le ha contado que Sesan tiene anemia de

células falciformes, ¿verdad?

Asentí, esperando que me explicase cuáles eran las opciones, que me

suministrase información y me diese una lista de las normas que teníamos que

seguir.

—Iré al grano, caballero. Creo que debe mantener una conversación con

su señora. —Se quitó las gafas y empezó a limpiar las lentes con un pañuelo —. Han aparecido algunas…, eh…, discrepancias en los resultados de la

prueba de genotipo a la que sometimos a su hijo.

Me incliné hacia delante en mi asiento, ansioso por que continuase,

imaginándome por un precioso instante fugaz que había descubierto un error

en los resultados de las pruebas después de que Yejide se marchara de su

consulta, que estaba a punto de decirme que en realidad nuestro hijo estaba

sano.

—Antes de nada, permítame que le explique cómo funciona la anemia de

células falciformes. Es un trastorno hereditario, y para que un hijo lo

desarrolle es necesario que los dos padres tengan al menos un gen de célula

falciforme. Por ejemplo, en este caso su señora es AS, lo que significa que

tiene el gen de las células falciformes, pero al tener solo uno de los genes, no

tiene la enfermedad, aunque es portadora. Lo que significa que puede

transmitir el gen a sus hijos, pero sus hijos solo pueden tener la enfermedad si

el otro progenitor, el hombre, también es portador. Por lo que se necesitan dos

personas con el genotipo AS o una con el genotipo AS y otra con el genotipo

SS para que se dé la posibilidad de que nazca un niño SS. Hasta aquí, ¿me

sigue?

Asentí.

—Pues bueno, aquí llega la discrepancia que le comentaba. Le eché un

vistazo a su historial cuando llegaron del laboratorio los resultados de Sesan,

y esto es lo que descubrí: su señora es la única con el genotipo AS, caballero.

Usted es AA, lo que quiere decir que su hijo jamás podría tener anemia de

células falciformes. Caballero, le estoy contando esto de hombre a hombre y

porque usted fue muy servicial conmigo cuando fui a pedir aquel préstamo.

¿Entiende a lo que me refiero? Por lo tanto, puedo afirmarle con total

seguridad que es imposible que Sesan sea su hijo.

Se me aflojaron las piernas. Me tapé la cara con las manos y preparé una

expresión para enfrentarme a la mirada comprensiva del médico.

—¿Está usted seguro? ¿Está usted seguro de lo que me está diciendo?

¿Me está diciendo que esa mujer me ha estado engañando? ¿De verdad? ¿Está

usted seguro? ¡Dios! ¡La voy a matar! ¡Se lo juro por Dios! —Permití que mi

voz se alzara hasta su tono más alto y di un puñetazo en la mesa del médico.

—Cálmese, caballero, necesita afrontar esto como un hombre, ¿de

acuerdo? Cálmese, por favor. Compórtese como un hombre, caballero. Como

un hombre.

Hice todo lo posible para parecerle lo suficientemente enfadado al doctor

Bello. Me comporté como imaginaba que lo haría un hombre al descubrir que su hijo en realidad no era suyo. Di un puñetazo en la pared, grité y salí de la

consulta dando un portazo.

A pesar de todo, yo sabía que Sesan era mi hijo. Lo quería. Estaba

planeando su futuro, había adquirido acciones a su nombre. Pensaba a

menudo en el día en que le comprase su primera botella de cerveza. No veía

el momento de enseñarle a jugar al ping-pong en el club deportivo. Sabía que

era yo quien le enseñaría todas esas cosas. Ninguna otra persona lo iba a

hacer. Hay cosas que las pruebas científicas no pueden demostrar, cosas como

que la paternidad es mucho más que una donación de esperma. Sabía que

Sesan era mi hijo. Ningún resultado de ninguna prueba podía cambiar aquello.

Además, yo ya sabía que Dotun era el donante de esperma. Así calificaba

yo lo que había hecho por mí: una donación de esperma. Sabía que Dotun

nunca reclamaría la paternidad de Sesan, y aquella era la razón por la que

había recurrido a él cuando por fin reconocí que necesitaba que otra persona

dejase embarazada a mi mujer.

—¿Hermano mi? ¿De qué me estás hablando? —dijo Dotun después de

exponerle mi plan.

—Solo hará falta un fin de semana. El fin de semana que viene estará

ovulando.

—¿Y Yejide? ¿Ha accedido a esto que me estás contando? —Daba la

impresión de estar a punto de ponerse a vomitar por toda la alfombra verde de

su sala de estar.

—Sí. —La verdad es que no lo había hablado con Yejide, pero lo único

que yo quería era que él accediese al plan para poder irme a dormir y olvidar

aquella conversación.

Se puso de pie y se acercó a una ventana, con la mirada fija en la noche

oscura, sin luces de estrellas ni de farolas. No veía su cara con claridad; la

vela que había en la mesa de centro se consumía a toda prisa.

—Hermano Akin…, con todo el debido respeto, lo que me estás diciendo

es absurdo. ¿Y si…? No. No, no puedo hacerlo. No lo haré. Está mal. —Se

dio la vuelta para mirarme a la cara mientras lo decía, cortando el aire con las

manos de aquel modo en que lo hacía cuando estaba nervioso.

Me dieron ganas de reír. ¿Dotun? ¿Mal? Qué leches. Había estado

saliendo con una madre y su hija a la vez. Tenía una ristra de amantes; una de

ellas era incluso compañera de trabajo de la pobre de su mujer. ¿Él me iba a

decir a mí lo que estaba mal?

—No te estoy pidiendo que la violes, joder. Solo una vez, déjala

embarazada y ya está. Ya te he contado mi problema. ¿Quieres que te lo suplique?

—Es una aberración. Es tu mujer. Mierda. Tu mujer, ¿quieres que me

acueste con la mujer de mi hermano? ¿Con la mujer de mi hermano mayor?

No, no puedo, tiene que haber otra manera.

—Dotun, eres la única persona a la que puedo recurrir. Eres el único

hermano que tengo. ¿Quieres que llame a un desconocido?

Golpeó diversas superficies: su muslo, la pared, la pantalla apagada de la

televisión. Su arrebato de conciencia me sorprendió. No me había esperado

que saltase de alegría, pero por alguna razón no se me había ocurrido que

pudiera sentirse tan contrariado, tan asustado. Pero ¿de qué? ¿Es que no era

Dotun?

—Pongamos que se queda embarazada. ¿No querrás luego otro hijo?

—Si organizamos bien las cosas, con un fin de semana bastará para cada

hijo. Si las cosas siguen como están, con tres niños está bien.

Me miró a los ojos, buscó algo en mi rostro y se desplomó sobre una silla.

—Lo has pensado bien. Llevas mucho tiempo pensando en esto. —Su voz

me acusaba de muchas cosas.

—Hago esto por ella.

—Aun así, no puedo. Tal vez sea mejor un desconocido.

¿Por qué le conté la historia? Tal vez una parte de mí sabía que solo el

dolor de Yejide podría conmoverlo; había intuido por los abrazos y las

miradas que se prolongaban demasiado tiempo que si mi hermano la hubiese

conocido primero, la historia podría haber sido distinta. Quizá porque aun así

sabía que de lo que Dotun tenía miedo, lo que no se reconocería jamás a sí

mismo, era que con Yejide no podría ser simplemente sexo porque una parte

de él siempre la había deseado.

Le hablé del bebé milagro: la llamada del hospital, la enfermera del curso

preparto suplicándome que fuese a recoger a mi esposa; le hablé del día que

fui a las clases preparto, le describí la mirada herida en los ojos de Yejide

mientras intentaba sacarla de la clase, cómo se aferró a un poste metálico en

el pasillo del hospital, sin siquiera soltarse para atarse el pareo que se le había

caído mientras yo tiraba de ella para separarla. Le hablé de todo aquello hasta

que logró verla solo con su blusa Ankara y las enaguas de encaje, y el pareo

tirado a sus pies como la piel desechada de una serpiente. Le hablé de cómo

se quedó así hasta que acabó la clase preparto y las mujeres embarazadas se

marcharon a sus casas, algunas pasando de refilón y a toda prisa, otras

desviándose para tomar otro camino cuando se acercaban a ella.

—¿Se está volviendo loca? —preguntó.

—Ha empezado a ver a un psiquiatra. Ahora mismo está bien, pero puede

despertarse mañana por la mañana y decir que tiene náuseas.

—¡No puedo! —Se puso de pie y regresó a la ventana.

—Dotun, te estoy hablando de acostarte con Yejide, mi preciosa mujer. —

Tragué. Sentí que me metía un puño de hierro por la garganta.

Mi hermano cambiaba el peso de un pie al otro. Por cómo empujaba sus

caderas hacia la ventana, pensativo, veía que ya estaba en Ilesa, en nuestro

dormitorio, follándose a mi mujer.

—Es una aberración.

—A ver, dime tú, ¿qué debería hacer?

—Hermano mi, ¿sabe Yejide que tú estás aquí en este momento?

—Sabe que estoy en Lagos. Dotun, ¿por qué estás alargando esta

conversación? ¿Por qué no puedes hacer lo mismo que con todas las chicas

con las que vas por ahí? Será sexo y nada más, cinco veces como mucho y

listo.

—Sería sexo y nada más… —repitió lentamente, como poniendo a prueba

la verdad de aquellas palabras al pronunciarlas.