Sentir lo que sucede

Antonio Damasio · Capítulo 3 de 29

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Sentir lo que sucede

1. Introducción

P R I M E R A P A R T E

 

Introducción

Capítulo uno

 

Salir al escenario

 

SALIR AL ESCENARIO

 

Siempre me intrigó el momento específico en que, mientras esperamos sentados en el auditorio, se percibe un movimiento y un intérprete sale al escenario o, para adoptar otra perspectiva, el instante en que un intérprete, esperando en la penumbra, ve abrirse las cortinas revelando las luces, el proscenio, el público.

Sin importar el punto de vista que uno adopte, algunos años atrás entendí que la conmovedora intensidad de ese instante proviene de que encarna una instancia de nacimiento, de paso por el umbral entre un refugio acotado y protegido y la posibilidad y riesgo de un mundo más allá y afuera. Al tiempo que preparo la introducción de este libro y medito lo ya escrito, siento que salir al escenario también es una vigorosa metáfora de la consciencia, del brote de la mente que sabe, de la sencilla y significativa llegada de la sensación de self al mundo de lo mental. Cómo salimos a la luz de la consciencia es precisamente el tópico de este libro. Escribo acerca de la sensación de self y respecto del paso desde la inocencia y la ignorancia a la sapiencia y la individualidad. Mi objetivo específico es evaluar las circunstancias biológicas que permiten esta transición crítica.

Ningún aspecto de la mente humana es fácil de investigar y la consciencia suele ser problema mayor para quienes anhelan entender los soportes biológicos de la mente, aunque la definición del enigma pueda variar considerablemente entre un investigador y otro. Si elucidar la mente es la última frontera de las ciencias biológicas, a menudo la consciencia parece el postrer misterio en el esclarecimiento de la mente. Algunos lo consideran impenetrable.

Con todo, es difícil imaginar un desafío más fascinante para reflexionar e investigar. El tema de la mente en general —y de la consciencia en particular— permite a los seres humanos profesar, hasta su punto más sublime, el deseo de entender y la capacidad de asombro respecto de su propia naturaleza, reconocida por Aristóteles como rasgo distintivo de lo humano. ¿Qué puede ser más arduo que saber cómo sabemos? ¿Qué podría ser más portentoso que el hecho de entender que tener consciencia vuelve posible, y aun inevitable, nuestra interrogante acerca de la consciencia?

Aunque no estimo que la consciencia sea el pináculo de la evolución biológica, creo que es un gran hito en la vasta historia de la vida. Incluso cuando apelamos a la descarnada definición del diccionario —conocimiento que el individuo tiene de sí mismo y sus cambios, y del medio que lo rodea y sus transformaciones— nos es fácil imaginar por qué la consciencia allanó el camino de la evolución humana hacia una nueva categoría de creaciones imposibles sin ella: religión, organización política y social, artes, ciencias y tecnología. Quizás aún más trascendental sea el hecho de que la consciencia sea la función biológica crítica que nos permite conocer la pena o la alegría, el sufrimiento o el placer, vergüenza u orgullo, y también condolemos por amores o vidas perdidas. Sufridos individualmente u observados en el prójimo, el pathos y el deseo son subproductos de la consciencia. No podríamos conocer ninguno de estos estados personales si no tuviéramos consciencia. No culpes a Eva por saber; culpa a la consciencia, y dale las gracias.

Escribo estas líneas en un barrio céntrico de Estocolmo mientras miro por la ventana y observo cómo un anciano endeble se abre paso hacia el transbordador listo para zarpar. Aunque el tiempo apremia, su avance es lento: sus pasos se malogran en el tobillo debido al dolor artrítico. Su cabello es blanco, viste un gabán raído y, cual árbol solitario en campo raso, se inclina levemente debido al viento, bajo la lluvia destemplada. Por fin llega al barco. Trepa con dificultad la empinada escalera hasta alcanzar la pasarela y, asustado por el vértigo, empieza su descenso a cubierta moviendo la cabeza a derecha e izquierda, mirando el entorno y buscando apoyos como si todo su cuerpo clamara: «¿Es aquí? ¿Estoy en el lugar adecuado? ¿Adonde voy ahora?». Y entonces dos marineros de cubierta le ayudan a serenar su último paso, le facilitan el acceso a la cabina con gestos cálidos y parece quedar instalado donde debe. Mi inquietud cede. El barco zarpa.

Ahora deja vagar tu mente y considera que, sin consciencia, el anciano no hubiera conocido su dificultad, acaso su humillación. Sin consciencia, los marineros no habrían respondido con empatia. Sin consciencia, yo no me habría inquietado ni hubiera pensado que algún día quizá sea como él, caminando con la misma penosa perplejidad, sintiendo la misma mortificación. La consciencia amplifica el impacto de los sentimientos en la mente de los personajes que participan en la escena.

En efecto, la consciencia es la clave de una vida examinada para bien o para mal, cédula de novatos para saberlo todo acerca de hambre, sed, sexualidad, lágrimas, risas, golpes, reveses, sentimientos, palabras, historias, credos, música, poesía, felicidad, éxtasis, y para conocer ese flujo de imágenes que denominamos pensamiento. En su estrato más básico y sencillo, la consciencia nos permite sentir el irresistible apremio de seguir vivos y desarrollar una inquietud por nuestra identidad. En su etapa más compleja y elaborada, permite profesar desvelo por el prójimo y refinar el arte de vivir.

 

AUSENTE SIN AUSENTARSE

Hace treinta y dos años, un hombre se sentó frente a mí en una estrafalaria sala de consultas, totalmente circular y pintada de gris. El sol del atardecer resplandecía sobre nosotros a través de un tragaluz mientras charlábamos en voz baja. De pronto, el hombre se interrumpió en mitad de una frase, su rostro perdió vivacidad, su boca abierta se congeló y sus ojos miraron vacuamente un punto en la pared, detrás de mí. Se inmovilizó algunos segundos. Aunque pronuncié su nombre, no contestó. Entonces se movió un poco, lamió sus labios, sus ojos miraron la mesa y pareció ver una taza de café —sin duda así fue porque cogió la taza y bebió de ella— y un florero metálico pequeño. Le hablé nuevamente y nuevamente no respondió. Tocó el florero. Pregunté qué sucedía y nada dijo: su rostro carecía de expresión. Entonces se irguió y yo me puse nervioso, no sabía qué esperar. Dije su nombre, pero no habló. ¿Cuándo terminaría esto? Luego giró y se dirigió con calma hacia la puerta. Me levanté y lo llamé de nuevo. Se detuvo, me miró y alguna expresión volvió a su rostro: parecía perplejo. Le hablé otra vez y dijo: «¿Qué?».

Por un instante, que pareció durar siglos, este individuo padeció una desorganización de consciencia. Desde el punto de vista neurológico, tuvo una crisis de ausencia seguida de un automatismo de ausencia, dos de entre las muchas manifestaciones de la epilepsia, una condición causada por una disfunción cerebral. Aunque no era la primera vez que presenciaba un deterioro de consciencia, fue la más extraña. Por experiencia propia sabía qué era caer en un desvanecimiento imprevisto y retomar a la consciencia: me desvanecí una vez, de niño, en un accidente, y siendo adolescente me administraron anestesia general. Además, había visto personas en coma y observado las características de la inconsciencia en otras personas. Sin embargo, en esas oportunidades —así como en el dormir o el despertar— la pérdida de consciencia era radical, algo semejante a un corte de electricidad. Pero lo que acababa de ver en el cuarto gris y circular era más desusado. El paciente no cayó al suelo, comatoso, ni se durmió. Estaba y no estaba allí, sin duda despierto, en parte atento, por cierto comportándose, de cuerpo presente, pero indistinto como persona, ausente sin ausentarse.

El episodio me marcó y fui dichoso el día que fui capaz de interpretarlo. Entonces no sabía, pero ahora sé que había presenciado la afilada transición entre una inteligencia consciente y una mente privada de sensación de identidad. Durante el episodio, la atención del individuo, su destreza elemental para distinguir objetos y su capacidad para navegar en el espacio permanecieron intactas. Tal vez perduró la esencia de sus procesos mentales, por lo menos en lo tocante a los objetos que lo rodeaban, pero cesó su sensación de self y de saber. Quizá, sin que yo lo notara, aquel día empezara a perfilarse mi noción de consciencia y, a medida que presenciaba casos comparables, creció mi idea acerca de la sensación de self como parte indispensable de la mente consciente.

A la vez fascinado por el desafío científico que planteaba la consciencia y repelido por las secuelas humanas de su deterioro en los desórdenes neurológicos, al giro de los años conservé el interés en el tema, pero me mantuve a distancia. Puesto a elegir, hubiera preferido no presenciar el drama de las situaciones en que el daño cerebral causa coma o estados vegetativos persistentes, condiciones en que la consciencia sufre un menoscabo radical. Pocas cosas son tan ingratas como observar la súbita y forzosa desaparición de la mente consciente en alguien que sigue vivo, y pocas cosas son tan tristes de explicar a los familiares. ¿Cómo mirar a una persona a los ojos y decirle que el estado tranquilo de su compañero de toda la vida puede parecer sueño, pero no es sueño? ¿Que nada es benigno ni restaurador en esta manera de descansar? ¿Que el ser otrora sensitivo acaso no recupere nunca la consciencia? Pero aun si mi vida de neurólogo no me hubiera hecho ser cauteloso ante el tema de la consciencia, mi vida como neurocientista habría reforzado mi decisión de no escrutar el problema. Investigar la consciencia no era algo que hiciera antes de ejercer un cargo con propiedad, e incluso después era tema que se tomaba con pinzas. Solo en años recientes la consciencia se ha convertido en tópico relativamente sólido de

investigación científica[1].

Ahora bien, el motivo que me impulsó poco tuvo que ver con la sociología de los estudios acerca de la consciencia. Por cierto no había planeado investigarlo hasta que un impasse me forzó. El impasse tuvo que ver con mi trabajo acerca de las emociones, lo que significa que puedo imputar las consecuencias a las pasiones del

alma[2].

Así estaban las cosas: podía entender bastante bien de qué manera las diversas emociones se inducían en el cerebro y desempeñaban su papel en el teatro del cuerpo. También podía imaginar cómo se engramaba la inducción de emociones —y los subsecuentes cambios corporales— en diversas estructuras cerebrales capaces de cartografiar las alteraciones, generando el substrato de sentimientos y emociones. Pero por mi vida que no podía entender cómo el organismo que experimentaba la emoción llegaba a conocer el substrato de sentimiento: era incapaz de articular una explicación satisfactoria de la manera en que el organismo sensitivo percibe aquello que las criaturas conscientes denominamos sentimientos. ¿Mediante qué mecanismos adicionales cada uno de nosotros sabe que un sentimiento ocurre dentro de los límites de nuestro propio organismo? ¿Qué acontece en el organismo y, más precisamente, qué sucede en el cerebro cuando sabemos que sentimos emoción o dolor o, para el caso, cuando sabemos cualquier cosa? Allí topé con el obstáculo de la consciencia; específicamente, topé con el obstáculo del self, porque, para concertar las señales que fabrican la percepción de un sentimiento por el organismo que lo experimenta, se precisa una sensación de self.

Entendí que la superación del obstáculo del self, lo que desde mi punto de vísta suponía la comprensión de sus fundamentos neurales, podía ayudamos a entender los distintos impactos biológicos de tres fenómenos estrechamente vinculados, aunque diversos: la emoción, el sentimiento de la emoción, y saber que sentimos la emoción. No menos importante, superar el obstáculo del self también podía ayudar a elucidar los soportes neurales de la consciencia en general.

 

EL PROBLEMA DE LA CONSCIENCIA

 

¿Cuál es pues el problema de la consciencia desde una perspectiva neurobiológica? Por más que vea el enigma del self como desafío crucial en el esclarecimiento de la consciencia, es importante aclarar que su misterio no se confina al self. Puesto de la manera más sencilla, veo que la incógnita de la consciencia es la combinación de dos problemas íntimamente vinculados. El primero es entender cómo el cerebro, al interior del organismo humano, engendra los patrones mentales que denominamos — a falta de un término mejor— imágenes de un objeto. Incluyo en objeto entidades tan diversas como personas, lugares, melodías, dolor de muelas, dicha; con imagen aludo a un patrón mental en cualquiera de los registros sensoriales: imagen sonora, imagen táctil o imagen de bienestar transmitida por sentidos viscerales. Estas imágenes transmiten aspectos de las características físicas del objeto y pueden, además, traducir la reacción de simpatía o repulsa que uno puede sentir por un objeto, los planes que pueden formularse a su respecto, o la malla de relaciones de ese objeto con otros. Con cierta ingenuidad, el primer dilema de la consciencia es el problema de saber cómo recibimos una «película en el cerebro», siempre que entendamos que en esta cruda metáfora la película posee pistas sensoriales tan diversas como puertas sensoriales posee nuestro sistema nervioso: visión, sonido, sabor, olfato, tacto, sentidos internos, y así. (Véase el glosario en el Apéndice para un comentario acerca del uso de vocablos como imagen, representación y mapa).

Desde la óptica de la neurobiología, solucionar este primer problema consiste en descubrir la forma en que el cerebro construye patrones neurales en sus circuitos de células nerviosas, y cómo se las ingenia para convertir estos patrones neurales en aquellos patrones mentales explícitos que constituyen el rango más alto del fenómeno biológico que me gusta denominar «imágenes». Por necesidad, la solución del problema abarca la interpelación filosófica de los qualia. Qualia son las cualidades sensoriales básicas que se hallan en el azul del cielo o en el timbre de sonido que produce una viola, los componentes fundamentales de las imágenes en la metáfora fílmica. Creo que estas cualidades llegarán a ser definidas neurobiológicamente,

aunque por ahora la explicación neurológica sea incompleta y presente un vacío[3].

En lo tocante al segundo problema, éste plantea cómo, junto con la génesis de patrones mentales para un objeto, el cerebro engendra además la sensación de self en el acto de conocer. Para ayudarme a esclarecer lo que denomino self y saber, te ruego verificar su presencia en tu mente en este instante preciso.

Miras esta página, lees el texto y a medida que avanzas construyes el significado de mis palabras. Pero tu preocupación por texto y significado describe mal y poco lo que ocurre en tu mente. En paralelo con la representación de las palabras impresas y con el ejercicio de conocimiento conceptual requerido para entender lo que escribí, tu mente despliega también algo más, algo que basta para indicar, momento a momento, que tú y no otra persona estás involucrado en el acto de leer y entender el texto. Las imágenes sensoriales de lo que percibes externamente, y las imágenes asociadas que evocas, ocupan la mayor parte de tu mente, aunque no toda. Junto a esas imágenes se halla también esa otra presencia que te identifica como observador de las cosas imaginadas, dueño de las cosas imaginadas, actor potencial de las cosas imaginadas. En ti hay una presencia que guarda una relación singular con algún objeto. De no existir esa presencia, ¿cómo habrían de pertenecerte tus pensamientos? ¿Quién podría decir que así es? La presencia es silenciosa y sutil, a veces poco más que un «indicio a medias insinuado», «ofrenda apenas entendida», para emplear las palabras de T. S. Eliot. Más adelante propondré que la forma más simple de tal presencia también es una imagen, en realidad el tipo de imagen que constituye un sentimiento. En ese sentido tu presencia es el sentir lo que sucede cuando el acto de aprehender algo modifica tu ser. La presencia jamás descansa, desde el despertar hasta el dormir. La presencia debe estar allí o no hay tú.

La solución de este segundo problema precisa entender cómo, conforme escribo, tengo una sensación de mí, y cómo tú tienes una sensación de ti a medida que lees; de qué manera sentimos que el conocimiento propietario que tú y yo conservamos en nuestras mentes se perfila desde una perspectiva particular, esto es, la del individuo adentro del cual se forma, y no en alguna perspectiva canónica, como un molde que sirve para todas. Además, la conclusión requiere entender de qué manera las imágenes de un objeto —y sus concomitantes matrices complejas de relaciones, reacciones y planes— se experimentan en calidad de propiedad mental inequívoca de un dueño automático que, para todos los efectos, es el que percibe, observa, sabe, piensa y potencialmente actúa. Este segundo problema es más arduo en tanto sabemos que la solución tradicional —el homúnculo o criatura encargada de saber— es a todas luces errónea. No hay tal homúnculo, metafísico o en el cerebro, sentado en un teatro cartesiano cual un auditorio de uno solo, esperando que los objetos

salgan al escenario[4]. En otras palabras, solucionar el problema de la consciencia es descubrir los soportes biológicos de la curiosa habilidad humana de construir, no solo los patrones mentales de un objeto —imágenes de personas, lugares, melodías y sus relaciones, esto es, las imágenes temporal y espacialmente unificadas de algo por conocer—, sino también los patrones mentales que transmiten, automática y naturalmente, la sensación de self en el acto de conocer. La consciencia, tal como en general la pensamos, es, desde sus niveles básicos a los más complejos, el patrón mental unificado en el que se conjugan el objeto y el self.

Así, en último término la neurobiología de la consciencia enfrenta por lo menos dos problemas: el problema de la generación de la película en el cerebro, y el problema de cómo el cerebro engendra, además, la sensación de que hay un dueño y observador del filme. Ambos problemas están tan intrincadamente relacionados que el segundo se cobija en el primero. En efecto, el segundo problema es generar la apariencia de un dueño y observador del filme dentro del filme; y los mecanismos fisiológicos detrás del segundo problema tienen una influencia sobre los mecanismos que subyacen al primero. Ahora bien, pese a la intimidad de los problemas, separarlos es una manera de escindir el problema en partes y tornar más manejable la

investigación completa de la consciencia[5].

El propósito de este libro es describir un intento de salvar el obstáculo de la consciencia enfocando directamente el problema del self, sin por ello descuidar ni minimizar el «otro» problema de la consciencia. El citado impasse con las emociones urgió el intento, que ahora ha rebasado la interpelación de ese tema específico. El libro puntualiza mi concepción de qué es la consciencia, en términos mentales, y la manera en que el cerebro humano puede fabricar la consciencia. No pretendo haber solucionado el enigma y, pese a algunos aportes novedosos y sustanciales, en este momento de la historia de la ciencia cognoscitiva y neurológica soy algo escéptico con relación a la solución del problema en sí. Solo espero que las ideas presentadas aquí ayuden al eventual esclarecimiento del problema del self desde una perspectiva

biológica[6].

El trasfondo del texto es un programa de investigación en curso que se sustenta en vías dispares de actividad investigadora: estudio de hechos atisbados al cabo de muchos años de observar a pacientes neurológicos con desórdenes mentales o conductuales, y en los hallazgos afines surgidos en análisis neuropsicológicos experimentales; postulación de teorías acerca de los procesos de consciencia tal cual ocurren en la condición humana normal, sobre la base de evidencias recogidas en la biología general, la neuroanatomía y la neurofisiología; y diseño de hipótesis comprobables acerca de los soportes neuroanatómicos de la consciencia, hipótesis informadas por la reflexión y la teoría.

 

UN ACERCAMIENTO A LA CONSCIENCIA

 

Antes de avanzar más, es preciso decir algunas palabras sobre la manera de enfocar el problema que hemos definido. Sería magnífico que los contenidos de nuestra mente estuvieran aun más superpuestos de lo que están, de manera que yo pudiese escribir este libro en pistas paralelas y tú pudieras leer simultáneamente acerca de presunciones teóricas, métodos científicos y hechos fundadores. Pero operamos en el mundo de la física clásica y debo recurrir a dispositivos de épocas isabelinas: incisos y digresiones. Prometo ser breve y limitarme a lo esencial.

 

Mente, conducta y cerebro

La consciencia es un fenómeno privado, en primera persona, que ocurre como parte

del proceso íntimo y propio que denominamos mente[7]. Ahora bien, consciencia y mente están muy vinculadas con conductas externas observables por terceros. Compartimos estos fenómenos —mente, consciencia dentro de la mente, y conductas —, cuya mutua relación conocemos bastante bien por nuestro propio autoanálisis y nuestra natural propensión a analizar a terceros. Tanto la sabiduría como las ciencias de la mente y la conducta humana se basan en esta incontrovertible correlación entre lo privado y lo público: mente personal por una parte, y conducta ajena por otra. Por suerte para quienes también anhelamos entender los mecanismos subyacentes en conducta y mente, ocurre que mente y conducta se vinculan de manera íntima con las funciones de los organismos vivos y específicamente con las funciones del cerebro al

interior de aquellos organismos[8]. El poder de esta triangulación de mente, conducta y cerebro se conoce hace ya más de siglo y medio, desde que los neurólogos Paul Broca y Carl Wernicke descubrieron una conexión entre el lenguaje y ciertas regiones del hemisferio cerebral izquierdo. La triangulación tuvo un muy fructífero desarrollo: los mundos tradicionales de la filosofía y la psicología sumaron paulatinamente sus fuerzas al ámbito biológico y crearon una alianza productiva, aunque exótica. Por ejemplo, gracias a la distendida federación de enfoques científicos conocidos con el apelativo de «neurociencia cognoscitiva», la alianza permitió nuevos avances en la comprensión de la memoria, la visión y el lenguaje. Hay sobradas razones para esperar que la alianza nos asista también en la comprensión de la consciencia.

A lo largo de las últimas dos décadas, el trabajo en neurociencia se tornó particularmente gratificante. El desarrollo de nuevas técnicas de observación del cerebro en términos de su estructura y función permite vincular conductas observadas —clínica o experimentalmente— no solo con el complemento mental de tal conducta, sino con indicadores específicos de estructura o actividad cerebral.

Permítanme ofrecer algunos ejemplos. Durante mucho tiempo, las piedras angulares en el estudio de la base neural de la mente fueron las áreas con daños cerebrales circunscritos, causados por desórdenes neurológicos y conocidos con el apelativo de lesiones. Estas lesiones solían revelarse solo en la autopsia, a veces años después de haber concluido el estudio del paciente. La separación temporal demoraba el proceso de análisis y engendraba cierta inseguridad en la correlación entre anatomía y conducta. Los desarrollos tecnológicos recientes nos permiten analizar las lesiones mediante reconstrucciones tridimensionales del cerebro de un paciente vivo, llevadas a cabo en paralelo con observaciones conductuales o cognoscitivas. La reconstrucción aparece en la pantalla de la computadora, y se basa en sofisticadas manipulaciones de datos primarios obtenidos gracias a una resonancia magnética, capaz de exhibir con gran fidelidad las estructuras neurales y permitir una minuciosa disección del cerebro en el espacio virtual, no en un banco de laboratorio. La importancia de este adelanto reside en que una lesión analizada en detalle y a tiempo sirve de sonda para verificar hipótesis acerca de la manera en que el cerebro ejerce determinada función o conducta mental. Por ejemplo, podemos postular que un sistema —compuesto de cuatro regiones cerebrales A, B, C, D, conectadas entre sí— opera de una manera específica. Luego predecimos la índole de cambios que deberían ocurrir cuando, digamos, se destruye la región C. Para probar la validez del vaticinio estudiamos cómo se comportan los pacientes con una lesión en el área C mientras desempeñan una tarea determinada. Similar orientación se aplica en otro ámbito de reciente evolución en neurociencia, la neurobiología molecular. Por ejemplo, se desactiva experimentalmente un gen en una rata, causando así una «lesión» (en jerga científica este procedimiento se denomina knock-out, noqueo). Los investigadores pueden entonces determinar si las consecuencias del noqueo corresponden a las

secuelas vaticinadas[9].

Otro ejemplo de una nueva pauta de indicador cerebral es la mayor o menor actividad en alguna zona como la revela un PET (positron emission scan, escaneo por emisión de positrones) o una resonancia magnética funcional por imágenes (fMRI). Estos instrumentos pueden emplearse en personas sanas, no solo en pacientes con desórdenes cerebrales. Nuevamente, para verificar la validez de la hipótesis se usa una predicción específica respecto de la actividad de cierta región durante el desempeño de una tarea mental determinada.

Otros indicadores son los cambios en la conductividad eléctrica de la piel, o las alteraciones de los potenciales eléctricos y sus campos magnéticos afines medidas en el cuero cabelludo, o también variaciones en potenciales eléctricos registradas directamente en la superficie del cerebro durante cirugías destinadas a tratar la epilepsia. Es notable que la aplicación de estas nuevas técnicas no interrumpa la posibilidad de establecer complejos vínculos entre mente privada, conducta pública y funciones cerebrales. Las interconexiones pueden extenderse a nuevas esferas de saber —que abarcan anatomía y función del sistema nervioso— captadas por neuroanatomistas experimentales, neurofisiólogos, neurofarmacólogos y neurobiólogos que estudian eventos moleculares en células nerviosas individuales y pueden, a su vez, relacionar estos eventos con la composición y acción de genes específicos. Los hechos registrados recientemente sobre la base de estos desarrollos permiten postular teorías cada vez más prolijas acerca de la relación entre cerebro y ciertos aspectos de mente y conducta. La mente privada del organismo, la conducta pública del organismo y su cerebro oculto pueden unirse en la aventura de teorizar, y de la aventura surgen hipótesis que pueden ser comprobadas de manera experimental, juzgadas según sus méritos y por ende admitidas, refutadas o corregidas. (Véase el Apéndice para los fundamentos de anatomía y organización del cerebro).

 

Reflexión sobre evidencias neurológicas y neuropsicológicas

Los resultados de observaciones neurológicas y de experimentos neuropsicológicos revelan numerosos hechos que fueron el punto de partida de las ideas presentadas aquí. El primero es la posibilidad de vincular algunos aspectos de los procesos de consciencia con la operación de regiones y sistemas cerebrales específicos, lo que permite vislumbrar la arquitectura neural que fundamenta la consciencia. Las regiones y los sistemas en cuestión se agrupan en un conjunto limitado de territorios encefálicos, lo que autoriza a predecir que no solo podremos vincularlos con funciones tales como la memoria o el idioma, sino que habrá una anatomía de la consciencia. Uno de los propósitos de este libro es presentar hipótesis anatómicas verificables acerca del proceso de consciencia.

El segundo hecho es la posibilidad de separar consciencia y vigilia, así como consciencia y atención difusa. Este hecho se basó en la evidencia de que algunos pacientes pueden estar despiertos y atentos sin consciencia normal, como lo atestiguó el hombre del cuarto circular. En los capítulos 3 y 4 discuto sobre este tipo de pacientes y evalúo la significación teórica de su condición.

El tercer hecho, y acaso el más representativo, es que no se puede separar consciencia y emoción. Como se examina en los capítulos 2, 3 y 4, suele suceder que el estropicio de consciencia afecte las emociones. De hecho, el tema principal de este libro es el vínculo entre emoción y consciencia por una parte, y entre ambas y el cuerpo por otra.

El cuarto hecho es que la consciencia no es un monolito, por lo menos en los humanos: puede ser separada en modalidades sencillas o complejas, y la evidencia neurológica trasluce esta escisión. La forma más sencilla, que denomino consciencia nuclear, suministra al organismo una sensación de self acerca de un momento — ahora— y respecto de un lugar: aquí. El ámbito de la consciencia nuclear es el aquí y ahora: no esclarece el futuro y el único pasado que nos permite atisbar es el que acaba de ocurrir. No hay un lugar distinto, no hay antes ni después. Por otra parte, la modalidad compleja de consciencia, que denomino consciencia ampliada, cuyos grados y niveles son varios, otorga al organismo una elaborada sensación de self — una identidad y una persona, tú, yo, nada menos— e instala a la persona en un punto determinado de su historia individual, dotándola de abundante información acerca del pasado vivido y el futuro previsto, y capacitándola para conocer el mundo circundante.

En suma, la consciencia nuclear es un fenómeno biológico sencillo: posee un solo nivel de organización, es estable a lo largo de la vida del organismo, no es privativa de los humanos ni depende de la memoria convencional, de la memoria operativa, del razonamiento ni del lenguaje. Por su parte, la consciencia ampliada es un fenómeno biológico complejo: posee varios niveles de organización y evoluciona a lo largo de la vida del organismo. Aunque creo que esta modalidad ampliada también está presente —en grados más elementales— en organismos no humanos, solo alcanza su más elevado desarrollo en los humanos. Depende de la memoria convencional y de la memoria operativa. El lenguaje la perfecciona asimismo cuando alcanza su cima humana.

El supersentido de la consciencia nuclear es el primer paso en el sendero del saber, y no esclarece la totalidad del ser. El supersentido de la consciencia ampliada, en cambio, finalmente hace salir al escenario la construcción plena del ser. La consciencia ampliada percibe tanto el pasado como el futuro posible junto con el aquí y ahora, en una visión panorámica tan amplia como la de una novela épica.

Si es verdad que la consciencia nuclear es el rito de paso del saber, también es cierto que solo la consciencia ampliada brinda los niveles de conocimiento que permiten la creatividad humana. Cuando pensamos en lo gloriosa que es la consciencia, y cuando la consideramos rasgo específicamente humano, estamos pensando en la consciencia ampliada en su expresión más enaltecida. Ahora bien, y como veremos, no es una variedad independiente de consciencia: por el contrario, se construye sobre la base de la consciencia nuclear. El aguzado escalpelo del trastorno neurológico revela que los deterioros de la consciencia ampliada dejan incólume la consciencia nuclear. A la inversa, los menoscabos que empiezan en la consciencia nuclear demuelen la fábrica completa: también se derrumba la consciencia ampliada. La gloria de la consciencia requiere el realce de ambos tipos de consciencia. Pero si debemos elucidar esta gloriosa combinación será adecuado empezar por entender la

modalidad más sencilla y fundadora: la consciencia nuclear[10].

Casualmente, ambos tipos de consciencia corresponden a dos modalidades de self. La sensación de self que emerge en la consciencia nuclear es el self nuclear, entidad efímera recreada sin pausa para cada objeto que interactúa con el cerebro. Nuestra noción tradicional de self, empero, se vincula con la idea de identidad y corresponde a la colección no perecedera de hechos únicos y maneras de ser que caracterizan a una persona. Mi término para esta entidad es self autobiográfico. El self autobiográfico depende de recuerdos sistematizados de situaciones donde la consciencia nuclear percibió las características más invariables de la vida del organismo: cuándo, dónde y de quién naciste, tus gustos y repugnancias, la forma en que sueles reaccionar ante un problema o conflicto, tu nombre, etc. Empleo la expresión memoria autobiográfica para describir el registro ordenado de los sucesos cruciales en la biografía de un organismo. Ambas modalidades de self se relacionan entre sí, y en el capítulo 6 explico de qué manera el self autobiográfico brota del self nuclear.

Un quinto hecho: suele suceder que la consciencia se explique desde el punto de vista de otras funciones cognoscitivas como lenguaje, memoria, razón, atención y memoria de trabajo u operativa. Aunque estas funciones son sin duda necesarias para que los rangos más altos de la consciencia ampliada operen normalmente, el estudio de pacientes neurológicos sugiere que no son necesarias en la consciencia nuclear. Por consiguiente, una teoría de la consciencia no solo debe especular cómo memoria, razón y lenguaje ayudan a construir, desde la cúspide hacia la base, una interpretación de lo que acontece en mente y cerebro. Memoria, inferencias inteligentes y lenguaje son, por supuesto, cruciales en la generación de lo que denomino self autobiográfico y proceso de consciencia ampliada. Ciertamente, alguna interpretación de los eventos que acontecen en un organismo puede surgir después de la implantación del self autobiográfico y de la consciencia ampliada, pero no creo que la consciencia empezara así, en tan alto nivel de jerarquía cognoscitiva, y tan tarde en la historia de la vida y de cada uno de nosotros. Postulo que las formas más primitivas de consciencia anteceden a inferencias e interpretaciones: son parte de la transición biológica que finalmente habilita las inferencias e interpretaciones. Así, una teoría de la consciencia debería incluir la índole de fenómenos más sencillos y fundadores, que ocurren en la vecindad de la representación inconsciente del organismo para cuyo beneficio se monta todo el espectáculo, y que puede cimentar los ulteriores desarrollos de identidad y persona.

Además, una teoría de la consciencia no debe ser solo una teoría acerca de la manera en que el cerebro percibe la imagen de un objeto. Tal como lo veo, la atención difusa natural precede a la consciencia, en tanto que la atención enfocada o concentrada es posterior al despliegue de la consciencia. La atención es tan necesaria a la consciencia como la posesión de imágenes. Pero no basta para la consciencia, y no es igual a ella.

Por último, una teoría de la consciencia no solo debe evaluar cómo el cerebro crea escenas mentales integradas y unificadas, aunque la producción de estas escenas sea un aspecto importante de la consciencia, especialmente en sus grados más refinados. Esas escenas no existen en un vacío. Creo que están integradas y unificadas a causa de la singularidad del organismo y para beneficio de ese organismo en particular. Los mecanismos que estimulan la integración y unificación de la escena deben ser aclarados.

Al enfocar mi explicación en la manera en que la sensación de self aparece en la mente en el acto de conocer un objeto, me expongo a la crítica de que solo interpelo el problema de la así llamada consciencia de sí mismo, descuidando el resto del problema, esto es, el problema de los qualia. Contestaría la crítica como sigue. Si «consciencia de sí mismo» equivale a «consciencia con sensación de self», la expresión abarca toda la consciencia humana; y no existe otro prototipo de consciencia, que yo sepa. Agregaría que el estado biológico que describimos como sensación de self y la maquinaria biológica responsable de su génesis pueden desempeñar un papel en la optimización del procesamiento de los objetos por conocer: quizá la sensación de self no solo sea necesaria para conocer en sentido propio, tal vez pueda influir en el procesamiento de cualquier cosa por conocer. En otras palabras, los procesos biológicos planteados en el segundo problema pueden desempeñar un papel en los procesos biológicos planteados en el primero. Cuando interpelo el problema del self, interrogo el tema de los qualia con relación a la

representación del organismo que posee consciencia[11].

EN BUSCA DEL SELF

 

¿Cómo sabemos que vemos un objeto determinado? ¿Cómo tomamos consciencia de ello, en la acepción plena del término? ¿Cómo se implanta en la mente la sensación de self en el acto de conocer? El camino hacia una respuesta posible a las interrogantes acerca del self se abrió solo después de que enfoqué el problema de la consciencia en términos de dos actores clave —organismo y objeto— y de las relaciones que estos actores mantienen durante sus interacciones naturales. El organismo en cuestión es aquel donde ocurre la consciencia; el objeto en cuestión es cualquier objeto que llega a ser conocido en el proceso de consciencia, y las relaciones entre organismo y objeto son los contenidos de ese conocimiento que denominamos consciencia. Vista desde este ángulo, la consciencia consiste en construir conocimiento acerca de dos hechos: que el organismo se involucra en la relación con algún objeto, y que en la relación el objeto produce un cambio en el organismo.

La nueva perspectiva vuelve gobernable el problema de la construcción biológica de la consciencia. El proceso de construcción de conocimiento precisa de un cerebro y de las propiedades de señalización con que los cerebros pueden ensamblar patrones neurales y formar imágenes. Los patrones neurales e imágenes necesarios para que ocurra la consciencia son representantes del organismo, del objeto y de la relación entre ambos. Desde este marco de referencia, entender la biología de la consciencia se transforma en descubrir cómo el cerebro puede cartografiar los dos actores y las relaciones que mantienen.

El problema general de representar el objeto no es particularmente enigmático. Estudios profundos en percepción, aprendizaje y memoria nos dieron una idea de cómo el cerebro procesa un objeto en términos sensoriales y motores, y una idea acerca de la manera en que el conocimiento de un objeto puede ser almacenado en la memoria, dispuesto en términos conceptuales o lingüísticos, y recuperado en modalidades evocativas o de reconocimiento. Aunque todavía no se han elaborado los detalles neurofisiológicos de estos procesos, los contornos del problema son comprensibles. Desde mi perspectiva, la neurociencia dedicó la mayoría de sus esfuerzos a entender la base neural de lo que veo como «objeto poderdante» (object proxy). En el juego relacional de la consciencia, el objeto se exhibe bajo la forma de patrones neurales en las cortezas sensoriales apropiadas para cartografiar sus características. Por ejemplo, en el caso de los aspectos visuales de un objeto, se construyen los patrones neurales en una variedad de regiones de las cortezas visuales, no en una o dos sino en muchas, que trabajan de manera concertada para cartografiar

los variados aspectos del objeto en términos visuales[12]. Por parte del organismo, empero, las cosas son bastante diferentes. Para indicar cuán diferentes, permíteme sugerir un ejercicio.

Alza tus ojos de esta página y mira cualquier cosa delante de ti, observa atentamente y retorna a la página. Al hacerlo, las múltiples estaciones de tu sistema visual —de las retinas a diferentes zonas de la corteza cerebral— abandonaron el mapa de la página, cartografiaron el cuarto delante de ti, y volvieron a cartografiar la página. Ahora gira en 180 grados y mira lo que está detrás de ti. Nuevamente el mapa de la página se desvaneció para que el sistema visual pudiera cartografiar la nueva escena que contemplaste. La moraleja de la historia es la siguiente: en rápida sucesión, precisamente las mismas regiones cerebrales construyeron mapas completamente distintos, gracias a los diferentes montajes motores asumidos por el organismo y a las abundantes entregas (inputs) que el organismo captó. La imagen construida en las múltiples pantallas del cerebro cambió notablemente.

Ahora considera lo siguiente: mientras tu sistema visual cambiaba a merced de los objetos que cartografiaba, diversas regiones de tu cerebro —poseedoras de mapas preajustados que representan variados aspectos de tu cuerpo, y cuya tarea es regular el proceso de la vida— no cambiaron en absoluto desde el punto de vista del tipo de objeto que representaban. El cuerpo siguió siendo el «objeto» todo el tiempo, y seguirá siéndolo hasta la muerte. Pero no solo el tipo de objeto fue igual: el grado de cambio en el objeto —el cuerpo— fue muy menor. ¿Por qué? Porque solo una acotada gama de estados corporales es compatible con la vida, y porque el organismo está genéticamente diseñado para mantener esta menguada gama, y equipado para buscarla contra viento y marea.

En esta situación tenemos, por lo tanto, una enigmática asimetría que puede ser fraseada como sigue: algunas partes del cerebro son libres de vagar por el mundo y, al hacerlo, tienen libertad para cartografiar cualquier objeto que el organismo les permita cartografiar. A la inversa, otras zonas del cerebro —aquellas que representan el propio estado del organismo— no tienen libertad para vagar. Están atascadas. Solo pueden cartografiar el cuerpo, y lo hacen mediante mapas vastamente preajustados: son el auditorio cautivo del cuerpo, y están a merced de la mismidad dinámica del cuerpo.

Tras esta asimetría hay varias razones. Primera: desde el punto de vista de su cualidad, la composición y función general del cuerpo viviente es invariable a lo largo de la vida. Segunda: los cambios corporales, que ocurren sin tregua, son cuantitativamente pequeños. Poseen una gama dinámica estrecha porque la supervivencia del cuerpo exige que éste opere dentro de un rango limitado de parámetros: el estado corporal interno debe ser estable en comparación con el entorno que lo rodea. Tercera: el cerebro gobierna esta condición equilibrada por medio de una exquisita maquinaria neural, diseñada para detectar variaciones mínimas en los parámetros del perfil químico interno del cuerpo, y para comandar acciones destinadas a corregir, directa o indirectamente, las variaciones detectadas. (Trataré la neuroanatomía de este sistema en el capítulo 5; el sistema no se compone de una sino de muchas unidades; las más importantes están situadas en el tronco del encéfalo, el hipotálamo y el cerebro anterior basal). En resumen, en el juego relacional de la consciencia el organismo es la unidad total de nuestro ser viviente, de nuestro cuerpo, por así decir, y la parte del organismo denominada cerebro posee en su interior una suerte de modelo del todo. Es un hecho curioso, notable y descuidado, y tal vez sea la pista más importante para hallar los posibles soportes de la consciencia.

He llegado a pensar que el organismo, tal como está representado en nuestro cerebro, es un posible antecesor biológico de lo que finalmente se convierte en la esquiva sensación de self. Las raíces profundas del self, incluyendo al self elaborado que abarca identidad y ser persona (personhood), se hallan en el conjunto de dispositivos encefálicos que continua y no conscientemente mantienen el estado corporal dentro de la estrecha gama y relativa estabilidad necesarias para la supervivencia. Estos dispositivos representan de modo continuo y no consciente el estado del cuerpo vivo en sus diversas dimensiones. Denomino el estado de actividad dentro del conjunto de tales dispositivos con el apelativo de proto-self, o antecesor no consciente para los distintos niveles de self que aparecen en nuestras mentes como protagonistas conscientes de la consciencia, esto es, el self nuclear y el self autobiográfico.

Por si algún lector teme en este punto que yo estuviese cayendo en el abismo del homúnculo, digo de inmediato y con vehemencia que no es así. El «modelo de cuerpo-en-el-cerebro» al que aludo nada tiene que ver con la rígida criatura homuncular de vetustos textos neurológicos. Nada en el modelo se asemeja a una persona diminuta dentro de una persona grande: el modelo no «percibe» nada ni «sabe» nada; no habla ni construye consciencia. En vez de eso, es una colección de dispositivos encefálicos cuya tarea principal es el gobierno automático de la vida del organismo. Como discutiremos más adelante, el gobierno de la vida se logra mediante una variedad de acciones regulatorias dispuestas ingénitamente: secreción de sustancias químicas como hormonas, y movimientos en visceras y extremidades. El despliegue de estas acciones depende de la información suministrada por mapas neurales vecinos que señalizan, momento a momento, el estado del organismo entero. Más importante aun, ni los dispositivos que regulan la vida ni sus mapas corporales son generadores de consciencia, aunque su presencia es indispensable para los mecanismos que construyen la consciencia nuclear.

La cuestión clave, como se arguye en el capítulo 5, es la siguiente: en el juego relacional de la consciencia, el organismo se representa —abundante y diversamente — en el cerebro, y esta representación se vincula con el mantenimiento del proceso vital. Si esta idea es correcta, vida y consciencia —en particular los aspectos de la consciencia relativos al self— están indeleblemente entrelazadas.

 

POR QUÉ PRECISAMOS CONSCIENCIA

 

Si te parece sorprendente la conexión entre vida y consciencia, considera lo siguiente: la supervivencia depende de hallar e incorporar fuentes de energía, y de prevenir todo tipo de situaciones que amenacen la integridad de los tejidos vivientes. Sin duda es verdad que, sin acción, organismos como los nuestros no sobrevivirían, puesto que las fuentes de energía requeridas para renovar su estructura y preservar su vida no se hallarían ni domeñarían en beneficio del organismo, para qué hablar de evitar amenazas ambientales. Pero la acción, por sí sola, sin imágenes para guiarla, no nos llevaría muy lejos. Las buenas acciones precisan de la compañía de imágenes buenas. Las imágenes nos permiten elegir en repertorios previos de patrones de acción y optimizar el desempeño del acto elegido: podemos, más o menos deliberadamente, más o menos automáticamente, revisar en nuestra mente las imágenes que representan diferentes opciones de acción, variados escenarios, diversos resultados de la acción. Podemos elegir y escoger los más apropiados y rechazar los inadecuados. Además, las imágenes nos permiten inventar nuevas acciones, aplicables a situaciones novedosas, y construir planes para acciones futuras: la habilidad para transformar y combinar imágenes de acciones y escenarios es el manantial de creatividad.

Si la acción es cimiento de supervivencia, y si su vigor depende de la disponibilidad de imágenes rectoras, se sigue que un dispositivo capaz de optimizar la manipulación eficaz de imágenes otorga enormes ventajas a los organismos que lo posean y probablemente haya prevalecido en la evolución. La consciencia es precisamente ese dispositivo.

La consciencia prestó la novedad fundadora de conectar el sanctasanctórum regulador de la vida con el procesamiento de imágenes. En otras palabras, la posibilidad de hacer que el sistema regulador de la vida —cuyas oficinas están en las honduras del cerebro, en regiones tales como el tronco del encéfalo y el hipotálamo— tomara a su cargo el procesamiento de las imágenes representativas de cosas y sucesos que acontecen adentro y afuera del organismo. ¿Por qué fue realmente una ventaja? Porque la supervivencia en un entorno complejo, esto es, el gobierno eficaz de la regulación vital, depende de adoptar la acción correcta y ésta, a su vez, puede ser notablemente perfeccionada por una vista previa y manipulación intencionales de imágenes mentales que permitan una planificación óptima. La consciencia permitió la conexión de dos aspectos dispares del proceso: regulación vital interna y construcción de imágenes.

La consciencia permite saber que existen imágenes dentro del individuo que las forma, sitúa las imágenes en la perspectiva del organismo refiriéndolas a una representación integrada de éste, y al hacerlo permite la manipulación de imágenes en provecho del organismo. Cuando la consciencia aparece en la evolución, anuncia el amanecer de la deliberación individual.

La consciencia inaugura la posibilidad de construir en la mente una suerte de complemento de las especificaciones reguladoras ocultas en el meollo del cerebro, esto es, un nuevo camino para que los apremios de la vida planteen sus demandas y el organismo actúe. Es el ritual iniciático que permite a un organismo —equipado con la capacidad de regular su metabolismo, con reflejos innatos y con la forma de aprendizaje conocida como acondicionamiento— convertirse en un organismo con mente, el tipo de organismo cuyas respuestas se perfilan a causa de una inquietud mental acerca de la propia supervivencia. Spinoza dijo que el esfuerzo de

autopreservación es el primer y único fundamento de la virtud[13]. La consciencia posibilita este esfuerzo.

 

LOS ALBORES DE LA CONSCIENCIA

 

Una vez que fui capaz de imaginar cómo el cerebro ensamblaba los patrones que representan un objeto y los patrones que son agentes del organismo, empecé a considerar los mecanismos que el cerebro puede emplear para representar la relación entre objeto y organismo. Mi búsqueda era específica: cuando un organismo se involucra en el procesamiento de un objeto, éste causa una reacción en el organismo, y lo cambia. Presento una solución posible en los capítulos 6, 7 y 8. Sugiero que nos volvemos conscientes cuando los dispositivos de representación del organismo exhiben una modalidad específica de conocimiento no verbal —el conocimiento de que un objeto alteró el organismo— y cuando este saber se da junto con la representación saliente de un objeto. La sensación de self en el acto de conocer un objeto es una infusión de nuevo conocimiento, creado sin descanso dentro del cerebro mientras haya «objetos» presentes o evocados que interactúen con el organismo, y lo transformen.

La sensación de self es la primera respuesta a una pregunta que el organismo jamás planteó: ¿de quién son los patrones mentales en curso que se despliegan en este momento? La respuesta es que pertenecen al organismo, representado por el proto-self. Luego indicaré cómo el cerebro ensambla el conocimiento no verbal necesario para producir esta respuesta no solicitada. Llegado a este punto, empero, puedo decir que la forma más simple de conocimiento no verbal en la mente es el sentimiento de saber —el sentir lo que sucede cuando un organismo se involucra en el procesamiento de un objeto—, y que solo después pueden empezar las inferencias e interpretaciones acerca del sentimiento de saber.

De manera curiosa, la consciencia empieza como sentimiento de lo que sucede al oír, ver o tocar. En palabras algo más precisas, es el sentimiento que acompaña la construcción de cualquier tipo de imagen —visual, auditiva, táctil, visceral— dentro de nuestros organismos vivos. En el contexto apropiado, el sentimiento identifica las imágenes como nuestras y nos permite decir, en sentido propio, que oímos, vemos o tocamos. Los organismos que no están equipados para generar consciencia nuclear están condenados a crear imágenes visuales, táctiles o auditivas por aquí y por allá, pero no llegan a saber que lo hicieron. Desde sus más humildes comienzos, la consciencia es conocimiento y el conocimiento es consciencia, no menos vinculados entre sí como fueran para Keats verdad y belleza.

 

LIDIAR CON EL MISTERIO

 

Una discrepancia separa a quienes estudian el problema de la consciencia, no solo en lo tocante a qué es la consciencia, sino también respecto de las posibilidades de entender sus soportes biológicos. Asimismo, en quienes no son expertos, sino simples usuarios cotidianos, late una suerte de desconcierto, incluso inquietud, en torno de las consecuencias humanas de elucidar la biología de la consciencia. Algunos legos juzgan que consciencia y mente son indistintas, como lo serían consciencia y conciencia, consciencia y alma, o consciencia y espíritu. Para ellos —acaso para ti—, mente, consciencia, conciencia, alma y espíritu conforman una vasta región de ajenidad que sitúa en lugar aparte a los humanos y separa lo misterioso de lo explicable, lo sagrado de lo profano. No es raro que la manera de enfocar esta sublime conflación de rasgos humanos sea crucial para todo individuo sensible, acaso capaz de ofenderse por lo que parece una visión desdeñosa de su naturaleza. Toda persona que haya enfrentado la muerte sabrá exactamente lo que digo, tal vez porque la irreversibilidad de la muerte concentra nuestros pensamientos en la escala monumental de la vida humana pensante. Sin embargo, no creo que haya que encarar la muerte para sensibilizarse acerca de este punto. La vida debería bastar para que enfocásemos la mente humana con respeto por su dignidad y eminencia y, paradójicamente, con cariño ante su fragilidad.

De todos modos deseo aclarar que la ciencia ayuda a distinguir fenómenos, y ahora puede diferenciar con éxito los diversos componentes de la mente humana. De hecho, es posible discernir entre consciencia y conciencia: la primera atañe al conocimiento de todo objeto o acción atribuible al self, en tanto que la segunda alude a la bondad o perversidad de objetos y acciones. También se puede diversificar consciencia y mente: la consciencia es aquella parte de la mente volcada en la presunta sensación de self y conocimiento. La mente abarca más que la consciencia y puede existir sin ésta, como descubrimos en enfermos que poseen una y no la otra.

Conforme progresa, la ciencia propone explicaciones de aquellos fenómenos que puede singularizar. En el caso de la mente, logra explicar parte de esa vasta región de ajenidad. Aísla algunos mecanismos tras ciertos fenómenos que contribuyen a la génesis de la admirable mente humana que tanto respetamos. Pero la génesis admirable no desaparece solo porque logremos explicar algunos de los mecanismos que le permiten ser. La apariencia es la realidad: la mente humana tal como la sentimos directamente. Cuando explicamos la mente conservamos esta realidad, mientras aquietamos parte de nuestra curiosidad acerca del funambulismo que subyace en lo aparente.

Deseo aclarar otro punto: la solución del enigma de la consciencia no despeja todos los misterios de la mente. En mi opinión, la consciencia es un ingrediente indispensable de la mente humana creadora, pero no es toda la mente, ni siquiera el ápice de la complejidad mental. Las artimañas biológicas que engendran consciencia tienen consecuencias poderosas, pero para mí la consciencia es más un intermediario que el apogeo del desarrollo biológico. Considero que las cimas de la biología se hallan en la ética, las leyes, la ciencia, la tecnología, el afán de las musas, la bondad humana. Además, la consciencia es aurora, no sol de mediodía, menos aun anochecer. Entenderla dice poco y nada acerca de los orígenes del universo, del significado de la vida, o del posible destino de ambos. Después de solucionar el enigma de la consciencia y tallar una muesca en otras cuantas incógnitas de la mente (suponiendo que la ciencia logre ambas cosas), resta bastante misterio para colmar muchas vidas científicas, suficiente admiración ante la naturaleza como para preservar nuestra modestia ante el futuro predecible. Después de considerar cómo puede producirse la consciencia al interior del kilo y medio de carne que denominamos cerebro, tal vez sintamos más —y no menos— reverencia y respeto por los seres humanos.

 

EL JUEGO DEL ESCONDITE

 

A veces usamos nuestras mentes para esconder cosas, no para descubrirlas. Usamos parte de la mente a guisa de mampara para evitar que otra parte sienta lo que sucede. El cribado no es forzosamente intencional —no nos ofuscamos a propósito todo el tiempo—, pero, deliberadamente o no, la mampara esconde.

Una de las cosas que la mampara oculta con más eficacia es el cuerpo, nuestro propio cuerpo, con lo que quiero decir su intimidad, sus interiores. Igual que un velo echado sobre la piel para asegurar su pudor (aunque no lo logre demasiado bien), la mampara aleja parcialmente de la mente los estados internos del cuerpo, aquellos que constituyen el flujo de la vida que se interna en la aventura de cada día.

La presunta vaguedad, elusividad e intangibilidad de emociones y sentimientos tal vez sea síntoma de este hecho, indicación de cómo cubrimos la representación de nuestros cuerpos, de cuánta imaginería mental basada en objetos y eventos no corporales disfraza la realidad del cuerpo. De no ser así, sabríamos que emociones y sentimientos son tangibles en todo el cuerpo. A veces usamos nuestra mente para esconder una parte de nuestro ser de otra parte de nuestro ser.

Podría describir el ocultamiento del cuerpo como una distracción, pero debería agregar que es un descuido muy acomodaticio. En lugar de concentrar recursos en nuestros estados internos, suele resultar más ventajoso concentrar los propios medios en las imágenes que describen problemas externos, en las premisas de estos problemas, en las opciones de solución, en sus posibles secuelas. Pero esta tergiversación de perspectiva respecto de lo almacenado en nuestra mente tiene un costo: propende a evitar que sintamos el origen y naturaleza de lo que denominamos self. Sin embargo, creo que cuando se corre el velo (en la medida autorizada a los seres humanos), podemos sentir el germen del constructo que llamamos self en la representación de la vida individual.

Tal vez fuera más fácil tener una perspectiva más equilibrada en épocas pasadas, cuando no había velo, cuando los entornos eran comparativamente simples, mucho antes de la era electrónica, de los viajes en avión, antes de la letra impresa, antes del imperio y la Ciudad-Estado. Debe haber sido fácil sentir la vida interior aunque el cerebro, volcado en la representación dominante de los estados internos del organismo, suministrara una visión sesgada y momentánea en dirección opuesta. Si alguna vez fue así —acaso en un fugaz y mágico instante entre Homero y Atenas—, venturosos humanos quizá percibieran en un tris que sus diversas travesuras se referían a la vida, y que por debajo de cada imagen del mundo externo se erguía, sigilosa, la estampa de sus cuerpos vivientes. O quizá no distinguieran tanto, porque carecían del marco de referencia suministrado por el saber biológico contemporáneo. Sea como fuere, sospecho que podían sentir más acerca de sí mismos que muchos de nosotros hoy. Me maravilla la sabiduría antigua pues denominaba lo que hoy conocemos por mente con la voz psyché, que también designaba el aliento y la sangre.

Respecto de los estados orgánicos internos, sugiero que su acotado flujo y reflujo —controlado de manera innata por el cerebro y señalizado sin tregua en éste— es el telón de fondo de la mente y, más exactamente, el fundamento de la esquiva entidad que denominamos self. Además sugiero que estos estados internos —que ocurren de manera natural en una gama cuyos polos son el placer y el dolor, y son causados por objetos y eventos externos o internos— se tornan señaladores no verbales y desatendidos de la bondad o peligro de situaciones en relación con la escala valórica inherente al organismo. Sospecho que en etapas primitivas de la evolución estos estados —incluyendo todos aquellos que clasificamos como emociones— eran completamente desconocidos para los organismos que los producían. Los estados eran reguladores y eso bastaba: generaban acciones ventajosas, internas o externas, o ayudaban indirectamente a la producción de estas acciones tomándolas más propicias. Pero los organismos que ejecutaban las complejas operaciones nada sabían de su existencia, puesto que ni siquiera conocían, en la plena acepción del término, su propia existencia individual. Por cierto, los organismos poseían cuerpo y cerebro, y éste poseía una cierta representación del cuerpo. Había vida y representación de vida, pero el dueño potencial y legítimo de cada vida individual ignoraba la existencia de la vida, porque la naturaleza aún no inventaba dueños. Era una forma de ser sin saber. Aún no nacía la consciencia.

La consciencia nace cuando los cerebros adquieren la capacidad —capacidad elemental, debo agregar— de narrar una historia sin palabras que es crónica de una vida difuminándose en un organismo. Nace cuando los estados del organismo viviente, dentro de los confines del cuerpo, sufren continuas alteraciones al interactuar con objetos o eventos de su entorno, o con reflexiones y ajustes internos del proceso vital. Emerge cuando este relato primordial —relato de un objeto que modifica causalmente el estado del cuerpo— puede ser narrado empleando el vocabulario universal de los gestos corporales. El self aparente emerge como sentimiento de un sentimiento. Cuando la historia se narra por vez primera, espontáneamente, sin haber sido solicitada jamás, y cada vez que se repite, surge de manera automática la respuesta a una pregunta nunca planteada: el conocimiento de lo que el organismo está viviendo. A partir de allí empezamos a saber.

Sospecho que la consciencia prevaleció en la evolución porque conocer los sentimientos causados por la emoción era realmente indispensable para el arte de vivir, y porque el arte de vivir resultó victorioso en la historia de la naturaleza. Pero no me importaría que dieras un sesgo a mis palabras y dijeras que la consciencia se inventó para que pudiéramos conocer la vida. Por supuesto la frase no es correcta desde el punto de vista científico, pero me gusta.