Sentir lo que sucede

Antonio Damasio · Capítulo 18 de 29

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Sentir lo que sucede

Capítulo dos

[1] Ludwig von Bertalanffy, Modern theories of development: An introduction to theoretical biology (Nueva York: Harper, 1962, publicado originalmente en alemán en 1933); P. Weiss, «Cellular dynamics», Review of Modern Physics 31 (1919): 11-20; Kurt Goldstein, The organism (Nueva York: Zone Books, 1995, originalmente

publicado en alemán en 1934). <<

[2] Ver Gerald Edelman, The remembered present, ya citado, y Antonio Damasio, El error de Descartes. Otras excepciones notables: Theodore Bullock escribió un texto biológico desde una perspectiva evolucionista, Introduction to nervous systems (San Francisco: W. H. Freeman, 1997); Paul MacLean habló de un cerebro trino, y atribuyó cada tercio a una época evolutiva en «The triune brain, emotion and scientific bias», en The neurosciences: The second study program, ed. F. O. Schmitt (Nueva York: Rockefeller University Press, 1970); y Patricia Churchland inauguró la neurofilosofía evocando el valor de considerar la evolución en Neurophilosophy: Toward a unified Science of the mind-brain (Cambridge, Mass.: MIT Press, Bradford

Books, 1986). <<

[3] Algunos ejemplos de estos cambios pueden ser hallados en los trabajos de Jean-Didier Vincent y Alain Prochiantz en Francia; Joseph LeDoux, Michael Davis, James McGaugh, Jerome Kagan, Richard Davidson, Jaak Panksepp, Ralph Adolphs y Antoine Bechara en Norteamérica, y Raymond Dolan, Jeffrey Gray y E. T. Rolls en

Gran Bretaña, para citar algunos de los más visibles. <<

[4] Antonio Damasio, El error de Descartes; A. Damasio, «The somatic marker hypothesis and the possible functions of the prefrontal cortex», Philosophical Transactions of the Royal Society of London, Series B (Biological Sciences) 351 (1996): 1413-20; A. Bechara, A. Damasio, H. Damasio y S. Anderson, «Insensitivity to future consequences following damage to human prefrontal cortex», Cognition 50 (1994): 7-15: A. Bechara, D. Tranel, H. Damasio, A. Damasio, «Failure to respond autonomically to anticipated future outcomes following damage to prefrontal cortex», Cerebral Cortex 6 (1996) 215-25; A. Bechara, H. Damasio, D. Tranel, A. Damasio, «Deciding advantageously before knowing the advantageous strategy», Science 275

(1997): 1293-95. <<

[5] Para una discusión acerca de la cognición de la racionalidad, ver N. S. Sutherland, Irrationality: The enemy within (Londres: Constable, 1992); para sus aspectos cognoscitivos y biológicos, ver Patricia S. Churchland, «Feeling reasons», en Paul M.

Churchland y Patricia S. Churchland, On the contrary (ya citado). <<

[6] Otros idiomas que han transmitido la herencia de la filosofía y psicología occidentales poseen desde antiguo el equivalente de las palabras emoción y sentimiento. Por ejemplo, latín: exmovere y sentire; inglés, emotion y feeling; francés: émotion y sentiment; alemán: Emocionen y Gefühl; portugués: emoção y sentimento; italiano: emozione y sentimento. Y así. Tal vez ambos términos fueran acuñados porque numerosos observadores lúcidos sintieron su separación y vieron la ventaja de designarlos con voces diferentes. La referencia actual a todo el proceso con el vocablo emoción es mero descuido. Ni debería olvidarse que en su sentido más general, sentimiento designa percepciones relacionadas con el cuerpo —sentimiento de malestar o bienestar, sentimiento de dolor, sentimiento de algo palpado— más que una apreciación de lo que se ve u oye. Los atinados acuñadores de la palabra tal vez tuvieran la impresión, correcta, de que «sentir» una emoción tenía mucho que ver con

el cuerpo, y dieron en el blanco. <<

[7] D. Tranel y Antonio Damasio, «The covert learning of affective valence does not require structures in hippocampal system or amygdala», Journal of Cognitive

Neuroscience 5 (1993): 79-88. <<

[8] También hay evidencias de estudios en individuos sanos, sin lesiones cerebrales, que muestran que las preferencias pueden aprenderse de manera no consciente y rápidamente. Ver P. Lewicki, T. Hill y M. Czyzewska, «Nonconscious acquisition of information», American Psychologist 47 (1992): 796-801, para un experimento específico. Para reseñas sobre estas áreas de estudio, ver J. Kihlstrom, «The cognitive unconscious», Science 237 (1987): 285-94; Arthur S. Reber, Implicit learning and tacit knowledge: An essay on the cognitive unconscious (Nueva York: Oxford

University Press, 1993). <<

[9] Decidir qué constituye una emoción no es tarea fácil, y después de examinar la gama completa de fenómenos posibles uno se pregunta si se puede formular una definición sensata de emoción, y si una sola palabra sigue siendo válida para describir los estados plurales que la componen. Otros bregaron con el mismo problema y lo abandonaron por imposible. Ver Leslie Brothers, Friday’s footprint: How society shapes the human mind (Nueva York: Oxford University Press, 1997) y Paul Griffiths, What emotions really are: The problem of psychological categories (Chicago: University of Chicago Press, 1997). En este punto, sin embargo, prefiero conservar la nomenclatura tradicional, esclarecer el uso de los términos, y esperar hasta que nuevas evidencias dicten otras clasificaciones. Mi esperanza es que al mantener cierta continuidad facilitaremos la comunicación en esta etapa de transición. Hablaré de tres niveles de emoción: de fondo, primarias y secundarias. Esto ya es bastante revolucionario, dado que las emociones de fondo no son parte de la nómina usual de emociones. Señalaré que pulsiones y motivaciones y dolor y placer son gatillos o constituyentes de las emociones, pero no emociones en sentido propio. Sin duda todos estos dispositivos tienen por misión regular la vida, pero puede argüirse que las emociones sean más complejas que pulsiones y motivaciones,

dolor o placer. <<

[10] Las emociones poseen varios perfiles temporales. Algunas propenden a engranarse en forma de patrón «explosivo». Se instalan rápidamente, alcanzan una cúspide y decaen de pronto. Ira, temor, sorpresa y repugnancia son ejemplos válidos. Otras adoptan un patrón «ondulante»; ejemplos notorios son algunas formas de tristeza y todas las emociones de fondo. Es claro que son posibles numerosas variaciones de perfil, dependiendo de circunstancias e individuos.

Cuando los estados de emoción tienden a tomarse frecuentes o incluso continuos durante períodos prolongados, es preferible referirse a ellos como talantes (moods). Creo que debemos distinguir los talantes de las emociones de fondo. Una emoción de fondo específica puede ser sostenida en el tiempo hasta crear un «talante». Si la gente piensa que estás de «mal talante» es porque has estado tocando una nota emocional destacada (tal vez tristeza o ansiedad) de manera permanente durante un período considerable, o tal vez porque has cambiado de talante de modo inesperado y frecuente. Cincuenta años atrás te habrían calificado de «neurótico», pero ya nadie es neurótico.

El talante puede ser patológico, y hablamos entonces de desórdenes en el talante. Los prototipos son manía y depresión. Te sientes deprimido cuando la emoción de tristeza se arrastra durante días, semanas o meses; cuando pensamientos melancólicos, llanto o pérdida de apetito, sueño y energía no son solo un estallido ni una onda suave, sino una manera permanente de ser, física y mentalmente. Igual cosa ocurre con la manía. Una cosa es brincar de alegría ante un suceso positivo o sentirse entusiasta respecto de tus posibilidades en la vida, otra es mantener la euforia y exuberancia todo el tiempo, con justificación o sin ella. Para notables descripciones en el tema ver K. R. Jamieson, An unquiet mind (Nueva York: Knopf, 1995); W. Styron, Darkness visible: A memoir of madness (Nueva York: Random House, 1990) y S. Sutherland, Breakdown: A personal crisis and a medical dilemma, edición corregida (Londres: Weidenfeld and Nicolson, 1987). Leer a Robert Robinson para obtener información médica acerca de los desórdenes de talante.

Debido a que los talantes son emociones prolongadas escoltadas por los sentimientos afines, con el tiempo determinan la colección de respuestas que caracterizan a las emociones: cambios endocrinos, cambios en el sistema nervioso autónomo, cambios osteomusculares y cambios en la modalidad de procesamiento de las imágenes. Cuando el conjunto completo de reacciones se despliega persistente e inoportunamente por períodos dilatados de tiempo, el costo para el individuo es prohibitivo. El término afecto o ánimo suele emplearse como sinónimo de talante o emoción, aunque es más general y puede designar la totalidad del tema que discutimos aquí: emociones, humores, sentimientos. Afecto es aquello que manifiestas o experimentas por un objeto o situación en cualquier momento, estés o

no de mal talante. <<

[11] Las diferencias cruciales entre emociones «de fondo» y «convencionales» reposan así en: (1) la fuente del inductor inmediato, que suele ser externo o representar lo exterior en el caso de emociones «convencionales», e interno para las emociones de fondo; y (2) el foco de las respuestas, cuyos blancos privilegian los sistemas osteomusculares y orgánicos en las emociones «convencionales» pero privilegian el medio interno en las de «fondo». Toda la evolución de las emociones debe haber empezado con las emociones de fondo. Cuando comparamos las emociones de fondo con las «seis emociones principales» y las «sociales», notamos un grado creciente de especificidad en el inductor, en las respuestas y en el blanco de las respuestas, y una diferenciación progresiva de controles, de los globales a los

locales. <<

[12] P. Ekman, «Facial expressions of emotions: New findings, new questions»,

Psychological Science 3 (1992): 34-38. <<

[13] Los términos «social» o «secundario» no sugieren que estas emociones se generen solo debido a la educación al interior de una cultura. En un interesante estudio sobre las emociones, Paul Griffiths (What emotions really are, citado ya) señala, con toda justicia, que las emociones secundarias no solo resultan de la cultura; su observación me mostró que no enfaticé bien esta idea en El error de Descartes. Sin duda el papel desempeñado por la sociedad en el cincelado de las emociones secundarias es mayor que en el caso de las primarias. Además, es claro que diversas emociones «secundarias» aparecen tardíamente en el desarrollo humano, tal vez solo después de la maduración de un concepto de self; vergüenza y culpa son ejemplos de este desarrollo tardío. Los recién nacidos no tienen vergüenza ni culpa, pero los niños de dos años sí. Con todo, eso no significa que las emociones secundarias no estén

biológicamente predispuestas, parcial o mayoritariamente. <<

[14] R. Bandler y M. T. Shipley, «Columnar organization in the midbrain periaqueductal gray: Modules for emotional expression?», Trends in Neurosciences 17 (1994): 379-89; M. M. Behbehani, «Functional characteristics of the midbrain periaqueductal gray», Progress in Neurobiology 46 (1995): 575-605; J. F. Bernard y R. Bandler, «Parallel circuits for emotional coping behaviour: New pieces in the

puzzle», Journal of Comparative Neurology 401 (1998): 429-46. <<

[15] Antonio Damasio, T. Grabowski, Hanna Damasio, Antoine Bechara, L. L. Ponto, R. Hichwa, «Neural correlates of the experience of emotion», Society for Neuroscience Abstracts 24 (1998): 258. Nuestro hallazgo de la activación del tronco del encéfalo en las emociones negativas es novedoso, y también lo es el descubrimiento de la activación hipotalámica en la tristeza. La activación de las cortezas ventromediales y prefrontales confirma hallazgos previos de M. E. Raichle,

J. V. Pardo y P. J. Pardo; E. M. Reiman, R. Lane y colegas; y Helen Mayberg. <<

[16] Ver Joseph LeDoux, The emotional brain: The misterious underpinnings of emotional life (Nueva York: Simon and Schuster, 1996) para una reseña de la

investigación del miedo en animales. <<

[17] M. Mishkin, «Memory in monkeys severely impaired by combined but not separate removal of amygdala and hippocampus», Nature 273 (1978): 297-98; Larry Squire, Memory and brain (Nueva York: Oxford University Press, 1987); F. K. D. Nahm, H. Damasio, A. Damasio, D. Tranel, «Crossmodal associations and the human amygdala», Neuropsychologia 31 (1993): 727-44; Leslie Brothers, Friday’s footprint

(ya citado). <<

[18] A. Bechara, D. Tranel, H. Damasio, R. Adolphs, C. Rockland, A. Damasio, «A double dissociation of conditioning and declarative knowledge relative to the

amygdala and hippocampus in humans», Science 269 (1995): 1115-18. <<

[19] R. Adolphs, D. Tranel, A. Damasio, «Impaired recognition of emotion in facial expressions following bilateral damage to human amygdala», Na ture 372 (1994): 669-72. R. Adolphs, H. Damasio, D. Tranel, A. Damasio, «Cortical systems for the recognition of emotion in facial expressions», Journal of Neuroscience 16 (1996):

7678-87. <<

[20] R. Adolphs y A. Damasio, «The human amygdala in social judgement», Nature

393 (1998): 470-74. <<

[21] Curiosamente, cuando se comprometen los mecanismos subyacentes en la emoción, se desorganiza la habilidad de atribuir emoción al mero chip. Andrea Heberlein y Ralph Adolphs demostraron esto en nuestro laboratorio. Los pacientes con daños en sitios inductores específicos de emoción describen la forma y el movimiento de los chips con certeza y sin problemas. Sin embargo, son incapaces de atribuir espontáneamente emociones a los chips o a su interrelación. El manifiesto nivel intelectual de la obra se percibe sin fallas pero el subtexto emocional no se detecta. A. S. Heberlein, R. Adolphs, D. Tranel, D. Kemmerer, S. Anderson y A. Damasio, «Impaired attribution of social meanings to abstract dynamic visual pattems following damage to the amygdala», Society for Neuroscience Abstracts 24 (1998):

1176. <<

[22] Eric R. Kandel, Jerome Schwartz y Thomas M. Jessell, eds., Principles of neural

Science ra , 3 edición (Norwalk, Conn.: Appleton and Lange, 1991). <<

[23] Describí este episodio en El error de Descartes y lo resumo aquí. <<

[24] P. Rainville, G. H. Duncan, D. D. Price, B. Carrier, M. C. Bushnell, «Pain affect encoded in human anterior cingulate but not somatosensory cortex», Science 277 (1997): 968-71; P. Rainville, R. K. Hofbauer, T. Paus, G. H. Duncan, M. C. Bushnell, D. D. Price, «Cerebral mechanisms of hypnotic induction and suggestion», Journal of Cognitive Neuroscience 11 (1999): 110-25; P. Rainville, B. Carrier, R. K. Hofbauer, M. C. Bushnell, G. H. Duncan, «Dissociation of pain sensory and affective

dimensions using hypnotic modulation», Pain (en prensa). <<

[25] Ver A. K. Johnson y R. L. Thunhorst, «The neuroendocrinology of thirst and salt appetite: Visceral sensory signais and mechanisms of central integration», Frontiers in Neuroendocrinology 18 (1997): 292-353, para una reseña acerca del complejo

mecanismo implicado en conductas como la sed. <<