Recuerdos que mienten un poco
Capítulo Veinte. El largo adiós
Yo era de visitar el World Trade Center, cada vez que iba a Nueva York. Me gustaba un negocio de ropa que se llamaba Structure, ubicado en el mall del subsuelo. Había dos vendedores, ahí, dos morochos a los que ya conocía y se acordaban de mí. Me preguntaban sobre la Argentina, el típico chichoneo que se entabla con los clientes. Nunca pude saber si sobrevivieron o no.
No volví a Nueva York hasta que quitaron toda la parafernalia militar.
32. Arturo Illia (1900-1983) fue un presidente de la Nación, de origen radical, desde 1963
hasta que un golpe militar lo derrocó en 1966. La oposición —y en particular, la prensa— fue siempre inclemente con él, achacándole inoperancia y una lentitud, lo que le valió el apodo de
“La Tortuga”.
33. Literalmente, cuadrada. Por extensión se aplica a aquello que es convencional y previsible.
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Capítulo Veinte
El largo adiós
La última curda — Coming Home — La traición — El señor de la pelada quiere mucha guita — Algo más importante que uno mismo — Un período de luto — La Argentina en llamas — “Violencia es robar” — Del acuerdo entre amigos al contrato comercial
1.
El 30 de octubre de 2001 dieron una entrevista a la revista La García, en un bar de Palermo. Los periodistas recuerdan que fue un encuentro amable, y que cuando terminó…
Se quedaron viéndonos mientras nos íbamos: Poli, Skay y yo, caminando abrazados. Eso dicen. Qué sé yo… ¡Puede ser!
Pero la noche no concluyó ahí.
Fuimos a la casa de Poli y Skay, a seguir conversando sobre las cosas de rigor que debían resolverse antes de una fecha. Porque ya teníamos una en camino, a tiro de piedra: el 8 de diciembre en el Club Atlético Unión de Santa Fe. La publicidad ya circulaba, las entradas estaban a la venta.
Lo que pasó esa noche me sorprendió. Puede que la embriaguez haya tenido que ver, estábamos medio picoteados… Veníamos hablando de los asuntos pendientes y salió el tema de los videos de Racing: aquellos que habíamos grabado con tantas cámaras y que algún día, cuando estuviésemos en las condiciones ideales, queríamos editar y posproducir. Yo llevaba años reclamando que se hiciesen 439
copias del material, por cuestiones de seguridad: si se incendiaban o se inundaba el lugar donde Poli los tenía guardados —estamos hablando de enorme cantidad de casetes de formato U-Matic—, el material se iba a perder para siempre.
Al principio me daba pudor reclamar, no quería que pareciese que desconfiaba de algo, o de ellos. ¡Porque yo no desconfiaba! Mi planteo pretendía evitarnos problemas. No sólo en la eventualidad de una destrucción del material: si a alguien le pasaba algo —a ellos, por ejemplo, o a mí en el caso de haber sido el custodio—, reclamar a los herederos podía convertirse en una cosa engorrosa.
Pero esa noche me puse más firme, porque ya habían pasado al menos dos años dándole vueltas al asunto. Siempre me decían: Sí, sí, tenés razón, lo más conveniente es hacer copias, no sea cosa que se arruine el material…
Hay quien declaró que ellos se lo habían confiado al hijo de Poli, aunque con el tiempo Poli salió a decir que estaba bajo su custodia personal.
El hecho es que me di cuenta de que no tenían la menor intención de sacar copias y dejarlas a mi cuidado. Y la conversación empezó a subir de tono.
Esa vez sí que grité. Me paré y le dije a Poli: ¿Quién te creés que soy, yo?
¿Uno de esos pelotudos serviles que te chupan las medias por las noches, en los boliches que frecuentan? Porque me seguía diciendo sí, sí, como si contase con que yo me olvidaría del asunto apenas cambiásemos de tema.
Pero la situación se había repetido demasiadas veces ya. Y yo me había dado cuenta de cómo venía la mano.
De todos modos ellos insistieron en poner paños fríos, lo cual me rompió más las pelotas porque sentí que querían mantener las cosas así. Y mientras tanto yo seguía gritando. La situación me había sorprendido, no podía creer que insistiesen en tratarme como a un forro: el forro sos vos, en todo caso, que estuviste trabajando años en una traición cuando podríamos haberlo hablado mil veces, tranquilamente.
Si se trataba de un material que no se podía comercializar sin la autorización legal del otro: ¿para qué les servía escamoteármelo?
No tiene el menor sentido. Lo único que se me ocurre es que parte del material se haya arruinado y no les haya dado la cara para confesártelo…
Lo único que sé es que seguimos gritando hasta que Skay se fue a la mierda, porque no le gustan las situaciones tensas. No recuerdo si al final dije expresamente: Esto se acabó acá, pero me subí al coche —el chofer me esperaba 440
afuera, se había dormido ya— y volví a casa.
2.
Me enfurecí tanto que no daba para volver atrás. Es algo que escapa a mi capacidad de manejarlo: cuando se me sale la cadena, soy medio jodido. Le hago la cruz a una persona y deja de existir en mi vida aunque no me guste, aunque prefiera que sea todo distinto. Y esa madrugada entendí que no quería saber más nada con ellos.
Me llenó de amargura darme cuenta de lo que estaba pasando, de lo que seguramente venía pasando desde hacía años: ¡qué ingenuidad, la mía! Esa es una de las características de la traición: no sabés cuándo empezó, sólo la ves cuando llega el momento en que explota. El enojo me duró tanto tiempo…
Puedo discutir con amigos por motivos intelectuales, mil y una veces. No necesito que alguien piense igual que yo para seguir queriéndolo. Pero no puedo pasar por alto la mentira, hacer de cuenta de que no existió. La amistad debería ser a prueba de balas. El tema es que, cuando aparece una fractura tan grande, cuando te das cuenta de algo oscuro y toda la historia previa empieza a tambalear…
¿Cómo seguís adelante con una relación, una vez que se instaló la desconfianza entre todos? ¿Cómo sabés si la verdad va a volver alguna vez a la boca de un amigo que te traicionó?
Porque esos son los términos en que yo vi y sigo viendo la cosa: para mí fue una traición. Que arruinó un eje de mi vida, algo central. Más allá de Bruno y de Virginia, no me han pasado cosas más importantes: ¡como proyecto de vida, yo fui un Redondo durante casi toda mi existencia!
Y ellos prefirieron romper ese proyecto, antes que hacer copias del material.
Si hubiesen dicho: Disculpá por haber tardado tanto, se nos pasó, mañana mandamos a copiarlo todo… Pero creo que a esa altura había un agujero muy difícil de tapar. Y yo no soy muy flexible ante ciertas cosas. Es algo que me pasa desde chico, cuando disfrutaba leyendo las historias del rey Arturo y los Caballeros de la Mesa Redonda. Porque las armaduras serán incómodas y los vinos que tomaban por entonces tendrían gusto a mierda, pero la conducta hidalga que propugnaban esas historias me sigue pareciendo válida, digna de ser reivindicada aún hoy, defendida como código de vida.
A lo largo de mi historia he rescatado a amigos que tenían muchos defectos, pero 441
ese no. Para mí la traición implica un punto de no retorno. Desde el cual me replanteé todo y revisé nuestra historia.
Pasé un tiempo mirando hacia atrás, tratando de entender. Porque no había sido una pelea circunstancial de amigos, sino un choque esencial que te hacía pensar cuándo habían comenzado a ver las cosas de esa manera.
¿Cómo llegué hasta acá, cómo llegamos todos? ¿Cuánto hace que viene fingiendo, esta gente? ¿Por qué no tuvieron la valentía de decirme la verdad?
Uno también se preguntaba si la causa no habría sido otra. Por ejemplo, mi necesidad de un cambio musical —de una evolución, para ser preciso— que ellos parecían no necesitar, no demandarse a sí mismos. Pero si tanto les molestaba, ¿por qué no me lo dijeron nunca? Nadie presentó objeción ni me puso ningún tipo de barrera. Por eso el deseo de cambiar no me empujaba en la dirección de romper la banda. Yo estaba muy contento con Momo Sampler, era exactamente lo que había querido hacer. ¿Qué razón tenía para patear el tablero?
3.
Por un lado me sentía como un pelotudo pero leve, porque los que habían invertido un tiempo nefasto en esa conjura eran ellos, no yo: el tiempo de la mentira, del ocultamiento. Yo no estaba padeciendo por la transformación que podía haber ocurrido en mí, de haber tenido segundas intenciones para con ellos. Al contrario, mi preocupación era: ¿cuántos años hace que esta gente viene escondiendo este entripado y fingiendo que no pasa nada?
Porque era obvio que la decisión de que el material permaneciese en el garaje no era cosa de esa noche; no respondieron a un impulso repentino de dejar caer las máscaras y decirme que no. Ante esa revelación, te ponés a evaluar, a contemplar el cariño que habías depositado en ellos durante años, el respeto que les tenías… y te sentís un pelotudo.
Estaban en juego treinta años de amistad.
Es que la traición fue muy grande. No era que había quedado en pasarte a buscar a tal hora y me colgué. No se trataba de que vos fueses de Vélez y
yo no. Teníamos otras discusiones como en toda relación de larga data, pero esto lo arruinaba todo hacia atrás. Eso es lo que tiene la traición: cuando te largan duro los que creés 442
leales, te empezás a preguntar cuándo arrancó todo, cuánto tiempo hace que están engañándote. Y no hay recuerdo bueno que no se te arruine. ¡Todo lo que viviste empieza a parecerte falso, irreal!
Para mí era una falta gravísima porque iba más allá de la amistad, del asunto personal: la esencia de Los Redondos era otra, mucho más grande que nosotros mismos. No se limitaba al hecho de que formábamos parte de una banda de rock.
Lo que estaba en juego, lo que se dinamitó, fue el proyecto todo.
Lo que dolía más que la pérdida de la amistad era la negación del proyecto.
Sentir que habíamos engañado a la gente, que pensaba que éramos como hermanos.
Cuando lo que había pasado revelaba que no lo éramos; que había existido durante ya algún tiempo otro plan íntimo y secreto que no me habían manifestado, aunque me involucrase. Por eso sentía vergüenza: porque asumía que, por más que hubiese ignorado ese plan, yo había colaborado a perpetuar un engaño.
La gente creía en todo Patricio Rey, no sólo en mí. Por eso, cuando entendí que Los Redondos no éramos lo que la gente creía, me dio vergüenza y cometí el error de ocultarlo. Ocultar no es mentir, ya lo sé: ¡pero pega en el poste! Me pareció que callar era lo más coherente en el momento, pensé que ya habría tiempo de explicarlo. En ese momento me preocupaba la gente que ya tenía entradas para Santa Fe. No quería que, dos semanas antes del show, se enterasen por los medios de que nos habíamos peleado por intereses.
Yo estaba con los huevos hirviendo, pero no quería ensuciar la historia de Los Redondos. Que los tipos de esa banda terminaran para la mierda por
cuestiones de intereses era una mancha, para mí. La banda era legendaria, independientemente de que nosotros no estuviésemos a la altura de la leyenda. En el caso mío, lo que estaba en juego no eran intereses de dinero.
En el caso de Skay creo que tampoco, pero sí era una cuestión de poder: de dirimir quién se quedaba con él.
Porque ¿qué versión imaginás que iba a tener más prensa: la de que nos habíamos peleado por la custodia artística de la obra de Los Redondos, o la que diría que nos habíamos separado por plata? La gente cree que el de los músicos es un mundo idealista, pero hay muchas cosas terribles. ¡Nadie está exento del pecado de la vanidad!
Aun si ese hubiese sido el caso, yo habría estado en derecho de defender mis intereses económicos, ¿o no? ¿Por qué debería descuidarlos? Pero lo triste es que eso no fue lo que pasó. Si en algo influyó el dinero en esta circunstancia, fue para bien. Andábamos bárbaro en ese aspecto: yo no tenía que salir a ganarme el pan, 443
podía rascarme el higo cuatro años o seguir componiendo… Pero sin guita habría tenido que tocar aunque más no fuese en pubs. ¿Cómo pensás que pude tirar cuatro años sin sacar un disco nuevo ni presentarme en vivo? Por eso pude darme el lujo de circunscribir nuestra diferencia esencial al conflicto por la custodia artística.
Lo hice por respeto a la gente. Mi interés no era la guita sino el prestigio que habíamos sabido construir, la cuestión de cómo se iba a manejar nuestra obra el día de mañana, cuando alguien ajeno pretendiese intervenir en ella.
Para mí crecer era crecer con la banda, no solo. Lo que me jodía era que se jodiese la epopeya de Los Redondos. No tanto por la relación con los otros músicos, sino por la resonancia que tenía entre la gente. Yo me enamoro mucho de los proyectos, me encantaría que Los Fundamentalistas siguiesen sin mí.
Cuando yo quemo naves, quemo naves. Y ya no me importa un carajo lo que atesoré hasta ayer, aunque sea mío. Por eso nunca les hice juicio. Si
quieren regalar ese material de video, hacerlo público, yo no me voy a oponer.
Pero en fin, me hubiera gustado que Los Redondos tuviesen un final más dedicado a la gente. Me quedé con las ganas de un final más elegante.
4.
Lo que finalmente no quise pagar fue el costo de la mala sangre. Si una disputa me arruina la vida y me devora el día pensando en eso, en vez de hacer algo nuevo o de disfrutar de mi hijo… No. Que se lo metan en el culo. Nunca tuve el problema de la página en blanco. Siempre hay algo que me da ganas de hacer, si no es la música es dibujar o escribir o lo que pinte.
Durante nuestra historia había registrado pequeñas claudicaciones, que no me importaron mucho. Por ejemplo: el hecho de que le prestasen dinero del fondo de la banda a cierta gente, diciendo que era plata de ellos y no nuestra. Son acciones que algo revelan respecto de tu personalidad. Pero yo las minimizaba, porque pensaba que necesitaban granjearse cariño dado que yo me manifestaba poderoso dentro del grupo y a ellos los tranquilizaba reunir tropa. Me parecía algo tolerable, en tanto armaba un equilibrio que también me protegía a mí.
Pero cuando ocurre algo así, el pasado se transforma de tal manera que ya no podés reconstruirlo. ¿Pensás que lo que pasó esa noche fue espontáneo?
No, era algo que evidentemente se venía incubando desde hacía años.
Entonces, ¿cuándo 444
empezó?
Ocurre que yo no quería vivir retrocediendo casilleros. No tengo ni tenía entonces edad para dedicarme a ir para atrás. Por eso terminé tomándolo como había venido: la taba había dado culo. Y yo que había inventado todos esos refranes —cosas como: Esta es la primera y la última noche—,
¿me iba a poner a investigar por qué había pasado algo negativo, una vez que finalmente se dio? Y la verdad es que no.
Por eso no los he extrañado humanamente, desde entonces. Perdieron significación en mi vida. La conservan históricamente, pero nada más. De ahí en más tardé cuatro años en sacar un disco solista, pero no porque me los pasé pensando en ellos. Más bien me los pasé pensando cómo hacer para salir a la luz otra vez.
Con Los Redondos pasó como con esos matrimonios que se separan para tomarse unas vacaciones y justo el tipo conoce una minita… ¡No hay modo de volver!
5.
Esa madrugada debés haber llegado a tu casa, ido a dormir de una y…
¿a la mañana siguiente le dijiste a Virginia: Se acabaron Los Redondos?
Debe haber sido así. La Flaca es de leer las situaciones aun sin decirme lo que ve, no sé si no tenía sus sospechas. ¡Generalmente no se equivoca!
A mí la experiencia psicodélica me produjo una transformación importante.
De joven era fácil adjetivarme —no me pidas que precise qué adjetivo—, pero después ya no. No es que uno sea especialmente diáfano de espíritu, pero si la vida te ayuda y la gente te quiere… A mí me han hecho más fácil la vida. La gente no proyectó sobre mí la imagen de un rock star estilo Pomelo, ni la de un loquito, ni la de alguien que encuentra natural tirarse a una pileta desde un noveno piso. Lo que proyectaron sobre mí fue una imagen de integridad. Y si te ven como honesto, aprovechá la volada que nadie desconfía; jugá al juego que te están dejando servido y mejorá tu vida. Si no agarrás viaje…
Diferente es cuando hay que remar y la sociedad está en contra. Yo le decía a Los Redondos que eran una banda que tenía muchas cosas pero no temple, porque 445
nunca debieron pelear para ganarse el público. Pero esa no era la experiencia por la que atravesaba el resto de las bandas: gente que la yugaba como loca y aun así no la iba a ver nadie, hasta que el cuarto disco tenía un éxito módico pero el quinto los mandaba de vuelta a la oscuridad…
A nosotros eso no nos pasó nunca. Cosa que te transforma en un inútil espiritual, porque te acostumbra a la posición de no haber tenido que ponerle huevo nunca. Por suerte venía peleando por mi manera de pensar desde mucho antes de que existiesen Los Redondos.
Yo dije muchas veces que no quería seguir trabajando de Redondo, pero en los hechos seguí haciéndolo igual. Sólo que trabajo de un Redondo que muta, no de uno que se queda en stand by, aprovechando que la gente ya lo quiere.
¿Por qué imaginás que les importaba tanto ese material en video?
¿Para contar otro tipo de historia? Yo sé lo que se obtiene cuando manejás la edición de algo. Me das una peli tuya donde aparecés jugando al fútbol y si yo quiero sos un crack y si yo quiero sos un patadura. Y esa era la que les quedaba: presentar una visión del asunto distinta de aquella que la gente percibía. Hacer un libro donde opinan los amigos que han comprado y hasta los que conservaron la inocencia como el Piojo, que dice que yo siempre llevaba las canciones y todo comenzaba ahí.
¿Es verdad que nunca los extrañaste?
No los extrañaba desde hacía ya mucho. Es algo que no puedo manejar. No es que yo decido ser inflexible: me pasa. Por eso perdí el vínculo emotivo.
Lo único que hoy puedo decir de Skay es que es un gran guitarrista. El mejor que hay acá, que además tiene presencia escénica. ¿Por qué habría de negarle sus méritos?
Los últimos años nos veíamos mucho menos, casi siempre nos encontrábamos por motivos de trabajo. Ni siquiera componíamos juntos, desde que aparecieron las máquinas y empezamos a tener cómo hacer maquetas sin necesidad de tararearle la melodía al otro.
Más allá de eso, éramos muy diferentes en términos de personalidad. Nunca tuvimos un comportamiento simbiótico, de manada. Cuando viajábamos, por ejemplo, yo me levantaba temprano y salía con Breuer y ellos se
quedaban en el hotel hasta el mediodía. Nuestros hábitos de vida no podían ser más diversos. Yo 446
me despierto y soy un cohete, quiero que pase algo con la vida ya mismo.
En eso me pesa la tradición culpógena, más cristiana que judeo en mi caso: creo que siempre me estoy perdiendo algo y por eso tengo que salir a su encuentro, por más que físicamente no me mueva de acá. Por eso, todas las mañanas bien temprano me zampo una medialuna con café con leche y arranco para el estudio: donde me siento bien, donde hago las cosas que amo hacer.
La amistad se da en el plano cotidiano, cuando hay planes en común. Los viejos amigos, cuando esos planes ya no existen, pasan a una especie de limbo. ¡Limbo rock! (Ríe.)
De inmediato hubo que salir a suspender la fecha programada.
Eso no fue consensuado directamente. Si no recuerdo mal, lo acordamos a través de algún mensajero.
6.
Lo que resulta evidente es que el tema de los videos fue la chispa que hizo estallar un polvorín que ya existía. Si repasás las letras de los últimos discos, hay señales de un cierto malestar.
Parece que yo lo anticipo en algunos versos, es verdad: eso de un par de culos va a patear… Pero conscientemente yo no hilaba tan fino. No sé si quería ir dejando esas heces, esas bostitas, a lo largo del camino. Era muy cómodo el proyecto, se trabajaba sobre la materia original que yo llevaba, ganábamos dinero… ¡No estuve muy a favor de que se desarmara! Por eso, lo que pude haber dicho a través de las letras no lo expresé en términos de mi lucidez al respecto, sino poéticos. La poesía pasa a través de uno, cuando te atraviesa y te conquista no sos consciente de todo el valor que tiene, de lo que expresa en sus dimensiones más profundas de sentido.
Lo que no me quedaba otra que asumir era que ellos venían arrastrando, y callando, una desconfianza respecto de mí. Tiempo después el flaco escribió una canción a la que ¿casualmente? suele cambiarle la letra en vivo: Guita, quiero mucha guita, decía el señor de la pelada… Yo no le dediqué ninguna canción. A Enrique Symns, sí. Enrique es una de las mejores cosas que me encontré, aun con 447
sus canalladas.
¿De qué podían desconfiar?
Imagino que desconfiarían de lo que terminaron confesando públicamente años después: de que yo quisiese “quedarme” con la banda. ¿Cómo te quedás con una banda? ¿Vas y decís: A partir de ahora mando yo? En ese caso, ¿por encima de quién empezaría a mandar? ¿Con qué me quería quedar, si ya hacía todo lo que quería?
Nuestros caminos se habían vuelto divergentes en lo humano, desde hacía algún tiempo. Creo que todo empezó antes, cuando me mudé lejos de la Capital. Ya no era lo mismo irse de un boliche en Estados Unidos y no sé dónde, barrio de San Telmo, hasta Ramos Mejía, que venirse de ahí a Leloir en un tiempo en el que todavía no había autopistas.
Por otra parte, siempre habían renegado por lo bajo de todas mis parejas.
Skay no tanto pero Poli sí, se las arreglaba para encontrar algo que decir —
en un tono irónico, claro— de mis parejas del momento. Quizás con otras mujeres no me molestó tanto, pero cuando se metió con la Flaca… Eso ya no me tiró bola.
El hecho de que me convirtiese en padre también puede haber influido.
Recién me cayó la ficha de lo que significaba el asunto cuando Bruno estuvo acá, entre nosotros. Me di cuenta de que, al irme de joda o viajar por las mías, incurría en una especie de abandono, dejando acá solos a Virginia y al nene.
Y ellos empezaron a hacer chistes raros: Eh, qué pasa, ¿no te dejan salir?
¿Tenés que quedarte en casa a cuidar del bebé? Como si, en esa circunstancia, mi paternidad le robase tiempo al proyecto común. Y no me robaba nada al respecto.
Lo que sí me robaba era el tiempo para ir de caravana, para estar a mano de los dealers. Nada de eso me interesaba, ya. La bohemia que me había gustado no existía más, lo que quedaba era puro chusmerío. En cambio lo tenía a Bruno, que empezó a comprarme con esa inocencia tan, tan grande…
Hasta entonces habíamos formado parte de una especie de terceto funcional, con el resto del mundo en un segundo plano. Skay me decía siempre: Hermanito, hermanito, aunque no podíamos ser más diferentes. La pileta a la que Skay se tiró toda la vida tenía agua hasta arriba, en cambio yo me tiraba a las piletas para ver si había agua.
Creo que ellos alentaban una relación más simbiótica, pero yo no soy de tener 448
esa clase de vínculos. Y entonces me fui a vivir lejos. Y después llegó Bruno, subrayando aún más la seriedad de mi pareja; de algún modo, la paternidad demostraba que mi relación con Virginia no era circunstancial.
7.
¿Cuál fue el cambio más notorio que produjo Bruno en tu vida?
Me di cuenta de que tenía que durar más tiempo. Aquel que vivía en la bohemia no duraba para siempre, pero no se calentaba por eso: pocas cosas se comparan a la vida espléndida y heroica que lleva adelante el bohemio cuando cree que nadie depende de él. Por eso no se preocupa: la ficha cualquier noche sin problemas. Ma sí: ¡BUM! En cambio, cuando ya tenés a alguien que te importa más que vos mismo… Alguien que te impulsaría a tirarte al agua para salvarlo, aunque sepas que te vas a hundir también.
Entonces tu vida empieza a tener otra significación.
Cuando aparece la inocencia, te vuelve testigo de un fenómeno que no podés dejar de atender. El niño pequeño es como el ser humano esencial: pura potencialidad, para quien todo es deslumbrante y que vive en un estado de constante descubrimiento. Prestarle atención a lo que lo inquieta, a todo aquello que inquiere, es una experiencia increíble. Terminás diciéndote que no puede haber un dios, porque si existiese no podría nunca castigar a una inocencia semejante.
Tengo una relación muy linda con Bruno. No soy de tironearlo. Siento devoción por él. Virginia también hizo un cambio grande, desde que nació.
Es que el crío no sólo despierta tu interés sentimental, lo afectivo: también potencia lo intelectual.
Vas atendiendo a su desarrollo, lo estimulás… ¡y a la vez te estimula a vos!
Eso sí: no aprendí a jugar a las maquinitas, y tendría que haber aprendido…
Los chicos te ofrecen un tiempo para descubrirte a vos mismo inocente.
Ayudan a que puedas imaginarte niño. Hay una etapa de la vida que todos tenemos nublada.
Los primeros cinco años son siempre un borrón, sólo conservás visiones que no sabés qué tan ciertas son, si es algo que contó tu abuela y uno redondeó en su cabeza o… En ese sentido, la experiencia con Bruno me transformó. Yo nunca había sido un tipo muy expresivo con los chicos. Mis amigos me daban sus bebés y yo sentía que me estaban confiando una bomba. Se me cae ahora, ¿y qué hago?
Cuando me dieron a Bruno recién nacido, para llevarlo a que lo pesaran y bañaran, 449
empecé a pensar: ¿Y si me tropiezo, cae y explota? Todos esos mambos de escritor que te pasan por la cabeza…
Estuvimos ocho años sin viajar, con temores de padre añoso. Cuando tenés veintidós años tu vida todavía está en juego, si tenés un hijo entonces lo
cuidás y lo querés pero todo sigue siendo un chisporroteo. Pero cuando lo tenés de grande…
Nos pusimos a pensar si convenía que viajase yo solo y ellos por otro lado.
¡Y si me quedaba solo, era peor! ¿Cómo sabés qué avión se va a caer? ¿Por qué querría yo salvarme solo?
En mi historia infantil, la expresión de afecto físico padre-hijo no existía.
Mi niñez tampoco fue la misma que la de mi hermano, porque ya había cambiado la historia familiar. Mi manera de guiar a Bruno es no darle órdenes. Antes te metían en una atmósfera que te obligaba a comportarte como todos. Y uno terminaba rebelándose ante las imposiciones: yo no volví a jugar nunca más al ajedrez, por ejemplo.
Trato de guiar a Bruno, pero no de avasallarlo ni de hablarle “de hombre a hombre”. Pretendo que le toquen un montón de esos momentos efímeros de felicidad. Soy un padre añoso, le voy a faltar tempranamente. Por suerte es muy inteligente. El otro día lo veo metido para adentro, le pregunto qué le pasa y dice: Es que yo soy así, taciturno. Por supuesto le enseñás que la electricidad es peligrosa y esas cosas esenciales a la supervivencia. Mis viejos nunca hablaron conmigo de sexo, simplemente metieron el libro de Havelock Ellis en el placar.
¿Te dio por la vida hogareña, a lo Lennon de los últimos años?
Me despertaba mucho por las noches, cuando Bruno lloraba. La Flaca es de esa gente que ama dormir y se desquicia cuando le perturban el sueño. Por eso, apenas el nene se despertaba lo empezaba a batir, como si agitarlo ayudase a que se durmiese más rápido. Y yo le decía: Dejámelo a mí. Me llevaba muy bien con esa onda. Yo lograba calmarlo. Uno les canta, a los nenes… Pero, por lo demás, seguí haciendo lo de siempre.
¿Arrancaste a trabajar por las tuyas, como si nada?
Tenía para mí que eventualmente iba a formar una banda, pero al principio fue un período de luto. Yo no venía preparándome para eso. Fue como empezar de cero 450
otra vez.
El luto se debió a que el final abrupto me sorprendió. Yo creo que ellos volvieron antes al ruedo —Skay no tardó mucho en sacar un disco solista—
porque no se sorprendieron. No decidieron aquella noche que no me iban a dar copia del material, debían tenerlo decidido desde hacía tiempo. Y yo no tenía necesidad económica. Estaba tratando de relajarme como artista.
Mirando para atrás…
Llegué al punto de preguntarme si no debía modificar mi discurso público.
Pero vi que nunca había sido cuestionado y asumí que no hacía falta modificar nada. Por suerte, no necesité traicionarme a mí mismo.
El hecho de que me haya tomado cuatro años antes de sacar un disco expresa que hubo un duelo importante, ¿no? Yo lo viví de esa manera.
Seguí haciendo lo de siempre, componiendo, escribiendo… Pero lo de exponerme en el mercado, rearmar todo, me daba una cosa… Si con los amigos me había pasado eso,
¡imaginate las posibilidades que entreveía en el futuro!
8.
¿Qué hiciste respecto de los músicos de la banda?
Vinieron a casa y les conté lo que había pasado. Creo que no di demasiados detalles, sólo dije que no tenía más ganas de seguir.
¿Nunca dudaste respecto de tu futuro, o repensaste a qué dedicarte?
Nunca dudé. ¡No sé hacer otra cosa! Bah: la realidad es que, cuando uno se apasiona por algo, apela a la excusa de decir soy un inútil para todo lo demás para que nadie te distraiga o se entrometa. Yo no soy un inútil.
Cuando adolescente, durante las prácticas de tornería, en vez de hacer las piezas que los profesores me pedían hacía piezas de ajedrez con un palo de escoba. Eran unas máquinas enormes, esos tornos. Los profesores no me aprobaban porque yo no respetaba las consignas, pero cuando había clases
públicas me mandaban a dar clases a mí. Y yo le regalaba las piezas a la gente…
Hay muchas cosas que sé hacer, pero me hago el boludo para que no me reste tiempo. La voy de inútil… El asado me sale bien pero prefiero que sea otro el que 451
se cague de calor. ¿Por qué te pensás que al asador se lo aplaude?
La música es lo único que me interesa hacer. O escribir. En un momento quise convertir la pileta vieja, que no usamos, en un búnker donde pintar.
Pero no pude convencer a la Flaca…
Yo sabía que iba a seguir haciendo esto, aunque fuesen a escucharme mil personas. Ahora mismo no sé si voy a pisar otra vez el escenario.
Probablemente lo extrañe un poco: son dos horas y pico ahí arriba, durante las cuales te sentís en un estado de plenitud muy grande. Pero cuando ese día llegue me acomodaré a lo que sí puedo hacer. Me voy a liberar de la presión de la cuenta regresiva, de estar pendiente de las entradas vendidas, de los nervios de los músicos… ¡Pero no voy a dejar de hacer canciones!
Así como nunca tuve miedo a la página en blanco, nunca me asustó la idea de volver a empezar. Tenía la seguridad de que, aunque viniera una mala, me las iba a arreglar para volver a tener lo que había perdido. Como me pasó con el viejo depto de La Plata, cuando lo dejé abierto a sabiendas de que mis amigos lo iban a limpiar: a llevarse los muebles, la heladera, todo.
¡Pero todas esas eran cosas que yo sentía que podía recuperar! Como estoy convencido de que soy razonablemente bueno en lo que hago, pienso que de un modo u otro siempre me va a ir bien. Si sos un buen ebanista, cuando necesiten a alguien así te van a llamar a vos.
¿Cuál fue el sentimiento que se impuso, una vez que fuiste dejando atrás el luto?
Sentí libertad. Algo inevitable, cuando lo comparaba con aquello a lo que estaba acostumbrado. Eso de entender que ya no tenés que consultar nada con nadie, ni siquiera por respeto o consideración. Y no sólo en lo que hace
a lo estrictamente musical: las discusiones en torno de si convenía o no la televisión… Porque siempre hubo opiniones dispares al respecto. Pensá que, durante mucho tiempo, si no ibas a la televisión no eras nadie. ¡No existías!
Me aislé, sí. Venían los amigos de La Plata a embriagarse y jugar al pool.
Cambió la gente con la que me relacionaba. Empezaron a venir mis sobrinos, que ya estaban grandes. Yo no soy muy familiero, pero venían y me relacionaba.
Abandoné encontrarme con la gente del ambiente.
452
9.
Con el correr de los meses, ¿no empezaste a sentir la presión del público que reclamaba la vuelta de Los Redondos?
La presión creció con el tiempo. Pero en ese momento, no tenía cómo advertirla.
No existían las redes sociales y, por ende, la gente no podía comunicarse directamente con nosotros. Y además, viviendo en una zona de Leloir que es medio como Parque Chas, todavía no llegaban los fans a la puerta de la casa. Que en ese momento ni portón, tenía: ¡apenas una reja! La primera vez que notamos que pasaba algo fue bastante después, un invierno, cuando la gente se quedó a dormir, tapada con mantas. Se pasaron la noche en la entrada.
En ese momento inicial no sentí presión afectiva. Registré el fin de Los Redondos como un noviazgo raro, al cabo del cual te pegaste un palo que te quita las ganas de salir con nadie… o te empuja a salir con todo el mundo, lo cual viene a ser lo mismo. Se parece más a eso, no tengo recuerdos de la presión de la gente.
Ahora, precisamente por las redes, me llegan mensajes que piden lo contrario de lo que se reclamó durante años: Por favor, que no se vuelvan a juntar. Pensá que, entre la gente que hoy me sigue, hay miles de jovencitos que nunca fueron a ver a Los Redondos. Para ellos, el reclamo de la juntada no significa nada.
10.
Pocas semanas después de la disgregación de la banda, el país se prendió fuego. La instauración del Corralito de Cavallo primero y del estado de sitio después dio lugar a una insurrección que acabó con Pepeto de la Ruta fugando en helicóptero.
Algo parecido a lo que se viene, si las cosas no cambian pronto.
En esos días yo estaba en pleno luto, viviendo en lo que llamo “el palacio silente”. Estar acá en Leloir era como estar en la Pipinas de otra época: no teníamos vecinos, las casas que nos rodeaban eran de fin de semana. Ni siquiera había luz pública, como en el viejo Cariló. ¡En invierno no venían ni los perros!
Yo estaba muy abocado a mi hijo. Tampoco salíamos mucho. Estábamos como 453
encerrados en un convento, con la peste afuera. ¡Solaris!
Pero de todos modos no estábamos ajenos a lo que ocurría. Lo veíamos por la televisión, nos contaban los amigos… y también nos tocaba económicamente, claro. A mí me agarró el Corralito, como a tantos otros.
Me las veía en figurillas para sacar lo que nos dejaban sacar semanalmente y pagar los gastos de la casa.
Recuerdo esas imágenes de la multitud lanzándose encima de sobras de comida o del matadero. Eran como hordas, disputándose un queso podrido o un hueso con un poco de carne. Ocurre que, cuando la gente humilde ya no tiene restos de comida que tirar a la basura, se complica toda la pirámide
social. El restaurante del vaciadero funciona a partir de un cierto nivel de opulencia, pero cuando eso se acaba…
También se reventaban a codazos en los basurales, que desde la época de la Libertadora se han usado para matar y desaparecer gente. Les daban una orden de largada y corrían hacia las montañas de desperdicios, con carritos y hasta algunos en sillas de ruedas. ¡Era como la largada de un maratón!
Toda esa época fue un circo siniestro, como el de la peli Freaks de Tod Browning. Sólo que, en este caso, las atrocidades y deformaciones no eran físicas sino morales y afectaban a parte de nuestra clase dirigente.
Lo que la convirtió en una rebelión hecha y derecha fue el hecho de que la clase media viese afectadas sus cuentas bancarias. De otro modo, los pobretes habrían seguido comiendo basura sin que le importase a nadie.
El otro día veía por la tele a una señora, dueña de una boutique sobre la avenida Santa Fe. Decía que estaba cerrando su negocio: entre los costos que le aumentaban en términos de mercadería y de servicios, no le quedaba otra que bajar la persiana. Y aun así, cuando le preguntaban por la política económica de este gobierno, la mujer decía que había que darles tiempo…
Yo no lo puedo entender, te lo juro. A esa mujer —que por cierto está lejos de formar parte de lo más bajo de la pirámide— el nivel del agua ya le llegó a los pómulos. ¿De qué tiempo más dispone? Objetivamente, esa mujer y tantos otros que conozco están teniendo un comportamiento suicida. ¡Están con el agua hasta acá y quieren darle más tiempo al bañero!
Que, por cierto, está descansando en otro balneario…
454
No sé a qué atribuirlo. ¿Tendrán algo parecido a vergüenza espiritual, que les impide admitir que se fueron al carajo?
Lo de 2001 no pasó hace cien años. Y esto es exactamente lo mismo. ¡En buena medida, está afectando a los mismos bolsillos de entonces! Acá el
refrán que habla del que se quemó con leche no funciona. ¿Qué más necesitás para reconocer que te están garcando?
Nuestra clase media es ridícula, lamentablemente. Estaba en el pozo, la sacaron de ahí… ¡y votaron otra vez en favor de los que los hundieron, tanto en el 76 como en 2001! Son como un amigo enfermo ludópata, al que ayudás dos, tres veces y al final le decís basta. ¿Le vas a dar más guita para que se la jueguen a los burros? No sé si son traidores o tarados. Accedieron a la educación y por eso son privilegiados: no pueden comportarse como ignorantes supinos.
Tienen más humo —más pretensiones— que dinero en el banco.
Como el pibe ese que gritaba desaforado durante un cacerolazo, diciendo que quería ir a Punta del Este. ¡Si algo se lo impedía era que su papá no tendría su guita en blanco!
En tu vida ya habías visto muchas crisis, pero ninguna como esta.
La caída de Perón fue jodida. Mi familia la pasó muy mal. Hubo persecuciones, listas negras, te rajaban del laburo. A mi hermano lo venía a buscar la policía cuando estaba en la UES, nos pintaron todo el frente de la casa…
Corridas, cana y gases hubo siempre. Pero no esa cosa medio terminal de 2001.
Desde este mangrullo yo no podía imaginarme cómo nos íbamos a recuperar.
Porque a la crisis económica feroz cabía sumarle la crisis institucional…
¿Cuántos presidentes juraron en unos pocos días? Recuerdo cuando uno de ellos, Rodríguez Saá, anunció el default en el Congreso y todos vivaron…
Está claro que la mayoría de la deuda que teníamos era trucha, un robo.
¡Pero el Congreso no podía gritarlo como si se tratase de un gol!
Estuvimos tan cerca de terminar de solucionar lo de la deuda… Y ahora nos metieron hasta el cuello otra vez.
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Entre los carteles que la gente pegaba en las puertas de los bancos cerrados, uno que se repetía mucho decía: Violencia es robar. Ustedes ya no existían como banda, pero el mensaje seguía vigente.
La ola va y viene y no hay forma de preservarse de ella. Es como ese cuento de Edgar Allan Poe, La máscara de la muerte roja: podés aislarte en un castillo y pensar que la peste no te va a tocar, pero siempre encuentra una forma de colarse.
Hay una ceguera derivada del privilegio, de la comodidad, de la cerrazón ideológica, de la incapacidad de asumir la realidad que está golpeando a la puerta de tu casa. Si lo único que guio tu actuación en sociedad es el egoísmo, van a terminar saltando por encima del ligustro y yendo a buscarte. El Decamerón, que también tiene que ver con la proximidad de la peste, tiene un final feliz, dentro de todo. ¡Pero La máscara de la muerte roja no!
Acá la gente tarda en linchar a los responsables, tal vez demasiado. Pero un día te lincha.
11.
En octubre de 2002, en ocasión de la salida de su primer disco solista, Skay dio una entrevista a Clarín. Allí atribuía el parate de la banda a la siguiente explicación: Sencillamente se había vuelto todo muy previsible.
Se acabó la
magia, el misterio. El Indio también hacía tiempo que quería parar y el
nacimiento de su hijo habrá influido. La verdad es que todos
necesitábamos un
cambio. Entonces decidimos tomarnos un año sabático… Llega un
momento en
que uno no se sorprende con las ideas del otro. Y eso afecta a la química
de una
banda de rock.
No me acordaba de ese artículo. Pero ves que no estaba descaminado: Skay lo mete a Bruno en la ecuación de movida, y al pedo. ¡Si no fuese verdad lo que te dije, no tenía por qué meterlo!
Y lo de que ya no encontraba novedades en mis ideas me sorprende, porque lo que no se bancaron fue, precisamente, la novedad. En todo caso, de ser cierto tendrían que haber reemplazado el tipo de novedad que yo aportaba por otro. Pero Skay siguió haciendo lo mismo.
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Es llamativo lo que dice Poli. Porque pone condiciones a una potencial reunión de la banda: En un futuro nos sentaremos a firmar otro
contrato, donde
se revean todos los valores y podamos recuperar la confianza.
Tal vez se refiera a que yo he perdido la confianza, también. ¿De qué valores están hablando?
A mí me suena más bien a renegociación de dinero.
Para empezar, nunca hubo contratos entre nosotros. Nada firmado, sólo un acuerdo emocional. Decidimos dividir lo que ganásemos en tercios. Algo que todavía les conviene, porque tan sólo por derechos de autor ganan más cuando yo toco que cuando toca Skay.
Por lo demás, nunca tuve acceso al dinero. Me hacían una rendición cuando correspondía: Pasó esto, se gastó tanto, quedó esto, tanto va para el pozo.