Recuerdos que mienten un poco

Indio Solari · Capítulo 9 de 28

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Recuerdos que mienten un poco

Capítulo Ocho. Bienvenidos al cabaret

Pero, en fin, yo no me enganché con el delirio generalizado. El principio ordenador del placer tiene ese encanto, también. Te permite no sentirte culpable al pedo. Si creés en tu propia honestidad, te da confianza.

Lo hablábamos el otro día. Cuando la gente proyecta en vos virtudes o destrezas que no tenés pero son gratas, ayudan a que tu vida mejore. Todo lo que tenés que hacer es imitar a la gente que está bien de verdad, tratando de no hacer muchos fantasmas. En general la gente se pone jodida cuando la combaten, mientras está peleando por el billete y todo eso. Pero cuando te sentís querido, respetado, reconocido… A vos como escritor te debe pasar. La última vez que te vi, quince años atrás, vos no sabías que ibas a tener estos libros exitosos, que te iba a ir tan bien.

16.

En esa época ensayábamos en lo de Poli y Skay.

¿En aquel departamento de Palermo, que quedaba en la esquina de Soler y Gallo? Ahí los entrevisté por primera vez, creo que para La

Razón, cuando la dirigía Jacobo Timerman. Y me agarré el primer pedo atroz de mi vida, porque Poli no paraba de servirme ginebra. No sé cómo logré subirme a un taxi. Terminé abrazado al Pescadas hasta la madrugada…

Para mí era importante lo que hacíamos, pero no terminaba de verle la punta…

Siempre nos acusan de que todo fue un plan de marketing, de que lo teníamos todo craneado desde que empezamos.

Pero nunca fuimos tan piolas para hacernos los misteriosos porque sí.

Funcionó porque era real.

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Capítulo Ocho

Bienvenidos al cabaret

Los auténticos decadentes — Très joli, trulala, rififi — The Symns’ On — El quilombo apropiado — Cambio de troupe — Demo en RCA — Nunca des algo a cambio de nada — Los soretes siempre flotan — Energía Vital(e) —

La Bestia Pop (no) contraataca

1.

Las canciones primordiales de Los Redondos son simpáticas, muy frescas, pero musicalmente ofrecían poco. Eran parte de una comedia musical deforme, bien freak, en la que además de los músicos intervenían otros personajes. En ese contexto, no podías decir cosas muy sesudas. Lo poco que decía lo hacía de otra manera, a través de retratos de vida marginal que le contaban a terceros cómo era ese mundo. Eran pinturas de una bohemia: Arde el celo, conduje toda la noche, cosas que describían a una minoría que tomaba pepas, merca, anfetas.

De todos modos trataba de meter una cuña. Por más que lo hiciesen de una manera cruda, las canciones intentaban proteger el estado de ánimo de la gente, blindarlo de la censura; ese era el sentido de nuestro cabaret político.

No olvides que salíamos de una dictadura y nos metieron de cabeza en una hiperinflación espantosa. La gente no se da cuenta de lo que cuesta recuperar el estado de ánimo.

Dejar atrás la depresión que produce una hiperinflación te puede demandar años, y arrastrar a varias generaciones por el barro.

La valentía es eso, mantener el estado de ánimo en las peores circunstancias.

Conservar el estilo cuando los tiempos son bravos. No hablo de ninguna ideología en particular, el artista debe trabajar a partir de un escepticismo necesario. Pero ningún estilo es neutral.

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Lo que importa es estar liberado de los dogmas, porque no hay ninguna ideología que resuelva cosas para siempre. De otro modo sería fácil, todos estaríamos rendidos ante ella.

2.

Usás con naturalidad el concepto de “cabaret político”, que —imagino

—

mucha gente desconoce.

Me refiero a esa forma que se desarrolló mucho en la Alemania de entreguerras, durante la República de Weimar: locales —refugios— que también eran, literalmente, underground, porque muchos funcionaban en sótanos. Tenían todos los servicios del cabaret —tragos, mujeres—, pero parte esencial del público eran los intelectuales que hacían que la tertulia fuese más importante que tocar una media de goma. Había mucho libertinaje, ahí… en el mejor sentido de la palabra.

Una de las características del cabaret político —así como lo sería de Los Redondos— era retomar las formas y géneros más populares de la música y, en lugar de usarlos para la boludez, como suele ocurrir, llenarlos de sentido.

La música era importante, pero también los talentos que llenaban la noche.

Gente que pensaba cosas —hablaba de política, de estética en las mesas— y mientras tanto lo pasaba bien. Lo vital era el cruce de diversas maneras de ver las cosas, que hasta entonces venía cercenado, y en esos sucuchos abundaba. Cuando te metías ahí, sabías que te ibas a encontrar con alguien que pensaba para otro lado.

Algo parecido hizo tiempo después el existencialismo, que no dejó aventura por hacer: esas cavernas que armaban en los sótanos, todo el mundo fumando tabaco negro con boquilla y escuchando Juliette Gréco, très joli, trulala, rififi… Y

después fue el turno de los beatniks, que salieron on the road para exhibir su desprecio por la cultura imperante. Ya entonces, mucho antes de que surgiese la ecología como disciplina, estos locos intuían que ciertas chucherías no podían ser para todo el mundo, al precio de alterar el balance natural del planeta.

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3.

Nosotros irrumpimos en la escena musical como una verdadera novedad.

Me acuerdo de tener una fecha para tocar en lo de Giesso, cuando todavía no nos conocía nadie. Yo estaba entrando a la tarde y veía a los pibes, que estudiaban el afiche y decían: Ah, estos son los Patricio Rey, que tienen minas en pelotas, ja ja.

Porque una vez Monona entró vestida de militar con gorra y capote, hizo un striptease y se quedó en pelotas, con el cuerpo pintado de dorado.

Disfrutábamos del evento desde que salíamos de La Plata, chupando en la camioneta. Cuando llegábamos al show, ya estábamos listos para que pasase cualquier cosa… y eso era lo que pasaba, obvio: cualquier cosa.

Siempre había dos o tres que saltaban y los demás acompañábamos, si podíamos.

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En esas circunstancias no teníamos muchas responsabilidades, al contrario: el éxito dependía de que fuéramos unos irresponsables. El Centro de Artes y Música me importaba un queso, antes de que nos llamaran para tocar ahí yo ni sabía que existía ese lugar. Cuando sos joven, todavía está la hormona gobernando todo.

Los primeros rocanroles nuestros eran un disparate, éramos una banda como después lo fueron Los Auténticos Decadentes. Es que éramos decadentes de 159

verdad, ninguno de nosotros podía pasar por un miembro productivo de la sociedad. Haber sido marginal en serio —política, cultural, socialmente—

te dotaba de una cierta fortaleza. Lo que perseguíamos no era una satisfacción epitelial, efímera. En la época que empezamos no había premio alguno, ninguna zanahoria bailando ante tus narices.

Por eso no fuimos nunca de leer Foucault y al toque cambiar la lírica, el discurso. Cada vez que cambiamos, respondió a una necesidad genuina.

¿Cómo hacés para fingirte algo que no sos y que no se note? A eso me refería en el Blues de la artillería, cuando cuestionaba: ¿Cabe todo lo tuyo en una maldita valija? (…) El acento del barrio te sale mal / y te quita el sueño.

Y esa es una de las razones por las que empiezan a defraudar a su público: ya no son los administradores ni los burócratas los que te largan duro, sino las estrellas que admirabas. Es medio inevitable: si vos formás parte de un gran sello, que a la vez es parte de un trust que fabrica armas y cotiza en Wall Street… Cuando te querés dar cuenta, te venció el miedo de que a tu hijo lo rapte un chicano y terminás votando por el National Front.

El de Los Redondos fue un fenómeno distinto que, precisamente por eso, fastidió a muchos. Era un puto negocio del corazón, hecho entre amigos, que pasaba por sostener una vida digna y elegante. Parecerá idealista, pero yo lo veo de una practicidad absoluta. La única manera de que la vida te dé ganas de vivirla es respetarte a vos mismo y a la gente que querés. Que te guste a vos mismo lo que sos. Eso es elemental.

4.

¿A Enrique Symns cuándo lo conociste?

Ya te conté lo que pasaba con el Mufercho. Decía que iba y después no aparecía, tenía una gracia natural muy buena pero cuando estaba de malas la

gente empezaba a putear, le tiraban cosas, él insistía y lo tensaba todo.

Poli y Skay me dijeron que habían ido a un lugar donde habían visto a un tipo haciendo unos monólogos. Les había gustado, querían que yo lo viera para dar el visto bueno. La verdad es que me hizo cagar de risa. Yo creo que en ese momento Symns tenía algún grado de felicidad. Todavía estaba libre de las presiones que 160

tenés cuando te transformás en alguien.

En esa tercera etapa —que podríamos denominar “de talentos controlados”—, ya no corría la onda de amigos, eso de que venía cualquiera, se subía al bondi, se ponía un bonete, se tiraba un pedo, daba una vuelta carnero y se iba. Ya era otra clase de gente, como Las Bay Biscuits. Entonces hablamos con Enrique y el tipo estaba chocho. Nosotros ya teníamos un nombrecito dentro del ambiente bohemio, éramos los raros del momento. Pero tampoco significaba sacarse la grande.

Enrique no vivía de eso porque, seamos sinceros: cuando no éramos una banda de rock, tocábamos en lugares con onda, pero minúsculos.

5.

En la época de la pala, lo que más me interesaba era encerrarme a charlar, a beber.

Poli y Skay se iban a dormir y Enrique y yo nos quedábamos en el Británico, de ahí nos íbamos a la plaza, después venía a casa y pasaban tres días en los que, por supuesto, no dormíamos: hablábamos, desarrollábamos teorías delirantes, nos cagábamos de risa.

Enrique tiene una relación de dependencia con la desgracia. Que no le gusta, porque por supuesto es desagradable, pero al mismo tiempo está convencido de que en ese barro puede haber una perla y por eso se resiste a salir de ahí. Es verdad que podés terminar encontrando una perla, pero debés tener una paciencia muy especial. Y también podés hallarla cuando ya no significa nada.

En su momento, encontró —y se prendó de— ese personaje del Bukowski argentino. El problema es que eligió un personaje dañino, porque sostenerlo te destroza la salud. Y si al final la fortuna te sonríe y te regala algún caramelo, ya no estás en condiciones de disfrutar. No podés, porque te hiciste mierda en el camino.

Este medio está lleno de gente que lucha por ganarse tu afecto, para traicionarte tan pronto lo obtiene.

Hace poco vi una entrevista que le hacían a Enrique por YouTube, donde decía que lo había cagado a Fito, y se reía… Ese es el tipo de incertidumbre que no me gusta, en términos de las relaciones humanas. Sí para escribir, la gracia de la creación es trabajar sobre la incertidumbre. Pero los pícaros me gustan para conversar con 161

ellos, cuando las picardías me las hacen a mí no me gusta ni mierda.

Me da mucha ternura Enrique, lo sigo queriendo. Hay gente que ha dicho cosas espantosas de mí pero todavía los considero muertos queridos. No guardo muchos rencores. Estoy tan maravillado del “aun así”, de las glorias que todavía me ofrece esta vida a pesar de mi enfermedad…

Yo pegué mucha onda con Symns, hasta que le dije que no iba a escribir más en Cerdos & Peces. Y se calentó. Le habrá preocupado lo económico, imagino, porque yo tenía un pequeño prestigio ya y la revista se vendía más cuando yo escribía. Pero en esa época estábamos hasta las manos con Los Redonditos, seguíamos haciendo canciones y el deadline de la revista me distraía. Por otra parte no quería acentuar aún más la cosa marginal para adecuarme a Cerdos & Peces.

Todos los que estábamos ahí éramos marginales por vocación. No nos habían marginado, nos marginamos nosotros porque no nos gustaba la sociedad. Por supuesto, la sociedad también trataba de marginarte en respuesta, pero eso no hacía más que justificar tu rechazo inicial.

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6.

Ya Los Redondos tenían una estatura, aunque muy chiquita. Llenábamos los boliches y por eso les resultábamos atractivos a los dueños. Entonces teníamos bastante laburo, no laburábamos más porque no queríamos. Daba guita para pagar los equipamientos y algún peso extra, eso era todo.

Encima tocábamos en boliches medio bananas. Como el Stud Free Pub, que era finoli, o La Esquina del Sol, que era un reducto más hippie. Nuestro público inicial en Buenos Aires era aquel al que le gusta que lo sorprendan, que aprecia la cosa underground. Fuimos el quilombo apropiado para irrumpir en un momento en que todo el mundo se había puesto serio: mucha fusión, jazz rock, Weather Report, esas cosas que sólo le gustan a los músicos. Cada embole me agarraba…

Nos convertimos en el grupo raro del momento: aunque no gustásemos, si nos elogiabas quedabas bien.

7.

¿Cuándo cambió el público cool por la muchachada?

Se fue ampliando al mudar de boliches. Me acuerdo de una noche en Látex, durante el intervalo entre una parte y otra del show. Nos fuimos al bar con Skay, y empezamos a prestar atención a lo que estaba pasando con la gente.

Había salido Symns a hacer su monólogo. Y los pendejos, que estaban al palo, transpirados de rock and roll, no querían saber nada. Lo puteaban a Symns, le gritaban que se fuera.

Esa noche entendimos que el público había cambiado sin darnos cuenta.

Algo que ya venía pasando, es verdad, y que tampoco terminó de cuajar entonces. Pero en Látex nos cayó la ficha.

Los talentos siguieron todavía un tiempo más. Me acuerdo de Batato Barea, que un día subió al escenario vestido de marinerito. Estuvo bueno porque no tenía nada que ver con nada: el marinerito que trataba de entretener a esos orcos que querían rock and roll.

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Lo notable es que esa evolución no se debió a un cambio de estilos de la banda, como pasó en tantos casos: ustedes seguían haciendo lo mismo, sólo que cada vez mejor.

Nos convertimos en una banda popular a pesar de que yo nunca escribí eso de teta, culo, nunca apelé al idioma birrero. Yo escribo lo que escribo, desde el principio.

Y al que le gusta, bienvenido sea.

Desde entonces sé que hay gente que se toma el trabajo de averiguar qué significan ciertas palabras que yo uso, para entender la letra. ¡Así que durante todos estos años he venido haciendo una especie de docencia encubierta, ja ja!

8.

¿Cómo se fue dando el primer cambio entre talentos, de los amigos que los acompañaban en La Plata a los que se sumaron a la troupe en Buenos Aires?

Empezó a haber un tironeo. ¿Te acordás de la escena que te conté, con el Mufercho y su gente largándole petarditos a Symns en pleno escenario? El encono era real, se sentían desplazados por gente de la Capital: Symns, Las Bay Biscuits… En esa época yo todavía estaba en La Plata. Y cuando el Diputado del Interior venía a Buenos Aires, a plantear aquellas inquietudes, siempre estaba en minoría. ¡No los podía salvar nunca!

Los pibes querían rock and roll porque se excitaban y no querían que la joda decayese, no querían enfriarse. Recién ahí empiezan Los Redondos que dan pie a este libro.

9.

Hasta ahí veníamos bien con la prensa. Pero yo empiezo a decir la verdad en los reportajes y eso no le gustó a muchos. Me empecé a transformar en el enemigo, pero todavía no tenía el poder de un notable. El único que se jodía

en esa circunstancia era yo, que ponía cara de orto y decía: Vos sos un esclavo y no te gusta que te lo digan, lo que a vos te encanta es que los artistas sean mediocres 165

para bajarles el pulgar.

Según mi experiencia en el medio, son más los que disfrutan bajando pulgares que contándote hallazgos.

Nosotros tuvimos la suerte de que nos hiciesen esas dos notas del principio, que nos bastaron para llenar lugares como el Stud, donde entraban doscientas personas con suerte. Empezamos a tocar y estaba lleno siempre, y de ahí saltamos a un lugar más grande y de ahí a Cemento y así.

Yo cavé mi propia fosa cuando le dije al periodista Federico Oldemburg, una vez en Ramos Mejía: El que la va a pegar va a ser el que empiece a hablar mal de nosotros. Porque éramos el grupo del momento y entonces quedaba bien decir cosas lindas de Los Redondos aunque no te gustasen. Y

se ve que Oldemburg lo pescó, porque ¿qué hizo, acto seguido? ¡Empezar a escribir cosas malas de Los Redondos!

10.

Empezamos a vernos en la necesidad de inventar lugares que no existían.

Tocamos en uno abajo de la autopista, porque tenían que entrar tres mil personas. De ahí saltamos a Obras y de Obras a los estadios de Huracán, después Racing, después River dos veces. Entonces no nos hizo falta chuparle las medias a ningún periodista, que en su mayoría son resentidos porque trabajan encerrados en un box, mal pagos, y por eso se ablandan cuando los agasaja la banda o la compañía. ¡Los compraban con un vernissage y un poco de franela! Y encima tienen la mala leche

—o tal vez sea culpa de la falta de presupuesto— de que al tipo que le gusta Babasónicos lo manden a cubrir un show de O’Connor.

A vos te debe haber pasado. La gente que también tenía pretensiones artísticas y a la que no le ha ido tan bien dice: Cómo, si este tipo recién

estaba acá al lado mío, y de repente sacás un libro como Kamchatka, se hace una película y encima ganás algún premio. Con las bandas pasó lo mismo, ese fue el fin de la bohemia.

Cuando ya a todos nos había ido de alguna manera. A algunos incluso les había ido bien en lo formal, tocaban en lugares grandes e imitaban esa vida de la que se hablaba en las revistas: “Así son las estrellas del rock”, y ya tomabas champagne y 166

veías pasar un sandwichito de miga. Esas pelotudeces que hacían que uno creyera que estaba pasando algo, cuando no pasaba nada.

11.

Nuestra primera experiencia en un estudio fue en la vieja RCA, donde grabamos unas demos.

Pettinato y Marcelo Morano tenían una revista que se llamaba La ballena.

Primero nos habían llevado a tocar a un lugar, que no era en la Capital, sino apenas entrando en Buenos Aires: una especie de garaje inmenso, donde había dos o tres heladeras, de esas que parecen de carnicería, de madera, que delimitaban el espacio que funcionaba como camarín. (Ese fue el lugar donde al Mufercho se le ocurrió disfrazarse de momia.) Después dijeron que nos iban a pagar unas demos, en el estudio grande de RCA.

Los técnicos vestían guardapolvo gris. Era una especie de templo, ese estudio, una cosa muy loca. Ahí fuimos una tarde y grabamos como seis temas que son míticos. Los han pasado mil veces, en la radio.

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“Sacame esa cámara de adelante o no respondo de mí”.

Esos que programaban Lalo Mir y Elizabeth Vernaci en 9 PM.

Una cagada. ¡Están todos mal de tempo! Pero en fin, esa fue la primera vez que grabamos algo que se pasó por la radio.

Desde entonces no grabamos nada más, hasta Gulp!

12.

La demora para sacar el primer disco se debió a que no teníamos un mango.

No queríamos hacer el disco con ninguna corporación, por eso teníamos que juntar plata para producirlo nosotros. Yo sabía que, si firmabas contrato con una empresa grande, entregabas el pellejo en condiciones espantosas.

¡Se quedaban con tus masters!

Yo tuve la suerte de que el éxito —eso que te da dinero y que lleva a que la gente te reconozca— me agarró grandecito. Eso supone una gran diferencia.

Lo habitual es que las corporaciones agarren a pibes de 20, les pinten el pelo, los larguen arriba de un escenario y se los lleven de gira cuando todavía no tienen ni puta idea de lo que es la vida.

A esa altura ya le había pasado a mucha gente, y si no aprendías de esa experiencia… Hasta a los mismos Stones y Beatles los recagaban al principio: hacían giras enormes por los Estados Unidos y no veían un peso, se lo quedaban todo los contadores.

Yo no podía entender que artistas que eran próceres, aunque hicieran una música que no pretendía llenar estadios, se atasen a los caprichos de un manager. Me daba ganas de decirles: Con la música que hacés vos, para manejar un teatro todo lo que necesitás son cinco amigos. No hace falta que le pagues al pelotudo de tu manager, que se queda con los pocos morlacos que ganás y también con tus masters… ¡Y todo por atender un teléfono!

A mí me había quedado grabada una frase de William Burroughs: Nunca des algo a cambio de nada. Me pareció grandiosa, para lo pelotudos que éramos los hippies. Era una forma de decir: No seas boludo, aceptá que no estás viviendo en una circunstancia utópica y fijate de qué manera, honestamente o pícaramente, te 168

bancás la experiencia que estás deseando hacer.

A esa edad ya vas a torta o caca, quemás las naves porque tenés claro qué es lo importante para vos, qué necesitás sí o sí y de qué podés prescindir.

13.

Me acuerdo de que decían que éramos utópicos. ¿Y no es utópica la discusión política, desde la Grecia clásica hasta ahora? ¿Avanzamos tanto, desde entonces?

Si los que tienen no se ponen de acuerdo nunca con los que no tienen. La idea de resolver políticamente intereses tan contrapuestos también pasa por la utopía, porque el sistema está diseñado por los que más tienen. Te enterás de cuáles son las leyes cuando te hacen juicio, pero ellos las tienen clarísimas porque, claro, las vienen escribiendo desde siempre a su gusto y conveniencia. Como dice el papá de una amiga: los soretes siempre flotan.

No hemos progresado tanto como creemos. La mierda nuestra todavía se la lleva un chorro de agua por un caño. Tan sofisticados no somos. En las chucherías sí. Si querés, encontrás un reloj que te mide el largo de la pija.

Sin embargo, aunque los acusaran de utópicos, no había nada más práctico que lo que ustedes hacían. El sentido común de los números del almacén: nos vinieron a ver tantos, podemos gastar tanto en el próximo show.

Un mínimo de mérito tiene que haber en cualquier empresa, en tanto emprendimiento, aventura, no corporación. Y obviamente, un mínimo mérito teníamos.

Por otra parte, tuvimos la suerte de que nos tocó un momento en el cual era relativamente fácil hacerte notar. Si la Rock and Pop y el suplemento Sí de Clarín te registraban, estabas hecho. Zafabas, la gente se enteraba de tu existencia, de tus conciertos. En los Estados Unidos eso hubiese sido imposible, en cada pueblo hay una emisora central, y conseguir que pasen tu música en todas partes…

Eso fue lo que dio lugar al delito que llaman “payola”, las cometas que las compañías pagaban a los DJ para que pasasen esa música y no otra.

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A nosotros nos pasaban porque lo pedía la gente. Eso sí, nunca veíamos un mango en términos de derechos de autor, porque éramos independientes.

Los grandes sellos les pagaban a las radios tantas pasadas por día. En consecuencia, cuando las radios llenaban las planillas para SADAIC, no podías anotar una cantidad inferior de pasadas. Pero como la idea siempre era pagarle menos a SADAIC, tachaban de las planillas de los discos pasados a aquellos artistas que no tenían detrás una corporación, y por ende un abogado que iba a reclamar por qué no pasaste la cantidad que te habían pagado. En fin: para nosotros, que nos difundieran ya estaba bueno.

14.

Yo sentía que te querían comprar el alma, que lo que te proponían era un pacto fáustico. Entonces, si lo que te ponían delante para que firmases no te convencía,

¿por qué lo hacías? La mayoría de los artistas sabía que los iban a cagar mal. Y

firmaban igual. Es que las chucherías y las fantasías que te dan —porque son joyas de utilería, nunca joyas verdaderas— son muy persuasivas.

Así lo decís en una canción de El ruiseñor, el amor y la muerte: Y te

dejás llevar

así / con tus tonterías vos te entregás (…) Con lo bueno, bueno nunca te

cruzás.

Hasta psicólogo, te ponen. Pero después, si tu disco no vendió lo que esperaban…

¡te lo cobran a vos, el psicólogo!

15.

En un momento Poli y Skay me llevaron a conocer a [el productor] Oscar López, con la secreta intención, supongo, de que considerase la posibilidad de firmar con él. Me llevaron a la oficina y todo. Pero ahí el testarudo era yo, el que estaba jugado en esa cultura. Por eso me calcé la boina y dije que no, que no contaran conmigo.

Yo creía en lo que explicaban los tipos que ya la habían vivido y te alertaban al respecto: Pete Townshend y tres o cuatro más, que te avivaban respecto de las 170

limitaciones que suponía la relación con los productores, te describían cómo esos tipos te comían la vida. El mismo Charly García dijo alguna vez que los productores tapizaban sus coches con el pellejo de los artistas.

Pero claro, los productores no son los únicos que te pueden explotar. Una vez lo escuché a García diciendo: ¡Mis amigos siempre me cagaron! Y sí, es medio inevitable: los amigos son los únicos que tenés cerca de verdad, porque son aquellos en los que depositás confianza. Entonces están en una posición privilegiada para garcarte. Y uno se decepciona, se aleja, encuentra nuevos amigos… hasta que también te cagan. Yo sé que es así, pero de todos modos he seguido ofreciéndome cristianamente: ¡si vos me cagás, vos te lo perdés!

El ansia de libertad te lleva a rechazar ofertas muy tentadoras. Yo recuerdo dos momentos así. Una vez, cuando yo todavía no tenía casa propia, me ofrecieron dos departamentos en Mar del Plata a cambio de tocar en el marco de una campaña política. Y la otra vez, cuando la banda se separó, un productor me ofreció varios millones de dólares por once shows, cuando yo ni siquiera había grabado nada nuevo como solista. Y también dije que no.

Yo nunca coincidí con ninguna institución, desde el colegio. Ma perchè?

Antes de descubrirme a mí mismo haciendo algo que me violenta, prefiero volver a fabricar ropa.

Y yo me sentía en pleno derecho de establecer ciertas condiciones. Si tomamos en cuenta que soy el tipo que bautizó la puta banda, que hizo las canciones —tanto las melodías como las letras—, que armó el discurso público sin preguntarle a nadie… Porque yo no consultaba antes de hablar.

Todos los reportajes que hice, los hice diciendo lo que pensaba yo. En muchos casos a disgusto de Skay y de Poli, que en una época, por ejemplo, sentían mucha simpatía por el menemismo. Y yo no me lo bancaba. Lo que quiero decir es que nunca objetaron mi discurso público, supongo que en algún momento habrán estado de acuerdo o simplemente les habrá convenido. Pero el más tozudo siempre fui yo. Con caprichos como ese de tocar solos y de noche, que en algún momento nos dejó medio en bolas.

Hacia afuera daban la impresión de ser un bloque monolítico.

Siempre hubo mucha discusión, adentro. Pero en algunas cosas esenciales estábamos de acuerdo. En aquel entonces Skay y Poli arrastraban todavía los preceptos del hippismo bien entendido. A Skay yo le he oído decir esto:

No es más rico el que más tiene sino el que menos necesita. Pero bueno, también es cierto que 171

él nunca conoció la necesidad verdadera. Pertenecíamos a clases sociales muy diferentes. Skay podía tirarse de cualquier trampolín y siempre iba a encontrar agua.

¿Es cierto que Charly García quiso producirles un disco por entonces?

Un día fue a vernos a lo de Giesso. Después se acercó y dijo que nos quería producir. Pero le dijimos que no. En esa época a muchos músicos les daba por meterse a productores artísticos, pero todo lo que sabían era cómo sonar bien ellos; y por eso todos los artistas que producían terminaban sonando como los discos del productor… Yo le dije que creía que el que terminaba pintando el cuadro era el que mezclaba al final, y que prefería mandarme cagadas pero aprender a hacerlo yo. A lo sumo, cuando esté viejo haré como Miguel Ángel en la Sixtina: no podré subirme a algunos andamios pero le diré a un joven asistente: Poné más celeste allá, más blanco acá.

Hay dos discos de García que me gustan, Clics modernos y Piano bar. Para mí son más pop que rock, pero los escuché siempre con comodidad.

Hace poco recibí un llamado de Palito Ortega. Me dice: Hermano, cómo anda…

Estaba al lado de Charly, que se encontraba internado. ¿La verdad? Un capo, Palito, por todo lo que hizo para sostener a Charly en estos años.

16.

La cosa era que no teníamos mucha guita. Y nos salvó la buena voluntad de los Vitale: Rubens, Lito, la gente que había fundado MIA, Músicos Independientes Asociados. Agarramos el fondo que habíamos ido apartando de lo que nos quedaba de las tocatas y fuimos a la casa de Lito en Villa Celina. Ahí había armado un estudio, casero casero, que era el más barato que había y tenía una mesa más o menos buena, pero que no estaba

automatizada. Todavía me acuerdo de Lito, mezclando un fader con el pie, así.

Se nos han caído tantos fasos, dentro de esa mesa… Viste que los bordes estaban recubiertos de cuerina. Armábamos el faso y quedaba apoyado en una rajita que había en la cuerina, al lado de la pachera. Cuando el faso se consumía un poco, caía dentro de la mesa y no daba para sacarlo. Los habrá encontrado alguien 172

tiempo después, o se los habrán comido las ratas. (Ríe.) Bueno: ahí grabamos.

Le tomamos un cariño grande a la familia Vitale. Ellos habían empezado con esto de la producción independiente, a pesar de que la música que hacían no era de la que arrastra multitudes. A ningún músico le gusta estar a las órdenes de una compañía, una corporación que te diga qué grabás, cuándo grabás, de cuántas horas disponés. En cambio, el principio ordenador del placer te dice: Hacé como quieras, lo que quieras, cuando quieras. Así de simple. Y nosotros tuvimos la buena leche de que nos pasó así.

Seguramente habría un montón de cosas confluyendo para que nos fuera bien, sin que nos diéramos cuenta. Fuerzas que aportábamos distintas personas.

Realmente fue una trayectoria privilegiada, y de movida. Gracias al compromiso temprano de la mayoría de los periodistas, que en la época en que nos querían hablaban de nosotros como si fuéramos no sé qué… ¡Un descubrimiento maravilloso! Claro, entonces no era como ahora, que está lleno de periodistas que hoy dicen una cosa y la semana que viene todo lo contrario, sin que se les mueva un pelo. En esa época, si venías diciendo que yo era un pelotudo, no podía convertirme de inmediato en un capo total.

Entonces, como ya nos habían elogiado tanto, diciendo que yo era misterioso, enigmático y que mis letras transmitían no sé qué y que la música de Los Redondos nos llevaba al poder político, no podías decir de pronto que estaba todo mal. Por eso siguió una inercia durante un tiempo.

Pero cada vez que yo abría la boca, decía cosas inconvenientes que por supuesto reproducían porque lo inconveniente vende. Sin embargo, le jodía, ya no al que te hacía la entrevista personalmente, pero sí al jefe de Redacción.

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Por supuesto, en materia de estudios y de grabación, no sabíamos un carajo.

Por eso los discos de la primera época suenan más a pop que a rock, el tratamiento sonoro no es agresivo.

Pero de todos modos empezás a aprender a producir artísticamente, cometiendo errores. Yo he echado a ingenieros del estudio, peleándome mal. Siempre fui el malo de la peli en la grabación. A Skay le importaba poco, sólo le gustaba tocar la guitarra.

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Jugando a diseñar una “partitura” sui generis de El infierno está encantador.

Cuando se metieron a grabar, llevaban ya mucho tiempo tocando esas canciones. ¿Sentías que te representaban, todavía?

Yo nunca tuve una vocación única y específica. Más bien hice siempre de todo: pintar, dibujar… La definición vino sola por el lado de la oferta, por cómo se fueron dando las alternativas. Y el rock fue lo que empezó a dar dinero para vivir cuando otras alternativas seguían cerradas. Sostenerte tan sólo con la escritura sigue siendo difícil aún hoy. Pero a mí se me dio por la vía del cantante de rock, que con viento a favor podía permitirte llegar a ganar un sustento decente. Y no lo vivo con culpa, porque no soy un desaforado. Dentro de todo, soy austero. No vivo la vida loca ni tengo los amigos del campeón, esos que están ahí para decirte: Qué capo que sos, y terminan formando parte de tus gastos mensuales. Es que hay artistas que necesitan sentirse aplaudidos constantemente, porque cuando se quedan solos se acuerdan de la verdad, de quiénes son más allá de las máscaras, y no les gusta.

Yo creo que esa indecisión original —eso de que te gustaran tantas otras disciplinas artísticas: la literatura, la plástica, el cine— terminó ayudando a que tu música fuese tanto más rica, más abierta, más

“multidisciplinaria” que la de muchos de tus colegas.

Un artista tiene que estar motivado por distintos géneros, debe trabajar su obra desde distintos ángulos: una mirada plástica, una mirada literaria, una mirada musical, que le permita desplegar la imaginería más amplia posible.

Y Skay era el socio ideal, porque había escuchado todas las músicas y usaba la guitarra para conjurarlas.

Era abierto. Yo soy de mirar a los guitarristas desde la peculiaridad que agregan.

Skay no era un guitar hero, pero donde metía una nota estaba todo bien.

De todos modos, nunca fuimos Piero y José. ¡No somos tan parecidos como la gente piensa! Estábamos conectados por afinidades pero también por el