Recuerdos que mienten un poco
Capítulo Dieciséis. El gran restaurante de la naturaleza
Facsímil de la edición original de "El último malayo".
311
Capítulo Dieciséis
El gran restaurante de la naturaleza Atavismos — Vale doble — Lupus y Rulo — Tilín tilín, chan chan chan —
Del salón en el ángulo obtuso — Fata morgana — El Morta, Huesito y Mister Ed — El Último Malayo — Last Tango in Fort Lauderdale — Jerry Lewis no quiere pagar
— Álbum negro
1.
Los Redondos cerraron 1991 con tres shows en Obras. Poco después circuló una grabación en vivo, que cierta gente ofrecía al mejor postor.
Era el registro de una actuación en Uruguay. Que sin duda alguna fue apropiada por gente que trabajaba para nosotros. ¡Nos la chorearon de la consola! Al poco tiempo llegó a manos de Mario Pergolini, a quien también se la ofrecieron. Pero Pergolini nos avisó. Así fue que pudimos recuperarla y comercializarla.
En una grabación pirata se oye que te dirigís a un grupo entre el público, al que llamás “Los Muppets”: Che, Los Muppets, alienten un
poco… ¿A quién llamabas así?
Qué sé yo… ¡En esa época estábamos perdidos en el espacio!
Lo que disfrutan esos chicos es su forma de encauzar un sentimiento, una pulsión. Ni siquiera hace falta que entiendan el discurso de una, para eso hay tiempo. Lo que importa durante el show es que esa música les resuene a algo, que les contagie una vitalidad, un ansia libertaria. Y ellos se enganchan, porque necesitan sí o sí exceder el margen que el sistema les concede para vivir.
312
A esa altura ya se daba eso de que, además de cantar las canciones, el público cantaba los riffs de guitarra, las líneas de saxo… Algo que, si
bien empezó con Los Redondos, sigue con tu público y en los temas solistas: lo hacen con la parte inicial de guitarra de Pedía siempre temas
en la radio, por ejemplo.
A veces sentía que, antes que una banda, formaba parte de un equipo de fútbol.
Hasta la forma en que apocoparon el nombre de la banda era musical, porque lo reducía a dos notas: Vamos los Re/Do… Otra costumbre que ya iba para tradición era la de las pintadas por todas partes: el símbolo
PR, los dibujos de Rocambole, los versos de tus canciones…
Cuando ves que cosas que sólo formaban parte de su imaginería resuenan en miles de personas, uno siente cierto azoramiento. Hasta entonces pensabas que se trataba de boludeces en las que creías caprichosamente…
¡y de pronto quedaron grabadas para siempre! Eso es raro para alguien que durante la mayor parte del tiempo está encerrado dentro de su cabeza. Vos tenés que saberlo: el escritor vive en un mundo de abstracciones muy grande, aun cuando esté en su casa. Pero bueno, el hecho de que la muchachada tome algo de lo que hacés pareciera indicarte que todavía estás vivo. Que pendejos de 15 años resuenen todavía con lo que uno hace… Eso es un fenómeno.
De todos modos no se nos subía a la cabeza. No perdíamos conciencia de que éramos unos tanitos, nomás; unos tipos que sólo hacían rock and roll.
Lo hacíamos con pasión porque era lo que nos gustaba, pero de ahí no se derivaba naturalmente que cada cosa que dijeses tuviese que ser grabada en mármol. Ponele que fuesen buenas las canciones que componía. ¿Y? ¿Por qué debía convertirme en una suerte de oráculo respecto de todo lo demás?
2.
En marzo de 1992 arrancaron con ensayos para lo que sería un año de múltiples presentaciones. El microestadio de Lanús en mayo…
313
Lindo show, ese. Yo estaba vivo, todavía. (Risas.) Ahí empezó a verificarse el fenómeno de las entradas falsificadas, por el cual gente que había comprado las genuinas terminaba quedando afuera. Hubo gases y palos, como a partir de entonces habría tantas veces.
Es que existía una cosa atávica, al menos en esa época, entre los pibes y la policía.
Cascotearse con la cana era una suerte de rito de iniciación o pasaje. A la menor provocación por parte de los uniformados, volaba todo lo que no estuviese clavado.
En julio tocaron en el microestadio de Racing. Y en agosto en Mar del Plata, en el teatro San Martín.
Ahí le prendieron fuego a un par de patrulleros. ¡Era como una revolución!
Por eso le digo a menudo a la gente que me presiona para que intervenga en política más directamente: a mi modo, o sea desde el arte, yo alimento una revolución a diario desde que me levanto. Una revuelta que —no me cabe duda— abarca a mucha más gente que la mayoría de las sectorialidades políticas.
Ahí fue cuando invitaste al público a comer un asado al día siguiente, en lo de Pupeto Mastropasqua.
Trabajábamos con Pupeto desde hacía muchos años. Lo contratábamos para que afichase la ciudad. Era un tipo muy agradable y muy culto, estaba metido con el tema de los festivales de cine… Al otro día de la joda que hice desde el escenario, le cayó gente que reclamaba el asado. ¡Se habían encargado de averiguar dónde vivía!
Su mujer preparaba el lemon pie más rico que comí. Pupeto era amigo de Homero Alsina Thevenet.20 Cuando todavía podíamos circular por la calle, cenamos con él más de una vez. Íbamos a un restaurante alemán a comer codillo. Y
yo discutía con Alsina Thevenet porque no lo conocía. Me enteré después de su trayectoria. Yo le tiraba alguna novedad y él me miraba como diciendo: ¿Y vos quién sos?
Alguna vez dijiste que la única vez que habían pisado el sector VIP de un 314
boliche fue ahí, en Mar del Plata.
Había una soga que nos separaba de la gente. Creo recordar allí a Moura, a Monzón, a Codevilla que se tiraba encima de una rubia platinada del programa de Porcel… y también estábamos nosotros. Sentados en sillones de terciopelo… La misma gente pasaba dos o tres veces para verte de ida y vuelta, como si fuésemos animales del zoológico. ¡Nunca más pisamos un sector de esos! No éramos de ir a las discotecas a bailar. Ahí se daba otro tipo de ambiente. Y a nosotros no nos complacía eso de terminar el show e ir a las discos, donde estaban las cámaras.
3.
En octubre tocaron en Capital, en el Centro de Exposiciones. Y ahí le pediste a las bandas, según las crónicas de la época, que no se peleasen entre ellas: Ya
hay bastante mierda afuera como para andar gastando energía entre
nosotros.
Puede ser. Si vos lo decís… (Risas.)
Yo no soy de hablar mucho en los shows, porque hay que cuidar lo que uno dice.
Es un lugar de poder muy grande, y cuando uno sube a escena no está precisamente en su momento de mayor mesura. Más bien estás pasado de rosca de entusiasmo, de la máquina que te da la situación, la misma gente.
Por eso no pisás el freno aunque se cruce una vaca.
4.
La banda paró en el verano —siempre lo hacían— y vos te tomaste vacaciones en República Dominicana.
En un resort lleno de alemanes, suecos, italianos… Después me prohibieron tomar sol y se acabaron los all inclusive.
La pasábamos muy bien, primero con Virginia y más tarde en trío con Bruno.
Ahora se me hace difícil irme lejos con ellos. Siento que tengo el deber de protegerlos y no al revés, que me protejan ellos a mí; y no me siento en 315
condiciones físicas.
Virginia extraña aquellas épocas. La posibilidad de disfrutar lejos de casa, sin ver afectada nuestra intimidad.
5.
En marzo de 1993 se instalaron en Del Cielito, para empezar a grabar
Lobo
suelto / Cordero atado. ¿Ya tenían la intención de hacer un disco doble?
No. Lo que pasó es que llegamos con un cúmulo de canciones, tanto nuevas como relegadas. Y nos costaba decidir cuáles dejar afuera. Nos gustaban hasta las que todavía parecían a medio producir. Además queríamos meter locuras como separadores. La mejor manera de sacárnoslas de encima era hacer un doble. La ventaja es que te permite ofrecer diversidad, algo que siempre es agradable al oído.
En esa época todavía estábamos acostumbrados a tolerar obras largas.
Claro, también había mucha gente que creía que la longitud era sinónimo de obra seria. Y
te enchufaban cada bodrio…
¿Recordás algo de esa grabación en particular?
Lo bueno que tenían Los Redondos era que, al no responder a otra exigencia que la nuestra, trabajábamos siempre muy relajados. Vivíamos en el estudio. Hacíamos pileta, asado y nos metíamos a grabar entre seis y ocho horas.
En esa ocasión te pusiste exigente con el tempo de los temas.
Recuerdo estar discutiendo la cuestión con Skay y Breuer, en el patio de atrás de la casa de Skay. Lo que ocurre es que yo padecía la cuestión desde hacía mucho.
Habitualmente tengo un buen fraseo a la hora de cantar. Pero, si la base rítmica se mueve, quedás pagando. Entrás mal, por ejemplo. Y pagás el pato. Era algo que me hacía sufrir.
Les dije que necesitaba solucionar el problema. Y eso conducía a las máquinas de ritmo, a secuenciar la batería. Si encontraban un modo de naturalizarlas, mejor: bienvenido fuese. Y si no —les dije—, me voy. Hago lo que quiero, pero solo.
316
¿Amenazaste con irte?
Al final aceptaron. Walter no sabía manejar la máquina, pero conocía a Hernán Aramberri. Fue él quien lo trajo. Aun así, sigo creyendo que el arranque del disco
— Rock para el Negro Atila— suena medio maquinal.
¿Jugaste muchas veces la carta del “me voy”, para salirte con la tuya?
No, fue un momento. Igual está claro que no habría aguantado mucho haciendo lo que no me gustaba. Además, tampoco era que me oponían
argumentos muy concluyentes. Y yo estaba convencido de que iban a aflojar…
Esa es una carta muy de cantante, de frontman: Si no me dan lo que quiero…
Pero yo no lo tenía tan claro. Sabía que era la estampita, pero no sobredimensionaba el rol. Por eso me agarró chucho cuando nos separamos y Skay empezó a meter 2000 personas en teatros. ¡Pensé que me iba a pasar lo mismo! En aquel momento yo no tenía la ligazón con la gente que tengo ahora, que sé lo que piensa, lo que siente. Las únicas referencias con que contaba respecto de mi presunto ascendiente eran las que proveía la prensa, que por lo general nos jugaba en contra. ¡Sólo hablaban de los problemas con la cana!
Durante mucho pero mucho tiempo, el único lugar que los grandes medios destinaban a hablar de Los Redondos era la sección Policiales.
6.
Al disco doble lo bautizaron Lobo suelto / Cordero atado. Estos son los textos de presentación que incluiste, uno en cada disco.
En el principio fue la compasión y el principio es la mitad de todo. A partir de entonces ciertas mentiras dieron vergüenza. Sucedió así: una gloria mucosa cayó del cielo y allí donde cayó se alzaron la carne del lobo y la del gemelo enrulado con hechuras de cosa humana. Sobre esta tierra mansa reinó entonces el germen 317
verdadero de la muerte con la dulce sangre en sus fauces. Desde ese momento el nuevo diablo fue seductor sólo para la inocencia y vistió la piel de lobo diciendo:
“Corderito, soy el miedo que te muerde cuando la muerte baila sobre tus cuadriles perfumados. Cuando olfatea tu carne tibia de fetiche, de ídolo adorado que no besó la cola del primer Satán, porque nunca dejó de recordar que el sufrido viejo también fue un ángel. Corderito… no es bueno
mantener al lobo hambriento (terminás con el corazón en la boca, te lo digo yo, ji-ji). Vos, corderito, multiplicaste la crueldad durante milenios. No tuviste compasión. No hiciste uso del movimiento del alma que nos hace sensibles al mal que padecen los demás. Querido corderito… a partir de ahora perderás tu inocencia, pero no temas, la pérdida de la inocencia traerá belleza a tus ojos. Recién ahora podrás mirar la naturaleza con melancolía. Este lobo hechicero que soy, subirá al cielo consumido por tus palabras. Te dejaré las sobras, y aunque es verdad que hay un mundo en ellas, ascenderé con la esperanza de que no te pruebes la piel que yo gasté.
Porque… corderito… ¡Aquí es el más allá!”.
PD: El próximo diluvio te vuelvo a ver.
Siempre tuyo,
Lupus El Lobo
7.
No sé por qué, la carta del lobo me parece más linda… (Ríe.) 8.
Lupus, viejo amigo…
¡Ay! Si todo ese amor hubiera sido cierto… todas esas visiones… ¡Cómo nos gustaban esas naves! ¡Cómo nos gustaban! Auguraste que mi estrella se volvería un lugar inhabitable. Hiciste de todo por desengañarme, pero tu lengua es una vieja amiga mía. Me dijo más. Recuerdo una noche en el Gran Restaurante de la Naturaleza. Una noche de tierra llena en la luna.
Aquella cuando mi cuerpo para 318
vos cruzó la línea y murió a carcajada limpia. Una noche más donde mi Padre en los Cielos se merendó a tu Padre en los Cielos y el Cordero fue lobo del lobo.
Querido Lupus, caballero magistral, no es que vos no me gustes, no me gusta tu trabajo. ¡Un coloso goloso cometiendo brujerías de bebito! La violencia que añorás regresará en cuanto el nuevo Satán encuentre
pareja… y será, quizá, la última pulsión de esta vida. Es fácil reconocer en vos los cromosomas del éxito, pero conmigo se da una rara paradoja: Pienso para mí. ¡Bah! Total el oficio de Dios es perdonar. Y me coloco mi virgo de descarne. O sea, si sobrevivo ya no soy ni un cordero. Y así me veo, más de una vez, amargado como el culo de un pepino, envidiando el quilombete que vos estelarizás. No quisiera que sufrieras mi pasión ni por una sola noche.
Hasta pronto, querido amigo… perdido por perdido.
Rulo, El Cordero
PD: Dame pan y dime tonto.
9.
¿Ves que Rulo es un psicópata?
¿Cómo apareció el concepto unificador, cuando se trataba tan sólo de una colección de temas?
El lobo y el cordero son socios en el drama de la humanidad. La música de fondo no es neutral en los documentales. Cuando aparece el cordero en cuadro suena tilín tilín, una cosa casi pastoral, idílica; pero cuando asoma el lobo, la banda sonora hace chan chan chan…. ¿Por qué, si en ese cruce no hay ni malos ni buenos?
Entre la víctima y el victimario existe complicidad en casi toda la escala orgánica. Cuando un león caza un ñu, yo no veo sufrimiento en los ojos de la presa.
Mi sensación es que sus cuerpos deben producir mucha adrenalina en ese instante, y que por ende el momento de la muerte no debe ser tan doloroso; como si la vivieran desde la inocencia. El ñu podrá advertir que está envejeciendo, que renquea un poco, pero no lo atenaza la inminencia de la muerte. No vive angustiado, no es consciente de que existe un final.
Simplemente sale a la sabana 319
renqueando un poquito… y ese día, claro, el león lo elige entre todos los ñúes cuando se arma el desbande.
Ahora, en lo que respecta a nosotros… El ser humano se ha entronizado en este planeta como un espécimen bravo. Hasta defectuoso, quizás: como un tumor o cáncer que se extiende sin que ninguna contrariedad lo detenga.
Cada vez ocupa más el planeta, cada vez hace cagadas más grandes. Puede que intervenga la tecnología para salvarnos a último minuto, pero el resto de la coraza orgánica —las vacas, las hormigas, ¡los lobos y los corderos!—
no va a tener tanta suerte. Por eso digo siempre: hojaldre con la ciencia como nueva religión…
Una ciencia que está bancada por las grandes fortunas, y por ende condicionada por ellas.
Por los círculos rojos del mundo. Que tienen gran interés en la biotecnología y en la genética. Y a los que el resto del asunto los tiene sin cuidado. Mirá el daño que se le ha hecho a la naturaleza. Ahora están en la de levantar muros por todas partes: entre Israel y Palestina, entre Estados Unidos y México. Pero las barreras ya están erigidas, de forma espontánea: montañas de mugre, atolones de basura que separan unas poblaciones de otras. En esos territorios de nadie viven unos personajes que te la voglio dire.
En fin: la apelación al lobo y el cordero era un juego metafórico sobre la pérdida de la inocencia y el costo que entraña esa pérdida.
10.
El primer disco se abre con Invocación, un preludio instrumental.
Es música concreta, casi: la guitarra de Skay que parece una máquina, una voz femenina dada vuelta, yo haciéndome el lobo con el Shure…
Preanuncia que se viene una cosa distinta. Los Beatles incluían sonidos concretos, ya. Yo los hago desde hace mucho: Marlene Dietrich mezclada con una tormenta o un tipo que se va…
Es uno de nuestros primeros intentos de practicar un juego nuevo, más aventurero en el terreno de lo musical, tanto de parte mía como de Skay y Breuer.
320
Por eso uso sonidos industriales —de modo primitivo, todavía no existía la tecnología de hoy— que buscaban apartarse del concepto canción y de la instrumentación tradicional. La intención era apelar a sonidos poco habituales para generar tensión. La voz que dice lobo suena temblorosa, no olvides que está invocando al que se lo puede comer…
En la cultura humana, el lobo ha sido siempre el más maltratado. Lo que hacemos con el reino animal es una proyección de lo que creemos profundamente respecto de la condición humana. Por eso se desconfía, maltrata y persigue al lobo con la excusa de que es peligroso. Y en la política, el peligroso es siempre el pueblo: los revolucionarios franceses, los rebeldes cubanos, el aluvión zoológico que mete las patas en la fuente, el aluvión ricotero…
Pero tampoco lo largo duro a Rulo, el cordero. A través suyo intento una defensa del cagón.
Después viene Rock para el Negro Atila.
Es una declaración de amor a los perejiles que nos iban a ver. La nuestra es una generación que adoró siempre a los bandoleros. Antes que a los poderosos, preferimos a los pícaros.
Como personaje, Atila es una invención. Pero existe mucha gente que se apropia de estas criaturas porque —eso me parece, al menos— le gustaría ser, se ven así o pretenden que la gente los vea así. Como pasó con el Negro Cañón. ¡Se convencen de que van a tener más levante! Y por eso se calzan el saco de esa aventura cuasi marginal, que sienten que los representa.
En términos musicales todavía me duele muchísimo, porque la batería electrónica que reclamé con tanta insistencia terminó sonando de manera
muy rudimentaria. Te das cuenta de que es una máquina.
Sorpresa de Shanghai.
El germen de esa letra fue lo que le oí conversar a un grupo de pescadores en un hotel de Ostende, pared de por medio, mucho tiempo atrás. Por eso la mención al bote roto.
El título salió de algo que había leído por ahí. Los Estados Unidos les vendían armas a países que eran aliados transitorios. Pero le metían un chip a todo el 321
armamento groso: lo configuraban de un modo que permitía usar esos misiles para bombardear cualquier punto del planeta que quisieras… menos el territorio de los Estados Unidos. ¡La forma en la que estos tipos preservaban su propio culo! Y a ese chip se le llamaba Sorpresa de Shanghai.
En el fondo habla de un estado de ánimo, de un tipo que siente que está hasta las manos, desconsolado, encerrado en un cuarto de hotel. Las drogas son dañinas en general, pero particularmente para quien no está en condiciones de hacer la experiencia. Y este es el caso del protagonista de la canción. Que por eso dice: Voy a escupir misiles. Es una forma de decir: Toda palabra que salga de mi boca será dañina.
Más allá de ese contexto, hay frases que suenan a válvulas de escape para tu estado de ánimo de ese momento. Por ejemplo: ¿A quién le
importa toda esa
guinda si te sofoca? ¿Te sofocaba ya la guinda de ser el Indio Solari?
Siempre fue sofocante ser el Indio Solari. Desde chico. Cuando me echaban de todos los colegios, yo no me ponía contento. Uno no se jactaba de algo así, porque dolía. Además había que bancarse a los padres remachando eso de que con la guitarrita y con la escritura me iba a cagar de hambre. Y la realidad parecía darles la razón: tus compañeros se habían recibido y vos seguías amurado en un cuartucho, escribiendo, pintando con pintura
regalada… Y mientras tanto, mirabas al cielo y te rebelabas, pensando:
¿Por qué me despertás esta ambición si no tengo posibilidades?
Pero igual perseverabas, porque aquel que escribe —o pinta, o compone—
no lo hace porque sí. Lo hace porque siente una necesidad que si no desarrolla, si no libera, va a explotar por otro lado. Por eso uno se obsesiona por lo que hace, al punto de poner en riesgo todo por su vocación: la familia, la salud, la vida misma cuando tocan tiempos de peligros políticos.
Decí que me fue bien, aun cuando hubo momentos en que mi única posesión sobre la Tierra era un pantalón de tela italiana con el que apenas me tapaba el rabo.
Pero si me iba mal, ¿me habría dedicado a otra cosa? ¡Si no sé ni quiero hacer otra cosa! La pasión por lo que uno hace es muy grande. Por eso te toca esa de mirar la vida desde un ángulo… obtuso. (Ríe.) 322
11.
Shopping Disco Zen.
Era una forma de hablar de las boludeces que estaban de moda en ese momento. En mi cabeza, la escena transcurre en esos baños turcos que yo frecuenté en una época. Lo de Una coctelera no es una maraca se lo estoy diciendo al barman del lugar.
El verso que habla de desayuno de campeones cita una novela de Kurt Vonnegut. ¿Atravesabas un período de leer ciencia ficción?
Me he perdido muchas cosas porque no soy de seguir lo que está de moda.
Y en ese momento todo el mundo estaba prendido a la colección Minotauro, que publicaba desde El señor de los anillos a Ray Bradbury. A algunos de sus autores ya los había pescado en otras colecciones: Philip K. Dick, que como estaba colino se me hacía fácil de disfrutar, y el tío Bill Burroughs, de quien Minotauro había publicado Nova Express. Creo haber leído también
algo de J. G. Ballard, con ese aire de desastre urbano que me provocaba angustia: un mundo contemporáneo devorado por una naturaleza inconmovible.
Pero no, formalmente no fui ni soy un gran lector de ciencia ficción. Y aun así, tanto El delito americano como Ciclo de cielo sobre viento —aquel film que encaramos con el Negro Beilinson— podrían formar parte del género sin problemas.
En Ciclo, el trasfondo es el de un planeta cuyo clima ha sido destrozado por el hombre —cosa que ya está muy cerca de pasar—, y eso le da un landscape verosímil al relato, más allá de la fantasía que lo define. Y en El delito, las visiones que tienen los personajes son todas del futuro. Ahí invento cosas como las tanquetas cerebradas, el material coreano… Espero que ningún cretino diga algún día: Este pequeño y miserable Julio Verne inventó este cohete… ¡No está mal la idea!
Siempre pensé que tus letras habían anticipado, o cuanto menos surgido en simultáneo con, el movimiento ciberpunk que creó William Gibson con su novela Neuromancer. 21Eso de una tecnología sofisticadísima empleada por 323
marginales…
En El delito americano, todo es biomecánico. Porque yo no soy de aquellos que se complacen pintando su aldea. Más bien disfruto de la imaginación: entrever algo que hasta entonces no existía, que no tenía nombre.
12.
Después viene Un ángel para tu soledad.
Todavía creo que le faltan graves. Deberíamos remezclarla.
Es una de esas canciones que cada tanto hay que tocar, inevitablemente.
Y, es un himno…
Uno no es dueño de las canciones que la gente elige quedarse. Como pasa con Ji ji ji. Hay gente que va exclusivamente a participar del pogo más grande por primera vez y no les podés fallar. También pasa con Juguetes perdidos. Y con esta, claro.
Creo que describe un estado de ánimo del que participa casi toda la gente que me va a ver, que en su mayoría no son personas aposentadas. Aunque hay de todo, claro.
Es una de las pocas canciones en las que sí, me refiero conscientemente a ellos.
OceanofPDF.com
En escena trato de trasmitirles con la expresión, con la gestualidad, que estoy hablando de los que están presentes pero también de los que no han podido ir.
La soledad es inevitable. Nacemos solos, vivimos solos… Eso creo yo, al menos: que siempre hay un lugar donde estamos en soledad. Y al final, yo también me incluyo en el guiso, cuando digo: Por mis penas bailar…
Acá hablás de los seguidores de la banda con enorme ternura. Pero después viene Buenas noticias, donde retomás el tema en un tono distinto.
Por suerte lo aceptaron bien. Era una forma de decir que entre los redonditos había de todo: Brujas de alma sencilla, patéticos viajantes /
pobres tontos, pobres diablos, lunáticos diamantes… No era que los estaba elogiando. Y sin embargo se 324
hicieron cargo. Supongo que porque yo nunca me preservo, también formo parte de la ecuación. Como cuando canto Y te esnifo la cabeza / y me esnifan la cabeza, en Rock para los dientes: nunca me aparto del juego malo, yo también te esnifo. No me pongo afuera del asunto, al margen: eso sería actuar como un juez y yo no lo soy.
Entre los fans siempre hubo bandoleros de verdad como la Garza Sosa, desde que dije que todo preso era político. Para los psicobolches eso fue una blasfemia:
¿Cómo vas a comparar a los militantes con esos bandoleros? Y sí, los comparo.
¿Vos te creés que la gente nace mala?
Esta canción incluye otra de esas frases que, imagino, expresaban tu estado de ánimo del momento: Si nada me conmueve, ni los tiroteos de
mis amantes.
Hay largas temporadas que vivo en un estado de soledad que defiendo a muerte, porque es el precio de la libertad. Necesitás tiempo —disposición del alma— para hacer ciertas cosas mientras te reclaman tus amigos, tu familia… Yo reivindico esa soledad que por ahí un laburante común no siente. Uno busca experimentar lo más posible, no quiere tocar un instrumento durante ocho horas en la Academia mientras la vida pasa por otra parte. Y si querés escribir sobre algo, tenés que abrirte a una emoción que debe llegarte de algún lado. No hay modo de saber si los artistas somos lo mejor, lo peor… o ambas asimetrías a la vez.
Hablan de su público en dos temas del disco. Eso de convertir a sus seguidores en protagonistas fue uno de los rasgos que distinguió a Los Redondos del resto del rock local.
Para aceptar mis caprichos líricos e ideológicos tienen que representarte de alguna manera. Por eso incluyo a la gente. En general, cuando firmás con una compañía discográfica, el público que empieza a seguirte es consecuencia de la demoledora campaña de publicidad. Pero cuando te pasa lo que a nosotros, cuando lo que te lleva a semejante éxito es un público al que sólo enamoraste con tu música y tus ideas, lo tenés que incluir: tiene que estar.
13.
325
Susanita.
Es un chiste pavo. Un refresco, algo que ameniza la función. Es mía, así que no le puedo echar la culpa a nadie más… Pero aun así no habla de un amor lavado.
Al principio cantaba: Zulemita, tan bonita…
Capricho magyar es otro instrumental. Y después viene Espejismo, que clava los frenos a fondo: es el tema más lento que hicieron.
Refleja un estado de ánimo completamente distinto.
Yo no soy de los que corren detrás de la última novedad. No creo que ciertas cosas tengan valor porque son nuevas, nomás: si alguien inventa el helado de sabor zapatilla, me ne frega. Pero la tecnología MIDI ofrecía un avance grande, que en esta canción tratamos de capitalizar.
Yo me considero muy hijo de puta en términos de exigencia. Pero ahí Skay hizo lo que tenía que hacer. En mis términos, es el más grande elogio que puedo concebir.
La base rítmica es un loop, al que le aplicamos un delay. Después hice la melodía. La letra habla de lo que nos pasaba a los que estábamos en el rock en ese momento. Cuando aun tocando en un boliche de mierda vivíamos mejor que un oficinista y no era algo que te agradara, que te hiciese sentir cómodo, a gusto. Por eso hablo de la boutique del rock: quitándole mérito, una forma de decir que ahí había de todo… No era la vida de rockers de diez años antes pero tampoco era ninguna maravilla. Eso sí, podía confundirte como esos espejismos a los que se llama fata morgana: no se trata de algo real, sino de una ilusión óptica que no puede durar. ¡No hay nada a lo que te acostumbres más rápido que a un status superior, que no necesariamente se sostendrá!
La canción incluye un verso fabuloso: Lo mejor de nuestra piel es que no
nos
deja huir.
En su momento dudé: no sabía si poner lo mejor o lo peor. Pensé, incluso, en decirlo una vez de una manera y la siguiente de otra. Pero era más desnudante así.
Si no estuviésemos prisioneros de la piel, huiríamos inmediatamente de nuestra 326
intimidad.
Tiene una cosa plañidera, es cierto. Los tiempos medios o lentos me gustan mucho, porque te dan margen para probar los arreglos más interesantes.
Pero cuando la hicimos en vivo la gente se la bancó bien.
Sentí que tenía que terminar con un violín, que toca Sergio Poli: bajón y fade.
Irse lentamente… Insisto: son estados de ánimo.
Gran Lady.
Describe una aventura en la Triple Frontera. La Vulcan era una moto. Tenía un amigo que manejaba una, yo iba de acompañante. El hotel al que llegamos era de la única categoría que podíamos pagar: barato, y por ende próximo a lugares frecuentados por prostitutas. Te encontrabas con cada personaje…
La gran lady era una mujer seductora que te tiraba la suerte. Usaba buzios, los caracoles filipinos que usan los magos brasileños para adivinar. Ella es un personaje real y al mismo tiempo puede ser la muerte, por eso decide no besarte.
Una sensación similar a la de la cercanía de la Triple Frontera la tuve años después, al finalizar conciertos en Huracán. Como nos quedábamos en el estadio hasta las cuatro de la mañana, esperando que la gente se desconcentrase, al irnos atravesábamos barrios de ese tipo en plena madrugada. Eran épocas jodidas, pero aun así nadie dormía: veías mujeres en reposeras, pendejos jugando al metegol, almacenes vendiendo cerveza…
La gente de Buenos Aires vivía muerta de miedo ante la inseguridad, pero ellos no tenían ningún miedo.
14.
La hija del fletero es una historia cerrada, un cuento perfecto.
Es como una fotonovela. La historia de un desengaño amoroso. Producto puro de la imaginación: la emoción no tiene que relatar una verdad, lo
mejor es usarla para imaginar, para que cree, para que ponga un huevo. Pero aunque la historia no sea cierta, la emoción que evoca es genuina.
Me gusta desde el verso del arranque: La hija del fletero, linda,
infinita…
327
El primer adjetivo es linda. Una palabra muy común, que parece poco, que se la podés decir a cualquiera: a las pibas de barrio, a las castañas… Pero cuando le adosás infinita…
También me parecen notables estas líneas: Pero a los ciegos no les
gustan los
sordos / y un corazón no se endurece porque sí.
Era inevitable que ese asunto se resolviese así. En el fondo esos amantes no encajaban bien, no eran el uno para el otro.
Y finalmente: Siempre fui menos que mi reputación.
Es que esa es la verdad. Son chalecos que siempre te quedan mal de sisa.
Uno trata de ser gentil, cuanto menos. Pero es como dice el cuento: nadie puede ser un ángel mucho tiempo seguido. Que a uno lo traten de mito en vida…
Pero lo sos objetivamente, más allá del hecho de que lo merezcas o no.
Lo que pasa es que nadie viene destinado a eso. Uno no nació en un pesebre, lo que te atribuyen después no deja de ser un detalle argumental. Y
empiezan a esperar que te comportes como un superhéroe, cuando no lo sos. Es una pilcha que siempre queda grande.
Yo hago lo mejor que puedo, pero la resultante es desaforada. No puedo decir que la entiendo del todo. Me sé privilegiado por el hecho de que hayan proyectado sobre mí cosas fastas, bienhechoras. Pero nunca en mi
vida se me ocurrió que esta cosa podía llegar a cobrar semejante dimensión.
Algo como Los Redondos de la primera época me cabía, lo entendía.
Ahora, lo que vino después…
15.
La última canción del disco es Lobo caído, seguida por otro instrumental llamado Sushi.
328
Los chicos de las columnas era una referencia a ciertos periodistas, que soñaban con ganar mucho dinero.
Cuando decís: Mucha merca, poco bongó…
Hablo de un tipo que tomó de más, al punto de llegar al estado de pibe metálico.
Antes se tomaba perico para que el alcohol no molestase, eso era lo que hacían los tangueros. El estado ideal era la embriaguez, la merca se usaba para regular, para volver al nivel estándar de la borrachera. La experiencia válida está siempre en la frontera, si te internás demasiado ya no volvés.
Como lo establece en psiquiatría lo que se llama “síndrome de Ganser”. Si te pasás seis años haciéndote el loco, ya no estás fingiendo: estás loco de verdad.
Eso lo puse en boca de un personaje de El delito americano, que se llama Bit Bit: Finge ser bueno siempre, que hasta Dios se dejará engañar. Ojo que no estoy hablando de mí, ¿eh? Aunque sea cierto que uno se exige de una manera que la sociedad no te exige.
Cuando te pasás de rosca, te psicopatizás. Llegás a un estado paranoide, en el cual cada uno mira su propio culo y compite con el vecino y desconfía del mundo.
La gente del ambiente que no estaba en condiciones de bancárselo empezaba con papel picado y terminaba con crespones negros. Esos son los que pegan un mal viaje y descubren sus propios fantasmas, sus proyecciones más oscuras.
El falso musulmán que ulula al final de la canción soy yo, obvio.
16.
Cordero atado abre con Yo caníbal.
Las viejas compotas que no dan respiro son todas esas creencias que instituyeron los muertos hace demasiado tiempo y nos siguen marcando la vida como si fuesen válidas; las leyes sancionadas hace siglos, la religión misma.
Eso del oro falso de vermouth… Había un vermouth en esa época que decía que tenía oro flotando, que por supuesto era trucho.
Ladrón de mi cerebro.
329
Ahí cometo una infracción que todavía hoy no me banco: acentúo mal, digo cerebró.
A alguien se la estaba dedicando: ya no me acuerdo si a Enrique, a Skay…
Uso cosas que conozco bien como elemento narrativo. El póquer que jugué de muy joven, perdiendo mi suéter, mi mensualidad, mis disquitos de los Beatles…
Hay mucha referencia al juego en los dos discos: la suerte del
principiante no
puede fallar, billetes rotos de lotería, cacería hecha con dos naipes…
Es verdad.
Para mí el ladrón de mi cerebro puede ser tanto un amigo que traiciona como el público o la televisión.
¡Es hora de levantarse, querido! (¿dormiste bien?)
Esta era para Enrique, clavado. Lo del caníbal desdentado no deja lugar a dudas.
También la escribí pensando en “los chicos de las columnas”, periodistas a quienes yo conocía. Gente que ganaba monedas y abusaba del poco poder de que disponía.
Ahí decís: Tenés la licencia para envenenarnos.
Es que mienten descaradamente. Y eso que nunca pensé que, con el tiempo, los periodistas iban a llegar a desnudarse tanto. Se fueron al carajo, son un disparate.
Perdiendo el tiempo.
Ángeles era una minita que había conocido hace siglos. Bailaba como los dioses.
Un día decidió irse a Uruguay a hacer una actividad humanitaria.
Cuando el enamorado sos vos, hacés el pavote. Porque en una pareja, las dos personas no están nunca enamoradas de la misma forma. De la única manera en que funciona es que el otro esté tan enamorado como vos, cosa que pasa pocas veces. Y además los sentimientos cambian, el tiempo los modifica inevitablemente.
Por eso dice: Por primera vez tengo miedo / de no hacer bien mi papel.
330
Siempre es mejor un romance tortuoso que pegarte a una gorda que te bardea porque no cerraste la heladera. Por esa misma razón, cuando la loca anda yirando por el mundo, elegís no alcanzarla nunca.
17.
Caña seca y un membrillo.
Lo más atrevido que hice en una dirección medio latinoamericanosa, a la que por lo general le escapo. No es una canción que me conmueva mucho, aunque a la gente le gusta.
La imagino cantada por un gallero, uno de esos personajes que ya no existen acá pero sí en el resto de Latinoamérica. Un tipo simple, claro, porque el Caribe no se especializa en producir filósofos. Ahí la vida es paradisíaca. Manoteás una banana, una morocha y ya. El pensamiento abstracto es cosa de países donde existe el frío de verdad, de Alemania y Francia para arriba. Ahí el frío te obliga a hibernar, y cuando no tenés nada mejor que hacer, pensás.
Soga de Caín es otro instrumental.
Una suerte de separador, de esos que armábamos con Skay sin ninguna pretensión: nos poníamos a jugar con el sonido para crear climas.
Reemplazábamos el sonido de los instrumentos por ruidos industriales, cosas así.
Ahí se escucha un bramido mío, a Skay y un martinete hidráulico.
El título se refiere a una droga al estilo de la ayahuasca.
18.
Lavi-rap.
Yo era de ir a los baños turcos. Hace siglos que no voy, pero me gustaban mucho.
Los de La Plata eran tan berretas que el techo de las cámaras era de chapa.
La chapa condensaba el calor y por eso te caía encima una lluvia constante, de gotas 331
que estaban hirviendo, como lava. A esos iba con el Mufercho. Teníamos una especie de rito, poníamos alcohol en una toalla y nos la encajábamos en la cara: así las gotas ya no jodían tanto. Había una pileta que tenía en un costado la imagen de una sirena. Pero se ve que no la había hecho un artista sino un maestro mayor de obras, porque la sirena se parecía a mi tío José.
Después me hice adicto a un hotel tradicional de Capital, el Castelar. Tenía duchas escocesas, sauna… Los boxes donde te sentabas a descansar eran de madera. Y además, ahí hacían gintonics y unos sándwiches de jamón crudo que estaban muy buenos. Yo iba a media mañana, me metía en las cámaras y después me tiraba en esos camastros de madera. Para mí era un refugio.
Nadie entendía bien qué hacía yo ahí.
Un día asusté a todo el mundo sin darme cuenta. Me había hecho un tajito al afeitarme la papa y después me fui a una de las cámaras. En un momento veo que todos me están mirando y decido esconderme detrás de un diario.
(En la cámara de entrada había diarios medio húmedos, que todavía se podían hojear.) Me pongo a leer y al instante cae una gota sobre el papel.
POC… Al segundo, otra: POC…
Miro el diario y veo que las gotas son rojas. Salgo en busca de un espejo y descubro que tenía toda la cara ensangrentada. Parecía Carrie. En realidad fue un corte de mierda, pero con el sudor la sangre se me esparció por toda la cara.
¡Estaba impresionante!
He visto cada cosa en ese lugar… Un día me estaba sacando los lompas y cayó un gordo con traje. Se quitó el saco, lo colgó de una percha, lo metió dentro del locker y puso ahí adentro todas las pistolas que llevaba encima.
Tenía un par de compinches que hicieron lo mismo. Mandaron el resto de la ropa a la lavandería del hotel y se fueron a las cámaras a hacerse masajes.
Por supuesto, los que te masajeaban no eran hindúes: eran unos pelados musculosos en camiseta que te trituraban los pies. Vos escuchabas a los gordos haciendo: ¡Aaaaargh…! Nunca en mi vida me animé a hacerme un masaje ahí. Pero me inspiró la expresión
“onambólicos asteroides”, un juego de palabras con Onán —aquel a quien la Biblia le atribuye la masturbación compulsiva— anabólicos y esteroides.
El Morta, Huesito y Mister Ed —los protagonistas de Lavi-rap— eran esos tres pistoleros. Dejaban su armamento, mandaban la ropa a limpiar y yo me preocupaba: me desvestía, hacía lo que tenía que hacer y me iba enseguida.
Pensé que si ponía Lavi-rap la escena iba a ser más comprensible que si hablaba de los baños turcos. No le puse “laverrap” de una para no comerme un juicio.
332
Ahí decís también: Sólo saben llorar por minas y por guita / (no más
bohemia,
todo es chusmear). Lo cual, más que al baño turco, remite a lo que ya estabas padeciendo respecto de la escena del rock.
Cuando te quedás en esos temas es porque ya no hay más jugo. Hay que aceptarlo: aunque hay cosas de la cultura rock que no han sido superadas, no hemos podido mantenerla viva. Cuando el finadito Lennon dijo: El sueño terminó, ya llevaba algún tiempo terminado. No quiere decir que no puedan darse otros sueñitos, como digo en la canción. Pero ese sueño heroico, profundamente honesto, se había acabado. Lo único que quedaba era gente que hacía negocios a partir de esa cultura.
Muchos se hicieron los new age… Picardía no les faltó. A veces te cagás de risa y otras te da bronca, porque se tomaron a la chacota cosas serias, experiencias que hizo gente curiosa que a tantos les costaron la vida o la sanidad mental. Fue una aventura que no te permitía nutrirte de experiencias previas. Tenías que arreglártelas con lo que conseguías. Había pibes de familias aposentadas que iban a la universidad en los Estados Unidos y volvían con información que acá no existía.
Era un combo impensado de música, filosofías orientales, políticas de izquierda, literatura de ciencia ficción y experimentación visual.
Una gloria que nos excedía, pero de la que participábamos de todos modos.
Al final aparecen unos versos que funcionan como una nueva cuña, otra irrupción de tu realidad: El último show no murió casi nadie / se
fue vacío el
furgón de los fiambres / cubrieron la mierda de azúcar negra / en el Lavi-
rap.
Termina de una forma brutal. Ahí estoy hablando de nuestro público y de las cosas que, por más que uno se esmere, no pueden ser controladas; eso que nadie puede prever. Pensalo: cuando estás delante de ciento setenta mil personas, en ese mar de gente no puede sino haber de todo por simple ley de proporciones. Desde una piba que milita en La Cámpora a alguien que admira a Charles Manson. Y uno apela al magnetismo físico para entretener constantemente a ese gentío, sin que decaiga nunca… Por eso, lo primero que sentís cuando termina un show —si no pasó nada, 333
por supuesto— es alivio.
19.
El arte del buen comer.
Me hace recordar tantas cosas… (Ríe.)
Es una cargada para los malhechores de baja categoría. Esos tipitos que, saliendo de los barrios, pegan un par de negociados y ya se empiezan a comprar pelotudeces: marfiles, champagne, toallones con sus iniciales… Si hacés semejante cosa es porque entraste en un mambo aristocrático absurdo, porque ni son aristócratas ni pueden mantener ese tren de vida. ¡Gente muy menemista!
Cuando digo la real manzana es como decir the real thing.
Lobo, ¿estás?
Ahí me imagino a un tipo que maneja con su hijo al lado, mientras piensa esas cosas y se pierde en su mambo.
Fue una de las últimas canciones que grabamos, cuando se nos acababa el tiempo. Por eso quedó medio despojada, no tuvimos margen para hacerle nada más: están solas la voz, la guitarra limpia de Skay bien microfoneada y un ritmo chiquitito…
En aquel momento soportó nuestra escucha. De todos modos, podríamos haberla mejorado, producido más. El arsenal técnico con que trabajábamos era más bien pobre, laburando sobre cinta abierta jugabas siempre con fuego.
Botija rapado.
Había un personaje en el Aguirre de Herzog que siempre canturreaba. Yo le robé el la-la-lan para la canción.
Ahí hay referencias a Uruguay, al igual que en Perdiendo el tiempo.
Es que saltaba el charco seguido, en esa época. Podía estar cinco días y recién al 334
quinto se ponía medio espeso. ¡Íbamos al cine con Virginia todos los días!
Recuerdo un episodio de claustrofobia, en un cine chiquito. Durante la semana no había nadie. Pero ese sábado daban Analyze This, la comedia con De Niro y Billy Crystal que habla de un mafioso que decide ir al psicólogo. Y yo dije: Debe ser graciosa, quedémonos un día más.
El cine estaba hasta las manos. Me tocó en el medio de todo, rodeado de gente.
Empecé a transpirar y le dije a Virginia: Me voy, me voy…
20.
Con el tiempo entendiste que lo de la claustrofobia era una cosa seria para vos.
Ahora creo que se trataba del Parkinson, que comenzaba a manifestarse sutilmente.
He tenido cada episodio… Me acuerdo de un viaje en la Fiat cupé del Negro Beilinson o de su familia. Esa fue la primera vez que me sentí muy incómodo, viajábamos varios dentro del coche a unos bosques en La Plata.
Al rato empecé a sentir que no tenía división entre las piernas. Hice parar todo, bajé a caminar, me aseguré de que las piernas se abrían… Años después, viajando a Córdoba en avión, las mujeres me ponían nenes en los brazos. Más que un jet parecía un colectivo.
Ahí decidí que no daba más viajar en avión de línea. Cuando se enteraban de que yo estaba ahí adelante, la cortinita volaba a la mierda. La gente cantaba y saltaba dentro del avión…
Aun así siguió pasándome, incluso en aviones privados. Una vez estábamos dentro de uno de ocho plazas. Pero no nos daban salida desde Ezeiza, demoraban mucho y no había aire acondicionado. Me bajé en un impulso y dije: Vámonos en coche. A lo que respondieron: Mirá que ya lo alquilamos… Yo dije: ¿Y, qué tiene?
Y me replicaron: Es que alquilarlo costó tanto como comprar un O
kilómetro. Y
entonces me la tuve que bancar.
Te sentís como un animal acorralado. También me pasó una vez en Inglaterra, dentro de un ómnibus de turismo. Le largué la cámara a Virginia y me bajé en medio de la nada: en las afueras de Londres, pleno campo, bajo la lluvia. Hacía un frío… Empecé a caminar y al ratito apareció un barrio mínimo, de cincuenta casas típicamente inglesas. Me metí ahí en busca de un pub. Por suerte al salir de un 335
túnel pesqué un taxi para volver a Londres. Cuando le dije dónde iba, al tipo se le dibujó el signo libra en los ojos… ¡Me salió una fortuna!
La manifestación no tiene que ver tanto con el encierro como con el dominio de otro sobre la situación. No me gusta no poder interrumpir la circunstancia. En un bondi, te agarra la locura, te bajás y te las arreglás. En un avión no podés hacer eso si vas a Estados Unidos o a Europa. Tirarte en paracaídas al Mato Grosso no sería muy recomendable…
No podría ser nunca buzo de profundidad, de esos que sueldan en lo hondo.
¡No me causan gracia las resonancias magnéticas!
21.
Volvamos a Botija rapado.
En Uruguay se me ocurrió esa historia en la que el botija se escapa de la Colonia Berro. Lástima que me equivoqué el tamaño de la llave con que mata a su viejo: la 3/8 es demasiado chiquita… ¡Capaz que se la clavó en la nuca!
Yo me dedico a los desangelados.
San Telmo es otro instrumental. Y el cierre llega con Etiqueta negra.
Está inspirada en la figura de un dealer. Uno de los que creía ser el Negro Cañón.
Se afanaba momias precolombinas y las vendía… Otro que se entusiasmó al ver cómo venía la mano en aquellos años. Y bueno: ¡se le soltó un patín!
Cuando tu vida da un cierto salto, podés comprarte Dom Pérignon. Pero las fortunas de verdad, las que llegaron a un nivel demencial, ya no son sólo cuestión de dinero. Esa guita se transforma en poder y ese poder no quiere tener límites. El morbo de los tipos a los que el dinero se lo compra todo, empezando por la impunidad… A veces me pregunto, cuando llegan a los 80: ¿qué querrán hacer, por dónde correrá su morbo? ¿Querrán ver, nomás?
Lo más lindo es que los tipos hablan en sociedad como si estuviesen en carrera para practicar orgías. Yo no me lo imagino a Menem desnudo. Lo veía hace años cuando jugaba al fútbol, con esas patitas flaquitas… Lo último que sugería era poder.
336
22.
Por primera vez, el arte de tapa se divide entre Rocambole y Semilla.
Me gustaban los personajes que dibujaba Semilla. El Mono podía encargarse además de toda la parte gráfica más técnica. Después le pedí a Semilla que pintara el bombo de Walter: ¡quedó buenísimo!
Dice Breuer que, cuando intentó mezclar, no le gustó cómo quedaban los temas. Y que les planteó mezclar en el extranjero, como ya había hecho en un disco de Man Ray que te hizo escuchar.
Es verdad. Es que Breuer lo llevaba todo al terreno del pop, porque era algo que se le daba muy bien. No era un tipo de disfrutar de la distorsión, de los ruidos. Era muy de microfonear con Neumann y grabar limpio. Después pichicateaba los sonidos, pero la matriz era muy clean. Yo le dije que nosotros no éramos Man Ray, que a mí me gustaba sonar con la voz al límite: nada de bel canto montado encima de la banda, flotando en primer plano para que la voz luzca. Lo que yo busqué siempre fue que la voz se mezclase con la banda, que asomara apenas, sostenida por el colchón armónico. Perseguir el sonido crítico, la textura: forzarlo todo hacia ese lado.
Pero el disco de Man Ray sonaba bárbaro. Y yo le sugerí a Breuer que se lo plantease también a Skay y a Poli, para que después tomásemos una decisión.
Skay estuvo de acuerdo. Poli rezongaba por cosas de dinero, pero no podía imponer el interés al riesgo estético. Ella defendía los morlacos y yo —y
Skay también— defendíamos la obra. Para ir a un nuevo cielo, hay que arriesgar.
Creíamos en nosotros, no podíamos retacear cuando existía la posibilidad de que sonase mejor.
También era un momento en el que un peso valía un dólar. Y nosotros invertimos con la secreta esperanza de que fuera verdad que esos lugares de tanta tecnología y experiencia podían potenciar lo que hacíamos.
A esa altura yo ya metía mano en la producción. Cuando entramos a grabar en RCA por vez primera había sido una decepción enorme. Yo iba con la fantasía de 337
que un estudio significaba la libertad absoluta. Tenía presente la iniciativa de Lennon, que había llegado al extremo de querer grabar colgado de una piola con un micrófono en la mano, para girar y así lograr un efecto extraño. (Que ya estaba resuelto por la tecnología, a esa altura contaban con el Leslie.) Y al entrar en RCA te desayunabas con que los técnicos vestían uniforme gris y te imponían una distancia para cantar delante del micrófono. Y encima, después de grabar te comprimían todo, para no tener quilombos de dinámica. El operador a cargo del master no quería otra cosa que seguir leyendo la D’Artagnan. Pero claro, así sonabas aplastado como los demás. ¡Me agarró un bajón…!
Yo ya había empezado a sentarme al lado de Breuer. Le pedía cosas. Lo que queríamos era generar fantasías con el sonido, no sonar como un cuarteto de cuerdas o como Mercedes Sosa. Jugar con los ruidos. Bowie y los Beatles ya lo hacían desde temprano. ¡Treinta años después, acá todavía se le hacía caso a la ortodoxia!
Según Breuer, irse al exterior otorgaba la ventaja extra de no tener que lidiar con trescientos pibes instalados en la puerta del estudio.
Eso ocurrió después, cuando grabamos algo en el estudio de Alejandro Lerner. El frente de ese estudio tenía una cosa muy de diseño arquitectónico. Y en la vereda habían armado esos cuadrados de ladrillo,
con la idea de plantar árboles. Pero los pibes se quedaban toda la noche guitarreando ahí y usaban los cuadrados para hacer fueguitos… Tuvimos que pagar el arreglo del frente porque escracharon todo, lo grafitearon:
¡pasó de ser una construcción que parecía obra de exposición en la Casa FOA… a un chiquero!
23.
Hablando de Breuer: ¿la relación con Andrés Calamaro se inició por su lado?
Mi primer recuerdo de Andrés tiene que ver con un bar donde estábamos con Skay y Poly, y él se acercó con Melingo. Los invitamos, se sentaron y esa fue la primera vez que charlamos en serio. Fue entonces que me regaló un disco de Dylan, que es su héroe. Creo que era Slow Train Coming, que en general está mal conceptuado 338
—es de su época de conversión al cristianismo— pero sigue siendo uno de mis favoritos.
Después sí nos conocimos más a través de Breuer. Yo soy medio chúcaro y por eso cultivo amistades que son más bien epistolares. Con Andrés nos habremos visto un puñado de veces, nomás. Ha venido a casa un par de oportunidades. Pero aun así lo considero un amigo y supongo que él también a mí. Tengo una relación con él que no tengo con otra gente del
“ambiente”. Nos escribimos a menudo tratándonos de usted y sacándole filo al humor disparatado. Por suerte compartimos fuentes comunes, información que permite joder a partir del mismo código. ¡Y ahora hasta compartimos la misma radio! 22
Él es más sociable que yo, no le molesta aparecer en TV. Le gustan las modelos, lo cual no tiene nada de malo pero, inevitablemente, te expone más. Pero en general es un tipo como uno, de haber leído y de haber visto muchas películas.
Andrés es muy dado. En ese sentido me ilustra porque yo soy todo lo contrario, no conozco a nadie. Un día me llamó y me dijo que estaba con un
célebre ladrón, a quien no mencionaré, conversando sobre el aspecto tumbero de mis canciones…
Es así, pasa de eso a la compañía de El Cigala, del escritor Rodrigo Fresán…
Cuando viene la pasamos bien, se nos va la tarde entera conversando.
Difícilmente pase un par de semanas sin que intercambiemos mails. Claro, él hace giras largas, no como yo: arranca y toca y toca y toca… Y aun así me escribe desde algunos de esos lugares a los que llega, me cuenta cómo está, me dice que se quedó disfónico… Es quejoso como yo, siempre tiene alguna enfermedad pero al final todo le sale bien.
Cuando Lito Vitale armó esa producción donde tantos cantaban temas de otros, yo dije que sí. Y lo único que se me ocurrió cantar fue El salmón. Me gustaba la letra, está buena. Aunque lo hicimos un poquito más rockero.
Después, como devolución de gentilezas vino a cantar a un show mío en La Plata: hicimos El salmón, Esa estrella era mi lujo y la que había grabado para mi disco Porco Rex, que se llama Veneno paciente. Hermosa canción, me gusta mucho. La voz de él va al frente y yo me sumo como coro en la misma tesitura y en el mismo carácter, suena como una reverberancia de la voz de Andrés.
Siempre me pareció fabuloso que convenciese a la compañía de sacar un álbum quíntuple… ¡Que alguien consiga hacerle eso a una corporación es una maravilla!
339
24.
¿Sintieron algún prurito antes de poner proa a los Estados Unidos?
En mi caso no. Yo no le doy bola a los prejuicios de la gente. Estaba claro que seguíamos siendo los mismos tipos. Ahora mismo hay gente que ve fotos y me dice: Qué facha, qué pilchas. Si yo no voy a ningún lado. ¡Me
visto así para estar en mi casa, no para lucirme! No soy un austero vocacional, aunque para el dinero que tengo soy muy austero. Antes que bon vivant, me defino como haragán.
Además yo siempre fui curioso respecto de Estados Unidos. Conocía mucho de la historia, de la geografía, de sus bandoleros…
Buena parte de nuestra cultura viene de ahí: en cine, en música, en literatura…
A mí me tocó vivir la época de Hollywood y del rock and roll. Fueron las dos factorías más grandes del mundo, en materia de ensueños.
Me formé en la época en que el rock era de otra calidad. Nunca me dio pudor trabajar sobre una música que era transcultural, por eso no me dio nunca por fusionarla con folklore ni nada de eso.
Pero claro: hoy el rock es la banda de sonido del sistema. Y en Hollywood, el entretenimiento se morfó al pensamiento. De eso habla uno de los textos que escribí para Cerdos & Peces en 1987: “El Último Malayo”. Donde, a través de un personaje llamado Bruno Beonnelheim, critico el posmodernismo que imperaba entonces.
25.
Estos son algunos fragmentos de El Último Malayo:
[Bruno] Se autodescribía como un producto de la cultura rock y como tal luchaba en favor de las pulsiones que intentaban romper la convención vigente. Esperaba impaciente una nueva expansión del campo de lo posible que veía en forma de una cultura libidinal no represiva, gobernada por el principio ordenador del placer en 340
contra de un sistema que había suprimido (represión mediante) el elemento lúdico no funcional de la actividad social y eliminado el juego como fundamental vocación humana. Porfiaba contra este sistema que intenta desterrar el placer como práctica existencial efectiva.
………………………………
Veía el posmodernismo como un pensamiento confuso, que si bien describe una situación confusa, lo hace con un discurso escaso y débil. Y tenía la sensación de que de todo eso sólo quedarían unos cuantos fragmentos esparcidos, aislados los unos de los otros, que llevarían una existencia fantasmagórica donde la pasión habría desaparecido. Además no le adjudicaba a la posmodernidad un lugar fuera de la edad moderna de la cual aquella pretendía excluirse.
Acusaba a los posmodernos de haberse vuelto antiguos, de haberse convertido en perdedores reciclados que buscaban refugio en la moda sin más ambición que sobrevivirse a sí mismos durante algunos años más, enamorados de su propio espíritu generador de un arte rococó muy similar al del siglo XVIII. Un arte de chucherías basado en seducir, vestirse bien, peinarse, ir de copas, tener video y mantener un departamento elegante y futurista desde donde sostener un determinismo individual que no es más que una trampa tendida por los grupos de poder para mutilar el estado de ánimo libertario que late en las diversas luchas del planeta. Una celada que obliga a soñar un futuro pasatista, una arcadia feliz de idilios bucólicos, sin tomar en cuenta que la oda a la libertad burguesa yace ahogada en su propia baba.
Por el contrario, concluía, la cultura rock intenta proteger el estado de ánimo tratando de vencer el miedo a la opresión sistémica, oponiendo a la sociedad ligera, cool, autogestionaria, una acción “psi” con porno, libido y esquizo incorporada. Partícipe vital de esa cultura, reclamó a los pensadores posmodernistas el abuso de un neoliberalismo salvaje. Los señalaba como generadores de una estética de la frivolidad que intentaría aprovecharse de la decepción de los héroes-póster de la cultura rock y de forzar hacia el individualismo el espíritu proletario obediente a las informaciones impuestas a través de los medios de comunicación.
341
26.
Entraron en los Estados Unidos por Miami, que es una puerta de entrada muy particular.
No me gustó una mierda, Miami. El Midtown es como el Once, aunque con insumos más modernos. Nosotros enfilamos a un estudio que quedaba en Fort Lauderdale, a cincuenta kilómetros.
Fort Lauderdale era otra cosa. Coto de gente de mucho dinero. Un lugar que es pura agua, lleno de puentes: las construcciones se levantan sobre fingers, dedos de tierra ganados al mar. Todo el mundo tiene su barquito, su moto de agua o su yate.
Me acuerdo de un bar giratorio que había, en lo alto de un edificio: desde ahí veías todo el pueblo. Hablo de gente blanca que vive muy bien, que tiene un pasar idílico. Las playas también eran muy piolas. Hasta IMAX
tenían, cuando casi no había en ninguna parte.
Con Mario hacíamos yunta, estábamos en el mismo depto. Skay y Poli son más de levantarse tarde, se encierran a tomar mate en el hotel. Con Breuer descubrí los mejores martinis. Además vimos muchos shows. Había un lugar que se llamaba Musical Exchange, donde tocó Jimmie Vaughan, el hermano de Stevie Ray Vaughan. También el Gato Barbieri, cuyo fraseo reconocí desde la calle y por eso nos metimos. Tocaba un rato, gritaba
¡Latinoamérica libre! y se iba detrás del piano para mirar el reloj. Se ve que tenía otro show pendiente…
Un día llego con Mario —él manejaba— a un estacionamiento. Estábamos refumados. Metemos el coche ahí… y descubrimos cien patrulleros alrededor.
Nunca supimos por qué se habían concentrado tantos en ese lugar. Tratamos de conservar las formas, dejamos el auto… y, en el ascensor del estacionamiento, después de que entramos se colaron cinco vigilantes. Nos estábamos cagando de risa mal, pero no queríamos deschavarnos. ¡Nos habíamos metido ahí solitos!
Mezclamos en un estudio cuya dueña, una centroamericana que lo había heredado de su marido, me tiraba los galgos. Un día llegó Jerry Lewis. El tipo le había grabado unas canciones a la esposa y quería grabar más.
Cuando le dijeron que tenía que pagar, se sorprendió. Se ve que no estaba acostumbrado a que le cobrasen…
También conocimos a Juan Gabriel, que murió hace poco. Un tipo popularísimo en México. Lo vimos entrar con sombrero típico y un chongo al lado. Todo 342
maquillado… ¡Un hombre grande! Se nos cayó México.
Después fuimos a Los Ángeles a masterizar con Bernie Grundman. En aquella época se había puesto de moda que te produjese un extranjero, al parecer te daba una pátina impresionante. Pero llegué a leer de alguien que había contratado al tipo que fue ingeniero del segundo disco de Jethro Tull.
Entre eso y conchabar a la tía de John Lennon… Pero Grundman era una cosa seria de verdad.
Breuer había vivido en Los Ángeles once años. Conocía todos los vericuetos y a todo el mundo. Ahí hacía doblete como conductor porque las distancias son grandes, no te podés manejar en un yellow cab. A la gente de allá le parece que queda todo “acá nomás”… ¡y está cuanto menos a una hora de auto!
La temperatura de ese lugar es ideal, debido a la cadena montañosa que lo protege. En pleno invierno hay 24 grados: estás en remera, tomás sol…
Aunque siempre está el riesgo de que haga CRAC y California quede flotando en el Pacífico. Los lugares bonitos tienen siempre grandes contraindicaciones: tifones, volcanes…
Fuimos a conocer lugares míticos, como el Whiskey A Go Go. Al CBGB
fui varias veces, en Nueva York. Enchufaban, los tipos, y todos sonaban bien…
27.
El disco salió en noviembre del 93. Era doble pero —algo original— los discos se podían comprar independientemente, por separado.
No quisimos sacarlos juntos. Estábamos atentos al poder adquisitivo de nuestro público, no había que cebarse. Preferimos darle tiempo a la gente para que robase a otro ciego, como decían los Stones.
Pero se vendieron parejo. Y una vez que estuvieron los dos en las bateas, se vendían de a dos.
Para su presentación contrataron dos fechas en Huracán, una para cada disco.
Los otros estadios estaban alquilados o bloqueados.
Había un tipo en esa época que controlaba los estadios grandes. Quiso 343
contratarnos, pero a lo mafioso: si le decíamos que no, nos bloqueaba los estadios.
Y yo no quise, obvio; los chicos tampoco estaban a favor de firmar nada con él.
Ahí empezó la peregrinación a buscar otros lugares.
En esa época todavía éramos novatos. Organizar un estadio entrañaba muchas dificultades. No teníamos a disposición los servicios que necesitábamos, que estaban abrochados a los estadios de primera. Los que había a mano eran los de segunda línea, que no contaban con la mejor tecnología. Te abrías paso a los ponchazos limpios. Lo que te defiende es lo que hacés, la gente. De otro modo cagaste, no hay otra manera de ser artista independiente. Y si además vivís renegando contra las modas y el periodismo…
Iban a tentarnos como a todos los demás. Nos decían: No hay manera que crezcan si no es con nosotros, te estoy ofreciendo el mejor contrato posible… Y no es que no fuesen tentadoras las ofertas, a veces lo eran
mucho. Pero el precio de la contraprestación fue siempre irremontable para mí.
Se acercaban porque llevábamos mucha gente. Pero al mismo tiempo eran conscientes de que nosotros desconfiábamos del vínculo de ellos con los mass media.
En fin: se hizo lo mejor que se pudo.
En Huracán los acompañaron Las Blacanblus por primera vez —de las cuales formaba parte Deborah Dixon, que todavía te acompaña— y Gabriel Jolivet.
Jolivet era invitado permanente. Había temas que Skay no podía remontar con sólo una guitarra. Lo conocíamos desde hacía mucho, es un gran rockero y blusero.
Había vivido un tiempo en los Estados Unidos, estaba familiarizado con el carozo del asunto.
Al abrir el show, le dijiste al público: Cuánto tiempo, ¿no? Y le dedicaste palabras a un periodista de quien ya te habías ocupado, informándole que ya se había ganado su lugar en el cielo de los nabos.
Es que, parafraseando al maestro Litto Nebbia, la historia la escriben los que ganan… ¡o los que están en condiciones de escribir y publicar! Cristo debió tener pelotas grandes para sacar a los mercachifles del templo, de ser verdadera su existencia histórica. Pero de lo que se escribió sobre él después, no tuvo control 344
alguno, el pobre. De ahí en adelante, todas las figuras que con mérito o no adquirieron alguna notoriedad quedaron expuestas a las versiones que los medios difunden. Yo pude comprobarlo en carne propia: si estando vivo mienten como mienten sobre mí sin empacho alguno… Lo que quede instaurado como relato oficial puede ser cualquier cosa, menos la verdad.
¿Es verdad que coquetearon con la idea de titular el disco Etiqueta
negra?
Puede ser. Pero la idea del lobo y el cordero era más rica y existía desde antes.
No había una historia, como en Luzbelito. Pero sí una narrativa que se prestaba a armar un relato, a partir de la sucesión dramática de los temas.
La idea de que el lobo y el cordero no son tan diferentes, de que no tienen más remedio que actuar como socios de una tragedia que los excede, que está en su naturaleza como en la fábula del escorpión y la rana. Así se vive en el gran restaurante de la naturaleza; esa es la economía vital que habría creado el viejito de barba que está en las nubes.
Los animales la viven desde la inocencia. Nosotros la padecemos.
Ese hilo narrativo se transformó en gran cantidad de temas. Pero no queríamos apelar a la noción de “obra conceptual”. Eso puede ser La Biblia de Vox Dei o una ópera rock, de las que siempre terminan derrapando hacia Broadway. Y yo no quería llegar a eso. Se trataba más bien de desarrollar una emoción, que estaba confirmada por el título del disco y en las letras.
28.
En Lobo caído gritás, desde atrás: ¡Álbum negro! , o cual sugiere una consciencia de estar ofreciendo una suerte de anti- Álbum blanco de los Beatles.
Aquí no hay recuerdos gratos de la infancia. La emotividad de los Beatles suele conectar con la nostalgia más que con el drama: Penny Lane, Strawberry Fields…
La Liverpool donde crecieron no era lo que es hoy, su vida era pueblerina.
Uno escucha esas canciones de los Beatles y se pregunta: ¿cómo podían ser tan jóvenes y a la vez tan nostálgicos? Porque la nostalgia es una emoción que uno suele asociar con gente de mayor edad.