Quédate conmigo

Ayòbámi Adébáyò · Capítulo 11 de 42

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Quédate conmigo

Capítulo 11

 

 

Ilesa, de 1987 en adelante

 

Un día, al regresar de un viaje a Lagos me encontré a Funmi en la mesa del

comedor, comiendo arroz frito con un tenedor. Dejó de comer cuando entré,

vino hacia mí sonriendo, me rodeó el cuello con las manos, me besó la

barbilla. El aliento le olía a ajo.

—Bienvenido, marido mío. —Me cogió el maletín—. ¿Cómo ha ido el

viaje?

—Genial —respondí. No pensé que hubiera ninguna razón para

alarmarme. Pensé que solo pasaba el día allí, de visita.

—¿Está Yejide arriba? —pregunté mientras Funmi me servía un vaso de

agua fría.

Funmi frunció la boca, suspiró y tiró de mí hacia la sala de estar.

—¿Mucho tráfico en Lagos? ¿Espantoso como de costumbre, abi?

—Lo normal.

Nos quedamos sentados en silencio mientras me bebía el agua.

Funmi intentaba charlar conmigo a menudo, pero había un problema entre

nosotros. No teníamos nada en común, más allá del hecho de estar casados.

Yo solía hablar poco cuando estábamos juntos.

—¿Te traigo algo de comer? —preguntó Funmi.

—No, gracias.

—He preparado arroz frito, pero si quieres otra cosa, te la puedo cocinar.

¿Quieres puré de ñame?

Alguien debía de haberla convencido de que si me daba de comer cada

vez que pudiera, conseguiría cambiar mis sentimientos por ella. Me ofrecía

algo de comer o de beber a cada instante.

—Almorcé en casa de Dotun antes de salir de Lagos. Todavía no tengo

hambre.

—Ah, vale. ¿Más tarde, abi?

Asentí, dejé el vaso vacío en un taburete e hice ademán de levantarme.

Funmi me puso la mano en la rodilla.

—Quiero pedirte una cosa —dijo ella.

—¿De qué se trata?

—Cariño, quiero que pases la noche conmigo.

La palabra «cariño» siempre sonaba rara en boca suya. Era una palabra

que ella no decía en serio y que yo no creía. Pero continuaba empleándola

como si creyera que al repetirla se haría realidad. En varias ocasiones me

planteé decirle que no me llamase de aquella manera, pero habría sido cruel.

—Funmi, sabes que solo puedo ir a tu piso los fines de semana.

—No, cariño mío. Ahora vivo aquí.

—¿Qué estás diciendo?

—Me mudé hace dos días. Aunty Yejide me enseñó mi habitación. No le

importa en absoluto; de hecho, me recibió con los brazos abiertos.

Mi primer impulso fue ordenarle que hiciera las maletas enseguida y se

marchara. Sabía que no era capaz de mantener la convivencia con Yejide y

Funmi bajo el mismo techo, la presión sería demasiada…, algo tenía que salir

mal por fuerza. Pero reprimí el impulso porque sabía que Funmi ya tenía sus

sospechas; si le ordenaba que se marchase, podría haber optado por airearlas a

voz en grito. Tenía que esperar el momento adecuado para sacarla de casa.

—Cariño —dijo Funmi sujetándome la barbilla con la mano—. ¿Estás

enfadado conmigo por no haberte pedido permiso antes de mudarme? —Se

puso de rodillas—. No te enfades conmigo.

—Claro que no. No pasa nada; levántate, por favor. No hace falta que

hagas todo eso.

Sonrió y me puso la cabeza en las rodillas. Decidí entonces estar atento y

esperar el momento justo para echarla. No solo de la casa, sino también de mi

vida. Casarme con ella había sido un error de cálculo nefasto. Mientras ella

me quitaba los zapatos, supe que tenía que arreglar la ecuación lo antes

posible.

Estaba seguro de que se me presentaría el momento perfecto para

divorciarme de Funmi, del mismo modo que se me había presentado para

casarme con Yejide en el 81. Aquel año asesinaron a Bukola Arogundade, un

alumno de la Universidad de Ife. Eso fue un tiempo antes de que algunas de

las marchas de protesta en las universidades se hiciesen obligatorias,

impuestas por los supuestos muchachos sindicalistas que sacaban de sus

habitaciones a los estudiantes de primer año. La protesta del 81 para exigir

justicia en el caso de Bukola Arogundade fue genuina y surgió impulsada por

una estremecedora rabia colectiva que nos corría por las venas, con la

convicción tácita de que, si llegábamos a palacio y gritábamos lo bastante

fuerte, alguien nos haría caso.

En aquella época, yo andaba cortejando a Yejide; todos los días conducía

hasta Ife después del trabajo tan solo para oler su perfume. Sus palabras

cautivadoras me contagiaron su rabia febril. Nunca la había visto actuar como

aquel día, me arrebataron las venas que se le hinchaban en el cuello al hablar.

Estaba de acuerdo con cada palabra que salía de su boca; era como si me

leyese la mente. Era algo nuevo, extraño, emocionante: el modo en que me

veía reflejado en ella en aquellos momentos, en que veía reflejada mi pasión y

mis sueños por un país mejor. Me convencí aún más de que había encontrado

a mi alma gemela. Me pedí un día libre en el trabajo y participé en la protesta

para exigir una investigación rigurosa y transparente del asesinato.

Yejide y yo nos manifestamos el uno al lado del otro, cantando y

coreando consignas. Las nubes que se acumulaban ante nosotros no enfriaron

nuestro fervor. Marchamos con la muchedumbre hasta las puertas de la

universidad, ni siquiera estábamos cansados, ni tampoco sin resuello. Los

cánticos sonaron más fuerte al salir en dirección a la ciudad. Cuando empezó

a llover, lo interpreté como una bendición desde lo alto, un signo de

aprobación. Mientras me calaba hasta los huesos creí que la manifestación

provocaría unos resultados que impulsarían al resto de la nación a dar un paso

adelante. Podía ver el levantamiento mientras pestañeaba contra el aguacero:

primero en las universidades, los estudiantes y los profesores tomando las

calles en tropel exigiendo el cambio, el fin de la corrupción, un suministro

eléctrico regular, mejores carreteras. Podía verlo todo muy claramente.

Aunque la manifestación se dirigía en la dirección opuesta, me la imaginé

propagándose por Ibadan, empujando a las gentes de aquella ciudad como una

avalancha, arrastrándolos a nuestro lado hasta Lagos, hasta llegar a la sede del

Gobierno. La posibilidad para mí era tan real como las gotas de lluvia que me

mojaban los labios y la boca mientras cantábamos:

 

¡SOOOO-LI-DA-RI-DAD para SIEEEEM-PRE

SOOOO-LI-DA-RI-DAD para SIEEEEM-PRE

SOOOO-LI-DA-RI-DAD para SIEEEEM-PRE

SIEMPRE LUCHAREMOS POR NUESTROS DERECHOS

SOLI SOLI SOLI

SOOOO-LI-DA-RI-DAD para SIEEEEM-PRE!

 

La policía nos esperaba en Mayfair. Sonaron disparos. La gente empezó a

correr a mi alrededor, gritando mientras se precipitaban hacia el monte,

abriéndose camino hacia destinos ignotos. Al principio me pudo la confusión.

Avancé sin rumbo a toda velocidad, como una gallina en los últimos

estertores después de cortarle la cabeza. Luego yo también hui hacia el monte. Era como zambullirse en el infierno. A mi alrededor la gente gritaba, rezaba,

maldecía, se resbalaba, se derrumbaba. Algunos conseguían volver a

levantarse y seguir corriendo. Una chica con unos vaqueros ajustados y pelo

afro cayó al suelo delante de mí y se quedó inmóvil. Salté por encima de ella,

continué corriendo como si fuese una cuneta en el camino. Corrí durante lo

que me parecieron años, el monte se extendía hasta el infinito, repleto de

ramas de árboles que me pinchaban en los ojos y en la boca.

De repente me encontré en la carretera de nuevo. En el momento en que

mis pies tocaron el asfalto, quise regresar a toda prisa hacia el monte. La

carretera parecía muy desprotegida, no había ningún lugar donde esconderse.

Pero sí demasiada gente, que salía a raudales desde el monte hacia la

carretera. Si no me movía, me tirarían al suelo. Seguí corriendo. Tardé un

buen rato en darme cuenta de que estaba de nuevo en el campus. Corrí hasta

el aparcamiento de Moremi, donde había dejado el coche bajo un almendro.

Ya estaba en el coche cuando me acordé de Yejide. El pánico se adueñó

de mí. ¿Dónde se encontraba? Había estado todo el tiempo de pie justo a mi

lado, sujetando en el aire una pancarta de cartón mojada. Traté de recordar si

vestía vaqueros. Me pregunté si era ella la chica sobre la que había saltado en

el monte. En aquel instante, no pude recordar si llevaba o no el pelo a lo afro.

El aparcamiento estaba sumido en el caos; había estudiantes dando carreras de

un lado para otro, entrando en Moremi, algo más adelante. No sabía por

dónde empezar a buscarla.

Justo entonces apareció a mi lado, golpeando la ventanilla del coche.

Jamás me había alegrado tanto de ver a otro ser humano, quise atarla al

asiento al lado del mío, quedarme a vivir con ella en el coche para siempre, no

perderla de vista nunca más. Me conformé con abrazarla hasta sentir los

acelerados latidos de su corazón como si fuera el mío. Ninguno de los dos

dijo nada. Yo no podía hablar, tenía la garganta atascada de palabras, atascada

de emociones que me paralizaban las cuerdas vocales. Todavía hoy sigo

pensando que debería haber dicho algo, haberle dicho que no podría soportar

perderla, que la mera idea casi me había hecho perder la cabeza unos

momentos antes, que quería pegarme a ella para que estuviese a salvo, para

poder ir con ella allá donde ella fuera.

No dije nada hasta el día siguiente, cuando nos enteramos de que en la

protesta habían muerto tres estudiantes.

—Cásate conmigo ahora mismo —le dije—. La vida es muy corta, ¿por

qué esperar a que acabes la carrera? Te daré mi coche, puedes venir con él desde Ilesa; incluso puedes alojarte en la residencia si lo prefieres. Pero

digámosle a tu padre que estamos listos.

Sabía que diría que sí, porque era el momento justo. En cualquier otro

momento, habría insistido en que no quería ser una estudiante casada. Pero

aquel día de junio, me agarró de la mano y asintió.

Durante nuestro primer año de casados, soñé muchas veces con los

estudiantes muertos. Los solía ver tendidos sobre el asfalto en una fila

interminable, todos vestidos con ajustados vaqueros azules. Yejide siempre

estaba de pie en el otro extremo de los cuerpos. Yo intentaba llegar hasta ella,

pero demasiados cuerpos se interponían en mi camino.