Recuerdos que mienten un poco

Indio Solari · Capítulo 25 de 28

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Recuerdos que mienten un poco

Capítulo Veinticinco. Olavarría II

38. Desmond Morris es un zoólogo y etólogo inglés, conocido por su libro

de 1967 El mono desnudo.

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Capítulo Veinticinco

Olavarría II

Siempre contra el Indio — Caldo espeso — Too old to rock and roll — Un último secuestro, no — Falopas duras — Alto Comedero — No pogo —

Inventando otro Cromañón — El suicidio que no fue — Misa beige —

Kilombitos — El rehén 1.

El año 2017 arrancó con la promesa de un nuevo show de Los Fundamentalistas. Cuando se confirmó que sería en Olavarría, todo el mundo recordó aquella fecha histórica de Los Redondos, frustrada por la miopía del intendente Eseverri.

Ni me había acordado de la vieja historia de la suspensión del concierto de Los Redondos. Cuando me dijeron Olavarría, me pareció un lugar más.

Después me hicieron acordar, claro. La prensa misma lo trajo a colación.

Poco después de llegar allá, durante la previa del show, Gaspar me mostró la foto de una placa de bronce que decía algo así como: Desde la época del pelado Roca, peleando contra el Indio. Algo debe haber ahí que juega en contra de todo lo aborigen: fui sólo dos veces… ¡y las dos veces, papa!

A medida que se aproximaba la fecha, el aire se iba enrareciendo en el país todo. Apagones de luz, campañas contra los maestros que estaban de paro (¡iban a ser reemplazados por “voluntarios”!), Macri amenazando a dirigentes gremiales, el fútbol que tampoco arrancaba, las detenciones de mujeres que habían manifestado el #8M, los incidentes en el acto de la CGT…

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Tenía claro que no era el mejor momento en materia de seguridad. Pero tampoco podés dejar que la incertidumbre nos paralice la vida. Soy un artista popular, ¿qué debía esperar? Esta parálisis puede durar mucho y yo no tengo veinte años para decir: Bueno, a lo mejor en 2025 amaina. No te queda más remedio que correr con la tribulación. Y yo tengo que confiar en mis productores porque no puedo hacerme cargo de todo. Es una tarea ciclópea, a la vez que muy específica: hay que saber cómo hacerlo.

Evidentemente tan mal no lo han hecho, trabajamos juntos diez años sin incidentes. Olavarría pintaba casi como un Woodstock, pero con una banda sola.

Pero es verdad que estábamos atentos desde antes, se olía algo raro. Por eso difundimos una carta en mi página de Facebook, llamada “Virumancia” —

por Viruta, Virginia—, pidiéndole a los pibes que se cuiden. Todo venía en un crescendo de sospechosa violencia. Cuando terminó la manifestación de Ni Una Menos en la Plaza de Mayo, cagaron a palos a muchas chicas a pesar de que el acto había sido ejemplar, tranquilísimo.

Pero los medios dijeron que la culpa había sido de una mujer sacada y la ministro de Seguridad le cargó el fardo a las “conductas depredatorias” de las manifestantes. Cuando lo que ocurrió fue que un tipo se metió a provocar.

¡Era algo totalmente fuera del pastel!

Después tuvo lugar lo de la manifestación de la CGT, con gente de las bases rebelándose contra las cúpulas. Otra vez, los medios no resaltaron la magnitud del acto, la cantidad de gente que hubo ahí, sino el choque entre representantes y ciertos representados. Pintándolos a todos como si fuesen bestias, bastardeando a todos los obreros.

Uno la ve venir y al mismo tiempo se resiste, porque le cuesta creerse significativo. Pero cuando me mostraron el video del drone que grabó el ingreso del público al show —esa fila interminable de cabecitas—, salí de mí mismo y ya no me costó entender por qué a cierta gente le parezco peligroso, preocupante.

Deben decirse: Miren la cantidad de gente que va a ver a este tipo, el fervor que tienen. ¡Si les llena la cabeza, la mayoría lo va a seguir y eso no nos conviene! Los políticos les chupan las medias diligentemente a punteros que tienen mucho menos arrastre que yo. Creo que parte de lo que sucedió tuvo que ver con eso.

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¿Es verdad que ya considerabas la posibilidad de que fuese tu último show masivo?

Rondaba por mi cabeza, sí. Pero no lo había conversado con nadie. No sé cómo se difundió, imagino que la gente lo infirió. No le avisé ni a los músicos, se están enterando ahora y no lo quieren creer…

Me sentía muy viejo. Primero pensé que era hora de retirarme por necesidad mía: no tengo más ganas de cinchar con todo lo extra, prefiero concentrarme en seguir componiendo y grabando.

Ya tenía claro que ser el Indio Solari me estaba costando cada vez más. Me veo en los videos y ya no me gusto. La gente dice que no importa que cante parado, pero a mí me importa. Tengo una edad como aquella a la que se refería Ian Anderson en la canción de Jethro Tull: Demasiado joven para morir, demasiado viejo para el rock and roll. Porque además tengo una enfermedad invalidante para un tipo que no hace boleros ni tangos. Me pego baldazos de dopamina en el cerebro para funcionar, eso es lo que hace que esté medio rígido. Lo cual conspira para que no me suba al escenario.

Si la medicina lograse una meseta, cierta estabilidad, el resto de mi físico acompañaría, porque en términos generales está bien. No padezco ninguna de las nanas propias de mi edad, salvo la más jodida: el cerebro está carente de nafta y no hay una medicina que me mantenga bien.

Por eso quería hacer otro pronto, a fines de 2017, porque mi kinesiólogo me había garantizado que hasta ahí podía tirar pero el año siguiente ya no. De ahí en más no tenía nada previsto. Todo iba a depender de cómo avanzase la enfermedad.

La medicación que tomo no me cura, tan sólo apunta a darme calidad de vida. Son remedios que tratan de que no me moleste la enfermedad. Para poder concentrarme, algo que me está costando cada vez más. Ya no puedo meditar, por ejemplo. El cuerpo me rompe las bolas. Y la sábana que te conceden siempre es corta: estás bien dos horas y la tercera penás, hasta que llega la nueva dosis de medicación. Cuando la tomás, tarda otra hora en hacer efecto…

Por eso le daba vueltas al asunto, pensaba que despedirme al final de un show sería un bajón. Ahora, esto que pasó me obliga sin duda alguna a no tocar más…

Me angustia, sí, que los músicos no sigan juntos. Se llevan tan bien… Sería una pena que la banda se desarmara. Pero ya no me veo a la altura del Indio. Me cuesta un huevo subirme al escenario, tengo que pegarme inyecciones jodidas.

Era algo que no estaba decidido, aunque sí rondaba por mi cabeza. Yo no sé 556

cómo hacen los Stones, que salen de gira todavía ahora. ¡La vida de hotel es una cagada! Debe ser lo más importante de la vida para ellos. A mí también me importa, pero compite con otras cosas que también quiero: mi familia, mi necesidad de desarrollar otras tareas. Antes de entregar el saché me gustaría volver a pintar. Una vez que lo anunciás no hay vuelta atrás, por eso uno quiere estar muy seguro… y nunca lo está.

Yo retomé el texto de “Virumancia” el 5 de marzo, en mi página de Facebook, desde la sospecha que inspiraban los nubarrones que se formaban en el horizonte.

UN ÚLTIMO SECUESTRO, NO

Hago mías las palabras de un amigo dilecto, referidas a la inminente fiesta en Olavarría. “Quienes vayan a ver al Mister no pequen de inocentes.

Cuiden a quien tienen al lado. Este es un momento especial. Hay intereses

oscuros que con pocos miembros pueden alterar la fiesta. A bailar y cantar es a lo que vamos y eso haremos”.

El sábado, a cuidarse y a cuidar de quienes nos rodean, aunque no los conozcamos. Cierta gente de mierda (debería puntualizar: PODEROSA gente de mierda) se regodearía si alguien sale lastimado. No le demos el gusto.

A vivir que son dos días.

2.

Y así llegamos al sábado 11 de marzo, en ese contexto de operaciones políticas dirigidas a bastardear expresiones populares.

Aun así, toda la previa fue gozosa y en paz. Como de costumbre, la gente llegó al sitio previsto como pudo, dispuesta a gozar de la fiesta.

Que era lo que todos ansiábamos, aquello a lo que estábamos acostumbrados. Tu etapa solista no había conocido nunca los quilombos de la última era de Los Redondos.

En la época de Walter [Bulacio], yo decía a menudo: Una vez que salís a la ciudad tenés que cuidarte el culito. Fuera del predio estás en manos de lo que la sociedad 557

hace con vos, con nosotros. Porque durante mucho tiempo la sociedad no nos vio con buenos ojos y la policía actuaba haciéndose cargo de ese reflejo.

Vos sos testigo, sabés qué grado de relación tengo con la organización. Yo confiaba en este viaje, lo único que protejo es la custodia artística, de lo demás no tengo ni idea. ¿Qué puedo saber yo de baños químicos?

Tenía todas las razones para confiar. Hacía muchos años que trabajaba con estos productores, los Peuscovich, a los que cariñosamente llamo Los Chacales, y nunca había pasado nada. Nunca hubo quejas. Se hace difícil

albergar a la cantidad de gente que me sigue y ellos lo han hecho siempre con mucha eficiencia.

Cuando tu público supera las 20.000 personas, el artista deja de tener control respecto de lo que pasa. Tené en cuenta que las cifras finales me las informan. ¡Yo tengo que creer en los productores!

Y todo fluyó, hasta el arranque del concierto. ¿Cómo llegaste a ese momento, en términos físicos?

Hasta último momento no sabía cómo iba a subir al escenario. Era evidente que ni siquiera estaba en las condiciones del Tandil del año anterior. Antes de subir me ponen pichicatas que no son sopa: ¡estaba duro como un cascote! Durante las tres horas que dura el show, hay una que es de bienestar y el resto ya estás sufriendo. El efecto bienhechor de pastas y pichicatas no aguanta ni medio concierto aunque, con suerte, con los músculos calientes podría funcionar la inercia.

Imagino que el afecto también puede colaborar a que se te olviden los dolores.

Siempre voy a recordar el rugido con que esa multitud —una ciudad entera, por abajo de las patas— te recibió. ¿Qué fue lo que ocurrió entonces?

Desde el escenario yo sólo veo la masa, hasta el primer mangrullo. En esas circunstancias el artista está montado sobre una suerte de tabla de surf: está ahí arriba haciendo equilibrio, no tiene la menor idea de lo que pasa abajo y a lo lejos.

Arrancó muy bien el show, con mucha polenta. Pero enseguida divisé a un grupito, un círculo de pibes que estaba ahí nomás —a mi derecha, apenas por delante de Gaspar; de hecho fue él quien me alertó— lleno de gente tambaleante: medio que se caían, mientras otros trataban de levantarlos. Lo que me mosqueaba era el peligro de que los demás, los que estaban más allá de ese círculo, los 558

empujasen y les pasasen por arriba. Estaban muy borrachos o habían tomado de una falopa extraña, muy barata, de la que después nos contaron los paramédicos…

Parte de las recriminaciones que abundan con el hecho consumado critican que se deje entrar a la gente con droga, alcohol, bengalas…

No entiendo por qué pretenden que me haga cargo de cachear a todos. Eso es físicamente imposible, porque la mayoría de la gente cae a las puertas tres horas antes del arranque del concierto. Si una bengala es tan peligrosa aun al aire libre, prohíban la venta legalmente. No me sobrecarguen, obligándome a responsabilizarme por cientos de miles de personas. Esa es una tarea que le corresponde al Estado.

En lo que respecta a las drogas, es lo mismo. Por más que se revisase a cada miembro del público hasta su último orificio, sería inútil: ¡se tomarían lo que fuese antes de entrar! ¿Qué tendría que hacer: poner médicos que pidan certificados y hagan análisis in situ, para ver si todo el mundo está en perfecto estado de salud?

Se te pide lo que no demandan de ningún espectáculo más en el mundo.

Ese sábado mismo murió alguien más en un partido, durante una avalancha.

¿Alguien dijo algo, hubo algún escándalo?

Nadie me quita de la cabeza que esto fue algo político-mediático. Hay muchos detalles que mueven a la sospecha. El apagón de las luces al final, la policía que trababa las calles para que el público enfilase hacia una salida vallada y cerrada, los polis que tenían que estar ayudando pero estaban tomando mate detrás de un terraplén, la desaparición de todas las señalizaciones…

Este no fue un quilombo accidental. Todo confluyó para que los medios se encarnizaran, como si yo fuese el asesino de un montón de gente.

No nos adelantemos. Frenaste el show todo lo que hizo falta —que no fue poco

—, a la espera de que los paramédicos interviniesen y retirasen a esa gente.

No se podía seguir en esas condiciones, ahí podía estar pasando algo serio.

Era un remolino humano, en esa masa había pibes medio fusilados que se caían y levantaban.

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Traté de conservar la calma. Esos chicos estaban a pocos metros de los fenólicos, si los de seguridad hacían una cadena podían sacarlos sin problemas. No quise hacer mucho quilombo para no sumar a la enfermedad del momento, pero la angustia era muy grande. Veía que se caían, levantaban… Estaban muy locos, sacaban a uno y los compañeros lo tiraban para abajo y gritaban: No, no, que se muera… ¡Sus mismos amigos!

Más tarde nos contaron —nos llegó de parte de la gente que participó de la asistencia médica— que había circulado una falopa rara, que los paramédicos comparaban con un paco en pastillas. No sé si eso existe, decían que era lo mismo que unos pibes habían tomado hacía poco en Bariloche, cuando llegó a las noticias que se habían puesto en pelotas y roto todo.

Esa sería una manera ideal de boicotear un show: ni siquiera hace falta que entres a provocar o a cascotear. Alcanza con que distribuyas una falopa mortal a veinte pibes —se la vendés barata— para que empiecen a hacer un quilombo… Si no fuera mi público, podría haber pasado cualquier cosa.

Ese tampoco fue el único asunto sospechoso. Hubo en danza varios focos disruptivos, como si hubiesen lanzado cantidad de bombas al ruedo para ver cuál explotaba primero. Los patrulleros, por ejemplo, cortaron el tránsito donde no debían, desobedeciendo el acuerdo al que se había llegado con el intendente.

OceanofPDF.com

3.

Después de parar el show me fui al costado a ver qué estaba pasando, a demandar información. Me preocupaba la cara de los chicos. Esos pibes estaban fuera de sí, presa de una euforia muy extraña.

Lo que me decidió a continuar fue el hecho de que el set seguía con canciones más tranquilas, era el momento ideal para bajar la tensión. Menos mal que estaba Etiqueta negra, ahí.

Venía rápido, muy rápido / Y se le soltó un patín…

Había que seguir, yo me hago cargo de mis decisiones. Si no continuaba, podía haber comenzado otro foco de bardo en otro lado. No podía castigar a tantas personas por veinte o veinticinco que estaban en medio del remolino, que no 560

podían frenarse: los paraban y se caían otra vez. Pero todo indicaba que el foco no se había multiplicado, que no había avalanchas.

De todos modos el show sufrió las consecuencias. Se notó que la banda estaba cumpliendo con el horario y yo también. Caminaba el escenario, nomás. Eso no me gustó. Lo único que quería era que terminase, para empezar a enterarme de qué había pasado. Porque mientras estás ahí, en el escenario, no sabés nada. Deseás que termine para saber dónde estás parado. Y a la vez sabés que no podés frenar, porque si la cortás el quilombo puede volverse infinitamente mayor.

Ahí en la mitad entraste mal, te equivocaste con la letra…

Mi cabeza estaba en otro lado.

Tenía por delante una cantidad de gente muy difícil de manejar. Hablamos del equivalente a la mitad de la población de La Plata, al triple de los que habitan Olavarría. Por eso no estuve muy metido en el show: pensaba constantemente en lo que podía pasar. Y eso que nunca estoy nervioso

encima del escenario. ¿Cómo voy a ponerme nervioso, si toda esa gente está a favor mío?

Pero al rato, la barahúnda paró. Y el show levantó. De hecho, seguiste con un mensaje que tenías previsto comunicar: hablar en contra de la intención del gobierno de bajar la edad de imputabilidad por delitos a 14 años. ¿Las Abuelas te habían pedido que difundieses ese mensaje?

Sí, así fue. Era un tema del que ya estaba al tanto y que me parecía importante.

En un momento, por las pantallas que ustedes tenían detrás, desfilaron imágenes de una cárcel. Se dijo que eran del penal de Alto Comedero, donde estaba presa Milagro Sala.

La verdad es que no lo conozco físicamente… ¡Por el momento! (Ríe.)

¿Consideraste la posibilidad de sacar Ji ji ji de la lista de temas?

De antemano yo había planeado dos cosas. Una era no cantar Juguetes perdidos.

Con la idea de la retirada inminente en la cabeza, mi intención era desacralizar 561

momentos como ese. Por el otro lado, nunca me gustó cerrar de modo inevitable con Ji ji ji, pero la presión de la gente en pos del ritual era muy fuerte. Por eso se me ocurrió enganchar Ji ji ji con Mi perro dinamita, necesitaba apelar a otro rock and roll que fuese significativo en nuestra historia en común. Tampoco era uno del que yo disfrutase especialmente, pero cumplía la función. Y en efecto, la gente lo tomó muy bien.

Lo del pogo más grande del mundo, con lo que solías arengar, lo dijiste entonces como una formalidad, restándole todo énfasis.

Terminé de cantar y no dije nada más. Siempre agradezco, pero esa vez…

El tipo ni siquiera se paró a saludar. ¡Agitó un brazo y se fue! No me podía

sacar de la cabeza el miedo de que hubiese pasado algo. Y no había pasado ahí donde yo temía, pero igual pasó en otro lado. Desgraciadamente, aun cuando se tratase de dos adultos que murieron por causas que podrían haber ocurrido en otro lugar, fueron dos muertes igual.

A la salida del show, yo no apagué las luces ni conduje al público a una salida bloqueada ni le ordené a los polis que se quedasen tomando mate detrás de un terraplén. Ahí pasó otra cosa.

La salida fue muy difícil. La gente piró por donde pudo. Lo peor fue la complicidad de la policía, que metió a la gente en un callejón sin salida.

4.

Recuerdo llegar al hotel, recuperar la señal del celular y empezar a recibir consultas desesperadas y noticias demenciales: avalanchas, apuñalados…

Qué hijos de puta… ¡Querían que fuese un Cromañón! ¿De dónde sacaron eso?

Del hospital no puede ser. Entrevistaron a un médico y, en vez de hablarle de lo que le correspondía hablar, le querían sacar opinión sobre las medidas de seguridad durante el show. Al día siguiente uno de TN lo presionaba a Ritondo para que dijese que no le aumentaban el sueldo a los docentes porque se habían gastado la plata llevando a los ricoteros de vuelta a sus casas. ¡Son más delirantes que un personaje de Capusotto! Ponen titulares que después el artículo no defiende ni 562

sostiene.

El posperiodismo que difundió acá Noticias.

Leés el artículo… ¡y no hay pruebas ni nada!

Uno se ve obligado a marcar la diferencia entre la tragedia que inventó la agencia oficial Télam —quince muertos, entre ellos un niño de cinco años

—

versus lo real. Hubo que salir a explicar cosas que no existieron.

Por eso temía que la fiscal viniese cargada de prejuicios. Pero fue muy amable, llegó con gente que me abrazó cuando se iba y me dijo que me respetaba mucho.

Le había desconfiado de movida pero me tranquilizó. De todos modos, uno sabía que todavía no estaba siendo presionada por nadie.

Aun así había ya metido una pata grande, cuando avaló sin saber la teoría de los quince muertos. ¿Cómo siguió esa noche?

Yo estaba hecho mierda, no quería salir de mi habitación. Pero Virginia me convenció. Los músicos necesitan estar con vos, me decía y tenía razón.

Igual fue medio velorio, inevitablemente. Dos tipos que te habían ido a ver se habían muerto.

Ahora, esa señora que se mató en la ruta porque salió a los pedos al escuchar que Télam hablaba de avalanchas y apuñalados múltiples… esa muerte es responsabilidad de los capos de Télam. ¡Que ni siquiera habían enviado a un cronista a ver cómo salía la cosa!

La gente de la producción tenía miedo de que nos tirasen muertos en el río.

Cuando te das cuenta del trasfondo, de lo que está en juego en el país entero, entendés que todo es posible, que van por vos y que no conocen límites.

A diferencia de Tandil, que había ocurrido apenas un año antes, en Olavarría volvieron a verse pibes en estado lamentable.

Son chicos que ya viven en el borde. La política económica que arrancó a fines de 2015 los empuja a diario al otro lado.

El árbol de esas muertes torna difícil valorar el bosque que se alzaba por detrás: toda esa cantidad demencial de gente, de todas las edades y clases 563

sociales, en medio de una situación social apremiante… ¡y no hubo una sola goma!

Independientemente de que alguna gente se haya quejado de la visita, la mayoría de los vecinos de Olavarría colaboraron con los chicos, que lo agradecieron mucho por internet.

Los reclamos no vienen nunca del público. Los redonditos no protestan porque otros entran gratis. Meta conga y cascabel, ahí no hay odios ni deseos de muerte como en el otro lado. Esos que hablan de la máquina criminal de matar jóvenes…

Qué manera de proyectar.

Si hay algo que has hecho, es más bien darles cabida y hacerles sentir pertenencia e identidad.

Al principio lo hicimos sin querer. Pero cuando nos dimos cuenta de lo que pasaba, empezamos a cuidarlo.

5.

Durante la tarde del domingo se presentó la fiscal, en el hotel donde la banda y vos estaban alojados.

Cuando hablé con la fiscal yo todavía creía en las versiones periodísticas, por eso le dije: Hay catorce pibes. Ella me dijo: No, no, son sólo dos. Y yo le respondí: Señora, dos o catorce son lo mismo, estamos hablando de vidas humanas. Estaba loco… (Se quiebra.) Me replica que eran dos muchachos grandes. Yo me puse a llorar. Después resultó que no había habido ninguna avalancha.

Muchos de los que estuvimos ahí vivimos una experiencia delirante una vez regresados: la gente que no había ido a Olavarría te discutía ferozmente, decía que las cosas habían ocurrido como ellos decían —o sea, como la TV les decía que habían sido—, y no como las habíamos registrado los centenares de miles que estuvimos ahí.

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Hablan de algo que no pasó. No fue así. Mi instructora de yoga fue a un cumpleaños, llega y están hablando de mí. Diciendo cualquier cosa, que yo estaba en Miami… Y ella se quedó un rato escuchando la diversidad de delirios.

Finalmente dijo quién era y habló de mí: El Indio no es eso, no es el tipo que yo conozco. Y no está en Miami, está acá.

Ya estaba ensuciado todo. Te tiran un baldazo de mierda y al final te lavás, pero el olor a mierda te queda durante un tiempo. Para ese entonces, ellos ya están ocupados tirándole mierda a otra gente… Son los descendientes de esa parte de la sociedad que gritaba Viva el cáncer.

Pero yo seguía pensando en esos dos hombres. Dos muertos son dos muertos.

6.

De inmediato coparon las cámaras y micrófonos los que te criticaban, diciéndote cómo debías haber hecho las cosas…

Hasta la gente que te quería defender la embarraba más, diciendo: Qué problema hay si tiene avión privado, se ganó ese dinero legítimamente.

¡Pero yo nunca tuve un avión privado! Somos ex hippies, nosotros. Lo único que hacemos con la plata es comprar locales, para asegurar el futuro de Bruno. Mi casa vista desde arriba parecerá la mansión de Sean Penn, pero entrás y ves que todo está baqueteado, vos lo tenés más que claro.

¡Esto no es Casa FOA! No tengo el último auto o camioneta, no sé de marcas, nunca fui tuerca. Lo único que me interesa es este lugar donde

estamos, mi estudio, y tener dinero para asegurar mi independencia como artista. Para mí no hay nada más fuerte que preservar mi libertad, no me gusta que nadie decida qué tengo que hacer. Yo soy soldado de las buenas causas, pero trabajar para un tipo que porque lo corneó la mujer viene y me maltrata…

¿Por qué?

Para agregar sal a la herida, los enemigos que salieron a bardearme eran tan de morondanga… Me dan vergüenza. El guitarrista que tiempo atrás había

“denunciado” que Los Redondos esperábamos que su banda anunciase una fecha para poner la misma y sacarle gente… ¿Cuánto público en común podíamos tener?

Lo que se tornó evidente fue que había cosechado más rencor del que imaginaba.

Me daban ganas de escribirle a cierto tipo y decirle: Yo a vos no te debo nada, 565

mientras que vos llevás décadas cobrando regalías de una canción que ni siquiera compusiste. Gente a la que con suerte habré visto dos veces en reuniones de treinta personas. Eso de que copié la pelada de Luca… En todo caso, Luca también se la copió a Telly Savalas y Telly Savalas a Yul Brynner y Yul Brynner a… Si vos te creés que el éxito se logra afeitándose la cabeza, ¿por qué no te afeitaste hace años?

Quizás gran parte del resentimiento se deba a que la gente no tiene acceso a tu intimidad. Eso te concede un aura de misterio pero, a la vez, les permite decir cualquier cosa de vos. Que estoy llegando en mi avión privado a Nueva York…

¿Habré dado a entender algo así, por no explicarlo? La gente no quiere hablar de su intimidad y por eso habla de la intimidad de otros, alentada por la TV. Además hay muchos que se prestan a ese manoseo.

Así como me achacan el avión privado y los pisos en Nueva York y París, me achacan los camiones de basura en los que tiraron a los pibes sobre la ruta, fuera de la ciudad. ¡Como si eso lo hubiese organizado yo, cuando fue cosa de las autoridades de Olavarría!

Y además no todo el mundo está de acuerdo respecto de lo que se debería hacer. Está claro que si hicieses A alguien te pediría B, y si hicieses B…

Criticaron hasta el pogo que se practica en mis shows… Los ingleses que han venido a verme dicen que allá en medio del verdadero pogo se cagan a trompazos.

Acá es un baile a lo guaso, nomás.

Cualquier cosa que digas va a ser usada en tu contra… Lo mío ya está, los naipes están dados vuelta sobre la mesa. Pero que haya gente que, de manera tan obtusa, sostenga a alguien que va tan en contra de sus propios intereses… Tu pulsión de muerte no tiene derecho a arruinar la pulsión de vida de los demás. Leés las cifras de lo que ya nos endeudaron, de la cantidad de gente que perdió el trabajo…

7.

El lunes, un presunto portal de noticias llamado Purainfo “informó”

que te habías suicidado en la habitación del hotel. Y la gente me escribía desesperada, pidiendo: Decime por Dios que no es cierto…

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Otro periodista, muy conocido en el medio porque cobra para opinar en un sentido u otro, pidió guita y como no la obtuvo dijo esa tarde: A esta hora el Indio está llegando a Nueva York en su avión privado, mientras los parientes acá están sufriendo. Y miraba su reloj, como si quisiese asegurarse de que estaba siendo fiel a la verdad horaria… ¡Toda una mise-en-scène!

El ahora ex arzobispo de La Plata, Héctor Aguer, publicó una columna llamada “Misa ricotera”, donde decía cosas como estas: La convocatoria tuvo un carácter cuasirreligioso; claro, iban a asistir a una “misa ricotera”. “Misa” significa, del latín original, envío, despedida ( Ite, missaest , de la vieja liturgia latina, hoy traducido “pueden ir en paz”), lo cual implica que antes hubo una asamblea, reunión o congregación. En Olavarría la dimensión pseudorreligiosa estuvo asegurada sobre todo por el perfil mesiánico del protagonista, que por razones diversas y personales administra cuidadosamente sus presentaciones, despertando así una gran expectativa en muchísima gente, la cual podría reconocerse como sus seguidores o discípulos. El tinte político, contestatario, contribuye a acrecentar la atracción.

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En una declaración suya, Solari expresa: “Mi codiciada por muchos políticos llegada a las gentes se debe a simplezas que exhiben mis canciones mientras transportan emociones”. Juzgo muy improbable que las emociones suscitadas en aquella excepcional turbamulta procedieran de las palabras de las canciones, inconexas y carentes de poesía; brotaban más bien del ritmo que en el rock es siempre obsesivo, de los estímulos alcohólicos y narcóticos consumidos a destajo y de esa especie de paradojal comunión, casi ritual, que llevaba a cada uno a olvidarse de sí mismo y del que tenía a su lado; enajenación, en suma.

Me tomé el penoso trabajo de examinar el texto de los temas programados para el recital de Olavarría. Me habían advertido que eran letras pornográficas. Quizá no lo sean exactamente, salvo algunas expresiones de alusión erótica, desagradables, como por ejemplo: “El reo semental se va a licuar esta prisión; gatas lindas, sirenas llenas; camisa apretada, pezón radioactivo; antiguas lobas 567

pulpas que reviven el amor letal de esta prisión” (en “Barbazul vs. el amor letal”).

Otro: “¿Dónde usás los dientes mi amor?, clavados en el cuello, por hoy…

mientras bailamos tangos fatales” ( Ropa sucia ). Asoma a veces la veta crítica; por lo menos así lo parece, como en Babas del diablo : “Son babas del diablo que un mierda quieren intensificar, las babas que colman el dolor que trae la vida, son babas del diablo que enredan a su generación, son las que distinguen al pez chico del pez grande”. El odio a

“Gringolandia” se manifiesta en la canción titulada To Beef or Not to Beef

, donde estigmatiza: “Leen el Evangelio según Hitler a la hora de almorzar”. Lo porno asoma más claramente en Te estás quedando sin balas de plata , que en una de sus estrofas dice: “Sos titán del sexo, persuasivo y goloso, tu tipa no ve que es una cerda igual que vos, te manda mensajes de estrellita caliente; traga y hace muecas, implora y pide más”. Las alusiones al amor causan tristeza, lo mismo que la baja consideración que se hace de la mujer en esas letras. Si las cuatrocientas mil personas entendieron eso y lo aprobaron, estamos fritos.

No continúo con la muestra. Confieso que no comprendo ese lenguaje esotérico, incoherente, un balbuceo alusivo que eventualmente podrían captar los iniciados.

Pero ¿qué habrán entendido ellos? Lo que realmente cuenta para el examen presente y para la historia es el “hecho Olavarría”, con todos sus lamentables ingredientes: una ciudad invadida por el triple de su población, la codicia de los mercaderes, desde los organizadores hasta los lugareños que pensaron pasar al frente con su oferta de panchos y cerveza y ahora se comen las deudas, la imprevisión de las autoridades, pero singularmente el hecho mismo, contracara de la fiesta verdadera y exhibición evidente del vacío espiritual de una multitud.

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Misa ricotera. No puedo decir que se trató de una misa negra, porque esta expresión corresponde técnicamente para designar el remedo sacrílego y diabólico de la misa verdadera, del Santo Sacrificio de la Misa. Pero blanca no fue.

8.

¿Te comunicaste con las familias de los muertos?

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Mandé mis pésames a las dos familias, a través de alguien de mi mayor confianza.

Una de las madres se puso a llorar, pero de emoción. En el otro lado no había nadie y por eso dejó mi carta manuscrita en el buzón de la casa. Pero después, una de las señoras negó que yo hubiese hecho contacto.

Una vez que descubrís al abogado que las patrocina, entendés por qué.

Lo que pasó alrededor de esto fue miserable. Toda esa gente diciendo, con la boca llena de baba: Siempre dijimos que este iba a terminar mal. Pero no es así, es discutible. Con las autopsias en la mano, el médico le dijo a la fiscal que esa pobre gente se podría haber muerto en sus casas mientras miraba la televisión.

Pero claro, con la Justicia que tenemos ahora nunca se sabe. Lo que está pasando es muy jodido. Te agarra una paranoia… Hasta hace poco yo venía calmando a todo el mundo, yo sabía que tengo el culo no limpio: brillante, lo tengo. No lavo dinero ni tengo departamentos en Nueva York ni en París ni poseo avión alguno.

Pero cuando tus propios abogados dicen que te quieren embocar y la fiscal admite que la sobrepasó la cosa… ¿Qué la sobrepasó? ¿Quién la estuvo volviendo loca?

Tiene que ser el poder político, ya sabemos quiénes viajaron de inmediato para allá. Ahora cambiaron de fiscal… No te sorprenda que en la segunda pericia aparezcan cosas que antes no estaban. Acordate de Carrascosa.

¿Cómo podía haber tanta diferencia entre una autopsia y la otra? ¿El primer médico no vio los cinco tiros en la cabeza de la mujer?

La autopsia que Gendarmería hizo sobre el cuerpo de Nisman también contradice la autopsia original, suscripta por los mejores científicos del

país.

Se mueven para donde sopla el dinero. Si a Milagro la tienen presa cagándose en la ley, mientras tantos otros impresentables siguen sueltos, todo es posible.

Lo que evidencian es que le temen —y cuando hablo de temor, me refiero a miedo real— a todos aquellos que tienen una popularidad genuina. ¡Es algo que, por más guita que acumulen, no pueden comprar!

La última infamia que pusieron a circular fue que, como los parientes de los 569

muertos eran pobres, la producción les habría pagado para que los enterraran sin hacer denuncia alguna.

¿Ves? Sólo pueden pensar —proyectan, en términos psicológicos— la corrupción que están acostumbrados a inducir ofreciendo dinero. ¡Es la única línea de razonamiento que entienden!

Otro dice que yo lavo dinero en bitcoins… ¿Qué carajo son los bitcoins?

9.

Por supuesto, más allá del tanque de la prensa oficialista, también hubo voces que dijeron otras cosas. Como Diego Tomasi en Página/12, de cuyo artículo reproduzco a continuación algunos párrafos: Es domingo a la tarde y me pregunto por qué tengo tantas ganas de llorar.

Por qué a pesar del agotamiento no puedo dormirme más de diez minutos seguidos.

Me tienta hacer lo que hacen todos. O, mejor dicho, me tienta hacer lo que hacen la tele, las radios, los opinadores de internet. Buscar culpables, señalar con el dedo, indignarme. Indignarse es muy fácil. Se me ocurre que la mayoría de las personas que se indignan lo hacen porque es cómodo,

porque es gratis. Pero también porque la indignación tiene un doble fondo.

Mostrarse indignado es tapar que el motivo de la indignación no nos importa nada.

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Es lunes y voy al trabajo. Me sorprende que personas que a menudo piensan, o al menos hacen el ejercicio de analizar ciertas cosas, ahora estén tan convencidas de creer lo que leyeron o escucharon por ahí. Dicen cosas que no son ciertas. Que los que estuvimos en Olavarría sabemos que no son ciertas. Respondo como puedo.

Pero son impermeables. No están dispuestos a escuchar porque ya decidieron que tienen que indignarse, que la obligación moral que se les presenta es alinear sus pensamientos con las palabras efectistas y mugrientas que salen desde las pantallas. Aprendieron, con el tiempo, a rezarle a la televisión que les come los 570

ojos.

Me siento un poco impotente, y me pregunto si seré yo el que está leyendo mal la situación. Si estaré poniéndome ciego por la admiración a un artista. Creo que no, pero que es posible. Y también se me ocurre que el ejercicio que intento hacer es arduo y doloroso. Y que por eso mismo tal vez llegue, en algún momento, a alguna conclusión.

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Lo que hay es la tristeza. Una tristeza pesada y difícil de procesar. Me pregunto, como puedo, si estoy triste porque el tipo al que fui a ver tal vez no toque más en vivo. Si estoy triste porque ese final no es el que merecía la complejidad y valentía de su búsqueda artística. Me pregunto si estoy triste porque se murió gente. O si me entristece que no se pueda hacer nada ante esa maquinaria invencible que construye la vida de las personas aceitando los engranajes con odio. En el fondo es eso. Me parece absurdo que todo sea tan complejo. Que la manera de vivir en sociedad sea a través de ese odio penetrante. Qué o a quién odian, me pregunto.

Odian, me respondo, todo lo que no es como ellos, o lo que no les gusta, o lo que no entienden.

La tristeza me hace pensar que tal vez todo esté demasiado embarullado como para intentar una reflexión ahora. Que quizás sea mejor tomar un poco de distancia. Pero, también, pienso que necesito decir alguna cosa ahora porque no hay otra manera de vivir. Porque cada uno elige de qué lado de la mecha estar, y porque eso requiere un compromiso. Requiere tomar partido. En mi caso, creo que tomar partido no significa decir quién es culpable y quién no. Quién es una mierda y quién está a salvo del infierno. Me interesa dejar en claro algo tan sencillo como esto: estoy del lado de la desazón. Del lado de las personas que se entristecieron conmigo.

Del lado de los que daríamos cualquier cosa por hacer que nada de esto hubiera pasado. Del otro lado, como en muchas otras cosas, quedan los que se alegran. Los que están esperando una muerte más para confirmar que ellos detentan algún tipo de verdad sagrada. De esa gente que elige celebrar las desgracias de lo que odian, me paro enfrente. Siempre me voy a parar enfrente de esa manera triste de vivir.

Escribo estas últimas líneas en un colectivo. Me pongo a llorar, finalmente.

Mucho. Sin consuelo. Me cuesta creer todo esto. Pienso en el viernes y en el mismo 571

sábado, cuando todavía planeaba escribir otras palabras. Palabras en las que iba a hablar de la experiencia única de ver en vivo al artista más importante de la historia de la cultura popular argentina. O, mejor, palabras en las que iba a hablar de la experiencia única de escuchar al artista más importante para mi propia historia. Esas palabras no pude escribirlas.

Lo que hay, en este momento, es la nostalgia por una época que ya no va a volver. Y la tristeza, claro. La infinita y aplastante tristeza.

10.

Otro artículo que salió en Página/12 fue escrito por Mauro Fernández Rodríguez, un sobreviviente de Cromañón. Estos son algunos fragmentos de ese texto:

El concierto del sábado no fue Cromañón. Podrá trazarse algún paralelo forzado, pero no fue una experiencia comparable. En ningún momento sentí un vestigio de aquel 30 de diciembre, independientemente de lo fatídico para las familias de los fallecidos.

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El experimento de igualación social que lleva a cabo el Indio en cada uno de sus conciertos hace que un ex jefe de Gabinete, el director del noticiero más visto del país, un plomero que vive en un barrio de emergencia o un ex convicto, paguen lo mismo para ingresar a un espacio común a ver el show.

Además, como Solari mismo dijo, su público no entiende la idea del sold out y asiste igual aun sin ticket de acceso. Todos son bienvenidos. Vigilar y controlar a esa masa es virtualmente imposible. ¿Hay algo en esta lógica que motiva a defenestrar la figura pública de Solari?

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Dos familias están destrozadas y no tienen vuelta atrás. Miles, como la mía, vivieron el fantasma de Cromañón por un relato tan grande como inexacto.

La 572

justicia deberá responder a las primeras, mientras que los medios y los oportunistas políticos a las segundas. Todos tienen respuestas. Yo tengo más dudas que el desierto arena. Quizá esto sólo pueda solucionarse si el Indio Solari abandona los escenarios. O si ningún nuevo artista vuelve a convocar a tanta gente junta, o si las entradas valen el triple y reprimen a quien quiere ingresar sin ellas. O si en lugar de público de “esa clase”, la masa es de un público “mejor” y más consciente. Creo que este nuevo circo de información nos hace perder la oportunidad que tenemos para callarnos las torpes certezas y reflexionar sobre nuestras propias miserias.

11.

Un último texto que a mi juicio aportó perspectiva fue el panorama político que Luis Bruschtein escribió también para Página/12, bajo el título

“Kilombitos”:

Hubo una emboscada mediática para el recital del Indio. Los titulares amarillistas y mentirosos de la agencia oficial Télam y del portal Infobae se replicaron en las redes y en los medios oficialistas y crearon una tragedia donde no la había. La impresionante multitud de más de 300.000 personas desbordó a la organización.

El Indio habló contra la baja de imputabilidad a los 14 años. No fue un evento partidario, pero rueda en ese mundo que asusta al universo de Cambiemos. Hasta el jueves, en el predio de Olavarría cientos de policías bonaerenses con el secretario de Seguridad de la provincia, Cristian Ritondo, sobreactuaban la búsqueda de muertos que no existían, para alimentar la campaña mediática.

12.

¿Cómo afectó tu vida el post-Olavarría?

Quedé medio sopre. Los abogados me piden que no abra la boca ni para decir la hora. Y yo me muerdo la lengua, pero sólo por Vir y por Bruno. Si fuera por mí, ya habría salido a defender mi prestigio como hice siempre, para que no digan esas 573

boludeces que tanta gente repite.

Quieren que no hable de nada, pero eso es muy difícil. Vivir tiene riesgos.

Llegado el momento, tendré que sentarme ante mi mujer y mi hijo y decirles: Muchachos, soy yo. Pero de momento sigo acá, preguntándome qué mierda hacer.

Están pegando en la línea de flotación de la seguridad económica de mi familia.

Saben que no tienen por dónde agarrarme para tenerme controlado, y por eso tratan de despojarme de lo que gané. Amenazan con dejarnos en Pampa y la vía.

En agosto de ese año arrancamos con el programa Big Bang por FM La Patriada, del que participaste desde el primer momento: programás la música bajo el alias DJ Martini, leés textos que te gustan presentándote como el Mister, difundís música bizarra como el Profesor Caro Liquore, das información en nombre del Capitán Bandera… Para ese arranque te entrevisté y, como era una entrevista larga, la cortamos en cuatro o cinco partes… de la que sólo pudimos difundir una. ¡Se te armó un quilombo tan grande que tuvimos que levantarla!

Son cosas como esa las que hacen que me sienta mal. Cuando aceptás esa transa —

cerrar momentáneamente el pico para que no arrecie la persecución—, te volvés cómplice. Después, ¿con qué cara de mierda vas a decir nada?

Acá está metida la política. Por eso estamos viviendo en una situación de censuras efectivas. No la padezco sólo yo, ¿eh? ¿Y las trabas que le ponen a La Renga para que no pueda tocar? Siempre se meten con los más populares, los que llevan gente de verdad. En cambio, los contratos que permiten funcionar a ciertos festivales de acá son leoninos: hacen lo que quieren, toman gente en negro y después se rajan. ¿Cómo hacés para evitar que un loco se tire de una bandeja a otra? Me pregunto además cuánta gente morirá cada día de causas naturales en una ciudad de 100.000 personas como Olavarría. Si en verdad había el triple de personas asistiendo al show,

¿no sería esperable que a alguien le pase algo, por pura ley de probabilidad?

Yo no soy un artista del verano, yo dialogo con los ideales de la gente. Por eso que me prohíban a mí no entraña una prohibición cualquiera. Es la pelea de un David enano contra un Goliat recontragigante. Es una

consecuencia de la concentración de medios, están en manos de ya sabemos quién.

574

Por esos días salió en La Nación un artículo de Carlos Pagni, hablando del

“círculo negro” desbocado que —lo daba por sentado— estaba espiando a todo el mundo, Messi incluido. Deben estar espiándote a vos también, pero Pagni se lo guarda para que no quede en evidencia la persecución política.

Los escoceses dicen: La primera vez que te cagan, la culpa es del que te caga. La segunda vez que te cagan, shame on you. La vergüenza es tuya, por pelotudo. Si soy clase media, me derrumbé en 2001, me levanté con ayuda del Estado y después voto a estos que me vuelven a esquilmar, o soy de una ignorancia supina o tengo problemas con mis pulsiones de vida y muerte. Como el escorpión de la fábula, que se suicida porque en su naturaleza la agresión es más fuerte que su instinto de autopreservarse.

Hoy me siento un rehén.

Por aquella época, bajo uno de los alias que usabas en Facebook —

Domingo Lalimonada— subiste a tu muro este texto: En que nos dice el diccionario sobre la palabra “rehén”:

“Un rehén es una persona cuya libertad se verá privada o retenida a la fuerza por unos captores con objeto de utilizar esta situación para tratar de obligar a otra persona, organización o Nación a cumplir unas condiciones dadas”.

En que el Estado se le escapa al libertino, pero el libertino no se le escapa al Estado. El Libertino vive perpetuamente condenado. Por grande que sea su fortuna o su influencia siempre queda una jerarquía con suficiente capacidad para barrerlo de la Tierra. A su alrededor las cosas se vuelven

ojos, oídos; lo escudriñan, lo escuchan, lo acechan; interponen sus siluetas vigilantes entre él y la vida.

Me da cosa poner en riesgo a Bruno. Alguien se tiene que ocupar de él. Yo querría denunciar al mercado de la Justicia —porque es un mercado, no te quepa duda—, pero estoy en un limbo. Relativo, claro, desde que sigo haciendo cosas acá adentro.

Perry Mason no existe, acá. En este mercado de la Justicia, te dan cadena perpetua y diez días más sin que sepas por qué. Vos viste cómo se comportan: cambian el fiscal arbitrariamente, vuelven a hacer pericias que ya habían hecho…

¿Qué están buscando? Llega un momento en que decís, la gente cree en cada 575

cosa… ¿Por qué no creerían una mentira más en torno de este asunto, desde que hay gente que planta evidencia o la manipula para que diga lo contrario de lo que debería?

Es jodido, no estoy acostumbrado a callarme tanto. Siempre he dado mi punto de vista. Eso te pasa por no tener un lugar donde te apañen, me dijo alguien… Y

bueno: la verdad es la verdad. El problema de ser independiente es que no tenés palenque donde rascarte. ¡Uno nunca es amigo del juez, como los poderosos de verdad!

Cualquier juez odiaría que se le juntara gente en el juzgado, si se hace público que tengo que ir a presentarme. Sentirá la obligación de hacerlo, pero… Cuando citan a Cristina y a sus hijos, se nota que lo que está pasando es otra cosa que poco tiene que ver con la Justicia. Cristina conserva una popularidad tan grande…

Llegado el caso recurriré al apoyo de la gente. De otro modo, aquellos que me apoyan se van a sentir desamparados.