Sentir lo que sucede

Antonio Damasio · Capítulo 13 de 29

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Sentir lo que sucede

Capítulo once. A plena luz

Capítulo once

 

A plena luz

 

SENTIR A LA LUZ

 

A fin de cuentas, acaso la idea más prodigiosa en este libro sea que la consciencia empieza como sentimiento; una modalidad especial de sentimiento sin duda, pero sentimiento de todos modos. Todavía recuerdo cuando empecé a pensar en la consciencia como sentimiento, y sigue pareciéndome una razón sensata: la consciencia se siente como sentimiento, y si se siente como sentimiento, bien puede ser un sentimiento. Por cierto, no se siente como una imagen clara en ninguna de las modalidades sensoriales dirigidas hacia fuera. No es un patrón visual ni auditivo. No es un patrón olfativo ni gustativo. No la vemos ni escuchamos ni tiene olor ni sabor. Se la siente como una suerte de urdimbre construida con los signos no verbales de los estados del cuerpo. Tal vez ésta sea la razón de que las raíces profundas de la consciencia —la versión nuclear y su más básica sensación de self— se revelen al organismo bajo una forma que es a un tiempo poderosa y esquiva, inequívoca y difusa.

El filósofo francés Malebranche tal vez hubiera aprobado esta reseña, porque escribió en el siglo diecisiete:

 

Es por la luz y por una idea clara que la mente percibe la esencia de cosas,

números y extensiones. Por una idea vaga o por sentimiento la mente juzga la

existencia de criaturas y conoce su propia existencia [1].

 

La idea de consciencia como sentimiento de saber es coherente con el importante hecho que aduje al hablar de las estructuras cerebrales más vinculadas con la consciencia. Estas estructuras, desde las que sustentan el proto-self a las que soportan el cartografiado de segundo orden, procesan señales corporales de diversos tipos, desde aquellas procedentes del medio interno a las del armazón músculoesquelético. Todas estas estructuras operan al interior del vocabulario no verbal de los sentimientos. Así, es plausible que las bases del tipo de imágenes mentales denominadas sentimientos sean los patrones neurales surgidos de la actividad en esas estructuras. El secreto de la fabricación de consciencia tal vez sea éste: que el tramado de la relación entre cualquier objeto y el organismo se convierte en el sentimiento de un sentimiento. La misteriosa perspectiva en primera persona de la consciencia consiste en conocimiento recién acuñado, información si así lo prefieres, expresado como sentimiento.

La presentación de las raíces de la consciencia en forma de sentimiento permite atisbar una explicación para la sensación de self, segundo de los dos problemas de la consciencia que esbocé en el capítulo inaugural, esto es, cómo el dueño de la película en el cerebro emerge dentro del filme. La propuesta, empero, no da completa cuenta del primero de los problemas bosquejados entonces: cómo se genera la película en el cerebro, a partir de sus fuentes cualificadas. Otras postulaciones, de neurobiólogos, cientistas cognoscitivos y filósofos interpelan directamente este primer intríngulis. Por ejemplo, la propuesta de Gerald Edelman —que acaso sea el intento más abarcador de tratar el tema de la consciencia publicado hasta la fecha— usa un atrayente marco biológico para analizar las condiciones que permiten la generación de la película en el cerebro. En trabajos recientes lleva su esfuerzo un poco más lejos y especifica las condiciones fisiológicas necesarias para la creación de escenas integradas en la mente consciente. Otros cuidadosos intentos de tratar aspectos del problema planteado por la película en el cerebro corresponden a la hipótesis «lugar global de trabajo» de Bernard Baar y el modelo de borradores múltiples de Daniel Dennett.

Es importante recordar que al pensar en los sentimientos como formas primitivas de consciencia nos vemos obligados a inquirir acerca de la naturaleza íntima del sentimiento. ¿De qué están hechos los sentimientos? ¿De qué son percepción los sentimientos? ¿Cuánto más detrás de los sentimientos podemos llegar? Estas preguntas no pueden ser contestadas todavía. Definen la frontera de nuestra investigación científica actual.

Sea cual fuere la respuesta, la idea de que la consciencia humana depende de los sentimientos nos ayuda a enfrentar el problema de la creación de artefactos conscientes. ¿Podemos acaso —con el socorro de los datos neurobiológicos y tecnologías avanzadas— crear un artefacto con consciencia? Tal vez no sorprenda que yo tenga dos respuestas, y que una sea no y la otra sí. No, tenemos pocas posibilidades de crear un artefacto con algo semejante a la consciencia humana, conceptuada desde una perspectiva de sensación íntima. Sí, podemos crear artefactos con los mecanismos formales de consciencia propuestos en este libro, y tal vez sea posible decir que esos artefactos poseerán cierta índole de consciencia.

Ciertas conductas externas de artefactos equipados con mecanismos formales de consciencia imitarán conductas conscientes y podrán aprobar una versión del test de Turing. Ahora bien, pese a las buenas razones aducidas por John Searle y Colin McGinn respecto de conducta, mente y test de Turing, aprobar el test nada dice de la mente del artefacto. Más específicamente, los estados internos del artefacto pueden incluso imitar algunos patrones neurales y diseños mentales que propongo como bases de la consciencia. Habría maneras de generar conocimientos de segundo orden, pero, sin el auxilio del vocabulario no verbal del sentimiento, no se expresarían en el modo que encontramos en humanos y que tal vez esté presente en tantas especies animales. En efecto, el sentimiento es la barrera, porque la articulación de la consciencia humana acaso exija la presencia de sentimientos. Las «señales» de emoción pueden ser imitadas, pero con silicio no se puede duplicar el cómo se sienten los sentimientos. Los sentimientos no podrán ser duplicados mientras no se duplique el soma (flesh), ni se dupliquen las acciones del cerebro en el soma ni la manera en que el cerebro siente el soma después de haber actuado en él.

 

A PLENA LUZ

 

Empecé este libro invocando el nacimiento y el instante de salir a la luz cual sugerentes metáforas de la consciencia. Cuando el self llega a la consciencia, y para siempre después, dos tercios de cada día ingresamos sin pausa en la luz de la mente y nos autoconocemos. Y la memoria de tantos autoconocimientos creó las personas que somos. Hasta podemos imaginarnos recorriendo el escenario a plena luz.

Todo empieza modestamente, con la sensación paupérrima de nuestro ser viviente interactuando con algo simple, adentro o afuera de la frontera corporal. Luego crece la intensidad de la luz y, según aumenta su brillo, más universo se ilumina. Más objetos de nuestro pasado pueden ser vistos con claridad, primero por separado, después simultáneamente; resplandecen más objetos del futuro personal y más objetos del entorno. A la luz progresiva de la consciencia, aprendemos más cada día, con mayor agudeza y al mismo tiempo.

Desde sus humildes orígenes hasta su estado actual, la consciencia es revelación de existencia; revelación parcial, debo agregar. En algún punto de su desarrollo —con auxilio de rememoraciones, razonamientos, y lenguaje después—, la consciencia se transforma en medio para modificar la existencia.

Toda la creación humana se remonta a aquel punto de transición en que empezamos a manipular la existencia guiados por el develamiento parcial de esta misma existencia. Solo creamos una sensación de bien y mal, así como conductas informadas por la conciencia, en el momento en que conocemos, en la medida de lo posible, nuestra propia naturaleza y la de nuestros semejantes. La creatividad, esto es, la habilidad de generar nuevas ideas y artefactos, requiere más de lo que la consciencia podrá jamás suministrar. Demanda abundante memoria de hechos y destrezas, abundante memoria de trabajo, capacidad racional fina, lenguaje. Pero la consciencia siempre está presente en el proceso creativo, no solo porque su luz es indispensable, sino porque la naturaleza de sus develamientos guía el proceso de creación, de una manera u otra, con mayor o menor intensidad. Curiosamente, sea cual fuere nuestro invento, desde normas éticas hasta leyes y música, literatura y tecnología, se inspira o es directamente comandado por las revelaciones de existencia que la consciencia nos ofrece. Además, de una manera u otra, con mayor o menos intensidad, los inventos tienen un efecto en la existencia develada, la alteran para mejor o peor. Existe una ronda de influjos —existencia, consciencia, creatividad—, y el círculo se cierra.

El drama de la condición humana proviene solo de la consciencia. Por cierto, la consciencia y sus develamientos nos permiten crear una vida mejor para unos y otros, pero el precio que pagamos por esa mejora es alto. No solo es el precio de riesgos, peligros y dolor. Es el precio de conocer riesgos, peligros y dolores. Pero aún: es el precio de saber lo que es el placer y saber cuando falta o es inalcanzable.

Así, el drama de la condición humana proviene de la consciencia, porque se refiere al conocimiento obtenido en un trueque que ninguno de nosotros concluyó: el costo de una existencia mejor es la pérdida de inocencia acerca de ella. Sentir lo que sucede es la respuesta a la pregunta jamás formulada, y también la moneda en un intercambio fáustico que nunca podríamos haber negociado. La naturaleza lo hizo por nosotros.

Pero drama no necesariamente significa tragedia. En cierta medida, con imperfecciones, individual y colectivamente, poseemos los medios para guiar la creatividad y, gracias a ellos, para mejorar la existencia en lugar de empeorarla. No es fácil de lograr: no hay planos que guíen nuestros pasos; los éxitos pueden ser pequeños y el fracaso acecha. Sin embargo, si se dirige la creatividad con éxito, aun modesto, permitiremos que la consciencia, una vez más, cumpla su papel homeostático y regulador de la existencia. Saber ayudará a ser. Espero incluso que el entendimiento de la biología de la naturaleza humana nos ayude un poco en las elecciones que debemos hacer. Sea como fuere, mejorar la existencia ha sido siempre la meta de la civilización, secuela mayor de la consciencia, y al cabo de por lo menos tres mil años, con premios mayores o menores, el intento de la civilización ha sido esa mejoría. La buena noticia, por lo tanto, es que ya empezamos.