Recuerdos que mienten un poco
Capítulo Siete. Un ovni por San Telmo
Yo creo que tiene que ver con una cuestión hormonal, sebácea. No le di mucha pelota porque nunca había sido un tipo atractivo, lo que se dice buen mozo.
La crónica de Kleiman decía también: El cantante, Indio, es una cosa
seria.
Hacía mucho que no veía alguien sobre el escenario cantar rock y blues
con un
sentimiento semejante.
Mirá vos… Lo que pasa es que, en aquel momento, hasta los que antes cantaban rock and roll se habían puesto a cantar suavecito. Y yo, claro, seguía a los gritos.
7. Silo —seudónimo de Mario Luis Rodríguez Cobos (Mendoza, 6 de enero
de 1938–16 de septiembre de 2010)— fue el fundador del Movimiento Humanista.
8. Los Merry Pranksters —Alegres Bromistas, se podría traducir— era la comunidad que a comienzos de los 60 vivía en las propiedades del escritor Ken Kesey en California y Oregon.
En el verano del 64 emprendieron un viaje a través de los Estados Unidos en un bus pintado con formas y colores psicodélicos, al que bautizaron
“Further” (o sea, “Más allá”). Entre los Pranksters notables estaban Neal Cassady, los Warlocks —futuros Grateful Dead— y Paul Krassner. Tom Wolfe relató sus primeras excursiones en The Electric Kool-Aid Acid Test.
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Capítulo Siete
Un ovni por San Telmo
Punk de acá — Perder la forma humana — ¡ETCÉTERA! ¡ETCÉTERA! —
La 9
mm — El Diputado del Interior — La flaca — Salpicreando — What’s new, Buenos Aires? — El señor secretario — Hair (not) — Es una lucha — El espesor de lo real
1.
Las primeras veces que actuamos en Buenos Aires lo hicimos con el caos que éramos por entonces. Nuestros shows eran una explosión, una cosa demencial, dionisíaca. Teníamos una entrega muy grande, casi kamikaze.
Hacíamos un desastre pero que era verdadero, no un caos organizado al estilo La Organización Negra. En los shows de La Organización Negra, el tipo que se trepaba a la soga había estudiado alpinismo. En nuestros shows, el tipo que se trepaba a una soga no sabía dónde iba a caer.
Eso se nota en la crítica que Fontova hizo en el Expreso de la actuación en Buenos Aires de fines del 78. Decía: ¿Qué pasó? ¿Se cayó la
estantería? ¿Se
jugó un ovni por San Telmo?
No costó mucho que nos confundiesen con una vanguardia de verdad, porque lo que pasaba entonces por vanguardia era muy serio: el rock sinfónico, el jazz rock… Por eso fuimos como el punk de acá, llamábamos más la atención que la vanguardia aburrida.
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2.
¿Cuál fue tu registro del punk como oyente, qué te produjo?
Como música, en términos generales me parecía un espanto. Pero me cayó bien conceptualmente. Encontré refrescante que sacudiesen el star system
que había coagulado la sangre del rock: todo ese mambo sinfónico, para el que algunos músicos estaban preparados pero la mayoría no, porque no les daba el cuero. Que retornase la crudeza me gustó, aun cuando se llevó puestos a muchos músicos de los que yo disfrutaba.
The Clash sí que me enganchó, y enseguida. Al colorado…
Johnny Rotten / John Lydon, decís.
Me lo banqué recién cuando armó la banda PIL, Public Image Limited. Eso de poner un bajista que no sabe tocar nunca tuvo gollete para mí. A The Ramones llegué tarde.
Más allá del hecho de que ustedes no hacían música definible como punk, provocaron un efecto disruptivo similar al que buscaba ese movimiento: a través del desmadre en escena, los talentos del underground, el tema de la autogestión, la música que se cagaba en las modas del momento…
Y las minas en bolas, Symns que era una suerte de Bukowski argentino, las letras medio locas, la vidriera que les prestamos a artistas como Batato Barea y Las Bay Biscuits… Yo me llevaba bien con las Schwartz, en especial con Kiki. Marcia hizo algún telón, Kiki se ponía una malla, era grandota y morruda, capaz de levantarme en sus brazos. Todas las amigas de Poli tenían una fuerza… A esa gente la empezó a ver un público más popular después de presentarse con nosotros.
A veces me gustaría que se acordaran más de eso, porque siempre hablan de los actores del underground pero nosotros arrastramos gente para que los vieran.
Mucha gente ha sacado entradas para sus shows porque les gustó lo que pasaba durante los nuestros.
En esos tiempos en los que a una música popular como el rock se la empujaba 140
para el lado de la academia, lo que ustedes tocaban era otra cosa. Algo que no estaba de moda y por ende no era muy recomendable.
No era rock del Oeste, no: era el rock de La Plata. Eso es lo que produjo la fusión de Skay con mis canciones. La mayoría eran rocanroles, cosas fáciles de tocar. Mis letras eran medio en joda, no pretendían nada más que levantar el estado de ánimo, que la gente la pasara bien. Qué sé yo, algunas cosas se deslizaban, pero dentro del contexto de una lírica descabellada.
Al principio las letras eran elementales. Me metí más en serio con el asunto cuando empezó a haber un respeto por la banda.
Pero lo que transmitían no era una alegría pelotuda, vacía de sentido.
Comparados con Los Twist, que hacían canciones que funcionaban como chistes…
¿Cuántas veces podés oír el mismo chiste sin que pierda gracia?
Tanto Kleiman como Fontova hablan de la música, pero ante todo rescatan la experiencia que significaba participar de los conciertos.
Es que había un estado de ánimo de mierda, en general. Y empezó a circular que en nuestros conciertos uno podía permitirse perder la forma humana.
Todos esos rocanroles iniciales eran un disparate. Insisto, éramos una banda de decadentes de verdad, gente que se había automarginado de la sociedad.
A la mitad sus padres los habían echado a la mierda, con amenazas de desheredarlos. El único que vivía con el culo al aire era yo, desde que mi viejo cayó en desgracia. Pero justo era el que disponía de la cueva posible, que era La Trinchera, y por eso los decadentes originales se juntaban ahí.
Éramos marginales por vocación. No era que nos habían marginado: nos marginábamos nosotros porque no nos gustaba la sociedad y, en represalia, la sociedad también nos marginaba. Si pasaba un día sin que te putearan o te dijesen puto, sentías que te había ido mal, ja.
De algún modo, yo me metí a hacer un afano con gente rica. Era un mal plan, porque ellos lo hacían por la aventura de boludear, sabiendo que el día de mañana se retiraban y contaban con un fondo groso, mientras que uno se quedaba con el culo al aire.
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Al final me fue bien, a mí. Pero un montón de amigos muy talentosos abandonaron carreras por probar suerte y se quedaron en pelotas.
3.
¿Viste mi canción Tatuaje, que está en Porco Rex? Esa en la que hablo de una Gretsch en el fondo de la pileta. Es la imagen que me quedó de una madrugada de entonces. En una casa quinta de City Bell que no sé si era de los Moura o de un amigo de ellos. Veníamos de otro lado, al entrar pasamos al lado de la parrilla, le echamos un vistazo a la pileta, una que estaba llena de agua, normal… y en el fondo descubrimos una batería Gretsch. Y yo me dije, claro: ¡Esto sí que es una fiesta!
Las fiestas delirantes eran bastante habituales. Los capricornianos, por ejemplo, siempre hacíamos una. Me acuerdo de otra que armó un pintor, que hacía cacerolas de clericó. Cuando al final te despertabas —nunca antes del mediodía, con el sol bien alto—, no quedaba nada del clericó salvo las verduritas de abajo. Y mis amigos querían volverse a La Plata en ese estado, pero no sin antes desayunarse esas acelgas maceradísimas en alcohol berreta. ¡Imaginate!
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Virginia y el Indio, en los comienzos.
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Otra del Indio y Viruta en los arranques del idilio.
4.
¿Cómo se empezó a generar la relación con la prensa?
Al principio tuvimos buena relación, lo cual nos animó a probar suerte en Buenos Aires. Empezó a correr la bola de que se armaban esos quilombos en La Plata, una especie de happening musical, y fueron a testear las aguas Claudio Kleiman y Alfredo Rosso. Claro, se encontraron con el aquelarre: el show no terminaba en el escenario, seguía abajo, porque básicamente el público estaba compuesto por nuestros amigos.
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Al poco tiempo salió una nota enorme en el diario Tiempo argentino, que tenía un recuadro titulado: “El discurso del Indio Solari”.
Aprovecho, entonces, para transcribir fragmentos.
5.
Los Redonditos son, apenas, sachets vacíos. Sus opiniones y enfoques son personales. Ninguno de ellos puede hablar por Patricio Rey, sobre cuyas espaldas desgraciadas han depositado todo lo asfixiante y neurótico de la cultura rock, confiando en el acierto de que lo que carece de identidad vive eternamente.
El enfoque actual (las canciones, las visiones) resuena en un ámbito de colaboradores y amigos que reaccionan como papeles indicadores, como fotoactímetros que detectan y describen la energía circulante de los eventos que ese enfoque genera en su pretensión de convocar un caudal de entrada procedente del exterior del ámbito. Funciona así para evitar el estancamiento, pues pareciera ser que la información que contiene un mensaje disminuye con su repetición en un circuito limitado. Además, nadie puede reivindicar para sí las palabras de Patricio pues muda de dogmas continuamente. Salta sobre los decorados del rock actual tratando de mantener la ecuación así: LA FIESTA (la buena voluntad, la sensualidad, el amor de todos) debe saber más que los que participan en ella (la buena voluntad, la sensualidad y el amor individual). Los convocados deben perder la forma humana y liberar energía cruda, provocar el trance durante el cual se desarticulan las categorías vigentes. Fundirlas al calor de las emociones y volverlas otra vez plásticas para una nueva utilidad en el continuo hacerse de la vida. En lo posible utilizando el placer como principio ordenador. Creando y luego aprendiendo de lo que la creación puede ser. Con el método poético de conocer el sentido del poema a medida que se lo escribe. Creyendo que los cambios están en las células y nervios de quienes los generan, antes que en una
“ideología santa”. Acercándose a la idea de “espíritu de cambio”.
Una “ideología” nos transformaría fácilmente en un grupo de protesta.
Pero los grupos de protesta dependen del interés que despiertan en los medios de comunicación y a estos sólo les interesan los procesos que crecen en forma dramática o se derrumban de la misma manera. ¿Por qué sumarse al grupo de 145
músicos cortesanos que, estando en total desacuerdo con el sistema, se acerca a sus circuitos y estrados en busca de bendición y reconocimiento?
………………………………
Muchos redonditos creen: que nuestra sensibilidad (el oído, el ojo, la mano)
“sabe” mucha cosa que el cerebro no puede saber debido a su lenguaje demasiado abstracto.
Que no participan de un evento artístico sino de combate (menos “buscar la belleza” y más “expresarse libremente”).
Muchos redonditos dicen: no a un sistema que pretende controlar todo y que lo hace para generar predictibilidad. La predictibilidad es aburrida y cansadora.
No a una cultura que ante un desacierto social, avergüenza, atemoriza y humilla al individuo.
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Muchos redonditos se oponen a un sistema que se dedica por necesidad a hacer apáticas a las poblaciones, destruyendo continuamente el estado de ánimo.
Los redondos son amateurs (que aman y aman otra vez) porque hacen lo suyo sin espíritu de maestría ni de competencia.
Los redondos no quieren un hombre homicida ni se suscriben a creencias extendidas como: “El fin justifica los medios”. Ni soportan un sistema donde se encadena en nombre de la libertad, se mata en nombre de la vida y se miente en nombre de la verdad.
¡ETCÉTERA! ¡ETCÉTERA! ¡ETCÉTERA! ¡ETCÉTERA!
6.
Esa fue la primera vez que apareció publicado un pensamiento que abarcaba muchos temas.
Incluye elementos que se volverían parte de la ceremonia: la noción de la fiesta durante la cual se pierde la forma humana, el deseo de saltar por 146
encima de los decorados del rock, el principio ordenador del placer. Al mismo tiempo se establecen los códigos mínimos a que la banda se atiene: la condición de amateurs, la negativa a aferrarse a dogma alguno. Y, de modo casi profético, se establece el modo de relación con el business —o de no relación, si preferís— y la desconfianza respecto de unos medios que sólo te usan cuando ascendés o te derrumbás.
Durante toda esa primera etapa nos iba a ver gente aposentada, jóvenes que disponían de dinero. Nos trataban bien porque les gustaba ser parte de una elite, de una especie de vanguardia, para poder decir que frecuentaban a un grupo que no conocía nadie. Les atraía esa cuestión del cantante enigmático y misterioso que describió Gloria Guerrero en un artículo.
Yo percibía que la gente empezaba a proyectar cosas sobre mí. Macanas, obvio.
Pero mientras te salen bien, te hacés el boludo.
Al poco tiempo se notó el recambio. Nos veía otra pendejada, que quería tan sólo rock and roll y estar tirada tomando cerveza y no se bancaba que apareciese un mimo o cualquier otro de los talentos. En ese momento
decidimos cortarla con los talentos externos a la banda y aparecieron Tito Fargo, el Piojo Ávalos…
7.
No nos adelantemos. ¿Cómo fue que surgió la repartija de roles que incluía a la Negra Poli?
De pronto me sorprendió que Poli estuviese ahí, dispuesta a hacerse cargo de la parte administrativa y burocrática de la banda, que tanto a Skay como a mí nos excedía. (Cosa de la que me arrepentí, con el tiempo.) En fin, lo lógico era tener a alguien de confianza que cuidara la taquilla para que Skay y yo nos dedicásemos a la parte creativa. Y entonces se armó ese trío que ya se separó del resto.
Cuando empezamos, nos reunimos una vez en la casa del Mufercho. Pero, como muchos músicos talentosos se habían prendido en este asunto de las drogas, armar algo se volvía imposible. Estaban tan perdidos que decías: Grabamos a las cinco, y vos estabas como un boludo a las cinco y ellos llegaban pasado mañana a las cinco, cuando ya habías grabado con otro.
Eso pasaba frecuentemente. Los avasallaba.
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Los malos viajes aparecen. Yo en mi vida tuve un mal viaje, jamás. Y mirá que he estado en circunstancias feas… Pero, mal viaje, ninguno.
Lo que ves inexorablemente, a los cuarenta y cinco o cincuenta minutos de empezada la experiencia, son tus fantasmas. De modo que, si la gente que te rodea en esa circunstancia te empieza a parecer fea, es porque es fea de verdad. Y si te parece que tienen una actitud rara, casi seguro que es así. Y
andá buscándote otros amigos, porque el hecho de que uno sea paranoico no quita que te estén siguiendo de verdad.
A partir de ahí fuimos un trío y decidimos que el asunto era venir a la Capital.
8.
El seudónimo de Poli, eso de llamarla “La 9 mm”, se lo pusimos entonces.
Fue un mote de entrecasa. En el ambiente no estaban acostumbrados a que una mujer fuera a pelear dineros mientras los otros se rascaban el higo, tocando la guitarra. Porque generalmente había que discutir a la hora de negociar ciertas cosas.
Yo creo que, cuando tenés un grupo ganador, venderte a un manager es una pelotudez. No es que los shows se vendían porque hacíamos una gran difusión, porque no había nadie atrás nuestro promocionando nada: ninguna corporación. La gente nos seguía cada vez más, y entonces no necesitabas otra cosa que el número telefónico de los pubs y decir: Sí, no, esto es tanta guita, las entradas son para nosotros y la cantina es para ustedes.
Durante mucho tiempo funcioné como el Diputado del Interior. Como yo estaba allá en La Plata y Poli y Skay ya estaban en Buenos Aires, los productores les llenaban la marota y yo cortaba rostros a capa y espada. Los que también estaban interesados en que la cosa siguiera de esa manera eran los talentos, porque ¿quién más les iba a pagar por lo que hacían? A veces causaban gracia y a veces no. El Mufercho tenía magnetismo, pero era un ciclotímico.
9.
Lo que colaboró con mi venida a Buenos Aires fue el hecho de que mi hermano había tomado la dirección de un Hogar de Niños que quedaba en Once, sobre la 148
calle La Rioja. Y necesitaba una mano derecha, alguien de confianza.
Entonces me dijo: ¿No querés venir?
Yo ya había conocido a Virginia, que era amiga del secundario de la mujer del Mufercho. Nos cruzamos en La Plata, en lo de mi amigo Piti. Acababa de terminar la experiencia del Alex en la costa y volví a La Plata sin un mango. Me quedé en lo de Piti y ahí encontré a la flaca. Nos ligamos el mismo día en que nos conocimos.
Entonces llegó el Negro Beilinson, en uno de sus retornos desde Venezuela.
Me dijo que quería salpiquetear la casa que tenía en City Bell, que había quedado abandonada. Y como yo andaba sin un sope… El Negro me dio unos dólares y yo subcontraté a Fenton, para que hiciese lo más peligroso.
Para el final nos quedó una pared altísima, que había que revestir con salpicré. Y ya no teníamos más guita para comprar tubos para hacer estructura.
Así fue que improvisamos una silleta con dos sogas, apretadas con bolsas de cemento que debían pesar sesenta, setenta kilos. Yo le pregunté a Fenton:
¿No tenés ningún amigo en Villa Elisa? Vino con uno que miró lo que pretendíamos que hiciese y debe haberse dicho: Qué se le va a hacer… Un par de días funcionó bien, al tercer día se soltó una soga y quedó colgado de la otra. El balde de salpicré que acababa de subirle Fenton se cayó también y le pasó a pocos centímetros. Si le llegaba a dar de lleno…
A todo esto, como te imaginarás, yo lo dirigía todo desde abajo.
149
El respetable encargado del Hogar de Niños.
10.
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Con Virginia anduvimos un tiempo saltando de casa en casa. Nuestros libros y nuestros discos iban quedando atrás, en compensación por la hospitalidad. Íbamos livianitos de cosas…
Terminamos en una casa de la familia de la flaca, arreglando una especie de galpón que tenía atrás. Lo pintamos con cal, sacamos todo a la mierda, limpiamos… Virginia le dijo a su hermano de quedarnos un tiempito, hasta que ella o yo consiguiésemos un poco de tarasca. Y el hermano le dice: Pero si estoy solo en la casa. ¿Para qué se van a quedar en el galpón?
La cuestión es que anduvimos como chanchos con el hermano de Virginia, con quien teníamos una sintonía grande. ¡Pensar que casi entro a trabajar en una oficina, en esa época!
Cuando mi hermano me ofrece el laburo en el Hogar yo estaba viviendo ahí, en la calle 18. O sea que todos los días —decí que el director era mi hermano y por eso si llegaba un poco tarde, no pasaba nada— arrancaba de La Plata en plena madrugada, en una época donde se descomponían los bondis, te paraban en la ruta, te ibas a la terminal para viajar sentado porque en invierno era un friso… Andá a quedarte esperando un repuesto a la altura de Bagó: no sabés el tornillo que hacía.
Volvía a La Plata de noche, pintaba una guitarreada y un vinardo y al otro día de madrugada tenía que arrancar otra vez y estar pila para lidiar con los chicos.
Todavía no me había rapado porque me daba vergüenza. Prácticamente no tenía pelo, Virginia me lo cortaba muy cortito y así encajaba mejor con el look semiformal del secretario del Hogar de Niños. Para ese rol, raparse del todo habría sido demasiado jugado.
11.
Entre ese laburo y los shows en los pubs, empezó a haber un dinerillo. Con eso conseguimos alquilar en Entre Ríos y Estados Unidos, si no me acuerdo mal. Y a partir de ahí ya nos quedamos en Capital. Disfrutábamos como
locos. Volver caminando por la avenida, ir a todos los cines: la sala Lugones del Teatro San Martín, el Cosmos…
Después nos mudamos a Ramos Mejía, siempre detrás de los negocios de la dueña del departamento: ella vendía uno, nos lo cambiaba por otro y a nosotros nos daba lo mismo.
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Mi hermano terminó renunciando y no nombraron otro director, quedé prácticamente a cargo del Hogar. La encargada de personal y yo le rendíamos cuenta a la comisión directiva.
El Hogar era mixto, ahí dejaba a sus chicos mucha gente de bajos recursos.
Había hijos de padres separados o de los que nadie quería hacerse cargo.
Algunos se quedaban como internos. Tenía un colegio, además, donde Virginia empezó a trabajar como bibliotecaria. Pero detrás de ese tinglado había algunos bandoleros.
12.
Me acuerdo de que en esa época se me estaba cayendo mucho el pelo. Lo único que se recomendaba por entonces eran unas ampollas de cierto producto: te ponías el líquido en la cabeza, te masajeabas… y esperabas que volviese a crecer, como si el pelo fuese una planta. Lo habré hecho durante un mes. Como no pasaba nada, me rendí.
Un día me quedo charlando de cosas del Hogar con el presidente de la comisión directiva. Sale el tema de la caída del pelo y le cuento que estuve probando con esas ampollas que estaban de moda. Y me dice: No las compres, boludo. Te lo digo yo, que las fabrico. ¡No gastes guita al pedo!
13.
Una vez fuimos con los pibes del Hogar a un programa de televisión, que
—creo—
conducía Gachi Ferrari. Los pusieron en una tribuna de madera. Yo me quedé abajo, al fondo, para controlar a los cincuenta pibes con la encargada de personal.
La situación era tremenda, maltrataban a todo el mundo a los gritos, tanto a los chicos como a los productores. Parte de la escenografía la habían dedicado a algo que llamaban La Maquinola: un armatoste con una chimenea por la que salía humo. Desde donde estábamos podíamos ver que adentro había dos tipos de overol azul, fumando como escuerzos y tirando para arriba el humito de sus L&M…
14.
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Llegó un momento en que me pudrí de estar en el Hogar. Llevaba adelante en paralelo dos vidas conflictivas entre sí. Eso de que el secretario tocase el sábado, siguiese de largo todo el domingo sin dormir y llegase el lunes con cara de cadáver…
Yo zozobraba. Además tenía una lucha constante con un supervisor que prefería que la despensa estuviese llena, para cubrirse en caso de inspecciones, antes que abastecer bien a los pibes. Y tocar los fines de semana me estaba dando más guita de lo que ganaba como secretario.
Virginia me decía: Te estás haciendo mala sangre, ganás más durante los fines de semana. ¡Se te está agriando el espíritu! Y
yo sabía que, si dejaba el Hogar, podía dedicarme a Patricio Rey y hacer cosas que, hasta entonces, sólo hacía a las apuradas.
Recuerdo que en el Hogar almorzaba todo el personal junto, por decisión de la comisión, para charlar de lo que pudiese estar pasando, de los problemas de los chicos y de la institución. Pero lo único de lo que hablaba todo el mundo era de lo que había pasado anoche en la televisión. Y nosotros veíamos poco o nada, teníamos un televisor blanco y negro que nos había regalado la madre de Virginia,
¡de los primeros que habían salido!, para ver películas que alquilábamos.
Pero recalentaba, el aparato. Y nosotros le poníamos un ventilador cerca, para que no se fundiese. Cuando hacía calor, había que alternar en el uso del ventilador: un rato la tele, un rato nosotros.
Eso fue en Ramos. Hasta que la dueña necesitó vender ese departamento y nos dio otro en las siete esquinas, ahí donde se juntan los virreyes: Arredondo, todos esos, cerca de New York City. Estaba nuevo, el depto. En esa época desayunábamos piña colada, bebíamos como hijos de puta. La bohemia tiene cosas atractivas, pero entre la ceniza hay mucho polvo. Es un desgaste, o como diría Carlín Calvo: Es una lucha…
Cuando sos joven te das un par de vueltas manzana y te recuperás, quedás como nuevo. Pero cuando empezás a sentir que ya no la pasás de la misma manera… Eso es lo que me ocurrió a mí. Llegó un momento en que ya no cantábamos abrazados entre las mesas, se llenó de gente rencorosa y jodida que te miraba desde el otro lado y cuchicheaba. Empezaron los celos, el chusmerío… Y para mí se acabó la recorrida. ¿Querías venir a tomar acá?
Andá a tomar el salpicré que sacás del baño a la concha de tu hermana.
En mi casa o en la casa de alguien estabas más tranquilo, tomabas la bebida que 153
querías, salía mucho más barato y te ahorrabas el quilombo porque nadie iba a tocar rocanrol: éramos cinco nomás que estábamos hablando, Enrique Symns, qué sé yo, el que cuadrara.
15.
¿Qué recuerdo tenés de la guerra de Malvinas?
Yo estaba trabajando en el Hogar todavía. Y me costaba disimular, porque el personal vivía en un festejo constante: Estamos ganando, le dimos a este y le dimos al otro. Y yo desde el cinismo, diciéndome: Pero ¿ustedes se creen que Estados Unidos se va a poner de parte nuestra? ¿Contra Inglaterra? ¿De verdad piensan eso? Y aunque Estados Unidos se hubiese mantenido neutral, Inglaterra solita podría haber dicho: Matemos a todos
estos negros, y mandarnos una flota de cien portaaviones y cagarnos a cohetazos. El nuestro es un país muy emborrachado por el drama.
En ese momento se organizó un festival rockero en solidaridad con la guerra.
Nosotros no fuimos. Recuerdo algunos discursos desde el escenario, celebrando a
“nuestros hermanos que están con el dedo en el gatillo”. Y yo no entendía nada.
¿No era que los rockers nos considerábamos pacifistas? Lo que estaba mal era ir a la guerra, aunque ganásemos. ¿Creyeron sinceramente que un socio de la OTAN
nos iba a bancar, porque habían adiestrado a veinte milicos nuestros para que aprendiesen a torturar? ¿Ese es el vínculo en que confiaban? Entre los países del Norte seguía existiendo un vínculo sanguíneo, histórico, económico… ¡Eran los dueños del mundo! Fue como tocarle el culo a un monstruo de muy pocas pulgas.
De última nos tiraban una bomba atómica y nos borraban del planisferio.
¡No iban a dejar que una república periférica les ganase!
Encima estábamos rodeados de países latinoamericanos que nos odiaban, y por razones atendibles: la mayor parte del tiempo los argentinos —y nuestros gobiernos— hemos sido asquerosos con ellos.
Salvo los peruanos, que se portaron maravillosamente.
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Si no podés confiar ni en tus vecinos…
Los milicos sabían que era un gesto desesperado, un manotazo de ahogado para ver si podían rearmar la corona rota.