Recuerdos que mienten un poco
Capítulo Seis. Todo ese humo no es de asado
Autorretrato, después de un esfuerzo físico que tuvo consecuencias.
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Capítulo Seis
Todo ese humo no es de asado
Silo nuclear — Pin Idi Amin — Regando los fierros — Marzo del 76 — El Mercurio — Bosque ácido — ¿Postres Royal? ¡Patricia Rey! — El que no Salta…
— Mundial 78 — Wilkommen zu cabaret — Un astronauta italiano — El cantante calvo
1.
Fenton, que fue tu amigo y terminó tocando el bajo con Los Redondos, se acuerda de haber ido con vos a una reunión de Silo. 7
Llegué a Silo porque hablaban de Gurdjieff, esas cosas me entusiasmaban.
Pero, por tradición familiar, yo estaba contaminado por el peronismo.
Entonces pretendía acciones más… acciones peores, ja. Los siloístas estaban en otra, una cosa para mí muy rara. Proponían acciones que ante todo eran vistosas. En una peatonal, la calle 8, había una fuente en el cruce con la 51. Su idea era echar combustible en la fuente y prenderle fuego, para que la gente se acercase, repartir volantes y rajar. Si no recuerdo mal, en aquella reunión estaban los Moura, también.
Pero yo andaba detrás de otro tipo de experiencias, algo que me hiciera feliz al contado. Y además había una rubia chilena, ahí, a la que le había echado el ojo y pensaba lo mismo que yo. Yo dije: Esta es la mía, la ocasión ideal para levantármela. Cuando la reunión terminaba, manifesté mi disconformidad. Por eso pregunté: Y digo, yo, ¿bombas no vamos a poner nunca?
Eso sí: con la chilena no tuve éxito.
Según esa versión de Fenton, dijiste: Yo vine acá para que me enseñen a
poner
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bombas.
Me miraban todos, como diciendo: Y este, ¿es conveniente que esté acá?
Ahora pienso que tenían razón en ser prudentes. Con el tiempo terminaron matando a un par de siloístas en la calle 7. Pero, por aquel entonces, los
represores no se habían dado cuenta todavía de que detrás de esa cosa hippie había algo político, en el sentido más amplio.
Pero, como dijiste antes, finalmente se avivaron.
Claro. A mí me torturaron.
2.
Ese día estábamos reunidos en mi casa de City Bell. Salgo a fumar y veo que viene la policía, a campo traviesa. Me dije: Cagamos. Estábamos rodeados.
Silvia recuerda, durante el reportaje: Hubo un operativo, se había
corrido la
bola de que éramos Montoneros, cuando sólo estaban organizando un
concierto.
Al Indio lo apretaron mal.
Por suerte no teníamos una mierda de nada, en casa. Todo lo que se llevaron fueron fotos de los shows de Patricio Rey: Monona en pelotas, Fenton sacando la lengua, yo con un pin de Idi Amin en el pecho… Con el tiempo alguien dijo que era Mandela, más románticamente: ¡pero era Idi Amin!
Nos llevaron a todos, pero quedamos adentro apenas dos o tres. Para colmo yo tenía una mancha en el prontuario, que me había quedado de la época del siloísmo.
3.
Aquella vez afanamos un mimeógrafo para imprimir unos volantes, en favor de una iniciativa que Silo propiciaba por entonces: el voto anulado revolucionario.
Nuestro blanco fue un colegio que se llamaba La Legión y tenía un mimeógrafo 118
como el que necesitábamos.
Fue como una escena de Los desconocidos de siempre, te juro, porque en la película a ellos también les salía todo para la mierda… Éramos tres, entre los que estaba el Negro Bettendorff. Salimos de noche rumbo al colegio, que quedaba a la vuelta de una comisaría y enfrente de una plaza, por la que pasaba un patrullero a cada rato, en pleno rondín.
Llevábamos encima la clase de herramientas que imaginábamos podían ser necesarias: barretas, ganchos. Estábamos ya en la vereda del colegio, frente a la ventana que íbamos a forzar, cuando vemos que el patrullero dobla en la esquina y viene en nuestra dirección.
Entonces nos dijimos: Rápido, ¡finjamos que estamos meando en los árboles!
Y nos pusimos a hacer eso, a mear contra los troncos. El problema fue que, por culpa del cagazo, el Negro Bettendorff largó los fierros antes de mear.
Y, atento al desplazamiento del patrullero, les meó encima. Cuando el patrullero pasó, no nos quedó otra que recuperar los instrumentos que habíamos preparado. Ganchos meados. Barretas meadas. ¡Una porquería total!
Una vez en terrenos del colegio, volvimos a cagarnos en los Protocolos del Buen Ladrón. En vez de deslizarnos con sigilo, empezamos a aplaudir, chiflar y decir: Eh, de la casa. ¿Hay alguien por ahí? Porque, de quedar alguien en las instalaciones, debía ser un vigilante viejo y medio sordo al que no queríamos asustar. Pero nadie respondió. Entonces nos llevamos el mimeógrafo.
Fue a parar a mi casa, claro: a La Trinchera. Con el tiempo cayó la policía y lo descubrió. Yo dije que lo habían olvidado unos brasileños, que me constaba que ya habían dejado el país salvo uno, que se había suicidado en Buenos Aires.
Pero esa manchita quedó, de todos modos, en mi prontuario.
4.
Por eso, cuando más tarde nos levantaron de mi casa de City Bell, me dieron máquina. Yo dije a todo que no, obvio. Cuando se cansaron, me metieron en un calabozo.
Ahí había otro detenido que me dijo: No tomés agua, porque te produciría una suerte de electrólisis que te hace mierda. Pero claro, en esa circunstancia te chupás las paredes.
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Al rato, tipo tres de la mañana, volvieron a buscarme, porque uno de los que había caído conmigo dijo a todo que sí…
Los otros detenidos miraban el libro de entradas, para tratar de entender quién era yo, porque era raro que a un tipo le diesen máquina dos veces en la misma noche. Y no entendían nada, porque lo único que decía junto a mi nombre era:
“Averiguación de antecedentes”.
Lo peor de la tortura no fue la máquina, sino la humillación.
5.
¿Qué recuerdo tenés de marzo del 76, cuando arrancó la dictadura?
Yo me di cuenta enseguida de que la cosa iba a estar brava, porque las persecuciones venían desde antes. La Triple A había tenido los mismos objetivos que ahora los militares perseguían desembozadamente: eran la derecha tratando de eliminar a la izquierda, a cualquier precio y como fuese. ¡Pensá que llegaron a matar a dos siloístas! Fue en ese contexto que me dieron máquina. Tampoco hay que olvidar que, en el 76, había muchos civiles apoyando el golpe.
Me cuesta creer que la gente no supiese lo que pasaba. ¡Si nosotros se lo decíamos a nuestros padres! Pero claro, te respondían: Cómo la policía va a hacer esas cosas… Cuando siempre había perpetrado cosas parecidas. ¡En el 1900
tampoco era una policía proba, ejemplar!
En el 77, Rodolfo Walsh ya te lo estaba contando todo en su Carta
abierta de
un escritor. Pero mis viejos decían que recién se habían enterado cuando se realizó el Juicio a las Juntas, durante el gobierno de Alfonsín. ¡Cuando no querés ver, no ves!
Involucrarse tanto no era sopa. Pero la militancia orgánica no tenía que ver con mis ideales. Yo no podía pensar como un montonero. Estaba afuera de ese menú.
Compartía parte de la mirada, eso de estar en contra de la opresión, de la mita y el yanaconazgo tecnocráticos, pero nuestros caminos no eran los mismos. Yo quería ser dueño de mi vida. Por eso tenía discusiones con ellos. Nosotros entendíamos su código, pero ellos no entendían ciertas cosas que nosotros creíamos: lo de apostar 120
por un pensamiento más horizontal… ¡El jefe también puede decir locuras!
Cuando te embanderás a fondo tomás una forma humana detestable, porque en definitiva tu objetivo se limita a ganar. ¿Ganar qué? ¿Ganarle al otro, ganar la discusión? Es una pelotudez. La discusión no existe para ser ganada, sino para que a través suyo obtengas una novedad que no formaba parte de tus creencias. Mi secreta esperanza es ser corregido. Persistir en el error sería una ridiculez.
No se puede hablar desde todos los lugares al mismo tiempo. Nadie es Dios omnipotente, no se puede abarcar todas las vidas en una. Sobre todo cuando pretendés, pero no el pretender del inglés pretending. Pretender es el simulador, yo hablo del que pide algo genuinamente, del que busca de
verdad: esa voluntad de estimular la cosa para que te dé alguna leche, uno tiene que estar a favor de eso. No puede estar haciéndose la paja y esperando que el espectro de Paracelso te toque el timbre.
Nunca me dio por la política convencional porque fui cínico desde chico.
No me creía nada. Había tenido la suerte de leer a tiempo a escritores como John Dos Passos, esa gente que reveló la podredumbre que se colaba por las grietas de la civilización idílica. La realidad no era como la pintaban en Selecciones del Reader’s Digest . Yo me identificaba más con los ingleses que habían escrito el Manifiesto de los jóvenes iracundos. Doris Lessing publicó esto ahí (va a la biblioteca, saca un libro), escuchá:
¿Embanderarnos en qué forma? No para ser un propagandista de un partido político. Jamás lo he pensado así. No veo razón alguna en contra de que un escritor trabaje, en su papel de ciudadano, en favor de un partido político; pero jamás debe permitir que llegue el momento en que se sienta obligado a hacer publicidad a la política o línea de un partido.
Las experiencias en las que sí me enganché estaban vinculadas con otra mirada del mundo. Yo me vinculé temprano con la política del éxtasis, que por ese entonces cultivaba muy poca gente, inclusive dentro de los que se disfrazaban de hippies. En consecuencia, tenía una visión de las cosas más universalista, no miraba tan sólo en términos de fronteras físicas, del contexto de un único país.
Estaba en la busca de otro tipo de sinceridad.
Ninguno de nosotros tenía ansias de poder real. Lo que sí queríamos era infectar la cultura. Porque dicen que una canción no cambia al mundo, pero me consta que puede cambiarme a mí, al menos. Y si me cambia a mí, está cambiando al mundo de todos modos, de a un ser humano por vez.
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En tus conciertos queda claro que tus canciones han actuado y siguen actuando en las vidas de toda esa gente.
A esta altura, calculo que ya he hecho méritos para quedar en el póster.
Pero, por supuesto, cuando no están tratando de tapar todo lo incómodo que he sido.
¿Te ausentaste de los sitios que solías frecuentar, por precaución?
Tampoco era dirigente político, yo. Con que me fuera a la costa era suficiente, no hacía falta huir muy lejos. Todavía era un desierto, desde Las Armas hasta Pinamar. No existían Mar Azul ni Mar de las Pampas, había una tranquera para entrar en Valeria.
En Doctor Belmes éramos una pandilla de raros. Yo andaba con una túnica que me habían regalado, de un color celeste fuerte, y unos pantalones italianos pintados a mano. Llegué con lo puesto, los zapatos con taco me jodían en la arena y terminé tirándolos. Como los pantalones quedaban largos, los corté con un cuchillo.
Anduve en cueros, hasta que me regalaron una túnica. Era lo único que tenía, hasta que volví a La Plata con mi amigo Alejandro. Por suerte La Trinchera seguía disponible. Luz no había, pero gas sí. Y entonces volví a usarla como cueva.
A nosotros se nos hacía difícil creer en ciertas cosas. Porque estábamos metidos en una aventura muy profunda, en carne viva, que te llevaba a experimentar la mentira como algo intolerable. Una aventura que ya nos había ayudado a entender que el cerebro aborrece al cuerpo, a diferenciar lo que te gusta de lo que te jode pero no en lo superficial, sino en el orden más hondo de las cosas. Lo que tiene de bueno el principio ordenador del placer es que, si vos lo estás laburando con honestidad, es como las miguitas de Hansel y Gretel: cuando te estás yendo al carajo, te ayuda a volver directo y volver rápido. De otro modo te perdés en un lugar de la locura que tiene su atractivo. Vos sos escritor, sabés de lo que estoy hablando.
El transcurso del tiempo reveló que las cosas eran más peligrosas de lo que uno las sentía. A mi casa de la costa venían anarquistas holandeses y uno tenía que explicarles: Mirá, acá cayó la cana, se equivocaron de
departamento y mataron a inocentes. Después chequearon la dirección, fueron y mataron a los que buscaban.
Es como el I Ching. Además, puro azar, te toca o no te toca. Y a mí me tocó de refilón. Una formación clandestina. Todos los jóvenes, en mayor o menor medida, 122
incurríamos en actividades consideradas clandestinas. ¡Te podían matar por escuchar a Robert Fripp! Si los vecinos denunciaban ruidos raros…
Y encima vos escuchabas Hendrix a toda hora…
Nuestra cultura era más artística que política. Pero también hubo artistas a los que secuestraron y se cargaron. Y no por política partidaria, sino por no pensar en la misma dirección. Esto lo sé con total certeza: conocí a tantos chicos heroicos, ilustrados, en La Plata… Nosotros renegábamos de toda la estructura académica, de la formación de los profesionales. Pero de cualquier manera teníamos diálogos con la gente del otro palo. Una tarde mi amigo Alejo y yo nos la pasamos conversando con tres de ellos, comiendo
bizcochitos. A los pocos días los mataron a todos. Si hubiésemos tenido la mala suerte de estar ahí en ese momento, también nos hubiesen matado, por mucho que estuviésemos en otro viaje.
Pensar que todos teníamos y leíamos casi los mismos libros, que terminamos escondiendo…
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Retrato de Fenton, a birome.
Es que estábamos tan acostumbrados a los golpes militares, en el 76…
Y a los enfrentamientos recurrentes entre sus facciones internas, como lo fue el de 125
Colorados versus Azules. Me acuerdo de mi hermano, que en abril del 62
formaba parte del bando azul. Arriesgó la vida por su Citroën, yendo a buscarlo… Estaba en el 8° Regimiento de Tanques de Magdalena. Cuando los Colorados se lo bombardearon, sacaron los tanques, tomaron Punta Indio y se instalaron en la base.
Hasta que la Marina no les arregló el regimiento destrozado, usando su propio presupuesto, no se fueron. Recuerdo que fui a visitarlo, habían copado el casino de oficiales. De ahí me traje una campera de aviador americano que me envidiaban todos. Estaba hecha de una especie de tela impermeable, con piel como abrigo en el cuello. Yo era chiquito, un pelotudito, e iba de visita. ¡Anduve en tanque! Me jodían con que estaba caminando por un campo minado…
Mi hermano se aburrió de esos tejes y manejes. Después de lo de Azules versus Colorados, aprovechó la excusa de una lesión que tenía y se retiró.
Vos ya te habías habituado a los bombardeos. Tu bautismo de fuego ocurrió de pequeño, cuando veías pasar los aviones en el 55. En ese contexto, uno tiende a tomar por normal hasta aquello que debería alarmarnos.
Recuerdo un día que estábamos con mi amigo Iche en Valeria del Mar: tomando pepas, boludeando, mientras esperábamos que llegase la temporada turística. Y
entonces estalló otro alzamiento. Si no recuerdo mal, se trataba de un brigadier que bombardeó El Palomar. La radio lo transmitía en directo, como si se tratase de un partido de fútbol: Y ahí viene el avión, pasa en vuelo rrrrasante y… ¡Lanza la bomba!
El relato nos inspiró un estado de ansiedad muy grande. Hasta que Iche apagó la radio, miró al cielo en todas direcciones y sentenció: Acá no están bombardeando nada.
Siempre ha sido así, más allá de los cambios tecnológicos. Los medios de comunicación trabajan sobre la exacerbación de la ansiedad del público.
6.
Antes de irse a Venezuela, el Negro Beilinson tenía una estampería en City Bell.
Se llamaba El Mercurio. Y ahí nos habíamos conchabado todos, funcionaba como una cooperativa: el Mufercho, Fenton… El Doce era un vecino. Era profesor de 126
física y matemática, un gordo muy divertido y muy gay. Fue el mismo al que después llamamos El Sultán Munificente, aquel que repartía los redonditos de ricota durante los conciertos.
Yo hacía diseños. Como era el más inútil para dibujar, el Mufercho se encargaba de teñir las telas de color madrás. No quería usar guantes, por eso andaba siempre con los brazos color cúrcuma.
Le vendíamos a Churba, a Toldería La Griega, a Trendy que era de Beilinson madre. La mamá de los Beilinson viajaba mucho y traía cosas exóticas para su negocio: colgantes con escamas de no sé qué pez… ¡Todo pulentería! Y entre sus proveedores habituales estábamos ciertos artistas que hacíamos telas de madrás; aunque, más que hindúes, éramos indios.
Cuando el Negro se fue a Venezuela, me quedé a cargo de la estampería.
Pero, como venía todo liso, no le encontré sentido a quedarme atado a City Bell. Por eso me mudé a Pinamar.
Manejaba una camioneta Peugeot que me había comprado. La usaba para ir de Pinamar a City Bell y de ahí al Once, a comprar lienzo crudo y entregar pedidos.
7.
El amigo Alejo entró en mi vida cuando el Negro se fue. Con él hice las experiencias psicodélicas más importantes porque, básicamente, Alejo trajo el ácido de los Estados Unidos. Tomábamos de a cinco. Nos íbamos al bosque de Cariló, caminábamos varias horas por ahí, tomábamos otros tres… Y así estábamos.
Cuando vuelvo de la costa, me engancho a vivir con él y su familia. Tenían una casa que también era psicodélica, algunas paredes estaban hechas con libros. La llamaban La Caminera. Claro, en invierno había que estar ahí: circulaba un chiflete… Alejo tenía una perra del tamaño de una gran danesa, La Belcha, que vivía echada en el sillón. Cuando llegabas, se tiraba y te iba a recibir arrastrándose por el piso. Ese bicho enorme y negro…
¡Parecía una bestia de película de terror!
Estábamos todo el día juntos, viajando en un rastrojero con la guantera llena de faso. A mí me pagaban por dormir, torraba todo el viaje. Podíamos andar con dos mil unidades de Open Window encima, metidas dentro de un frasco así.
Un día llegan Skay y Poli de Salta, donde administraban un campo de los 127
Beilinson. Me vienen a ver, me dicen que quieren reunir a Los Redondos.
8.
¿Cuál fue el origen del nombre de la banda?
Dándole vueltas al asunto, en mi casa de la costa di con un recetario que había editado Royal, la marca de los postres. Ahí inventaban a una cocinera ficticia que era la que te presentaba las recetas, la dibujaron y todo. ¿Y qué nombre le habían puesto? Patricia Rey.
Imagino que la bautizaron así apelando a las iniciales: Postres Royal, Patricia Rey… ¡PR!
La idea que derivó del nombre fue la de crear un personaje que no fuese ninguno de nosotros. Una suerte de padrino mafioso que se había ganado la reverencia de sus seguidores. Nosotros veníamos a ser apenas sachets vacíos, artistas existenciales por los que pasaba una energía buena cuando estaban en vena. Así lo pintamos a Patricio —un tipo que tenía un piso en la rue de l’Épée de París y había colgado un Mondrian en el ascensor—…
¡tenía toda la guita del mundo!
Hace poco Rocambole salió a decir que Patricio Rey existía de verdad y vivía en Salta.
Cuando nos separamos por primera vez, Skay y Poli se fueron a administrar un campo en Salta y conocieron a Francisco Pancho Silva, que era un personaje. Les llamó la atención. ¡Era un loco de la guerra! Hacía artesanías muy lindas, que le compraban hasta en la embajada alemana. Cada vez que venía desde Salta aparecía cantándole a Iototo y Aholi, dos dioses que iban a venir en una nave espacial a traer nuevos cereales. Andaba de acá para allá con su morral a cuestas… ¡Comía arroz medio podrido, porque decía que tenía penicilina y era bueno para la salud!
¿En serio dijo eso Rocambole? Qué sé yo… ¡puede ser! A fin de cuentas, Patricio Rey debería encarnar en cualquiera, como si cayera del cielo. Está hecho de la misma naturaleza de nuestras obsesiones. Por ejemplo: mi sobrino está con 128
una banda. Cuando hablamos, lo único que tengo para decirle es: Poné el culo en lo que estás haciendo y cobrale a la vida al contado. Subite a un escenario y aceptá que es el lugar ideal. Para un salame como yo, el escenario es el lugar más cómodo, más claro, más afín con la manera de mirar que he encontrado en mi vida.
Si tengo que vanagloriarme de algo es el simple hecho de estar a la altura de la vida que me toca vivir. Esas son las ambiciones de uno, no el auto.
9.
Entonces nos largamos a hacer las primeras canciones… y estaban buenas, qué sé yo. Skay armaba las bases, yo hacía las melodías y ponía las letras.
Yo le he escuchado decir a Skay que no sabía cómo hacer canciones. En cambio, para mí era y es una cosa tan simple… Casi zen, diría. A ese respecto la academia no te puede enseñar nada: si no tenés una facilidad, una predisposición natural a armar melodías… Y yo la tengo. No sé de dónde viene, pero la tengo.
Para ese proyecto quedaban dando vuelta algunos amigos del barrio. Como siempre que empezás una banda, hay cuatro tipos de los cuales uno o dos tocan más o menos y otros dos que están ahí porque son tus amigos y alguien tiene que tocar el bajo y la batería.
De hecho, cambiábamos de bateristas cada dos por tres. Migoya, que era un gran batero, trabajaba en el Sheraton. Contaba que, noche tras noche, tocaba hasta que llegaba el momento de pasarle las baquetas al que lo reemplazaba en el turno, sin dejar de darle a los parches. Entonces se aflojaba el moño y se tiraba por ahí a descansar un rato, hasta que lo llamaban otra vez a tocar.
10.
Al principio no nos dábamos mucha bola, con Skay y Poli. Me combatían un poco, porque yo hacía todas las experiencias que ellos nunca se atrevieron a hacer.
Cuestiones como el pinchazo, qué sé yo. Eso me obligaba a compartir momentos con una maquinaria que a ellos les asustaba. El único experimentador, la ovejita negra, era yo.
Insisto en el asunto: la vida de uno depende de lo que uno pretende de cada 129
experiencia. Yo en general hacía lo que tenía que hacer y salía a escena igual, no me interesaba nada de lo que iba a pasar. Nos conocíamos porque éramos una minoría, entonces dependíamos de lo que se conseguía, porque no era libre la anfetamina, por ejemplo. Y bueno: en esta cultura, para bien o para mal, uno de los pilares ha sido siempre la experiencia con drogas.
Por supuesto, aquel que no tenía una seguridad psicoactiva o psicosonante muy grande, corría el riesgo de quedar colgado de una nube. Pero yo no tengo temor en decir que soy un hombre de la psicodelia. Es lo que más me ha conmovido. Lo que hago desde entonces también es conmovedor, pero menos shockeante: uno crea canciones o pinta o escribe para transformarse uno mismo metafísicamente, ese es el primer premio.
Recuerdo que hablé verdaderamente con Poli cuando propusieron reflotar a Los Redondos. En las películas que hicimos con el Negro yo no recuerdo a Poli haciendo nada, ni siquiera me acuerdo de haberla visto.
La conocía de alguna reunión, pero no teníamos ningún vínculo. Ellos siempre han sido… no diría apolíneos porque se agarraban cada pedo, pero con respecto a la experiencia, corrían riesgos sólo hasta cierto punto. Y
aquella era una época en la que el riesgo estaba gobernado por tu locura: un tiempo de experimentación, donde estaba al alcance la posibilidad de obtener una mirada totalmente diferente respecto del mundo que te rodeaba.
11.
El ácido lisérgico no tiene propiedades adictivas, te lo dice la gente estudiosa del fenómeno. Para mí la experiencia con drogas tuvo una significación que ya no parece tener. Hoy da la sensación de que los chicos toman en busca de recreación, nomás; para sentir pasión momentánea, nocturna, mientras saltan en una pista de baile. Ojo, yo no enjuicio porque cada generación hace su experiencia. Pero eso de que tan sólo el cuatro por ciento de la población ha probado un porro… A esta altura por lo menos hay tres generaciones que han fumado, cuando iban a los recitales. Todo ese humo que había no era de asado.
Entonces existe una hipocresía, porque como hoy todavía es punible…
todavía hay una plantita prohibida, qué cosa más pelotuda… cualquier cosa que digas parece una apología, pero yo no estoy defendiendo nada. No voy a defender la cocaína ni el paco ni a todas esas porquerías que hay. Pero no puedo entender que 130
se combata a alguien que ha hecho experiencias más o menos guiadas, en el mismo momento en que las hacían tipos que tenían títulos universitarios en la materia. Yo he llegado a decirle a un juez en la cara: Mire, yo sé que ando en esto. Pero, después de haber hablado dos o tres veces conmigo, ¿a usted le parece que yo merezco estar preso?
12.
Hablemos del mítico viaje a Salta. Fue a comienzos de 1978…
Ese fue el verdadero debut de la banda, porque hasta ese momento no habíamos hecho más que boludear. Y suponía un bautismo de fuego: era la primera vez que íbamos a tocar delante de un público que no estaba compuesto por amigotes.
Skay y Poli habían pasado un tiempo en Salta, administrando un campo de los Beilinson; esas cosas que hacían por entonces los padres con dinero para alejar a sus hijos del quilombo. Ahí conocieron a unos escritores, que formaban parte de una troupe a la que habían bautizado Grupo Instancia Poética. Esa gente terminó visitándonos en La Plata. Vieron lo que hacíamos, elogiaron mis letras… Y nos invitaron a ir a Salta, con la promesa de conseguirnos un show.
Paralelamente, yo seguía trabajando en la estampería de City Bell. Uno de nuestros clientes, a quien le vendíamos mucho, era el Mono Cohen, Rocambole. El Mono tenía en La Plata un negocio que se llamaba Indra.
Me acuerdo de que fabricaba unos buzos con aerosoles y yo le pedí uno que dijese “Indian Reservation”. En fin: como nos compraba mucho, le dábamos crédito. Pero un día se fundió. Y nos debía guita. Entonces dijo: Lo que sí puedo hacer es pagarles el micro para ir a Salta.
Y así fue. El ómnibus lo manejaba un tal Ruben. No nos matamos de pedo…
Viajamos con unos franceses con los que habíamos trabado relación. Me acuerdo del francés —porque las otras eran minitas—, que gritaba todo el tiempo: ¡Zogo —
por zorro — plateadó, viejo coyoté! Cuando llegamos a la ruta, ya nos habíamos chupado todo el whisky.
Tené en cuenta que lo hicimos en plena dictadura. ¡Nos paraban en todas partes!
Al bondi le decíamos “El ex preso imaginario”, porque efectivamente transportaba a varios ex convictos… La idea era emular a Ken Kesey y los Merry Pranksters, 131
que habían cruzado los Estados Unidos en un colectivo escolar mientras
consumían LSD…8 Pero planificamos para la mierda.
Llegamos a Santiago del Estero al mediodía, bajo el sol ardiente. Antes habíamos hecho una parada, nos empezaron a rodear pibes que nos ofrecían sandías frescas. ¡Parecían haber salido de abajo de las piedras!
Cuando caímos en Río Hondo, preguntamos dónde había una pileta pública.
Necesitábamos refrescarnos, desesperadamente. Nos recomendaron un lugar y fuimos. Nos tiramos de una, abrasados por el calor… y descubrimos que el agua estaba hirviendo. ¡Hacía más calor adentro de la pileta que afuera!
Los habían mandado a una pileta termal, de las que abundan en Río Hondo.
Después comimos un chivito de mierda… muy mal hecho, quiero decir, y seguimos viaje.
El bar donde tocamos se llamaba El Polaco. Se ve que era el único lugar donde pasaba algo, porque ahí recalaba todo el mundo: desde Piazzolla hasta la troupe del Club del Clan. Recuerdo que conversamos con el Cuchi Leguizamón, con quien nos cruzamos y quiso comprar el Hammond que habíamos llevado.
El concierto en sí mismo fue un desastre. Había más gente arriba del escenario que abajo. Pero de todos modos armamos la clase de quilombo que era nuestra especialidad. Me acuerdo de que el bar empleaba a un negro al que hacía vestir de librea, para que recibiese a la gente en la puerta. Y el negro se entusiasmó, se quería venir con nosotros a tocar las tumbadoras.
Pero lo disuadimos, claro. ¡El tipo hacía planes a futuro y nosotros no teníamos planes ni para el día siguiente!
Después se puso peliaguda la cosa. No nos querían pagar porque no había ido gente. Entonces apretamos un poco…
Las ventajas de ser un grupo numeroso…
Y los del bar tuvieron que ponerse.
¿Tocaron una vez sola?
Sí, sí. En esa época, Los Redondos no podían tocar nunca dos veces seguidas.
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Eran como Atila. Por donde pasaban…
Me vienen a la mente postales del viaje. Estábamos todos de ácido. En un momento me senté en una ventanilla, con la mitad del cuerpo afuera. Yo tenía un acullico en la boca y una botella de Criadores en la mano. Y abajo estaba el abismo, el puto precipicio… El Negro Beilinson debe conservar una filmación.
Vino con nosotros porque todavía era uno de los tres cantantes, era de una grosería total. Gritaba como loco. Para compensar, yo cantaba finito. ¡Era una cruza entre Robert Plant y Ginamaría Hidalgo!
13.
El viaje concluyó con una nota trágica.
Ricardo Meyer, que en ese entonces era nuestra primera guitarra, decidió no volver con nosotros. Se quedó por allá con su mujer y su hijita, con la intención de visitar a su padre. Y mientras el padre manejaba por un camino de montaña, volviendo de Cafayate, se desbarrancó.
Milagrosamente, la nena sobrevivió.
14.
¿Qué recuerdo tenés del Mundial 78, durante el cual Argentina se consagró campeón, en plena dictadura?
Yo separé las cosas, como hizo mucha gente. Como sabía lo que estaba pasando, no fui nunca a la cancha. Tampoco salí con la bandera a festejar.
Las únicas veces que festejé por cuestiones vinculadas al fútbol fue cuando ganaban Estudiantes o Gimnasia y Esgrima de La Plata. En la época gloriosa celebrábamos con todo: sándwiches de miga, maníes, cerveza…
Aprovechábamos el festejo y nos sumábamos, dejando la mesa sin pagar.
¡Si yo siempre fui bostero!
Una comparsa armé alguna vez con Symns, Claudio Kleiman y el Rafa Hernández. Pero los amuchamientos no me gustan, porque soy fóbico.
Nunca pude 133
estar como está la gente que me va a ver, esa masilla que se arma adelante, al pie del escenario. Si me metiese ahí, me agarra un ataque inmediatamente. ¡Me cago y fue!
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Un Indio casi irreconocible, durante un show perdido en la noche de los tiempos.
15.
Por aquel entonces terminó la relación con Silvia. Ella cuenta: La
relación se
fue resquebrajando. Él estaba abocado a su carrera y no deseaba una
familia.
Sentí que no quería convertirme en el juguete rabioso de esa historia.
Preservé el
recuerdo, todo aquel amor que fue tan importante, toda la gente
maravillosa que
conocí. Nunca encontré un lugar para mí, más que ser “la novia de” (…)
Sentía
inseguridad. No podía proyectar nada a futuro (…) Él era mucho más
grande
que yo psicológicamente, me cuidó hasta donde pudo hasta que a mí se
me chifló
el moño… Y un día me dije: Esto no es vida. Vuelvo a casa.
Al principio de la relación, cuando yo llegué a pesar 59 kilos, ella me salvó.
Yo estaba haciendo mala vida, vivía en la casa de Iche y no salía de adentro de una bolsa de dormir, no quería comer. Estaba con una cagadera atroz, interminable, y Silvia empezó a darme dulce de membrillo… ¡y me sacó adelante!
La recuerdo como una piba de formación abismalmente diferente de la mía, lo cual terminó imponiéndose. Obviamente no supe salvar esa diferencia que me hubiese correspondido, por ser mayor que ella y estar familiarizado
con el ambiente en el que la incluí. Dentro de las personas que me han conocido y dieron testimonio de nuestra experiencia en común, ha sido de las más honestas y generosas.
16.
El debut en Buenos Aires ocurrió en agosto de 1978. Fue en el Centro de Artes y Música (CAM), de Cerrito 228, donde los habían contratado por dos fechas.
Tocaron un viernes y la administración suspendió la actuación del sábado…
Convirtieron este lugar en un cabaret, dijo el encargado. Esa fue la excusa, porque en realidad le habíamos arruinado todo. El día anterior, al terminar la prueba de sonido, alguien se había olvidado una canilla abierta en el baño. El agua desbordó, 135
se ve que el peralte del lugar daba para la sala… y se inundó todo. Entrabas, y al pisar la alfombra hacía: PLAF, PLAF…
Lo cual, por cierto, nos salvó. Porque el Doce, disfrazado de sultán, entró a repartir los redonditos de ricota flanqueado por efebos que sólo vestían un pañal para adultos y llevaban bengalas encendidas. Y de esas bengalas, claro, saltaban chispas. Tantas, y tan peligrosas, que después del concierto descubrimos que habían producido quemaduras en la alfombra… ¡a pesar de que estaba empapada!
De no ser por la inundación, capaz que incendiábamos todo.
La crónica que Claudio Kleiman escribió para el Expreso imaginario
habla de
la desafortunadamente no muy numerosa concurrencia.
Es verdad, no fue mucha gente.
Y los describe así: El guitarrista Sky (sic) vestido como un temible punk.
Fentom (nuevamente sic) comandando su bajo desde un deslumbrante
traje de
mosquetero. Indio Solari cantando enfundado en un overol blanco.
Gabriel (o sea, el Conejo Jolivet) punteando su guitarra inaccesible en su
frac azul con
una enorme flor amarilla y Migoya batiendo los parches vestido de no sé
qué
cosa.
Pensá que el Centro de Artes y Música pretendía ser un lugar serio. En la fecha previa había tocado Mike Cooke, el intérprete de cítara… Y entonces llegamos nosotros, una banda de ex presidiarios que producíamos un aquelarre no sólo en el escenario, sino en la sala entera. Esa fue la vez en que el amigo Carlitos de La Plata se mandó solo al escenario, tiró su Rolex al suelo y le empezó a zapatear encima. (Puede que fuese un Rolex paraguayo, claro. Aunque, tratándose de Carlitos, me imagino que era un Rolex de verdad…) Después salieron las chicas…
Lo que Kleiman llama “el ballet ricotero” que, a su juicio, estuvo a
punto de
provocar infartos.
Porque salían con una remerita transpirada encima de las tetas. Algo sutilmente erótico, digamos.
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Dice que una de las bailarinas, a quien llama Cecilia, hizo su número
mientras
el conjunto desgranaba un ritmo tropicalón, de título Solista .
No, no era “solista” . Lo que cantábamos era: Solita, déjenla solita.
Kleiman subraya que ustedes intentaban devolverle al rock and roll el
carácter
festivo que parece estar perdiendo.
Es que la pasábamos bien y la gente también. El objetivo básico era proteger el estado de ánimo, que era lo único que, en aquellas circunstancias, se podía proteger.
En esa actuación debutó el Conejo Jolivet, que siempre manifestó su extrañeza porque el cantante, a quien le decían “El Astronauta Italiano”, nunca aparecía en los ensayos.
Nos poníamos sobrenombres todo el tiempo. Lo del astronauta vino en parte por el mameluco que usaba. Fue algo que empezó por austeridad, ante todo. Yo había visto a Pete Townshend usando uno y me dije: Qué bueno.
Me compro uno blanco, después lo tiño de un amarillito para que parezca que es distinto, más adelante le pego una teñida oscura y después lo salpico con lavandina. Y así lo podía usar varias veces.
Lo de la calva jugaría su rol, también. Por aquella época no era habitual ver a un rockero pelado.
La melena fue desapareciendo… Ya me habían cortado el pelo para la colimba, y cuando creció se me empezó a ralear más. Me lo dejé largo igual y apareció la calvicie acá arriba, que al principio no era tan pronunciada.
Podía seguir jugando al hippie igual. Me acuerdo de que con mi amigo Piti nos poníamos un vestuario rarísimo. Él decía que estaba vestido como un golfer australiano. Yo llevaba una camiseta a rayas azules y amarillas y un pantalón bordó con lentejuelas que tenía el elástico vencido. (Era parte de un disfraz de sultán, que conservaba desde chico.) Nos poníamos a jugar en la calle a la pelota paleta o algo así. ¡Todo el barrio nos miraba por la ventana!
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