Sentir lo que sucede

Antonio Damasio · Capítulo 11 de 29

Páginas del PDF

Sentir lo que sucede

4. Obligado a saber

C U A R T A P A R T E

 

Obligado a saber

Capítulo nueve

 

Sentir sentimientos

 

SENTIR SENTIMIENTOS

 

Empecé este libro con la descripción de un obstáculo: la emoción no puede ser conocida por el sujeto que la experimenta antes de que haya consciencia. Ahora bien, después de presentar mis puntos de vista acerca de la naturaleza de la consciencia, ha llegado el momento de explicar cómo podemos sentir y conocer una emoción. Empezando por el principio: sabemos que tenemos una emoción cuando en nuestra mente se crea la sensación de un self que siente. Hasta que aparece la sensación de un self sensible, tanto desde el punto de vista evolutivo como del desarrollo individual, existen respuestas bien orquestadas que constituyen una emoción, y las subsecuentes representaciones cerebrales que conforman un sentimiento. Pero solo sabemos que sentimos una emoción cuando tenemos la sensación de que la emoción ocurre en nuestro organismo.

La sensación de «ocurrencia en el organismo» proviene de la representación del proto-self y sus cambios en las estructuras de segundo orden. La sensación de «emoción como objeto» proviene de la representación —en estructuras al servicio de representaciones de segundo orden— del patrón de actividad en los sitios inductores de emoción. Prosiguiendo con lo perfilado para otros objetos, postulo que: (1) el proto-self inaugural se representa en el nivel de segundo orden; (2) el «objeto» que está por cambiar el proto-self (el patrón neural de actividad en los sitios inductores de emoción) se representa en el nivel de segundo orden; (3) los subsiguientes cambios en el proto-self (articulados por «rizos corporales» o mecanismos de «como si fueran rizos corporales») también se representan en el nivel de segundo orden.

Sentir una emoción es asunto sencillo. Consiste en tener imágenes mentales que surjan de patrones neurales que representen los cambios en cuerpo y cerebro que conforman una emoción. Pero saber que tenemos ese sentimiento, «sentir» ese sentimiento, ocurre solo después de que construimos las representaciones de segundo orden necesarias para la consciencia nuclear. Como ya lo planteamos, se trata de representaciones de la relación entre el organismo y el objeto (que en este caso es una emoción) y del efecto causal de este objeto en el organismo.

El proceso que describo es precisamente el mismo que discutimos para un objeto externo, pero es arduo vislumbrarlo cuando el objeto es una emoción, porque la emoción ocurre dentro del organismo, no fuera. Solo puede entenderse el proceso si recordamos algunas nociones presentadas en los capítulos acerca de la emoción (capítulo 2) y el organismo (capítulo 5), es decir: (1) que hay diversos sitios cerebrales cuyos patrones de actividad inducen el cortejo de acciones que se convierte en una emoción, y (2) que el patrón de actividad puede ser representado en estructuras de segundo orden. Ejemplos de sitios inductores de emoción incluyen los núcleos en el hipotálamo, cerebro anterior basal, complejo amigdaliano y cortezas prefrontales ventromediales. Ejemplos de estructuras de segundo orden son el tálamo y las cortezas del cíngulo.

En principio puede parecer insólito que el hecho de sentir emociones — empapadas en la representación de estados corporales— solo pueda ser conocido después de que otras representaciones del estado corporal hayan sido integradas para dar nacimiento al proto-self. Y sin duda parece raro que el medio para conocer un sentimiento sea otro sentimiento. La situación se torna comprensible, empero, cuando percibimos que el proto-self, los sentimientos de emoción, y los sentimientos de conocer sentimientos emergieron en diferentes puntos de la evolución y surgen, hasta hoy, en diferentes etapas del desarrollo individual. El proto-self es anterior al sentimiento básico, y ambos preceden al sentimiento de saber que constituye consciencia nuclear.

 

SUBSTRATO PARA SENTIR UNA EMOCIÓN

 

La colección de patrones neurales que conforman el substrato de un sentimiento surge en dos clases de cambios biológicos: cambios relativos al estado corporal y cambios relativos al estado cognoscitivo. Los cambios relativos al estado corporal

pueden ser logrados por dos mecanismos[1]. Un mecanismo implica lo que denomino «rizo corporal» o body loop. Emplea tanto las señales humorales (mensajes químicos transmitidos por el torrente sanguíneo) como señales neurales (mensajes electroquímicos transportados por tractos nerviosos). Como resultado de ambos tipos de señal cambia el paisaje corporal, lo que a continuación se representa en estructuras somatosensoriales del sistema nervioso central, desde el tronco del encéfalo hacia arriba. El cambio en la representación del paisaje corporal puede ser logrado en parte por otro mecanismo, que involucra el «rizo corporal como si». En este mecanismo alternativo, la representación de cambios corporales se crea directamente en mapas sensoriales del cuerpo, bajo el control de otros sitios neurales, por ejemplo, en las cortezas prefrontales. Todo sucede «como si» el cuerpo hubiera sido cambiado, aunque no sea así. El mecanismo «como si fuera rizo corporal» esquiva el cuerpo propiamente tal, parcial o íntegramente, y yo he sugerido que la elusión del cuerpo economiza tiempo y energía, lo que puede ser útil en ciertas circunstancias. Los mecanismos «como si» no solo son importantes para emoción y sentimiento, sino también para una clase de procesos cognoscitivos que podríamos designar como

«simulación interna»[2].

Los cambios relativos al estado cognoscitivo se generan cuando el proceso de emoción remata en la secreción de ciertas sustancias químicas en los núcleos del cerebro anterior basal, hipotálamo y tronco del encéfalo, y en la subsecuente entrega de aquellas sustancias a otras regiones cerebrales distintas. Cuando estos núcleos liberan neurotransmisores en la corteza cerebral, tálamo y ganglios basales, causan una multitud de alteraciones significativas en la función cerebral. Las variaciones más importantes que imagino incluyen (1) la inducción de conductas particulares (tales como el apego, la nutrición, el juego y la exploración); (2) un cambio en el procesamiento fluyente (ongoing) de estados corporales (por ejemplo, las señales corporales pueden ser filtradas o no, inhibidas selectivamente o realzadas, y cambiada su cualidad placentera o desagradable); y (3) un cambio en la modalidad de procesamiento cognoscitivo; un ejemplo, en relación con imágenes visuales o auditivas, sería el cambio de ritmo, desde una producción lenta de imágenes a una producción rápida, o un cambio de enfoque agudo a imágenes borrosas, cambio que es parte integral de emociones tan dispares como tristeza o euforia).

Sospecho que las tres modalidades de cambio están presentes en los humanos y en numerosas familias no humanas. Es posible, sin embargo, que el tercer tipo de cambio —el cambio en el modo de procesamiento cognoscitivo— solo se torne consciente en humanos, porque requiere de una representación particularmente sofisticada de eventos neurales: la índole de metarepresentación de aspectos del procesamiento cerebral que acaso solo puedan sustentar las cortezas prefrontales.

En resumen, miríadas de cambios en el perfil químico del cuerpo definen los estados emocionales: cambios en el estado de los órganos y en el grado de contracción de diversos músculos estriados de rostro, cuello, tronco y extremidades. Pero también los definen cambios ocurridos previamente, que también engendran distintas modificaciones significativas en el estado de varios circuitos neurales dentro del cerebro mismo.

A la sencilla definición de la emoción como cambio transitorio del estado del organismo causado específicamente, corresponde una definición sencilla del hecho de sentir una emoción: la representación de aquel cambio transitorio del estado del organismo desde el punto de vista de los patrones neurales y las imágenes consecuentes. Estas imágenes se vuelven conscientes cuando, al momento siguiente, se ven realzadas y acompañadas por la sensación de self en el acto de saber. En verdad son, en su acepción absoluta, sentimientos de sentimientos.

No hay nada vago, esquivo o inespecífico en relación con las respuestas emocionales, ni hay nada vago, esquivo o inespecífico en las representaciones que pueden convertirse en sentimientos de emociones. El substrato del sentimiento de emociones es un conjunto concreto de patrones neurales en mapas de estructuras selectas.

De emoción a sentimiento consciente

En síntesis, el desarrollo completo de eventos, desde emoción a sentimiento hasta sentimiento de sentimiento, puede ser escalonado en cinco peldaños, de los cuales los tres primeros ya fueron esbozados en el capítulo acerca de la emoción.

 

1. Compromiso del organismo por un inductor de emoción, por ejemplo, por un

objeto particular procesado visualmente, que resulta en la representación visual del objeto. El objeto puede volverse consciente o no, puede ser reconocido o no, porque ni la consciencia del objeto ni su reconocimiento son necesarios para la continuación del ciclo.

2. Las señales subsecuentes al procesamiento de la imagen de objeto activan sitios

neurales predispuestos para responder a la índole particular de inductor a la que pertenece el objeto (sitios inductores de emoción).

3. Los sitios inductores de emoción gatillan un número de respuestas hacia el

cuerpo y otros sitios cerebrales, y desencadenan la gama completa de respuestas corporales y cerebrales que conforman una emoción.

4. Mapas de primer orden en las regiones subcorticales y corticales representan

cambios en el estado corporal, independientemente de que se logren mediante «rizos corporales», «rizos corporales como si» o mecanismos combinados. Los sentimientos emergen.

5. El patrón de actividad neural en los sitios inductores de emoción se cartografía

en las estructuras de segundo orden. Estos eventos alteran el proto-self. Los cambios en el proto-self también se cartografían en estructuras neurales de segundo orden. Por lo tanto, en las estructuras de segundo orden se organiza una reseña de los eventos en curso, que describe la relación entre el «objeto-emoción» (la actividad de los sitios inductores de emoción) y el proto-self.

 

Esta perspectiva de emoción, sentimiento y saber es heterodoxa. Primero, sugiero que no existe estado central de sentir antes de la ocurrencia de la emoción respectiva, esto es, que la expresión (emoción) es anterior (al sentimiento). Segundo, sugiero que «tener un sentimiento» no es lo mismo que «conocer un sentimiento», esto es, que la reflexión del sentimiento es un grado más sofisticado. En conjunto, esta curiosa situación me recuerda las palabras de E. M. Forster: «¿Cómo puedo saber lo que pienso antes de decirlo?».

El hecho ineludible y notable acerca de estos tres fenómenos —emoción, sentimiento, consciencia— es su relación con el cuerpo. Empezamos con un organismo conformado por cuerpo propiamente tal y cerebro, equipado con determinadas modalidades de respuesta cerebral ante ciertos estímulos, y con la capacidad de representar los estados internos causados por la reacción ante estímulos que desencadenan repertorios de respuestas prefijadas. Conforme las representaciones del cuerpo crecen en complejidad y coordinación, llegan a constituir una representación integrada del organismo, el proto-self. Una vez sucedido esto, se torna posible engendrar representaciones del proto-self a medida que lo afectan interacciones con un entorno determinado. Solo entonces empieza la consciencia y solo después un organismo que interactúa perfectamente con su entorno empieza a descubrir que está respondiendo de manera adecuada a su entorno. Pero la ejecución de todos estos procesos —emoción, sentimiento y consciencia— depende de representaciones del organismo. El cuerpo es su esencia compartida.

 

¿PARA QUÉ SIRVEN LOS SENTIMIENTOS?

 

Es posible argüir que las emociones sin sentimientos serían un mecanismo suficiente para regular la vida y promover la supervivencia. También podría argumentarse que señalar los resultados de este mecanismo regulador no sería necesario para la supervivencia. Pero no es así. El hecho de tener sentimientos posee un valor extraordinario en la orquestación de la supervivencia. Las emociones son útiles por sí mismas, pero el proceso de sentir comienza a alertar al organismo acerca del problema que la emoción empezó a resolver. El sencillo proceso de sentir da al organismo un rudimento de incentivo para prestar atención a los resultados de la emoción (aunque la realza el saber, la pesadumbre empieza con sentimientos, y algo análogo puede decirse de la alegría). La disponibilidad de sentimientos también es la piedra angular para el desarrollo subsiguiente: el sentimiento de saber que tenemos sentimientos. A su vez, saber es la piedra angular del proceso de planificar respuestas específicas y no estereotipadas que pueden complementar la emoción, o garantizar que los beneficios inmediatos aportados por la emoción pueden ser mantenidos en el tiempo, o ambos. En otras palabras, «sentir» sentimientos amplía el alcance de las emociones, facilitando la planificación de respuestas novedosas de adaptación, fabricadas a la medida.

Ahora considera lo siguiente: la cognición de un sentimiento requiere un sujeto sapiente. Si buscamos una buena razón para explicar la perdurabilidad de la consciencia en la evolución, podríamos decir que la consciencia subsistió porque los organismos que la poseen podían «sentir» sus sentimientos. Sugiero que los mecanismos que permiten consciencia tal vez prevalecieran porque conocer sus emociones era útil para los organismos. Y conforme prevaleció la consciencia como rasgo biológico, se volvió aplicable no solo a emociones, sino a los estímulos plurales que las desencadenan. Eventualmente, la consciencia pudo ser aplicada a la gama completa de eventos sensoriales posibles.

 

NOTA ACERCA DE LOS SENTIMIENTOS DE FONDO

Durante el siglo veinte, la exigua atención prestada a la neurociencia de la emoción se limitó a las modalidades nucleares estudiadas por Darwin. Como muestran los trabajos de Ekman y otros, se reconocieron como universales, en términos de su expresión facial y la facilidad con que son reconocidas, las emociones de miedo, ira, tristeza, repugnancia, sorpresa y alegría. Resultó que se estudiaron más los sentimientos que conforman la manifestación consciente de estas emociones mayores. Todo esto estaría bien si no nos hubiera distraído del hecho de que continuamente experimentamos sentimientos emocionales aunque no formen por necesidad parte del conjunto de seis «sentimientos universales» afines a las seis emociones universales. La mayor parte del tiempo no experimentamos ninguna de las seis emociones, lo que en cierto sentido es una bendición pues cuatro de ellas son desagradables. Ni experimentamos ninguna de las así llamadas emociones secundarias o sociales, buena cosa también, ya que rara vez resultan mejor desde el punto de vista del placer. Pero sí sentimos otras formas de emoción, a veces de manera difusa, a veces muy intensamente, y también sentimos la tonalidad física general de nuestro ser. Denominé la percepción de este desasosiego «sentimientos de fondo», expresión que usé por vez primera en El error de Descartes, porque estos sentimientos no están en primer plano en nuestra mente. Suele ocurrir que los percibamos vividamente y les prestemos atención específica. Otras veces no les prestamos atención y nos concentramos en otros contenidos mentales. De una manera u otra, empero, los sentimientos de fondo ayudan a definir nuestro estado mental y tiñen nuestras vidas. Los sentimientos de fondo surgen de emociones de fondo, y éstas, aunque más dirigidas al interior que al exterior, son observables en otros de varias maneras: posturas corporales, velocidad y propósito de movimientos, e incluso tono de voz y prosodia a medida que comunicamos pensamientos que pueden tener escasa relación con la emoción de fondo. Por esta razón, creo que es importante ampliar nuestra noción acerca de la fuente de sentimientos.

Los sentimientos de fondo más predominantes son: fatiga, energía, excitación, bienestar, enfermedad, tensión, relajación, impulso, desgano, estabilidad, inestabilidad, equilibrio, desequilibrio, armonía, discordia. La relación entre sentimientos de fondo con pulsiones y motivaciones es íntima: las pulsiones se expresan directamente en las emociones de fondo y eventualmente percibimos su existencia mediante los sentimientos de fondo. La relación entre sentimientos de fondo y estados de ánimo también es ceñida. Los estados de ánimo están hechos de sentimientos de fondo modulados y sostenidos, así como de sentimientos de emociones primarias también modulados y sostenidos: tristeza, en el caso de la depresión. Por último, la relación entre sentimientos de fondo y consciencia también es estrecha: sentimientos de fondo y consciencia nuclear están tan vinculados que no son fáciles de separar.

Tal vez sea correcto decir que los sentimientos de fondo son un fiel indicador de los parámetros momentáneos del estado interno del organismo. Los ingredientes nucleares de este índice son (1) la forma temporal y espacial de las operaciones de la musculatura lisa en los vasos sanguíneos o diversos órganos, y de los músculos estriados de corazón y tórax; (2) el perfil químico del medio vecino a esas fibras musculares, y (3) la presencia y ausencia de un perfil químico que señale una

amenaza a la integridad de los tejidos o a condiciones óptimas de homeostasis[3].

Así, hasta un fenómeno tan sencillo como los sentimientos de fondo depende de niveles plurales de representación. Por ejemplo, algunos sentimientos de fondo que tienen que ver con el medio interno y los órganos deben depender de señales que ocurren tan precozmente como la sustancia gelatinosa y zonas intermedias de cada segmento de la médula espinal, y de la pars caudalis del núcleo del nervio trigémino. Otros sentimientos de fondo se relacionan con las operaciones cíclicas de los músculos estriados en la función cardiaca y con patrones de contracción y dilatación en músculos lisos que requieren representaciones en núcleos específicos del tronco del encéfalo, tales como el núcleo tractus solitarus y el núcleo parabraquial.

Mi noción de sentimientos de fondo es similar a la noción de afectos vitales presentada por el psicólogo desarrollista Daniel Stern, noción que emplea en su trabajo con infantes. La idea apareció por primera vez en los trabajos de la notable pero incógnita filósofa norteamericana Susanne Langer, discípula de Alfred North

Whitehead[4].

 

LA OBLIGATORIA RELACIÓN CORPORAL DEL SENTIMIENTO

 

Aparte del mecanismo inductor de emociones, el cuerpo es el escenario principal de las emociones, ya sea directamente o por vía de su representación en las estructuras somatosensoriales del cerebro. Tal vez hayas oído que esta idea es incorrecta, que en esencia es la idea propuesta por William James —en pocas palabras, James propuso que durante una emoción el cerebro altera el cuerpo, y que el sentimiento de una emoción resulta de la percepción del cambio en el cuerpo—, y que el tiempo derogó la noción. Primero, hay más en mi propuesta de lo que avanzó James. Segundo, el ataque contra James, que duró casi todo el siglo y todavía acecha, no es válido, aunque su propuesta acerca de la emoción sea incompleta y no carezca de fallas.

Los mecanismos que esbocé para engranar la emoción y producir un substrato a los sentimientos son compatibles con la formulación original de William James respecto de este tema, pero incluyen numerosos rasgos ausentes en su texto. Ninguna de las características que agregué socava o violenta la idea básica de que los sentimientos son en gran medida un reflejo de los cambios en el estado corporal, contribución germinal de William James al tema. Los nuevos rasgos que propuse agregan una nueva dimensión a estos fenómenos, sin embargo. Incluso en el desarrollo más típico de sucesos, las respuestas emocionales apuntan tanto al «cuerpo propiamente tal» como al cerebro. El cerebro genera cambios mayores en el procesamiento neural que constituye parte sustancial de lo que percibimos como sentimiento. El cuerpo ya no es el teatro exclusivo de las emociones y, por consiguiente, tampoco es la fuente única de los sentimientos, como hubiera deseado James. Además, la fuente corporal puede ser virtual, por decirlo así, puede ser la representación del cuerpo «como si» más que la representación del cuerpo «como es». Debo agregar que no desarrollé rasgos o mecanismos adicionales de la emoción para esquivar los ataques a la idea de William James, aunque algunas de mis propuestas logran precisamente eso: de hecho, desarrollé mis propuestas antes de entender qué atacaban sus detractores.

Se podría decir que es innecesario responder a los críticos de William James ya que su idea germinal es tan plausible, pero eso sería un error por diversas razones. Primero, la reseña presentada por William James era comprensiblemente incompleta y debe ser ampliada a términos científicos modernos. Segundo, la parte de la reseña que estaba completa no era correcta en sus detalles. Por ejemplo, James se basó exclusivamente en representaciones nacidas en los órganos, otorgó poco peso a los músculos esqueléticos como fuente de representación de sentimientos, y no mencionó el medio interno. La evidencia actual sugiere que la mayoría de los sentimientos probablemente apela a todas las fuentes: cambios en la musculatura esquelética y en los órganos tanto como en el medio interno. La tercera razón es que las equivocaciones que son parte de la crítica y que aún se citan estorban una percepción global de emociones y sentimientos.

 

Emoción y sentimiento después de la transección espinal

La idea de que los inputs provenientes del cuerpo no son relevantes en los sentimientos suele basarse en la falsa noción de que los pacientes con médula espinal transeccionada por lesión no debieran ser capaces de emoción ni sentimiento. El problema, dicen los críticos, es que parecen capaces de emoción y sentimiento. Sin embargo, solo parte del input corporal más relevante para los sentimientos viaja por la médula espinal. Primero, una parte considerable de información viaja por tractos nerviosos como el vago, que sale y entra en el cerebro a la altura del tronco del encéfalo, bastante más arriba que el nivel superior de la médula espinal acaso dañada por el accidente. Análogamente, solo parte de la puesta en obra de las emociones depende de la médula espinal: una gran proporción del proceso es mediada por nervios craneales en el nivel del tronco del encéfalo (que pueden actuar en rostro y órganos) y por otros núcleos del tronco del encéfalo (que pueden actuar directamente en el cerebro por encima de su nivel).

Segundo: una parte significativa del input corporal no viaja por tractos nerviosos sino por el torrente sanguíneo, y también llega al sistema nervioso central a nivel del tronco del encéfalo, por ejemplo, en el área postrema o más arriba.

Tercero: todos los exámenes de pacientes con daño en la médula espinal — incluyendo aquellos que parecen consagrados a descubrir un deterioro de sentimiento y los dedicados a demostrar que los sentimientos perduran intactos— revelaron algún grado de menoscabo en los sentimientos, lo que es lógico, puesto que la médula

espinal es vía [5] parcial de inputs corporales relevantes. Además, un hecho indiscutido trasluce en estos estudios: a mayor altura de la lesión espinal, más deterioro en los sentimientos. Esto es importante porque, mientras más arriba se transeccione la médula, menos inputs corporales llegan al cerebro. Las transecciones superiores corresponderían a menos sentimiento, las inferiores a más. Este hallazgo sería difícil de explicar si la lesión en la médula espinal no ocluyera cierta índole de input corporal (aunque puede argüirse, sin mucha credibilidad, que las lesiones altas causan más defectos locomotores y se acompañan de mayores falencias psicológicas y, por lo tanto, de menos sentimientos).

Cuarto: las transecciones de la médula rara vez son completas, dejando vías de escape hacia el sistema nervioso central.

Quinto: ciertos críticos olvidan la cabeza y parecen concebir el cuerpo como aquella parte del organismo que está por debajo del cuello. Ahora bien, rostro y cráneo, así como cavidad bucal, lengua, faringe y laringe —cuya combinación constituye la porción superior de los tractos digestivo y respiratorio, así como casi todo el sistema vocal— suministran un gran volumen de ínput al cerebro. Este penetra el cerebro a nivel del tronco del encéfalo, esto es, nuevamente por encima de cualquier lesión de la médula espinal. Puesto que la mayoría de las emociones se expresan en cambios de la musculatura facial y del cuello, además de modificaciones autónomas en piel, rostro y cuero cabelludo, la representación cerebral de los cambios afines no precisa en absoluto de la médula espinal y sigue disponible como base para los sentimientos, incluso en pacientes con las modalidades más completas de transección medular.

En conclusión, en circunstancias normales usamos la médula espinal tanto para hacer actuar parte de algunas emociones como para devolver al cerebro las señales de parte de la actuación de tales emociones. Así, ni las transecciones meduloespinales más completas logran interrumpir el flujo bidireccional de las señales requeridas por emociones y sentimientos. El hecho de que se encuentren defectos en las lesiones de la médula espinal respalda la idea de que el input corporal es relevante para experimentar emoción y sentimiento. Difícil sería apelar al defecto para argüir lo contrario. Pero nadie debe esperar que el actor Christopher Reeve no experimente emociones ni sentimientos desde su accidente. El hecho de que tenga ambos no es precisamente evidencia en contra del papel crucial del cuerpo en la emoción y el sentimiento.

 

Evidencia a partir de la sección del nervio vago y de la médula espinal

También se interpreta mal la evidencia que surge de la sección del nervio vago o de éste y la médula espinal, desde que W. Cannon convirtió los experimentos de C. S. Sherrington con perros, y sus propios experimentos en gatos, en la piedra angular de

su ataque contra James, en 1927[6]. El argumento de Cannon es un ejemplo de las confusiones que resultan de no distinguir lo externo, como la emoción, de lo interno o sentimiento. ¿Por qué perros o gatos con nervios vagos y médulas espinales seccionadas habrían de presentar una pérdida completa de manifestaciones emocionales, como predijo Cannon? No debería ser así. La sección del nervio vago y la médula espinal no obstruye las vías para las respuestas que alteran la faz del animal, a tal punto que expresará rabia, miedo o tranquila cooperación con el examinador. Estas respuestas provienen del tronco del encéfalo y son mediadas por nervios craneales no comprometidos en los experimentos de Cannon o Sherrington. Así, y como debe ser, las expresiones faciales siguieron intactas después de la sección de nervio vago y médula espinal. Los perros respondieron con ira ante los gatos y viceversa, aunque no pudieran mover sus cuerpos, paralizados del cuello para abajo. (Incidentalmente, si se hubiera estimulado eléctricamente los sitios cerebrales adecuados de estos animales, habrían mostrado el fenómeno conocido como «rabia falsa» (sham rage), exhibición de expresiones de ira inmotivadas).

Pero en estos animales, ¿qué hay de los sentimientos? Por cierto, no pueden ser verificados, pero sobre la base de las ideas que propongo, es probable que se hayan alterado parcialmente: los animales recibirían señales procedentes de su expresión facial y de los núcleos del tronco del encéfalo, los que constituirían una base para el sentimiento, pero no recibirían señales del vago ni de la médula espinal y por lo tanto carecerían de inputs orgánicos. En este punto, Cannon abandonó toda precaución y se preguntó si los sentimientos podían estar ausentes dado el volumen de exhibición emocional. Tomó la manifestación de emociones como signo seguro de la presencia de sentimiento. El error surge de no establecer una distinción de principio entre emoción y sentimiento, y de no identificar la concatenación secuencial, unidireccional, del proceso: desde un inductor a emoción automatizada, a la representación de cambios emocionales, a sentimiento.

 

Enseñanzas del coma vigil

Una de las líneas de evidencia más enigmática, aunque indirecta, de la importancia del input corporal en la generación de sentimientos proviene del síndrome de coma vigil. Tal como discutimos en el capítulo 8, el coma vigil ocurre cuando una porción del tronco del encéfalo —como el pons o el mesencéfalo— presenta daños anteriores, en su aspecto ventral, más que posteriores, en su aspecto dorsal. Aquí se destruyen las vías motoras que transmiten señales a los músculos esqueléticos, y solo queda libre (a veces no totalmente) un conducto para movimientos verticales de los ojos. Aunque las lesiones que causan coma vigil se localizan justo al frente del área cuya lesión causa coma o estado vegetativo persistente, los pacientes con coma vigil mantienen la consciencia intacta. No pueden mover ningún músculo del rostro, extremidades o tronco, y su capacidad de comunicación suele limitarse al movimiento vertical de los ojos, a veces de un solo ojo. Pero siguen despiertos, alertas y conscientes de su actividad mental. Su única manera de comunicarse con el mundo externo es el parpadeo voluntario. Mediante el fatigoso trabajo de pestañear para identificar cada letra del alfabeto, los pacientes en estado de coma vigil componen palabras, frases e incluso libros, pausadamente dictados —habría que decir guiñados— a un amanuense atento.

Un aspecto notable de esta trágica condición, hasta ahora descuidado, es que si bien los pacientes pasan con plena consciencia de un estado de libertad humana a uno de casi total aherrojamiento mecánico, no experimentan la angustia y horror que su espantosa situación permite suponer. Manifiestan una gama considerable de sentimientos, desde tristeza hasta, sí, alegría. Sin embargo, según reseñas recientes publicadas en libros, los pacientes llegan a experimentar una extraña tranquilidad, nueva en sus vidas. Están conscientes de la tragedia de su situación, y son capaces de manifestar una sensación intelectual de tristeza o frustración ante su encierro virtual. Pero no mencionan el terror que presuntamente debería surgir en su horrible circunstancia. No parecen tener nada parecido al miedo pánico experimentado por tantos individuos sanos y móviles dentro de un escáner de resonancia magnética, para

qué hablar de un ascensor repleto[7].

Mi manera de explicar este hallazgo sorprendente es la siguiente: aparte del parpadeo y el movimiento ocular vertical, el daño del coma vigil impide toda moción, voluntaria o estimulada por respuestas emocionales en cualquier parte del cuerpo. El estado impide cualquier expresión facial o gesto corporal en respuesta a una intención deliberada o una emoción (con una excepción parcial: pueden producir lágrimas, aunque los acompañamientos motores del llanto sigan ausentes). En tales circunstancias, cualquier proceso mental que normalmente induciría una emoción deja de hacerlo a través del mecanismo de «rizo corporal» que hemos discutido. El cerebro queda privado del cuerpo como teatro de la actuación emocional. Con todo, el cerebro aún puede activar sitios inductores de emoción en el cerebro anterior basal, hipotálamo y tronco del encéfalo, y generar algunos de los cambios de los que dependen los sentimientos. Además, puesto que la mayor parte de los sistemas de señalamiento de cuerpo a cerebro están libres y claros, el cerebro puede recibir directamente señales neurales y químicas del perfil del organismo conforme se adecua a las emociones de fondo. Estos perfiles se relacionan con aspectos reguladores básicos del medio interno y están ampliamente desacoplados del estado mental del paciente debido al daño en el tronco del encéfalo (solo la ruta química del torrente sanguíneo sigue libre en ambas direcciones). Sospecho que algunos estados del medio interno se perciben como calmos y armoniosos. El respaldo de esta idea proviene del hecho de que cuando estos pacientes viven una condición que debería producir dolor o incomodidad, siguen siendo capaces de registrar su presencia. Por ejemplo, se sienten entumidos y acalambrados si no se les mueve durante largo rato. Curiosamente, el sufrimiento que suele acompañar al dolor parece estar adormecido, tal vez porque la causa de sufrimiento sea la emoción, y la emoción ya no puede ser producida en el teatro del cuerpo: queda restringida a los mecanismos «como si fuera cuerpo».

Otra línea de evidencia que corrobora esta interpretación proviene de pacientes sometidos a intervenciones quirúrgicas que reciben una inyección de curare, sustancia que bloquea la actividad de los músculos esqueléticos debido a su acción en los receptores nicotínicos de acetilcolina. Si el curare actúa antes de que la inducción de anestesia suspenda la consciencia, los pacientes perciben su parálisis. Igual que los pacientes en coma vigil, los individuos curarizados son capaces de oír las conversaciones a su alrededor. Sobre la base de informes obtenidos después del hecho, estos pacientes están menos calmados que los afectados por coma vigil y más cerca de lo que cabe esperar si uno imagina la situación. Así, pueden ser la pista para explicar la diferencia. El curare bloquea los receptores nicotínicos de acetilcolina, neurotransmisor necesario para que los nervios contraigan las fibras musculares. Bloquea los impulsos neuroquímicos en el nivel de las uniones neuromusculares en los músculos estriados esqueléticos de rostro, tronco y extremidades, causando parálisis. Ahora bien, los impulsos nerviosos que estimulan los músculos lisos para responder bajo el control automático de las emociones usan receptores muscarínicos, no bloqueados por el curare. En tales circunstancias, es posible que en el teatro del cuerpo se actúe la parte de las respuestas emocionales que solo depende de señales autónomas, y sea devuelta bajo forma de representaciones en las estructuras neurales.

En su conjunto, esta evidencia sugiere que, para la experiencia real de sentimientos, el mecanismo «rizo corporal» de emoción y sentimiento es más importante que el mecanismo «rizo corporal como si», que propuse como alternativa y complemento.

 

Aprendiendo de la emoción con ayuda del cuerpo

Una nueva serie de experimentos acerca del aprendizaje confirmó el papel del cuerpo en la emoción. Los estudios —de probados resultados— realizados por James McGaugh y sus colegas demostraron que la presencia de ciertos grados de emoción —tanto en ratas como en humanos— aumenta la rememoración de hechos nuevos

durante el proceso de aprendizaje[8]. Por ejemplo, si te narran dos historias de igual duración con un número comparable de hechos pero contenidos emocionales dispares, recordarás con más detalle aquella cuyos hechos tengan más impacto emocional. Tal vez te complazca saber que compartimos este rasgo con ratas puestas en situaciones equivalentes. También éstas aprenden con más facilidad si está presente un cierto grado de emoción en el momento oportuno. Ahora bien, si se les cercena el nervio vago la emoción ya no ayuda al desempeño. ¿Por qué? Pues bien, la carencia del nervio vago impide el ingreso de importantes inputs orgánicos en el cerebro. Así, pareciera que el input orgánico es vital para el tipo de emoción que ayuda a aprender.