Sentir lo que sucede
2. Sentir y saber
S E G U N D A P A R T E
Sentir y saber
Capítulo dos
Emoción y sentimiento
OTRA VEZ LA EMOCIÓN
Sin excepción, hombres y mujeres de todas las épocas y culturas, de diversos niveles de educación y diferentes estratos económicos, experimentan emociones, perciben emociones ajenas, cultivan pasatiempos que manipulan sus emociones, y gobiernan sus vidas en gran medida buscando una emoción, la dicha, y evitando emociones desagradables. A primera vista, nada hay distintivamente humano en las emociones pues es notorio que abundan en criaturas no humanas. Lo peculiar es cómo se conectaron con ideas complejas, valores, principios y juicios privativos de la familia humana, y en esta conexión reposa nuestra legítima idea de que la emoción humana es especial. La emoción humana no solo implica placeres sexuales o temor a las víboras. También incluye el horror de ver sufrir y la satisfacción ante la justicia, el gozo por la sonrisa sensual de Jeanne Moreau o la densa belleza de las palabras e ideas en los versos de William Shakespeare; la voz cansina de Dietrich Fischer-Dieskau cuando canta Ich habe genug de Bach; los fraseos simultáneamente terrestres y celestiales de Maria João Pires cuando toca Mozart o Schubert, y la armonía que Einstein buscó en la estructura de una ecuación. De hecho, la música comercial y los filmes de poco valor también estimulan emociones, cuya potencia nunca debe ser subestimada.
El impacto humano de estos motivos de emoción, refinados o no, y de los matices emocionales que inducen, sutiles o no, depende de los sentimientos que esas emociones generan. Las emociones, que son públicas y dirigidas hacia el exterior, empiezan a tener impacto en la mente a través de los sentimientos, que son íntimos y dirigidos hacia el interior; pero el impacto entero y duradero de las emociones precisa de la consciencia, porque el individuo solo logra conocer sus propios sentimientos con la llegada de la sensación de self.
Algunos lectores se extrañarán ante la distinción entre «sentimiento» y «saber que tenemos un sentimiento». ¿Acaso el estado de sentir no implica, por necesidad, que el organismo sensible está consciente de la emoción y el sentimiento que se están sintiendo? Sugiero que no es así, que cualquier organismo puede representar, en patrones neurales y mentales, el estado que nosotros —criaturas conscientes— denominamos sentimiento, sin llegar a saber que lo está experimentando. Esta separación es difícil de imaginar, no solo porque el significado tradicional de las palabras ocluye nuestra percepción, sino porque propendemos a tener consciencia de nuestros sentimientos. No existe, empero, evidencia alguna de que tengamos consciencia de todos nuestros sentimientos, y mucho tiende a sugerir que no la tenemos. Por ejemplo, en una situación dada suele ocurrir que nos percatemos súbitamente de que nos sentimos ansiosos o incómodos, complacidos o relajados, y es innegable que el singular estado de sentimiento que experimentamos empezó antes del momento en que conocimos su existencia. Ni el estado de sentimiento ni la emoción que llevó a él estuvieron «en la consciencia», y sin embargo se desplegaron como procesos biológicos. Aunque a primera vista estas distinciones pueden parecer artificiales, mi intención no es complicar algo sencillo sino escindir algo bastante complicado en partes capaces de ser enfocadas separadamente. Con el propósito de investigar estos fenómenos distingo tres partes del procesamiento a lo largo de un continuo: estado de emoción, que puede ser desencadenado y ejecutado de un modo no consciente; estado de sentimiento, capaz de ser representado no conscientemente, y estado de sentimiento hecho consciente, esto es, conocido por el organismo que experimenta emoción y sentimiento. Creo que estas distinciones ayudan cuando intentamos imaginar los soportes neurales de esta serie de sucesos en el ser humano. Además, sospecho que algunas criaturas no humanas que muestran emociones pero en apariencia no cuentan con la calidad de consciencia que nosotros poseemos pueden dar forma a las representaciones que denominamos sentimientos sin percatarse de ello. Alguien puede sugerir que tal vez debiéramos tener otra palabra para «sentimientos no conscientes», pero no existe. La alternativa más cercana es explicar lo que queremos decir.
En pocas palabras, para que los sentimientos influyan en el individuo más allá del aquí y ahora tiene que estar presente la consciencia. Las consecuencias fundamentales de la emoción y el sentimiento humanos dependen de la consciencia, hecho cuya importancia no fue bien calibrada en su momento (la extraña historia de la investigación de sentimientos y emociones, discutida más abajo, puede ser responsable de este olvido). Es probable que en el proceso evolutivo la emoción apareciera antes que la consciencia, y se situara en la superficie en cada uno de nosotros debido a inductores que solemos no reconocer conscientemente. Pero los sentimientos desempeñan sus efectos más fundamentales y perdurables en el teatro de la mente consciente.
El poderoso contraste entre la solapadamente inducida, y externa, postura de la emoción y el estado de sentimiento humano, dirigido hacia el interior, y por último conocido, me suministraron una perspectiva inapreciable para reflexionar acerca de la biología de la consciencia. Y hay otros puentes entre consciencia y emoción. En este libro propongo que, a semejanza de la emoción, la consciencia apunta a la supervivencia del organismo y se arraiga en la representación del cuerpo. Además, destaco un curioso hecho neurológico: cuando se suspende la consciencia, desde la nuclear para arriba, suele suspenderse asimismo la emoción. Esto sugiere que, si bien emoción y consciencia son fenómenos diferentes, sus soportes neurales pueden estar conectados. Por todas estas razones, es importante discutir las diversas características de la emoción antes de interpelar directamente la consciencia. Pero antes de describir los resultados de la reflexión propongo una digresión sobre la extraña historia de la ciencia de la emoción, porque la historia puede ayudarnos a explicar por qué no se enfocó la consciencia desde la perspectiva que adopto aquí.
Digresión histórica
Dada la magnitud de los temas vinculados con la emoción y los sentimientos, sería lógico esperar que tanto la filosofía como las ciencias de la mente y el cerebro hubieran acometido su estudio. Curiosamente, éste solo empieza hoy. La filosofía — pese a David Hume y la tradición que originó— desconfió de la emoción y la relegó al desechable reino de los animales y la carne. Por un tiempo la ciencia lo hizo mejor, pero también perdió su oportunidad.
Hacia fines del siglo diecinueve Charles Darwin, William James y Sigmund Freud plasmaron extensos escritos acerca de diferentes aspectos de la emoción, otorgándole un lugar privilegiado en el discurso científico. Con todo, durante el siglo veinte y hasta hace poco, tanto la neurociencia como las ciencias cognoscitivas miraron la emoción con desdén. Darwin estudió con profundidad la expresión de emociones en diferentes culturas y especies y, a pesar de que creía que las emociones humanas eran vestigios de etapas evolutivas previas, respetó la importancia del fenómeno. William James analizó el problema con su característica claridad y produjo un informe que, pese a su insuficiencia, sigue siendo una piedra angular. Freud percibió el potencial patológico de la emoción perturbada y anunció su importancia en términos bastante precisos.
Darwin, James y Freud fueron, por necesidad, algo ambiguos acerca del aspecto cerebral de sus ideas, pero uno de sus coetáneos, Hughlings Jackson, fue más exacto. Jackson dio el primer paso hacia una posible neuroanatomía de la emoción, y sugirió que el hemisferio derecho de los humanos tal vez fuera dominante en ella, así como el izquierdo predomina en el lenguaje.
Hubo buenos motivos para esperar que al inicio del nuevo siglo las ciencias del cerebro convirtieran la emoción en parte de su programa y resolvieran sus interrogantes. Pero ese desarrollo nunca ocurrió. Peor aún, los trabajos de Darwin desaparecieron de circulación, se atacó injustamente y desdeñó de oficio la propuesta de James, y la influencia de Freud tomó otra dirección. Durante la mayor parte del siglo veinte el laboratorio desconfió de la emoción. Se decía que era demasiado subjetiva, esquiva y vaga. Se la juzgó antípoda de la razón, considerada la habilidad humana por antonomasia e independiente de la emoción. Perverso sesgo causado por la visión romántica de la humanidad, porque para los románticos las oficinas de la emoción se afincaban en el cuerpo, y las de la razón en el cerebro. La ciencia del siglo veinte esquivó el cuerpo y mudó la emoción al cerebro, pero la relegó a los estratos neurales más bajos, asociados con ancestros que nadie respetaba. En último término, no solo la emoción era irracional: incluso estudiarla tal vez fuera irracional.
El siglo veinte presenta curiosos paralelos al descuido científico ante la emoción. Uno de ellos es la falta de una perspectiva evolucionista en el estudio de mente y cerebro. Quizá sea exagerado decir que la neurociencia y las ciencias cognoscitivas procedieron como si Darwin jamás hubiera existido, pero así parecía hasta la década de 1990. Ciertos aspectos de cerebro y mente se discutieron como si hubieran sido diseñados ayer, a pedido y para producir un determinado efecto —algo así como la instalación de frenos ABS en un automóvil nuevo—, sin ningún respeto por los posibles antecedentes de los dispositivos de mente y cerebro. Recién ahora se observa un cambio en la situación.
Otro paralelo atañe al descuido de la noción de homeostasis. Homeostasis son las reacciones fisiológicas coordinadas y vastamente automáticas que mantienen el equilibrio interno de un organismo viviente. Describe la regulación automática de la temperatura, concentración de oxígeno y pH en el cuerpo. Numerosos científicos se preocuparon de la neurofisiología de la homeostasis, de otorgar sentido a la neuroanatomía y neuroquímica del sistema nervioso autónomo (la parte del sistema nervioso más involucrada en la homeostasis), y de elucidar las relaciones recíprocas del sistema endocrino, nervioso e inmune, cuya labor conjunta produce homeostasis. Pero el progreso científico en esos ámbitos influyó poco en el enfoque preponderante respecto del modo en que trabajan mente y cerebro. Lo curioso es que las emociones son parte esencial de la regulación que denominamos homeostasis. Es absurdo discutirlas sin entender este aspecto de los organismos vivientes, y viceversa. En este libro propongo que la homeostasis es clave en la biología de la consciencia (véase capítulo 5).
El tercer paralelismo es la notoria ausencia de la noción de organismo en las ciencias cognoscitivas y neurociencia. La mente siguió enyugada al cerebro en una suerte de relación equívoca, y el cerebro siguió escindido del cuerpo, en vez de ser visto como parte de un organismo vivo y complejo. Aunque la idea de organismo integrado —conjunto compuesto de cuerpo propiamente tal y sistema nervioso— estaba presente en los trabajos de Ludwig von Bertalanffy, Kurt Goldstein y Paul Weiss, tuvo escaso impacto en el cincelado de la concepción típica de mente y
cerebro[1].
Por cierto, hay excepciones. Por ejemplo, las propuestas teóricas de Gerald Edelman sobre la base neural de la mente están informadas por el pensamiento evolucionista y la regulación homeostática. Por mi parte, fundamenté mi hipótesis de los marcadores somáticos en nociones de evolución, regulación homeostática y
organismo[2]. Pero las conjeturas teóricas rectoras en neurociencia y ciencias cognoscitivas recurrieron poco a la perspectiva organísmica o evolucionista.
Solo ahora las ciencias cognoscitivas y la neurociencia aceptan la emoción. Una
nueva generación de científicos transformó la emoción en su tema favorito[3]. Además, ya no se acepta sin vacilaciones la presunta oposición entre emoción y razón. Por ejemplo, el trabajo de mi laboratorio mostró que, para bien o para mal, la
emoción es inherente al proceso racional y decisorio[4]. Aunque esto parece contrariar nuestro instinto, hay evidencias que lo confirman. Los hallazgos surgieron durante el estudio de varios individuos que gobernaron sus vidas de manera perfectamente racional hasta que, debido a un daño neurológico en lugares específicos del cerebro, perdieron cierta clase de emociones y junto con ello —en un desarrollo paralelo trascendental— su habilidad para tomar decisiones racionales. Aún pueden usar los instrumentos de su racionalidad y emplear el conocimiento acerca del mundo que los rodea. Su habilidad para abordar la lógica de un problema sigue incólume. Sin embargo, gran parte de sus decisiones personales y sociales es irracional y suele ser más desventajosa que ventajosa para su self. He sugerido que en estos casos las señales procedentes de la maquinaria neural que sustenta la emoción —de modo no consciente y en ocasiones incluso de modo consciente— ya no actúan sobre el delicado mecanismo de la razón.
La hipótesis se conoce como hipótesis del marcador somático, y los pacientes que me llevaron a postularla presentaban daños en áreas específicas de la zona prefrontal, esencialmente en los sectores ventromediales y en la región parietal derecha. Ya fuera a causa de hemorragia cerebral, traumatismo craneano, o ablación de un tumor, el daño en esas regiones se asoció siempre con la aparición del cuadro clínico citado, esto es, perturbaciones en la capacidad de tomar decisiones adecuadas ante situaciones de riesgo o conflicto, y una reducción selectiva de la habilidad para resonar emocionalmente en aquellas situaciones, mientras el resto de las habilidades emocionales permanece intacto. Estos deterioros no estaban presentes antes del daño cerebral. Tanto la familia como los amigos podían sentir un «antes» y un «después» de la lesión neurológica.
Estos hallazgos sugieren que la reducción selectiva de la emoción es por lo menos tan perjudicial para la racionalidad como la sobreabundancia de emoción. Ya no parece veraz que la razón gane al operar sin el influjo de la emoción. Por el contrario, quizá la emoción ayude a razonar, sobre todo cuando se trata de asuntos personales o sociales que presentan riesgos y conflicto. Sugerí que ciertos niveles de procesamiento emocional tal vez nos dirijan al sector del espacio decisorio donde nuestra razón puede operar con mayor eficacia. No sugerí, empero, que las emociones fueran un sustituto de la razón o que las emociones decidan por nosotros. Es obvio que los trastornos emocionales pueden desaguar en decisiones irracionales. La evidencia neurológica simplemente sugiere que la ausencia selectiva de emociones es un problema. Emociones bien dirigidas y bien desplegadas parecen erigir un sistema de soporte sin el cual el edificio de la razón no puede operar adecuadamente. Estos resultados y su interpretación cuestionaron la idea de descartar la emoción como si fuera un lujo, una molestia, o un mero vestigio evolutivo. También permitieron ver la
emoción como encarnación de la lógica de supervivencia[5].
EL CEREBRO SABE MÁS DE LO QUE LA MENTE CONSCIENTE REVELA
Emociones y sentimiento de emociones, respectivamente, son principio y fin de una progresión, pero a lo largo del continuo es muy diferente el carácter casi público de las emociones y la absoluta intimidad de los sentimientos afines. Si hemos de investigar a fondo estos mecanismos, conviene distinguir emoción y sentimiento. Propongo que el término sentimiento se reserve a la experiencia privada y mental de una emoción, en tanto que la voz emoción se use para designar una colección de respuestas, muchas de las cuales son públicamente observables. En la práctica, esto significa que puedes observar un sentimiento en ti mismo cuando, como ser consciente, percibes tus estados emocionales. Análogamente, nadie puede observar tus propios sentimientos, pero algunos aspectos de las emociones que nutren tus sentimientos serán patentes para terceros. Además, para esclarecer mi argumento, los mecanismos básicos que sustentan la emoción no requieren consciencia, aunque fortuitamente la usen: puedes iniciar la cascada de procesos que conducen a una manifestación emocional sin estar consciente del inductor de la emoción, sin hablar de los pasos intermedios que desembocan en ella. En efecto, incluso la ocurrencia de un sentimiento en la acotada ventana del aquí y ahora es concebible sin que el organismo conozca su acontecer. Por supuesto, en este punto de la evolución y en este momento de nuestra vida adulta la emoción puede ocurrir en un marco de consciencia: podemos sentir contundentemente nuestras emociones, y sabemos que las sentimos. La urdimbre de nuestra mente y conducta se teje en torno de ciclos continuos de emoción, seguidos por sentimientos que llegan a ser conocidos y engendran nuevas emociones, en una suerte de flujo polifónico que sustenta y recalca pensamientos específicos en nuestra mente y acciones en nuestra conducta. Pero, aunque emoción y sentimiento ahora forman parte de un continuo funcional, conviene distinguir los pasos a lo largo de este continuo si queremos estudiar sus soportes biológicos con algún grado de éxito. Además, como sugerí antes, es posible que los sentimientos estén equilibrados en el mismísimo umbral que separa el ser del
saber y ostenten, por lo tanto, una conexión privilegiada con la consciencia[6].
¿Por qué estoy tan seguro de que la maquinaria biológica que sustenta la emoción no depende de la consciencia? Después de todo, en nuestra experiencia cotidiana, solemos conocer las circunstancias que desembocan en una emoción. Pero saber a menudo no es lo mismo que saber siempre. Hay sólidas evidencias en favor de la naturaleza disimulada de la inducción de emociones, e ilustraré el punto con algunos resultados experimentales recogidos en mi laboratorio.
David, que presenta uno de los defectos de aprendizaje y memoria más severos que se hayan registrado, no puede aprender ningún hecho nuevo. Por ejemplo, es incapaz de aprender una apariencia física, sonidos, lugares o palabras que no haya conocido antes. En consecuencia, no puede aprender a reconocer a una persona desconocida, ya sea por el rostro, la voz o el nombre, ni puede recordar si conoció a determinada persona o lo que sucedió entre ésta y él. La causa del problema de David es una lesión extensa en ambos lóbulos temporales, con daño en la zona denominada hipocampo (cuya integridad es necesaria para generar memorias de hechos nuevos) y en la región conocida como amígdala (grupo subcortical de núcleos vinculados con la emoción, que mencionaré en las páginas siguientes).
Varios años atrás supe que en su vida cotidiana David parecía manifestar sólidas preferencias y rechazos por ciertas personas. Por ejemplo, en la institución donde vivió la mayor parte de los últimos veinte años, había personas específicas a las que se dirigía cuando quería un cigarrillo o una taza de café, y otras a las que jamás recurría. La uniformidad de estas conductas era muy extraña, considerando que David era incapaz de reconocer a ninguno de aquellos individuos, que no sabía si alguna vez los había visto, que era incapaz de pronunciar el nombre de nadie, ni señalar a alguien cuyo nombre se le decía. ¿Podía esta enigmática historia ser algo más que una anécdota curiosa? Decidí verificarlo y probarlo empíricamente. Para ello, colaboré con mi colega Daniel Tranel en el diseño de un experimento conocido en nuestro
laboratorio como la prueba del buen tipo y el mal tipo[7].
Bajo estricto control, involucramos durante siete días a David en tres modalidades distintas de interacción humana. Una índole de interacción incluía a una persona extremadamente amable y cálida, que siempre premiaba a David, pidiera éste algo o no (el buen tipo). Otra interacción introducía a un individuo emocionalmente ecuánime, que implicaba a David en actividades que no eran placenteras ni desagradables (el tipo neutral). La tercera modalidad de interacción incorporaba al mal tipo, una persona brusca, que negaba toda solicitud e involucraba a David en una tarea psicológica muy tediosa, destinada a desesperar a un santo: la tarea de no paridad diferida con muestra, diseñada para investigar la memoria de monos y que solo podría agradar a quien posea la mente de un mono.
La escenificación de las diferentes situaciones se dispuso a lo largo de cinco días consecutivos y al azar, pero siempre por un intervalo específico de tiempo, para poder medir y cotejar adecuadamente la interacción con el bueno, el malo y el indiferente. La sofisticada representación de esta coreografía requirió cuartos distintos y varios asistentes que, por cierto, no eran los tipos buenos, malos o neutrales.
Después de los encuentros, quisimos que David participara en dos tareas distintas: en una le pedimos mirar series de cuatro fotografías que incluían el rostro de uno de los tres individuos del experimento y le preguntamos: «¿A quién te dirigirías si precisaras ayuda?», y, para mayor claridad: «¿Quién crees que es tu amigo en este grupo?».
David se comportó de manera espectacular. Cuando el «buen tipo» formaba parte de la serie de cuatro, David lo eligió el 80 por ciento de las veces, revelando que su elección no era casual (el mero azar hubiera hecho que David eligiera a cada uno de los cuatro un 25 por ciento de las veces). David eligió al neutral con una probabilidad no superior al azar. Casi nunca eligió al mal tipo, nueva evidencia en contra de la elección fortuita.
En una segunda tarea pedimos a David que observara el rostro de los tres individuos y nos comunicara lo que sabía acerca de ellos. Como era lógico, no recordaba nada. Ni siquiera rememoraba haberlos visto, ni era capaz de evocar una interacción con ninguno. Inútil decir que no pudo nombrar a nadie ni supo de qué hablábamos cuando le preguntamos sobre lo sucedido la semana anterior. Pero cuando inquirimos cuál de los tres era su amigo, señaló invariablemente al buen tipo.
Los resultados muestran que valía la pena investigar la anécdota. Sin duda, nada había en la mente consciente de David que le diera una razón notoria para elegir correctamente al buen tipo y rechazar al malo. No sabía por qué elegía correctamente al bueno y rechazaba al malo. Ahora bien, la manifiesta preferencia no consciente acaso se relacione con las emociones inducidas durante el experimento, así como con la reinducción no consciente de una parte de esas emociones mientras era examinado. David no había incorporado nuevos conocimientos del tipo que pudieran ser desplegados en la mente bajo forma de imagen. Pero algo quedó en su cerebro, y ese algo pudo producir resultados en una forma sin imagen: en forma de acciones y conductas. El cerebro de David pudo engendrar acciones ajustadas al valor emocional de los primeros encuentros, conforme a premios o a la carencia de gratificaciones. Para aclarar esta idea describiré una observación que hice durante una sesión de la prueba del buen tipo y el mal tipo.
David era conducido a su encuentro con el mal tipo, y al entrar al pasillo y ver al personaje que lo esperaba, vaciló, se detuvo un instante y solo entonces permitió que lo acompañaran amablemente hasta la sala de examen. Tomé nota de esto y le pregunté de inmediato qué ocurría, qué podía hacer yo por él. Como era de esperarse, dijo que nada, que todo estaba bien; después de todo, nada llegaba a su mente excepto tal vez una sensación solitaria de emoción, sin causa alguna que la respaldara. No tengo ninguna duda de que la vista del mal tipo indujo una breve respuesta emocional y un fugaz sentimiento de aquí y ahora. Sin embargo, dada la ausencia de un conjunto de imágenes asociadas capaz de explicarle la causa de la reacción, el efecto quedó
aislado, desconectado y por ende inmotivado[8].
Tampoco dudo de que si hubiéramos proseguido la tarea durante varias semanas seguidas en vez de una sola, David habría adoptado las respuestas negativas y positivas que producían la conducta más conveniente para su organismo, esto es, preferir sin tregua al buen tipo y rechazar al malo. No sugiero que él mismo eligiera deliberadamente, sino que su organismo —sobre la base del diseño y disposición disponibles— se habría dirigido hacia esa conducta. Habría desarrollado un tropismo por el buen tipo y un antitropismo por el malo, más o menos de la misma manera que desarrolló estas preferencias en la escenificación real.
La situación descrita nos permite presentar otros puntos. Primero: la consciencia nuclear de David sigue intacta, tema que revisaremos en el próximo capítulo. Segundo: aunque en el marco de la prueba del buen tipo/mal tipo las emociones de David se indujeron no conscientemente, en otros escenarios David se involucra en emociones conscientes. Cuando no tiene que depender de memorias nuevas, siente felicidad al saborear un manjar favorito o mirar una escena placentera. Tercero: dada la notable destrucción de varias regiones corticales y subcorticales relacionadas con la emoción —capas ventromediales prefrontales, cerebro anterior basal y amígdala—, es obvio colegir que estos territorios no son indispensables ni para la emoción ni para la consciencia. Para futura referencia podemos recordar, además, que algunas estructuras del cerebro de David están intactas: todo el tronco del encéfalo, el hipotálamo, el tálamo, la mayor parte del cíngulo (o cortezas del cíngulo) y virtualmente todas las estructuras motoras y sensoriales.
Concluyo estos comentarios diciendo que el mal tipo de nuestro experimento era una amable, joven y hermosa neuropsicóloga. Diseñamos así la prueba, obligándola a jugar contra su carácter, porque quisimos determinar hasta qué punto la preferencia manifiesta de David por la compañía de mujeres jóvenes y bonitas podía contrarrestar la contradicción de la conducta de ella, y el hecho de que fuera la encargada de las tareas aburridas (el lado flaco de David son las jóvenes: una vez lo sorprendí acariciando el brazo de Patricia Churchland y diciendo «Eres tan suave…»). Pues bien, nuestro plan algo perverso redituó. Ningún grado de belleza natural pudo compensar la emoción negativa inducida por los modales del mal tipo y por el aburrimiento de la tarea encomendada.
No precisamos tener consciencia del inductor de una emoción y solemos no tenerla, ni podemos controlar a voluntad las emociones. Es probable que te sientas triste o dichoso y no sepas por qué razón estás así. Una investigación minuciosa puede descubrir causas posibles, y una puede ser más probable que otra, pero en general no logras estar seguro. La causa tal vez fuera la imagen de un suceso, imagen que tenía el potencial para volverse consciente pero la descuidaste porque estabas concentrado en otra. O quizá no hubiera imagen ninguna, sino una efímera alteración del perfil químico de tu medio interior, generada por factores tan diversos como tu estado de salud, tu ciclo hormonal, cuánto ejercicio hiciste ese día, o en qué medida te inquietaste por algún asunto. El cambio sería lo bastante substancial como para generar algunas respuestas y alterar el estado de tu cuerpo, pero no sería imaginable en el sentido en que una persona o una relación son imaginables, esto es, no produciría un patrón sensorial capaz de ser percibido por tu mente. En otras palabras, las representaciones que inducen emoción y desembocan en sentimientos subsiguientes no precisan ser atendidas, no importando si significan algo ajeno al organismo o algo evocado internamente. Representaciones tanto del exterior como del interior pueden ocurrir por debajo del registro consciente e instigar, pese a ello, respuestas emocionales. Las emociones pueden inducirse de manera no consciente y, por lo tanto, carecer de motivos manifiestos para el self consciente.
En parte podemos controlar en nuestro pensamiento la persistencia de una imagen aspirante a inductora (si fuiste educado en la religión católica sabes muy bien a qué me refiero, y también si has rondado el Actors’ Studio). Quizá fracasemos en la tarea, pero la labor de suprimir o mantener el inductor ocurre sin duda en la consciencia. También podemos gobernar, en parte, la expresión de ciertas emociones —contener la ira, disfrazar la tristeza—, pero la mayoría de nosotros es bastante torpe en la tarea y por eso pagamos tanto dinero para ver a buenos actores, capaces de dominar la expresión de sus emociones (y por eso podemos perder mucho dinero jugando al póquer). No obstante, una vez formada una representación sensorial particular, sea o no parte de nuestro flujo de pensamiento consciente, poco tenemos que decir sobre el mecanismo de inducir una emoción. Si el contexto psicológico y fisiológico es correcto, sobrevendrá una emoción. El desencadenamiento no consciente de emociones también explica por qué es tan difícil falsificarlas. Como expliqué en El error de Descartes, tanto la sonrisa espontánea que sigue a un deleite genuino como los sollozos naturales causados por la pena son articulados por estructuras encefálicas domiciliadas en las profundidades del tronco del encéfalo, controladas por la región del cíngulo. No tenemos manera de ejercer control directo y voluntario sobre los procesos neurales que acontecen en esas zonas. Es fácil detectar la falacia en la imitación casual de expresiones emocionales; siempre falla algo, la configuración de los músculos faciales, el tono de voz. El resultado de este estado de cosas es que para muchos de nosotros, que no somos actores, las emociones indican con precisión cuán favorable es el entorno para nuestro bienestar o, por lo menos, en qué medida parece oportuno en nuestra mente.
Nuestra capacidad de interrumpir una emoción es equiparable a nuestra habilidad para evitar un estornudo. Podemos intentar prevenir la expresión de una emoción, y acaso lo logremos en parte, aunque no totalmente. Algunos, por influencias culturales apropiadas, llegamos a ser bastante hábiles en el asunto, pero en esencia lo que logramos es la habilidad de disimular ciertas manifestaciones externas de emoción, sin ser capaces de bloquear los cambios automáticos que ocurren en las visceras y el medio interno. Piensa en la última vez que te emocionaste en público e intentaste disimularlo. Podrías haber triunfado si hubieras estado viendo una película en la oscuridad, a solas con Gloria Swanson, pero no si hubieras estado despidiendo a un amigo fallecido: tu voz te habría delatado. Alguien me dijo una vez que la idea de sentimientos ocurridos después de la emoción no podía ser correcta, porque es posible suprimir las emociones y seguir teniendo sentimientos. Pero eso no es cierto, claro está, más allá de la supresión parcial de expresiones faciales. Podemos educar nuestras emociones pero no suprimirlas por completo, y los sentimientos íntimos que experimentamos atestiguan nuestro fracaso.
Digresión acerca del control de lo incontrolable
Una excepción parcial al escaso control que tenemos sobre el medio interno y las visceras incluye el control respiratorio, sobre el cual tenemos que ejercer una acción voluntaria, porque la respiración autónoma y la vocalización voluntaria para el habla y el canto se valen del mismo instrumento. Puedes aprender a nadar bajo el agua y contener la respiración por períodos cada vez más largos, pero hay límites que ni un campeón olímpico puede sobrepasar y seguir vivo. Los cantantes de ópera enfrentan parejo obstáculo: ¿qué tenor no quisiera mantener un poco más el do para irritar a la soprano? Pero ninguna cantidad de ejercicio laríngeo o diafragmático permitirá que el tenor o la soprano traspasen la barrera. También son excepciones parciales los controles indirectos de los latidos del corazón y de la presión arterial con procedimientos como el biofeedback. Por regla general, el control voluntario de las funciones automáticas es modesto.
Con todo, puedo describir una extraordinaria excepción. Algunos años atrás, la brillante pianista Maria João Pires nos narró la siguiente historia: cuando toca, con pleno control de su voluntad, puede reducir o liberar el flujo de emoción a su cuerpo. Junto con mi esposa Hanna pensamos que la idea era maravillosamente romántica, pero Maria João insistió en que podía hacerlo, aunque no le creyéramos. Por último, el escenario para la prueba empírica se montó en nuestro laboratorio. Conectamos a Maria João a nuestro complejo equipo psicofisiológico mientras escuchaba breves piezas musicales seleccionadas por nosotros, en dos condiciones: emociones liberadas o voluntariamente inhibidas. Acababa de aparecer su versión de los Nocturnos de Chopin, y usamos algunos, más otros interpretados por Daniel Barenboim, como estímulos, En la condición «emoción liberada», el registro de conductividad dérmica de María João se llenó de cumbres y valles, curiosamente vinculados con diversos pasajes de las obras. Luego, en la condición «emoción inhibida» aconteció lo increíble. Maria João podía aplanar virtualmente el gráfico de su conductividad dérmica a voluntad y, para colmo, alterar su ritmo cardíaco. Además, cambió su conducta. Reordenó el perfil de las emociones de fondo y eliminó ciertas conductas emotivas; por ejemplo, movió menos la musculatura de la cabeza y el rostro. Cuando nuestro colega Antoine Bechara, incrédulo, repitió el experimento, preguntándose si el asunto era un artificio de habituación, Maria João lo hizo de nuevo. Así, hay excepciones, acaso más frecuentes en las personas cuya labor en la vida es crear magia a través de la emoción.
¿QUÉ SON LAS EMOCIONES?
La mera cita de la palabra emoción suele evocar una de las seis emociones primarias o universales: alegría, tristeza, miedo, ira, sorpresa o repugnancia. La discusión del problema es más sencilla si nos limitamos a las emociones primarias, pero es importante notar que la etiqueta «emoción» se adhiere a otras numerosas conductas, que incluyen las llamadas emociones secundarias o sociales: vergüenza, celos, culpa, orgullo, y las que denomino emociones de fondo, esto es, bienestar o malestar, calma o tensión. El rótulo emoción también se adhiere a pulsiones y motivaciones y a
estados de dolor y placer[9].
Subyace en todos estos fenómenos un núcleo biológico común, que puede ser perfilado como sigue:
1. Las emociones son complejas colecciones de respuestas químicas y neurales que
conforman un patrón. Todas cumplen algún papel regulador, destinado de una manera u otra a crear circunstancias ventajosas para el organismo que presenta el fenómeno. Las emociones se refieren a la vida de un organismo, a su cuerpo para ser precisos, y su papel es ayudar al organismo a conservarla,
2. Pese a que aprendizaje y cultura alteran la expresión de emociones otorgándoles
nuevos significados, las emociones son procesos determinados biológicamente que dependen de dispositivos encefálicos dispuestos de manera innata y establecidos durante una dilatada historia evolutiva.
3. Los dispositivos que producen emociones utilizan un conjunto bastante
restringido de regiones subcorticales, comenzando en el ámbito del tronco del encéfalo y ascendiendo hasta el cerebro. Los dispositivos son parte de una serie de estructuras que regulan y representan estados corporales, lo que discutiremos en el capítulo 5.
4. Los dispositivos se desencadenan automáticamente, sin deliberación consciente.
La abundante medida de variación individual y el hecho de que la cultura desempeñe una función en el perfilamiento de algunos inductores no niega la primordial estereotipicidad y automatismo ni el propósito regulador de las emociones.
5. Aunque todas las emociones usan el cuerpo como teatro (medio interno,
sistemas visceral, vestibular y músculo-esquelético), también afectan el modus operandi de numerosos circuitos cerebrales: la variedad de respuestas emocionales fecunda intensos cambios en el paisaje corporal tanto como en el cerebral. La colección de estos cambios constituye el substrato de los patrones neurales que finalmente se convierten en sentimientos de emoción.
En este punto se torna necesaria una aclaración respecto de las emociones de fondo, porque la etiqueta y el concepto no forman parte de las discusiones tradicionales acerca de la emoción. Cuando percibimos que una persona está «tensa» o «irritable», «desalentada» o «entusiasta», «abatida» o «alegre» sin que haya sido pronunciada una sola palabra que trasluzca estos posibles estados, estamos percibiendo emociones de fondo. Detectamos las emociones de fondo gracias a detalles sutiles: postura corporal, velocidad y perfil de los movimientos, cambios mínimos en el monto y rapidez del movimiento ocular, y grado de contracción de los músculos faciales.
Los inductores de emociones de fondo suelen ser internos. Aunque los procesos de regulación de la vida pueden causar emociones de fondo, también pueden hacerlo procesos continuos de conflicto mental, manifiestos o encubiertos, según conduzcan a gratificaciones sostenidas o a inhibición de pulsiones y motivaciones. Por ejemplo, pueden causar emociones de fondo: un esfuerzo físico prolongado, desde la euforia subsiguiente a un trote al abatimiento producido por una labor física arrítmica y tediosa; la reiterada maduración de un acto que te resulta difícil ejecutar —uno de los motivos subyacentes en el enlutado príncipe Hamlet—, o la anticipación de un intenso placer que te espera. En resumen, ciertas condiciones de estado interno — engendradas por procesos fisiológicos en curso, o por interacción del organismo con el entorno, o por ambas— conforman respuestas que constituyen emociones de fondo. Estas emociones nos permiten albergar, entre otras cosas, sentimientos de fondo de tensión o relajación, fatiga o energía, bienestar o malestar, anticipación o
pavor[10].
En las emociones de fondo las respuestas constitutivas están más cerca del núcleo interno de la vida, y su blanco es más interior que exterior. Los perfiles del medio interno y visceral desempeñan el papel principal en las emociones de fondo. Ahora bien, aunque éstas no usen el repertorio diferenciado de expresiones faciales explícitas que revelan fácilmente las emociones primarias y sociales, se expresan con gran riqueza mediante cambios osteomusculares, por ejemplo en posturas corporales
sutiles y en la configuración global de los movimientos del cuerpo[11].
En mi experiencia, las emociones de fondo son valerosas sobrevivientes de dolencias neurológicas. Por ejemplo, pacientes con daño ventromedial frontal las conservan, así como individuos con daño en la amígdala. Curiosamente, como verás en el próximo capítulo, el daño en los niveles básicos de consciencia —la consciencia nuclear— suele incidir en las emociones de fondo.
FUNCIÓN BIOLÓGICA DE LAS EMOCIONES
Aunque la composición y dinámica precisa de las respuestas emocionales se forma en cada individuo por efecto de un entorno y desarrollo únicos, la evidencia sugiere que la mayor parte (si no todas) de las respuestas emocionales resulta de una larga historia de fina sintonización evolutiva. Las emociones son parte de los dispositivos biorreguladores con que venimos equipados para sobrevivir. Por esa razón Darwin pudo catalogar las expresiones emocionales de tantas especies y hallar coherencia en ellas, y por eso en diferentes partes del mundo —y a través de diversas culturas— las emociones son tan fáciles de reconocer. Sin duda, hay expresiones variables y variaciones en la configuración precisa de los estímulos que pueden inducir una emoción en diversas culturas o individuos. Pero, conforme sobrevuelas el planeta, la maravilla es la semejanza, no la diferencia. Por lo demás, esa semejanza torna posibles las relaciones entre culturas y permite que el arte, la música y el cine traspasen fronteras. El trabajo de Paul Ekman ha respaldado vigorosamente este
punto de vista[12].
La función biológica de las emociones es dual. La primera función es la producción de reacciones específicas ante el incidente inductor. Por ejemplo, en el animal la reacción puede ser huir o inmovilizarse, destrozar al enemigo o involucrarse en conductas placenteras. En el humano las reacciones son esencialmente iguales, cabe esperar que atemperadas por la razón y la sabiduría. La segunda función biológica de la emoción es la regulación del estado interno del organismo, a fin de prepararlo para la reacción específica. Por ejemplo, suministrar un flujo abundante de sangre a las arterias de las piernas, de manera que los músculos reciban más oxígeno y glucosa en caso de ser necesario huir, o cambiar los ritmos y latidos cardíacos si es ventajoso quedarse quieto. En ambos casos, y en otras situaciones, la planificación es exquisita, y la ejecución, muy confiable. En suma, para cierta clase de estímulos notorios por su peligro o valor en el entorno interno o externo, la evolución ensambló una respuesta adecuada bajo forma de emoción. Esta es la razón de que, pese a las infinitas variaciones halladas en diversas culturas, y entre individuos, y a lo largo de una vida, podamos predecir con cierto éxito que determinados estímulos producirán determinadas emociones (por eso puedes decir a un colega: «Ve y dilo a tu mujer; estará feliz de oírlo»).
En otras palabras, el «propósito» biológico de las emociones es claro: las emociones no son un lujo desdeñable. Por el contrario, son curiosas adaptaciones que forman parte esencial de la maquinaria que los organismos usan para regular su supervivencia. Por antiguas que sean, constituyen un componente bastante sofisticado del mecanismo de regulación de la vida. Aunque puedas imaginar este componente emparedado entre el equipo básico de supervivencia (regulación del metabolismo, reflejos simples, motivaciones, biología de dolor y placer) y los dispositivos de la razón, ocupa un lugar importante en la jerarquía de los dispositivos de regulación vital. Desde el punto de vista de la supervivencia, las emociones producen conductas bastante razonables en especies mucho menos complejas que los humanos, y también en las personas distraídas.
En su nivel más básico, las emociones forman parte de la regulación homeostática y se mantienen para evitar la pérdida de integridad que anuncia la muerte, o es la muerte, así como para respaldar alguna fuente de energía, un refugio o una posible relación sexual. Como resultado de mecanismos poderosos de aprendizaje —como el acondicionamiento— todos los matices emocionales ayudan finalmente a conectar los «valores» homeostáticos de regulación y supervivencia con numerosos sucesos y objetos en nuestra experiencia autobiográfica. Las emociones son inseparables de la idea de premio y castigo, placer y dolor, acercamiento o huida, ventaja o desventaja personal. Es inevitable que sean inseparables de la idea del bien y del mal.
Tabla 2.1. Niveles de regulación vital
El nivel básico de regulación vital —equipo básico de supervivencia— incluye los estados biológicos que pueden ser percibidos conscientemente como pulsiones y motivaciones, o estados de dolor o placer. Las emociones se sitúan en un nivel más elevado y complejo. La doble flecha indica causalidad ascendente o descendente. Por ejemplo, el dolor puede inducir emociones, y algunas emociones pueden incluir un estado de dolor.
Es posible preguntarse sobre la relevancia de discutir el papel biológico de las emociones en un texto dedicado a la consciencia. La importancia debería esclarecerse ahora. Las emociones proveen automáticamente a los organismos de conductas orientadas hacia la supervivencia. En organismos equipados para sentir emociones, es decir, para tener sentimientos, las emociones llegan a la mente al tiempo que ocurren, en el aquí y ahora. Pero en organismos equipados con consciencia, esto es, capaces de saber que tienen sentimientos, se alcanza otro rango de regulación. La consciencia permite conocer los sentimientos y así promueve internamente el impacto emocional, permitiendo que las emociones impregnen el proceso de reflexión a través de los sentimientos. Finalmente, la consciencia permite conocer cualquier objeto —no solo el «objeto» emoción— y realza con ello la habilidad del organismo para responder con una modalidad de adaptación volcada en sus necesidades. Tanto la emoción como la consciencia cooperan en la supervivencia del organismo.
INDUCCIÓN DE EMOCIONES
Las emociones ocurren en dos tipos de circunstancias. El primer tipo ocurre cuando el organismo procesa ciertos objetos o situaciones mediante uno de sus dispositivos sensoriales; por ejemplo, cuando percibe un rostro o lugar familiar. El segundo tipo ocurre cuando la mente de un organismo evoca en la memoria ciertos objetos y situaciones y las representa mediante imágenes en el proceso de pensamiento; por ejemplo, al recordar el rostro de una amiga y el hecho de que acaba de morir.
Un hecho claro cuando consideramos las emociones es que ciertas clases de objetos o sucesos tienden a estar sistemáticamente vinculadas con un tipo de emoción más que con otros. Los estímulos que causan alegría, miedo o tristeza propenden a ser casi constantes en el mismo individuo, o en individuos que comparten su trasfondo social y cultural. A pesar de las posibles variaciones individuales en la expresión de una emoción, y aunque podemos experimentar emociones mixtas, existe una cierta correspondencia entre determinados tipos de inductores y el estado emocional resultante. En el curso de la evolución, los organismos adquirieron los medios para responder a ciertos estímulos —en particular a los que son potencialmente útiles o peligrosos desde el punto de vista de la supervivencia— con el conjunto de respuestas que denominamos emoción.
Una cierta moderación, empero, es necesaria aquí. Cuando me refiero a gamas de estímulos, inductoras de ciertas clases de emoción, hablo en serio. Aunque acepto un grado considerable de variación en el tipo de estímulos capaz de generar una emoción, en diversos individuos o culturas, destaco que —omitiendo el grado de predeterminación de la maquinaria emocional— desarrollo y cultura tienen mucho que decir acerca del producto final. Es probable que superpongan las siguientes influencias en los dispositivos preinstalados: primero, perfilan lo que constituye un inductor adecuado de una emoción específica; segundo, esbozan algunos aspectos en la expresión de la emoción; tercero, diseñan la cognición y conducta subsiguientes al
despliegue de una emoción[13].
Es importante notar que la preinstalación de gran parte de la maquinaria biológica de las emociones no incluye a los inductores, que le son ajenos. No solo engendran emociones aquellos estímulos que ayudaron a conformar nuestro cerebro emocional durante la evolución, capaces de inducir emociones durante la infancia temprana. En el curso de su desarrollo e interacción los organismos adquieren experiencias fácticas y emocionales respecto de diferentes objetos y situaciones del entorno, lo que les permite asociar múltiples objetos y situaciones, emocionalmente neutras de por sí, con objetos y situaciones cuya tarea predeterminada es causar emoción. Una manera de lograr esta asociación es la modalidad de aprendizaje conocida como acondicionamiento. Una casa nueva, cuya forma es similar a la casa donde viviste una infancia feliz, puede causarte dicha aunque nada especial te haya ocurrido allí todavía. Análogamente, el rostro de una persona estupenda y desconocida, que tanto se parece al de alguien asociado con algún acontecimiento horrible, puede causarte malestar o irritación. Quizá nunca sepas por qué. La naturaleza no dictó la respuesta, pero sin duda ayudó en su adquisición. De hecho, así nacen las supersticiones. Algo orwelliano subyace en la distribución de las emociones en nuestro mundo: todos los objetos pueden teñirse de apego emocional, pero algunos son más susceptibles a la tinción que otros. El diseño biológico primario sesga nuestras adquisiciones secundarias respecto del mundo que nos rodea.
La consecuencia de otorgar valor emocional a objetos no predestinados biológicamente para ello es que la gama de estímulos con potencial de fecundar emociones es infinita. De una u otra manera, y unos más que otros, la mayoría de los objetos y situaciones genera alguna reacción emocional. La respuesta puede ser débil o intensa —y por fortuna para nosotros suele ser débil—, pero está allí. La emoción, y su maquinaria biológica subyacente, escolta sin pausa nuestras conductas, conscientes o no. Un determinado nivel de emotividad acompaña sin cesar el pensamiento acerca de uno mismo o del entorno.
Durante nuestro desarrollo, y en la subsiguiente experiencia cotidiana, la omnipresencia de la emoción conecta virtualmente todo objeto o situación con los valores fundamentales de la regulación homeostática: premio y castigo, placer y dolor, acercamiento o huida y, es inevitable, bien (en el sentido de supervivencia) y mal (en el sentido de muerte). Nos guste o no, ésa es la condición humana natural. Pero cuando existe la consciencia, los sentimientos logran su máximo impacto, y los individuos son capaces de reflexionar y prever. Cuentan con el medio adecuado para modular la ubicua tiranía de la emoción: se llama razón. Paradójicamente, por supuesto, aun los motores de la razón precisan emoción. El resultado es que la capacidad de control de la razón es a menudo modesta.
Otra secuela importante de la omnipresencia de la emoción es que casi toda imagen, externa o rememorada, se acompaña de alguna reacción en el aparato emocional. Discutiremos en el capítulo 6 la importancia de este hecho cuando mencionemos los mecanismos que engendran consciencia.
Permíteme cerrar este comentario acerca de los inductores de emoción rememorando un aspecto engañoso del proceso de inducción. Hasta ahora me referí a inductores directos: truenos, serpientes, recuerdos felices. Pero es posible inducir emociones indirectamente, y el inductor puede producir su resultado de manera más bien negativa, bloqueando el progreso de una emoción en curso. Veamos un ejemplo: cuando un animal, ante la presencia de una fuente de alimento o sexo, desarrolla una conducta de acercamiento y manifiesta rasgos de la emoción de dicha, bloquear su camino e impedir que logre sus objetivos generará frustración e incluso ira, emoción harto diferente de la dicha. El inductor de ira no es la posibilidad de sexo o comida, sino el cambio de conducta que conducía al animal hacia un buen botín. Otro ejemplo es la suspensión súbita de una situación penosa —por ejemplo, dolor sostenido—, que induce bienestar y felicidad. Según Aristóteles, el efecto purificador (catártico) de toda buena tragedia se basa en la súbita suspensión de un sentimiento de miedo y compasión, inducido paulatinamente. Mucho después de Aristóteles, Alfred Hitchcock se forjó una carrera brillante sobre la base de este sencillo arreglo biológico, y Hollywood no cesa de aprovecharlo. Nos guste o no, sentimos alivio cuando Janet Leigh deja de gritar y se aquieta en la bañera. En lo tocante a la emoción, es difícil escapar al escenario que nos preparó la naturaleza. No podemos esperar otra cosa.
Mecánica de la emoción
Por experiencia sabes que las respuestas emocionales son variadas. Algunas son aparentes en ti mismo y en otros. Piensa en los músculos de la cara cuando adoptan la configuración típica de alegría, pena o rabia; en la piel que palidece como reacción ante una mala noticia, o se ruboriza en una situación embarazosa; o considera las posturas corporales que revelan alegría, desafío, tristeza, desaliento: las manos sudorosas de la aprensión, la celeridad cardíaca asociada con el orgullo, la casi detención del corazón en pleno terror.
Otras respuestas son invisibles pero no menos importantes, como la plétora de cambios que ocurre en órganos ajenos a vasos sanguíneos, piel y corazón. Un ejemplo es la secreción de hormonas como el cortisol, que modifica el perfil químico del medio interno; o la secreción de péptidos como la b-endorfina u oxitocina, que altera la operación de varios circuitos cerebrales. También está la secreción de neurotransmisores: monoaminas, norepinefrina, serotonina y dopamina. Durante la emoción, las neuronas situadas en el hipotálamo, cerebro anterior basal y tronco del encéfalo liberan estas substancias químicas en varias regiones del cerebro, y con ello transforman temporalmente el modo de trabajar de numerosos circuitos neurales. Las consecuencias típicas del incremento o disminución del flujo de estos transmisores incluyen el sentimiento de aceleramiento o aminoración de los procesos mentales, por no mencionar el sentimiento de placer o desagrado que inunda la experiencia mental. Esta sensación forma parte de nuestro sentimiento de emoción.
Diversos sistemas cerebrales producen emociones diferentes. Así como puedes distinguir entre una expresión facial de ira y una de alegría, así como puedes sentir la diferencia entre tristeza y dicha en tu carne, la neurociencia está empezando a mostramos cómo trabajan los diferentes sistemas cerebrales para producir, digamos, ira o tristeza o felicidad.
En este terreno el estudio de pacientes con enfermedades neurológicas y daño cerebral focal ha entregado resultados reveladores, y hoy la neuroimaginería (neuroimaging) de individuos sin daño neurológico complementa las investigaciones. Añado que el trabajo con sujetos humanos permite, además, diálogos fecundos con investigadores que enfocan análogos problemas en animales, otra venturosa novedad en esta esfera de investigación.
La esencia de los hallazgos actuales puede resumirse como sigue. Primero: el cerebro induce emociones a partir de un número notablemente reducido de sitios. La mayoría se sitúa debajo de la corteza cerebral y se denomina subcortical. Los sitios subcorticales más importantes se hallan en la región del tronco del encéfalo, hipotálamo y cerebro anterior basal. Un ejemplo es la región conocida como gris periacueductal (GPA), que es un gran coordinador de las respuestas emocionales. El GPA actúa a través de los núcleos motores de la formación reticular y a través de los
núcleos de nervios craneales, como por ejemplo los núcleos del nervio vago[14]. Otro sitio subcortical importante es la amígdala. Los sitios inductores localizados en la corteza cerebral, o sitios corticales, incluyen los sectores anteriores de la región del cíngulo y de la región ventromedial prefrontal.
Segundo: estos sitios procesan diferentes emociones en grados variables. Mediante imaginería PET hemos mostrado que la inducción y experiencia de tristeza, ira, miedo y dicha activan varios de los sitios citados, pero que el patrón para cada emoción es peculiar. Por ejemplo, la tristeza siempre activa la corteza ventromedial frontal, el hipotálamo y el tronco del encéfalo, en tanto que la ira o el miedo no activan la corteza prefrontal ni el hipotálamo. Si bien las tres emociones excitan el tronco del encéfalo, la activación hipotalámica y ventromedial prefrontal parece
específica de la tristeza[15].
Tercero: algunos de estos sitios también colaboran en el reconocimiento de estímulos que traducen ciertas emociones. Por ejemplo, una serie de estudios realizados en mi laboratorio mostró que la estructura conocida como amígdala, que se sitúa en las profundidades de cada lóbulo temporal, es indispensable para detectar miedo en las expresiones faciales, para acondicionarse al miedo e incluso para expresar miedo. (En un corpus paralelo de trabajo, los estudios de Joseph LeDoux y Michael Davis mostraron que la amígdala es necesaria para el acondicionamiento del
miedo y revelaron detalles de la circuitería involucrada en el proceso)[16]. La amígdala, empero, tiene poco interés en reconocer o aprender sobre la repugnancia o la alegría. Es importante saber que otras estructuras igualmente específicas están involucradas en esas otras emociones y no en el miedo.
Figura 2.1. Principales sitios inductores de emoción. Solo uno de estos cuatro sitios es visible en la superficie del cerebro (la región ventromedial frontal). Las otras regiones son subcorticales (véase figura A.3 en el Apéndice para localización exacta). Están todas situadas cerca de la línea media del cerebro.
El relato que sigue ilustra el fino bosquejo de los sistemas cerebrales relacionados con la producción y reconocimiento de emoción. Es uno entre muchos ejemplos que pueden aducirse para respaldar la idea de que no hay un único centro cerebral para procesar emociones, sino más bien sistemas discretos relacionados con patrones emocionales separados.
No temas
Casi diez años atrás, una joven, que llamaré S, atrajo mi atención por la apariencia de su escáner CT. Contra todo lo esperado, su escáner reveló que ambas amígdalas, la del lóbulo temporal izquierdo y la del derecho, mostraban una calcificación casi total. El aspecto es chocante. En un escáner el cerebro normal aparece en miríadas de píxeles grises, y el matiz de gris define el perfil de las estructuras. Pero si un mineral como el calcio se ha depositado en la masa encefálica, el escáner lo muestra con un color blanco lechoso que no puedes dejar de ver.
En torno de las dos amígdalas, el cerebro de S era normal. Pero la cantidad de calcio depositado en las amígdalas era tal que de inmediato supimos que pocas o ninguna de las funciones de las neuronas amigdalianas podían llevarse a cabo. En gran parte, las amígdalas son estructuras de bifurcaciones, con vías procedentes de numerosas regiones corticales y subcorticales que rematan en ella, y vías que emanan hacia otros tantos lugares. Ninguno de los dos lóbulos del cerebro de S podía procesar las operaciones normales cumplidas por esta profusión de bifurcaciones señalizadoras. Ni era una condición reciente de su cerebro. El depósito de minerales en el tejido encefálico es lento y el trabajo minucioso y selectivo que presenciábamos en su cerebro probablemente había tomado años, habiendo comenzado en los primeros años de su vida. Para quienes desean saber las causas tras el problema, diré que S padece el síndrome de Urbach-Wiethe, rara condición autosómica recesiva cuya característica es el depósito anormal de calcio en piel y garganta. Cuando los depósitos de calcio afectan al cerebro, las estructuras más perjudicadas son las amígdalas. Estos pacientes suelen tener ataques, por fortuna no demasiado severos, y uno afortunadamente leve trajo a S a nuestra consulta. Pudimos ayudarla y desde entonces no ha tenido más ataques.
La primera impresión que causaba S era la de una joven muy agradable, espigada y alta. Me interesó en especial indagar en su capacidad de aprendizaje y memoria y su comportamiento social. La razón de mi curiosidad era doble: en esa época ardía la controversia acerca de la contribución amigdaliana en el aprendizaje de hechos nuevos; algunos investigadores creían que la amígdala era socia vital del hipocampo en la adquisición de memorias fácticas, otros juzgaban que contribuía poco en ese terreno. La curiosidad por su comportamiento reposaba en el hecho de que, sobre la base de estudios en primates, se sabía que la amígdala desempeña un papel en los
comportamientos sociales[17].
Figura 2.2. Daño bilateral en la amígdala de la paciente S (izquierda) y amígdala normal (derecha). Se obtuvieron las dos secciones a lo largo de dos planos perpendiculares mostrados por las líneas blancas dibujadas sobre la superficie externa del cerebro. Las amígdalas dañadas son las zonas ennegrecidas identificadas por flechas. Comparar con las amígdalas normales de un cerebro de control expuesto en idénticas secciones en el recuadro derecho.
Puedo resumir la historia diciendo que S aprendía hechos nuevos sin ninguna dificultad. Eso fue obvio desde que la vi por segunda vez y me reconoció, sonrió y saludó diciendo mi nombre. Su aprendizaje inmediato —quién era yo, qué aspecto tenía mi rostro, mi nombre— era impecable. Numerosas pruebas psicológicas respaldaron esa primera impresión, y así están las cosas hoy. Años después demostraríamos que un aspecto particular de su aprendizaje era defectuoso, pero no tenía nada que ver con aprender hechos: se relacionaba con el acondicionamiento a
estímulos desagradables[18].
Por otra parte, su historia social era excepcional. Para emplear vocablos sencillos, diría que ante las personas y situaciones, la actitud de acercamiento de S era predominantemente positiva. Otros dirían que era excesiva, hasta inadecuadamente amistosa. S no solo era agradable y alegre, parecía deseosa de interactuar con cualquiera que le hablara, y varios miembros de los equipos clínicos y de investigación percibieron que carecía de reserva o reticencia. Por ejemplo, después de una presentación breve, S no esquivaba el contacto físico ni el abrazo. Pero no nos equivoquemos: aunque estaba lejos de ser típico en una paciente en sus circunstancias, su comportamiento no incomodaba a nadie.
Luego habríamos de saber que esta actitud impregnaba todas las áreas de su vida. Hacía amigos sin dificultad, establecía vínculos románticos sin problemas y varias veces personas de confianza habían abusado de ella. Además, era y es una buena madre, e intenta cumplir con las normas sociales y ser apreciada por sus esfuerzos. Describir la naturaleza humana, llena de contradicciones hasta en el pináculo de la salud y en circunstancias favorables, es difícil. Describirla cuando ingresamos en la esfera de la enfermedad es casi imposible.
Los primeros años de investigación en el caso S entregaron dos resultados importantes. Por un lado, S no tenía problemas para aprender hechos nuevos. Es más, se puede decir que desde el punto de vista de las destrezas básicas, sus percepciones sensoriales, movimientos, lenguaje e inteligencia no eran diferentes de los de una saludable persona promedio. Por otro lado, su comportamiento social mostraba una constante torcedura del tono emocional predominante. Todo ocurría como si hubiera eliminado de su vocabulario afectivo emociones negativas como miedo o ira, permitiendo que solo emociones positivas dominaran su existencia, por lo menos en frecuencia, si no en intensidad. Esto presentaba especial interés para mí porque había observado similares patrones conductuales en pacientes con daño en el sector anterior del lóbulo temporal, daño que formaba parte de las lesiones más vastas que comprometían las amígdalas. Era razonable presumir que su sesgo afectivo se debiera a daños en la amígdala.
Estas suposiciones se convirtieron en hechos cuando Ralph Adolphs ingresó a mi laboratorio. Mediante una variedad de inteligentes técnicas e investigación de diversos pacientes, algunos con daño en la amígdala, otros con lesiones en estructuras diferentes, Adolphs pudo sugerir que el sesgo afectivo se debía al deterioro de una
emoción específica: el miedo[19].
Mediante una técnica de graduación multidimensional, Adolphs mostró que S jamás puede detectar la expresión de miedo en el rostro de otra persona, especialmente cuando la expresión es ambigua u otras emociones se expresan al mismo tiempo. No tiene este problema al reconocer otras expresiones faciales de emoción, por ejemplo la de sorpresa, cuya configuración general es semejante en muchos aspectos. Curiosamente, S, que posee un genuino talento para dibujar, no puede dibujar caras que representen miedo, aunque sea capaz de esbozar rostros que muestren otras emociones. Si se le pide imitar expresiones faciales de emoción lo hace sin dificultad con las emociones primarias, pero no así con el miedo. Sus intentos producen pocos cambios en su expresión facial, después de lo cual confiesa su total fracaso. De nuevo, representa sin dificultad una expresión de sorpresa. Por último, en una situación que atemoriza a cualquiera S no experimenta miedo como tú o como yo. Desde el punto de vista intelectual, sabe lo que se supone que es el miedo, lo que debe causarlo, y aun lo que se puede hacer en situaciones de miedo, pero ese bagaje intelectual, por decirlo así, le sirve poco y nada en el mundo real. La temeridad de su naturaleza, que resulta del daño bilateral en la amígdala, impidió que a lo largo de su joven vida aprendiera la significación de situaciones desagradables conocidas por todos. En consecuencia, no aprendió los signos anunciadores de posibles peligros o desagrados, en particular cuando aparecen en el rostro de otra persona o en una situación. Esta realidad se comprobó claramente en un estudio reciente, que requería evaluar la confiabilidad o accesibilidad sobre la base de rostros
humanos[20].
El experimento demandaba considerar cien rostros humanos previamente clasificados por individuos normales como indicadores de variados grados de confiabilidad y accesibilidad. Había cincuenta caras que inspiraban siempre confianza y cincuenta que no lo hacían. Individuos normales seleccionaron las caras sobre la base de una simple pregunta: ¿cómo dispondrías esta cara en una escala del uno al cinco, con relación a la confianza o accesibilidad que inspira? En otras palabras: ¿cuán deseoso te sentirías de acercarte a una persona con esta cara si necesitaras ayuda?
Una vez que las cien caras se distribuyeron según la escala de los cuarenta y seis individuos normales, nos volcamos en pacientes con daño cerebral. S era uno de los tres pacientes con daño bilateral en la amígdala incluidos en el estudio. Además, investigamos el desempeño de siete personas con daño en una de las dos amígdalas; de tres que presentaban lesiones en el hipocampo y eran incapaces de aprender hechos nuevos; y de diez pacientes con daños en otras zonas del cerebro, es decir, fuera de la amígdala y el hipocampo. Los resultados excedieron nuestras esperanzas. Todos los pacientes que presentan daño en la amígdala en ambos lados del cerebro — incluyendo a S— observaron rostros que tú y yo consideraríamos confiables y los clasificaron correctamente como tales, es decir, como caras de personas abordables en caso de apuro. Pero también juzgaron accesibles y confiables rostros que tú y yo consideraríamos patibularios, caras de personas que evitaríamos. Los pacientes con daño en una sola amígdala, los amnésicos y los demás afectados con daños cerebrales se desempeñaron igual que los normales.
La inhabilidad para emitir juicios sociales cuerdos, sobre la base de experiencias previas, en situaciones que son o no conducentes para el bienestar propio tiene importantes consecuencias para los afectados. Inmersas en un mundo que ingenuamente creen seguro, estas personas no pueden protegerse de riesgos sociales simples y no tan simples, y son, por lo tanto, más vulnerables y menos independientes que nosotros. Sus historias clínicas atestiguan este deterioro crónico y muestran la importancia fundamental de la emoción en el gobierno no solo de las criaturas simples, sino de los humanos.
Cómo funciona todo
Así, pues, en una emoción típica ciertas zonas del cerebro, que forman parte de un sistema neural en gran parte preinstalado y relacionado con las emociones, despachan órdenes a otras regiones del cerebro y a casi todas las zonas del cuerpo propiamente tal. Las órdenes se transmiten por dos rutas. Una ruta es el torrente sanguíneo: las señales se envían allí en forma de moléculas químicas que actúan sobre los receptores en las células que constituyen el tejido corporal. La otra ruta es la de los tractos neurales: a lo largo de esta ruta las órdenes toman forma de señales electroquímicas que actúan en otras neuronas, o en fibras musculares u órganos (como la glándula adrenal) que a su vez liberan productos químicos específicos en el torrente sanguíneo.
El resultado de estas órdenes químicas y neurales coordinadas es un cambio global en el estado del organismo. Las órdenes producen cambios en los órganos que las reciben y modifican los músculos —los lisos en un vaso sanguíneo, o los estriados en el rostro—, que se mueven conforme a lo ordenado. Ahora bien, el cerebro también cambia notoriamente. La liberación de sustancias como monoaminas o péptidos desde regiones nucleares del tronco del encéfalo y cerebro anterior basal altera la modalidad de procesamiento de otros numerosos circuitos cerebrales, desencadenando comportamientos específicos (vinculación, juego, llanto, etc.) y modificando el señalamiento de estados corporales en el cerebro. En otras palabras: la serie de órdenes —cuyo origen se circunscribe a una zona bastante pequeña del cerebro, que responde a un contenido particular del proceso mental— afecta vasta y profundamente a cerebro y cuerpo propiamente tales. Ahora sopesa lo siguiente: más allá de la emoción, específicamente descrita como el conjunto de respuestas que acabo de esbozar, para conocer la emoción deben cumplirse dos pasos adicionales. El primero es sentir los cambios que acabamos de discutir. El segundo es la aplicación de la consciencia nuclear al conjunto total de fenómenos. El conocimiento de una emoción —sentir un sentimiento— solo ocurre en este punto.
Estos sucesos pueden sintetizarse recorriendo los tres pasos intermedios del proceso:
1. Estimulación del organismo por un inductor de emoción, por ejemplo, un objeto
particular procesado visualmente que resulta en una representación visual del objeto. Imagina que te encuentras con tía Maggie, a quien amas y a la que no has visto por largo tiempo. Aunque lo más probable es que reconozcas de inmediato a tía Maggie, si no fuera así, o aun antes de que la reconozcas, el proceso básico de emoción seguirá su curso hasta el próximo paso.
2. Las señales subsecuentes al procesamiento de la imagen de objeto activan la
totalidad de los sitios neurales preparados para responder al tipo específico de inductor al que pertenece el objeto. Si bien los sitios mencionados —cortezas ventromediales prefrontales, amígdala y tronco del encéfalo— están preinstalados innatamente, la experiencia previa con el objeto tía Maggie moduló sus eventuales modalidades de respuesta, esto es, la facilidad con que responderán. Dicho sea de paso: tía Maggie no viaja por tu cerebro como una fotografía de pasaporte. Existe en forma de imagen visual surgida de patrones neurales generados por la interacción de diversas zonas en las cortezas visuales
tempranas[1*], sobre todo en los lóbulos occipitales. Las señales consecutivas a la presencia de su imagen viajan a otra parte y ejecutan su tarea cuando las partes del cerebro que se interesan en objetos Maggie responden a estas señales.
3. El resultado de la etapa 2 es que la inducción de emoción desencadena un
número de señales hacia otros sitios cerebrales (por ejemplo, núcleos monoaminoides, cortezas somatosensoriales y cingulares) y, como ya vimos, hacia el cuerpo (visceras o glándulas endocrinas). En ciertas circunstancias el equilibrio de respuestas puede favorecer la circuitería intracerebral y comprometer mínimamente al cuerpo. Esto es lo que denomino respuestas del tipo «rizo corporal como si».
La combinación de los pasos 1, 2 y 3 genera una colección apropiada y momentánea de respuestas a las circunstancias que producen el trastorno. Por ejemplo: la aparición de tía Maggie, o el anuncio del fallecimiento de un amigo, o nada que puedas expresar conscientemente, o también, si eres un pichón en algún nido alto, la imagen de un objeto de gran envergadura sobrevolando el nido. Toma el último ejemplo: el pichón no sabe que es un águila predadora y tampoco tiene sentimiento consciente del peligro. Ningún proceso de pensamiento, en la acepción propia del término, informa al pichón lo que debe hacer enseguida, es decir, agazaparse en el nido lo más inmóvil posible, para no ser visto por el águila. No obstante, los pasos del proceso que acabo de describir se desencadenan: el cerebro visual del pichón dio forma a imágenes visuales, algunos sectores cerebrales respondieron al modelo de imagen visual perfilada y gatillaron todas las respuestas apropiadas, químicas y neurales, autonómicas y motoras. El silencioso y lento tanteo de la evolución ha realizado la totalidad del proceso de pensamiento del pichón, y su sistema genético debidamente se lo ha trasmitido. Con un poco de ayuda de mamá y algunas experiencias tempranas, el miniconcierto del miedo está listo para ser ejecutado cada vez que la situación se presente. La respuesta de miedo que puedes ver en perros o gatos ocurre de igual manera, así como la respuesta de miedo que percibes en tu interior cuando pasas de noche por una callejuela oscura. Otra historia es el hecho de que nosotros, y por lo menos el perro y el gato, lleguemos además a conocer, gracias a la consciencia, los sentimientos que esas emociones generan.
De hecho, la configuración básica de las emociones puede hallarse en organismos simples, incluso unicelulares, y atribuirás alegría, miedo o ira a criaturas muy primarias que, con toda probabilidad, no sienten estas emociones como tú y yo las sentimos, porque son demasiado elementales para poseer un cerebro y, si lo poseen, son excesivamente rudimentarias para tener mente. Fundamentas estas atribuciones puramente en los movimientos del organismo, el número de actos en cada unidad temporal, el estilo del movimiento, y así. Igual cosa puedes hacer con un chip que transita por el monitor de la computadora. Algunos desplazamientos veloces parecerán «iracundos», los saltos explosivos pero armoniosos serán «alegres» y los movimientos de retroceso indicarán «temor». Un vídeo que muestre diversas formas geométricas moviéndose con distintas cadencias y manteniendo relaciones varias genera atribuciones de estados emocionales, en adultos normales e incluso en niños. La razón de que puedas antropomorfizar con tanta eficacia el chip o un animal es sencilla: la emoción, como lo señala el vocablo, se refiere a movimiento, conductas exteriorizadas, orquestación de reacciones ante una causa específica en un entorno
dado[21].
En alguna parte entre el chip y tu mascota se sitúa una de las criaturas vivientes que más ha contribuido al progreso de la neurobiología: un caracol marino conocido como Aplysia californica. Eric Kandel y sus colegas hicieron grandes progresos en el estudio de la memoria usando este sencillo caracol, que no tiene mucha mente, pero sin duda posee un sistema nervioso capaz de ser descifrado científicamente, y variadas e interesantes conductas. Por cierto, Aplysia no tiene sentimientos como tú y yo, pero cuenta con algo no muy diferente a las emociones. Toca la agalla de una Aplysia y la verás recogerse completa y rápidamente, mientras su ritmo cardíaco se acelera y secreta tinta en los alrededores para confundir al enemigo, un poco como James Bond cuando lo persigue el infame Doctor No. Aplysia reacciona con emoción y genera un miniconcierto de respuestas que, si bien simple, no difiere formalmente del que tú o yo podríamos desplegar en circunstancias análogas. En la medida en que Aplysia puede representar su estado emotivo en el sistema nervioso, puede tener las hechuras de un sentimiento. No sabemos si Aplysia tiene o no sentimientos, pero es
difícil imaginar que conozca esos sentimientos cuando le ocurren[22]. DIGRESIÓN PARA AFINAR LA DEFINICIÓN DE EMOCIÓN
¿Qué se puede clasificar como emoción? ¿Un dolor? ¿Un reflejo de sobresalto? Ninguno de los dos, pero ¿por qué no? La cercanía de estos fenómenos relacionados exige claras distinciones, pero la propensión es ignorar las diferencias. Los reflejos de sobresalto son parte del repertorio de respuestas reguladoras disponibles en los organismos complejos, y están formados por comportamientos simples (por ejemplo, retracción de la extremidad). Se pueden incluir entre las numerosas y concertadas respuestas que constituyen una emoción: respuestas endocrinas, múltiples respuestas viscerales o musculares, y así. Pero incluso la simple conducta emotiva de Aplysia es más complicada que un mero reflejo de sobresalto.
Tampoco el dolor es emoción. Es consecuencia de un estado de disfunción local en un tejido, y de un estímulo (daño de los tejidos, potencial o verdadero) que produce sensación de dolor pero también respuestas reguladoras como reflejos y que, además, puede inducir emociones por su cuenta. En otras palabras, aunque el estímulo que produce dolor también puede causar emociones, éstas son un resultado distinto. Por consiguiente, si hay consciencia podemos llegar a saber que sentimos dolor y una emoción asociada a ese dolor.
Cuando tomaste ese plato caliente el otro día y te quemaste la piel de los dedos experimentaste dolor e incluso tal vez sufrieras por ello. He aquí lo que te sucedió, en términos neurobiológicos sencillos:
Primero: el calor activó un gran número de fibras nerviosas delgadas y amielínicas, conocidas como fibras-C, vecinas al lugar quemado. (Estas fibras, distribuidas literalmente en todas partes del cuerpo, son antiguas desde el punto de vista evolutivo y su principal misión es transportar señales acerca de estados corporales internos, incluyendo aquellos que rematan en dolor. Se les denomina amielínicas porque carecen del revestimiento aislante denominado mielina. Otras fibras ligeramente mielínicas conocidas como fibras A-d acompañan a las fibras-C y desempeñan análogo papel. A ambas se las denomina «nociceptivas» porque responden a estímulos que pueden ser potencial o efectivamente nocivos para los tejidos vivos).
Segundo: el calor destruyó varios miles de células, y la destrucción liberó sustancias químicas en la zona.
Tercero: varias clases de glóbulos blancos, cuya tarea es reparar daños a los tejidos, llegaron a la zona respondiendo al llamado de algunos de los productos químicos liberados (por ejemplo, un péptido denominado sustancia P, e iones como el potasio).
Cuarto: algunos de esos productos químicos activaron fibras nerviosas por su cuenta, uniendo sus señales a las provocadas por el calor.
Una vez activada la ola en las fibras nerviosas, viajó hacia la médula espinal produciendo una cadena de señales en varias neuronas (la neurona es una célula nerviosa) y diversas sinapsis (la sinapsis es el punto donde dos neuronas se conectan y transmiten señales) a lo largo de las rutas apropiadas. Las señales viajaron hasta los estratos más altos del sistema nervioso: tronco del encéfalo, tálamo e incluso corteza cerebral.
¿Cuál fue el resultado de la sucesión de señales? Se activaron temporalmente conjuntos de neuronas situados en diversos niveles del sistema nervioso, y la activación generó un patrón neural, una suerte de mapa de las señales relacionadas con la lesión en tus dedos. Ahora el sistema nervioso central estaba en posesión de múltiples y variados patrones de daño tisular seleccionados de acuerdo a las especificaciones biológicas de tu sistema nervioso y del cuerpo propiamente tal con el que se conecta. Estaban dadas las condiciones necesarias para generar una sensación de dolor.
Lo anterior me conduce a la siguiente interrogante: ¿es posible que uno o todos los patrones neurales de tejido lesionado sean iguales a saber que tienes dolor? Y la respuesta es: en verdad, no. Saber que tienes dolor precisa algo más, algo que ocurre después de que los patrones neurales correspondientes al substrato de dolor —las señales nociceptivas— se despliegan en las zonas apropiadas del tronco del encéfalo, tálamo y corteza cerebral y generan una imagen de dolor, una sensación de dolor. Pero nota que el proceso «después» al que me refiero no es ajeno al cerebro: está bien adentro de él y, según soy capaz de entenderlo, es tan biofísico como el proceso anterior. Específicamente, en el ejemplo citado es un proceso que interconecta patrones de daño tisular con los patrones neurales que hacen las veces de tú, de manera que todavía puede surgir otro patrón neural: el patrón neural de tu saber, que es solo otro nombre para consciencia. Si no ocurre este último proceso de interconexión, no sabrás nunca que hubo daño en los tejidos de tu organismo: si no hay tú ni conocimiento, es imposible que tú sepas, ¿de acuerdo?
Curiosamente, si no hubiera habido tú, es decir, aun desvanecido y sin self ni conocimiento acerca de platos calientes y dedos quemados, la saludable maquinaria de tu cerebro carente de self habría usado de todos modos los patrones nociceptivos generados por el daño para producir una gama de respuestas útiles. Por ejemplo, a los pocos cientos de milisegundos del inicio del daño, el organismo podría haber retirado brazo y mano de la fuente de calor, proceso reflejo mediado por el sistema nervioso central. Pero nota que he dicho «organismo» y no «tú». Sin saber y sin self no habrías sido verdaderamente «tú» quien retiraba el brazo. En esas circunstancias, el reflejo pertenecería al organismo pero no necesariamente a «ti». Además, diversas respuestas emocionales habrían engranado de manera automática, generando cambios en la expresión facial y la postura, junto con alteraciones del ritmo cardíaco y en el control de la circulación sanguínea: no aprendemos a estremecemos de dolor, solo nos estremecemos. Aunque todas estas respuestas, simples o no tan simples, ocurren sin duda en situaciones similares en todos los humanos conscientes, la consciencia no es necesaria para que se produzcan. Por ejemplo, muchas de estas reacciones están presentes en pacientes comatosos cuya consciencia está suspendida: una de las maneras en que los neurólogos evaluamos el estado del sistema nervioso en un enfermo inconsciente consiste en establecer si el afectado reacciona con movimientos faciales o en las extremidades ante estímulos desagradables como frotar la piel sobre el esternón.
El daño en los tejidos genera patrones neurales sobre la base de aquello que pone tu organismo en un estado de dolor. Si estás consciente, los mismos patrones pueden permitir que tú sepas que experimentas dolor. Pero, consciente o no, el daño y los subsecuentes patrones sensoriales causan la variedad de respuestas automáticas citadas, desde la mera retracción del brazo hasta una emoción negativa complicada. En pocas palabras, dolor y emoción no son lo mismo.
Te preguntarás cómo es posible establecer tal distinción, y puedo darte un amplio corpus de evidencia al respecto. Empezaré con un hecho que proviene de haber visto directamente —a comienzos de mi carrera— a un paciente en el cual era patente la
disociación entre [23] dolor en sí y emoción causada por dolor. El paciente padecía una severa neuralgia trifacial, también conocida como tic douloureux. Esta condición compromete el nervio que suministra señales para las sensaciones en el rostro. El estímulo más inocente —un suave roce en la piel o una ligera brisa— gatilla un dolor insoportable. Ningún medicamento ayudaba a este joven, que solo podía encogerse, inmovilizado, cada vez que el dolor lancinante punzaba su piel. Como último recurso, el neurocirujano Almeida Lima, uno de mis primeros mentores, ofreció operarlo, porque se había comprobado que la producción de diminutas lesiones en un sector específico del lóbulo frontal aliviaba el dolor. El procedimiento se empleaba en situaciones desesperadas, como la de nuestro enfermo.
Nunca olvidaré mi visita al paciente el día antes de la operación —temeroso de realizar cualquier movimiento capaz de gatillar un nuevo episodio de tortura— y la visita dos días después de la cirugía, cuando lo vimos por tumos: era otra persona, relajada, absorta en un juego de naipes con su compañero de cuarto en el hospital. Cuando Lima le preguntó por el dolor, dijo con alegría que «los dolores eran los mismos» pero que se sentía bien. Recuerdo mi sorpresa cuando Lima investigó más a fondo el estado de ánimo del joven. La operación había afectado poco y nada los patrones sensoriales correspondientes a la disfunción local de los tejidos, suplidos por el nervio trigémino. No se alteraron las imágenes de la disfunción en el tejido y por eso el paciente podía decir que los dolores eran los mismos. No obstante, la operación fue un éxito. Sin duda abolió las reacciones emocionales engendradas por la disfunción del tejido. El sufrimiento desapareció. La expresión facial, la voz y la postura general del joven ya no eran lo que uno asocia con dolor.
Esta índole de disociación entre «sensación de dolor» y «dolor» fue confirmada en estudios de grupos de pacientes sometidos a procedimientos quirúrgicos destinados a controlar el dolor. Hace poco, Pierre Rainville (que ahora es investigador en mi laboratorio) mostró, gracias a una diestra manipulación hipnótica, que era posible separar sensación de dolor y dolor. Sin alterar la actividad cerebral moduladora de la sensación dolorosa en el cíngulo, las sugerencias hipnóticas destinadas a influir en el dolor afectan específicamente las mismas regiones que los neurocirujanos dañan para aliviar el sufrimiento producido por dolores crónicos e ingobernables. Además, Rainville demostró que cuando la sugestión hipnótica se dirigía a la sensación de dolor, más que a las emociones asociadas con el dolor, no solo se producían cambios en ambos niveles de desagrado e intensidad, sino que también se alteraba la S1 (corteza somatosensorial primaria) y el cíngulo. En resumen: las sugestiones hipnóticas dirigidas a las emociones subsecuentes al dolor —no a la sensación de dolor— redujeron la emoción pero no la sensación de dolor y, además, solo causaron cambios funcionales en la corteza cingular; las sugestiones hipnóticas dirigidas a la sensación de dolor redujeron tanto la sensación de dolor como la emoción, y causaron cambios funcionales en la S1 y en la corteza
cingular[24]. Tal vez hayas experimentado directamente lo que describo si alguna vez has ingerido betabloqueadores para tratar un problema de arritmia cardiaca, o un tranquilizante como Valium. Estos medicamentos aletargan tu nivel de reacción emocional y, si tienes dolores, adormecen las emociones causadas por el dolor.
Podemos verificar los diferentes estatus de dolor y emoción evaluando cómo diferentes intervenciones interfieren con aquél y no con ésta. Por ejemplo, los estímulos que causan dolor pueden ser específicamente reducidos o bloqueados con analgesia. No subsiguen dolor ni emoción si se bloquea la transmisión de señales conducentes a la representación de una disfunción en los tejidos. Pero es posible bloquear la emoción sin incomunicar el dolor. Mediante drogas apropiadas, esto es, Valium o betabloqueadores, e incluso por medio de cirugía selectiva, se puede reducir la presunta emoción causada por un daño en los tejidos. Aunque persiste la percepción del daño en los tejidos, el letargo de la emoción aparta el sufrimiento que debía estar asociado.
¿Y qué del placer? ¿Es una emoción? Nuevamente preferiría decir que no, aunque también se relaciona íntimamente con la emoción. Igual que el dolor, el placer es cualidad constitutiva de ciertas emociones, así como gatillo de ciertas emociones. Si el dolor se asocia con emociones negativas como angustia, miedo, tristeza y repugnancia —cuya combinación suele constituir lo que denominamos sufrimiento —, el placer se asocia con variados matices de dicha, orgullo y emociones de fondo positivas.
Aunque dolor y placer forman parte del diseño biológico para obvios propósitos adaptativos, cumplen su labor en circunstancias muy diferentes. Dolor es percibir una representación sensorial de tejido vivo dañado. La mayoría de las veces, cuando existe daño inminente o puntual de los tejidos surgen señales que se transmiten tanto químicamente como a través de las fibras nerviosas del tipo C y A-d, y en varios niveles del sistema nervioso central nacen representaciones apropiadas. En otras palabras, gracias a su diseño el organismo está preparado para responder a la pérdida inminente o puntual de integridad tisular con un tipo particular de señalización. La señalización recluta un enjambre de respuestas químicas y neurales —desde las reacciones locales de los glóbulos blancos hasta los reflejos que involucran una extremidad completa— para generar una reacción emocional concertada.
El placer surge en una situación diferente. Si examinamos el mero ejemplo de los placeres asociados con el comer o beber, vemos que el placer suele empezar por la detección de un desequilibrio; por ejemplo, bajo nivel de azúcar, o alta osmolaridad. El desequilibrio conduce al estado de hambre o sed (esto se conoce como estado pulsional motivador), que a su vez estimula ciertas conductas que implican búsqueda de comida o agua (también parte del estado pulsional motivador), lo que conduce finalmente al acto de comer o beber. El control de estos diversos pasos involucra muchos rizos (loops) funcionales en diferentes jerarquías, y requiere la coordinación
de sustancias químicas endógenas y actividad neural[25]. El estado placentero puede empezar durante el proceso de búsqueda, en anticipación del logro de la meta, y crecer cuando ésta se logra.
Pero entre copa y boca hay mucha roca. Si la búsqueda de alimento o bebida demora demasiado o fracasa, no se acompañará de placer ni de emoción positiva. Es más, la frustración puede causar ira si en el curso de una búsqueda victoriosa el animal no logra su meta. Análogamente —como hice notar en mi comentario a la tragedia griega—, el alivio o suspensión de un estado de dolor puede inducir placer y emociones positivas.
El punto que debemos retener aquí es la posible interrelación entre placer, dolor y emociones afines, junto con el hecho de que no constituyen la imagen en el espejo la una de la otra. Son estados fisiológicos asimétricos y diversos, que subyacen en diversas cualidades perceptivas destinadas a proveer la solución de problemas diferentes. (No porque exista una dualidad dolor/placer debemos descuidar el hecho de que hay más de dos emociones, algunas de las cuales acompañan al dolor y otras al placer, siendo más abundantes las primeras. La simetría aparente de esta profunda división desaparece conforme las conductas se vuelven más complejas al giro de la evolución). En el caso del dolor, el problema es habérselas con la pérdida de integridad del tejido debido a una lesión, ya sea interna, causada por una enfermedad natural, o producida externamente por el ataque de un predador o un accidente. En el caso del placer, el problema es conducir al organismo hacia actitudes o comportamientos destinados a la conservación de la homeostasis. Curiosamente, el dolor, que considero uno de los principales factores determinantes del curso de la evolución biológica y cultural, puede haber comenzado como una segunda intención de la naturaleza, un intento de arreglar un problema ya surgido. Yo solía ilustrar el dolor con la imagen de poner un candado en la cerradura después de que la casa ha sido objeto de un robo, pero Pierre Rainville sugirió una metáfora mejor: destacar un guardaespaldas delante de la casa mientras reparas la ventana rota. Después de todo, el resultado —por lo menos inmediato— del dolor no es prevenir otra lesión, sino más bien proteger el tejido dañado, facilitando su reparación y evitando que la herida se infecte. A la inversa, el placer es pura anticipación. Se relaciona con la astuta antelación de lo que puede hacerse para no tener problemas. En este nivel básico, la naturaleza encontró una solución magnífica: nos seduce y convierte a buenas conductas.
Así, dolor y placer forman parte de dos linajes diferentes de regulación vital. El dolor se alinea con el castigo y se asocia con conductas de retracción o inmovilización. Por su parte, el placer se conecta con la recompensa y se asocia con conductas de búsqueda y acercamiento.
El castigo hace que los organismos se cierren sobre sí mismos, inmovilizándose y retrayéndose de su entorno. La recompensa hace que los organismos se abran y acerquen a hurgar en el entorno, incrementando así su oportunidad de supervivencia, y también su vulnerabilidad.
Esta dualidad fundamental es manifiesta en una criatura tan simple y presumiblemente no consciente como una anémona de mar. Su organismo, carente de cerebro y equipado solo con un sistema nervioso simple, es poco más que una tripa con dos aperturas, animada por dos conjuntos de músculos, algunos circulares y otros elongados. Las circunstancias que rodean a la anémona de mar determinan todo el quehacer de su organismo: abrirse al mundo como una flor —en cuyo caso agua y sustancias nutritivas ingresan en su cuerpo suministrando energía— o cerrarse como un paquete contraído y chato, pequeño, retirado y casi imperceptible por terceros. La esencia de alegría y tristeza, de acercamiento y evitación, de vulnerabilidad y seguridad, son tan aparentes en esta simple dicotomía de conducta descerebrada como en los vivaces cambios emocionales del niño que juega.
EL SUBSTRATO PARA LA REPRESENTACIÓN DE EMOCIONES Y SENTIMIENTOS
No hay nada vago, nada esquivo, nada inespecífico en la colección de respuestas que acabo de describir como constituyentes de emoción. El substrato para la representación de emociones es una colección de disposiciones neurales en varias zonas cerebrales situadas, en su mayoría, en los núcleos subcorticales del tronco del encéfalo, hipotálamo, cerebro anterior basal y amígdala. En armonía con su estatus de apoderadas, estas representaciones yacen implícitas, adormecidas, inaccesibles a la consciencia. Existen más bien en forma de patrones potenciales de actividad surgiendo al interior de conjuntos de neuronas. Una vez activadas, siguen numerosas consecuencias. Por una parte, el patrón de activación representa una emoción particular en el cerebro, cual «objeto» neural. Por otra, el patrón de activación genera respuestas explícitas, que modifican el estado del cuerpo propiamente tal y el estado de otras regiones cerebrales. Estas respuestas crean un estado emocional, y entonces un espectador externo puede apreciar el compromiso emocional del organismo observado. En lo tocante al estado interno del organismo que padece la emoción, cuenta con la emoción bajo forma de objeto neural (el patrón de activación en los sitios de inducción), y con la sensación de las consecuencias de la activación, esto es, con sentimiento, siempre que la resultante colección de patrones neurales se convierta en imágenes en una mente.
Los patrones neurales que constituyen el substrato de un sentimiento surgen en dos clases de cambios biológicos: cambios relativos al estado corporal y cambios relativos al estado cognoscitivo. Los cambios relativos al estado corporal se logran por medio de uno de dos mecanismos. Uno involucra lo que denomino «rizo corporal» (body loop) y emplea señales humorales (mensajes químicos transportados por el torrente sanguíneo) y neurales (mensajes electroquímicos transmitidos en conductos nerviosos). Como resultado de ambos tipos de señal, se produce un cambio en el paisaje corporal, el cual es subsecuentemente representado en estructuras somatasensoriales del sistema nervioso central, desde el tronco del encéfalo hacia arriba. El cambio de representación del paisaje corporal puede ser cumplido parcialmente por otro mecanismo que denomino «rizo corporal como si». En este mecanismo alternativo, la representación de cambios corporales se genera directamente en mapas sensores corporales, bajo el control de otros sitios neurales, por ejemplo, las cortezas frontales. Es «como si» el cuerpo hubiera cambiado, aunque no cambió.
Los cambios relativos al estado cognoscitivo no son menos interesantes. Ocurren cuando el proceso de emoción conduce a la secreción de ciertas sustancias químicas en los núcleos del cerebro anterior basal, hipotálamo y tronco del encéfalo, y a la subsecuente liberación de estos productos en otras regiones cerebrales. Cuando estos núcleos liberan neurotransmisores (monoaminas, por ejemplo), hormonas y péptidos en la corteza cerebral, tálamo y ganglios basales, causan significativas alteraciones de la función cerebral. Todavía no logramos entender la gama completa de alternativas, pero imagino algunas, importantes: (1) la inducción de comportamientos específicos, por ejemplo, los dirigidos a generar vinculación, exploración y juego; (2) un cambio en el procesamiento en curso de estados corporales, cambio que filtraría o autorizaría, inhibiría o realzaría selectivamente las señales corporales, modificando su calidad placentera o displacentera; (3) cambio de la modalidad de procesamiento cognoscitivo, que modificaría la cadencia de imágenes visuales o auditivas (de lenta a veloz o viceversa) o un cambio que alterara el enfoque de imágenes (de nítidas a borrosas): los cambios en el ritmo de producción o enfoque son parte integral de emociones tan dispares como pena o júbilo.
Presumiendo que las estructuras adecuadas estén en su lugar, los procesos citados permiten que el organismo experimente una emoción, la exhiba e imagine, esto es, sienta la emoción. Pero nada indica cómo el organismo llega a saber que está sintiendo una emoción mientras ocurre. Para que un organismo sepa que tiene un sentimiento es necesario agregar el proceso de consciencia, después de los procesos de emoción y sentimiento. En los capítulos siguientes expondré mi idea de lo que es la consciencia y cómo puede trabajar para que «sintamos» un sentimiento.