Sentir lo que sucede
Capítulo cuatro. El indicio a medias insinuado
Capítulo cuatro
El indicio a medias insinuado
LENGUAJE Y CONSCIENCIA
Cuando estaba en la Escuela de Medicina y me formaba como neurólogo, pregunté varias veces a los más eruditos cómo producíamos una mente consciente. Curiosamente, siempre recibí la misma respuesta: la fabricaba el lenguaje. Se me decía que las criaturas sin lenguaje estaban limitadas a una existencia ignorante, pero no así nosotros, venturosos humanos, porque el lenguaje nos permitía saber. La consciencia era la interpretación verbal de procesos mentales en desarrollo. Además, nos suministraba el alejamiento necesario para mirar las cosas en perspectiva. La respuesta parecía demasiado fácil y simple para algo que entonces me parecía inconquistablemente complejo. Además, era poco plausible, dado lo que veía cuando iba al zoológico. Nunca la creí y me alegro de que así haya sido.
El lenguaje —esto es, palabras y frases— es traducción de otra cosa: es conversión de imágenes no lingüísticas que representan entidades, sucesos, relaciones, inferencias. Si el lenguaje opera para el self y la consciencia tal como opera para el resto de las cosas, es decir, simbolizando en palabras y frases lo que antes existe en forma no verbal, tiene que existir un self no verbal y un conocimiento tácito, para el que vocablos como «yo» o «mí» o la frase «yo sé» sean traducciones apropiadas, en cualquier idioma. Creo que es legítimo tomar la frase «yo sé» y deducir de ella la presencia de una imagen no verbal centrada en un self que precede y motiva la oración verbal.
La idea de que self y consciencia emergen después del lenguaje y son una construcción directa del lenguaje no parecía correcta. El lenguaje no surge de la nada. El lenguaje nos da nombres para las cosas. Si self y consciencia nacieran de novo del lenguaje, constituirían la única instancia de palabras sin concepto subyacente.
Sin duda, dado nuestro supremo don, la palabra, la mayoría de los ingredientes de la consciencia, de objetos a inferencias, puede ser traducida a lenguaje y, para cada uno de nosotros, en este punto de la historia de la naturaleza y de cada individuo, el proceso de consciencia es implacablemente traducido por el lenguaje, cubierto por él, si quieres. El lenguaje es el principal colaborador en el alto nivel de consciencia que empleamos en este mismo momento, nivel que denomino consciencia ampliada. Por esta razón, imaginar lo que está detrás del lenguaje precisa un esfuerzo gigantesco, pero que debe ser realizado.
Si tú tuviera todo ese dinero: Comentario sobre lenguaje y consciencia
Conforme estudiaba caso tras caso de pacientes con desórdenes lingüísticos severos causados por dolencias neurológicas, entendí que, sin importar el grado de impedimento, los procesos de pensamiento del paciente seguían intactos en lo esencial y, más importante, la consciencia que el paciente tenía de su situación no parecía distinta de la mía. La contribución del lenguaje a la mente era, por decir lo menos, asombrosa, pero su aporte a la consciencia nuclear no se hallaba en ninguna parte.
Esto no debería ser una sorpresa, si consideramos dónde se sitúa el lenguaje en el gran panorama de habilidades mentales. ¿Es plausible pensar que individuos sin sensación de self, otredad y entornos, pudieran crear expresiones lingüísticas? ¿Habría prevalecido el lenguaje en la evolución si no hubiera existido antes la consciencia nuclear?
En cada instancia que conozco, los pacientes con impedimentos de lenguaje siguen despiertos y atentos y son capaces de comportarse intencionalmente. Más importante, son muy capaces de señalar que están experimentando un objeto particular o detectando la comicidad o tragedia de una situación, o de imaginar un desenlace que el observador anticipa. La señalización puede tomar forma de lenguaje rudimentario, gesto de la mano, movimiento corporal o expresión facial, pero está allí, y pronto. Además, la emoción aparece en abundancia en forma de emociones de fondo, primarias y secundarias, copiosamente conectadas con los sucesos en curso, sin duda motivadas por éstos, comparables de manera reconocible con lo que sería nuestra emoción en situaciones análogas.
La mejor evidencia, en este respecto, proviene de pacientes con lo que se conoce como afasia global. Esta es una avería mayor en todas las facultades de lenguaje. Los pacientes son incapaces de entender el lenguaje oído o leído. En otras palabras, no entienden frases cuando se les habla ni pueden leer una sola palabra o letra; carecen de la habilidad para producir lenguaje aparte de vocablos estereotípicos, por lo general groserías. Ni siquiera pueden repetir una palabra o sonido si se los pides. No hay evidencias de que se formen palabras o frases en sus mentes por lo demás despiertas y atentas. Por el contrario, mucho sugiere que su proceso de pensamiento carece de vocablos.
Con todo, aunque está fuera de cuestión mantener una conversación normal con un afásico global, es posible comunicarse, rica y humanamente, si tienes la paciencia de acomodarte al limitado e improvisado vocabulario de signos no lingüísticos que el individuo puede desarrollar. Conforme te familiarizas con las herramientas que están a disposición del paciente, ni siquiera se te ocurre preguntarte si ese ser humano está o no consciente. Desde el punto de vista de la consciencia nuclear, ese ser humano no es diferente a ti ni a mí, pese a la incapacidad de traducir pensamientos en lenguaje y viceversa.
Ahora permíteme ser abogado del diablo y mira dónde aterrizo. En pacientes con afasia global, el daño destruye un vasto sector del hemisferio cerebral izquierdo, pero no lo demuele completamente. Los pacientes con afasia global presentan daños en dos famosas áreas de lenguaje —las áreas de Broca y de Wernicke— en el lóbulo frontal y temporal del hemisferio izquierdo; usualmente los daños se extienden a regiones de las cortezas frontales, parietales y temporales entre las áreas de Broca y Wernicke, a un vasto volumen de materia blanca debajo de estas cortezas, e incluso a materia gris en los ganglios basales del hemisferio izquierdo. Los escépticos pueden argüir, empero, que incluso en los peores casos de afasia global, perviven en el hemisferio izquierdo algunas porciones intactas, en las regiones prefrontales y occipitales. ¿Podría ser que estas regiones, aunque incapaces de permitir lenguaje apto, conservaran algunas de las habilidades «locuo-relativas» necesarias a la emergencia de consciencia «locuo-causada»?
Esta posibilidad puede ser examinada directamente estudiando la conducta de pacientes sometidos a excisiones radicales de todo el hemisferio izquierdo para el tratamiento de ciertos tumores. Este tipo de operación —que ya no se practica pero antaño se empleaba como postrer recurso para controlar la situación de pacientes con tumores malignos y pronto fatales— requería la remoción de todo el hemisferio donde se cobijaba el tumor, esto es, no quedaban rastros de corteza cerebral, ni siquiera en las áreas que mis imaginarios escépticos podrían invocar. Las hemisferectomías izquierdas, como era de esperarse, resultaban devastadoras desde el punto de vista del lenguaje, y su consecuencia era, por lo bajo, el tipo más severo de afasia global. Pero conservo un vivo recuerdo de algunos de esos pacientes, y te hablaré de uno en particular, Earl, estudiado por Norman Geschwind a mediados de los años sesenta.
Puedo asegurar que la integridad de la consciencia nuclear de Earl no se cuestionó en aquella época, ni se cuestionaría hoy. Aunque la producción lingüística de Earl se confinaba virtualmente a unos pocos expletivos, era obvio que los empleaba con la indudable intención de indicar lo que pensaba de las preguntas, de partes del examen, y de sus propias habilidades, frustrantes y limitadas. Earl no solo estaba despierto y atento, también producía conductas apropiadas a la desgraciada suerte que la vida le deparaba. No solo producía reflejos no conscientes, no pensados: intentaba contestar las preguntas planteadas, a veces mediante gestos, y se producían meditadas demoras entre el proceso de imaginar qué podían significar las pantomimas del examinador y el de concluir que era incapaz de producir una respuesta. Solía responder con un movimiento de cabeza o una expresión facial. En ocasiones, transmitía su frustración mediante un decidor gesto de la mano, lleno de resignación. La melodía de sus emociones se adaptaba finamente al momento.
Figura 4-1. Extensión mínima del daño en el hemisferio cerebral izquierdo de un paciente con afasia global. Junto con otras áreas involucradas en el procesamiento de lenguaje, cortical y subcorticalmente, se destruyeron las áreas de Broca y Wernicke.
El lenguaje apenas necesita la consciencia como una más entre las importantes habilidades por las que los humanos debieran agradecerle. Las glorias del lenguaje se hallan en otra parte: en la habilidad de traducir pensamientos en palabras y frases precisas, y palabras y frases en pensamientos; en la capacidad de clasificar económica y rápidamente conocimientos bajo el alero protector de un vocablo; y en la capacidad de expresar construcciones imaginarias o abstracciones remotas con una palabra simple y eficaz. Pero ninguna de estas notables habilidades —que permitieron a la mente humana crecer en saber, inteligencia y creatividad, y consolidaron las sofisticadas modalidades de consciencia ampliada que hoy poseemos— tiene que ver con la fábrica de consciencia nuclear, ni con la producción de emoción o percepción.
Siempre recuerdo con ternura a una dulce abuelita cuya hemorragia había dejado una afasia severa. Con toda la inteligencia y voluntad permitidas por su mente consciente, estaba decidida a superar sus defectos. Mejoró notablemente, pero su lenguaje era una pálida sombra de lo que fuera, y no todos se inscribían para oírla hablar. Un día yo verificaba su habilidad para producir nombres de individuos únicos y le mostraba una serie de fotos de personajes célebres preguntándole el nombre de cada uno. Llegamos a una sugestiva foto de Nancy Reagan —era el extravagante año 1985— y allí estaba ella, envuelta en algo brillante y plateado, con el pelo sedoso y la mirada brillante fija en Ronnie. El rostro arrugado de mi adorable paciente se ensombreció y, pese a no poder pronunciar el nombre de Nancy Reagan, exclamó: «Si tú tuviera todo ese dinero, yo sería así también». ¡Qué dulce y consciente! Captó de inmediato los diferentes estratos de sentido implicados por la iconográfica fotografía. Pero, aunque logró seleccionar algunos vocablos correctos e incluso erigió un marco condicional adecuado para su exclamación, no fue capaz de encontrar con seguridad el pronombre para designarse a sí misma: su lenguaje no podía suministrar una traducción estable para su self o para un tercero. Ya no podía seguir la sofisticación de su pensamiento o su proceso de pensamiento y, sin embargo, ¡cuán perfecta sensación de self conservaba, y de qué abundante self autobiográfico disponía aún!
MEMORIA Y CONSCIENCIA
Así como se puede exonerar el lenguaje de todo papel en la creación de consciencia nuclear, también es posible excluir la memoria convencional. La consciencia nuclear no se fundamenta en la memoria extensa; tampoco se basa en la memoria de trabajo, que no obstante se necesita en la consciencia ampliada. En el ámbito de la memoria, todo lo requerido por la consciencia nuclear es una memoria de corto plazo, muy breve. Para poseer consciencia nuclear no necesitamos acceder a vastos almacenajes de pasadas memorias personales, aunque esos dilatados reservorios autobiográficos contribuyan al nivel avanzado de consciencia que designo como consciencia ampliada. Mis puntos de vista en esta esfera se perfilaron durante la investigación de pacientes con severos desórdenes de aprendizaje y memoria, las llamadas amnesias. Ilustraré el punto con un paciente, David, quizá el paciente más amnésico sobre el que existan registros, a quien estudio desde hace veinte años. Ya hablé de David cuando informé sobre los resultados de la prueba del buen tipo y el mal tipo, y ahora está aquí, en persona.
Nada viene a la mente
Mi amigo David acaba de llegar. Lo saludo con un abrazo y una sonrisa y él devuelve el gesto. Me encanta verlo y está encantado de verme. Todo es tan natural que no podría decir quién sonrió primero o se movió antes hacia el otro. No importa. Ambos estamos contentos de estar aquí. Nos sentamos y empezamos a conversar como viejos amigos. Ofrezco café a David y me sirvo uno para mí. Si miraras inocentemente a través de la ventana no verías nada inusual.
Pero la escena va a cambiar. Apartándome de la placentera conversación entre amigos, ahora me vuelvo hacia David y le pregunto quién soy. Impasible, David dice que soy su amigo. Impasible, digo: «Sin duda. Pero, David, ¿quién soy en realidad, cuál es mi nombre?».
—Bueno, no lo sé, no lo recuerdo ahora, no puedo.
—David, por favor, intenta recordar mi nombre.
Y entonces David contesta:
—Eres mi primo George.
—¿George qué, David, por favor, cuál George?
—Mi primo George McKenzie —dice David con voz confiada, pero desorientado, frunciendo las cejas.
Todos saben que no soy George McKenzie ni primo de David, todos excepto David, claro está. Pese a las apariencias, David no sabe quién soy. No sabe qué hago, no sabe si me ha visto antes o no, ni cuando me vio por última vez. Ni sabe el nombre de la ciudad donde vive, ni el de la calle ni el del edificio. No sabe qué hora es, aunque, cuando le pregunto la hora, mira de inmediato su reloj y dice, correctamente, que son las tres menos cuarto. Cuando le pregunto la fecha, mira de nuevo su reloj y dice, correctamente también, que es el día seis. Su reloj posee una ventana para el día, pero no para el mes.
—Perfecto, David, perfecto; pero ¿qué mes, por favor?
A lo cual responde, mirando incómodo alrededor del cuarto y observando las cortinas cerradas, «Bueno, febrero o marzo, creo; hace mucho frío», y, sin pausa, en medio de la frase, se yergue, camina hacia la ventana, abre las cortinas y exclama: «¡No, por Dios! Debe ser junio o julio, es clima veraniego».
—Sin duda —digo—. Estamos en junio y afuera la temperatura es de treinta y dos grados.
A lo que David responde:
—¿Treinta y dos grados? ¡Qué maravilla! Deberíamos salir un rato.
David retorna a su silla y proseguimos la conversación, que transcurre normalmente si evito lugares, sucesos, tiempo o personas específicas. David sabe moverse en un mundo inespecífico. Escoge bien sus palabras, su hablar es melódico, su prosodia rica en emociones oportunas. Sus expresiones faciales, los gestos de sus manos y brazos, la postura corporal que asume al relajarse en la silla son exactamente las que esperarías en la situación. Las emociones de fondo de David fluyen como un río ancho y extenso. Pero el contenido espontáneo de la conversación de David es genérico, y cuando se le pide algún detalle general, suele declinar la respuesta y confesar, con bastante candidez, que nada le viene a la mente. Si se le presiona para que detalle la descripción de un hecho, o puntualice el tiempo o diga el nombre de una persona en particular, olvidará toda precaución y producirá una fábula.
Mi viejo amigo David ostenta uno de los deterioros de memoria más profundos jamás registrados en un ser humano. La memoria de David era normal hasta el día que contrajo una severa encefalitis. En su caso, un virus causó esta enfermedad infecciosa del tejido cerebral, el virus del herpes simplex, tipo I. La mayoría de nosotros porta el virus, pero una mínima proporción desarrolla alguna vez encefalitis. Nadie sabe por qué el virus se toma tan activo en unos pocos desafortunados.
David tenía cuarenta y seis años cuando desarrolló encefalitis. La enfermedad produjo daños mayores en regiones específicas del cerebro, a saber, en los lóbulos temporales izquierdo y derecho. Una vez que pasó la encefalopatía, en cosa de semanas, se hizo evidente que David era incapaz de aprender hechos nuevos. No podía recordar ningún suceso nuevo. Era indiferente que viera una persona o un paisaje, que observara un hecho nuevo o se le propusiera un vocablo ignoto, era incapaz de retener algo en su memoria. Esta se limitaba a una fugaz ventana temporal: menos de un minuto. Durante ese efímero período la memoria de aprendizaje era normal. Si yo me hubiera presentado, abandonado el cuarto y regresado, digamos, a los veinte segundos, y le hubiese preguntado quién era yo, rápidamente habría dicho mi nombre, agregando que sí, que acababa de conocerme, que yo había desaparecido pero acababa de regresar. Sí yo hubiese vuelto tres minutos después, David no habría tenido la más mínima idea de quién era yo. Y si lo presionaba al respecto, me convertía en cualquiera, incluso en el primo George McKenzie.
En su profunda incapacidad de aprender hechos nuevos, David se parece al paciente HM, estudiado por primera vez en detalle por la psicóloga Brenda Milner. Desde mediados de los años cincuenta, HM es incapaz de aprender nuevos hechos (curiosamente, tiene más o menos la misma edad que David). Pero el defecto mnésico de David es más extenso que el de HM porque no solo es incapaz de aprender hechos nuevos: no puede recordar numerosos sucesos antiguos. Le está vedada la rememoración de casi toda cosa única, individual, o sucesos de su vida. Su pérdida de memoria llega a la cuna.
Algunas excepciones sobreviven a la devastación. Sabe su nombre, el de su esposa, hijos y parientes cercanos. No recuerda su aspecto ni el sonido de sus voces. Así, no puede identificarlos en fotografías, viejas o recientes, ni los reconoce en persona. De hecho, no puede reconocer la mayoría de las fotografías de sí mismo, salvo algunas imágenes de juventud. La razón de que David y HM sean tan parecidos en su incapacidad para aprender hechos nuevos, y tan diferentes en su habilidad para evocar sucesos antiguos, es que comparten un sitio de lesión, el hipocampo, pero en David se agrega daño en las cortezas de los residuos del lóbulo temporal, especialmente las de la región inferotemporal y polar.
David sabe cuál era su ocupación profesional y el nombre de la ciudad donde vivió la mayor parte de su vida, pero no puede imaginar el lugar ni es capaz de reconocer fotografías de sus domicilios previos ni de los coches que tuvo ni de sus mascotas ni de los artefactos personales que apreciaba. Nada específico le viene a la mente al ser interrogado acerca de esos artículos únicos, y lo que surge en su mente cuando le muestras fotografías de éstos es el conocimiento de que el ítem es miembro de una categoría conceptual. Si se le muestra una fotografía de su hijo de catorce años, dice que es un joven de agradable sonrisa que tal vez asista a la secundaria, pero ignora que sea su hijo. Solo recuerda, como lo demuestra nuestra conversación, las generalidades de casi todo lo que lo rodea. Sabe qué es una ciudad, una calle y un edificio, y en qué difiere un hospital de un hotel. Conoce los diferentes estilos de muebles, o ropas, o medios de transporte. También reconoce las diferentes modalidades de acciones que las cosas o seres vivientes pueden desempeñar, y el argumento general de los acontecimientos que suelen involucrar a tales cosas o seres. Pero cuando percibes que perdió la capacidad de acceder a los hechos únicos que aprendió hasta los cuarenta y seis años, y que no ha sido capaz de adquirir nuevos hechos desde entonces, entiendes la magnitud de su daño. Es tan profundo que te preguntas qué tipo de mente hay dentro de una persona así. ¿Es David un zombi, el tipo de ser creado por los filósofos en sus especulaciones? Más en nuestro tema: ¿está consciente?
La consciencia de David
David se las arregla bastante bien en lo tocante a la consciencia nuclear. Para empezar, está despierto. En la jerga tradicional de los neurólogos, está «despierto y alerta». Sabemos, de paso, que sus ritmos circadianos son normales, que duerme debidamente y que pasa el período normal de su sueño en un dormir REM, el período de movimiento rápido de los ojos que denota la presencia de sueños. Además, es indudable que David se comporta atentamente respecto de los estímulos que le presentamos. Si le pedimos escuchar una frase o un fragmento musical, o le mostramos una fotografía o una película, atiende al estímulo igual que tú y yo: a veces con mucho entusiasmo, a veces con menos, pero siempre de modo bastante adecuado para procesar el estímulo, crear una impresión del mismo y estar dispuesto a responder preguntas al respecto. Su atención puede enfocarse y sostenerse durante períodos sustanciales de tiempo, en realidad bastante largos, siempre que el estímulo o la situación despierte su interés. Por ejemplo, aunque no sería capaz de nombrar el juego ni articular una sola regla —ni indicar cuándo lo jugó por última vez—, puede jugar un partido completo de damas, ¡y ganar! Las emociones de fondo fluyen continuamente y también muchas (aunque no todas) emociones primarias y secundarias. Es un deleite ver su alegría al ganar una partida; la modulación afectiva de su voz conforme la partida se acerca al momento decisivo es un compendio de emoción humana. Por último, su conducta espontánea es intencional: buscará una buena silla para sentarse, comida y bebida para consumir, una pantalla de televisión o una ventana que le permita mirar el mundo. Abandonado a sus propios dispositivos, mantiene por minutos u horas una conducta intencional con relación al contexto en que está, siempre que la tarea sea interesante.
La distinción entre David y los pacientes que describí antes es bastante clara. Los pacientes con automatismos epilépticos también están despiertos, pero sus períodos de atención son muy breves y solo se concentran en un objeto por el tiempo necesario para crear una imagen y condicionar la conducta subsiguiente. El comportamiento de pacientes con automatismo solo es intencional durante cada acto (beber de un vaso) o durante unas pocas acciones consecutivas (erguirse y salir), pero en su conducta no hay continuidad. Los comportamientos no concuerdan con el contexto global de la situación.
Sobre la base de parámetros normales de vigilia, atención e intencionalidad, quienes postulan una definición exterior de consciencia concluirían que David cuenta con una consciencia normal. Yo concordaría, por cierto, y para reforzar el diagnóstico de los externalistas agregaría que David está bastante consciente de la relación entre sí mismo y su entorno, como lo indica claramente su manera de describir sus reacciones personales ante las cosas y hechos que lo rodean. No puedo ingresar en su mente y mirar, pero puedo analizar sus constantes comentarios acerca del mundo que experimenta: «¡Oh! ¡Esto es magnífico!», «Me gusta éste», «Es muy agradable ver películas con ustedes, amigos», «¡Dios, qué terrible!», «Esto sabe deliciosamente; es lo que más me gusta», «No creo que sea apropiado decir esas cosas en público». Es lícito deducir que estos comentarios —en lo formal no muy diferentes de los que haríamos en circunstancias similares— se originan en un estado mental equiparable con el nuestro en situaciones semejantes. Aunque nada viene a la mente, la sensación de self perdura.
Al interior de la ventana temporal de su efímera memoria —que dura cerca de cuarenta y cinco segundos— hay tiempo suficiente para generar consciencia nuclear acerca de una serie de artículos. Es indiscutible que las imágenes generadas por David en las diversas modalidades sensoriales —visión, audición, tacto— se forman en la perspectiva de su organismo. Es patente que manipula estas imágenes como propias, no como ajenas. Y es fácilmente observable que puede actuar sobre la base de estas imágenes y mostrar intenciones de actuar vinculadas con su contenido. En conclusión: David no es un zombi. Desde el punto de vista de la consciencia nuclear, David está tan consciente como tú y yo.
Huelga decir que la mente de David no es totalmente igual a la tuya o la mía, y es importante describir lo que falta. Su mente es igual a la nuestra en el sentido de que ostenta imágenes en varias modalidades sensoriales, que estas imágenes ocurren en conjuntos coordinados y lógicamente interconectados, que estos conjuntos cambian con el tiempo en una dirección propositiva, y que nuevos grupos suceden a los previos. David cuenta con un flujo de estos conjuntos de imágenes, la modalidad de proceso que Shakespeare y Joyce transformaron en literatura en sus soliloquios y que William James denominó «corriente de consciencia». Otra cosa es el contenido de estas imágenes en el flujo consciente de David. Sabemos que su imagen abarca lo general más que lo particular: conocimientos generales sobre los estímulos que le presentamos, acerca de su persona, su cuerpo, sus estados físicos y mentales, sus preferencias y aversiones. A diferencia de nosotros, David jamás puede evocar los rasgos específicos de cosas, personas, lugares o sucesos únicos. En tanto que tú o yo inevitablemente mezclaríamos, a cada momento, imágenes de conocimiento general con imágenes de conocimiento único, David está obligado a permanecer en lo general. La mente de David difiere de la nuestra por la especificidad de sus contenidos. Sospecho que también difiere por la cantidad de imágenes. Al verse limitado a contenidos genéricos, la mente de David tal vez pueda procesar en cada unidad de tiempo un número menor de imágenes que tú o yo.
La ausencia cabal de contenido específico compromete su habilidad para relacionar la aprehensión de un objeto determinado con el barrido global de su persona histórica. Puede sentir el significado fáctico de un objeto y desarrollar un sentimiento de placer por él, pero es incapaz de articular cómo desarrolló el significado fáctico o el sentimiento, ni puede recordar qué circunstancias específicas de su autobiografía pueden haber desembocado en las imágenes que evoca. Tampoco puede articular cómo ese objeto se relaciona o no con su futuro previsto, por la sencilla razón de que David no tiene memoria de un futuro planificado, potencial, como la tenemos tú y yo. David no ha sido capaz de planear para el futuro, porque la planificación precisa de una manipulación inteligente de imágenes específicas del pasado, y David es incapaz de evocar ninguna imagen específica. Todo indica que posee una sensación normal de self en el aquí y ahora, pero su memoria autobiográfica se redujo a boceto y, por consiguiente, el momentáneo self autobiográfico que construye resulta severamente empobrecido.
Esta indigencia de contenidos específicos remata en el quebranto de la consciencia ampliada de David. Tal vez si fuera capaz de evocar contenidos específicos —hoy ausentes de su memoria autobiográfica—, algunos de los mecanismos que permiten consciencia ampliada podrían operar. No hay evidencias probatorias de su carencia de capacidad para producir varias imágenes mentales simultáneamente, o de su incapacidad para conservar en la mente diferentes imágenes en diversas modalidades sensoriales, capacidad habilitada por la memoria de trabajo y esencial para la consciencia ampliada. Por ejemplo, puede realizar sin dificultad tareas que precisan conjunciones de color, forma y tamaño.
Figura 4.2. La extensión del daño en el lóbulo temporal de David. El daño destruyó amplias secciones de los lóbulos temporales, incluyendo el hipocampo en ambos hemisferios. El menoscabo es severo y disminuye la capacidad de aprender hechos nuevos o recordar sucesos antiguos.
Como David carece de los específicos requeridos para definir artículos únicos, también carece de los aspectos de consciencia ampliada cuyo ámbito es la cognición y conducta social. El alto nivel de consciencia de situaciones sociales se fundamenta en un vasto conocimiento de situaciones sociales determinadas, y David no puede evocar ese saber. Respeta un buen número de convenciones sociales, según lo muestra la cortesía con que saluda a otros, participa en conversaciones, o se desplaza en una calle o en los pasillos. También tiene cierta noción de lo que es una conducta humana y amable. Pero el conocimiento integral de las operaciones del colectivo social se le escapa.
David suministra evidencia para respaldar dos conclusiones. La primera es que el conocimiento fáctico en un ámbito único y específico no es un requisito previo de la consciencia nuclear. La segunda: David presenta daños extensos en ambas regiones temporales, incluyendo el hipocampo, las cortezas mediales que lo cubren, la región temporal polar, un sector apreciable de las zonas temporales laterales e inferiores, y la amígdala. Aprendemos así que la consciencia nuclear no puede depender en absoluto de estas vastas regiones cerebrales.
REDONDEANDO ALGUNOS HECHOS
Esta breve inspección de condiciones capaces de deteriorar o dejar intacta la consciencia permite entresacar ciertos hechos preliminares.
Primero: la consciencia no es un monolito. Es razonable distinguir modalidades de consciencia —por lo menos un abismo natural separa el tipo simple y funcional de la índole compleja y ampliada— y también es razonable distinguir grados o cotas en la consciencia ampliada. Los resultados de la enfermedad neurológica convalidan la distinción entre consciencia nuclear y consciencia ampliada. La modalidad fundacional de consciencia —la nuclear— se interrumpe en los mutismos acinéticos, ataques de ausencia y automatismos epilépticos, estados vegetativos persistentes, coma, dormir profundo (sin sueños) y anestesia general. En armonía con la naturaleza fundacional de la consciencia nuclear, cuando ésta falla también aborta la consciencia ampliada. Por otra parte, cuando se avería la consciencia ampliada —como atestiguan pacientes con perturbaciones profundas de la memoria autobiográfica—, la consciencia nuclear permanece intacta. (Trataremos la consciencia ampliada y sus trastornos en el capítulo 7).
Segundo: es posible separar consciencia en general de funciones tales como vigilia, atención difusa, memoria de trabajo y convencional, lenguaje y razonamiento. Consciencia nuclear no es sinónimo de vigilia o atención difusa, aunque precisa que ambas operen normalmente. Como vimos, pacientes con ataques de ausencia o automatismos o mutismos acinéticos están técnicamente despiertos, pero no conscientes. Por otro lado, aquellos que no están en estado de vigilia (dejando fuera la salvedad parcial del sueño REM) no pueden estar conscientes.
Tampoco la consciencia nuclear equivale a mantener una imagen en el tiempo, proceso conocido como memoria de trabajo: la sensación de self y saber se produce de un modo tan fugaz y copioso que su eficacia no se supedita a ninguna pervivencia temporal. Por otra parte, la memoria de trabajo es vital para el proceso de consciencia ampliada.
Como vimos, la consciencia nuclear no depende de generar memoria estable de una imagen o de evocarla, esto es, no obedece a los procesos convencionales de aprendizaje y memoria, ni se basa en el lenguaje. Por último, consciencia nuclear no equivale a manipular con inteligencia una imagen en procesos de planificación, solución de problemas o creatividad. Pacientes con profundos defectos de razonamiento y anticipación muestran consciencias nucleares normales, aunque sus niveles superiores de consciencia sean defectuosos. (Ver mi libro El error de Descartes).
Todos estos aspectos de la cognición —vigilia, formación de imágenes, atención, memoria de trabajo, memoria convencional, lenguaje, inteligencia— pueden disociarse mediante análisis apropiados e investigarse por separado, pese al hecho de que operan juntos y en perfecto acuerdo con la consciencia, como un conjunto armónico y virtuoso.
Tercero: consciencia nuclear y emoción se asocian íntimamente. Pacientes que presentan menoscabos de su consciencia nuclear no muestran emoción mediante expresión facial, corporal o vocalización. En estos pacientes suele faltar la gama
completa de emoción, desde las emociones de fondo a las emociones secundarias[1]. A la inversa, como se verá cuando discutamos la consciencia ampliada (capítulo 7), pacientes que preservan la consciencia nuclear pero presentan menoscabos en la consciencia ampliada tienen emociones de fondo y secundarias normales. Esta asociación sugiere, como mínimo, que algunos dispositivos neurales en los que se sustentan emoción y consciencia nuclear se sitúan en la misma región. También es plausible, empero, que la conexión entre emoción y consciencia nuclear sobrepase la mera contigüidad de los dispositivos neurales de los que dependen.
Cuarto: las perturbaciones de consciencia nuclear abarcan el ámbito completo de actividad mental y toda la gama de modalidades sensoriales. Su detrimento —en pacientes en estado de coma, vegetativos persistentes y otros deterioros hasta mutismos epilépticos, ataques de ausencia y mutismos acinéticos— no deja islotes de consciencia preservada. El deterioro se extiende a todas las modalidades sensoriales. La consciencia nuclear atiende toda la cadena de pensamientos capaces de tornarse conscientes, toda la gama de cosas por conocer. La consciencia nuclear es un recurso crucial.
Por contraste, como se verá en el próximo capítulo, el detrimento de la formación de imágenes —al interior de una modalidad sensorial, por ejemplo, visual o auditiva — solo afecta la apreciación consciente de esos aspectos del objeto. No compromete la consciencia nuclear, ni la consciencia del mismo objeto mediante otro canal sensorial, como el olfativo o táctil. Por cierto, una perturbación de la capacidad total de formar imágenes anula toda la consciencia, porque ésta opera en imágenes.
Estas observaciones no son compatibles con la idea de que la consciencia se quebrante por sectores sensoriales. En ciertas condiciones un daño cerebral impide que pacientes procesen imágenes de cierta índole, visual o auditiva. En tales casos, el procesamiento sensorial para tal modalidad puede haberse perdido casi en su totalidad, como ocurre en la ceguera cortical. O puede haber desaparecido una modalidad sola, como en la pérdida del procesamiento de colores conocida con el apelativo de acromatopsia: también puede haberse desvanecido parte de un proceso, como acontece cuando los pacientes son incapaces de reconocer rostros familiares en la condición llamada prosopagnosia. En mi marco de trabajo, tales pacientes padecen una perturbación de «la cosa por saber». Pero poseen consciencia nuclear normal para las imágenes formadas en otras modalidades sensoriales y, no menos importante, para los estímulos específicos que no pueden procesar de manera normal. En otras palabras, pacientes incapaces de reconocer un rostro familiar tienen consciencia nuclear normal para los estímulos que enfrentan, y saben que desconocen el rostro aunque debieran conocerlo. De hecho, saben que es un rostro humano y que lo que fracasa en el acto de reconocer es su propia sensación de self. Fuera del islote de conocimiento defectuoso, estos pacientes cuentan con consciencia nuclear normal, y consciencia ampliada normal. Su compromiso circunscrito subestima el hecho de que la consciencia nuclear y su concomitante sensación de self son recurso crucial. Estas observaciones también plantean interrogantes acerca de los intentos de entender la consciencia globalmente dentro del ámbito de una única modalidad sensorial, como la visión, sin apelar a la noción del organismo completo atendido por la consciencia. Esos intentos pueden contribuir a la elucidación del primero de los dos problemas de la consciencia perfilados en el capítulo 1 —el problema de «la película en el cerebro»—, pero no interpelan el problema número dos, el de la sensación de self en
el acto de conocer[2].
El hecho de que la consciencia nuclear sea disociable de otros procesos cognoscitivos no significa que no tenga influencia en ellos. Por el contrario, como se explica en el capítulo 6, la consciencia nuclear posee un influjo mayor en esos otros progresos de cognición. La consciencia nuclear enfoca y realza la atención y la memoria de trabajo, favorece el establecimiento de memorias, es indispensable para la operación normal del lenguaje, y amplía el rango de manipulación inteligente que denominamos planificación, solución de problemas y creatividad.
En conclusión, individuos como nosotros, dotados de memoria extensa e inteligencia, pueden manipular hechos lógicamente, con o sin ayuda del lenguaje, y producir inferencias a partir de esos hechos. Pero propongo que la consciencia nuclear puede ser distinguida de las inferencias que podemos hacer respecto de los contenidos de la consciencia nuclear. Podemos inferir que los pensamientos en nuestra mente se generen en nuestra perspectiva individual; que los poseemos; que podemos actuar sobre ellos; que el protagonista aparente de la relación con el objeto es nuestro organismo. Tal como lo veo, la consciencia nuclear empieza antes de esas inferencias: es la evidencia misma, la impoluta sensación de nuestro organismo individual en el acto de conocer.
Todas las propiedades cognoscitivas discutidas arriba han sido potenciadas por la consciencia nuclear, y a su vez ayudaron en la construcción de consciencia ampliada sobre el cimiento de aquélla. Pero nunca se cortó el cordón umbilical. Detrás de la consciencia ampliada late, en todo momento, el pulso de la consciencia nuclear. Puede parecer sorprendente, pero no debería serlo. Todavía necesitamos la digestión para gozar de Bach.
EL INDICIO A MEDIAS INSINUADO
Llegó el momento de decir algo más acerca de la consciencia nuclear, ahora que ya discutimos las circunstancias en que puede desaparecer o perdurar notablemente, a pesar de la presencia de otras perturbaciones cognoscitivas.
En el capítulo inicial de este libro, sugerí que la consciencia nuclear incluye un sentido interno basado en imágenes. También sugerí que las imágenes particulares corresponden a un sentimiento. Esa sensación interna transmite un poderoso mensaje no verbal respecto de la relación entre organismo y objeto: que en la relación participa un sujeto individual, un constructo transitorio al que se atribuye el conocimiento momentáneo. Implícita en el mensaje está la idea de que las imágenes de cualquier objeto dado que en este momento están siendo procesadas se forman en nuestra perspectiva individual, que somos dueños del proceso de pensamiento y que podemos actuar sobre los contenidos del proceso de pensamiento. La fase final del proceso de consciencia nuclear incluye el realce del objeto que lo inició, de manera de destacarlo en calidad de parte de la relación que mantiene con el organismo sapiente.
La visión de consciencia que adopto aquí se conecta históricamente con la expresada por pensadores tan diversos como Locke, Brentano, Kant, Freud y William James. Igual que yo, ellos creían que la consciencia es un «sentido interno». Curiosamente, la visión de «sentido interno» ya no es popular entre los estudiosos de
la consciencia[3]. En la visión que adopto aquí, la consciencia también se adapta a las propiedades fundamentales perfiladas por William James: es selectiva, continua, incumbe a objetos ajenos a sí misma y es personal. James no distinguió entre consciencia nuclear y ampliada, pero eso no plantea un problema porque las
propiedades que propuso pueden aplicarse a ambos tipos de consciencia[4].
La consciencia nuclear se genera en forma de pulsaciones, para cada contenido que se torna consciente. Es el conocimiento que se materializa cuando confrontas un objeto, construyes un patrón neural para él, y descubres automáticamente que la imagen ahora destacada del objeto se forma en tu perspectiva, te pertenece, y que incluso puedes actuar sobre ella. Llegas a este conocimiento, a este descubrimiento prefiero decir, de manera instantánea: no hay ningún proceso de inferencia digno de atención, ningún proceso lógico de esclarecimiento que te conduzca allí y ninguna palabra; solo está la imagen del objeto y, adherida a ella, tu sensación propietaria.
Lo que no llegas a conocer directamente es el mecanismo detrás del descubrimiento, los pasos que deben cumplirse tras el escenario aparentemente abierto de tu mente para que surja la imagen de consciencia nuclear que te convierte en dueño del objeto. En conjunto, los pasos tras bambalinas demoran, porque el tiempo es esencial para establecer el vínculo causal entre imagen de un objeto y su posesión por tu parte. Aunque el tiempo transcurrido es diminuto si se mide con un cronómetro, es bastante extenso si lo calibras desde la perspectiva de las neuronas que posibilitan todo y cuyas unidades de tiempo son menores que las de tu mente consciente. Las neuronas se excitan y descargan en escasos milisegundos, en tanto que los sucesos que se tornan conscientes en nuestra mente ocurren en lapsos de muchas decenas, centenas o miles de milisegundos. Para el momento que recibes la «entrega» de consciencia de un objeto dado, las cosas estuvieron pasando en la maquinaria de tu cerebro por un lapso que parecería una eternidad a una molécula, si las moléculas pudieran pensar. Siempre estamos atrasados para la consciencia, y como todos padecemos igual retraso, nadie lo nota. Los resultados de los experimentos pioneros de Benjamin Libet acerca del tiempo que tarda un estímulo en volverse consciente respaldan la idea de que la consciencia está retrasada con relación a la entidad que inicia el proceso de consciencia. Es probable que nuestro
retraso sea de quinientos milisegundos[5]. Es curioso, claro está, que podamos posicionar nuestro self mental entre un tiempo celular y el tiempo que demoró la evolución en traernos hasta aquí, y sin duda genera molestia el hecho de no poder imaginar adecuadamente cualquiera de estas dos remotas escalas.
Conforme miras esta página y ves estas palabras, lo quieras o no, automática e implacablemente sientes que tú estás llevando a cabo el proceso de leer. Yo no lo estoy haciendo, ni nadie más. Tú lo estás cumpliendo. Sientes que los objetos que percibes ahora —el libro, el cuarto, la calle tras la ventana— están siendo aprehendidos en tu perspectiva, y que los pensamientos formados en tu mente son tuyos, de nadie más. También sientes que puedes actuar en la escena si lo quisieras: dejar de leer, empezar a meditar, erguirte y dar un paseo. Consciencia es un término amplio para los fenómenos mentales que permiten la extraña confección de ti mismo como observador o conocedor de las cosas observadas, de ti mismo en cuanto dueño de pensamientos formados desde tu perspectiva, de ti mismo como agente potencial de la escena. La consciencia es parte de tu proceso mental: no es ajena a él. La perspectiva individual, la apropiación individual del pensamiento y la agencia individual son las riquezas cruciales que la consciencia nuclear aporta al proceso mental que en este momento se despliega en tu organismo. La esencia de la consciencia nuclear es el pensamiento de ti —el sentimiento de ti— como ser individual involucrado en el proceso de conocer tu propia existencia y la de otros. Por el momento olvida que saber y self (entidades mentales reales) resultarán ser, biológicamente hablando, muy reales pero harto diferentes de lo que nuestras intuiciones podrían llevarnos a imaginar.
Estás leyendo este texto y traduciendo el significado de sus vocablos en un flujo de pensamiento conceptual a medida que avanzas. Las palabras y frases en la página, que traducen mis conceptos, se trocan en imágenes no verbales en tu mente. Esa colección de imágenes define los conceptos que estaban antes en mi mente. Pero junto con percibir las palabras impresas y desplegar el concomitante conocimiento conceptual requerido para entenderlas, tu mente también te representa llevando a cabo la lectura y la comprensión, momento a momento. El ámbito completo de tu mente no se confina a las imágenes de lo percibido afuera o de lo que se evoca con relación a lo percibido. También te incluye.
Las imágenes que constituyen el saber y la sensación de self —los sentimientos de saber— no ocupan un lugar central en tu mente; aunque influyen poderosamente en ella, suelen permanecer aparte: son imágenes discretas. En general, saber y sensación de self ocurren en un modo sutil, no arrogante. Pasar inadvertidos parece el destino de los modales sutiles, y no solo de aquellos que constituyen saber y self.
Evalúa tu tarea actual: las palabras en la página y los pensamientos que engendran exigen —en vocablos psicológicos tradicionales— un procedimiento denominado atención, suerte de mercadería finita cuando se trata de procesamiento mentales en tiempo real. Mis palabras y tus pensamientos dominan casi toda tu capacidad disponible de procesamiento. Con toda probabilidad, no estás simultáneamente atento a todas las imágenes que evocas según analizas este texto, ni qué hablar de estar atento a otras imágenes que también repasas y no guardan relación alguna. A causa de esto, algunos de tus pensamientos pueden sobresalir mientras otros se retiran del primer plano mental; por ejemplo, las palabras en la página pueden desdibujarse o desaparecer por unos instantes mientras evalúas otras imágenes en tu proceso reflexivo. Así, la discreción y la sutileza no se dirigen injustamente a ti en calidad de significante. Son el modo típico de operación de la mente.
Un número considerable de imágenes formadas acerca de cualquier tópico pasa inadvertido o apenas se percibe en un momento u otro. Hace pocos minutos ocurrió lo siguiente: venía a mi escritorio con un libro en la mano izquierda y una taza de café en la derecha. Antes, en mitad de la escalera, había dejado dos lapiceros en un escalón. Mientras subía las escaleras, sin notar pensamiento alguno acerca del tema, suave y rápidamente transferí la taza a mi mano izquierda, acción diestra que requirió un movimiento preciso para no derramar el café, y que implicaba, además, meter el libro bajo el brazo izquierdo; a continuación procedí a levantar los dos lapiceros con la mano derecha. En retrospectiva, todos esos actos, que no son rutina en ese escenario y secuencia, parecían ocurrir de un modo fluido e irreflexivo. De hecho, solo noté que en los actos subyacía un «plan» cuando vi que mi mano derecha —dada su orientación espacial— había adoptado la forma necesaria para la prensión de los dos lapiceros. Por una fracción de segundo enfoqué mi mente en lo que acababa de ocurrir más que en el momento mismo, y pude reconstruir parte de los procesos sensoriomotores tras este suceso trivial pero complejo.
Solo una fracción de lo que sucede en la mente es lo bastante claro y brillante como para ser notado y, sin embargo, el resto está allí, nada lejos y acaso disponible si lo intentas. Curiosamente, el contexto no influye mucho en lo que uno nota en la periferia de la mente. Si yo no me preocupara por el tema de la presencia sutil de la consciencia nuclear, tal vez no hubiera notado ese incidente, ni hubiera meditado
sobre la riqueza de detalles mentales que acompañaron esos modestos actos[6].
Si arguyeras que nunca te percibes sabiendo, diría que prestaras más atención y lo notarías. Agregaría que es ventajoso que no sepas que estás sabiendo. Si lo piensas un poco, salvo que el propósito del momento mental fuera reflejar un estado particular de tu organismo, no sería muy indicado poner atención en la parte de los contenidos mentales que constituye el tú del momento: es inútil gastar capacidad de procesamiento solo en ti mismo. Solo déjate ser.
El hecho de que el significante de ti pueda emplear discreción no significa que sea intrascendente o desechable. Hasta cierto punto puedes controlar a voluntad la actividad de la sensación más elaborada de ti que denomino self autobiográfico. Podemos permitirle dominar el panorama de tu mente, o ser mínima. Pero no puedes hacer mucho respecto de la presencia del tú nuclear: no puedes hacerlo desaparecer; siempre queda una presencia sustancial. Y es bueno que así sea. Como acabamos de ver, la remoción de consciencia nuclear, salvo en aquellos casos en que la causa el dormir o la anestesia, es señal de enfermedad. Si la remoción solo es parcial, genera un estado anómalo que los demás reconocerán fácilmente como anormal, pero que tú mismo ignorarás: cuando no hay conocimiento, no sabes. La remoción de saber y self sin exclusión de la vigilia sitúa al organismo en grave peligro, eso es muy importante saberlo, pues en tal condición se es capaz de actuar sin conocer las consecuencias de los actos. Todo ocurre como si, sin la sensación de self en el acto de saber, los pensamientos que uno generara fueran ajenos porque faltara su legítimo dueño. El organismo privado de self ignora de quién son los pensamientos.