Recuerdos que mienten un poco
Capítulo Cuatro. No hay que cagarle el eclipse a Kurosawa
El tipo se mantuvo fuerte hasta el último momento, porque todas las actividades que desarrollaba en la costa eran recias: hachar leña, pintar, trabajar en la construcción de su casa, ir en bicicleta hasta Pinamar… Uno se transformaba en un montañés, como esos de las series de televisión. En aquel lugar era todo muy primitivo, entonces Cariló era como Canadá, te metías en el bosque y si no estaba el sol alto para guiarte un poco, no salías más.
Pero le detectaron un cáncer de pulmón, aunque había dejado de fumar hacía mucho tiempo. Y terminó en el Hospital Militar.
Fue un feo momento. Yo estuve ahí, al final. Mi viejo estaba medio dopado, pero aun así me decía: Más aire, más aire, más aire. No se inflaba como un globo de pedo. Y yo le fui dando, le fui dando… Le hacía la engañifa, le abría el oxígeno y cuando se tranquilizaba lo cerraba otra vez un poco.
Hasta que, de golpe, fue.
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4. Jorge Raúl Solari (11/11/1941) fue jugador de fútbol y entrenador. Brilló en Vélez y River y ganó la Libertadores con Estudiantes en 1970. A partir del 74 fue director técnico, en Argentina, Latinoamérica, España y hasta en Arabia Saudita.
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Capítulo Cuatro
No hay que cagarle el eclipse a Kurosawa
La bohème — Política del éxtasis — Doctor Solari — Andrea cruza el puente levadizo — Y entonces quedaron dos — Our Man in Porto Alegre —
Un discípulo del pai — El amigo oficial del (poronga del) pueblo — El casorio — Meet the Beilinsons
1.
En esa época empieza a haber algo parecido a una vocación artística. Lo único que me gustaba era dibujar, vivir, hacer cómics, filmar, tocar la guitarrita. Era bohemio, me gustaba ser bohemio. Como había sido tan curioso, me costaba definirme.
Cuando vos dibujás más o menos como escribís y escribís más o menos como tocás la guitarra, medio que hacés un poco de todo.
Todavía estaba en la etapa de fascinar gente. En los grupos me tocó siempre ser uno de los jugadores dominantes. Eso es una gloria y también una porquería, porque te empezás a poner dañino, querés ver hasta dónde esa persona te chupa las medias.
He hecho cosas —le hice comer tierra a alguien, por ejemplo— que terminaron asustándome. Y por otro lado te transformás en un inútil, porque todos tus caprichos te los empieza a resolver otro. Hasta el día de hoy es así.
Cuando te va bien, siempre hay alguien que se ofrece a abrirte la puerta.
Vas por la vida boludeando, con la mano en el bolsillo. Suena absurdo, pero cuando tenés plata, empiezan a regalarte todo.
2.
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Hubo tres años maravillosos —del 67 al 69— en los que la libertad te brotaba por los ojos. Los jóvenes eran, éramos, los generadores de una revolución por el simple hecho de plantarnos y decir: El mundo que nos dejan no nos gusta.
La onda que venía de Inglaterra era más fashion y artificial, porque ahí circulaba heroína en vez de marihuana o ácido lisérgico como en los Estados Unidos —país que, dicho sea de paso, tenía quilombos de índole más grosa, como la guerra de Vietnam.
En esos años se arma una nueva cultura de izquierda en el mundo, más universalista. Por eso yo tendía a ver las revoluciones latinoamericanas
desde un lugar que algunos confundían con cinismo. Pero nosotros ya percibíamos que no se podía tomar la Casa Blanca con Mausers.
Más que en el poder, creíamos en la difusión del poder. Norman Mailer ya había tomado el Pentágono sin encontrar más que un montón de oficinas, tipitos que le decían: Yo sólo trabajo, acá. Eso es lo que tiene de increíble este sistema: que nos dice a todos cómo tenemos que comportarnos y sin embargo no está en ningún lado.
Nos parecía que se podían lograr más cosas contaminando la cultura, a través de la política del éxtasis. Uno no quería cambiar la sociedad, quería cambiar al hombre. En algún sentido nos salió bien, pero como todo lo que triunfa se transforma en un póster, termina por significar poco y nada.
Las guitarras eléctricas fueron adoptadas como el sonido oficial del sistema, en todas las publicidades. Lo que decíamos de la ecología se transformó en una porquería llamada “new age”. Hoy nadie toma una sustancia lisérgica para hacer una experiencia de tres etapas, sólo se consumen drogas con fines recreativos y nada más: la gente no sabe ni lo que toma siquiera.
Es muy injusto comparar épocas. Yo estoy agradecido de haber participado de aquel momento. No me tocó nacer en un tiempo donde ya estaba todo cerrado, donde no era posible nada, sino todo lo contrario. Me tocó vivir en un momento al que le cayó encima un rayo de luz que determinó una cultura agitada, un tiempo con algo de revolución.
La cultura del imperio estaba detonándose, en abierto enfrentamiento con otro imperio. Mientras los bandos del conflicto estaban entretenidos en esa pugna, se fueron incluyendo paradojas en el medio, que con el tiempo se volvieron importantes y generaron el cambio.
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3.
¿Es cierto que empezaste a estudiar Derecho?
Y… ya los había acunado a todos con todos los cuentos y la cosa no daba para más. Había que prometer y prometerse algo y surgió lo de abogacía.
Pero el profesional es un esclavo que hace un hoyo profundo, profundo y ahí se entierra. Y
a mí me gusta picotear por todas partes. Por eso no entendía lo de meterte a estudiar algo puntual durante tanto tiempo.
Eso sí, había minas que estaban buenas. Todo lo que se le adjudica al rock yo se lo adjudico a las carreras, eso de acercarse al curso de ingreso —que es lo único que hice— para levantar minitas.
No paro de imaginarme al doctor Solari…
Yo tengo mi lengüita de oro… Habría sido bueno, de gustarme. De contar con varias vidas… Pero estamos presos en esta y no hay que desperdiciarla: tenés que hacer lo que más te gusta hacer.
4.
¿Cuándo y en qué circunstancia conociste a Andrea, tu primera compañera?
Se había corrido la pelota de que La Trinchera era un lugar donde podías curtir. La gente caía en mi casa y se quedaba, era como una trampera.
A Andrea me la debe haber presentado algún amigo. Posiblemente el Casi Humano, un pibe que jugaba al rugby. Él tenía una novia que era amiga de Andrea.
Fue una época muy loca, no sé si contar. Después de todo, como dice el título del libro, los recuerdos mienten un poco…
La madre de Andrea era actriz, Chany Mallo. Trabajó mucho en televisión.
Para mí era mi suegra, nomás, hasta que fuimos a verla a un café concert de La Plata donde hacía un unipersonal y descubrí que era una cosa seria.
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¿Qué diferenciaba a Andrea de otras relaciones pasajeras?
La prueba de fuego era quedarse en mi casa. Si te quedabas en el castillo y sobrevivías, tenías que estar un poco loca. A casa iba mucha gente a perder la forma humana. Yo preparaba unos mejunjes raros, mezclando todo tipo de bebidas…
Un precursor del “mezcladito”.
Los otros guachos, mis amigos atorrantes, estaban acostumbrados. Pero cuando venían los estudiantes de arquitectura, me esmeraba para hacer algo que les pegara, que los ayudase a liberarse de esa contractura que llevaban encima a toda hora.
Yo nunca fui un gran conquistador. Si hay algo que tengo de femenino es que soy bueno haciéndome el boludo: voy viendo, percibo si hay una punta para algo, una ondita y voy manejando la cosa. El enigma, la histeria, la gracia, esos son los atributos que hay que explotar. Lo de hacerse el buen mozo dura lo que un pedo en un canasto.
5.
¿De qué vivías en la época de Andrea?
Era artesano, todavía. Lo que diseñaba y hacía se vendía bien, lo cual me permitía pasarme el día en La Trinchera, donde curtíamos.
Mi lugar de venta quedaba sobre la calle 7, un local grande que la ciudad había cedido a los artesanos. Lo tenía a Fenton, que no podía dibujar nada, como asistente. Vivíamos bien pero no había ninguna pasión, más allá de tomar anfetaminas hasta que se te ampollaba la lengua. Literalmente: después de tres o cuatro días de hablar sin parar, la lengua se te ampolla a causa del roce con los dientes.
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Apuntes visuales, notas sobre rasgos de personajes: la cabeza del Indio en acción.
6.
A comienzos de los 70 —entre 1972 y 1973, digamos— decidiste viajar a Brasil.
Yo estaba viviendo en La Trinchera con Andrea y con otra piba, que era hija de un alto dirigente del Partido Comunista. La idea original era recorrer el mundo: llegar a Europa, pasando por Uruguay, para dar el salto desde Brasil.
Ya era una época jodida, entonces. Lo primero que hicimos fue ir a Uruguay.
Había un conocido que tenía una empresa de camiones y movía mercadería rumbo a Brasil. Ahí nos subimos a un camionazo. Cuando llegamos a Treinta y Tres Orientales, nos pararon en un destacamento que, como en las películas, estaba 74
cubierto por bolsas de arena como protección contra potenciales ataques guerrilleros. Además estaba todo empapelado con carteles al estilo BUSCADO: fotitos y fotitos y fotitos… Daba la sensación de que había más fugitivos, en ese momento, que gente viviendo en Uruguay. Encima yo tenía barba en esa época.
Nos miraban torcido, éramos raros.
Viñetas de un tiempo en que hacer cómics también era una posibilidad creativa.
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El camión no pudo esperarnos, se fue. Cuando nos soltaron nos subimos a un bondi y seguimos camino. En vez de ir a Brasil por el Chui, fuimos por adentro.
Queríamos llegar a Porto Alegre. Pero para eso había que cruzar la frontera.
Nos tocó hacerlo por el puente que comunica Yaguarón y Río Branco, que tendría, no sé, una cuadra y media de largo. Al otro lado ya era otro mundo: una plaza con todas las luces prendidas, los pendejos jugando y corriendo con las bicicletas, casas pintadas de colores…
Nos metimos en un hostal. Esa misma noche, en plena madrugada, suenan golpes en la puerta. TUN TUN. Era la policía. ¿Y quién venía con la policía? El capo del PC que era padre de mi amiga. Se ve que el PC de entonces no estaba muy peleado con los servicios de inteligencia…
7.
Así que quedamos dos, nomás. Y seguimos viajando.
Llegamos a Porto Alegre, donde teníamos un contacto, un tipo que era director de Editorial Abril. El primer día fuimos a verlo, queríamos resolver el tema de nuestro alojamiento. Estábamos en su oficina cuando llega un fotógrafo que trabajaba ahí. Un tipo de casi dos metros de altura, con una melena rubia y un sobretodo azul. Se llamaba Leonid Streliaev y le decían
Uda. Se sienta en el escritorio, se pone a escuchar lo que estábamos hablando y al rato nos invita a quedarnos en su casa: Você ficar na meu apartamento… Por lo menos sabíamos dónde trabajaba. ¡Podría haber sido un asesino serial! Pero el tipo era el fotógrafo estrella de la editorial.
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Otra muestra del Indio dibujante: juglaresco y ocasionalmente zurdo.
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Cuando llegamos al departamento, lo primero que hace es poner un disco de Mercedes Sosa. Yo no sabía qué decirle. Todavía no hablaba una mierda de portugués. Más adelante terminé dominándolo, porque me aprendía las canciones que me gustaban. Me acuerdo de Asa Branca (Rei do Baião), de Luiz Gonzaga: Quando olhei a terra ardendo / Qual fogueira de São João /
Eu preguntei a Deus do céu, ai / Por que tamanha judiação…
No había pasado ni una hora que estábamos ahí, cuando el tipo empieza a agarrar ropa y a meterla en un bolso. Hablando en portuñol, explicó que tenía que irse a Uruguay durante una semana, a hacer un reportaje para la revista Veja sobre contrabando de ganado, y después pensaba tomarse unos días extra para hacer un freelance en las ruinas jesuíticas . Nos dejó una heladera llena de cervezas Skol, el departamento disponible y todas sus cámaras. Abrías un armario y se te caían las Hasselblad. ¡Con vender una sola podríamos habernos rajado a Europa, sin tener que hacer más travesía por Brasil!
Ese hombre no tenía la desconfianza que abundaba acá, donde ya se olía el perfume de la tempestad. Pero, a una oferta así, no se le podía responder con una cagada.
8.
Hace un tiempo apareció un artículo en el que entrevistaban al periodista Juarez Fonseca, que los alojó un tiempo en Porto Alegre.
Entre otras cosas, decía que le habías regalado un cuadro que todavía conserva, y que pintabas maderas que vendías en la calle.
¿Vos me ves a mí vendiendo cuadros en la calle? (Ríe.) Dice también Juarez Fonseca que iban seguido a su departamento a cenar, un lugar al que describe lleno de hippies, donde escuchaban las últimas novedades que recibía de las discográficas. ¿Es el mismo departamento de la foto en que estás parado encima de la cama, apuntando con un bombardino como si fuese una escopeta?
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No creo, la imagen me retrotrae al departamento de Uda, no al de Juarez.
¡Pero no me preguntes cómo habría llegado un bombardino de Fonseca a la casa de Uda!
Me enseñaron mucho sobre música brasileña, eso es cierto. Y yo exponía en una sala que me facilitó uno de ellos, para los cuadros que estaba haciendo por entonces. Me había conseguido unas maderas, unas tablas; pintaba con esmalte sintético. El que estaba programado para exponer después era un tallista bahiano, que un día vino a ver la sala. Hacía unas cosas muy folklóricas, muy ancestrales, sobre las que nos pusimos a hablar.
Como estábamos medio al pedo, el tipo nos invitó a una ceremonia porque, además de tallista, era un poronga del batuque. Lo único que pidió fue que Andrea no se vistiese de negro.
Se supone que los blancos no pueden entrar en una ceremonia así. Esa noche fuimos los dos únicos blancos en ese lugar, pleno morro. Nosotros habíamos quemado un porrito en el viaje, un cabeza preta. Nos recibió una gorda grandota, la mai. La idea de esa velada era bautizar a tres vírgenes.
Las rapaban, le cortaban el cogote a una gallina y les tiraban sangre en la cabeza.
Al principio la gorda estaba lúcida, todo bien: Pasen por aquí, son nuestros invitados de honor. Nos sentamos en unas sillas que había alrededor del lugar.
Comimos, empezaron los tamboriles, se largaron a bailar. Y entonces reaparece la gorda, pero ahora tenía todos los pelos así… y un chupete de bebé en la boca.
¡Estaba en pleno trance! Todo el mundo andaba a los gritos. Y nosotros, mosca, duros como gato de yeso para no meter la gamba. Hicieron desfilar a unas viejas que padecían de cataratas… Era como una escena de Macunaíma, 5 pero mal.
Largó el batuque… y se empezó a poner densa la cosa. Al rato se me borroneó todo. La mai laburaba como loca pero el pai intervenía
esporádicamente: aparecía, escupía cachaça y se tomaba el bondi por un rato. En un momento, descubrí que lo estaba siguiendo. El tipo había hecho una de sus pasadas y yo me fui detrás. Como estaba tan loco, pensé: Este se va a dar con algo, y me mandé. Fui a parar a una escalera que lindaba con el vacío, había como tres o cuatro metros para abajo…
Pero el tipo cerró una puerta detrás suyo y me quedé a mitad de camino.
Llega un momento en que vos también entrás en trance, te guste o no: después de dos horas escuchando tututututu, con gente bailando alrededor y otros que se babean y empiezan a convulsionar… Es una locura. Aunque sea en joda, es una locura. Y bueno, ahí estuve esa noche.
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9.
Conseguí vender un par de cuadros. Uno de ellos, me acuerdo bien, tenía dos figuritas humanas… Una mujer se acercó y me dijo: ¡Son Adán y Eva en el Paraíso! Yo no se lo discutí, claro: con el potencial comprador no se disiente. Y la mina se lo compró, al final.
Con esas ventas fuimos tirando: total vivíamos de prestado y la gente nunca nos reclamó nada. Había un grupo fantástico ahí. Se tomaban unas libertades que acá no habían existido nunca.
Entonces conocimos a un crítico de arte y música de Porto Alegre, al que le caímos en gracia pero con los demás era un jodido. Maltrataba a todo el mundo, muy prepotente. Como tenía el poder de subir o bajar el pulgar a los artistas —y se lo había creído, para peor—, conseguía que le pusiesen la mejor mesa al lado del escenario. Ese tipo nos llevó a todas partes: algunos boliches de primera, los clubes donde tocaban los músicos más alucinantes, que se tomó el trabajo de hacerme conocer.
La experiencia terminó marcándote, porque todavía conservás palabras en portugués como parte de tu vocabulario: te he oído usar
“dica”, “ficar”,
“maluco”…
En ese momento Brasil fue una maravilla para mí. Acá es más amargo, tenemos otro estilo. Pero allá, aunque también había quilombo, todo era más… tropical.
Estaban en otra: se vestían como se les cantaba el forro de las pelotas, si te querías hacer un afro te lo hacías, para comprar faso ibas a una escuela secundaria. ¡Los pibes jugaban ahí y vos charlabas lo más tranquilo con el dealer, que tenía 14 años!
10.
De ahí nos fuimos a Río. Por intermedio del tallista bahiano que te mencioné caímos en un lugar muy raro, el departamento de un gay que había tenido polio de chico y vivía con el dibujante de una revista: A pomba atômica, o sea La paloma atómica. El tablero de este tipo estaba adornado por infinidad de porongas, 81
dibujadas al modo hiperrealista: gordas, torcidas, con venas hinchadas. Y
caía cada invitado a ese lugar…
Duramos poco ahí. Nos mudamos a Tribobó, donde sabíamos que estaban unos argentos conocidos. Pero estos tenían el único objetivo de aprovechar la diferencia en materia de cambio y ganar plata. Se pasaban el día trabajando. Tuvieron mala onda con nosotros, no querían darle de comer a nadie: ¡estaban obsesionados por la guita!
Por eso nos volvimos a Río. Ahí conocimos a unos bancarios, gente con altos cargos. Y ellos nos hicieron una oferta de esas que no se pueden rechazar.
11.
Tenían una finca en São Pedro da Aldeia, que originalmente había pertenecido a un coronel y por entonces les cuidaba un viejito, don Aguinelo Miguel de Azevedo.
Como el tipo estaba demasiado grande, nos pidieron que supervisásemos el lugar.
Don Aguinelo —que siguió viviendo ahí, por supuesto— era una eminencia en la zona. Se fabricaba sus propias espingardas, con las que cazaba monos; una vez nos dio de probar… La mansión era inmensa: tenía capilla, fragua propia, una biblioteca alucinante. Estaba en el medio del mato, cerca de una laguna de agua quieta pero salada como la mierda. Era el Reino de los Cielos. ¡Teníamos tiempo hasta para bucear!
Dentro de la casa había una boîte barroca, un salón cubierto por revestimientos y tallas de ese estilo. Yo lo copé para escribir y dibujar. Puse una hamaca paraguaya, desde ahí podías ver a diario el mismo espectáculo: miles de murciélagos que salían siempre a la misma hora de una cisterna vacía y pasaban volando delante de la ventana.
Una noche estaba ahí, leyendo. Como era una casa sin electricidad, me había puesto una lámpara al costado. Entonces llega don Aguinelo, vestido casi como un personaje de Sueños, de Kurosawa, todo encorvadito y cantando una canción que tenía que ver con el primer eclipse que había visto.
Contaba que, cuando ocurrió el eclipse, estaba recogiendo mandioca. Pero, a causa del miedo, se escondió con sus amigos en una caverna, hasta que las gallinas volvieron a cacarear y los pájaros a cantar. Todo esto me lo decía mientras bailaba, un espectáculo maravilloso de ver, una belleza total: la lámpara estiraba la sombra 82
de don Aguinelo sobre la pared. Y a mí no se me ocurre mejor idea que empezar a explicarle qué era un eclipse.
Hasta que en un momento pienso: ¿Qué estoy haciendo? ¡Estoy arruinando esta maravilla con mi pelotudez! Por suerte me frené a tiempo, le dije: Olvídese. ¡Todo esto es un delirio mío!
12.
Un día voy a caminar por la laguna —que en realidad era una bahía cerrada del mar—, y me topo con un criollo inmenso, que estaba bañando su caballo. Lo saludo, me saluda —tenía la voz más grave que escuché nunca
—, seguimos camino… Con el tiempo supimos que era el poronga del lugar, un tipo que tenía un par de muertes sobre su espalda. En ese lugar no había policía, bajarte a alguien te salía gratis.
Todas las tardes hacíamos esas caminatas. La senda estaba llena de castaños, de lechoncitos que se comían las castañas que se caían… y siempre había a mano un chiringuito, claro. Brasil tenía eso. Un verano iba Brigitte Bardot y ponía de moda un lugar, pero al año siguiente iba a otro lado y también lo ponía de moda y brotaban chiringuitos como hongos.
Uno de esos lo manejaba un tipo que estaba siempre mamado. Lo único que tenía era cachaça, una pinga de mierda. Pero era lo que había, entonces nos tomábamos una pinguita y caminábamos alrededor de la laguna. Un día de esos nos alcanza a caballo el criollo grandote; era una especie de estatua ecuestre, imaginate. Estuvimos hablando un rato de bueyes perdidos: que yo era de Argentina, las pavadas típicas.
A la semana, me toca ir de compras. Camino los kilómetros que me separaban de la venta —el lugar donde comprabas todo lo necesario, la Disneylandia de la zona— y, cuando llego, me reencuentro con el criollo grandote. Tenía un pedo que no veía. Lo rodeaban dos músicos que estaban dormidos: uno que tocaba el trombón a vara y otro que tocaba la trompeta.
Según me enteré, habían llegado en un bondi que venía de una fiesta y decidido quedarse en São Pedro. El caso es que entro a comprar y el criollo me sigue: Eh, irmão argentino, ¿cómo está?
Empieza a pedir aplausos para mí y todo el mundo obedece, porque para algo era el poronga. Me dice que me va a nombrar amigo oficial de São Pedro, me hace 83
subir a la mesa de pool… Yo por supuesto decía que sí a todo.
Tuve que dar un discurso para la gente, por el simple hecho de estar alojado ahí, en un lugar abandonado por Dios donde ni siquiera había electricidad.
¡Las personas más notables que conocían eran los bancarios de Río! El asunto es que me
“nombra” amigo oficial, despierta a estos pelotudos que empiezan a tocar sus bronces, tututututu, y yo sigo subido a la mesa de pool, preguntándome qué hago ahí arriba.
Brasil es así. Entrás en un supermercado por una puerta, a comprar arvejas, y salís por otra con un tipo que tiene todas las arrugas del mundo en la frente y te suelta un papo místico.
13.
Ya no tenía cuadros para vender, se nos iba achicando la economía. Me puse a hacer artesanías. Recuerdo un playón con arbolitos donde caía algarroba, que tenía unas canaletas rígidas. Yo las cortaba en pedacitos, les ponía fosforitos atravesados… Y después las exponía de modo grandioso:
¡que eran amuletos del rito de La Salamanca, de las profundidades de la montaña! Vendía cuatro o cinco y comíamos.
14.
Cuando dejamos atrás todo eso, se me caían las lágrimas. Porque eran tres horas de avión, nomás, y cuando bajabas acá era como haber vuelto a un colegio de adolescentes con guardapolvo a los que la maestra caga a pedos constantemente.
De solo acordarme me agarra un bajón, ja ja.
15.
¿Cómo siguió la historia con Andrea?
Quedó embarazada y nos recomendaron que volviésemos a la Argentina.
Cuando 84
llegamos, ya lo había perdido. Entonces la familia empezó a insistir, decían que hacía mucho tiempo que estábamos juntos… Le llenaron la cabeza y decidimos casarnos por civil.
A mí el casamiento me daba lo mismo, no es que estaba en contra. En términos generales soy agnóstico: si Dios puso en el universo miles de seres parecidos a nosotros o si no existe nadie más, me da exactamente igual.
Pero bueno, el peso de la institución matrimonial terminó siendo grande, muy negativo. Habíamos convivido un año y medio, pero a los meses de casados nos separamos.
16.
¿Cuándo conociste a los Beilinson?
Eran tres hermanos, los Beilinson. El más grande era Daniel, con quien menos trato tuve porque, cuando el padre empezó a desmejorar, se hizo cargo de la empresa.
Después venía el Negro Guillermo, que con el tiempo entró en una etapa religiosa.
Y después, Skay.
OceanofPDF.com
La mujer del Negro Beilinson era amiga de Andrea. Nos presentaron y nos caímos bien porque, así como para él escaseaban los interlocutores que pescasen su longitud de onda, también escaseaban para mí. Un tipo muy inteligente, el Negro: bien instruido, familia judía de mucha guita, gran biblioteca. Su madre era una mina muy interesada en el arte, su padre era ingeniero y ganaba mucha plata: construía diques, puentes, qué sé yo… El hecho es que la amistad con el Negro creció, mientras yo me separé de Andrea a los tres meses.
Nos juntábamos en bares con gente interesante, se armaban conversas atractivas.
Y con ese grupo empezamos con el asunto del cine. Se lo pasaban hablando de películas y nosotros les decíamos: Che, ¿nos podés mostrar algo que hayas hecho?
Y la respuesta era siempre la misma: Lo que pasa es que es muy costoso, todavía no tengo presupuesto. ¡Todos hablaban de cine pero nadie lo hacía!
Empezamos a filmar con lo que había, que era el Super 8. Jugábamos al cine con nuestros amigos actores, aprendíamos los rudimentos de la edición: elegir un fragmento de lo filmado para darle una dinámica a lo que narrás, construirle un ritmo, algo que los americanos hacen muy bien.
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¿Tenían ánimo de llevar adelante en serio el asunto?
El entusiasmo siguió. Queríamos filmar en 35 mm. La idea nuestra ya era, desde entonces, la de manejarnos con independencia. Que nadie nos rompiera los huevos.
Porque siempre caía alguno que decía: Uh, acá sería genial insertar un plano de ocho caballos blancos lanzados al galope. Y nosotros no teníamos más que la cámara de Super 8, ni siquiera teníamos guita para pagar viáticos a los que nos acompañaban a Valeria a filmar. En su imaginación, si
no hacían una superproducción, preferían no hacer nada. Y nosotros pensábamos lo contrario: vamos a filmar de cualquier modo, porque no hay forma mejor de aprender.
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