Recuerdos que mienten un poco

Indio Solari · Capítulo 27 de 28

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Recuerdos que mienten un poco

Capítulo Veintisiete. Esos dolores dulces

Capítulo Veintisiete

Esos dolores dulces

Reaprendizaje — Unos tropiezos — Encontramos un tesoro — Cadáver exquisito

— Recuerdos felices de mi vida — Peón y Avita — Los diez mandamientos (menos uno) — Profundus artifex — Tallando elefantes — La partida inconclusa 1.

Llegamos al final… Después de repasar tu vida entera, ¿cuál es la primera sensación que te sorprende?

Más allá de las imprecisiones que se desprenden de la naturaleza de la memoria, la satisfacción de reconocer en el libro la vida que yo recuerdo.

No deja de ser una interpretación, pero es la mía.

Tengo claro que puede sonar sesgada, porque la gente tiende a verte de un modo que no es el mismo de uno cuando se mira al espejo. Me acuerdo de una vez que tocamos en La Esquina del Sol, cuando después del show todavía podíamos ir a la barra y tomar un trago gratis. Entonces se nos acercaron dos rubios modelo rugbier, porque en esa época teníamos un público banana. En medio de la conversa uno me palmeó la espalda y el otro le dijo: No lo toques al Indio, que si te mete una mano… Si yo le metía una mano, ni se enteraba. ¡El tipo era un ropero! Pero la gente no te ve como sos, ve a la figura que conoció arriba del escenario y que agiganta en su mente. Por eso, cuando te encuentra abajo y charla con vos piensa que estás tratando de bajarte el precio, te dice: Eh, sos muy humilde, reconocé que sos un capo. Y uno está siendo quien es, nomás.

Leerlo todo de corrido supuso un proceso de reaprendizaje. Cuando uno le presta atención en serio a las criaturas, reaprende la inocencia. Hasta los seis años, todos 608

nuestros recuerdos son flashes. Pero ver a tu hijo abriéndose a la experiencia del mundo te ilumina, sacude la estantería de la memoria.

Reaparecen las imágenes dormidas: mi asombro al entrar en la sala de telégrafos del correo y que toda esa gente que hacía tiqui tiqui tiqui me saludase, la pérgola con los músicos, el brillo de los instrumentos… La magnitud de las cosas que vas descubriendo con ojos ávidos.

Este libro es tu propio Amarcord.

Durante este proceso de escritura yo reaprendí mi vida.

2.

Del modo más prodigioso, cuando nos aproximábamos al final irrumpieron elementos que nos mandaron al comienzo de nuevo, armando una suerte de loop o cinta de Moebius. Por una parte, te dio por escribir textos breves que te negás a reconocer como poemas…

¡Prefiero llamarlos “tropiezos”!

En ellos te retrotraés a un clima específico, aquel de los años 70, que significaron una divisoria de aguas en nuestras vidas. Ahí reaparecen la persecución, la delación, un santo del pasado…

Esa piba, la que no voy a salvar

silba sin prestarme atención.

¿No estuvimos desnudos?

¿Juntos, en su cuarto, con frío?

Mirame, ¿no recordás quién soy?

Yo sí sé quién sos vos.

Sos la piba que no voy a salvar.

Aunque…

609

¡ No cruces!

Esta avenida es

la asesina mayor de la ciudad.

Se detiene con mi grito.

Duda, se distrae, sonríe.

Gira, tarda…

Leo y anoto el nombre de la calle

que cruza la avenida.

Recuerdo mis obligaciones.

No aguardo la llegada de los paramédicos.

Debo ir a salvar a otra piba

que no recuerda quién soy.

………………………………

El tipo que no pertenece a su cuerpo

salta como un mago zulú.

Se desnuda irreverente, celoso de sí.

Juega con sus palabras

las trata como amantes clandestinas

y escandalosas.

Su lengua deshonesta

discute con vocales sufrientes

y perversas consonantes

las frases que se ganó

la señora bubones

cuando asomada al balcón

señalaba con índice artrítico

delatando a sus vecinos.

………………………………

Vidas anteriores.

610

Episodios eternos.

¿Cuándo sucedió?

¿Cuando fui por una chaqueta

y al abrir el placard

cayó a mis pies la foto de Mugica?

Carrozas de Andalucía

en la tarde de un Viernes Santo.

Y en una de ellas

el Santo Pendenciero.

Rodeado de esqueletos bailarines que, disimulando,

se dirigen a su embajada.

Todos camino del Calvario.

Nada más molesto que un Santo bravo.

Su tarea consiste en devorarte

antes de que llegues a Dios.

Las risitas de la fauna cadavérica

festejan la llegada de las ambulancias

a la morguera.

En la guardia del Hospital

jamás han escuchado algo así.

“Everybody loves somebody

Sometime”

Mis amigos más aventureros

creyeron pertenecer

a la vanguardia

de los sobrevivientes.

¡Pero están muertos!

Virgen de las tinieblas

611

aparta de mí

el llanto oscuro.

Otro recuerda a tus tres grandes amigos, entre coordenadas que cualquiera que haya leído este libro podrá interpretar:

¡Iche!

¡Nano!

¡Alejo!

¡Despierten!

Sé dónde se esconden…

Ronroneo de rastrojero

También, ¿por qué no?

El fragante patchouli

en la guantera del jeep

que estrellé, sonriendo

un invierno en Punta Lara.

Al final todo fue cierto

donde no había leyes

no podía haber transgresión.

Al final todo fue cierto.

El golfer australiano de Virreyes.

Las mujeres desnudas llorando.

Todo cierto

para las ideas que todavía

no habían nacido.

¡Despierten queridos!

Sé dónde se esconden…

Yo siento que esos textos aluden a lo dañino, medio descabellado de aquella época: la vieja delatora, la chica a la que no puedo salvar… En general he hablado más de marginaciones sociales eternas que de sucesos y tiempos determinados, porque 612

para hacer eso hay que documentarse bien y ahí, ¿quién reaparece? El haragán estelar, agitando su capa. Pero, por alguna razón que se me escapa, esta vez disparé para ahí…

Sin embargo, otros textos están claramente escritos desde tu presente: Uno de nosotros

debe estar equivocado.

Tu espíritu o el mío.

Yo ya no tengo labios.

No están mis ojos conmigo

no tiemblo, nada tiembla dentro mío.

Ya no me regalan nada

cuando cumplo años

y porfío con tu Dios

porque sostengo que todavía estoy en vida.

Ya no muerdo las frutas

que llegan al mercado en fecha.

No puedo acompañar tu risa.

Y digo — Uno de nosotros debe estar equivocado

pues no está corriendo

la sangre dentro mío.

No calzo mis zapatones coloridos

ni seco lágrimas

por tus nuevos amores.

Sólo repito, en vano

—Uno de nosotros…

………………………………

613

Pobres

mi cerebro emancipatorio

mi mirada anti autoritaria

y mis papilas hedonistas.

Dijimos todo (siempre a la caza de presagios).

Cuando señalo “todo”

estoy hablando del mundo todo.

Del asunto de la eternidad.

De los superorganismos de quanta.

Se dijo todo.

Pero nadie escuchó.

Y por supuesto las palabras

que tendríamos que haber dicho

surgieron de nuestro espíritu

cuando ya fue demasiado tarde.

………………………………

Aquí me sucedió la vida.

En esta pequeña capa de humus.

Entonces un buen día…

(en realidad ya estaba oscuro).

¡Bang!

La noche anterior.

Chistó una lechuza.

¡Qué desperdicio!

Sólo adeudaba un par de enfermedades benevolentes.

Pero, eso sí, perdía mucho tiempo

esperando a mi alma.

Este último suena inquietante. Sin embargo, a pesar de todo, el espíritu de siempre porfía:

614

Allí

Ahora

Se ve y escucha

lo que de mi triunfo

recogen las noticias

(Un año pasado).

Cuánto durará mi victoria,

poco más…

Cuánto tiempo seré el elegido

por los titulares.

Poco, casi nada.

No recuerdo cuándo fue

lo de beber de las copas más lindas,

ni cuándo me insolentaba

por la exacta injusticia del poder.

Así.

Ahora.

Insisto en la vida

con mis escasas victorias.

3.

Pero el prodigio más grande fueron las cajas que aparecieron recién, durante un reacomodamiento al que dio lugar una refacción en tu casa.

Lo que encontramos fue un tesoro de verdad. Ahí estaban algunas de las fotos históricas que ilustran este libro; originales de las letras de Los Redondos, algunas en sus primeras e imperfectas versiones; recortes de prensa que guardabas porque su delirio te inspiraba (cosas como

“Remolcarán témpanos hasta Arabia Saudita” y “Christian Barnard se negó a realizar trasplante de cabeza”); juegos de cadáver exquisito y tarjetas personales que te fabricabas.

También había originales de los primeros volantes de PR, donde se 615

autodefinían como “blindados, teatrales e ingeniosos”; y mucha prensa de los 80, entre la que figuraban los primeros artículos que escribí sobre ustedes en el diario La Razón, que yo venía buscando —sin suerte

— desde hace años.

La primera entrevista que les hice salió publicada el 5 de agosto de 1985.

Ahí resumías en pocas frases un espíritu que sigue siendo válido: En primer lugar, el principio ordenador del placer: desconfiamos de lo que nos hace daño y creemos en lo que nos gratifica. En segundo lugar, la

necesidad de la diversidad: sólo lo que no tiene identidad sobrevive.

Aquellos que poseen identidad —idénticos, luego iguales— son predictibles, ergo manejables.

Coherente con este, un tercer punto: no es dogmática, muda constantemente. Tiene como premisa evitar las ideologías santificadas. La buena voluntad hace necesario estar por encima de esas ideologías, para superarlas si el modelo adoptado no funciona. En cuarto lugar, es sinónimo de búsqueda, de cambio incesante: por eso rescata a los pensadores oscuros o malditos, todos aquellos que escapan a las clasificaciones de las culturas oficiales. En quinto, es universal: descree de las patrias, ya que no son los estadistas los que manejan el mundo sino las grandes corporaciones, o sea la mafia. En sexto lugar, no es definible. ¿Está claro?

Lo que me divirtió más fue lo que puse en otro artículo del 22 de mayo de 1986. Ahí aseguraba, sin margen alguno para la vacilación, que sus conciertos eran experiencias que luego podrán ser narradas a los nietos:

“Yo vi a los

auténticos Redonditos de Ricota, nene” . Ya me han acusado de anticipar cosas en mis novelas, como en 1992 cuando imaginé un Papa argentino y en 2013

cuando pensé una Argentina presidida por un Macri que resultó tal cual. Pero creo que mi vaticinio más desaforado y a la vez preciso fue este: entender en 1986 que los conciertos de Los Redondos eran experiencias de las que seguiríamos hablando treinta años más tarde, y más allá.

4.

De los que aparecieron en las cajas, el objeto más fantástico fue un libro que armó Chicha, tu madre, y que se llama —mirá vos—

Recuerdos felices de mi

vida. Es de esos libros que en el siglo pasado se le dedicaban a los recién 616

nacidos, para que los padres los completasen con las minucias de los primeros meses de vida. Allí figurás como “Carlitos Alberto Solari”, consta la hora exacta de tu nacimiento —las 5.45: ¡siempre trasnochando!—, el peso (3,750

kilos) y el nombre de la médica que te trajo al mundo (la doctora Josefa Vilarrodona, de la Maternidad Modelo). También se mencionan las primeras visitas (“su hermanito Jorgito”) y regalos, tu salida inicial al mundo —a los ocho días de nacido, de la maternidad a tu casa de entonces— y los datos de tu bautismo en Paraná, el 10 de febrero del 49. ¡Hasta encontramos un bucle de pelo rubio, metido dentro de un sobrecito, y otro sobre con los telegramas de salutación a tus viejos!

Tarjeta de presentación del señor Solari.

Según Chicha —no hay por qué desconfiarle—, tus primeras palabras fueron te…ta, y recién después papá y mamá, lo cual prueba que tuviste claras tus prioridades desde chico; y al año y dos meses gritabas con fervor: Viva

Peón, viva Avita. Como tantos otros de nosotros, entre las primeras comidas padeciste el Quaker. Pero lo más alucinante viene después, casi al final.

617

Jugando al cadáver exquisito.

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Las anotaciones demuestran que tu vieja completó el libro cuando ya tenías al menos seis años, en La Plata —o, como la nombra ella, Ciudad

Eva Perón. Y

en una de las últimas páginas, bajo el encabezado “Entretenimientos”, ella escribe algo que si lo pusiésemos tal cual en un libro de ficción parecería inverosímil, porque ya desde entonces cifra parte de tu destino: Desde muy pequeñito gustaba de la música y su entretenimiento preferido era escuchar radio. Más grandecito prefería los instrumentos de música, imitando con gracia a directores de banda y encontrando en cada objeto que brillara semejanza con instrumentos, aun en pequeños alfileres encontraba sumo placer en llevarlos a la boquita y decir: Toco como a bana .

Para mí también es increíble, porque no crecí con conciencia de una vocación semejante… ¡Y sin embargo, es obvio que había algo así sembrado desde el principio!

Me encanta haber vivido en una época en la cual los artistas han sido importantes. Hace dos siglos no lo eran del todo y eso puede volver a pasar.

Las nuevas tecnologías son buenas para quien no tiene nada que perder, pero para el que está creciendo, no.

5.

Durante tu derrotero como artista hiciste felices a varias generaciones, que siguen multiplicándose, dicho sea de paso. ¿Cómo te afecta hoy esa conciencia?

Me resulta difícil de mensurar. Es una cantidad inexplicable de respuestas favorables a lo que hice y hago, mientras —en paralelo— uno no pierde nunca noción de sus debilidades, de sus ignorancias… Por eso supone una

pugna constante: hay momentos en que me la creo, otros en los que no me la creo….

Atravieso momentos donde necesito el cariño de la gente, pero en otros momentos eso no ocurre.

Yo creo que nadie me debe nada, porque yo habría hecho lo mismo que hice de 619

todos modos. Es difícil ver hacia atrás y tener una mirada diferente de la vida: lo que pasó es lo que pasó, no tengo otro recorrido interpretativo sobre mi vida que este que hicimos juntos. Pero yo sí tengo que agradecer a toda esa gente que sin conocerme se sintió identificada con la obra en sí y me sostuvo durante toda mi jornada musical, de Los Redondos a Los Fundamentalistas. Fue puramente a voluntad de ellos. Por eso no me deben nada pero yo tengo mucho que agradecer.

Fueron un apoyo fundamental, sin ellos las cosas habrían sido más bravas.

No diré que les profeso un cariño eterno porque no sé de qué se trata la eternidad y tampoco tengo tanto futuro por delante, pero… Me han tratado con un cariño casi devocional, fabuloso en el sentido literal de ser digno de una fábula. Pero quédense tranquilos, que no me voy a quejar: por alguna razón pasó lo que pasó.

Debe ser duro saber que toda esa gente que te amó durante tantos años

—y te ama todavía— la está pasando tan mal, en un país con una economía que implosiona y con un gobierno que constantemente la despoja de derechos.

Ya tengo edad como para no tolerar más el dominio cíclico de quienes justifican sus acciones a la manera de este gobierno. Pero aun cuando nunca dejé de oponerme a los círculos dominantes —del color que sean—, el poder que se me podría atribuir no se compara ni de lejos con aquel que esta gente detenta. Nunca fui, ni seré, lo que se entiende por “militante”.

Básicamente, porque no suscribo aquello de que para combatir a un monstruo tenés que convertirte en otro. Ya sabemos cómo termina eso. Pero no mucha gente entiende una posición como la mía; en particular se

confunden aquellos que están convencidos de sus actos al punto de creerlos los únicos posibles y efectivos para pulsear contra los dueños eternos del poder. Mi motor político existe, y bombea de manera constante, pero no de esa manera.

Por eso me veo obligado a explicarme cada dos por tres, cosa que encuentro humillante, pero bueno… ¡Que ruede la bola! Yo seguiré diciendo siempre que lo que urge es trabajar sobre la cultura y la educación que colaboran a crear gente honesta: hombres y mujeres transparentes de verdad —diáfanos

—, que puedan sacar adelante con bien un proyecto de sociedad generoso, aunque no sea perfecto.

Porque aun contando con un plan perfecto, si no disponemos de gente de bien, la canalla volverá a arrastrarnos al sufrimiento desde su desvarío. Y

no olvidemos que la canalla no descansa nunca…

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¿Se creen que no tengo claro que Milagro Sala debería estar esperando la sentencia de los tantos juicios que le entablaron en libertad, como otros que nunca construyeron nada para la gente y se dedicaron a fugar guita sin siquiera ser procesados?

No se confundan. Aun cansado y enfermo, yo no soy un artista dedicado al entretenimiento.

6.

Mirando hacia atrás, ¿cómo calificarías al rol del arte —por llamarlo del modo más abarcativo— en tu vida?

Vos sabés que me considero un ingenioso antes que un artista. Lo cual tiene su mérito, ojo: los ingeniosos podemos hacer cosas que otros no. Pero también existen y han existido personas que hacen cosas de un talento que nos excede a casi todos, y esos son los artistas profundos — profundus artifex, que le dicen.

Yo creo que el arte me inventó. No puedo ver hacia atrás sin reconocerlo aquí y allá, prácticamente en todas partes: ha sido el interés más grande que tuve durante toda mi vida, y ya soy un tipo grande. Quizás se deba a que fui prematuramente escéptico. Tenía desde temprano cuestionamientos que nadie podía contestar, quizás porque no existía nadie alrededor que estuviese en condiciones de hacerlo o porque me tomaban en joda; pero que empezaron a ponerse en fila a partir de que entendí que todos giraban en torno a la cuestión de la belleza. ¿Qué es lo bello, qué es la belleza? Y no sólo en un sentido estético, sino en su acepción más amplia, que arranca por lo ético. Terminé asumiendo que era una obsesión que, imagino, compartimos: vivimos adorándola, aunque sólo se presente esporádicamente. La belleza está por todos lados: en el mundo natural, en la cultura, en los actos de hombres y mujeres; pero si no miramos con buen espíritu lo que nos rodea, la belleza queda en nada, en pura presunción. Esto del aprender a mirarlo todo desde un buen espíritu fue esencial para mí. Es preciso tener una contrición, una virtud apropiada para asimilar ciertas lecturas, tanto como para decodificar la realidad.

Quien subordina su vida a perseguir la belleza en su sentido más amplio —un Leonard Cohen, para bajar a Tierra con un ejemplo— se planta ante la 621

existencia de un modo elegante.

Eso que nosotros llamamos “elegancia del espíritu” es importante, desde que como muchacho sentí que el arte me reinventaba, que me impulsaba a tener la visión más amplia posible —multidisciplinaria— para rodear la maravilla que en mis sueños más desaforados aspiraba a crear. En fin, estas cosas son difíciles de hablar porque uno siempre está al borde de lo que ignora. Pero por algo mi brindis más habitual dice: Graciosos y valientes.

“Gracia” entendida no como mera capacidad de hacer reír, sino como el don de sobrellevar con elegancia hasta los peores momentos.

La gracia es fundamental para echar mano a un recurso temporario como es la valentía. Es un recurso difícil para lo inmediato. La gracia hay que

mantenerla, sostenerla todo el tiempo. Significa tomar decisiones de las que uno se hace cargo; perseguir una rectitud no en tanto obediencia dogmática sino como busca de piedad, de lealtad, armas profundísimas que —

lamentablemente— en este mundo se abonan con cadáveres. Siamo umani…

Me he pasado la vida tratando de no deslumbrarme con los espejitos de colores con que intentan despojarnos de lo esencial. Haciendo, en suma, lo del artesano hindú de aquella vieja historia… ¿No la conocés? Había un artesano hindú que era famoso porque tallaba elefantes de una perfección que quitaba el aliento. Entonces llega un inglés —la figura del colonizador, que nunca pasa de moda— y le pregunta cómo los hace. El artesano le responde entonces: Es simple. Agarro un pedazo de madera grande y le quito todo lo que no es elefante.

7.

Imagino que, más allá de los inevitables dolores, te considerás más que satisfecho con tu vida.

Es difícil ser feliz del todo. Yo sé el daño que me hizo lo que he experimentado.

Tengo un debe y un haber. He pasado momentos bravos al respecto. Pero no puedo renegar de lo que soy, por más que quisiera. Y encima estoy conforme. Bah, 622

conforme no es la palabra: no estoy hablando precisamente de la pascualina que acabo de sacar del horno. Si existiese otra vida, y me diesen la posibilidad de vivirla con la misma personalidad, tendrían que garantizarme que va a ser parecida a esta. Porque, por menos de esto que tan bien me salió, no negocio; no transo.

A medida que uno se pone grande aparece la cosa de sumergirse en la nada.

Es lo que incentiva las religiones: el miedo a la muerte, a la disolución completa. La gente prefiere tener un Dios toda la vida y resignar su libertad en nombre de un Cielo futuro. Y a mí me gusta que la vida me sorprenda.

La vanidad dice que me gustaría ser recordado, pero hay una parte mía que cree que hay mucha más dignidad en el olvido.

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En esa estás frito. No hay muchas posibilidades de que la gente se olvide de vos.

A la hora de irme, me gustaría hacerlo a la manera de Leonard Cohen: levantándome en mitad de una partida de póquer sin llamar la atención, dejando las cartas sobre la mesa, sin interrumpir el juego y con la confianza de que mis compañeros no darán vuelta los naipes para adivinar qué me traía entre manos. Me gusta por lo austera, esa idea: irse callado, sabiendo que llegó tu momento de perder y sin distraer al resto de los jugadores, que merecen seguir adelante. ¡Con lo que cuesta armar un full…!

Hoy más que nunca suscribo eso que decía hace más de treinta años, en uno de los recortes de prensa que encontramos en las cajas: sólo aspiro a que la muerte me 624

encuentre vivo.

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