Quédate conmigo
Capítulo 28
Lo recogí de la enfermería del colegio franciscano. Una de las niñeras que
estaba de guardia era también monja. Vino al hospital conmigo, con mi hijo
en brazos y murmurando oraciones que yo no conocía. Las únicas frases que
reconocí eran del padrenuestro:
Padre nuestro que estás en los cielos, santificado sea tu nombre…
Sus palabras pronto quedaron ahogadas por los gemidos de Sesan. Se retorcía
como si buscase la forma de escapar de su propio cuerpo. Los gemidos
estaban cargados de un profundo dolor para alguien tan minúsculo. Ya estaba
ronco cuando cruzamos la calle en el coche y entramos en el Wesley Guild
Hospital. La monja lo sostenía y me seguía mientras yo me abría camino a
toda velocidad hacia la sala. La enfermera de guardia me reconoció, y nos
condujo inmediatamente hasta una cama. La monja se quedó con nosotros,
diciendo sus oraciones a los pies de aquella:
Venga a nosotros tu reino, hágase tu voluntad así en la tierra como en el cielo. Danos hoy nuestro pan de cada día…
Me pegué a la cama todo lo que pude. Quería tragarme el sonido de la voz de
Sesan, absorber el dolor inefable que transmitía. Lo había oído demasiadas
veces. Se me había quedado grabado en la mente y se me aparecía en sueños.
Tenía los ojos cerrados y estaba acurrucado, encogido formando un ovillo
muy apretado que la médico y las enfermeras se esforzaban por desenrollar.
Me llamaba gimoteando:
—Ma-má. Ma-má. Ma-má.
Cada sonido roto era un clavo en mi corazón. Me moría por paliar su dolor de
cualquier forma. Pero no podía.
Perdona nuestros pecados…
—Señora Ajayi… Señora Ajayi, por favor, por favor, cójale la mano.
Me acerqué aún más a la cama. Su mano agarró la mía con una fuerza
provocada por el dolor que me machacó los nudillos. Agradecí el dolor en mi
mano, consciente de que solo era la punta de lo que él estaba sintiendo. Confiaba en que al agarrarme pudiera traspasar su agonía a mi cuerpo y
liberarse de ella.
Recuerdo aquella ocasión, porque la monja vino con nosotros al hospital.
A Sesan lo ingresaban ya tan a menudo que era difícil distinguir una visita de
otra. La monja con su hábito beis hace que este recuerdo destaque de los
demás. Al cabo de un rato, los médicos nos pidieron a mí y a la monja que
esperásemos fuera, y nos unimos a los demás familiares de pacientes, que
estaban sentados o paseando de acá para allá, compañeros en el valle de
sombra de muerte, a la espera de que alguien de blanco viniera a informarnos
de nuestra suerte.
La monja me cogió de la mano, me llevó hasta un banco de madera y se
sentó a mi lado. Allí nos quedamos esperando; la monja rezaba y yo pensaba
hasta qué punto aquello era culpa mía. Tenía poco margen para escapar de la
culpa que sentía por la enfermedad de Sesan, así que ni siquiera lo intenté. Tal
como yo lo veía, el cincuenta por ciento de su dolor era por mi culpa. Yo lo
había enfermado. Yo le había transmitido mi célula falciforme; mi cuerpo
había creado el defecto en el suyo. No rehuí la desesperación, no me escondí
de su dolor: era más que justo que yo participase de lo que había provocado.
Me negué a considerar la posibilidad de que muriera. No podía fallarle a
Sesan, me aferré a él en mi corazón. Me convencí de que sobreviviría a todo:
el dolor que le hacía gritar hasta quedarse ronco, las inyecciones y los
calmantes que le bombeaban dentro del cuerpo. No deseé ni una sola vez que
la muerte lo liberase de su sufrimiento. Mis únicas oraciones eran para que
sobreviviera a todo aquello. Y viviera. Los médicos nos habían dicho que
había personas que lograban tener vidas largas y plenas a pesar de la anemia
falciforme, y por lo que a mí respectaba, no había ningún motivo para que mi
hijo no fuese una de ellas.
Me convencí a mí misma de que viviría porque se lo merecía, porque lo
deseaba, porque era muy valiente y estaba ávido de vida a pesar de todo. Pero
también porque yo ya sabía que no soportaría perder otro hijo; ni siquiera
podía pensar en la idea. Sabía que no sobreviviría a la pérdida.
La monja vino a ver a Sesan todos los días durante las dos semanas que
pasó en el hospital. El día que por fin le dieron el alta, Akin intentó llevarlo
en brazos al salir, pero se escabulló y nos adelantó correteando y dando saltos
hasta el coche. Reía y extendía los bracitos intentando atrapar una mariposa
roja que volaba delante de él.