Sentir lo que sucede

Antonio Damasio · Capítulo 5 de 29

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Sentir lo que sucede

Capítulo tres. Consciencia nuclear

Capítulo tres

 

Consciencia nuclear

 

ESTUDIO DE LA CONSCIENCIA

 

Es comprensible que nosotros los científicos lamentemos que la consciencia sea asunto privado y personal, imposible de ser observado por terceros, a diferencia de lo que ocurre en física y otras esferas de la vida científica. Debemos enfrentar el hecho, sin embargo, y convertir el obstáculo en virtud. Sobre todo, no debemos caer en la trampa de intentar el estudio de la consciencia solo desde afuera, sospechando que el punto de vista interno es siempre sesgado. El estudio de la consciencia humana precisa un enfoque externo e interno.

Aunque la investigación de la consciencia está condenada a cierta oblicuidad, esta traba no se limita a la consciencia; emboza todos los fenómenos cognoscitivos. Los actos conductuales —patadas, sopapos, palabras— son buenas expresiones del proceso mental privado, pero no son iguales entre sí. Análogamente, aunque el electroencefalograma y el escáner funcional de resonancia magnética por imágenes capten correlatos de la mente, esos correlatos no son la mente. Ahora bien, oblicuidad inevitable no significa eterna ignorancia de las estructuras mentales y los subyacentes mecanismos neurales. El hecho de que las imágenes mentales sean accesibles solo para el organismo que las genera no excluye su caracterización, no refuta su dependencia de sustancias orgánicas ni obstruye nuestro paulatino acercamiento a la especificidad de estas sustancias. Esto puede alarmar a los puristas educados en la idea de que lo que otra persona no puede verificar no debe ser aceptado científicamente, pero en verdad no debiera inquietar a nadie. Esta situación no debería impedimos tratar científicamente ciertos fenómenos subjetivos. Nos guste o no, todos los contenidos de nuestra mente son subjetivos y el poder de la ciencia proviene de su habilidad para verificar objetivamente la firmeza de numerosas subjetividades individuales.

Aunque la consciencia ocurre al interior de un organismo, no en público, se asocia con numerosas manifestaciones públicas. Estas no describen el proceso interno del modo igualmente directo que una frase hablada traduce un pensamiento, pero pueden ser observadas en calidad de conceptos correlativos, de signos reveladores de la aparición de consciencia. Basados en lo que sabemos acerca de las mentes humanas privadas, y lo que sabemos y podemos observar de la conducta humana, es posible establecer un vínculo triple entre: (1) ciertas manifestaciones externas, como vigilia, emociones de fondo, atención, conductas específicas; (2) las correspondientes manifestaciones internas del ser humano que ejerce esas conductas, de acuerdo al testimonio del ser humano que las profesa; (3) las manifestaciones internas que nosotros, los observadores, podemos verificar en nuestro interior cuando nos encontramos en situaciones equivalentes a las del individuo observado. Esta triple vinculación autoriza inferencias razonables acerca de estados humanos privados,

sobre la base de conductas exteriorizadas[1].

La solución del problema de metodología planteado por la intimidad de la consciencia reposa en la habilidad humana espontánea de teorizar sin pausa acerca del estado de ánimo de otros mediante la observación de conductas y estados mentales, cuya correlación con experiencias comparables en uno mismo se verifica por comparación. En mi calidad de estudioso de la mente y la conducta convertí un pasatiempo —curiosidad acerca de la mente de los demás— en actividad profesional, lo que solo significa que tenía una obsesión al respecto y tomaba apuntes.

Curiosamente, comparada con la de los especialistas, la cultura popular parece tener menos problemas con la perspectiva privada de la consciencia, como lo muestra brillantemente Woody Allen en su película Deconstructing Harry. Tal vez hayas visto el filme, pero si no es así, he aquí mi relato de lo que sucede. En medio de una escena de «cine dentro del cine», que describe la toma de una escena, el camarógrafo percibe que la imagen filmada del actor es borrosa. Por supuesto, atribuye el problema a un error suyo con el foco, y después de fracasar en su intento de corregirlo, empieza a preocuparse por el posible deterioro del mecanismo focal. No obstante, el mecanismo funciona perfectamente; como las cosas no mejoran, el camarógrafo se preocupa por la condición del lente. ¿Quizá esté sucio? Pero el lente está bien, y perfectamente limpio. En medio de la perturbación resultante, todos entienden de súbito que el problema nada tiene que ver con la cámara sino con el actor en cuestión (Mel, interpretado por Robin Williams). ¡El que está fuera de foco es el actor! Es intrínsecamente borroso, y quienes lo observan ven una imagen nebulosa cuando todo lo demás está nítido. El personaje de este actor ha contraído una enfermedad cuyo efecto es que todo el mundo, incluyendo a su perpleja familia y a su médico, lo ve fuera de foco.

La causa de risa en el espectador tiene que ver con la patente absurdidad de la idea, con la violación de una propiedad fundamental de la consciencia: su manera privada, personal y directa de ver las cosas. Ni borrosidad ni «fuera de focosidad» son propiedades de los objetos, excepto en sentido metafórico. Aun cuando una pantalla interpuesta entre tú y el objeto modifique la percepción, por ejemplo cuando los cristales de tus gafas están sucios, la borrosidad no está en el objeto. Borrosidad y «fuera de focosidad» son parte de nuestra perspectiva consciente en la percepción. En circunstancias normales, borrosidad y «fuera de focosidad» ocurren dentro del organismo de una persona, debido a un número de causas posibles que surgen en distintos niveles fisiológicos, desde el ojo a las vías que transmiten señales al cerebro, y hasta en el cerebro mismo. Otras personas, vecinas a quien yo veo borroso, no comparten mi borrosidad ni mi «fuera de focosidad». La escena resulta porque nadie puede enfocar nítidamente a Mel. La borrosidad se convirtió en una propiedad externa de un ser vivo en lugar de ser un rasgo personalmente construido de una observación.

El enfoque contemporáneo del estudio de la base biológica de la mente humana privada incluye dos pasos. El primero consiste en observar y medir las acciones de un sujeto experimental, o recoger y medir los informes de experiencia interna entregados por un sujeto, o ambos. El segundo paso consiste en relacionar la evidencia recogida con la manifestación calibrada de ciertos fenómenos neurobiológicos que estamos empezando a entender, en el ámbito de moléculas, neuronas, circuitos neurales o sistemas de circuitos. El enfoque se basa en las siguientes presunciones: que los procesos de la mente, incluyendo los de la consciencia, se basan en actividad cerebral; que el cerebro forma parte de un organismo completo con el que interactúa de continuo; que nosotros —en calidad de seres humanos y pese a notables rasgos individuales que nos vuelven únicos— compartimos características biológicas desde el punto de vista de la estructura, organización y función de nuestros organismos.

Los límites de la solución inicial citada pueden ampliarse notablemente cuando transferimos el enfoque a seres humanos con dolencias neurológicas, que desarrollan deterioros en mente y conducta causados por daño cerebral y disfunción cerebral selectiva. Esta es la suerte de problema que surge, por ejemplo, como secuela de un ataque. Este enfoque, conocido como «método de la lesión», nos permite ejercer por la consciencia lo que profesamos por la visión, lenguaje o memoria: investigar un desmedro de conducta, conectarlo con un deterioro de estados mentales (cognición) y vincular ambos con una lesión cerebral focal (área de daño cerebral circunscrito), o con un registro anormal de actividad eléctrica confirmado por un electroencefalograma, o con potenciales eléctricos evocados (test de ondas cerebrales), o con una anormalidad en un escáner PET o fMR. La población de pacientes neurológicos nos ofrece oportunidades que la observación de personas normales no brinda. Nos permite sondear a partir de conductas y mentes alteradas, así como sondear desde el punto de vista de sitios anatómicamente identificables de disfunción cerebral, con los que podemos estudiar variados aspectos de la mente, en particular aquellos que son menos transparentes. Equipados con la evidencia correlativa, es posible someter las hipótesis a la prueba, certificarlas o modificarlas según los resultados, y probar hipótesis perfeccionadas en otros pacientes neurológicos o en sujetos saludables, con propósitos de control.

Más que cualquier otra fuente de testimonio, la investigación de pacientes con enfermedades neurológicas perfiló mis opiniones sobre la consciencia. Ahora bien, antes de detallar mis observaciones de pacientes neurológicos cuya consciencia sufre deterioro, corresponde una palabra acerca de las reveladoras manifestaciones externas de la consciencia.

 

MÚSICA DEL COMPORTAMIENTO Y MANIFESTACIONES EXTERNAS DE LA CONSCIENCIA

 

Es posible identificar y medir las manifestaciones de la consciencia sólidas y predecibles. Por ejemplo, sabemos que los organismos cuyo estado de consciencia es normal están despiertos, atentos a los estímulos de su entorno, y se comportan de maneras adecuadas al contexto y al propósito que les atribuimos. La conducta adecuada incluye tanto las emociones de fondo como las acciones o emociones específicas relacionadas con sucesos o estímulos específicos surgidos en una escena dada. Un observador experto puede evaluar estos conceptos correlativos de consciencia en un período relativamente breve de tiempo (quizá diez minutos si las circunstancias son propicias, aunque debo agregar que es posible engañar a los expertos). La observación directa del organismo permite establecer la presencia o ausencia de vigilia: los ojos deben estar abiertos, los músculos deben poseer tonicidad como para permitir movimientos. La capacidad de respuesta a estímulos se puede establecer sobre la base de la habilidad del organismo para orientarse hacia los estímulos, y para ello observamos el movimiento de ojos y cabeza, y los patrones de movimiento corporal y de extremidades conforme el organismo responde a estímulos sensoriales e interactúa con un entorno. La presencia de emociones de fondo se establece a partir de la naturaleza de las expresiones faciales y del perfil dinámico de movimiento de las extremidades y postura. La determinación y el ajuste de conductas se evalúa tomando en cuenta la trama de la situación, experimental o natural, y determinando si el organismo responde a estímulos y si genera acciones adecuadas al contexto.

Aunque los estímulos adecuados produzcan todas las manifestaciones señaladas y éstas puedan ser observadas, filmadas y medidas con diversos dispositivos, debo enfatizar que los juicios cualitativos del observador entrenado son herramienta esencial en el análisis de conductas. El observador es capaz de escindir lo que enfrenta mediante un análisis experto, pero lo que observa es ante todo un constructo, una concurrencia de contribuciones en el tiempo, profesadas en un solo organismo y de alguna manera conectadas por una meta única.

Ayuda imaginar la conducta de un organismo como la ejecución de una pieza orquestal cuya partitura se inventa a medida que ocurre. Así como la música que oyes resulta de muchos instrumentos tocados simultáneamente, la conducta de un organismo deriva de diferentes sistemas biológicos desempeñándose al mismo tiempo. Los diferentes grupos de instrumentos producen sonidos distintos y ejecutan melodías diversas. Pueden tocar sin cesar durante toda la obra o estar ausentes a veces, incluso por varios compases. Análogo es el caso en la conducta de un organismo. Algunos sistemas biológicos están siempre presentes, otros producen conductas que pueden o no estar presentes en un momento dado. Las principales ideas que quiero destacar son las siguientes: primero, que la conducta observada en un organismo vivo no es secuela de una melodía sencilla sino más bien resultado de una concurrencia de líneas melódicas en cada unidad de tiempo seleccionada para la observación; si fueras director de orquesta y miraras la partitura imaginaria tras la conducta del organismo, verías las diferentes partes musicales unidas verticalmente en cada compás. Segundo, que algunos componentes de conducta siempre están presentes, formando la base continua del desempeño, en tanto que otros solo aparecen durante ciertos períodos de la ejecución; la «partitura conductual» anotaría el ingreso de un determinado comportamiento en un compás específico y su término algunos compases después, así como la partitura del director indica las entradas y silencios del piano en los diversos movimientos de un concierto. Tercero, que pese a los varios componentes, el producto conductual de cada momento es un todo integrado, una fusión de contribuciones no muy diferente de la fusión polifónica en una ejecución orquestal. De la crucial característica que aquí describo —la concurrencia temporal— surge algo no especificado en ninguna de las partes.

Conforme consideramos la conducta humana en las páginas que siguen, te ruego imaginar varias líneas paralelas de ejecución desplegándose en el tiempo. Vigilia, emoción de fondo y atención difusa estarán siempre allí: están presentes desde el momento en que despiertas hasta que te duermes. Emociones específicas, atención dirigida y secuencias particulares de actos (conductas) aparecerán de tiempo en tiempo, como respuestas apropiadas a las circunstancias. Análogo es el caso de los informes verbales, que son variedades de conducta.

Ahora bien, extiende esta metáfora a la mente de la persona cuyo comportamiento observamos. Propongo que en la mente privada existe asimismo una partitura orquestal, solo que en este caso el conjunto de partes musicales corresponde a flujos mentales de imágenes. Estos flujos son en gran parte contrapartida interna y cognoscitiva de las conductas que observamos. Algunas imágenes surgen una fracción de tiempo antes que las conductas, por ejemplo: la imagen mental de lo que expresaremos en una frase. Otras imágenes surgen inmediatamente después, como el sentimiento de emoción que recién exhibimos. Por cierto, hay partes musicales para el estado de estar despiertos y continuamente fabricando imágenes y para la representación de los objetos, sucesos y palabras que las delatan; también hay una partitura para los sentimientos de las variadas emociones que el organismo manifiesta. Ahora bien, hay una parte adicional en la partitura orquestal interna, para la cual no existe una contrapartida externa: es la correspondiente a la sensación de self, componente crucial de cualquier noción de consciencia.

En el contexto de esta metáfora, podemos imaginar la sensación de self como una parte adicional que transmite sin palabras a la mente la existencia del organismo individual donde la mente se despliega, y el hecho de que el organismo se involucra en una relación recíproca con objetos específicos internos o pertenecientes al entorno. Este conocimiento altera el desarrollo del proceso mental y el curso de la conducta exteriorizada. Su presencia privada, solo disponible para su dueño, puede ser inferida por un observador externo por el influjo que ejerce sobre los comportamientos externos, más que por la propia exhibición de conducta del sujeto. Vigilia, emoción de fondo y atención difusa son así signos externos de condiciones internas compatibles con la ocurrencia de la consciencia. Por otro lado, emociones específicas, atención sostenida y enfocada, y conductas deseadas convenientes al contexto durante períodos dilatados son una buena indicación de que la consciencia está sin duda operando en el sujeto que observamos, aunque nosotros, observadores externos, no podamos atisbarla directamente.

 

Tabla 3.1. La partitura conductual

 

Tabla 3.1. La partitura conductual Informe verbal Acciones específicas Emociones específicas Atención dirigida Atención difusa Emociones de fondo Vigilia

 

Vigilia

Vigilia y consciencia propenden a ir de la mano, aunque la pareja pueda separarse en dos circunstancias excepcionales. Una excepción ocurre cuando dormimos y soñamos. Es notorio que no estamos despiertos cuando soñamos, pero tenemos cierta consciencia de los sucesos que ocurren en la mente. La memoria de los últimos fragmentos oníricos, fabricada antes de despertar, indica que un cierto grado de consciencia estaba «conectado». Puede ocurrir otra excepción penosa: podemos estar despiertos y privados de consciencia. Por fortuna, esto solo sucede en las condiciones neurológicas que ahora presentaré.

La mejor manera de describir la vigilia es observar la transición entre el dormir y el despertar. En mi mente perdura la imagen indeleble de la transición de Winnie cuando suena la campana al principio de primer acto de la obra Días felices, de Beckett: Winnie abre los ojos, mira al auditorio y declara: «Otro día maravilloso». Prosigue, igual que un amanecer, en un estado que permitirá a su cerebro formar imágenes de su entorno: su maletín, su cepillo de dientes, los sonidos susurrantes de Willie, su cuerpo, que, según nos dice, no siente demasiado dolor ese día, «casi nada». La vigilia cesa al final del día de Winnie, cuando el tañido de la campana cierra el primer acto.

Cuando se elimina la vigilia, aparte la actividad onírica, cesa la consciencia. Ejemplos de esta pareja son el dormir sin sueños, la anestesia y el coma. Pero vigilia no equivale a consciencia. En estado vigil, cerebro y mente están «conectados» y se forman imágenes del interior del organismo así como del entorno. Por supuesto, pueden engranarse reflejos (la actividad refleja no precisa vigilia ni consciencia) y la atención difusa puede ser conducida a estímulos adecuados para las necesidades básicas del organismo. No obstante, la consciencia puede estar ausente. Aunque los pacientes con determinadas condiciones neurológicas están despiertos, carecen de aquello que la consciencia nuclear habría agregado en sus procesos de pensamiento: imágenes cognoscitivas centradas en el self.

 

Atención y conducta intencional

En Winnie hay más que mera vigilia. Se vuelve hacia objetos y se concentra en ellos. Ojos, cuello, torso y brazos se mueven en una danza coordinada que establece una relación inequívoca entre Winnie y ciertos estímulos de su entorno: el maletín, el cepillo de dientes, el susurro de Willie detrás de ella. La presencia de atención a un objeto externo suele indicar la participación de consciencia, aunque no necesariamente. Los pacientes afectados por el denominado mutismo acinético, que poseen una consciencia anormal, pueden prestar una atención fugaz y escasa a sucesos u objetos sobresalientes, por ejemplo, a un observador que pronuncia su nombre. La atención solo delata la participación de consciencia normal cuando puede ser sostenida por un período de tiempo sustancial respecto de los objetos necesarios para una conducta apropiada en un contexto dado; esto significa muchos minutos u horas, no segundos. En otras palabras, la duración temporal y la concentración en objetos apropiados definen la índole de atención indicadora de consciencia.

La falta de atención manifiesta hacia un objeto externo no niega por necesidad la presencia de consciencia y puede indicar que la atención está enfocada en un objeto interno. Los profesores distraídos y los adolescentes soñadores exhiben este «síntoma» todo el tiempo. Por fortuna, la condición es muy pasajera. La falla completa y sostenida de atención se asocia con la disolución de consciencia, tal como ocurre en la somnolencia, en los estados de confusión mental o en el estupor.

Las criaturas conscientes se concentran en ciertos objetos y están atentas a ciertos estímulos, algo que se equipara bastante bien con nuestra propia perspectiva interna cuando pensamos en lo que ocurre dentro de nuestra mente en situaciones comparables. Podemos estar de acuerdo sobre la correspondencia entre atención y consciencia, pero la naturaleza de la afinidad es tema de debate. Mi punto de vista es que consciencia y atención ocurren en niveles y grados, no son monolitos, y se influyen recíprocamente en una suerte de espiral ascendente. La atención difusa precede a la consciencia nuclear: es necesaria para engranar el proceso que genera consciencia nuclear. Pero el proceso de consciencia nuclear tiene por resultado la conducción de la atención de mayor nivel hacia un foco. Cuando presto atención a un conocido que ingresa a mi oficina, lo hago bajo el influjo de la consciencia nuclear. Solo puedo generar esa consciencia porque comandó mi organismo una atención difusa automática, destinada a procesar ciertos aspectos del entorno importantes para organismos como el mío, tales como criaturas móviles con rostros humanos. Conforme continuó el proceso, la consciencia nuclear ayudó a enfocar la atención en el objeto particular que involucró al organismo.

Pero retomemos a Winnie. Pronto notas que se comporta intencionalmente con relación a los estímulos en los que se concentra. Podría no hacerlo —Winnie es un personaje en una obra de Beckett—, pero lo hace. En efecto, su conducta es parte de un plan inmediatamente reconocible que solo puede haber sido formulado por un organismo conocedor de su pasado, presente y futuro predecible. La conducta es consonante con este plan durante un dilatado período; horas, de hecho. La intencionalidad sostenida, y la adecuación de la conducta, requieren de la presencia de consciencia, incluso si ésta no garantiza una conducta intencional y adecuada: idiotas perfectamente conscientes pueden comportarse de maneras harto inadecuadas.

Un rasgo digno de mención acerca de la conducta sostenida y adecuada es que su despliegue específico se acompaña de un flujo de estados emocionales. Las emociones de fondo que discutimos en el capítulo anterior subyacen continuamente en las acciones del sujeto. Las señales reveladoras incluyen la postura corporal general, la latitud de movimiento de las extremidades con relación al tronco, su perfil espacial —laxitud o crispación—, y su velocidad y congruencia en diferentes partes de cuerpo (rostro, manos y piernas); por último, y quizá lo más importante, la animación facial. Incluso cuando el sujeto observado habla, los contenidos emocionales de la comunicación están separados del contenido de las palabras y frases que pronuncia. Vocablos y frases, desde los simples «Sí», «No» y «Hola», o «Buenos días» y «Adiós», suelen expresarse con un trasfondo de inflexión emocional. La entonación es una instancia de la prosodia, acompañamiento musical y tonal de los sonidos discursivos que conforman la palabra. La prosodia no solo puede expresar emociones de fondo: también puede expresar emociones específicas. Por ejemplo, puedes decir a alguien, en el tono más cariñoso: «¡Oh, vete!», y también puedes decir: «Qué gusto verte» con una prosodia que registra inequívocamente la mayor indiferencia.

Además, las emociones específicas suelen seguir a los estímulos o acciones que aparentemente las motivan en el sujeto, vistas desde la perspectiva del observador. En efecto, la conducta humana normal exhibe una continuidad de emociones inducida por la continuidad de los pensamientos. Los contenidos de estos pensamientos —y en general existen contenidos paralelos y simultáneos— incluyen objetos con los que el organismo está puntualmente comprometido u objetos rememorados, así como sentimientos de las emociones que acaban de ocurrir. A su vez, muchos de estos «flujos» de pensamiento —de objetos puntuales, rememorados, o de sentimientos— pueden inducir emociones de fondo o secundarias, con o sin cognición. El continuo despliegue de sentimientos deriva de esta sobreabundancia de inductores, conocidos o desconocidos, simples o no tan simples.

Un hecho importante, que debe ser considerado en nuestra observación de la conducta humana normal, es la continuidad de la línea melódica de la emoción de fondo. Cuando observamos a alguien cuya consciencia nuclear está intacta, presumimos el estado mental del sujeto. Correctas o no, algunas presunciones se basan en la continuidad de señales emocionales disponibles en la conducta del sujeto.

Un llamado de atención respecto de terminologías equívocas: suele ocurrir que palabras como alerta (alertness) y excitabilidad (arousal) se utilicen como sinónimos de vigilia, atención e incluso de consciencia, lo que no debe suceder. Suele usarse estar alerta en lugar de vigilia, como cuando dices que estás en un estado de «alerta» o piensas que alguien lo está. Para mis propósitos, la expresión estado de alerta debería significar que el sujeto no está solo despierto, sino aparentemente dispuesto a percibir y actuar. El sentido propio de alerta se halla en alguna parte entre «despierto» y «atento».

El término excitabilidad es más fácil de definir. Denota la presencia de activación del sistema nervioso autónomo en señales como cambios de color en la piel (rubor o palidez), conducta del vello dérmico (¡pelos de punta!), diámetro de las pupilas (mayor o menor), sudor, erección sexual, y así, razonablemente abarcados por términos no doctos como excitación. Uno puede estar despierto, alerta y totalmente consciente sin estar «excitado» en este sentido, pero todos sabemos que nuestros organismos pueden «excitarse» durante el dormir, cuando no estamos despiertos, atentos ni conscientes. Incluso los pacientes comatosos se excitan, aunque lo ignoren. Complicado, ¿no te parece?

 

ESTUDIO DE LA CONSCIENCIA A PARTIR DE SU CARENCIA

 

Tal vez te preguntes sobre la base de qué artificio comentamos la falta de consciencia desde una perspectiva personal, si consideramos que la ausencia de conocimiento y self impiden que sintamos la privación. La respuesta es que nos acercamos bastante a la carencia de consciencia en contadas circunstancias. Recuerda el instante en que llegamos a la percepción después de un episodio de pérdida de consciencia causado por desmayo o anestesia. O bien, en un registro más benigno, los instantes flotantes que preceden al despertar del sueño profundo y compensador que sigue a la fatiga. Son instantes de transición en los que tenemos un atisbo del empobrecido estado mental que los precedió. Se forman imágenes de gente y objetos a nuestro alrededor, pero, por un instante que puede parecer demasiado largo, falta la sensación de self y ningún control de pensamiento es aparente. En un tris, nuestra sensación de self «se conecta» y sí, suponemos vagamente que las imágenes nos pertenecen, aunque no todos los detalles sean claros todavía. El self autobiográfico demora un poco más en reinstalarse como proceso. En ese momento la situación es inteligible.

Ahora bien, la interrogante que perdura es cómo podemos atisbar tal estado de empobrecimiento mental no consciente si no estábamos realmente conscientes durante su desarrollo. Sin duda tenemos tales atisbos, y sospecho que la razón es que en esos instantes de transición no podemos recordar los instantes anteriores. Es normal que nuestra experiencia consciente incluya una fugaz memoria de lo que sentimos en forma de «justamente antes», asociada con lo que creemos ingenuamente el «ahora». Esa memoria describe la sensación de un self al que se atribuye cierto conocimiento. Apenas despertamos, empero, no está disponible la efímera rememoración que hubiera preservado los instantes previos en beneficio del instante en curso, por la sencilla razón de que no había ninguna experiencia consciente que recordar. Así, la introspección de estos estados anómalos revela un hecho importante: la continuidad de la consciencia normal requiere de una memoria fugitiva del orden de una fracción de segundo; un logro baladí para el cerebro humano, cuya memoria fáctica de corto plazo puede durar regularmente hasta sesenta segundos.

Las variedades más extremas de consciencia deteriorada —estado vegetativo persistente, coma, sueño profundo, anestesia general— brindan pocas oportunidades de análisis conductual porque abolen casi todas las manifestaciones de la «partitura

conductual» que vimos[2]. Consecuentemente, también se presumen abolidas casi todas las manifestaciones internas de la «partitura cognoscitiva». Esta idea de suspensión de las manifestaciones de consciencia —e incluso de los fenómenos mentales— en tales episodios es una intuición basada en sólidas reflexiones sobre nuestra propia condición y en igualmente sólidas observaciones de la conducta ajena: la corroboran los exiguos pero valiosísimos informes de personas que recuperan la consciencia después de un coma. Recuerdan la caída en la nada del coma —más o menos como podemos recordar la inducción de anestesia general— y el retorno a la cognición, pero no rememoran nada del período intermedio, que puede durar semanas o meses. Esta evidencia permite presumir que de hecho, en tales circunstancias, nada

o casi nada ocurría en la mente[3].

Otros dos grupos de pacientes, sin embargo, brindan amplias oportunidades para análisis conductuales y se destacan desde el punto de vista de la influencia que su estudio tuvo en mi pensamiento acerca de la consciencia. Un grupo se compone de pacientes que presentan un complejo fenómeno denominado automatismo epiléptico. El otro grupo reúne a pacientes que, debido a una variedad de afecciones neurológicas, desarrollan una condición cubierta por la expresión global mutismo acinético. Ambos grupos manifiestan una profunda alteración de la consciencia nuclear y ampliada y, sin embargo, en ellos no se han abolido todas las conductas descritas en la «partitura conductual», lo que permite cierta intervención del

observador y el análisis del desempeño residual[4].

 

El automatismo epiléptico puede actuar igual que un escalpelo y separar la consciencia de las cosas que están en la consciencia. El automatismo puede aparecer como parte de los ataques o inmediatamente después de ellos. Los episodios que más me interesan se asocian con ataques de ausencia, aunque también es posible observar automatismos asociados con las denominadas crisis lóbulotemporales. Los ataques de ausencia son una de las variedades más importantes de la epilepsia, donde la consciencia se suspende momentáneamente junto con la emoción, la atención y la conducta adecuada. La perturbación se acompaña de una anormalidad característica en el electroencefalograma. Los ataques de ausencia son de gran ayuda para el estudioso de la consciencia, y su variedad típica es, de hecho, uno de los ejemplos más puros de pérdida de consciencia: la voz ausencia resume la expresión «ausencia de consciencia». Tal vez el ejemplo más puro de todos sea el automatismo de ausencia que sigue a un ataque particularmente largo.

Si te encuentras hablando con alguien proclive a ataques y automatismos de ausencia, al desencadenarse un episodio puede suceder lo siguiente: súbitamente, mientras sostiene una conversación muy razonable, el paciente se interrumpe en mitad de una frase, congela todo movimiento y mira impávido el vacío, su rostro convertido en una máscara inmutable. Pero sigue despierto, y conserva su tonicidad muscular. No cae al suelo ni tiene convulsiones, ni suelta lo que sujeta en la mano. Este estado de animación suspendida puede ser muy breve y durar de dos a tres segundos —período mucho más largo de lo que imaginas si lo estás presenciando— o proseguir por lapsos más extensos, aun decenas de segundos. A mayor duración, más probabilidades de que la ausencia propiamente tal sea seguida por automatismos de ausencia que, a su vez, pueden durar pocos o muchos segundos. Apenas empieza el automatismo, los sucesos se vuelven más raros. La situación es bastante análoga al descongelamiento de la imagen en una película cuando liberas en el vídeo el comando de «Pausa», o en el momento en que el proyector atascado empieza a funcionar de nuevo. El espectáculo continúa. A medida que el paciente se descongela mira en derredor, tal vez no a ti sino a un objeto cercano. Su rostro sigue impasible, sin señales de expresión descifrable. Bebe del vaso en la mesa, lame sus labios, arregla su ropa, se yergue, gira, camina hacia la puerta, la abre, vacila en el umbral, camina por el pasillo. Para entonces te habrás puesto de pie y lo habrás seguido para presenciar el final del episodio. Puede desarrollarse uno de varios escenarios. En el más probable, el paciente se detiene en alguna parte del pasillo, confuso; o puede sentarse en un banco, sí hay uno. No obstante, puede ingresar en otro cuarto, o seguir caminando. En las variedades más extremas de tales episodios, conocidas como «fuga epiléptica», puede incluso salir del edificio y salir a la calle. Para un buen observador aparecerá extraño y confundido, pero probablemente no le ocurra nada malo. Al cabo de cualquiera de estos escenarios, en general en cuestión de segundos, rara vez minutos, el episodio de automatismo cesa y el paciente parece consternado, cualquiera sea el lugar donde se encuentre. La consciencia retornó tan súbitamente como había desaparecido, y deberás explicarle la situación y traerlo de vuelta al lugar donde ambos conversaban cuando comenzó el incidente.

El paciente no recordará nada ni sabrá nunca lo que su organismo hizo durante el episodio. Cuando éste concluye, no tiene recuerdo de lo acontecido mientras ocurría la crisis o durante la extensión del ataque de automatismo. Estos pacientes recuerdan lo sucedido antes y pueden evocar los contenidos memorizados, indicación clara de que sus mecanismos de aprendizaje estaban intactos antes del ataque. Aprenden de inmediato lo que sucede después del final de la crisis, señal de que el ataque no dañó permanentemente su capacidad de aprendizaje. Pero los sucesos ocurridos durante el período de crisis no fueron comunicados a la memoria, y si lo fueron, no son evocables.

Si durante el desarrollo del episodio interrumpes al paciente, te mira con total consternación, tal vez con indiferencia. No sabe quién eres, espontánea o incluso específicamente si se lo preguntas. Ni sabe quién es ni lo que hace, y tal vez te aleje con un gesto vago, sin mirarte casi. La desaparición de aquellos contenidos que fabrican una mente consciente impide cualquier informe verbal o acto reflexivo. El paciente sigue despierto y lo bastante atento como para procesar el objeto más vecino a su campo perceptivo, pero en la medida en que podemos deducirlo de la situación, eso es todo lo que pasa por su mente. No hay plan ni previsión ni sensibilidad de organismo individual anhelante, pensante, creyente. Tampoco está presente la sensación de self. No es una persona identificable, con un pasado y un futuro predecible: le falta self nuclear y self autobiográfico.

En tales circunstancias, la presencia de un objeto induce la próxima acción, que tal vez se adecue al microcontexto del momento: beber de un vaso, abrir una puerta. Pero en el argumento más vasto de circunstancias donde el paciente opera, la acción (y cualquier otra) es incongruente. A medida que observas el desarrollo de la acción, entiendes que el paciente carece de propósito último, y que sus acciones son inapropiadas para un individuo en tal circunstancia.

Ahora bien, sin duda el paciente está despierto: sus ojos están abiertos y su tonicidad muscular es notoria. Además, perdura el grado de habilidad necesario para generar patrones neurales y, presumiblemente, imágenes: para que el individuo sea capaz de ejecutar ciertos actos correctos, los objetos de su entorno deben haberse cartografiado en imágenes visuales o táctiles. También persiste la atención, aunque no concentrada, como la que tenemos ahora. Pero la suficiente para que los dispositivos perceptivos y motores del organismo se concentren en un objeto particular por un lapso adecuado; y con la exactitud necesaria para la correcta formación de imágenes y la precisa ejecución de los movimientos afines a las mismas; esto es, la imagen visual de una pared, la imagen táctil del vaso cogido para beber.

En otras palabras: aunque el paciente ostenta algunos aspectos rudimentarios de mente, y en ella algunos contenidos afines con los objetos que lo rodean, carece de consciencia normal. No desarrolla, en paralelo con la imagen de los objetos que lo rodean, una imagen de saber centrada en un self, ni una imagen realzada de los objetos con los cuales interactúa, ni un sentido apropiado de conexión con lo acontecido antes de cada instante dado ni con lo que puede ocurrir en el momento que viene.

Por sorprendente que parezca, nuevos y enigmáticos testimonios respaldan la idea de disociación entre consciencia empobrecida y habilidad para formar patrones neurales de objetos. Se estudió a una paciente en estado vegetativo persistente — forma ligera de coma que presenta ciertos signos vigiles aunque la consciencia esté gravemente descalabrada— con un escáner de imaginería funcional durante el cual se proyectaron en sus retinas fotografías de rostros humanos familiares. El resultado fue que se activó una zona en las cortezas occipitotemporales, región cuya activación por la percepción de rostros en personas normales, despiertas y conscientes es conocida. Así, aun sin consciencia, el cerebro puede procesar señales sensoriales en diversas estaciones neurales y activar por lo menos algunas de las áreas que participan en el

proceso de percepción[5].

Al observar un episodio de automatismo de ausencia, ves las elaboradas conductas de un organismo privado de consciencia ampliada y acaso de todo, con excepción de la modalidad más tenue de consciencia nuclear. Uno solo puede tratar de imaginar los residuos de una mente privada de self y de saber, una mente en la que acaso resten imágenes de cosas por saber pero nunca realmente sabidas, de cosas no poseídas, una mente privada del motor necesario para la acción deliberada.

Permíteme concluir comentando que la emoción estuvo ausente durante todo el episodio. Su entorpecimiento es un signo importante en las crisis y automatismos de ausencia. La emoción también falta en los mutismos acinéticos descritos en la próxima sección. Aunque esta ausencia de emoción —ni emoción de fondo ni emociones específicas— es conspicua, no se destaca en la literatura afín. Conforme reflexiono este descubrimiento, muchos años después de presenciarlo por vez primera, aventuro que la ausencia de emoción es una concomitancia confiable de una consciencia nuclear defectuosa, quizá tanto como la presencia de cierto grado de emotividad suele asociarse con el estado consciente. Un hallazgo parecido ocurre regularmente durante la interrupción natural de la consciencia que denominamos dormir. Ninguna emoción acompaña el dormir profundo, pero en el dormir con sueños —cuando la consciencia retorna en modalidades estrafalarias— es posible detectar expresiones emocionales en el sujeto observado.

El hallazgo de menoscabos paralelos de consciencia y emoción parecerá aún más notable si consideramos que pacientes con consciencia nuclear intacta, aunque esté comprometida su consciencia ampliada, tienen emociones de fondo y primarias que podemos reconocer como normales. Emoción y consciencia nuclear propenden a ir

juntas, en sentido literal, porque están presentes o ausentes de consuno[6].

La falta de emoción es asombrosa puesto que, como vimos, las emociones pueden desencadenarse no conscientemente, a causa de pensamientos desatendidos o disposiciones ignotas, y hasta debido a imperceptibles variaciones del estado corporal. En el desvanecimiento de la consciencia nuclear, podemos explicar someramente la falta de emoción sugiriendo que emociones y consciencia nuclear requieren, en parte, los mismos substratos neurales, y que las disfunciones estratégicamente situadas comprometen ambos tipos de procesamiento. Los substratos compartidos incluyen el conjunto de estructuras neurales que cimientan el proto-self (que describiré en el capítulo 5), es decir las estructuras que regulan y representan los estados internos del cuerpo. Estimo que la falta de emoción —desde la emoción de fondo hasta grados elevados de emoción— es signo de compromiso en importantes mecanismos de regulación corporal. Funcionalmente, la consciencia nuclear está cerca de los mecanismos averiados y, por consiguiente, se afecta junto con ellos. No existe tal vecindad funcional entre procesamiento emocional y consciencia ampliada. Por eso, como diremos en el capítulo 7, la falta de emoción no acompaña los deterioros de consciencia ampliada.

Sujetos con consciencia normal son capaces de encarnar sus emociones bajo forma de sentimientos y éstos, a su vez, pueden generar una nueva línea melódica de emociones que otorga a la conducta los rasgos que con tanta facilidad reconocemos como propios de una vida consciente. En condiciones patológicas, la suspensión del ciclo resonante de emoción-a-sentimiento-a-emoción substrae de la conducta signos reveladores del estado consciente, y genera en el observador la idea de que algo extraño acontece en la mente del sujeto observado. No me sorprendería descubrir que la razón por la que atribuimos con tanta seguridad mente a algunos animales, sobre todo domésticos, provenga del obviamente motivado flujo de emociones que manifiestan, y de nuestras presunciones automáticas y razonables de que estas emociones son causadas sin duda por sentimientos que solo pueden afectar la conducta de criaturas conscientes. Elaboraré este tema más adelante.

 

OTRA IMPORTANTE FUENTE de información acerca de la consciencia empobrecida proviene del estudio de pacientes con una condición cubierta por la etiqueta de mutismo acinético. Acinesia (o aquinesia) es el vocablo técnico para falta de movimiento, habitualmente debida a la incapacidad de iniciarlo, aunque suele incluir la ejecución de movimientos lentos. Mutismo, como indica la palabra, es ausencia de lenguaje. Como de costumbre, los términos sugieren lo que acontece (o no) externamente, pero yerran el blanco en cuanto al mundo interno. El corpus de evidencia disponible sugiere que en lo interno la consciencia disminuye severamente o se suspende del todo. El problema de los así llamados mutismos acinéticos me fascinó durante años, y pasé muchas horas observando a estos pacientes, en sus lechos de hospital o en mi laboratorio, estudiando sus escáners y electroencefalogramas, y esperando con paciencia la resolución de su mutismo para hablar con ellos. La historia de una paciente con esta condición dará una idea de lo que ocurre.

El derrame padecido por esta paciente, a quien designaré con el nombre de L, produjo daño en las regiones internas y superiores del lóbulo frontal en ambos hemisferios. Se dañó el área conocida como cíngulo, y las zonas aledañas. La paciente quedó inmóvil y muda de súbito y, de manera general, seguiría inmóvil y muda por casi seis meses. Solía yacer en su lecho, a veces con los ojos abiertos, pero sin expresión facial. Ocasionalmente podía mirar un objeto en movimiento —por ejemplo a mí, cuando me movía cerca de su cama— y seguirlo por algunos momentos, pero pronto aparecía de nuevo la mirada tranquila y desenfocada. Aunque el término «neutral» ayuda a describir la ecuanimidad de su expresión, una vez que mirabas sus ojos la palabra más apropiada era vacuidad. Estaba allí sin estarlo.

Su cuerpo no mostraba más animación que su cara. Tal vez hiciera un movimiento normal con brazos y manos, por ejemplo para estirar las frazadas, pero en general sus extremidades estaban en reposo. Ni su cuerpo ni su rostro expresaban emoción de ningún tipo, de fondo, primaria o secundaria, aunque numerosos inductores se le presentaban, día tras día, en intentos de conversación concentrada o en meras chanzas de cabecera pronunciadas por médicos, enfermeras, estudiantes de medicina, amigos y parientes. La neutralidad emocional reinaba sin cortapisas, mostrando que no solo carecía de respuesta a inductores externos, sino que tampoco respondía a inductores internos, que podían estar presentes en su pensamiento pero que, como se vio, obviamente no estaban.

Cuando se le preguntaba acerca de su estado, permanecía invariablemente en silencio, aunque después de muchos intentos tal vez dijera su nombre una sola vez, y volviera a callar. Nada tenía que decir respecto de los sucesos que desembocaron en su hospitalización, nada que comentar de su pasado o presente. No reaccionaba ante sus médicos ni enfermeras, ni a la presencia de familiares o amigos. Ni fotografías ni canciones, ni oscuridad ni luces brillantes, ni palmadas ni truenos ni el murmullo de la lluvia podían hacerla reaccionar. Nunca se molestó por mis preguntas insistentes y repetidas, nunca mostró una brizna de preocupación por sí misma ni por nada.

Meses después, conforme emergía de su estado de estrecha existencia y poco a poco empezaba a contestar algunas preguntas, esclareció el enigma de su estado mental. A la inversa de lo que un observador casual podría haber creído, su mente no había estado presa en la cárcel de su inmovilidad. Más bien parece no haber habido mucha mente, por lo menos nada parecido a consciencia nuclear, sin hablar de consciencia ampliada. La pasividad de cuerpo y rostro reflejaba su falta de animación mental. No recordaba ninguna experiencia particular del dilatado período de silencio: nunca sintió miedo ni estuvo ansiosa ni tuvo deseos de comunicarse. En el período previo a sus primeras respuestas, quizá algunos días, recordó vagamente que se le planteaban preguntas, pero sentía que no tenía nada que decir y, repito, esto no la hacía sufrir. Nada le hubiera impedido decir qué pensaba.

A diferencia de los pacientes con el síndrome de coma vigil (locked-in syndrome), que analizaremos en el capítulo 8, L parece no haber tenido, durante la mayor parte de su larga modorra despierta, ninguna sensación de self o de entorno, ninguna sensación de saber. Es probable que su sensación de self estuviera deteriorada incluso durante su lento despertar, A diferencia de los pacientes con síndrome de coma vigil, pero junto con los pacientes epilépticos citados y los que describiré en la próxima sección, L podría haberse movido sin trabas —extremidades, ojos, aparato vocal— si hubiera poseído una mente consciente capaz de formular un plan y comandar un movimiento. Pero no la tenía. Aunque tal vez se formaran algunas imágenes —es difícil imaginar cómo podía seguir un objeto con la vista o estirar con precisión las frazadas mediante el tacto basada solo en reacciones reflejas—, parece que no producía pensamientos diferenciados, razonamientos o planes, y que tampoco había reacciones emocionales a contenidos mentales. Esta importante colección de carencias se tradujo externamente en un rostro de expresión neutral, un cuerpo sin movimiento, y mutismo. Nuevamente, la emoción estaba ausente.

 

ALGUNOS PACIENTES en etapas avanzadas de la enfermedad de Alzheimer presentan también una consciencia menesterosa, similar a la descrita en el caso del mutismo acinético. Al comienzo del mal, la pérdida de memoria domina el cuadro y la consciencia sigue intacta, pero conforme los destrozos del Alzheimer se profundizan, se suele hallar degradación progresiva de consciencia. Por desgracia, los textos y descripciones comunes del Alzheimer enfatizan la pérdida de memoria y la conservación inicial de la consciencia, y suelen callar este aspecto importante de la enfermedad.

La declinación afecta primero a la consciencia ampliada, acotando progresivamente su esfera hasta que virtualmente toda semejanza de self autobiográfico desaparece. Luego le toca el tumo a la consciencia nuclear, que decae hasta que se desvanece la simple sensación de self. La vigilia se mantiene y los pacientes responden a la gente y objetos de maneras rudimentarias —una mirada, un toque, tomar un objeto—, pero no hay signos que permitan inferir que las respuestas surgen de un conocimiento real. La atención se distrae en cuestión de segundos y la falta global de intencionalidad se torna evidente.

He presenciado esta desintegración en muchos pacientes con Alzheimer y nunca tan penosamente como en un querido amigo que, además, fue uno de los filósofos más notables de su generación, cuyo brillante intelecto disfrazó el derrumbe ante todos, excepto ante sus más íntimos. La última vez que lo vi no pronunció palabra ni dio señales de reconocerme, ni a su esposa. Sus ojos, cuya expresión se había vaciado desde dentro, se posaban en personas u objetos por breves segundos, sin que ninguna reacción subsiguiera en su rostro o cuerpo. Y no obstante, podía mover su silla de ruedas por la habitación, de maneras algo impredecibles, por ejemplo para aproximarse al gran ventanal y mirar, sin fijar la vista en nada en particular.

Una vez lo vi acercarse al único y casi vacío librero de la habitación, hurgar el anaquel que estaba a la altura del brazo de la silla y coger un papel plegado. Era una fotografía brillante y ajada de 8 x 10, doblada en cuatro. La puso en sus rodillas, despacio; la desplegó lentamente y miró largo rato el hermoso rostro retratado, el de su sonriente esposa, ahora escindida en cuatro cuadrantes por las profundas arrugas del papel, doblado innumerables veces. Miraba pero no veía. En ningún momento mostró una pizca de reacción, ninguna conexión establecida entre el retrato y su modelo viviente, sentado frente a él, a pocos metros de distancia; ninguna conexión conmigo tampoco, que había tomado la fotografía diez años antes, en épocas de felicidad compartida. El pliegue y despliegue de la fotografía ocurría regularmente, desde los inicios de la enfermedad —cuando aún sabía que algo andaba mal—, quizá en un intento desesperado de aferrarse a una certidumbre de lo que alguna vez había sido. Ahora era un ritual inconsciente, ejecutado con los mismos movimientos lentos, el mismo silencio, idéntica falta de resonancia afectiva. En la tristeza del momento me alegré de que ya no pudiera saber.

 

LA REFLEXIÓN SOBRE ESTAS instancias de consciencia perturbada revela los siguientes hechos:

Primero: la clara separación entre vigilia, atención difusa, fugaces conductas adecuadas que pueden sobrevivir al disturbio de consciencia, y la emoción, perdida junto con la sensación de saber y de self. La carencia de saber y self y de emociones motivadas reconocibles va de la mano con faltas de planificación, de atención de alto nivel y de conductas adecuadas sostenidas. El desacoplamiento de funciones que podemos observar en estos casos muestra una capa de subcomponentes que habría sido difícil notar, para qué decir cribar, sin el escalpelo suministrado por la enfermedad neurológica.

Segundo: para todos los fines prácticos, podemos clasificar los ejemplos neurológicos de consciencia nuclear deteriorada como sigue:

 

A. Interrupción de consciencia nuclear con vigilia y mínima atención/conducta

preservadas. Mutismos acinéticos y automatismos epilépticos son los ejemplos más notables. Causas de mutismos acinéticos son disfunciones en la corteza cingular anterior, en el cerebro anterior basal, en el tálamo y en la corteza parietal medial y pericingular.

B. Interrupción de consciencia nuclear con vigilia preservada pero mínima y

defectuosa atención/conducta. Ataques de ausencia y estados vegetativos persistentes son los ejemplos más notables. Los ataques de ausencia se relacionan con una disfunción en el tálamo o en la corteza cingular anterior.

El estado vegetativo persistente, que suele confundirse con el coma, se

distingue de éste porque los pacientes vegetativos tienen ciclos de sueño y vigilia manifestados por el abrir y cerrar de ojos y, a veces, por el perfil de sus electroencefalogramas. Discutiremos este estado en el capítulo 8. La causa típica es una disfunción en un conjunto particular de estructuras en la parte alta del tronco del encéfalo, el hipotálamo o el tálamo.

C. Interrupción de consciencia nuclear acompañada de cesación de vigilia. Coma,

pérdidas de consciencia transitorias causadas por lesiones craneanas o desvanecimiento, dormir profundo (sin sueños) y anestesia general. Discutiremos los aspectos más relevantes del coma en el capítulo 8, pero señalo que la zona típica de disfunción se encuentra en estructuras de la parte alta del tronco del encéfalo, del hipotálamo y del tálamo. El control del sueño y la vigilia reside en la misma zona general y se sabe que la acción de varios anestésicos también afecta esa región.

 

Tercero, como quedará en claro cuando discutamos los correlatos neuroanatómicos de la consciencia (capítulos 6 y 8), casi todos los sitios de daño cerebral asociados con una interrupción significativa de consciencia nuclear comparten un rasgo importante: se sitúan cerca de la línea media del cerebro; de hecho, los lados izquierdo y derecho de estas estructuras parecen imágenes especulares, mirándose uno a otro a través de la línea media. En el nivel de tronco del encéfalo y diencéfalo (región que abarca el tálamo y el hipotálamo), los sitios dañados están cerca de los canales y ventrículos que definen la línea media de todo el sistema nervioso central. En el nivel cortical, se sitúan en la superficie medial (interna) del cerebro. Ninguno puede ser visto cuando inspeccionamos las superficies laterales (externas) del cerebro, y todos ocupan una enigmática posición «central». Estas estructuras son de cuño antiguo en la evolución y están presentes en numerosas especies no humanas. Durante el desarrollo individual humano alcanzan pronto la madurez.