Sentir lo que sucede
Capítulo siete. Consciencia ampliada
Capítulo siete
Consciencia ampliada
CONSCIENCIA AMPLIADA
Si la consciencia nuclear es el fundamento indispensable de la consciencia, la consciencia ampliada es su gloria. Cuando pensamos en la grandeza de la consciencia, tenemos en mente la consciencia ampliada. Cuando decimos que la consciencia es una cualidad humana distintiva, pensamos en la consciencia ampliada en su expresión más elevada, no en la consciencia nuclear, y se nos debería perdonar la arrogancia: la consciencia ampliada es sin duda una función prodigiosa y, en sus manifestaciones más enaltecidas, únicamente humana.
La consciencia ampliada excede el aquí y ahora de la consciencia nuclear, tanto hacia el pasado como hacia el porvenir. Aunque el aquí y ahora sigue allí, ahora lo escolta el pasado —la medida de pasado que se precisa para esclarecer con eficacia el presente— y, con similar importancia, el futuro anticipado. En su cénit, el alcance de la consciencia ampliada puede abarcar la vida entera del individuo, desde la cuna hasta el futuro, e instalar el mundo a su lado. Cualquier día, si le permites volar, puede transformarte en el personaje de una novela épica y, si la usas bien, abrirte las puertas de la creación.
La consciencia ampliada es todo lo que es la consciencia nuclear, pero más vasta y mejor, y lo único que hace es crecer a lo largo de la evolución, y de la vida y experiencia de cada individuo. Si la consciencia nuclear te permite saber fugazmente que estás viendo volar un pájaro o sintiendo dolor, la consciencia ampliada inserta las mismas experiencias en un lienzo más amplio y en un período de tiempo superlativo. Se articula en el mismo «tú» nuclear, pero este «tú» ahora se conecta con el pasado vivido y el futuro previsto que forman parte de tu registro autobiográfico. Más allá de acceder al hecho de que sientes dolor, puedes revisar dónde está el dolor (el codo), qué lo produjo (el tenis), cuándo lo tuviste antes (hace tres o cuatro años), quién lo tuvo hace poco (tía Maggie), el médico que vio (¿el doctor May, o fue el doctor Nichols?) y el hecho de que no podrás jugar tenis con Jack mañana. La latitud de saber que te otorga la consciencia ampliada te permite acceder a un panorama amplio. El self que contempla ese panorama es un concepto robusto en la acepción genuina del término. Es un self autobiográfico.
El self autobiográfico se articula en la perpetua reactivación y despliegue de colecciones selectas de memorias autobiográficas. En la consciencia nuclear, la sensación de self brota en el tenue y efímero sentimiento de saber, reconstruido en cada pulsación. En cambio, en la consciencia ampliada la sensación de self surge en la exposición constante y reiterada de algunas de tus memorias personales, los objetos de nuestro pasado personal, capaces de sustanciar momento a momento nuestra identidad y nuestro ser persona.
El secreto de la consciencia ampliada se revela en la disposición siguiente: las memorias autobiográficas son objetos, y el cerebro los trata como tales, permite que cada uno de ellos se relacione con el organismo de la manera descrita para la consciencia nuclear, permitiéndoles así generar una pulsación de consciencia nuclear, una sensación de «self conociendo». En otras palabras, la consciencia ampliada es la preciosa consecuencia de dos contribuciones determinantes: primero, la habilidad de aprender y retener miríadas de experiencias, previamente conocidas gracias al poder de la consciencia nuclear. Segundo, la capacidad de reactivar esos registros de manera que —en calidad de objetos— también puedan generar una sensación de «self conociendo» y por ende ser conocidos.
Conforme uno transita, hablando biológicamente, desde el mero nivel de consciencia nuclear y su genérica sensación de self hasta los complejos niveles de consciencia ampliada, la novedad fisiológica crucial es la memoria fáctica. El primer truco consiste en más de lo mismo: generación múltiple de la simple «sensación de self conociendo» aplicada tanto al algo por conocer como a un eternamente revivido y complejo algo al que se atribuye saber: el self autobiográfico. El último factor determinante es la memoria de trabajo, la capacidad de mantener activos, a lo largo de lapsos sustanciales, los numerosos «objetos» puntuales: el objeto que está siendo conocido y los objetos cuya ostentación constituyen nuestro self autobiográfico. La escala temporal ya no es la fracción de segundo característica de la consciencia nuclear. Ahora estamos en una escala de segundos y minutos, la escala temporal en que se transa la mayor parte de nuestra vida personal, y que es capaz de ampliarse fácilmente a horas y años.
En suma, la consciencia ampliada surge de dos artimañas. La primera requiere la aglomeración gradual de recuerdos de múltiples instancias de una clase especial de objetos: los «objetos» biográficos del organismo, de nuestra propia experiencia vital, tal como se desarrollaron en el pasado, y tal como los ilumina la consciencia nuclear. Una vez constituidas, las memorias autobiográficas se evocan en cada procesamiento de objeto. Así, el cerebro trata cada memoria autobiográfica como si se tratara de un objeto, cada uno un inductor de consciencia nuclear, junto con el objeto no self que se encuentra en proceso. Aunque reposa en los mismos mecanismos fundamentales que la consciencia nuclear (generación de reseñas cartografiadas de relaciones en curso entre organismo y objeto), la consciencia ampliada aplica el mecanismo no solo a un objeto no self determinado, sino a una coherente colección de objetos previamente memorizados y atinentes a la historia del organismo, cuya implacable evocación la consciencia nuclear ilumina sin pausa y conforma el self autobiográfico.
El segundo ardid consiste en mantener activas, simultáneamente y por lapsos sustanciales, las numerosas imágenes cuya colección define el self autobiográfico y las imágenes que definen el objeto. Los reiterados componentes del self autobiográfico y del objeto se bañan en el sentimiento de saber que surge en la consciencia nuclear.
Así, la consciencia ampliada es la capacidad de estar conscientes de una vasta esfera de entidades y sucesos, es decir, la habilidad de generar una sensación de perspectiva individual, propiedad y agencia, sobre un ámbito mayor de conocimiento que el evaluado por la consciencia nuclear. La sensación de self autobiográfico a la que se atribuye este rango más vasto de conocimiento incluye informaciones biográficas únicas.
El self autobiográfico ocurre solo en organismos dotados de importantes capacidades de memoria y habilidad racional, pero no requiere lenguaje. Psicólogos desarrollistas como Jerome Kagan sugieren que los humanos desarrollan un «self» cuando llegan a los dieciocho meses, acaso antes. Creo que se refieren al self
autobiográfico[1]. También creo que monos como el chimpancé bonobo poseen un self autobiográfico y me atrevo a postular que también lo tienen algunos perros que conozco. Poseen un self autobiográfico, pero no exactamente una persona. Tú y yo poseemos ambos, gracias a una mayor dotación de memoria y habilidad racional, y a la dádiva crucial denominada lenguaje. Al giro de la evolución y del tiempo individual, nuestro self autobiográfico nos permitió saber más acerca de aspectos cada vez más complejos del entorno físico y social del organismo, y de su lugar y posibilidad potencial de acción en un universo complicado.
Consciencia ampliada no es igual a inteligencia. Su misión es que el organismo esté consciente del mayor rango posible de conocimiento, mientras que la inteligencia es la habilidad de manipular el conocimiento con éxito, a fin de que nuevas respuestas puedan ser planificadas y cumplidas. La consciencia ampliada concierne a la exhibición de conocimiento y a su clara y eficaz manifestación, de manera que pueda tener lugar un procesamiento inteligente. Es un requisito previo de la inteligencia: ¿cómo podría uno comportarse inteligentemente en esferas amplias de conocimiento si no pudiera examinar ese conocimiento mediante la consciencia ampliada?
Tabla 7.1. Tipos de self
La flecha entre el proto-self no consciente y el self nuclear consciente representa la transformación que resulta del mecanismo de consciencia nuclear. La flecha hacia la memoria autobiográfica denota la memorización de repetidas ocurrencias de experiencias de self nuclear. Las dos flechas hacia el self autobiográfico significan su doble dependencia tanto de las pulsaciones continuas de la consciencia nuclear como de las continuas reactivaciones de las memorias autobiográficas.
Consciencia ampliada tampoco es igual a memoria de trabajo, aunque ésta es un instrumento importante en el proceso de aquélla. La consciencia ampliada depende de la capacidad de mantener en la mente, por períodos importantes de tiempo, los múltiples patrones neurales que describen el self autobiográfico. La memoria de trabajo es precisamente la habilidad para conservar imágenes en la mente durante períodos de tiempo que permitan su manipulación inteligente. Para tener idea de lo que es la memoria de trabajo, piensa en lo que se precisa para mantener en la mente, sin ayuda de lápiz ni papel, un número telefónico de diez dígitos, o la instrucción detallada de la manera de llegar a cierto lugar. Además, puedes poner a prueba tu memoria de trabajo: deberías ser capaz de retener en la mente un número de siete dígitos el tiempo suficiente como para recitar tres o cuatro en sentido inverso con
precisión[2]. Una memoria de trabajo amplia es requisito imprescindible de la consciencia ampliada, de manera que representaciones plurales puedan ser conservadas en la mente durante lapsos dilatados. Por el contrario, en el ámbito de la consciencia nuclear, la memoria de trabajo no parece tener papel digno de consideración. La noción de «espacio global de trabajo», desarrollada por el psicólogo Bernard Baars, es una buena manera de describir las condiciones que permiten que memoria de trabajo y atención enfocada contribuyan a la consciencia
ampliada[3].
La consciencia nuclear es parte del equipamiento estándar de organismos complejos como los nuestros. La instala el genoma con cierto socorro del primer entorno. Tal vez la cultura pueda modificarla hasta cierto punto, pero es probable que no mucho. También el genoma introduce la consciencia ampliada, pero la experiencia puede influir significativamente en su desarrollo en cada individuo.
Valoración de la consciencia ampliada
La consciencia ampliada se basa en la consciencia nuclear no solo en lo tocante a su desarrollo, sino momento a momento. El estudio de pacientes neurológicos muestra que, cuando se interrumpe la consciencia nuclear, desaparece la consciencia ampliada. Como vimos, pacientes con ataques de ausencia, automatismos epilépticos, mutismo acinético y estados vegetativos persistentes carecen de consciencia nuclear y ampliada. Lo opuesto no es verdadero: como veremos, los deterioros de consciencia ampliada son compatibles con una consciencia nuclear preservada.
Aunque la consciencia ampliada es un tema más vasto que la consciencia nuclear, es más fácil de inspeccionar científicamente. Entendemos bastante bien en qué consiste desde el punto de vista cognoscitivo y también comprendemos sus aspectos conductuales conexos. Un organismo en posesión de consciencia ampliada evidencia atención a una vasta esfera de datos, presente no solo en el entorno externo sino internamente, en el ámbito de su propia mente. Por ejemplo, como poseedor de una consciencia ampliada, es probable que prestes atención a varias cosas a un tiempo: al texto impreso, las ideas que evoca, las interrogantes que plantea, acaso música o ruidos específicos en alguna parte de la casa, y a ti mismo, en calidad de sapiente. No todos estos contenidos son igualmente notorios o se hallan tan definidos, pero todos ocupan el escenario y, en uno u otro momento, al giro de muchos segundos e incluso minutos, uno o varios salen a la luz.
Un organismo con consciencia ampliada provee evidencias de planificación de conductas complejas que, lejos de ser instantáneas, abarcan prolongados intervalos de tiempo, horas y días, semanas y meses. El observador puede inferir que tales conductas complejas y apropiadas fueron planeadas tomando en consideración la historia del individuo y el contexto inmediato. En otras palabras, lo que una persona hace debe tener sentido no solo en términos inmediatos sino en términos de tramas de vasta escala.
El trabajo de Hans Kummer con mandriles y de Marc Hauser con chimpancés sugiere que mi descripción de consciencia ampliada se encuentra en géneros no humanos. El fatigoso trabajo de terreno de Kummer y los ingeniosos experimentos de laboratorio de Hauser revelan conductas que requerirían las operaciones cognoscitivas que he descrito más arriba. Un ejemplo es el sofisticado y parsimonioso proceso decisorio de una tropa de mandriles dedicada a buscar el lugar para beber un día determinado. Numerosos factores influyen en la decisión: presunta existencia de agua en el bebedero, riesgo de presencia de predadores, distancia, y así. La evidencia sugiere que esos factores se atienden y conectan con las necesidades homeostáticas
de los individuos[4].
La consciencia ampliada es necesaria para el despliegue interno de un corpus importante de conocimiento evocado en diferentes modalidades y sistemas sensoriales, y para las subsiguientes capacidades de manipular este conocimiento en la solución de problemas, o de comunicarlo. El desempeño normal de estas habilidades atestigua la presencia de conocimiento extenso. La valoración de la consciencia ampliada puede lograrse mediante el peritaje de reconocimiento, recuerdo, memoria de trabajo, emoción, sentimiento, razonamiento y toma de decisiones en largos intervalos de tiempo en un individuo cuya consciencia nuclear esté intacta.
En un estado neurológico normal, jamás estamos privados totalmente de consciencia ampliada. Con todo, no es difícil imaginar lo que tal vez experimente quien solo posea consciencia nuclear. Considera cómo puede ser estar adentro de la mente de un niño de un año. Sospecho que ciertos objetos llegan al escenario mental, se atribuyen a la consciencia nuclear, y desaparecen tan rápido como ingresaron. Cada objeto es conocido por un self simple y claro en sí mismo, pero no se establece una relación entre objetos en una escala espacio-temporal dilatada, ni una conexión sensata entre el objeto y experiencias pasadas o anticipadas. Veremos que esta suposición puede ser respaldada por análisis de lo que ocurre en los trastornos neurológicos. Como suele suceder en asuntos de la mente, la neurología otorga una percepción única del problema.
TRASTORNOS DE LA CONSCIENCIA AMPLIADA
Mientras que la pérdida de consciencia nuclear comporta privación de consciencia ampliada, lo opuesto no ocurre. Los pacientes con consciencia ampliada deteriorada de una manera u otra conservan su consciencia nuclear. La precedencia de esta última queda así firmemente establecida.
Amnesia global transitoria
Los ejemplos más asombrosos de consciencia ampliada deteriorada ocurren de manera aguda y dramática en una condición conocida como amnesia global transitoria. La condición es benigna en el sentido de que los pacientes vuelven a la normalidad. La amnesia global transitoria puede ocurrir en el contexto de migrañas, a veces como preludio de una cefalea, a veces como substituto de ella. En las amnesias globales transitorias, que empiezan de manera repentina y se prolongan por un período de algunas horas, siempre menos de un día, una persona totalmente normal se ve de súbito privada de los registros recién agregados a la memoria autobiográfica. La mente ya no dispone de nada de lo ocurrido en los instantes previos, o en los minutos u horas anteriores. En ocasiones, se borra todo lo ocurrido días antes del episodio.
Si consideramos que nuestra memoria del aquí y ahora también incluye recuerdos de las coyunturas que constantemente anticipamos —lo que me gusta llamar memorias del futuro—, se sigue que una persona atacada de amnesia global transitoria tampoco posee rememoración de sus planes para los minutos, horas o días que vienen. Es común que el amnésico global transitorio no tenga idea de lo que ofrece el futuro. Así, la persona se ve privada de su procedencia histórica y de su futuro personal. No obstante, conserva consciencia nuclear para los sucesos y objetos del aquí y ahora. En efecto, aunque el paciente no reconoce un objeto particular o persona, conserva la bastante consciencia nuclear para percatarse de que falta cierto conocimiento. A pesar de una consciencia adecuada para objetos y acciones en curso, la situación deja de tener sentido para el paciente porque, claro está, sin una autobiografía puesta al día el aquí y ahora le resulta incomprensible. El predicamento de la amnesia global transitoria subraya las significativas limitaciones de la consciencia nuclear: sin un origen para la configuración de objetos puntuales ni motivos para las acciones en curso, el presente es un mero acertijo. Es probablemente la razón de que los amnésicos globales transitorios repitan siempre las mismas preguntas ansiosas: ¿Dónde estoy? ¿Qué estoy haciendo aquí? ¿Cómo llegué aquí? ¿Qué se supone que esté haciendo? Los pacientes propenden a no preguntar quiénes son. Suelen tener una sensación básica de sus personas, aunque incluso ese sentido esté menoscabado. Si los pacientes con automatismo epiléptico son ejemplos idóneos de la suspensión de consciencia nuclear y de todo lo que de ella depende —self nuclear, self autobiográfico, consciencia ampliada—, los pacientes con amnesia global transitoria son prototipos perfectos de consciencia ampliada y self autobiográfico suspendidos, con preservación de consciencia y self nucleares.
HACE ALGUNOS AÑOS tuve la oportunidad de estudiar a una paciente con la forma más leve de episodios de amnesia global transitoria jamás vista, y quisiera comentarlos. Se trataba de una mujer muy inteligente y educada, con una brillante carrera de editora. Tenía una larga historia de migrañas, pero aparte de eso su salud era excelente. Cerca de nueve meses antes de ser admitida en nuestro departamento, empezó a padecer jaquecas clásicas, a veces con disturbios visuales en uno de los ojos, o heminopsia, en ocasiones con dificultades de lenguaje. Las jaquecas se habían hecho frecuentes, una por semana. Dos semanas antes de su admisión, se quejó de jaquecas durante una visita rutinaria a su médico de cabecera, que la derivó a nuestra clínica con la recomendación de llevar un registro detallado de la manera exacta del inicio, evolución y posibles desencadenadores de su migraña. Antes de los sucesos descritos más abajo, había registrado detalles de cuatro episodios de jaqueca mientras acontecían. Finalmente, vivió un «episodio extraño» que registró en detalle, con letra
clara, mientras los síntomas ocurrían. He aquí su informe, no editado[5].
JUEVES, 6 DE AGOSTO, 11:05. En mi oficina. De pronto un episodio extraño. Siento que estoy a punto de desmayarme o tener un malestar. Visión clara, pero todo el ser concentrado en episodio extraño. Me relajo en mi sillón. Cierro los ojos. Me concentro en no estar enferma (pienso en ir al baño, decido que no, prefiero quedarme quieta). Nunca pierdo consciencia del entorno, pero intensamente centrada en mí misma y sensación rara (nunca pierdo la sensación de dónde estoy ni dejo de oír los ruidos). Al concluir el episodio siento calor, pregunto a una compañera acerca del calor que hay en la oficina (ahora, cinco minutos después, no recuerdo lo que dije) y dice que está OK (creo). Ahora me siento bien. Son las 11:18. Pero no estoy muy concentrada en lo que hago.
Miro mi trabajo. ¡No reconozco la página del manuscrito que edito! Hojeo el libro pero no puedo decidir qué estaba haciendo exactamente. (Tengo claro el propósito principal, no la página en que trabajo ni lo que estaba haciendo en ella).
Busco mi calendario para ingresar el registro de este «episodio». Hallo nombres de personas con quienes he interactuado los últimos diez días y me perturba: no sé quiénes son. La mayoría de los registros, sin embargo, son claros para mí.
11:23. Releo. Recuerdo haber empezado a escribir esto, pero ¡soy incapaz de reconocer las primeras líneas! Mi cabeza está bien ahora, pero aún algo confundida sobre las implicaciones —¿tiene alguna?— de lo que acabo de vivir. En este momento mente clara y OK, quizá un poco pesada. (Busco una jaqueca pero no la hay). No oso mirar mi trabajo para ver si tiene más sentido que diez minutos atrás.
11:25. Releo lo escrito al principio de la primera página: ¡no reconozco las frases que usé! Recuerdo haber empezado a escribir esto, pero me intriga que el principio parezca extraño.
11:30. Cabeza sigue clara. Sin migraña. Visión buena. Ahora intento recordar cualquier circunstancia relevante para registrarla. Mañana ordinaria. Una taza de café a las 10 AM. Toda la mañana leyendo y editando un manuscrito. No abandoné el escritorio desde que bebí el café.
Cada vez que releo algo de lo escrito hallo afirmaciones que me intrigan porque no recuerdo haberlos escrito. Fraseados triviales pero enigmáticos porque no los reconozco. (Nota: todo el tiempo estuve segura de qué, quién soy, dónde estoy y de lo que hago aquí).
11:35. Enciendo la radio y pongo música clásica.
11:45. Cuando miré por primera vez mi calendario para escribir acerca de este episodio descubrí que un par de nombres me sorprendían. De hecho, por eso empecé a registrar el episodio. Ahora, casi media hora después, los nombres siguen siendo incógnitos (!). Los busqué en mi listín de teléfonos y puedo identificar quiénes son y lo que hice con ellos, pero siguen molestándome que los nombres parezcan extraños. La nota, «ambos registros de control de infecciones están ingresados» del 3 de agosto todavía no resulta clara. (No recuerdo qué la ocasionó, y estamos solo a 6 de agosto).
11:50. Creo recordar haber escrito los informes pero mi mente no puede concentrarse en su contenido. «¿Control de infecciones?».
11:55. Recordé dónde buscar para confirmar a quiénes corresponden los nombres (pero aún no me concentro en los informes que escribí acerca de ellos). Me voy a almorzar.
12:05. Al salir, fui al baño, luego me detuve aquí a releer esto e intentar descubrir su significado, además de ser algún tipo de episodio transitorio. Ahora salgo a almorzar. Cabeza un poco pesada, en general.
1:00. Llegué sin problemas al almuerzo. Inseguridad respecto de la identidad de viejos amigos en el vestíbulo. Pero conversé OK. Llegué a la cola del almuerzo y tuve un momento de pánico sobre cómo anotarme, luego recordé. Sin embargo, miré lo que la persona anterior había escrito en la tarjeta para estar segura. Empecé mi número de Seguridad Social y sentí leve pánico antes de terminarlo, supongo que bien. Escogí un almuerzo saludable, ensalada, de atún y leche. Me senté sola. Me demoré un poco, pensando en secuelas del episodio y si debía informarlo de inmediato a alguien. ¿Irme a descansar a casa? ¿Ignorarlo?
1:20. Me serví una taza de café y empiezo a trabajar de nuevo. En este punto decido no hacer nada. Me siento estable, sin problemas y bastante segura de lo que hago (solo que un poco asustada). Sirvo café. Pongo la radio, música placentera, sigo insegura, consciente del pulso (lo tomo: 80).
2:05. Trabajé sin parar, revisando la labor de la mañana. Me siento bastante normal.
4:15. Sintiéndome bastante normal. Como a las 4 fui a la biblioteca y busqué material. No he intentado leer esto desde la 1:20 PM o probar mi memoria de las cosas que no estaban claras más temprano.
5:45. Antes de partir a casa, miro otra vez el calendario y ¡veo que antes leía erróneamente los apuntes de días previos! Ahora tienen sentido, y recuerdo los informes en que trabajé y la gente involucrada. Además, recuerdo que al mirar estas notas por la tarde se veían diferentes (!) cada vez que las leía. Ninguna falta de coordinación física.
7 DE AGOSTO, 10:05 AM. Despierto bien. Tarde OK, cabeza algo pesada, siento ansiedad, hablo con X.... que sugiere problema de azúcar. Desayuno dos tajadas de pan de nuez y plátano, pedazo grande de queso, pequeño jugo de naranja, café descafeinado y media cucharada de azúcar. Voy al trabajo. A las 9:00 principio de dolor de cabeza detrás de los ojos (y sudoración). 9:30, segura de ello: bebo taza de café de verdad con dos cucharadas de azúcar más otra, aparte del café. Ahora son las 10:00 AM, cabeza casi clara, pero todavía pesada.
Concerté citas telefónicas para discutir trabajo. Hablé de asuntos de trabajo con varias personas. OK, pero quizás mi expresión verbal es más lenta que de costumbre. ¿Busco mis palabras? Basta de esto.
1:25. Más tarde volvió el dolor de cabeza. Almuerzo a las 12:00. Dolor de cabeza nunca me dejó. Aún detrás de los ojos, esta vez detrás del izquierdo y en la sien izquierda, irradiando hacia la nuca, parte inferior izquierda.
10 DE AGOSTO, 4:30 PM. Buen fin de semana. Hoy también.
Este informe único fue posible gracias a una serie de circunstancias felices. Primero: el episodio fue leve y la paciente estaba menos ansiosa de lo que suele ser el caso. Segundo: su médico de cabecera le había recomendado anotar las circunstancias precisas en que ocurrían sus migrañas y, por lo tanto, se dedicó a producir un registro detallado de todo evento relacionado. Por último: era una mujer inteligente y culta, preparada por su personalidad y entrenamiento profesional para organizar una exposición convincente de sus experiencias.
El proceso de consciencia nuclear se mantuvo durante todo el episodio, lo que le permitió organizar sus pensamientos y conductas con coherencia. Si hubiéramos presenciado el episodio e interactuado con ella, supongo que habríamos notado algo diferente en sus modales, acaso preocupación, tal vez vaguedad, quizás ambas. Pero sin duda habríamos presenciado vigilia, atención enfocada y sostenida, conducta apropiada sostenida y emotividad razonablemente motivada. No hubiera habido ninguna semejanza con la conducta tipo zombi de un epiléptico durante un episodio de automatismo. Es importante notar esto, porque la agudeza y transitoriedad de los episodios suelen llevar a una confusión inaceptable de las dos condiciones. Y la amnesia global transitoria y el automatismo epiléptico difieren tanto como la noche y el día.
El empobrecimiento transitorio del self autobiográfico de esta paciente, incluso en la forma leve que tuvo la fortuna de padecer, fue el rasgo dominante de la condición. Sin duda existía su biografía remota, pero el lapso inmediatamente anterior a la perturbación faltaba y aun los sucesos de los días anteriores se recordaban en una suerte de penumbra. La disponibilidad disminuida de información biográfica, tan crucial para la experiencia personal reciente, se manifestó, además, en la pobre rememoración de informaciones identitarias. Por un instante incapaz de recordar su propio nombre, casi entra en pánico.
EL DRAMA COTIDIANO de la amnesia global transitoria suele concentrarse en menos de una hora en otra condición, la amnesia postraumática, que es secuela frecuente de lesiones graves en la cabeza. Un lesionado reciente suministró un perceptivo informe. Cuando DT cayó del caballo y aterrizó de espaldas, se desvaneció de inmediato. Los espectadores que corrieron a socorrerlo estiman que estuvo inconsciente cerca de diez minutos. Cuando llegaron los paramédicos, DT había despertado: se veía confuso, agitado, y preguntaba una y otra vez lo que ocurría. Su memoria de los eventos empieza más o menos en ese momento y recuerda el desarrollo de una clara secuencia de estados. Al principio, vio las caras que lo escudriñaban y no pudo entender quiénes eran ni por qué lo miraban. No tenía una idea clara de quién era tampoco, y menos sabía qué estaba haciendo en el suelo. Entonces una cierta sensación de identidad surgió en su mente, aunque la situación seguía siendo ininteligible. Un rato después, quizá después de ver que vestía su ropa de trote, anunció que deseaba correr un poco: ésa había sido su intención, antes de habérselas con el arisco caballo responsable de toda la conmoción. Solo cuando estuvo en la ambulancia, camino del hospital, empezó a retornar la sensación de identidad.
En menos de una hora, DT atravesó una variedad de condiciones neurológicas. Primero, una condición no disímil al coma o sueño profundo o anestesia total, donde toda forma de consciencia, atención y vigilia se suspende. Segundo, una condición donde retornaron la vigilia y atención mínima, aunque la consciencia nuclear seguía ausente, estado no diferente al mutismo acinético o el automatismo epiléptico. Tercero, una situación semejante a la amnesia global transitoria, donde la consciencia nuclear retorna pero sigue ausente la consciencia ampliada. Por último, el conjunto total de habilidades estuvo nuevamente disponible.
La consciencia ampliada también se descalabra durante la progresión de la enfermedad de Alzheimer. Cuando la pérdida de memoria de acontecimientos pasados es lo bastante marcada para comprometer los registros autobiográficos, poco a poco el self autobiográfico se extingue y la consciencia ampliada colapsa. Esto acontece antes del subsiguiente colapso de consciencia nuclear que presenté en el capítulo 3. Un episodio ocurrido con el paciente y amigo descrito en la página 122 ilustra el problema.
El paciente estaba sentado tranquilamente cuando vio a su esposa caminar hacia él. No mostró señales de reconocerla, pero devolvió su cálida sonrisa con otra sonrisa afectuosa. Sabiendo que no reconocería su identidad, ella dijo con voz dulce, no solo «buenos días», sino «soy tu esposa». A lo que él respondió, por primera vez en el curso de su mal: «¿Y quién soy yo?». La pregunta era seria y práctica. No tenía matices de ingenio o ansiedad. El modo inquisitivo de su anterior self autobiográfico seguía en su lugar, cual vigoroso vestigio, y simplemente quería saber.
La enfermedad había descendido desde la etapa en que ya no es posible aprender hechos nuevos ni recordar hechos generales a la etapa en que la biografía personal ya no puede manifestarse. El self autobiográfico y su correspondiente consciencia ampliada habían desaparecido para siempre. Meses después llegaría el turno de la consciencia nuclear, que se desvanecería junto con la sensación de self.
Anosognosia
La anosognosia proporciona otro ejemplo de consciencia ampliada dañada sin deterioro de consciencia nuclear. La voz anosognosia deriva de las palabras griegas nosos, «enfermedad», y gnosis, «conocimiento», y denota la inhabilidad de reconocer un estado de enfermedad en el propio organismo. Aunque la palabra «nosoagnosia» habría sido más apropiada para alinearla con la tradición —pienso en prosopagnosia y simultanagnosia—, el término perduró.
Si bien en neurología no escasean las condiciones estrafalarias, la anosognosia es una de las más raras. El ejemplo clásico es el de una víctima de hemorragia cerebral, con el lado izquierdo totalmente paralizado, incapaz de mover mano y brazo, pierna y pie, mitad de la cara inmóvil, inepta para erguirse o caminar, que desatiende todo el problema y asevera que nada sucede. Cuando se les pregunta cómo se sienten, los pacientes con anosognosia contestan con un sincero «Estoy bien». Babinsky describió
por primera vez esta asombrosa condición a comienzos del siglo veinte[6].
Los adeptos a las explicaciones «psicológicas» pensaron durante mucho tiempo que la causa de esta negación de enfermedad era psicodinámica, una mera reacción adaptativa al problema severo que enfrenta el paciente, coloreado por la historia pasada del individuo en situaciones comparables. Se equivocan. Es fácil establecer que no es así si consideramos la situación inversa, la de un paciente cuyo lado derecho, no el izquierdo, está paralizado. Estos pacientes no desarrollan anosognosia. Pueden estar severamente paralizados, incluso afásicos, y no obstante están perfectamente al tanto de su tragedia. La anosognosia ocurre por lesiones en el hemisferio derecho del cerebro. Es interesante notar que algunos pacientes en quienes la parálisis del lado izquierdo se debe a un modelo de daño diferente al responsable de anosognosia pueden percatarse de sus defectos. En suma, la anosognosia ocurre sistemáticamente por daño en una región particular del cerebro, y solo en esa región. La negación de enfermedad se debe a la pérdida de una función cognoscitiva, y ésta depende de un sistema cerebral específico, dañado por una dolencia neurológica.
La presentación de anosognosia es bastante típica. Mi paciente DJ padecía una parálisis completa del lado izquierdo, pero cuando le preguntaba acerca de su brazo izquierdo empezaba diciendo que estaba muy bien, que tal vez en una ocasión hubiera estado maltrecho, pero ya no. Cuando le pedía que moviera su brazo izquierdo lo buscaba y, al ver la extremidad inerte, preguntaba si «realmente» quería que «se» moviera. Solo entonces, debido a mi insistencia, aceptaba que «no parece hacer gran cosa por sí solo». Invariablemente movía entonces su brazo malo con el bueno y afirmaba lo irrefutable: «Puedo moverlo con mi mano derecha».
Esta ineptitud para sentir el defecto internamente y de manera automática y rápida a través del sistema sensorial del cuerpo es pasmosa, y la incapacidad de reconocer el defecto después de reiterados careos es más que asombrosa. Gradualmente, algunos pacientes llegan a recordar las múltiples pruebas del defecto y, basándose en esta información obtenida «del exterior», pueden decir que solían tener ese problema,
aunque todavía lo padezcan[7].
Los pacientes con anosognosia presentan detrimentos en el hemisferio derecho, en una región que incluye las cortezas en la ínsula, en las áreas citoarquitectónicas 3, 1, 2 de la región parietal y en el área S , también parietal, localizada en las 2 profundidades de la cisura de Silvio. El daño afecta la materia blanca debajo de estas regiones, perturbando su interconexión y sus conexiones con el tálamo, los ganglios basales y las cortezas motoras y prefrontales. El daño parcial en este sistema de multicomponentes no causa anosognosia. (Ver figuras en el Apéndice, sección 2).
Las áreas cerebrales que entrecruzan señales en la región global del hemisferio dañada en la anosognosia tal vez producen, por su interacción cooperativa, el mapa
más integrado y abarcador del estado del cuerpo de que pueda disponer el cerebro[8].
He sugerido que la anosognosia resulta principalmente de la incapacidad de representar automáticamente los estados corporales actuales por los apropiados canales de señalización, que son los del sistema somatosensorial. De una manera u
otra, ésta es la explicación más frecuente del problema[9]. Ahora bien, aunque la explicación tradicional puede esclarecer el origen general del problema, también necesitamos explicar por qué, después de que se les comunica específicamente su parálisis, los pacientes son incapaces de recordar una afirmación de tal importancia a los pocos minutos. Y por qué, aun después de ver que están paralizados y aceptar que son incapaces de mover las extremidades izquierdas de igual modo que las derechas, tampoco pueden recordar el hecho visualmente presentado cuando se les interroga después. Para esclarecer el aspecto de la anosognosia que permite que alguien mantenga una creencia falsa pese a haber recibido la información contraria, debemos invocar algo más complicado que la simple falta de puesta al día de mapas somatosensoriales. Mi sugerencia es que el compromiso de mapas somatosensoriales en el hemisferio derecho afecta el meollo del nivel más elevado de representación integrada del organismo y, al hacerlo, mina parte del fundamento biológico del proto-self. El nivel más alto de representación del estado en curso del organismo deja de ser abarcador y, por lo tanto, de estar disponible para servir en la reseña de segundo orden acerca de la relación organismo-objeto, de la que depende la consciencia. Como aún pueden generarse reseñas de segundo orden en niveles más bajos de la representación del proto-self, por ejemplo en el tronco del encéfalo, no se perturba la consciencia nuclear. Pero el self nuclear que emerge de ella ya no puede contribuir a la memoria autobiográfica porque los aportes a la memoria autobiográfica probablemente requieran del sector de proto-self instanciado en la esfera de las cortezas somatosensoriales derechas.
Esta interpretación solo se sostiene si recordamos que la representación del cuerpo ocurre en varios niveles, desde el tronco del encéfalo a la corteza cerebral, y que sus aportes varían en cada nivel. Las contribuciones de bajo nivel (tronco del encéfalo) son esenciales para el mantenimiento de la consciencia nuclear: otros aportes se tornan ineficaces cuando fallan las contribuciones troncoencefálicas. Es muy probable que las contribuciones de alto nivel (corteza cerebral) sean principalmente necesarias para perfilar memorias de cambios corporales recientes y poner al día el componente corporal de la memoria autobiográfica.
Las lesiones que causan anosognosia no destruyen todas las representaciones del organismo. Solo destruyen la colección de representaciones que conyuga, en fino detalle, el armazón músculo-esquelético con el estado del medio interno y órganos. El nivel más alto donde puede ocurrir esta integración es el conjunto de mapas somatosensoriales localizados en la ínsula y en las áreas S y S del hemisferio 2 1 cerebral derecho. Un número importante de representaciones del organismo perdura intacto en la anosognosia. Incluyen las que se encuentran en las regiones del hemisferio cerebral izquierdo homologas de la ínsula derecha, y las áreas S y S ; en 2 1 los núcleos del pons y cerebro medio; y en el hipotálamo. El conjunto de estas representaciones suministra una evaluación parcial del estado del organismo, no una valoración abarcadora. Por necesidad, proveen a la memoria autobiográfica con informaciones parciales, no detalladas.
La anosognosia es un trastorno de consciencia híbrido. Los pacientes desarrollan un defecto en el self autobiográfico y su consciencia ampliada se torna anómala. Además, como las lesiones también afectan los componentes más elevados de las representaciones del cuerpo, los pacientes presentan también un proto-self parcialmente defectuoso.
Asomatognosia
Tal como vimos, el proto-self depende de variadas representaciones del estado del organismo relativas al medio interno, órganos, estimulación vestibular y armazón músculo-esquelética. Me tienta pensar que no todas estas representaciones poseen igual valor en la implementación del proto-self y sospecho que las más importantes son las de medio interno y órganos. Una paciente, LB, a quien estudié algunos años atrás en colaboración con mi colega Steven Anderson, reforzó esta idea. La paciente padecía una condición conocida como asomatognosia, que literalmente significa «falta de reconocimiento del cuerpo». LB padeció un ataque hemorrágico leve que involucró una parte selecta de las cortezas somatosensoriales derechas. Específicamente, el daño afectó el área sensorial secundaria (S ). Esto no bastaba 2 para causar un defecto sensorial o motor permanente ni, para el caso, una anormalidad emocional. Pero, como puede ocurrir con lesiones vasculares relativamente pequeñas, la paciente desarrolló ataques surgidos del tejido cicatrizado de su lesión. En algunos ataques se producía un efecto notable: la paciente decía ser incapaz de sentir su cuerpo, con lo que describía, sin duda, que no tenía consciencia de la masa muscular en sus extremidades y torso. La primera vez que esto ocurrió, la sensación causó alarma. Su mente funcionaba, sabía que estaba viva y pensando, pero no podía sentir su cuerpo en la acepción normal del término. Sin embargo, podía sentir el latido de su corazón y decidió efectuar algunas pruebas en sí misma, que incluían pincharse la piel y músculos en distintas partes del cuerpo. Aunque al principio no sintió nada, gradualmente volvió alguna sensación. Después de casi diez minutos todo había regresado a la normalidad. Sus palabras para describir el episodio fueron «una sensación extraña», «no podía sentir mi cuerpo». Tenía plena consciencia de que, pese a la rareza del hecho, no estaba confundida: sabía quién era y dónde estaba.
Después de ser admitida en el hospital, y mientras intentábamos evaluar las anormalidades de su electroencefalograma, se le rogó llamar de inmediato si aparecía un nuevo episodio. Pues bien, así fue. Una enfermera ingresó a la habitación durante el desarrollo del episodio y pudimos entrevistarla poco después. La enfermera pudo establecer que estaba orientada en cuanto a lugar y persona mientras el episodio acontecía. LB fue vehemente acerca del hecho de que estaba «despierta» y describió la situación con una exactitud asombrosa: «No perdí la sensación de ser, solo (perdí) mi cuerpo».
Interpreté los episodios como resultado de una desactivación transitoria de una parte sustancial de la corteza somatosensorial en el hemisferio derecho a causa de un ataque. El foco del ataque probablemente se localizara en el linde de su lesión en S y 2 se habría extendido a la región de S , situada inmediatamente encima de la corteza 1 posterior al área de Rolando. El nivel más alto de integración para el estado en curso del organismo se suspendió temporalmente. A pesar de ello, la paciente siguió contando con señales de su cuerpo en el tronco del encéfalo, hipotálamo, remanentes aislados de su ínsula derecha y en las cortezas somatosensoriales del hemisferio izquierdo. Esas señales podían ser transmitidas a las cortezas del cíngulo. En su mayoría, las señales que no podían ser adecuadamente representadas de manera integrada pertenecían al aspecto músculo-esquelético, pero perduró la señalización orgánica, vestibular y del medio interno. Presumo que la señalización orgánica, vestibular y del medio interno siguió entregando el fundamento de su «sensación de ser», para emplear sus términos. Suministraba la parte del proto-self en que la consciencia nuclear podía seguir generándose.
Es importante notar que, debido al efecto de dominancia de las cortezas somatosensoriales derechas —integran la información corporal de todo el cuerpo y, por lo tanto, para el lado izquierdo y derecho—, el defecto pertenece a ambos lados del cuerpo, aunque la lesión esté localizada asimétricamente en el hemisferio derecho.
Los pacientes con anosognosia presentan mucho más daño en las cortezas somatosensoriales del hemisferio derecho, así como en las subyacentes conexiones entre ellas y en las conexiones entre ellas y cíngulo, tálamo y región frontal. Igual que la paciente LB, poseen consciencia nuclear y se percatan de su «ser». Pero la continua integración defectuosa de señales provenientes del organismo conduce a un deterioro sustancial en la puesta al día de la memoria autobiográfica, e inevitablemente perturba el flujo continuo de sus mentes conscientes.
LA CONSCIENCIA AMPLIADA también presenta compromiso en pacientes que desarrollan falencias graves de memoria de trabajo, cuyas instancias más dramáticas ocurren después de un extenso daño en el lóbulo frontal, que afecta el aspecto externo de ambos hemisferios cerebrales. La gama de imágenes que estos pacientes pueden conservar en la mente en un momento dado es harto restringida. Por consiguiente, no pueden alcanzar niveles altos de consciencia ampliada.
También es posible hallar ejemplos de consciencia ampliada derruida en ciertas condiciones psiquiátricas, aunque, dada su complejidad, cualquier interpretación desde la perspectiva que aquí desarrollamos debe ser considerada tentativa. Con todo, es razonable decir que en sus etapas más agudas y severas, la manía y la depresión muestran alteraciones de la consciencia ampliada. Uno puede aventurar que el self autobiográfico de los estados maníacos se expande considerablemente, en tanto que en los casos severos de depresión se restringe. Por ejemplo, algunas manifestaciones de esquizofrenia y alucinaciones auditivas pueden ser interpretadas en parte como desórdenes de la consciencia ampliada. Es muy probable que los pacientes afectados tengan memorias autobiográficas anómalas y desarrollen un self autobiográfico anómalo. Habría que notar, sin embargo, que durante la aparición de tales síntomas los «objetos» de su percepción pueden ser intrínsecamente anómalos y engendrar, en efecto, anomalías en el proto-self y la consciencia nuclear.
Una consciencia ampliada deteriorada tal vez contribuya a la disolución de self asociada con estados de despersonalización y altruismos místicos, y lo mismo vale para la controvertida condición de personalidades múltiples.
Cuando discutimos la consciencia nuclear, sugerí que consideráramos las conductas que observamos y la mente consciente subyacente en ellas sobre la base de una analogía con una partitura orquestal compuesta de varias partes concurrentes para los diversos grupos de instrumentos. Discutí las «partituras conductuales» y «cognoscitivas» de personas con consciencia nuclear deteriorada o intacta; sugiero que hagamos lo mismo en el caso de la consciencia ampliada.
El observador de un paciente con alteraciones en la consciencia ampliada ve una «partitura conductual» muy diferente de la de un paciente con consciencia nuclear deteriorada. Vigilia, atención difusa y emociones de fondo siguen incólumes, así como los comportamientos rutinarios y ciertas emociones específicas. Incluso ciertas conductas intencionales sencillas pueden ser producidas normalmente. El problema solo se instala en el nivel de conductas altamente específicas que dependen de un conocimiento sustancial del pasado y el futuro. Estas conductas claramente no son posibles, y tampoco las emociones afines.
La «partitura cognoscitiva» de pacientes con alteraciones de consciencia ampliada es una buena contraparte de la observación externa. La sensación de vigilia está presente, también lo está la sensación de que se está elaborando imágenes y atendiendo a ellas, y la de estar vivo y ser capaz de sentimiento. Pero la mente personal carece de los niveles significativos más finos. La representación mental del self autobiográfico es tan pobre que la mente no sabe de dónde proviene ni adonde va. La vida se siente, pero no se examina realmente.
LO TRANSITORIO Y LO PERMANENTE
La organización de la consciencia que propongo resuelve la paradoja aparente detectada por William James: que el self en nuestro flujo de consciencia cambia de continuo conforme evoluciona en el tiempo, aunque conservemos la sensación de que sigue igual a lo largo de nuestra existencia. La solución proviene del hecho de que el aparente self tornadizo y el presunto self permanente, pese a su íntima relación, no son una entidad, sino dos. El self voluble identificado por James es la sensación de self nuclear. En verdad no cambia tanto. Más bien es un self transitorio, efímero, que debe ser refabricado y renacer sin descanso. La sensación de self que parece permanecer igual es el self autobiográfico, porque se basa en un reservorio de memorias de hechos fundamentales de la biografía individual, capaz de ser parcialmente reactivado y proveer así una continuidad y aparente permanencia a nuestras vidas.
Este arreglo dual requiere mecanismos de consciencia nuclear y disponibilidad de memoria. Aunque la consciencia nuclear nos suministra un self nuclear, también precisamos memoria convencional para construir un self autobiográfico, y necesitamos consciencia nuclear y memoria de trabajo para tornar explícito el self autobiográfico, esto es, para exhibir sus contenidos en la consciencia ampliada. Las criaturas con memoria limitada no enfrentan la paradoja de James. Su mundo está un escalón más arriba que la inocencia. Quizá tengan la aparente experiencia continua de momentos de individualidad consciente, pero no cargan con memorias de un pasado personal ni se ven enriquecidas por ellas, para qué hablar de memorias de un futuro anticipado.
En mi propuesta, la consciencia nuclear es un recurso central producido por un sistema neural y mental circunscrito. El hecho de que la consciencia nuclear sea central no significa que dependa de una sola estructura. Ya vimos que la ocurrencia de consciencia nuclear precisa de un gran número de estructuras neurales. Pero la complejidad del sistema, la multiplicidad de sus componentes, y la obligatoria armonía de su operación no debe incitarnos a descuidar el hecho siguiente: cuando consideramos la escala anatómica del cerebro todo, vemos que el sistema básico que sustenta la consciencia nuclear (la combinación de las regiones que sostienen el proto-self y las que dan soporte a las reseñas de segundo orden) se reduce a una colección de sitios anatómicos, esto es, no está distribuida parejamente a través del cerebro. Existen numerosos sitios cerebrales no implicados en la fabricación de consciencia nuclear.
El vigor de la consciencia nuclear deriva de este centralismo funcional y anatómico, y del hecho de que cualquier contenido de la mente, ya sea activamente procesado en una interacción vivida o evocado de la memoria, puede impulsar el sistema de consciencia nuclear a la acción —provocarlo, por decirlo así— y generar de paso una pulsación de consciencia nuclear transitoria. Esta no se organiza sobre la base de modalidades sensoriales, digamos, consciencia nuclear «visual» o «auditiva». Más bien, puede ser utilizada por cualquier modalidad sensorial y por el sistema motor, para generar conocimiento acerca de cualquier objeto o movimiento.
Los contenidos del self autobiográfico —memorias reavivadas y organizadas de los hechos fundamentales de la biografía individual— son los principales beneficiarios de la consciencia nuclear. Cuando un objeto X provoca una pulsación de consciencia nuclear y surge el self nuclear relativo al objeto X, también se activan consistentemente series selectas de hechos del self autobiográfico implícito, bajo forma de memorias explícitas que provocan pulsaciones propias de consciencia nuclear.
En cualquier momento dado de nuestra vida sensible, entonces, generamos pulsaciones de consciencia nuclear para uno o algunos objetos específicos y para un conjunto de memorias autobiográficas afines reavivadas. Sin tales memorias autobiográficas no tendríamos sensación de pasado o futuro ni continuidad histórica de persona. Pero, sin la narración de la consciencia nuclear y sin el self transitorio que nace de ella, tampoco tendríamos conocimiento del momento, del pasado memorizado o del futuro anticipado que también consignamos en la memoria. La consciencia nuclear es un hecho fundacional imprescindible. Precede —evolutiva e individualmente— a la consciencia ampliada que ahora poseemos. Con todo, sin consciencia ampliada, la consciencia nuclear carecería de resonancias pasadas y futuras. El entrelazamiento de consciencia nuclear y ampliada, de self nuclear y autobiográfico, es completo.
BASE NEUROANATÓMICA DEL SELF AUTOBIOGRÁFICO
Para discutir la base neuroanatómica del self autobiográfico invocaré el armazón teórico con el que consideré la relación entre imágenes mentales y cerebro. El armazón postula un espacio-imagen, el espacio donde imágenes de todas las modalidades sensoriales ocurren, y que incluye los contenidos mentales manifiestos que la consciencia nuclear nos permite conocer, y un espacio disposicional, donde memorias disposicionales contienen registros de conocimientos implícitos sobre cuya base es posible construir imágenes evocadas, generar movimientos y facilitar el procesamiento de imágenes. Las disposiciones pueden conservar la memoria de una imagen percibida en una ocasión previa y pueden ayudar a reconstruir una imagen similar a partir de la rememoración. También pueden socorrer el procesamiento de una imagen puntualmente percibida; por ejemplo, desde el punto de vista del grado de atención concedido a la imagen y del nivel de subsiguiente prominencia.
Hay una contraparte neural del espacio-imagen y una contraparte neural de espacio disposicional. Estructuras como las cortezas tempranas de variadas modalidades sensoriales sustentan patrones neurales que parecen ser la base de imágenes mentales. Por otra parte, las cortezas de alto orden y diversos núcleos subcorticales contienen disposiciones con las que es posible generar imágenes y acciones, más que conservar o exhibir los patrones explícitos manifiestos en las imágenes y acciones per se. (Ver figura A en el Apéndice para la localización de las 5 cortezas sensoriales tempranas y las cortezas de alto orden). Propuse que las disposiciones están contenidas en conjuntos neuronales conocidos como zonas de
convergencia[10]. A la partición de la cognición entre un espacio-imagen y un espacio disposicional corresponde entonces una partición del cerebro en (1) mapas de patrones neurales, activados en las cortezas sensoriales tempranas, las cortezas límbicas, y algunos núcleos subcorticales, y (2) zonas de convergencia, situadas en las cortezas de alto orden y en algunos núcleos subcorticales. (Ver Apéndice, sección 3, para un examen más detallado).
EL CEREBRO FORMA memorias de manera muy distribuida. Piensa, por ejemplo, en la memoria de un martillo. No existe un solo lugar de nuestro cerebro donde podamos encontrar un artículo con el vocablo martillo seguido de una clara definición
lexicológica de lo que es[11]. La evidencia actual sugiere que en nuestro cerebro hay numerosos registros que corresponden a diferentes aspectos de nuestra interacción pasada con martillos: sus formas, movimientos típicos con que los utilizamos, mango y moción de la mano requerida para manipularlos, resultado de la acción, vocablo que lo designa en todos los idiomas que conocemos. Estos registros son latentes, disposicionales e implícitos, y se ubican en sitios neurales separados situados en cortezas de alto orden separadas. El diseño del cerebro y la naturaleza física de nuestro entorno impone esta separación. Apreciar visualmente la forma de un martillo es diferente de apreciarla mediante el tacto; el patrón que usamos para mover el martillo no puede estar almacenado en la misma corteza que guarda su patrón de movimiento tal como lo vemos, ni los fonemas con que fabricamos la voz «martillo» pueden estar en el mismo lugar. La separación espacial de los registros no plantea problemas, claro está, porque, cuando todos los registros se tornan explícitos en forma de imagen, son exhibidos solo en algunos sitios y coordinados en el tiempo de manera que todos los componentes registrados parezcan integrados en una trama inconsútil.
Si propongo la palabra «martillo» y te pido explicarme qué significa, produces una definición adecuada de la cosa, sin dificultad, de inmediato. Una base para la definición es el rápido despliegue de diversos patrones mentales explícitos relativos a estos aspectos. Aunque la memoria de aspectos separados de nuestra interacción con martillos se conserve en partes separadas del cerebro, bajo forma latente, estas partes se coordinan en términos de sus circuiterías de manera que los registros latentes e implícitos puedan ser convertidos en imágenes explícitas aunque esquematizadas, y ello rápidamente y en estrecha proximidad temporal. La disponibilidad de tales imágenes nos permite a la vez crear una descripción verbal de la entidad, y ésta sirve de base para la definición.
Me gustaría sugerir que las memorias de entidades y eventos que constituyen nuestra autobiografía actual usan el mismo tipo de marco de referencia utilizado para las memorias que formamos acerca de cualquier entidad o evento. Lo que las distingue es que se refieren a hechos establecidos, invariables, de nuestra historia personal.
Propongo que almacenamos registros de nuestras experiencias personales de la misma manera distribuida, en cortezas de alto orden tan variadas como sea necesario para registrar la variedad de interacciones de nuestra vida. Esos registros están íntimamente coordinados por conexiones neurales de manera que los contenidos de los registros puedan ser evocados y tornados explícitos, como conjuntos, rápida y eficazmente.
Los elementos clave de nuestra autobiografía que precisan ser confiablemente reactivados de manera casi continua son aquellos que corresponden a nuestra identidad, a nuestras experiencias recientes y a las que anticipamos, en particular en el futuro próximo. Propongo que esos elementos críticos surgen de una red reactivada sin pausa, basada en las zonas de convergencia localizadas en las cortezas de alto orden frontales y temporales, así como en núcleos subcorticales como los del complejo amigdaliano. Los núcleos talámicos marcan el ritmo de la activación coordinada de esta red «multisitial», en tanto que la conservación de componentes reiterados durante períodos extensos de tiempo requiere el soporte de las cortezas prefrontales que participan en la memoria de trabajo. En suma, el self autobiográfico es un proceso de activación coordinada y de despliegue de memorias personales, basado en una red multisitial. Las imágenes que representan esas memorias explícitamente se exhiben en múltiples cortezas tempranas. Por último, se conservan al cabo del tiempo gracias a la memoria de trabajo. Son tratadas igual que cualquier otro objeto y se hacen conocidas al sencillo self nuclear al generar sus propias pulsaciones de consciencia nuclear.
La sostenida presencia de self autobiográfico es la clave de la consciencia ampliada. Esta ocurre cuando la memoria de trabajo mantiene en su lugar, simultáneamente, tanto el objeto particular como el self autobiográfico, en otras palabras, cuando tanto un objeto particular como el objeto en nuestra autobiografía generan simultáneamente consciencia nuclear.
SELF AUTOBIOGRÁFICO, IDENTIDAD Y SER PERSONA
La identidad y el ser persona, las dos nociones que de inmediato surgen en la mente cuando pensamos en la palabra self, requieren memoria autobiográfica y su actualización en el self autobiográfico. El reservorio de registros en la memoria autobiográfica contiene las memorias que constituyen la identidad, junto con las memorias que ayudan a definir nuestro ser persona. Lo que solemos describir como «personalidad» depende de contribuciones plurales. Un importante aporte proviene de los «rasgos» —cuyo conjunto suele ser denominado «temperamento»—, que ya se traslucen más o menos al nacer. Algunos de estos rasgos se transmiten genéticamente, y factores precoces de desarrollo cincelan otros. Otra contribución importante proviene de las singulares interacciones que un organismo vivo en crecimiento mantiene en un entorno particular, hablando desde el punto de vista físico, humano y cultural. Esta última aportación —labrada continuamente a la sombra de la anterior— se registra en la memoria autobiográfica y es el cimiento del self autobiográfico y del ser persona. En una vasta colección de situaciones, de simples a complejas, de benignas a peligrosas, incluyendo desde preferencias triviales hasta principios éticos, la existencia de memoria autobiográfica permite que los organismos evoquen, en general con coherencia, respuestas emocionales e intelectuales.
Al hablar de moldear a una persona mediante la educación y la cultura, nos referimos a la contribución combinada de (1) «rasgos» y «disposiciones» genéticamente transmitidos; (2) «disposiciones» adquiridas precozmente durante el desarrollo bajo la influencia dual de genes y entorno; y (3) episodios personales únicos, vividos a la sombra de los dos primeros, sedimentados y continuamente re-clasificados en la memoria autobiográfica. Podemos imaginar que la contraparte neural de este complejo proceso consiste en la creación de registros disposicionales sobre cuya base el cerebro puede evocar, en respuesta al estímulo apropiado, una colección de respuestas bastante simultáneas que abarcan desde emociones hasta sucesos intelectuales. Empleando el marco conceptual de la zona de convergencia, podemos imaginar que estas respuestas son controladas por registros situados en regiones particulares del cerebro que dirigen la ejecución de reacciones en una variedad de estructuras: cortezas sensoriales tempranas para la descripción de imágenes sensoriales de naturaleza variada; cortezas motoras y límbicas y núcleos subcorticales para la ejecución de una amplia gama de acciones, incluyendo aquellas que constituyen emociones.
No solo hay numerosas zonas de convergencia/sitios disposicionales: ni siquiera son contiguas. Es muy probable que algunas se ubiquen en la corteza y otras en los núcleos subcorticales. Las de la corteza se distribuyen en las regiones temporales y frontales. En aquellas personalidades cuyas respuestas habituales nos parecen más armoniosas y maduras, imagino que los múltiples sitios de control están interconectados de manera que las respuestas puedan ser organizadas en varios grados de complejidad: algunas implicarían el reclutamiento de escasos sitios cerebrales; otras demandarían una operación concertada de vasta escala, pero a menudo con participación de sitios corticales y subcorticales.
La mera noción de identidad deriva precisamente de este arreglo. En diversos sitios temporales y frontales, las zonas de convergencia sustentan disposiciones capaces de activar consistente y reiteradamente, dentro de cada corteza sensorial, los datos fundamentales que definen nuestra identidad personal y social, desde la urdimbre de nuestra filiación a la malla de amigos, y el elenco de lugares que marcaron nuestras vidas, y hasta nuestros nombres. Nuestra identidad se despliega en las cortezas sensoriales, por decirlo así. En cualquier momento de nuestra vida vigil y consciente se vuelve explícito un conjunto coherente de registros de identidad que otorga un telón de fondo a nuestra mente y puede trasladarse velozmente al primer plano en caso necesario. En algunas circunstancias es posible ampliar la gama de registros activados para incluir más detalles de nuestra historia personal y futuros previstos. Ahora bien, aunque no ampliemos la gama de memorias, los conjuntos siguen activos y disponibles, sin pausa. Sabemos que su desactivación no pasa inadvertida; el resultado es alguna variante de amnesia global transitoria.
Cuando imaginé por primera vez esta explicación del proceso que sustenta nuestra sensación de identidad, me pregunté por el acoso de la constante repetición y re-actuación interna de los mismos patrones sensoriales para revelar la misma información. ¿No sería una carga intolerable para las neuronas? Pero me tranquilicé al recordar otros ejemplos de faenas aparentemente excesivas del tejido biológico. Piensa en los músculos de tu corazón, condenados de por vida a contraerse sin descanso.
LA IDEA DE QUE CADA UNO de nosotros construye de su persona, la imagen que gradualmente nos construimos, que define quiénes somos desde el punto de vista físico y mental, o dónde encajamos en el universo social, se basa en la memoria autobiográfica tras años de experiencia, y está siempre sujeta a modificaciones. Creo que la mayor parte de la fabricación ocurre no conscientemente y que lo mismo sucede con la remodelación (ver la próxima sección). Diversos factores influyen en esos procesos conscientes e inconscientes, cualquiera sea su proporción: rasgos innatos y adquiridos, inteligencia, conocimiento, entorno social y cultural. El self autobiográfico que reflejamos en nuestra mente, en este instante, es el producto final no solo de sesgos innatos o experiencias puntuales de vida, sino de la remodelación de memorias de esas experiencias por el peso de los factores señalados.
Los cambios que ocurren en el self autobiográfico a lo largo de una vida no solo se deben a la remodelación consciente o inconsciente del pasado vivido: también derivan del planteo y rediseño del futuro previsto. Creo que un aspecto clave de la evolución del self resulta del equilibrio de dos influencias: el pasado vivido y el futuro anticipado. La madurez personal requiere que las memorias del futuro, que concebimos con anticipación para el porvenir posible, pesen en el self autobiográfico de cada instante. Las memorias de escenarios que ideamos como deseos, anhelos, metas y obligaciones ejercen una presión en el self momentáneo. Sin duda también desempeñan un papel en la remodelación consciente o inconsciente de nuestro pasado vivido, y en la creación de la persona que presumimos ser, en cada instante.
Nuestras actitudes y elecciones son, en gran parte, consecuencia de la «ocasión de ser persona» que los organismos fraguan en la fugacidad de cada instante. No sorprende así que podamos variar y vacilar, sucumbir a la vanidad y la traición, ser maleables y volubles. Al interior de cada uno de nosotros existe el potencial para crear Hamlets, Yagos y Falstaffs propios. Ciertos aspectos de estos personajes pueden emerger, esperamos que efímera y transitoriamente, en las circunstancias apropiadas. En ciertos respectos, es casi sorprendente que la mayoría de nosotros tenga un solo carácter, aunque la singularidad repose en razones sensatas. La propensión al control unificado prevalece durante el desarrollo de nuestra historia, quizá porque un organismo precise que un solo self asuma la carga, para cumplir con éxito la tarea de conservar la vida; más de un self por organismo no es buena receta de supervivencia. La copiosa imaginación de nuestra mente prepara «múltiples borradores» del libreto de la vida de nuestro organismo, para incluir la idea en el armazón propuesto por
Daniel Dennett[12]. Ahora bien, las sombras del self nuclear biológico profundo —y del self autobiográfico que crece bajo su influencia— propician sin tregua la selección de «borradores» acordes con un self unificado. Además, la exquisita maquinaria selectiva de nuestra imaginación inclina las probabilidades de selección hacia un self históricamente único y continuo. Podemos ser Hamlet por una semana, o Falstaff por una tarde, pero tendemos a retornar a nuestra base. Si poseemos la genialidad de Shakespeare podemos usar los conflictos internos del self para crear el repertorio completo de personajes del teatro occidental o, en el caso de Fernando Pessoa, crear cuatro poetas distintos con la misma pluma. Pero, al final de la historia, siempre es el mismo Shakespeare quien se retira tranquilamente a Stratford, y el mismo Pessoa quien se embriaga hasta el olvido en un hospital de Lisboa. En resumen, hay límites para el self único y continuo, como señala Whitehead en su
comentario sobre la timidez ( [13] self-consciousness ) en Process and reality. Aunque las falencias humanas y la rara condición de personalidades múltiples atestiguan la existencia de tales límites, no niegan la tendencia hacia un self único y menos sus
ventajas para la mente saludable[14].
EL SELF AUTOBIOGRÁFICO Y EL INCONSCIENTE
A Florestán, héroe romántico del Fidelio de Beethoven, lo encierran injustamente en una celda tenebrosa. «¡Dios, qué oscuro está aquí!», exclama, y podría con igual
congruencia mencionar la lobreguez en las honduras de la memoria humana[15]. No tenemos consciencia de las memorias que almacenamos ni de las que descuidamos, no sabemos cómo acopiamos, clasificamos y organizamos remembranzas ni cómo asociamos entre sí recuerdos de variadas modalidades sensoriales, de diferentes tópicos y diversas significaciones emocionales. Solemos tener poco control directo sobre la «fuerza» de las memorias o sobre la facilidad o dificultad con que podremos evocarlas. Tenemos, claro está, toda suerte de intuiciones interesantes acerca del valor emocional, vigor y profundidad de las rememoraciones, pero no un conocimiento directo de la mecánica de la memoria. Poseemos un sólido corpus de investigación acerca de los factores que gobiernan el aprendizaje y la evocación de recuerdos, al igual que de los sistemas neurales necesarios para sustentar y
evocarlas[16]. Pero no poseemos un conocimiento consciente y directo.
Las memorias que constituyen nuestros registros autobiográficos están precisamente en iguales circunstancias, quizá más todavía porque la carga emocional de algunas puede llevar al cerebro a tratarlas de maneras diversas. Experimentamos los contenidos que ingresan en los registros autobiográficos —estamos conscientes de esos contenidos—, pero no sabemos cómo se almacenan, qué cantidad de cada cual, cuán robusta, profunda o ligeramente. Ni siquiera sabemos cómo los contenidos llegan a interrelacionarse, conforme se clasifican y reorganizan los recuerdos en el pozo de la memoria, ni cómo se establecen los vínculos entre reminiscencias y se mantienen, a lo largo del tiempo, en la modalidad latente, implícita y disposicional en que existe el conocimiento dentro de nosotros. No obstante, aunque no experimentamos directamente nada de esto, sabemos algo acerca de los circuitos que almacenan estas memorias. Abundan en las cortezas de alto orden, en particular en las de las regiones temporal y frontal, y mantienen estrechos vínculos de red con regiones límbicas corticales y subcorticales, y con el tálamo. Desde el punto de vista neurológico, la lóbrega celda de Florestán recibirá algo de luz dentro de poco.
Por cierto, algunos grupos de memorias autobiográficas están siendo reactivados sin cesar y momento a momento, y tales memorias entregan a nuestra consciencia ampliada los hechos de nuestra identidad física, mental y demográfica; los hechos de nuestra inmediata procedencia (dónde estábamos recién, minutos y horas atrás, el día anterior); y los hechos de nuestro futuro inmediato propuesto (lo que debemos cumplir en los siguientes minutos y horas, hacia dónde nos dirigiremos en la noche y mañana). La ruptura de este aspecto fundamental del self origina ese terrible problema neurológico que encontramos en la amnesia global transitoria.
Algunos contenidos de la memoria autobiográfica, empero, siguen sumergidos por largos períodos y pueden seguir siempre así. Es fácil imaginar —puesto que las memorias no se almacenan a la manera de facsímiles y deben aceptar un complejo proceso de reconstrucción durante la evocación— que las memorias de algunos eventos autobiográficos puedan no ser totalmente reconstruidas, puedan ser remodeladas con perfiles diferentes al original, o puedan no ver jamás la luz de la consciencia. En vez de ello pueden promover la remembranza de otras memorias que sí se tornan conscientes bajo forma de otros contenidos concretos, o como estados emocionales concretos. En la consciencia ampliada del momento, los hechos así rememorados pueden ser inexplicables por su aparente falta de conexión con los contenidos de la consciencia que dominan el escenario en ese momento. Los hechos pueden parecer inmotivados, aunque una red de conexiones exista sub rosa, reflejando la realidad de algún momento vivido en el pasado o la remodelación del mismo por la organización gradual e inconsciente de las existencias mnésicas ocultas.
Ahora considera los múltiples y legítimos significados del término «conexiones» en la frase anterior. La palabra se refiere a la conexión de cosas y sucesos como puede haber ocurrido históricamente; describe la representación mental «imagética» de aquellas cosas y eventos tal como los experimentamos; y también se refiere a la conexión neural entre circuiterías cerebrales necesarias para conservar el registro de cosas y eventos, y a la representación de tales registros en patrones neurales explícitos. El mundo del inconsciente psicoanalítico hunde sus raíces en el sistema neural que sustenta la memoria autobiográfica, y el psicoanálisis suele ser visto como una manera de investigar la inextricable red de conexiones psicológicas en el ámbito de la memoria autobiográfica. Inevitablemente, empero, ese mundo también se relaciona con las otras modalidades de conexión que acabo de perfilar.
El inconsciente, con el acotado significado que nuestra cultura otorgó al vocablo, es solo una parte del vasto monto de procesos y contenidos que permanecen no conscientes, ignorados en la consciencia nuclear o ampliada. De hecho, la lista de lo «no sabido» es asombrosa. Considera lo que incluye:
1. La totalidad de imágenes plenamente formadas a las que no prestamos atención.
2. La totalidad de los patrones neurales que jamás se convierten en imágenes.
3. La totalidad de las disposiciones adquiridas a lo largo de la experiencia, que
yacen latentes y acaso nunca se conviertan en patrones neurales explícitos.
4. La totalidad de la lenta remodelación de estas disposiciones y su tranquilo
retejido que acaso jamás sea conocido explícitamente y,
5. La totalidad de la sabiduría y pericia oculta que la naturaleza encarnó en las
disposiciones homeostáticas innatas.
Sorprende, por cierto, lo poco que sabemos.
SELF NATURAL Y SELF CULTURAL
Suele ser absurdo revisitar el debate «naturaleza versus educación» y tratar de decidir si el genoma perfila una determinada función cognoscitiva de una manera particular en un individuo por vía de sus concomitantes coerciones biológicas, o gracias al entorno, por vía dé la influencia de la cultura. Curiosamente, cuando miramos la consciencia desde la perspectiva de mi propuesta, las distinciones de este tipo parecen de alguna manera más posibles. Por ejemplo, me atrevo a sugerir que virtualmente toda la maquinaria tras la consciencia nuclear y la generación de self nuclear opera bajo estricto control genético. Apartando aquellas situaciones donde la enfermedad perturba la estructura cerebral en una etapa temprana, el genoma dispone las vinculaciones —neurales y humorales— entre cuerpo y cerebro, instala las circuiterías necesarias y, con ayuda del entorno, permite que la maquinaria se desempeñe confiablemente durante toda la vida.
El desarrollo del self autobiográfico es otro asunto. Sin duda, la conexión entre self nuclear y las estructuras que soportan el desarrollo de memorias autobiográficas se organiza bajo el control del genoma. Así también los procesos sobre cuya base reposa el aprendizaje y ocurre el modelamiento de los circuitos corticales y subcorticales, de manera que las zonas de convergencia y sus disposiciones queden en su lugar. En otras palabras, la memoria autobiográfica se desarrolla y madura a la sombra de la biología heredada. Ahora bien, a diferencia del self nuclear, mucho ocurrirá en el desarrollo y maduración de la memoria autobiográfica, que no solo depende sino que incluso es regulada por el entorno. Por ejemplo, los sistemas de gratificación y castigo propuestos a bebés, niños y adolescentes varían en entornos, hogares, escuelas y ambientes sociales diversos; el entorno controla en no poca medida la modelación de los eventos que constituyen el pasado histórico del individuo y su futuro previsto; las reglas y principios de conducta que gobiernan las culturas donde se desarrolla el self autobiográfico están bajo el control del entorno; lo mismo ocurre con el conocimiento sobre cuya base los individuos organizan su autobiografía, que abarca desde los modelos de conducta individual hasta los hechos de una cultura.
Cuando hablamos del self para referimos a la especial dignidad del ser humano, cuando hablamos del self para referirnos a las gentes y lugares que moldearon nuestras vidas y que describimos como pertenencias nuestras y vivos en nosotros, hablamos, claro está, del self autobiográfico, el estado mental para el que más cuenta la historia de la humanidad.
MÁS ALLÁ DE LA CONSCIENCIA AMPLIADA
La consciencia ampliada permite que los organismos humanos alcancen la cima de sus habilidades mentales. Considera algunas: la capacidad de crear artefactos útiles, de considerar la mente ajena, de sentir las mentes del colectivo, de sufrir por el dolor, por oposición a sentir dolor y solo reaccionar, de sentir la posibilidad de la muerte en el self y en el otro, de valorar la vida, de construir un sentido de bien y de mal distinto de placer y dolor, de tomar en consideración los intereses del otro y de la comunidad, de experimentar la belleza por oposición a la mera sensación de placer, de sentir un desacuerdo de sentimientos y de ideas abstractas, base de la sensación de verdad. En esta notable colección de habilidades permitidas por la consciencia ampliada, dos merecen destacarse: primero, la habilidad de elevarse por sobre los dictados de ventajas y desventajas impuestos por las disposiciones relacionadas con la supervivencia y, segundo, la crucial detección de desacuerdos que conduce a la búsqueda de la verdad y al deseo de erigir normas e ideales de conducta y para analizar hechos. Estas dos últimas habilidades no solo son mis mejores candidatas al pináculo de la diferencia humana; también son las que permiten la genuina función humana tan bien captada en la voz conciencia. No instalo la consciencia, nuclear o ampliada, en la cima de las cualidades humanas. Es necesaria, pero no suficiente para alcanzar la celsitud en curso.
La concatenación de precedencias es curiosa: el señalamiento neural no consciente de un organismo individual engendra el proto-self, que causa el self nuclear y la consciencia nuclear, que a su vez generan un self autobiográfico que fecunda la consciencia ampliada. Al final de la cadena, la consciencia ampliada otorga conciencia.
El estatus de nuestro entendimiento relativo a conciencia, consciencia ampliada y consciencia nuclear tal vez repita el orden en que los humanos parecen haberse percatado de estos fenómenos y haber desarrollado curiosidad al respecto. Los seres humanos identificaron la conciencia y mostraron interés en sus intervenciones mucho antes de identificar el problema de la consciencia ampliada, para qué hablar de consciencia nuclear. Los dioses de la Antigüedad no hablan a los héroes homéricos acerca de asuntos de consciencia, sino de conciencia: piensa en Atenea cuando refrena el brazo del joven Aquiles y le impide matar a Agamenón en La Ufada. Diez siglos antes de la Cruz, las leyendas homéricas presumen la existencia de consciencia nuclear pero jamás se demoran en ella. Indirectamente, describen una consciencia irregular, dominada por los dioses, pero su verdadera preocupación es la
conciencia[17]. Solón, siete siglos antes de Cristo, tal vez esté en el camino de consciencia y «estar consciente», pues recomienda al lector «conocerse a sí
mismo»[18]. Análogamente sabios fueron los griegos a partir del año 500 a. C., así como los escritores y protagonistas del Génesis, los autores del Mahabharata y los shi que recopilaron el Tao-te-King. Pero ninguno de ellos trató las nociones de consciencia que hoy nos preocupan. No solo porque la voz para consciencia no se halle en Platón o Aristóteles, ya que ni nous ni psyché son equivalentes. (La psyché se refería a ciertos aspectos de los organismos que juzgo cruciales para la aparición de lo que denominamos consciencia [aliento, sangre], o íntimamente relacionados
[mente, alma] con «conciencia», pero no correspondían al mismo concepto[19]). La preocupación con lo que hoy denominamos consciencia es reciente —tal vez tres siglos y medio— y solo ocupó el centro del escenario durante el siglo veinte.
El cuño de vocablos con que designamos los «fenómenos de consciencia» en los idiomas que nos aportaron el pensamiento occidental también sugiere que la curiosidad sobre estos fenómenos y el entendimiento de ellos tal vez transitara en orden inverso a su complejidad. Por ejemplo, en la historia del idioma inglés, la voz arcaica relacionada con «estar consciente de» o entendimiento (consciousness) es inwit, construcción soberbia que mezcla la noción de interior (in) con la de mente (wit). El vocablo conscience («conciencia»), del latín con y scientia, que sugiere recopilación de conocimiento, está en uso desde el siglo trece, en tanto que las voces consciousness («entendimiento», «consciencia») y conscious («estar consciente») solo aparecen en la primera mitad del siglo diecisiete, bastante después de la muerte de Shakespeare (el primer uso registrado de la palabra consciousness data de 1632). Ya para 1600 Shakespeare pone en boca de Hamlet la siguiente frase: «Así la conciencia nos torna cobardes a todos» y realmente hablaba de conciencia, no de «consciencia». Aunque el Bardo entendía profundamente la naturaleza de la consciencia ampliada y virtualmente le dio forma literaria en la cultura occidental, jamás pudo nombrarla como tal. Tal vez haya percibido que algo como consciencia nuclear acechaba tras la consciencia ampliada, pero no era su preocupación principal.
En inglés y en su «lengua madre», el alemán, hay términos distintos para conciencia y consciencia. En alemán el vocablo para consciousness es Bewusstsein, y la palabra para conciencia es Getuissen. En las lenguas romance, empero, una sola expresión denota conciencia y consciencia. Cuando traduzco la voz «unconscious» al francés (inconscient) o al portugués (inconsciente), puedo estar refiriéndome a una persona en estado comatoso o a una cuya conducta es irracional. El inglés ofrece unconscious y unconscionable para idéntica situación, y el alemán tiene unbewusst (ignorado) y gewissenlos (inescrupuloso). Pero en las lenguas romances solo el contexto revela el significado. En este asunto, las cosas pueden tornarse confusas pero siempre son interesantes. En francés o portugués también podemos referirnos a consciousness con una palabra que denota conocimiento, por ejemplo el francés connaissance o el portugués conhecimento. Nota que, una vez más, la voz alternativa se refiere a «hechos conocidos», presumiblemente al hecho de que existe un self al que se atribuye saber. Cualquiera sea la palabra para «consciousness», nunca estamos lejos de la noción de abarcar conocimiento, como lo atestigua cierta variación de con (abarcar) y scientia (hechos, científicos o de otro tipo).
Cuando empezó a emerger el concepto tras el vocablo consciousness, las lenguas romances, en vez de acuñar otra expresión, hablaron de consciencia o conciencia para designarlo. La tolerancia cultural de la conflación de significados es harto curiosa, tal vez otro testimonio de la preocupación humana acerca de estos temas, digna de investigación por derecho propio. De alguna manera, la relación entre los conceptos de consciencia y conciencia fue más valorada que su diversidad. Curiosamente, a diferencia del inglés y el alemán, las lenguas romance tampoco poseen un vocablo para self (los pronombres reflexivos no son un buen substituto). Se estima que los pronombres personales yo o mí designan satisfactoriamente una entidad que podría tener un nombre propio —una traslación directa de self—, pero ello no ocurre. Sería interesante estudiar las razones tras esta diferencia lingüística.
Se podría suponer que, por estar la conciencia en el tope del hato de complejidad que acabo de describir, hubiera sido el último fenómeno en ser estudiado y comprendido desde el punto de vista de su naturaleza y mecanismos. Ocurre lo contrario. Argüiría que sabemos más del funcionamiento de la conciencia que de la consciencia ampliada, de la misma manera que sabemos más de consciencia ampliada que de consciencia nuclear. El trabajo de Jean-Pierre Changeux sobre la neurobiología de la ética, o el de Robert Ornstein acerca de la relación entre consciencia y sociedad, respaldan mi opinión acerca de la conciencia. Los intentos de Daniel Denett, Bernard Baar y James Newman por elucidar el entendimiento o consciencia en el ámbito de la consciencia ampliada respaldan el último
argumento[20]. En cuanto a mí, veo que el equilibrio del misterio mora tras la consciencia nuclear. Es probable que la conciencia y la consciencia ampliada no estén totalmente explicadas solo porque su comprensión depende en parte de resolver el problema de la consciencia nuclear.