Recuerdos que mienten un poco
Capítulo Tres. Zarpe diem
Además en esa época tomaba muchas anfetaminas y empecé a hacer cagadas. Un día fue una mujer que me mostró una condecoración que le habían dado a su marido. De un lado tenía un árbol grabado, un cedro. Me dijo: Está sucia, necesito que la limpie. Yo dije: Sí, señora, cómo no. ¡No hay problema! En una heladera vieja tenía esas fuentes que se usan en fotografía, para poner el líquido que revela.
Ahí había volcado ácidos de distintas concentraciones, que usaba para los metales de las artesanías. Me dije: Tiro un rato la medalla en ácido, para que afloje la mugre, y después la pulo. Lo hice y me puse a charlar con Fenton y a tomar vino y a escuchar música mientras trabajaba para abastecer cinco puestos. Y por supuesto, me olvidé por completo de la medalla. Cuando la fui a buscar…
Chau cedro. No quedó nada del árbol. ¡Se lo morfó el ácido!
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3. Se le llamaba “pelouse” —por “césped”, en francés— a la tribuna oficial
del hipódromo. A la tribuna popular, en cambio, se le decía “la perrera”.
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Capítulo Tres
Zarpe diem
El Estelar — Vino Romagnoli — Conscripto Solari — Un árbol de Mausers
— El Enemigo Rojo — Inteligencia & Operaciones — El desertor envía un telegrama —
Arde París — The beach boy — El Alex — It’s a gas gas gas — Noctilucas
— Más aire, más aire
1.
Como era inevitable dadas las circunstancias, terminé cerrando los puestos.
Un amigo de La Plata, el Golfer Australiano, me llevó a trabajar a su taller.
Como yo dibujaba bien y era la época de los hippies de Galería del Este, comprábamos materia prima que fuese buena y barata —lienzo crudo— y yo le metía valor agregado: pintaba unos angelitos estilo Cupido, qué sé yo.
Ahí me empieza a ir bien, vendíamos mucho en el centro de la moda al que caían todos los hippies bananas. Y con plata en el bolsillo, yo me iba a buscar a los muchachos de avería, porque ellos tenían morfeta.
2.
Uno de ellos era el Estelar. Un bandolerito, el Estelar. Era moreno pero muy pintón, de rasgos muy delicados. Y encima andaba con la hermana de Erre, un millonario de La Plata. Los Erre no sabían nada. Si se enteraban, lo mataban, imaginate: una chica como esa, noviando con un bandolero…
Una noche lo acompañé a cerrar una transa. Yo estaba con él porque tenía morfina, que se había afanado de una farmacia. Me dijo: Haceme la gamba, hay un 57
tachero que quiere comprar. Yo pensé: Qué raro que un tachero quiera comprar, porque para la noche no le va a servir, va a andar para la mierda.
Pero el Estelar insistió, decía que el tachero no quería curtir, quería comprar, nomás. Y al final yo acepté. Mientras tanto, le decía todo el tiempo: Pero dejá un poquito, ¿eh?
Y entonces nos comimos una mejicaneada.
El asunto es que vamos, entra el Estelar adelante del taxi, en el asiento del acompañante, y yo subo atrás. El tachero también había ido con un compinche que estaba sentado al lado mío, era obvio que nadie confiaba en nadie.
En ese momento, los tipos sacan revólveres y nos encañonan, CHUN. Pero estábamos en plena calle 7, la principal de La Plata. Yo pensé: Acá no nos
van a matar. ¿Qué van a hacer, tirar y dejar los cuerpos a la vista de todo el mundo?
¡Los agarrarían en cinco minutos! Una locura, la mía.
El Estelar se quedó quieto, porque se sorprendió. Tenía cierto prestigio, el muchacho, no esperaba que le mojasen la oreja. Pero yo reaccioné de una.
Me salió pegarle al tipo que tenía al lado, le di un tortazo en la nariz. Ni bien el taxista miró para atrás, el Estelar abrió la puerta y se bajó. Y yo rajé también, después de la trompada ya se había cortado el mambo.
Yo creo que adiviné que no nos iban a matar. Hay veces en las que uno pesca si los tipos que te encañonan tienen miedo. El peligro es que se les escape un tiro o que te maten de puro nerviosos, pero esos dos no iban preparados para tirarle a nadie.
Al Estelar lo mataron al poco tiempo. Era muy de tirotearse. Entró a los balazos con la policía y perdió.
3.
¿Viste esa obra de teatro que se llama Seis grados de separación? Bueno, nosotros estábamos a un grado de separación, pero de lo peor de lo peor.
4.
Yo vivía con amigos en Virreyes y, por cosas como esa, cada vez que iba a La Plata tenía que estar cuidándome. A veces, cuando la cosa se ponía brava, mi 58
amigo Alejandro me llevaba a la isla Paulino. Es un lugar donde vivían cuatro familias, que hacían vino patero. Yo iba, ponía la carpita al lado de lo de Romagnoli, que me daba una damajuana. No había ni una despensa, ahí: Romagnoli mataba un pollo para mí. A veces subían las aguas y te quedabas varado, esperando la bajante.
Podías encontrarte ahí con la fauna más diversa: desde un suboficial con una loca a alguien que estaba leyendo un libro llamado El pañuelo rojo.
Éramos unos cuantos los que considerábamos a la isla como un lugar neutral.
5.
Hiciste la colimba a fines de los 60, poco antes de que se pudriese todo.
Por el sorteo, me tocó Ejército. Y con la ayuda de mi hermano fui a parar al Distrito Militar de La Plata. Éramos una patotilla de seis o siete: el enano M. C., el Paisano P., el Flaco S. y Pipa M… Todos hijos de gente aposentada, el único que iba chupado ahí era yo. Gobernábamos la cosa a nuestro antojo. Yo dormía en la pieza del coronel, le usaba las pantuflas, la radio… Entrábamos en el casino de los oficiales y nos llevábamos el champagne. Arreglábamos con el encargado del Detall, para que nos salvase cuando armaba las listas de los que tenían que hacer guardia.
Era un cumpa nuestro, que armaba el orden de las guardias de lunes a domingo.
Hasta que los demás se avivaron de que nosotros no hacíamos guardia nunca y empezaron a quejarse. Se armó quilombo y ahí me comí una guardia muy cómica.
6.
Noche cerrada. Yo había terminado mi turno, me estaba sacando todo: la charrasca, el uniforme… Y empiezan los tiros, PAM, PAM. Salen todos los que estaban durmiendo cuando arrancó la balacera: a medio vestir, arrastrando los Mausers.
Estaban tan boleados todavía, que para cargar los fusiles se pusieron debajo de la luz que daba un farol. Los pobres querían ver lo que estaban haciendo, no podían cargar las armas a oscuras. Pero yo pensaba: Si nos están atacando en serio y estos 59
pelotudos se ponen debajo de la única luz que hay, nos van a bajar a todos en dos segundos. ¡Como tirar al pato con rayo láser! Los miraba a través de una ventana y pensaba: Están todos locos…
Lo que pasó es que al otro paisano que estaba de guardia se le habían escapado dos tiros. Cuando llegamos a su puesto, lo encontramos arriba de un techo. Se había sacado todos sus arreos y los estaba tirando abajo, al suelo: la charrasca, el fusil, las municiones… Y todo el tiempo protestaba:
¿Quién me manda a mí? ¡Esto pasa por cargar estas mierdas!
7.
Hacíamos lo que queríamos. Por ejemplo, cuando aumentaba el precio de algo en la cantina, nos poníamos en la puerta y no entraba nadie más hasta que volvían a bajar.
A menudo uno se iba a dormir con la llave del Distrito abajo del birrete, para no perderla. Y cuando llegaba el jefe de día —coronel López Osornio, ponele—, descubría que no podía entrar. Se quedaba afuera un rato largo, puteándonos.
Yo creo que a veces decidía no entrar para no llevarse ciertas sorpresas.
Podía habernos pescado viendo películas porno, por ejemplo, cosa que hacíamos con un cabo que siempre se enganchaba con nosotros. Una tarde de fin de semana nos quedamos arriba con unas minas que habíamos hecho entrar. Nos pusimos a jugar al carnaval. A la noche, cuando llegó, el gordo López Osornio descubrió que una de las paredes del lugar, que tenía ese revestimiento irregular que se llama
“salpicré”, estaba llena de cositas de colores que se le habían quedado pegadas.
Eran las gomas de las bombitas de agua que nos habíamos tirado. Y el gordo miraba, como si no entendiese qué carajo era eso.
8.
Nos escapábamos cuando queríamos. Por ejemplo a la discoteca Elsieland, que quedaba lejos del Distrito, en la concha de la lora: si llegaba a pasar algo…
Dejábamos a los más pelotudos haciendo guardia, colgábamos los Mausers de los árboles y saltábamos. Siempre teníamos un coche afuera, esperándonos por las 60
dudas. A veces había muchachas bien dispuestas, dentro del auto. Las mandaba un pariente del Francés, que producía teatro de revistas.
En carnaval, nos fuimos a la mierda. Todos dejábamos nuestros puestos, escondíamos los Mausers en un árbol de mandarinas que había atrás, saltábamos y pirábamos a ver el carnaval de Estudiantes con uniforme y todo. Quedaba un suboficial, un tipo grande que se estaba por retirar y al que comprabas con cualquier cosa. Le tirabas una botella de Johnny rojo y el tipo: Váyanse a la mierda, muchachos…
Un día nos mandaron a hacer un rondín alrededor del Distrito. Salimos tres: un aspirante, armado con una metralleta —era uno de los conscriptos que quería engancharse al ejército, cuando terminase la colimba—, y los otros dos con Mausers. Todos estábamos vestidos con capotes. En el trayecto que hacíamos, pasamos por la puerta de un cumpleaños de quince. Porque el Distrito no estaba en un campo, sino metido en pleno barrio. Nos paramos a mirar y le dimos pena, a las chicas. Nos empezaron a decir: Pasen, pasen, no se van a quedar ahí. Y
terminamos comiendo canapés, con todo el armamento encima, y participando del cumpleaños como invitados. No nos pusimos a bailar de pedo, porque ya teníamos que volver.
Todos los tipos destinados ahí eran unos inútiles. Y los inútiles son los peores, porque se creen que son el mariscal Rommel. Le hablaban a la tropa a los gritos, mientras se pegaban en la bota con un rebenque: EL ENEMIGO
ROJO… ACECHA EN LAS FRONTERAS. SE LO PUEDE ENCONTRAR, INCLUSO… ¡EN EL
INTERIOR DE NUESTRAS FAMILIAS! Todos los benditos días, repitiéndote el mismo discursito. Cuando vos ya sabías que el tipo era un pelotudo, al que habían mandado ahí porque no tenía ninguna capacidad castrense.
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Un dealer.
9.
Yo estaba en Inteligencia & Operaciones, porque era dibujante. No sabés las cagadas que hacía. En esa época no había computadoras, para archivar se usaban tarjetas. En caso de algún quilombo, los efectivos tenían que chequear las órdenes correspondientes, que estaban registradas en esas
tarjetas: los mandaban a custodiar el correo, la municipalidad, las instituciones fundamentales. Y el sistema que se usaba para cifrar esas órdenes era uno de símbolos: triángulos rojos, redondeles amarillos, banderas azules…
Empecé a cambiar todas las órdenes. Donde mandaban a poner seis cabos ponía seis oficiales, y así. Hasta inventé signos del código que no existían: un triangulito negro significaba una monja, por ejemplo. El caos que armó este dibujante fue algo 62
que no deben haber olvidado durante mucho tiempo.
Los días de lluvia conectaba un Sony 220 y escuchaba a Donovan Leitch mientras laburaba. Sentía mucha melancolía ahí adentro.
En un momento me dije: Tengo que rajar de acá. Estaban todos dementes y además la cosa se empezaba a poner espesa. Nos cortaron las licencias, nos ponían en los techos al mando de unas ametralladoras de pie que no sabíamos manejar…
Entonces encaré al encargado de compañía, que era un suboficial mayor, y le dije: Tenemos que ver cómo arreglamos esto, yo necesito irme porque mi vieja no está bien de salud. Y el tipo me responde: ¿Tu hermano todavía vende armas de Fabricaciones Militares? Decile que quiero un revólver Bagual. Yo le digo: Okey, pero ahora no va a poder ser. ¡Cuando vuelvo, se lo traigo! Y el tipo me dice: No te vas a olvidar, boludo, porque te hago cagar.
De ahí rajé a la terminal de ómnibus. Compré un pasaje a la costa y me fui.
Conste que tuve la decencia de bajarme en Madariaga y mandar un telegrama al Distrito. Lo hice desde ahí para que fuese más decoroso; si lo mandaba desde Pinamar o Gesell habría parecido que me había ido de vacaciones.
Todavía me acuerdo del texto del telegrama: Conscripto Solari, clase 49, imposibilitado volver a destino por enfermedad.
Después seguí camino a Valeria, que era como la jungla.
10.
A fin de ese año, los compañeros que se habían quedado adentro me invitaron al asado de despedida. Al que teóricamente yo no podía ir, yo no debía ir, porque formalmente —legalmente— era un desertor. Pero me mandé igual.
Por supuesto, nos pusimos todos en pedo y arrancamos para la confitería París.
Uno de los muchachos, que había trabajado en Mantenimiento y en la vida civil tenía una verdulería, nos dijo alegremente: Vamos a buscar unas lechugas al negocio y las tiramos, jajaja. Y ahí fuimos. Sacamos tomates, zapallos, todo lo que encontramos a mano, y llenamos las camionetas. El pobre flaco se quedó llorando.
Nosotros retomamos el camino a la París. Bajamos con todas las verduras y entramos. Lanzábamos los zapallos al techo: obviamente reventaban, caían arriba de las copas… Volaban los tomates, las botellas. ¡Se rompía todo!
Después fuimos a cascotear el Distrito. Donde estaban los chicos nuevos, la 63
camada flamante, armada con Mausers. El suboficial que estaba a cargo nos decía: Paren, che, paren. A continuación, cascoteamos el edificio de los oficiales, que estaba a media cuadra de la Plaza Italia, y al toque rajamos.
Ahí nos empezó a perseguir la policía, se escuchaban las sirenas por todas partes. Nos siguen las locas del rubí, decíamos, porque así llamábamos a los patrulleros y sus luces rojas. Revolucionamos la ciudad. Yo iba en la camioneta con el Paisano P. y otros, el resto iba en como cinco o seis vehículos más. Desde ahí vemos que ya habían agarrado a algunos de los nuestros, los tenían contra la pared en la Facultad de Filosofía y Letras.
Decidimos ser solidarios y nos rendimos todos. Nos empezaron a revisar, nos cacheaban en busca de armas. Uno de los muchachos, cuando le
palparon el pecho, dijo: Yo uso Peter Pan, que era una marca de corpiños de la época. Y los canas se ponían más rabiosos.
Éramos cuarenta, más o menos. Nos llevaron al estacionamiento de la comisaría, donde guardaban los coches de los vigilantes. La mayoría de los pibes estaba muy tronada, meaban encima de los patrulleros.
Cuando empiezan a preguntar nuestros nombres, se me ocurre que, en vez de decir los verdaderos, digamos los nombres de todos los suboficiales del Distrito. Y
por eso fue que lo llamaron a López Osornio en plena madrugada, para decirle que el sargento cual y el cabo tal y todos los demás estaban presos por haberse puesto en pedo y causado estragos en toda la ciudad.
Claro, a esa altura se me estaba pasando el pedo y empecé a pensar.
Producía adrenalina a velocidad supersónica. Me decía: Encima soy desertor, me van a carnear.
Primero intenté hacerme el boludo y salir caminando, como si nada. Pero me agarraron, a mí y a otros que trataban de seguirme pero todavía tenían un pedo ciego. Entonces le eché el ojo al portón de atrás, que era muy grande. Entre el portón y la arcada de arriba había una franja libre por la que podía pasar una persona.
Entonces busco con quien asociarme, veo a dos que estaban más o menos como yo y les digo: Che, me tengo que rajar. ¿Me hacen la pata? Total no nos van a matar. Pero por las dudas, porque ya había rondines, no quise salir primero. Le dije a un compañero: Salí vos, flaco, que sos más livianito.
Acordamos reencontrarnos en la casa de uno de los muchachos, para rajar a la costa inmediatamente. El asunto era que había que escapar de ahí mientras alguien sostenía el portón, porque si se movía hacía ruido.
Mientras uno piraba, otro se 64
apoyaba contra la puerta. Entonces salió el primero, oímos los pasitos que se perdían… No había tiros, fenómeno: seguí yo. Justo cuando pasé la
gamba por encima, para saltar, a mi compañero se le piantó el portón y se oyó: CLANG
CLANG… El de la garita que custodiaba el patio levantó la cara y me vio.
Alcancé a saltar y a rajar. Al Francés, que estaba atrás mío, lo agarraron y quedó.
Todos esos que se prendieron en la joda se comieron tres meses más en carpa, detenidos en Magdalena.
11.
Cuando estás con el culo al aire, le entrás a perder el miedo a las cosas.
El sobrenombre me lo pusieron en esa época. Después me enteré de que en Salta había un Eduardo Solari al que también le decían Indio. Hubo otro hombre que hace años me mandó una carta, diciendo que él también era Solari pero no tenía nada que ver con nosotros. A mí me lo encajaron por el entrenador, supongo, que en aquella época sería jugador. 4
12.
Rajé de ahí y me fui para la costa. Entonces viene toda la etapa del beach boy.
Fueron cuatro años, como mínimo.
Cada tanto me iba un mes o dos meses a la casa de algún amigo. Por eso conservo poca obra mía de pintura: porque vivía de prestado y tenía por costumbre dejar mis libros, los discos que había comprado y mis dibujos, como parte de pago por la gentileza. Me gustaría recuperar algunos de esos dibujos, pero hablo de gente a la que no veo desde hace veinticinco años, por lo menos.
13.
Todo ese tiempo anduve sin el documento, que había quedado dentro del Distrito.
Pero al año siguiente, cuando llegó la incorporación de la nueva camada, me mandé. Era un quilombo de gente por todos lados, miles de pibes, porque ahí se 65
reclutaba no sólo a la gente que iba a quedar en el Distrito sino a todos los colimbas de La Plata. Yo me metí entre la multitud, fui al lugar donde sabía que iba a estar mi libreta de enrolamiento —en Inteligencia & Operaciones
—, la agarré y me fui.
14.
En un momento estuve a cargo de un hotelito, ahí en la costa: se llamaba Alex. Me quedaba con un porcentaje. Tenía un local al lado, donde armé una panquequería.
En invierno usaba el lugar como comedor para los obreros. A la noche funcionaba como bar.
El día de la inauguración, no maté a nadie de pedo. Había invitado a alguna gente: pasajeros del hotel, un ingeniero que venía a ver terrenos, un vendedor de cerraduras… Todavía el local no estaba habilitado, pero con tal de no perderme un mango, dije: Vengan a comer pizza.
Yo había contratado de empleados a los Gómez, una pareja maravillosa. En un momento se me acerca ella, que se llamaba Silvia, a decirme que no andaba la cocina, que no se podía prender el fuego. Cómo que no, digo yo.
Entonces voy y miro. A todo esto, el gas estaba saliendo a mil por abajo.
(El gas envasado, se sabe, es más pesado.) Yo abro el horno, agarro el encendedor y siento un calor repentino y un CHUNNN…
A mí no me pasó nada, pero explotaron las vidrieras, se derrumbaron las ventanas corredizas… A un tipo le cayeron dos pedazos de vidrio así, no le cortaron la cabeza de pedo. A un jubilado, un tipo que había trabajado para
la Colt y tenía cinco by-pass, lo encontramos dentro del baño, con banqueta y todo. Lo había tirado ahí la onda expansiva.
No había buena estrella para inaugurar ese día.
15.
Un vez, camino a la playa, me encontré con una pareja nueva. La mujer parecía dominarlo todo, dirigía a cinco tipos que estaban empezando a construir. Todos los días pasaba por ahí para ir al mar y veía cómo avanzaban. Estaban levantando una 66
edificación estilo mediterráneo, con apliques de cosas raras: tortugas de cerámica, caracoles, tritones y nereidas, donde al final abrieron un boliche.
Ahí en Valeria, al principio, el único cliente era yo. De pronto se entró a armar un ambiente, era la época de Rodolfo Kuhn, iba gente de Gesell, de Pinamar. En ese tiempo, si estabas viviendo ahí era porque tenías mucha guita o porque estabas rajando de algo. Se entró a correr la bola de que existía ese delirio, una cucha con onda medio existencialista, donde un alemán tocaba la trompeta con sordina.
Una noche, a la salida del boliche, unos alemanotes —un muchacho y una chica
— que también eran clientes, se ofrecieron a llevarme a Gesell. Tenían un jeep germánico de esos de la guerra, que les permitía circular por la playa misma. Dije que sí, por supuesto, y en el camino me dieron a probar por primera vez papel picado.
Fue uno de los mejores paseos de mi vida, había noctilucas en el mar. Te metías en el agua, te sacabas la malla, la agitabas y brillaba.
Pasó mucho tiempo hasta que volví a fumar faso otra vez. Lo hice con mi amigo El Golfer Australiano, que le metía al padre la mentira de que había embarazado a una chica y usaba la plata del aborto para comprar maconha.
16.
Fue una época delirante. Recuerdo salir de una disco de Gesell con un amigo, totalmente borrachos. Quisimos arrancar el cartel de madera del boliche y salieron los pelusas. Entonces, para frenarlos, tiramos un par de tiros al aire, subimos al coche y salimos rajando. Los tipos se quedaron en el molde. ¡Serían pelusas pero no comían vidrio!
17.
También me acuerdo de unos anarquistas holandeses a los que conocí por entonces. Se quedaron un par de noches y siguieron camino. Eran squatters, estaban acostumbrados a ocupar casas y edificios vacíos, hasta que llegaba la poli y les pedía amablemente por megáfono que salieran. Y yo les decía: Acá los polis se equivocan de depto, matan a la gente equivocada y no pasa nada. Pero ellos me 67
respondieron: ¿Sabés cuál es la diferencia? En Argentina todavía se puede ser clandestino, en Europa ya es imposible. Y me cerraron la boca, porque tenían razón.
18.
En ese tiempo empezaste a tener un contacto distinto, más fluido, con tu padre.
Era un tipo muy tranquilo, mi viejo. Estaba como retirado en su quinta, en su mambo. Había empezado a leer los libros de mi biblioteca, que habían quedado ahí, en la casa de Valeria. Se ve que le dio por ese lado y reconsideró algunos pensamientos. Eso generó algunas situaciones extrañas.
Mi hermano, que había hecho todo lo que esperaban de él y por eso armaba siempre yunta con el viejo, se dio cuenta de que el dos contra uno había cambiado.
Pero tu viejo murió poco después.