Sentir lo que sucede
3. Una biología para el conocimiento
T E R C E R A P A R T E
Una biología para el conocimiento
Capítulo cinco
Organismo y objeto
EL CUERPO DETRÁS DEL SELF
El enfoque de la investigación de la consciencia en los problemas del self volvió la pesquisa más interesante pero no más clara, hasta que empecé a ver la consciencia sobre la base de dos actores, organismo y objeto, y desde el punto de vista de las relaciones que mantienen entre sí. De súbito, la consciencia consistió en construir conocimiento acerca de dos hechos: que el organismo se involucra al relacionarse con un objeto, y que en la relación el objeto produce un cambio en el organismo. Como anoté arriba, elucidar la biología de la consciencia se convirtió en un asunto de descubrir cómo el cerebro puede construir patrones neurales capaces de cartografiar cada uno de los dos actores y sus relaciones recíprocas.
El problema de representar el objeto parece menos enigmático que el de representar el organismo. La neurociencia ha dedicado considerables esfuerzos a entender las bases neurales de la representación de objetos. Esmerados estudios de percepción, aprendizaje, memoria y lenguaje nos han dado una idea operativa de la manera en que el cerebro procesa un objeto, en términos sensoriales y motores, y una idea de cómo el conocimiento de un objeto puede ser almacenado en la memoria, categorizado en términos lingüísticos o conceptuales, y recuperado en modos evocativos o de reconocimiento. El objeto se exhibe, en forma de patrones neurales, en las cortezas sensoriales adecuadas a su naturaleza. Por ejemplo, en el caso de los aspectos visuales de un objeto, se construyen los patrones neurales apropiados en una variedad de regiones de las cortezas visuales, no solo una o dos sino muchas, que trabajan de concierto para cartografiar los variados aspectos del objeto en términos visuales. Retornaremos a la representación de objeto más adelante en este capítulo.
Por parte del organismo, empero, las cosas son diferentes. Aunque se sabe bastante sobre cómo el cerebro representa el organismo, la idea de que estas representaciones puedan estar ligadas a la mente y la noción de self ha recibido poca atención. Ha quedado sin respuesta la interrogante acerca de qué podría conferir al cerebro un medio natural para generar la referencia singular y estable que denominamos self. Hace tiempo ya que creo que la respuesta está en una serie particular de representaciones del organismo y sus acciones potenciales. En El error de Descartes sugerí la posibilidad de que la parte de la mente que denominamos self se base, biológicamente hablando, en una serie de patrones neurales no conscientes
que representan la parte del organismo que llamamos cuerpo propiamente tal[1]. Esto puede parecer bastante paradójico a primera vista, pero tal vez sea más plausible una vez consideradas mis razones.
La exigencia de estabilidad
Al pensar acerca de las raíces biológicas para la progresión desde el mero self nuclear hasta el elaborado self autobiográfico, empecé por evaluar las características que comparten. A la cabeza de la lista situé la estabilidad, y he aquí el porqué. En los posibles tipos de self, una noción siempre ocupa el centro del escenario: la noción de un individuo circunscrito y ligeramente cambiante en el tiempo pero que, de alguna manera, parece que permanece igual. Al destacar la estabilidad no sugiero que el self, en cualquiera de sus versiones, sea una entidad cognitiva o neural inmutable. Sugiero más bien que debe poseer un notable grado de invariabilidad estructural, para dispensar una continuidad de referencia por períodos dilatados de tiempo. En efecto, el self necesita ofrecer una referencia continua.
En todos los niveles de procesamiento, del más simple al más complejo, se precisa una relativa estabilidad. La estabilidad debe estar allí cuando te relacionas con diversos objetos en el espacio, o cuando de modo consistente reaccionas emocionalmente en cierta forma ante ciertas situaciones. También está presente en el ámbito de las ideas complejas. Cuando digo «Cambié de parecer respecto de las corporaciones», indico que una vez tuve una opinión acerca de las corporaciones, opinión que ya no mantengo. Los contenidos de mi mente que ahora describen las corporaciones y sus conductas cambiaron, no así mi self, o por lo menos no en igual grado que mis ideas acerca de las corporaciones. La estabilidad relativa fundamenta una continuidad de referencias y es así un requisito para el self. Nuestra pesquisa del substrato biológico del self debe identificar las estructuras capaces de otorgar tal estabilidad.
Si atisbamos detrás de la noción de self, hallamos la idea de individuo singular. Y si miramos detrás de la singularidad individual, encontramos estabilidad. Así, el enigma de las raíces biológicas del self puede ser articulado de la siguiente manera: ¿qué es aquello que otorga un puntal a la mente, es simple, y siempre igual?
El medio interno como precursor del self
La consciencia es una propiedad importante de los organismos vivientes y tal vez ayude incluir la vida en su discusión. Sin duda la consciencia parece postdatar la vida y los dispositivos básicos que permiten a los organismos conservarla, y es probable que haya prevalecido en la evolución porque la fundamenta estupendamente.
Una clave para entender a los organismos vivos, desde los que están conformados por una sola célula hasta los que se componen de miles de millones de células, es la definición de su confín, la separación entre lo que está adentro y lo que está afuera. La estructura del organismo está adentro, y la vida del organismo se define por el mantenimiento de estados internos al interior de ese linde. La individualidad singular depende de éste.
Contra viento y marea —aun cuando ocurren amplias variaciones en el entorno
del organismo—, la estructura del organismo cuenta con un ajuste disposicional[2*] que modifica su funcionamiento interno. El ajuste disposicional garantiza que las variaciones ambientales no generen variaciones excesivas al interior del organismo. La aparición de variaciones capaces de ingresar en un rango peligroso puede ser evitada mediante alguna acción preventiva y, si ya ocurrió, es posible corregirla con un acto apropiado.
Las especificaciones de supervivencia que describo aquí incluyen: un linde, una estructura interna, un ajuste disposicional para la regulación de estados internos, que presupone un mandato de mantener la vida; una estrecha gama de variabilidad en los estados internos para que sean relativamente estables. Ahora veamos estas especificaciones. ¿Estoy describiendo solo una lista de especificaciones para la supervivencia de un sencillo organismo viviente, o podría ser que estuviera describiendo, además, ciertos antecedentes biológicos de la sensación de self: la sensación de un único, acotado organismo viviente volcado en la tarea de mantener la estabilidad para preservar su vida? Diría que describo ambos. Es enigmático pensar que la constancia del medio interno es esencial para mantener la vida y puede ser esbozo y ancla para lo que en último término se convertirá en un self en la mente.
Más acerca del medio interno
Un organismo simple de una sola célula, digamos una ameba, no solo está vivo sino dedicado a permanecer vivo. Puesto que carece de cerebro y mente, una ameba no conoce las intenciones de su propio organismo en el sentido que nosotros conocemos nuestras intenciones equivalentes. Pero la forma de una intención está allí, pese a todo, expresada en el modo en que la diminuta criatura se las arregla para mantener en equilibrio el perfil químico de su medio interno aunque en su entorno, en el ambiente externo, ocurran cataclismos.
Lo que quiero decir es que la pulsión de seguir viviendo no es un desarrollo moderno ni privativo de los humanos. De una manera u otra, de simple a compleja, la mayoría de los organismos la exhibe. Lo que varía es el grado en que los organismos conocen la pulsión. Pocos saben que existe. Pero la pulsión sigue allí aunque los organismos no lo sepan. Gracias a la consciencia, los humanos la perciben con claridad.
La vida se desarrolla al interior de un linde que define un cuerpo. Vida y pulsión de vivir existen al interior de una delimitación, de pared selectivamente permeable que separa el medio interno del entorno. La idea de organismo gira en torno de la existencia de este límite. En una célula única, el linde se denomina membrana. En criaturas complejas como nosotros adopta variadas formas; por ejemplo, la piel que recubre casi todo nuestro cuerpo, la córnea que reviste aquella parte del globo ocular que admite luz, las mucosas que tapizan la boca. Si no hay delimitación no hay cuerpo, y si no hay cuerpo no hay organismo. Creo que mentes y consciencias, cuando finalmente aparecen en la evolución, fueron ante todo parte de la vida, y de la pulsión de vida dentro de un confín. En gran parte, todavía lo son.
Bajo el microscopio
Ahora, observa dentro de la membrana de una célula. Verás que el núcleo está inmerso en un suculento caldo denominado citoplasma. También inmersos en el citoplasma están los organelos, subdepartamentos de la célula tales como las mitocondrias y los microtúbulos. La vida prosigue mientras el perfil químico del caldo opere dentro de un rango de variación posible. Cesa cuando la variación en el conjunto de parámetros químicos sobrepasa o no alcanza ciertos valores. Curiosamente, la vida consiste en continuas variaciones, pero solo si el grado de variación se mantiene dentro de ciertos límites. Si miraras más de cerca, adentro del confín la vida consiste en un gran cambio tras otro, en un mar agitado con una ola después de otra. Pero si miras desde la distancia los cambios se suavizan, igual que cuando un océano embravecido se convierte en una superficie lisa vista desde un avión que vuela a mucha altura. Y si te alejas aún más y miras simultáneamente la célula y sus alrededores, verás de nuevo que, contra las perturbaciones del entorno, la vida al interior de la célula es estabilidad e igualdad.
No es poca cosa dominar la amplitud de los cambios, mantener a raya el interior pese a los accidentes externos. Es algo que ocurre de continuo, habilitado por funciones directrices y de control precisamente calibradas y apuntadas, distribuidas a través del núcleo de la célula, los organelos y el citoplasma. En 1865 el biólogo francés Claude Bernard dio un nombre al ámbito interno de un organismo: medio interno (milieu intérieur). El término permaneció, con su sabor galo, y nadie emplea «ámbito interno» como traducción posible, Claude Bernard observó que el perfil químico del fluido donde viven las células suele ser estable, que varía dentro de rangos estrechos, sin importar la magnitud de los cambios en el ambiente que rodea al organismo. Percibió poderosamente que la estabilidad del medio interno era fundamental en la prosecución de la vida independiente. A principios del siglo veinte, W. B. Cannon llevaría estas ideas más lejos al describir una función biológica que denominó homeostasis y que describió como «las reacciones fisiológicas coordinadas que mantienen la mayoría de los estados estables del cuerpo… y son tan peculiares
del organismo viviente[2]».
La involuntaria e inconsciente pulsión de vida prevalece al interior de una mera célula en una complicada operación que requiere «sentir» el estado del perfil químico dentro de la delimitación. Este procedimiento demanda un inadvertido «saber inconsciente» de lo que debe hacerse, químicamente hablando, cuando la apreciación indica carencia o exceso de un ingrediente en algún lugar o momento dentro de la célula. Para decirlo con otras palabras: requiere algo no demasiado disímil a la percepción para sentir ese desequilibrio; algo no demasiado disímil a la memoria implícita, bajo forma de disposiciones a la acción, con objeto de conservar su pericia técnica; y requiere algo no muy distinto a la destreza para ejecutar una acción preventiva o correctiva. Si todo esto te suena como la descripción de importantes funciones de nuestro cerebro, estás en lo correcto. El hecho es, empero, que no estoy hablando del cerebro, porque no hay sistema nervioso al interior de la diminuta célula. Además, este mecanismo de índole cerebral —que no es en verdad un cerebro — no puede ser resultado de la naturaleza plagiando propiedades del cerebro. Por el contrario, la capacidad de sentir las condiciones ambientales, el contar con disposiciones periciales y actuar sobre la base de estas disposiciones ya estaba presente en criaturas unicelulares antes de que formaran parte de los organismos multicelulares, para qué hablar de organismos multicelulares con cerebros.
La vida y la pulsión de vida dentro del confín que circunscribe un organismo preceden la aparición de sistemas nerviosos, de cerebros. Pero incluso después de la aparición de cerebros en el escenario, conservan la capacidad de ocuparse de la vida, de preservar y expandir la habilidad de sentir el estado interno, de contar con la pericia necesaria al uso de estas disposiciones para responder a los cambios en el entorno de los cerebros. Los cerebros permiten que la pulsión de vivir se regule con eficacia y, en algún punto de la evolución, conscientemente.
El gobierno de la vida
El gobierno de la vida plantea diferentes problemas a diferentes organismos en entornos diversos. Organismos simples en entornos acogedores acaso precisen poco saber y ninguna planificación para responder adecuadamente y preservar la vida. Tal vez solo se requieran algunos dispositivos sensorios, un bagaje de tendencias para responder conforme a lo sensoriado, y algunos medios para ejecutar la acción escogida como respuesta. A la inversa, organismos complejos en entornos complejos requieren vastos repertorios de saber, la posibilidad de elegir entre numerosas respuestas disponibles, y la capacidad de planear para evitar situaciones desventajosas y propiciar las favorables.
La maquinaria requerida para desempeñar estas arduas tareas es complicada y requiere un sistema nervioso. Exige un gran stock de disposiciones, parte substancial de las cuales debe ser suministrada por el genoma y ser innata (aunque algunas disposiciones puedan ser modificadas por el aprendizaje y la experiencia pueda agregar stocks adicionales de disposiciones). El control de las emociones, que ya discutimos, forma parte de este stock de disposiciones. También se necesitan varios tipos de sensores, que deben ser capaces de detectar señales en los entornos externos al cerebro (el cuerpo) y exteriores al cuerpo (el mundo). Finalmente, el gobierno de la vida también exige un medio para responder no solo con actos ejecutados por músculos, sino con imágenes capaces de perfilar los estados internos del organismo, las entidades, los actos y relaciones.
Gobernar la vida de un organismo complejo en un entorno complejo y no necesariamente favorable requiere así más conocimiento innato, más posibilidades sensorias, más variedad de respuestas posibles de las que precisaría un organismo simple en un entorno simple. Pero no se trata solo de cantidad. Se necesita un nuevo enfoque, y la naturaleza lo hizo posible al desarrollar dos arreglos anatómicos y funcionales. El primero consiste en conectar las estructuras cerebrales necesarias al gobierno de diferentes aspectos de la vida del organismo en un sistema integrado pero urdido de componentes plurales. Un símil con la ingeniería sería la ensambladura de paneles de control interconectados. En términos biológicos estos paneles no son mitos: se sitúan en varios núcleos del tronco del encéfalo, hipotálamo y cerebro anterior basal. El segundo arreglo consiste en suministrar a estos estratos de gobierno, momento a momento, señales originadas en todas las partes del organismo. Estas señales ofrecen a las regiones gobernantes —los paneles de control— un panorama constantemente renovado del estado del organismo.
Algunas de las señales se transmiten directamente por rutas nerviosas y comunican el estado de los órganos (corazón, vasos sanguíneos, piel) o los músculos. Otras señales llegan por el torrente sanguíneo y se transmiten por la concentración de alguna hormona, o de glucosa, oxígeno, dióxido de carbono o nivel de pH del plasma. Un número de dispositivos neurales sensorios «lee» estas señales conforme a los niveles prefijados de sus escalas de «lectura». Una analogía para esta operación es el termostato con relación al control del clima: la lectura de cierta temperatura gatilla una respuesta (calentar o enfriar hasta alcanzar la temperatura fijada); algunos valores no gatillan ninguna respuesta. Puedes imaginar algunas partes del sistema nervioso central, por ejemplo, en el tronco del encéfalo y el hipotálamo, cual un vasto campo de detectores semejantes a los termostatos, cuyas actividades plasman un mapa. La analogía presenta ciertos peligros, porque los valores fijos en un organismo pueden sufrir cambios a lo largo de la vida, y pueden ser parcialmente influidos por el contexto en que los dispositivos sensorios operan. Después de todo, nuestros detectores tipo-termostatos están fabricados con tejido vivo, no con metal o silicio. Por estas razones, Steven Rose sugirió de modo convincente el uso de la palabra
homeodinámica [3] en vez de homeostasis. Con todo, la esencia de la analogía es sensata.
Por qué las representaciones corporales son adecuadas para indicar estabilidad La razón de que las representaciones corporales sean adecuadas para indicar estabilidad proviene de la notable invariancia de las estructuras y operaciones del cuerpo. El diseño del cuerpo se mantiene en gran parte invariable a lo largo del desarrollo, de la vida adulta, e incluso de la senescencia. Por cierto, los cuerpos crecen en tamaño durante el desarrollo, pero los órganos y sistemas fundamentales son iguales durante el lapso de vida y las operaciones ejecutadas por la mayoría de los componentes cambian poco o nada. Esto suele ser válido para los huesos, articulaciones y músculos, y particularmente veraz en lo tocante a los órganos y el medio interno. La gama de estados posibles de medio interno y órganos es bastante limitada. Esta limitación es inherente a las especificaciones del organismo, porque la gama de estados compatibles con la vida es estrecha. De hecho, el rango permitido es tan reducido, y la necesidad de respetar sus límites tan absoluta para la supervivencia, que los organismos nacen equipados con sistemas de regulación automática que aseguran la no ocurrencia o la fácil corrección de desviaciones capaces de amenazar la vida.
En resumen, no solo una parte considerable del cuerpo es notoria por sus mínimas variaciones —se podría decir relativa uniformidad—, sino que los organismos vivos portan de manera natural dispositivos destinados a asegurar variaciones limitadas o, si prefieres, a mantener la uniformidad. Estos dispositivos vienen instalados genéticamente en todo ser vivo y ejecutan su labor básica aunque los organismos no lo quieran. La mayoría de los seres no «quieren» nada en absoluto, pero en aquellos que sí quieren, no importa: los dispositivos básicos de regulación operan de todas formas.
Así, si buscas un refugio de estabilidad en el universo de cambio que es el mundo de nuestros cerebros, no sería perjudicial considerar los dispositivos reguladores que controlan la vida, junto con las representaciones neurales integradas del medio interno, órganos y armazón músculo-esquelético que reflejan el estado viviente. Medio interno, órganos y armazón osteomuscular producen una representación continua, dinámica pero de latitud estrecha, en tanto que el mundo cambia profunda y a veces impredeciblemente. Momento a momento el cerebro dispone de la representación dinámica de una entidad con una gama limitada de estados posibles: el
cuerpo[4].
UN CUERPO, UNA PERSONA: RAÍCES DE LA SINGULARIDAD DEL SELF
En este punto tal vez quieras reflexionar acerca de una divertida evidencia. Para cada persona que conoces, hay un cuerpo. Quizá jamás hayas dedicado un solo pensamiento a esta relación simple, pero el hecho está allí: una persona, un cuerpo; una mente, un cuerpo. Es un principio básico. Nunca conociste a una persona sin cuerpo. Ni a una con dos cuerpos o múltiples cuerpos, ni siquiera los gemelos siameses. Simplemente, no existe. Puedes haber conocido u oído hablar de cuerpos ocasionalmente habitados por más de una persona, condición patológica conocida como personalidad múltiple (hoy tiene un nuevo nombre: desorden disociador de identidad). Aun entonces, empero, el principio no se viola, porque en cada momento solo una de las identidades plurales puede usar el cuerpo para pensar y comportarse, solo una a la vez posee bastante control para ser persona y expresarse (mejor aún, expresar su self). El hecho de que el desorden disociador no se considere normal refleja la opinión compartida: un cuerpo corresponde a un self.
Una de las razones por las que admiramos a los buenos actores es que pueden convencernos de que son otra persona, que tienen otra mente y otro self Sabemos que no es así, que solo son vehículos de artificiosos fingimientos, y premiamos su trabajo porque lo que hacen no es natural ni fácil.
Es curioso, ¿no es verdad? ¿Por qué no debería haber dos o tres personas en un cuerpo? Sería una economía de tejido biológico. ¿Por qué personas de gran capacidad intelectual e imaginación no habitan dos o tres cuerpos? ¡Qué diversión, qué plétora de posibilidades! ¿Por qué no hay entre nosotros personas incorpóreas; ya sabes, fantasmas, espíritus, criaturas ingrávidas y acromáticas? Piensa en la economía de espacio. Pero el hecho simple es que estas criaturas no existen ahora y nada indica que jamás hayan existido, y la razón sensata de ello es que la mente, que define a una persona, requiere un cuerpo, y que un cuerpo, un cuerpo humano por supuesto, genera de manera natural una mente. El cuerpo cincela la mente, cuyo destino es servirlo. Así, en un cuerpo solo brota una mente. Sin cuerpo no hay mente. Para cualquier cuerpo, nunca más de una mente.
Mentes cuerpo-mentalizadas ayudan a salvar el cuerpo. Cuando aparecieron las criaturas como nosotros, con cuerpos y mentes conscientes, fueron lo que Nietzsche denominó «híbridos de plantas y fantasmas», combinación de un objeto viviente confinado, circunscrito, fácilmente identificable, equipado con lo que parece una animación mental ilimitada, interna, difícil de localizar. También dijo que esas criaturas eran «discordias», porque reflejaban un extraño matrimonio de lo material con lo aparentemente insustancial. El matrimonio intrigó a todos por milenios pero
hoy puede ser, hasta cierto punto, más fácil de entender. Quizá[5].
INVARIANCIA DEL ORGANISMO E IMPERMANENCIA DE LA PERMANENCIA
Asombra descubrir que las aparentes y monolíticas estabilidades tras una mente única y un self único sean a su vez efímeras y se reconstruyan continuamente en el ámbito de células y moléculas. Esta extraña situación —paradoja aparente más que real— tiene una explicación sencilla: aunque los bloques de construcción de nuestro organismo se reemplazan con regularidad, el diseño arquitectónico de sus diversas estructuras se conserva prolijamente. Hay un Bauplan para la vida y nuestros cuerpos son una Bauhaus. Considera lo siguiente:
No somos meramente perecibles al final de la vida. La mayoría de nuestras partes fallece durante la vida, para ser sustituida por otras partes perecederas. Los ciclos de vida y muerte se repiten muchas veces en el lapso de una vida: algunas células de nuestro cuerpo sobreviven una semana, la mayoría no dura más de un año; excepción son las preciosas neuronas de nuestro cerebro, las células musculares del corazón y las de los cristalinos del ojo. Gran parte de los componentes que no se sustituyen — como las neuronas— cambia gracias al aprendizaje. (De hecho, puesto que nada es sagrado, incluso algunas neuronas pueden ser reemplazadas). La vida hace que las neuronas se comporten de distinta manera alterando, por ejemplo, la manera en que se conectan con otras. Ningún componente permanece igual mucho tiempo, y las células y los tejidos que constituyen nuestros cuerpos actuales en gran parte no son los mismos que poseíamos al ingresar a la universidad. Lo que permanece invariable, en buena parte, es el plan de construcción de la estructura de nuestro organismo y los puntos fijados para la operación de sus partes. Digamos, el espíritu de la forma y el
espíritu de la función[6].
Cuando descubrimos de qué estamos hechos y cómo estamos ensamblados, descubrimos un incesante proceso de construcción y demolición, y verificamos que la vida está a merced de ese proceso sin fin. Puede ser barrida por la ola, igual que los castillos de arena en las playas de nuestra infancia. Ya que tengamos una sensación de self es asombroso, que poseamos —que la mayoría tenga, o algunos posean— esa continuidad de estructura y función que constituye la identidad, esos rasgos estables de conducta que cimientan lo que denominamos personalidad. Fabuloso, asombroso por cierto, que tú seas tú y yo sea yo.
Pero el problema va más allá de perecimiento y renovación. Así como los ciclos de muerte y vida reconstruyen el organismo y sus partes conforme a un plan, el cerebro reconstruye la sensación de self momento a momento. No tenemos un self esculpido en piedra e, igual que la piedra, resistente a los estragos del tiempo. Nuestra sensación de self es un estado del organismo, el resultado de ciertos componentes operando de cierta manera e interactuando de cierta forma, dentro de ciertos parámetros. Es otro constructo, otro patrón vulnerable de operaciones integradas cuya consecuencia es generar las representaciones mentales de un ser viviente individual. La totalidad del edificio biológico —de células, tejidos y órganos a sistemas e imágenes— se mantiene en la vida gracias al constante cumplimiento de planos de construcción, siempre al borde del colapso parcial o total si los procesos de reconstrucción y renovación se interrumpieren. Los planes de construcción se urden en torno de la necesidad de mantenernos lejos del borde.
RAÍCES DE LA PERSPECTIVA INDIVIDUAL, LA PROPIEDAD Y LA AGENCIA
Lo que ocurre en tu mente acontece en un tiempo y espacio relativos al instante de tiempo en que tu cuerpo está y a la región de espacio que tu cuerpo ocupa. Las cosas están en ti o fuera de ti. Las de afuera son estacionarias o se mueven. Las estacionarias pueden estar cerca, lejos o a medio camino. Aunque las cosas movibles pueden acercarse, alejarse, o transitar en trayectorias distantes, tu cuerpo es la referencia. Además, la perspectiva «experiencial» no solo ayuda a situar objetos reales: también ayuda a situar ideas, ya sean concretas o abstractas. La perspectiva experiencial es fuente de metáforas en organismos dotados de competencias cognoscitivas tan ricas como una abundante memoria convencional, memoria de trabajo, lenguaje y las capacidades de manipulación que incluimos en el término «inteligencia». Por ejemplo, la noción de self «está cerca de mi corazón», pero la idea de homúnculos «está lejos de gustarme». De manera análoga, propiedad y agencia están totalmente relacionadas con un cuerpo en un instante o espacio particulares. Las cosas que posees están cerca de tu cuerpo, o deberían estarlo para seguir siendo tuyas, y esto se aplica a objetos, amantes e ideas. La agencia, claro está, como capacidad de actuar y producir un efecto, requiere un cuerpo que actúa en el tiempo y el espacio: sin él carece de sentido.
Supón que atraviesas una calle, y ahora imagina un automóvil desplazándose velozmente hacia ti. El punto de vista referente al auto que se acerca es el de tu cuerpo, y no puede ser otro. Una persona mirando la escena desde una ventana en el tercer piso de un edificio detrás de ti tiene un punto de vista diferente: el de su propio cuerpo. El automóvil se aproxima, y la posición de tu cuello y cabeza se altera conforme te orientas en esa dirección, mientras tus ojos se mueven conyugadamente para enfocar los rápidos patrones que evolucionan en tus retinas. Un mundo de ajustes se pone en acción. Desde el sistema vestibular —que se origina en el oído interno, tiene que ver con el equilibrio e indica la posición espacial del cuerpo— a la maquinaria de los colículos, que guía los movimientos de ojos y cuello con ayuda de los núcleos troncoencefálicos, y hasta las cortezas occipitales y parietales que modulan el proceso ascendente. Pero eso no es todo. Lo quieras o no, un automóvil que se te viene encima genera una emoción llamada miedo y cambia múltiples cosas en el estado de tu organismo: entre muchos otros, intestinos, corazón y piel responden de inmediato. Sugiero que la señalización de los cambios citados es el medio para implementar en tu mente una perspectiva individual de organismo. Nota que no digo que es el medio para que ya experimentes una perspectiva de organismo, lo que equivaldría a conocerla. La experiencia o conocimiento de algo, es decir la consciencia, viene después. Muchos de los cambios que ocurren conforme el automóvil se aproxima ocurren en las representaciones cerebrales y multidimensionales del cuerpo propiamente tal, que existían de manera fugaz en los instantes previos al desarrollo del episodio: le ocurren al proto-self que está en tu organismo. La persona que mira la escena desde la ventana del tercer piso tiene una perspectiva diferente pero experimenta cambios formales similares en su proto-self.
Diría que el procesamiento de señales procedentes de una variedad de fuentes construye continua e irrevocablemente la perspectiva. Primero: a partir de un aparato perceptivo específico: en el ejemplo, las imágenes ópticas que se forman en las retinas. Segundo: a partir de los diversos ajustes que llevan a cabo simultáneamente los diferentes sectores musculares del cuerpo y el sistema vestibular. En el ejemplo, las imágenes en las retinas cambian velozmente debido al objeto que se aproxima pero, para seguir enfocadas, deben producirse ajustes en los músculos que controlan cristalino y pupila, en los que controlan la posición del globo ocular, y en los que
controlan la posición de cabeza, cuello y tronco[7]. Por último, ciertas señales derivan de respuestas emocionales ante un objeto particular: serían notorias en el caso del automóvil que se aproxima e incluirían cambios en la musculatura visceral en variados sitios del cuerpo. Nota que, dependiendo del objeto, puede haber diferentes acompañamientos músculo-esqueléticos y emocionales, pero ambos están siempre presentes. La presencia de este cúmulo de señales —en el ejemplo, ajuste en las retinas, ajuste músculo-postural y ajuste músculo-víscero-endocrino— describe tanto el objeto cuando se abalanza hacia el organismo como parte de la reacción del organismo ante el objeto, conforme el organismo se autorregula para mantener un procesamiento satisfactorio del objeto.
No existe tal cosa como una pura percepción de un objeto dentro de un canal sensorio, por ejemplo, la visión. Los cambios concurrentes que acabo de describir no son acompañamientos opcionales. Para percibir un objeto, visualmente o en otra modalidad sensorial, el organismo precisa tanto de señales sensoriales especializadas como de señales procedentes del ajuste del cuerpo, necesarias para que ocurra la
percepción[8].
Esta inexistencia de percepción pura se mantiene aunque no te puedas mover; si te inyectaran curare, por ejemplo. Después de una inyección de curare ninguno de tus músculos se mueve, porque el curare bloquea los receptores nicotínicos del neurotransmisor acetilcolina. Pero los músculos «viscerales» involucrados en la emoción pueden moverse con libertad porque el curare no afecta sus receptores muscarínicos de acetilcolina.
También es cierta la aserción cuando piensas en un objeto, no solo cuando lo percibes en el mundo externo a tu organismo. He aquí la razón: los registros que conservamos de objetos y sucesos percibidos otrora incluyen el ajuste motor articulado entonces para lograr la percepción, y también contienen las reacciones emocionales que sentimos en ese instante. Están coregistrados en la memoria, aunque en sistemas separados. En consecuencia, incluso cuando «meramente» pensamos en un objeto, tendemos a reconstruir memorias no solo de su forma o color, sino también del compromiso perceptor requerido por el objeto y de las concomitantes reacciones emocionales, no importa cuán leves hayan sido. Ya sea que estés inmóvil por causa de curarización o fantaseando tranquilamente en la oscuridad, las imágenes que formas en tu mente siempre señalan al organismo el compromiso que tiene en la tarea de fabricar imágenes y evocan alguna reacción emocional. Simplemente no puedes escapar al compromiso de tu organismo —motor o emocional más que nada— que es parte esencial de tener mente.
De un modo muy natural, la perspectiva para una melodía que escuchas o para un objeto que tocas es la perspectiva de tu organismo, porque surge de las modificaciones que éste padece durante el escuchar o tocar. También el sentido de propiedad de las imágenes y el sentido de agencia sobre estas imágenes resultan de las maquinaciones que crean perspectiva: son inherentes a esas maquinaciones, en calidad de evidencia sensoria fundacional. Después, nuestros cerebros educados y creativos acaso esclarezcan la evidencia bajo forma de inferencias subsecuentes que llegan a ser conocidas por nosotros.
La perspectiva del organismo sobre cuya base se forman imágenes es esencial para la preparación de actos relativos a los objetos perfilados en ellas. La correcta perspectiva del automóvil que se aproxima es capital para diseñar el movimiento que te permitirá escapar, y lo mismo se aplica a la perspectiva de una pelota que presuntamente debes atajar. El sentido automático e individual de agencia nace en ese momento y lugar. Luego puedes hacer inferencias con análogo efecto. El hecho de que hayas interactuado con un objeto para crear imágenes del mismo torna más fácil concebir el pensamiento de actuar sobre el objeto.
Debemos notar que la ocurrencia de estos cambios no basta para que surja consciencia. Esta ocurre cuando sabemos, y solo podemos saber cuando cartografiamos la relación entre objeto y organismo. Solo entonces podemos tal vez descubrir que todos los cambios reactivos citados acontecen en nuestros propios organismos y son causados por un objeto.
CARTOGRAFIADO DE SEÑALES CORPORALES
Entre los mayores obstáculos para captar las ideas exploradas aquí están las incompletas —y no pocas veces confusas— nociones predominantes respecto de la señalización somática y el sistema somatosensorial, que presuntamente transmite las señales. El vocablo «somatosensorial», como sugiere su derivación etimológica, describe la sensación de «soma», la palabra griega para «cuerpo». Pero suele ocurrir que «soma» evoque una noción más acotada de lo que debería. Por desgracia, lo que suele surgir en la mente al oír los términos «somático» o «somatosensorial» es la idea de tacto, de sensación muscular, articular. En realidad, el sistema somatosensorial sustenta relaciones más abundantes y ni siquiera es un sistema único. Es una combinación de varios subsistemas, cada uno de los cuales porta señales al cerebro sobre el estado de diferentes aspectos del cuerpo. Es obvio que estos diversos sistemas de señalización surgieron en diferentes momentos de la evolución. Emplean maquinarias distintas en lo tocante a fibras nerviosas portadoras de señales del cuerpo al sistema nervioso central, y además son diferentes en número, tipo y posición a las estaciones de relevo del sistema nervioso central donde cartografían sus señales. De hecho, un aspecto de la señalización somatosensorial no emplea neuronas sino sustancias químicas disponibles en el torrente sanguíneo. A pesar de estas distinciones, todos los aspectos de la señalización somatosensorial trabajan en paralelo y cooperan para producir —en niveles plurales del sistema nervioso central, de la médula espinal y tronco del encéfalo a las cortezas cerebrales— miríadas de mapas de los aspectos multidimensionales del estado corporal en un momento dado.
Para dar una idea de lo que hacen los subsistemas y cómo están organizados, agruparé la señalización en tres divisiones fundamentales: la división orgánica y del medio interno; la división vestibular y músculo-esquelética; y la división de «toque fino» (fine-touch).
Las tres divisiones pueden trabajar en estrecha cooperación o con relativa independencia. Cuando palpas un objeto que te produce placer, señales de las tres divisiones ingresan en el sistema nervioso central bajo forma de mapas que describen la interacción en sus múltiples dimensiones: por ejemplo, los movimientos con que investigas el objeto, las propiedades que activan ceptores táctiles, y las reacciones humorales y viscerales que constituyen la respuesta placentera al objeto. Pero las divisiones pueden operar de manera independiente, por ejemplo, la primera con escasa ayuda de la segunda, o la primera y segunda sin socorro de la tercera. Lo que hay que recordar es que la primera división —cuya incumbencia es el interior del organismo— está siempre en actividad, señalando de continuo al cerebro el estado de los aspectos más recónditos del cuerpo propiamente tal. En condiciones normales jamás el cerebro deja de recibir informes incesantes acerca del medio interno y los estados de los órganos, y en la mayor parte de las condiciones —aun sin ejecución de movimiento activo ninguno—, también recibe informaciones acerca del estado de su aparato muscular esquelético. De hecho, el cerebro es la audiencia cautiva del cuerpo.
La división orgánica y del medio interno está encargada de captar cambios en el entorno químico de las células en todo el cuerpo. El término «interoceptivo» describe genéricamente estas operaciones ceptoras. Un aspecto de estas señales prescinde de vías y fibras nerviosas. Los productos químicos que fluyen en el torrente sanguíneo son captados por núcleos de neuronas en algunas regiones del tronco del encéfalo, hipotálamo y telencéfalo. Nada ocurre si la concentración de productos químicos está dentro de los niveles permisibles. Si la concentración es demasiado alta o baja, las neuronas responden e inician una variedad de acciones destinadas a corregir el desequilibrio. Por ejemplo, te pueden calmar o agitar, generar hambre o excitación sexual, lo que, claro está, es fascinante, pero el punto es que las señales crean, momento a momento, múltiples mapas del medio interno, tantos como las dimensiones de nuestro interior capaces de ser medidas con este método peculiar, y existen muchas dimensiones.
Es notable la exposición del cerebro a los productos químicos que circulan en el torrente sanguíneo. El cerebro está protegido de la penetración de ciertas moléculas por la barrera hematoencefálica, filtro biológico que envuelve virtualmente todos los vasos sanguíneos que transportan nutrientes al tejido cerebral y es muy selectivo acerca de lo que puede o no puede pasar de la sangre al tejido cerebral. Algunas regiones del cerebro, sin embargo, carecen de barrera hematoencefálica y aceptan sin trabas moléculas grandes que en otras partes del cerebro no pueden influir directamente en el tejido neural. Las moléculas que traspasan la barrera hematoencefálica actúan directamente en el cerebro, en sitios como el hipotálamo; las moléculas grandes que no pueden traspasar la barrera hematoencefálica actúan en los sitios cerebrales privados de ella, los denominados órganos circumventriculares. Ejemplos de tales sitios son el área postrema (situada en el tronco del encéfalo) y los órganos subfornicales (situados en ámbitos cerebrales hemisféricos). Las neuronas químicamente excitadas en estas áreas pasan sus mensajes a otras neuronas. La acción de sustancias como la oxitocina, crucial para una variedad de conductas, desde la sexualidad al apego y al parto, depende de este arreglo. La inmersión del cerebro en el medio químico es asunto serio.
La división orgánica y del medio interno usa vías nerviosas para transportar las señales que eventualmente percibimos como dolor, que pueden originarse en casi cualquier parte del cuerpo, como en órganos abdominales, articulaciones o músculos. Esta división también porta señales neurales relativas a aspectos del medio interno. Así, el perfil químico del organismo se cartografía no solo por la vía del torrente sanguíneo, sino por tractos neurales. Por ejemplo, los niveles de pH y la concentración de oxígeno y dióxido de carbono se cartografían de manera dual.
Por último, esta división también señala el estado de los músculos lisos, tan abundantes en los órganos y bajo control autónomo. Lo de control «autónomo» significa que un proceso particular es controlado casi en su totalidad por dispositivos independientes de nuestra voluntad, más localizados en el tronco del encéfalo, el hipotálamo y los núcleos límbicos que en la corteza cerebral. Hay músculos lisos por doquier, en todo vaso sanguíneo y en cualquier parte del cuerpo. Estos músculos lisos se contraen o dilatan para regular la circulación sanguínea y sus funciones afines. Percibimos un resultado de tal contracción o dilatación de músculos lisos cuando se incrementa o disminuye la presión sanguínea sistémica o notamos palidez o rubor en la piel. Dicho sea de paso, el mayor órgano del cuerpo es la piel. No me refiero a su superficie, que desempeña un papel crucial en el sentido del tacto, sino al «grueso de la piel», vital para la regulación de la temperatura. Quemaduras extensas pueden matarte, no por la pérdida de funciones táctiles, sino por la profunda perturbación de tu regulación homeostática. Esta parte crucial de las funciones de la piel deriva de la habilidad de cambiar el calibre de los numerosos vasos sanguíneos que entrecruzan su espesor. «I’ve got you under my skin» («Te tengo bajo la piel») capta inadvertidamente esta importante idea fisiológica, y la letra de la canción habría sido más precisa si Cole Porter hubiera escrito: «Te tengo en el grosor de mi piel», lo que sería igual de travieso. Por supuesto, los franceses dan en el clavo cuando dicen «Je t’ai dans la peau» («Te tengo en la piel»).
Bien, las señales viajan por un sector particular de la médula espinal (las láminas I y II del asta posterior) o del núcleo del nervio trigémino (la pars caudalis). Debo agregar, no obstante, que el conveniente agrupamiento de todas estas señales en una gran división oculta mucho en términos de la subdivisión canalizada. Por ejemplo, sabemos, por los trabajos de A. Craig, que las neuronas portadoras de señales relativas a la nocicepción (dolor) son diferentes de las que median otros aspectos de
la sensación corporal, aunque todas produzcan fibras C y A-d[9]. Por otra parte, también sabemos que muchas señales referentes al cuerpo no solo son portadas separadamente a niveles altos del sistema nervioso sino también mezcladas y unidas poco después de ingresar en el sistema nervioso central. Esto ocurre, por ejemplo, en
las zonas más profundas de cada segmento de la médula espinal[10]. Los órganos suministran informaciones adicionales acerca de la división del sistema somatosensorial; aferentes viscerales y nervios como el vago (que sobrepasa la médula y apunta al tronco del encéfalo) las transportan a la médula espinal.
La segunda división —músculo-esquelética— transmite al sistema nervioso central el estado de los músculos que unen partes movibles del esqueleto, esto es, huesos. Cuando las fibras musculares se contraen, la longitud del músculo se reduce y los huesos conectados se mueven. Cuando las fibras se relajan, ocurre lo contrario. Todos los músculos que ocasionan movimientos del esqueleto pueden ser controlados por nuestra voluntad y son músculos estriados (solo hay una excepción a la regla y tiene que ver con el corazón, cuyas fibras musculares son estriadas pese a no estar bajo control volitivo ni encargadas de mover partes óseas). La función de esta división del sistema somatosensorial se conoce genéricamente con los términos propioceptiva o cinestésica. Igual que en el caso de las señales interoceptivas del medio interno y orgánico, las señales propioceptivas/cinestésicas forman múltiples mapas de aquellos aspectos del cuerpo que vigilan. Estos mapas están en niveles plurales del sistema nervioso central, desde la médula espinal hasta la corteza cerebral. El sistema vestibular, que cartografía las coordenadas del cuerpo en el espacio, completa la información somatosensorial en esta división.
Una tercera división del sistema somatosensorial transmite un «toque fino». Sus señales describen las alteraciones que sufren sensores especializados de la piel cuando establecemos contacto con otro objeto e investigamos su textura, forma, peso, temperatura, y así. En tanto que la división orgánica y de medio interno se preocupa principalmente de la descripción de estados internos, la división de toque fino se ocupa de la descripción de objetos basada en las señales generadas en la superficie del cuerpo. La división músculo-esquelética, a medio camino, puede emplearse tanto para expresar estados internos como para ayudar a describir el mundo externo.
EL SELF NEURAL
Es poco probable que la sensación de self, en sus versiones nuclear o autobiográfico, haya sido la variedad original del fenómeno. Propongo que la sensación de self tiene un precedente biológico preconsciente, el proto-self, y que las primeras y más sencillas manifestaciones de self emergen cuando el mecanismo que engendra consciencia nuclear opera en ese precursor no consciente.
El proto-self es una colección coherente de patrones neurales que cartografía, momento a momento, el estado de la estructura física del organismo en sus múltiples dimensiones. Esta perpetua colección de patrones neurales de primer orden ocurre en muchos lugares del cerebro, no en uno, y en una multiplicidad de niveles, desde el tronco del encéfalo hasta la corteza cerebral, en estructuras conectadas por tractos neurales. Estas estructuras están íntimamente volcadas en el proceso de regular el estado del organismo. Las operaciones de actuar sobre el organismo y sentir su estado están estrechamente vinculadas. No debe confundirse el proto-self con la rica sensación de self en que se centra nuestro saber en este preciso momento. No estamos conscientes del proto-self. El lenguaje no es parte de su estructura. El proto-self
carece de poderes perceptivos, y de conocimiento[11].
Tampoco debe confundirse el proto-self con el rígido homúnculo de la vieja neurología. El proto-self no ocurre solo en un lugar, y emerge dinámica y continuamente de variadas señales que interactúan sobre diversos órdenes del sistema nervioso. Además, no es intérprete de nada. Es un punto de referencia, en cualquier punto que esté.
Esta hipótesis debiera ser considerada desde la perspectiva de una importante calificación referente a la relación entre regiones y funciones cerebrales, tales como el proto-self. Estas funciones no se «localizan» en una región cerebral o conjunto de regiones: más bien son producto de la interacción de señales neurales y químicas en un conjunto de regiones. Esto vale en el caso del proto-self no consciente con relación al conjunto de regiones que perfilo ahora, y también vale para funciones tales como self nuclear y autobiográfico. Debemos rechazar a cualquier precio el pensamiento frenológico.
Las estructuras requeridas para implementar el proto-self se detallan abajo, junto con aquellas que no se precisan para ello. Sobre la base de las dos listas, es posible verificar la hipótesis de variadas maneras. La vía más directa consiste en formular predicciones relativas a los efectos del deterioro en algunas de las estructuras clave presentes en ambas listas. Algunas lesiones deberían perturbar el proto-self y, por consiguiente, interrumpir la consciencia con mayor o menor severidad, en tanto que otras deberían dejarla intacta. Una evaluación de la validez de las predicciones es posible sobre la base de evidencias disponibles en neuropatología o neurofisiología, pero se precisan más estudios para verificar las conclusiones.
Figura 5.1. Localización de algunas estructuras del proto-self. Nótese que la región conocida como ínsula está sepultada en la cisura de Silvio y no es visible en la superficie cortical.
Estructuras cerebrales requeridas para implementar el proto-self
1. Algunos núcleos del tronco del encéfalo que regulan estados corporales y
cartografían señales del cuerpo. A lo largo de las cadenas de señalamiento que empiezan en el cuerpo y rematan en las estructuras más altas y distales de cerebro, esta región es la primera donde un agregado de núcleos señala el estado del cuerpo de modo cabal y puntual, mediado por los cordones de la médula espinal, el nervio trigémino, el complejo del vago y el área postrema. Incluidos en esta región se hallan núcleos reticulares clásicos así como núcleos
monoamínicos y acetilcolínicos [12].
2. El hipotálamo, situado cerca de las estructuras citadas en 1 y estrechamente
interconectado con ellas, y el cerebro anterior basal, que se sitúa en la vecindad
del hipotálamo, se interconecta con hipotálamo y tronco del encéfalo, y constituye una extensión de esas estructuras inferiores en el cerebro anterior. El hipotálamo contribuye a la representación en curso del cuerpo manteniendo un registro puntual del estado del medio interno en diversas dimensiones, por ejemplo, nivel de nutrientes circulantes como glucosa, concentración de diversos iones, concentración relativa de agua, pH, concentración de hormonas circulantes, etc. El hipotálamo ayuda a regular el medio interno actuando sobre la base de estos mapas.
3. La corteza insular, las cortezas conocidas como S2 y las cortezas medial
parietales situadas detrás del rodete del cuerpo calloso (splenium), todas ellas parte de las cortezas somatosensoriales. En los humanos las funciones de estas cortezas son asimétricas. Sobre la base de la observación de pacientes, he sugerido que el conjunto de estas cortezas posee la representación más integrada de estado interno del organismo en el ámbito de los hemisferios cerebrales, junto con representaciones del diseño invariante del armazón músculo-esquelético. En un artículo reciente Jaak Panksepp también vincula cuerpo y self, mediante una representación innata del cuerpo en el tronco del encéfalo. Su idea se aproxima a mi noción de proto-self, aunque su interpretación de cómo esa representación
contribuye a la consciencia sea totalmente distinta de la mía[13].
Estructuras cerebrales qué no se requieren para implementar el proto-self
Las estructuras que detallo a continuación no se precisan para implementar el proto-self. La lista, no exhaustiva, cubre la mayor parte del sistema nervioso central. Incluye todas las cortezas sensoriales tempranas para modalidades sensoriales externas; lo que significa que incluye las cortezas visuales y auditivas, así como los sectores de las cortezas somatosensoriales volcadas en el «toque fino»; todas las cortezas temporales y muchas de las cortezas de alto orden (aquellas no dedicadas exclusivamente a una modalidad sensorial sino a la integración supramodal de señales relacionadas con las cortezas sensoriales tempranas), así como la formación hipocámpica con sus cortezas interconectadas, es decir, corteza endorrinal (área 28) y las cortezas perirrinales (área 35). La nómina específica es la siguiente:
1. Varias cortezas sensoriales tempranas, en las áreas 17, 18, 19, dedicadas a la
visión; 41/42, 22, dedicadas a la audición; área 37, parcialmente dedicada a la visión pero, además, corteza de alto orden (ver 2), y la parte de S1 volcada en el «toque fino». Estas cortezas se vuelcan en la fabricación de patrones sensoriales modal-específicos, que fundamentan las imágenes de diversas modalidades sensoriales disponibles en nuestra mente. Desempeñan un papel en la consciencia, tanto nuclear como ampliada, porque el objeto por ser conocido se
ensambla a partir de estas regiones. Pero no desempeñan ningún rol en el proto-self.
2. Todas las cortezas infero-temporales, esto es, áreas 20, 21, parte de 37, 36 y 38.
Estas cortezas son la base para las memorias disposicionales (implícitas) que pueden ser recuperadas en la evocación bajo forma de patrones sensoriales explícitos e imágenes mentales. Estas cortezas cimientan gran parte de los registros autobiográficos y sobre su base es posible ensamblar y extender el self autobiográfico y poseer consciencia.
3. El hipocampo, estructura vital en el cartografiado «en línea» de estímulos
plurales y concurrentes. El hipocampo recibe señales relativas a actividad en todas las cortezas sensoriales, que llegan indirectamente al final de varias fibras de proyección con múltiples sinapsis y reciprocan señales mediante proyecciones retrodirigidas a lo largo de las mismas fibras. Es esencial para crear nuevas memorias de hechos, pero no nuevas memorias de destrezas perceptomotoras. Parece conservar memorias de manera transitoria solamente. Más importante, parece contribuir al establecimiento de memorias en otras zonas, en circuiterías conectadas a él.
4. Las cortezas relacionadas con el hipocampo, esto es, las áreas 28 y 35. Estas
cortezas tal vez conserven memorias de más complejidad que las descritas en el punto 2.
5. Las cortezas prefrontales. Vasta colección de cortezas de alto orden. Algunas de
ellas conservan disposiciones de alta complejidad para memorias personales que precisan contextos temporales y espaciales únicos, para memorias de la relación entre ciertas categorías de sucesos o entidades y estados somáticos, y para memorias de conceptos abstractos. Algunas de estas cortezas participan en grados complejos de memoria de trabajo para funciones espaciales, temporales y lingüísticas. Debido a su papel en la memoria de trabajo, las cortezas prefrontales son cruciales en los niveles altos de consciencia ampliada. Debido a su importancia en la memoria autobiográfica, son relevantes para el self autobiográfico y la consciencia ampliada.
6. El cerebelo. Uno de los más transparentes pero más esquivos sectores del
cerebro. Participa obviamente en la construcción de motricidades finas: sin él no puedes acertar un tiro, para qué hablar de cantar, tocar un instrumento o jugar tenis. Pero también participa en procesos cognoscitivos y afectivos, y sospecho que más aún durante el desarrollo. Puede estar involucrado en los procesos de la emoción y de la pesquisa mental, por ejemplo buscando en la memoria un vocablo específico o un ítem no verbal. La notable ausencia de grave disfunción cognoscitiva tras su ablación o desactivación sugiere que el papel que desempeña en la cognición es sutil. Pero estudios recientes sugieren que esto
podría ser un artificio surgido de observaciones inadecuadas, influidas por la evidente redundancia anatómica y funcional del cerebelo.
ALGO POR CONOCER
Vimos cómo una colección específica de estructuras neurales puede fundamentar las representaciones de primer orden de estados corporales puntuales que denomino proto-self y, con ello, suministrar las raíces para el self, ese «algo al que se atribuye el conocimiento». Es hora de decir algo acerca de las raíces del otro actor clave en el proceso: aquello por conocer.
El trasfondo para nuestra comprensión de la manera en que el cerebro representa ese algo por conocer es extenso. Contamos con una considerable, aunque incompleta, comprensión de cómo las representaciones en las modalidades sensorias primordiales (visión, audición, tacto) se relacionan con señales emitidas por órganos ceptores periféricos como el ojo o el oído interno. También entendemos cómo se transportan esas señales a las respectivas regiones primarias de la corteza cerebral por medio de núcleos subcorticales, por ejemplo los del tálamo. Más allá de las cortezas sensoriales primarias, entendemos algo sobre la forma en que representaciones mentales explícitas —aquellas que poseen una estructura manifiesta— se relacionan con diversos mapas neurales y cómo algunas memorias de esas representaciones pueden registrarse de manera implícita. Por ejemplo, sabemos que los aspectos misceláneos de un objeto —forma, color y moción, o el sonido que produce— se manejan de una manera relativamente segregada por regiones corticales localizadas río abajo de las respectivas cortezas primarias visuales o auditivas. Sospechamos que alguna índole de proceso neural integrador ayuda a generar, al interior de la totalidad de la región relativa a cada modalidad —las llamadas cortezas sensoriales tempranas—, el constructo de actividades neurales que fundamenta la imagen integrada que
experimentamos[14]. Como se indicó, empero, no conocemos todos los pasos intermedios entre patrones neurales y patrones mentales. Por cierto sabemos que algunas regiones completas consolidan la formación de imágenes para la percepción (que construimos a partir de la escena puntual externa al cerebro, de afuera hacia dentro) y la evocación (que reconstruimos al interior de la mente, de adentro hacia fuera, por decirlo así). Tenemos razones para creer que la integración de representaciones sensoriales a través de modalidades —visión y audición, o visión y tacto, digamos— pueden perfectamente depender de mecanismos de timing que coordinan la actividad en vastas regiones del cerebro y tal vez no precisen de otro único espacio integrado per se, de un único teatro cartesiano. Y sabemos a ciencia cierta que la integración sensorial básica no requiere cortezas de alto orden en las
capas temporales anteriores y prefrontales[15]. (Ver el Apéndice, sección 3, para una discusión más extensa de estos temas).
Consideremos ahora la situación de un algo por conocer, un objeto real. Este se implementa en cortezas sensoriales tempranas, en aquella colección de cortezas que procesan señales —procedentes de diversos canales sensoriales, visión, audición y tacto— en las múltiples dimensiones de un objeto: color, forma, movimiento, frecuencias auditivas, y así.
La presencia de tales señales de un objeto puntual provoca en el organismo la modalidad de respuesta discutida ya en este capítulo: el conjunto de ajustes motores requeridos para continuar acopiando señales acerca del objeto, así como respuestas emocionales a diversos aspectos del objeto. En otras palabras, la implementación de aquello por conocer se acompaña por fuerza de un efecto complejo en el proto-self, esto es, un efecto en la propia base neural misma del algo al que se atribuye el conocer”. Repito que esto es suficiente para ser, pero no para conocer, no basta para ser consciente. La consciencia, como veremos, solo surge cuando el objeto, el organismo, y su recíproca relación pueden ser re-representados.
Ahora volvámonos al caso de un objeto consignado en la memoria y no puntualmente presente. Conforme a mi marco de trabajo, la memoria de ese objeto se almacenó bajo forma disposicional. Las disposiciones son registros latentes e implícitos, más que activos y explícitos, como lo son las imágenes. Estas memorias disposicionales de un objeto puntualmente percibido en algún momento incluyen no solo registros de los aspectos sensoriales del objeto —color, forma o sonido— sino protocolos de los ajustes motores que necesariamente acompañaron el acopio de señales sensoriales; además, las memorias también contienen archivos de la obligatoria reacción emocional ante el objeto. Por consiguiente, cuando recordamos un objeto y permitimos que las disposiciones vuelvan explícitas sus informaciones implícitas, evocamos, aparte de los datos sensoriales, los datos emocionales y motores afines. Al recordar un objeto evocamos los rasgos sensoriales del objeto puntual junto con las reacciones pasadas del organismo ante él.
La importancia de la distinción entre objeto puntual y objeto memorizado se esclarecerá en el próximo capítulo. Avanzo esa trascendencia diciendo que esta distinción permite que objetos memorizados engendren consciencia nuclear de igual manera que lo hacen los objetos puntualmente percibidos. Esa es la razón por la que podemos estar conscientes de lo que recordamos de la misma manera en que estamos conscientes de lo que realmente vemos, oímos o tocamos ahora. De no ser por este magnífico arreglo, jamás habríamos desarrollado un self autobiográfico.
NOTA SOBRE LOS TRASTORNOS DE AQUELLO POR CONOCER
Estos desórdenes entran en dos categorías mayores: trastornos perceptivos y agnosias. En los trastornos perceptivos, la falta de señales desde una modalidad sensorial (visión, audición o división soma tosensorial del tacto) impide la formación de una representación sensorial; ejemplos de ello son la ceguera o sordera adquiridas. En estas circunstancias, un objeto X, que debe ser representado por un canal sensorial peculiar, ya no puede serlo: deja de comprometer al organismo de la manera usual y no modifica el proto-self. Como resultado, no subsigue consciencia nuclear.
Ahora veamos la segunda categoría, las agnosias. «Agnosia» es un término oscuro pero bien elegido que denota la inhabilidad de evocar la modalidad de conocimiento pertinente a un objeto dado cuando éste se percibe. Como tan bien lo formuló un antiguo y lapidario axioma, la percepción queda despojada de significado. La modalidad prototípica de la agnosia es la condición denominada agnosia asociativa, para emplear términos neurológicos técnicos. Ocurre en las modalidades sensoriales mayores, vale decir, hay casos de agnosia visual, auditiva y táctil. Debido a su exquisita especificidad, son algunos de los casos más enigmáticos que se encuentran en neurología. Veremos en la ilustración más adelante que un ser humano inteligente y sano puede perder la capacidad de reconocer visualmente, aunque no auditivamente, a personas familiares, o viceversa.
Debo ser yo porque estoy aquí
Estas fueron las cautas palabras de Emily cuando contempló el rostro en el espejo delante de ella. Tenía que ser ella: se había instalado delante del espejo por propia voluntad, así que debía ser ella, ¿quién más? Sin embargo, no podía reconocer su rostro en el cristal: era el rostro de una mujer, sin duda, pero ¿de cuál? No lo sentía suyo ni podía confirmar que lo fuera porque no podía instalar su propio rostro en la zona visual de su mente. El rostro que miraba no evocaba nada específico. Podía creer que era ella debido a las circunstancias: yo la había conducido a ese cuarto y le había pedido caminar hasta el espejo y ver quién aparecía allí. La situación le decía inequívocamente que no podía ser nadie más y aceptaba mi aseveración de que, por supuesto, era ella.
Ahora bien, cuando presioné el botón «play» en la grabadora y le permití escuchar una cinta de su propia voz, se reconoció de inmediato. Identificaba sin dificultad su locución, pese a no poder reconocer su rostro único. Igual disparidad se aplicaba a voces y rostros de terceros. Era incapaz de reconocer el rostro de su marido, de sus hijos u otros familiares, amigos y conocidos. No obstante, podía fácilmente reconocer sus voces.
Emily no era muy diferente a David en el sentido de que «nada le venía a la mente» cuando se le mostraban ciertos artículos específicos. Pero difería mucho en cuanto su problema afectaba solo al mundo visual. Nada le venía a la mente solo cuando se le presentaba el aspecto visual de un estímulo único familiar. Los aspectos no visuales del mismo estímulo (sonido o tacto, digamos) traían a la mente todo lo
que se suponía que debían acarrear[16].
Emily se desempeñaba mejor con lo no tan único. Notablemente, podía decir con facilidad que un rostro, cuya identidad era incapaz de situar, expresaba una emoción.
Algo análogo sucedía con la edad y género de la persona dueña de cierto rostro[17]. Su problema se confinaba a elementos únicos en el medio visual.
¿Cómo se desempeña Emily en mi catálogo de consciencia nuclear? La respuesta es: perfectamente. Huelga decir que está despierta y atenta en todo sentido. Se concentra con facilidad en todo tipo de tareas, y sostiene su atención. Sus emociones y los sentimientos de que informa son también completamente normales. Su conducta, limitada solo por sus dificultades visuales, es intencional y apropiada en cualquier contexto, inmediato o mediato. De hecho, aun a pesar de estas dificultades, logra proezas intelectuales notables. Observa durante horas los modales de las personas e intenta adivinar, a veces con éxito, quiénes son; puede mantener conversaciones impecables con sus invitados siempre que su marido le susurre el nombre del personaje visualmente incógnito; y puede encontrar su automóvil — irreconocible mediante la visión— en el estacionamiento del supermercado leyendo con cuidado la patente.
Llamo tu atención a un rasgo bastante revelador, sin embargo. Emily no solo tiene consciencia de lo que conoce bien: también está consciente de lo que no sabe. Genera consciencia nuclear para cada estímulo que encuentra, con independencia de la cantidad de conocimiento del estímulo que puede evocar. Emily, al igual que muchos otros pacientes como ella que he estudiado durante años, tiene plena consciencia de lo que no sabe y examina ese ámbito, con referencia a su propio self sapiente, de la misma manera que examina las cosas que sabe. Considera el siguiente experimento que diseñamos para Emily.
Por mera casualidad notamos que, mientras desplegábamos una larga secuencia de fotografías para verificar su capacidad de reconocer personas, al mirar el retrato de una mujer desconocida que tenía un incisivo superior más oscuro que los otros, Emily aventuró que estaba mirando a su hija.
—¿Por qué piensas que se trata de tu hija? —Recuerdo haberle preguntado.
—Porque sé que Julie tiene un diente más oscuro —dijo—. Apuesto a que es ella.
No era Julie, pero el error reveló la estrategia que la inteligente Emily debía emplear. Incapaz de reconocer identidades a partir de aspectos globales y de rasgos locales del rostro, Emily se aferraba a cualquier detalle sencillo capaz de recordarle algo potencialmente privativo de cualquier persona que pudiera reconocer de manera racional. El diente oscuro le evocó a su hija y sobre esa información basó su suposición.
Para probar la validez de esta interpretación diseñamos un experimento sencillo. Modificamos varias fotos de hombres y mujeres sonrientes de manera que exhibieran un incisivo superior más oscuro y las intercalamos al azar en un lote de fotografías. Cada vez que Emily llegaba a la foto modificada de una joven —nunca varones o ancianas—, declaraba que era su hija. Esto es, tenía una percepción clara de la globalidad y las partes de las fotos que analizaba, o no habría podido razonar de manera tan inteligente, ítem tras ítem, ni habría tenido posibilidad de elegir el estímulo incluido. Por lo menos Emily, como otros afectados por su dolencia, demostró que no se precisa conocimiento específico de un ítem en un nivel único para tener consciencia nuclear del ítem.
Figura 5.2. Las lesiones que causaron prosopagnosia en Emily se localizaban en la confluencia de los lóbulos occipital y temporal de ambos hemisferios. Es la localización típica de lesiones en pacientes que padecen prosopagnosia asociativa.
Cuando un paciente con agnosia facial no reconoce un rostro familiar y afirma no haber visto nunca a esa persona que tiene delante ni recuerda nada relacionada con ella, el conocimiento pertinente no está disponible para un control consciente, pero la consciencia nuclear permanece intacta. De hecho, una vez que enfrentas al paciente con la realidad de que el rostro presentado es el de un amigo cercano, el paciente no solo está consciente en general: también percibe su fracaso, su incapacidad de evocar un conocimiento útil para reconocer al amigo. No tiene un problema de consciencia, sino de memoria. Falta ese algo por conocer específico: el paciente es incapaz de representar el conocimiento de quién es la persona que está observando, y tampoco puede tener consciencia de una cosa presente ahora. Pero la consciencia nuclear está allí, generada por otros estratos de aquello por conocer, por ejemplo, el rostro como rostro, por oposición al rostro de una persona única. Es precisamente la presencia de consciencia nuclear normal lo que permite admitir el vacío de reconocimiento.
La causa del problema de Emily es daño bilateral en las cortezas visuales tempranas, específicamente en las cortezas visuales de asociación localizadas en la transición de los lóbulos occipital y temporal en la zona ventral del cerebro. El grueso del daño afectó las áreas 19 y 37 en la parcelación de Brodmann, en una región conocida como circunvolución fusiforme.
Sobre la base de nuestros primeros correlatos de neuroimaginería relativos a la agnosia facial, casi dos décadas atrás, sugerimos que estas cortezas normalmente participaban en el procesamiento de rostros y de otros estímulos visualmente
ambiguos que planteaban exigencias similares al cerebro[18]. Los experimentos actuales en neuroimaginería funcional respaldan esta idea: cuando perciben que están procesando un rostro, los individuos normales activan siempre la región dañada en el
cerebro de Emily[19]. Es importante notar que la activación de esta zona —en un experimento de neuroimaginería funcional— no debiera ser interpretada como prueba de que la «consciencia para rostros» ocurre en la denominada área de rostros. La imagen del rostro del que el sujeto está consciente no puede formarse sin que se organice un patrón neural en el área facial, pero el resto del proceso que genera la sensación de conocer ese rostro y que dirige la atención al patrón ocurre en otra parte, en otros componentes del sistema.
La trascendencia de la calificación expuesta queda más clara si consideramos el hecho siguiente: cuando se presentan rostros familiares a un paciente inconsciente en estado vegetativo persistente, el «área de rostros» (en la confluencia occipital-temporal, dentro de la circunvolución fusiforme) se ilumina en el escáner funcional por imágenes, más o menos de igual manera que en personas normales y
conscientes[20]. La moraleja de la historia es sencilla: la capacidad para fabricar patrones neurales para aquello por conocer se preserva incluso cuando ya no se fabrica consciencia.
El daño bilateral en las cortezas auditivas produce en lo tocante a la consciencia nuclear los mismos resultados que la lesión de cortezas visuales. Así como Emily no evoca conocimiento específico pertinente a artículos únicos, tales como personas y objetos previamente familiares, los pacientes con daños en regiones selectivas del sector auditivo de la corteza cerebral pierden la habilidad de evocar conocimientos específicos de, por ejemplo, una melodía otrora familiar, o la voz antes conocida de una persona. El paciente conocido en mi laboratorio con el apodo de X es claro ejemplo de la situación. Es un virtuoso cantante de ópera de mucho éxito, que perdió, a causa de una hemorragia cerebral, la capacidad de reconocer las voces de los colegas con quienes había dado giras por el mundo. Tampoco podía reconocer su propia voz. Además, perdió la habilidad de reconocer melodías familiares, incluyendo arias que había cantado cientos de veces durante su dilatada carrera. Igual que Emily, no tenía problemas fuera del ámbito auditivo y generaba consciencia nuclear adecuada en respuesta a los estímulos que ya no podía reconocer en la acepción propia del término. Escrutaba con minuciosidad cada pieza no reconocida, buscando en las distintas tonalidades, en el timbre y el modo de producción una pista que identificara al cantante. La única voz que alguna vez pudo reconocer fue la de María Callas, acaso una pizca más de evidencia de que la Callas era una raza aparte.
Tanto Emily como X padecen daños en las cortezas de asociación, respectivamente visuales y auditivas. Así, por el estudio de numerosos casos semejantes, resulta evidente que el daño extenso en ambas cortezas no compromete la consciencia nuclear. Cuando se trata de daños extensos en las cortezas primarias, solo las lesiones en las regiones somatosensoriales causan interrupción de consciencia por las razones aducidas: las regiones somatosensoriales son parte del cimiento del proto-self y su daño puede alterar el mecanismo básico de la consciencia nuclear. AHORA QUE SABEMOS cómo el cerebro puede empalmar los patrones neurales que representan un objeto y los patrones neurales que representan un organismo individual, estamos preparados para evaluar los mecanismos que el cerebro puede usar para representar las relaciones entre objeto y organismo: la acción causal del objeto en el organismo, y la resultante posesión del objeto por el organismo.