Sentir lo que sucede

Antonio Damasio · Capítulo 12 de 29

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Sentir lo que sucede

Capítulo diez. Uso de la consciencia

Capítulo diez

 

Uso de la consciencia

 

LA INCONSCIENCIA Y SUS LÍMITES

 

Quienes estudian el tema de la consciencia concuerdan cada vez más en reconocer su valor y en conceder a éste el hecho de que aquélla prevaleciera en la evolución. Ahora bien, la concordancia es menor cuando se evalúa su contribución precisa.

Empecé este libro destacando la naturaleza inconsciente de las emociones y mostrando cuán eficaces pueden ser las emociones y los sentimientos, incluso cuando los organismos ignoran su existencia. Así, es razonable inquirir qué posible ventaja extraen los organismos por el hecho de percibir el desarrollo de emociones y sentimientos. ¿Por qué es beneficiosa la consciencia? ¿Habríamos tenido igual éxito como criaturas vivientes si no hubiéramos sabido que tenemos sentimientos?

La respuesta a estas preguntas requiere una consideración acerca de los poderes y límites del procesamiento inconsciente. No necesito argüir que tanto los pensamientos presentes en nuestra mente como las conductas que manifestamos resultan de un volumen copioso de procesamiento no percibido. La influencia de factores incógnitos en la mente humana se reconoce desde antiguo. En la Antigüedad, estos agentes desconocidos eran denominados dioses y destino. A principio del siglo veinte, los factores ignotos se aproximaron a nuestra percepción y se localizaron en los subterráneos de la mente. En la versión habitualmente identificada con Sigmund Freud, un determinado conjunto de experiencias individuales precoces habría moldeado los trabajos subterráneos. En otra versión, Carl Jung sostiene que el modelado subterráneo empezó mucho antes en el curso de la evolución. No necesitamos adoptar los mecanismos propuestos por Freud o Jung para reconocer la existencia y el poderío de los procesos inconscientes en la conducta humana. Durante el siglo, y a través de trabajos no vinculados con Freud o Jung, no ha cesado de acumularse evidencia acerca del procesamiento inconsciente.

El campo de la psicología social produjo sólidas evidencias acerca de la influencia del inconsciente en la mente y conducta humanas. Los ejemplos más destacados son demasiado numerosos para detallarlos aquí, pero los esclarecedores informes de J. Kihlstrom y A. Reber suministran una buena puerta de entrada a sus

fascinantes realidades[1].

La psicología cognoscitiva y la lingüística han entregado sus propias y poderosas

pruebas[2]. Por ejemplo, a los tres años los niños emplean de manera asombrosa las normas de construcción de su lenguaje, pero no perciben este «conocimiento», y tampoco lo captan sus padres. Un buen ejemplo es la manera en que construyen los plurales:

 

Perro + plural = perros

Ratón + plural = ratones

Arbol + plural = árboles

 

Los niños agregan s o es al final, pero la selección no depende de un examen consciente de ese saber. La selección es inconsciente. El conocimiento de la estructura gramatical, destacado por Noam Chomsky a mediados de siglo, suele no

estar presente pese a su uso perfecto y eficaz[3].

También la neuropsicología entrega numerosos e importantes casos. Por ejemplo, el saber adquirido mediante acondicionamiento permanece fuera de la percepción consciente y solo se expresa de manera indirecta; pacientes que ya no pueden reconocer conscientemente rostros son sin embargo capaces de reconocer rostros familiares de modo inconsciente; pacientes ciegos, con cierto tipo de lesión cerebral, son capaces de señalar con bastante precisión el origen de una luz, pese a no poder

conscientemente verlo[4]. La recuperación de habilidades sensoriomotoras sin consciencia del conocimiento expresado en el movimiento ilustra bien esta situación.

La expresión habilidad sensoriomotora se refiere a la índole de destreza que adquieres cuando aprendes a nadar, andar en bicicleta, bailar o tocar un instrumento musical. El aprendizaje de la destreza involucra múltiples ejecuciones que perfeccionan paulatinamente la ejecución de la tarea. No aprendes a tocar el violín en una sola lección, aunque seas un nuevo Heifetz. Se precisan múltiples intentos. A la inversa, puedes aprender mi rostro y nombre de inmediato.

En el laboratorio existen tareas confiables para medir el aprendizaje de destrezas; por ejemplo, el seguimiento en un espejo, o la persecución de rotor. En esta última se te pide mantener en contacto un puntero con un punto minúsculo marcado en la periferia de un disco que gira velozmente. Lograr un desempeño adecuado, que consiste en seguir con precisión el movimiento circular del disco, requiere tiempo y numerosos intentos. Exige coordinar con precisión la velocidad del disco y el movimiento del brazo. Una computadora mide el desempeño automáticamente, calibrando el tiempo que el puntero está en contacto con el punto.

Individuos sanos pueden dominar la tarea en pocas sesiones, cuya evaluación acumulativa revela una curva de aprendizaje. Una sesión tiene menos errores que la anterior, y el tiempo para completar la tarea es menor. Así, los sujetos normales aprenden varias cosas paralelamente. Se familiarizan con el lugar y la gente que lleva a cabo el experimento, con el aparato experimentador, las instrucciones relativas a la tarea, y aprenden a desempeñarse cada vez mejor. De hecho, la práctica los vuelve perfectos, hasta que llega el momento en que no se puede ser mejor: la práctica te puede llevar al Carnegie Hall.

Ahora, repitamos el experimento cambiando a los participantes, específicamente por pacientes con amnesia severa, como David, que no puede aprender ningún rostro, lugar, vocablo o hecho nuevo. Es lógico suponer que estos sujetos sean incapaces de aprender la tarea, pero no es así. La aprenden perfectamente y su desempeño puntual no es distinto del de los individuos normales. Ahora bien, hay una diferencia entre David y los sujetos normales, y se refiere a lo que rodea el desempeño más que al desempeño en sí. Los pacientes amnésicos no aprenden nada acerca del aparato, las personas, el lugar o las instrucciones del experimento. Su aprendizaje se limita a la realización de la tarea, y es necesario decirles cada vez, con toda gentileza, de qué se trata la tarea en cuestión. Pero el hecho de que la aprendan y se desempeñen cada vez mejor, con menos errores y a mayor velocidad, indica claramente que el desarrollo de la destreza no depende de la evaluación consciente de los hechos relativos a la tarea. David no recuerda lo que pensó sobre las dificultades encontradas en la primera sesión, ni tampoco lo que pensó para corregir sus errores y dominar la técnica. Simplemente, lo hace bien. Desde el punto de vista de su consciencia, cada vez es la primera. Sin embargo, fuera de la esfera consciente, su cerebro está preparado para perfeccionar la destreza.

No menos notable es el hecho que también pudimos demostrar en estos pacientes: el conocimiento de la destreza sigue disponible por largo tiempo. Por ejemplo, David se desempeñaba tan bien como los sujetos normales dos años después de haber adquirido la técnica. Esto indica un conocimiento consolidado.

Me dirás que, si bien esta ejecución inconsciente es interesante, carece de valor para los enfermos y es irrelevante en personas normales. Después de todo, solemos conocer las circunstancias en que aprendemos una técnica y los hechos conectados con el aprendizaje. Pero el hecho de que se puedan desarrollar habilidades sensoriomotoras con poco o ningún examen consciente posee grandes ventajas en la realización de múltiples tareas, menores o no tan menores, de nuestra vida cotidiana. La falta de dependencia de un examen consciente automatiza una parte sustancial de nuestra conducta y libera tiempo y atención —dos bienes escasos en nuestra vida— para planificar y ejecutar otras tareas y generar soluciones a problemas nuevos.

La automatización posee, además, gran valor para lograr un desempeño motor perfecto. Parte de la técnica de un buen músico o atleta puede permanecer por debajo de la consciencia, permitiendo al ejecutante concentrarse en niveles más finos de control técnico para desempeñarse conforme a las intenciones formuladas en cada situación.

 

SI A UN PACIENTE rostro-agnósico (como Emily, la paciente analizada en el capítulo 5) se le muestran, al azar, rostros de personas nunca vistas o caras de familiares y amigos, y simultáneamente se registra su conductividad dérmica con un polígrafo, se produce una disociación asombrosa. Todos los rostros son igualmente irreconocibles para su mente consciente. Amigos, familiares o desconocidos generan parejo vacío, y nada que permita descubrir sus identidades surge en su mente. Pero la presentación de casi todo amigo o familiar genera una respuesta dérmica perceptible, lo que no ocurre con personas extrañas. Ninguna de estas respuestas es percibida por la paciente. Además, la magnitud de la respuesta dermoconductiva es mayor si se trata de familiares más cercanos.

La interpretación es inequívoca: pese a ser incapaz de evocar conocimientos bajo forma de imagen, lo que permitiría un examen consciente, el cerebro de la paciente aún puede producir una respuesta específica que ocurre por fuera de la consciencia y revela conocimiento previo del estímulo específico. El hallazgo ilustra el poder del procesamiento inconsciente, el hecho de que por debajo de la consciencia hay especificidad, y que el conocimiento, en su acepción más amplia, no empieza en la consciencia.

 

QUIZÁ EL EJEMPLO MÁS decisivo de procesamiento inconsciente de alto nivel provenga de trabajos realizados en mi laboratorio en colaboración con Antoine Bechara y Hanna Damasio. El trabajo consiste en una tarea de toma de decisión y revela que numerosas decisiones que pueden llegar a tomarse mediante el uso de conocimiento relevante y lógica se ven facilitadas por un influjo inconsciente que es previo al despliegue de conocimiento y lógica. También revela que las emociones desempeñan un papel importante en el gobierno de las señales inconscientes. La tarea implica un juego de naipes donde, sin que lo sepa el jugador, algunas barajas son buenas y otras no. El aprendizaje de la distinción entre unas y otras es gradual, conforme el jugador saca naipes de una u otra. La fuente de conocimiento es el hecho de que sacar ciertos naipes de determinada baraja remata en beneficios o desmedros financieros. Empezamos a usar esta tarea en pacientes con daño lobulofrontal y últimamente la empleamos para investigar emoción y consciencia tanto en pacientes con daño cerebral como en individuos saludables sin lesiones neurológicas.

Cuando los jugadores normales empiezan a elegir invariablemente la baraja adecuada evitando la mala, no tienen una descripción consciente de la situación que enfrentan ni han formulado todavía una estrategia para enfrentar la tarea. Sin embargo, en ese mismo momento, los cerebros de estos jugadores están produciendo sistemáticas respuestas dermoconductivas, inmediatamente anteriores a la selección de una carta de las barajas malas. Tales respuestas, que nunca aparecen al ir a escoger las cartas de las barajas buenas, indican un sesgo inconsciente, sin duda conectado con la cualidad positiva o negativa de las barajas. La pregunta crucial es: ¿cómo el cerebro «llega a saber» sin consciencia qué barajas son positivas o negativas? En la acepción más acotada de saber, el cerebro conoce las siguientes asociaciones implícitas: las cosas beneficiosas causan estados placenteros; las cosas punitorias causan estados displacenteros; así, deben evitarse ciertos objetos que siempre son fuente de castigo. En este arreglo, los hechos de la experiencia pasada no requieren llegar a la consciencia. Necesitan estar conectados por patrones neurales adecuados a la situación en curso para que su influencia predeterminada pueda ejercerse a modo

de sesgo encubierto[5]. Pero los humanos conscientes pueden sobrepasar el estado de procesamiento descrito. No solo se vuelven conscientes de los sesgos, esto es, saben, en el sentido amplio del término; también pueden llegar a conclusiones apropiadas mediante el razonamiento consciente y usar estas conclusiones para evitar decisiones displacenteras.

Sabemos que, cuando los pacientes pierden este sistema encubierto de preferencias (por daño en la corteza prefrontal ventromedial o en el complejo amigdaliano), el aparato decisorio se empobrece notablemente. Esto indica que el sistema inconsciente está inextricablemente entretejido con el sistema consciente de razonamiento, de manera que la desorganización del primero remata en deterioro del segundo. Ahora bien, en las personas sin lesiones neurológicas, con sistemas inconscientes y conscientes normales, es manifiesto que el factor consciente amplía el alcance y la eficacia del sistema inconsciente. La consciencia permite al jugador descubrir la eficacia de su estrategia, y corregirla si es incorrecta. Además, la consciencia permite representar el contexto del juego y decidir si el jugador debiera detenerse o interrogarse sobre el valor posible de la situación, tanto para él como para el examinador.

 

MÉRITOS DE LA CONSCIENCIA

 

Si consideramos el nivel de regulación vital que se puede lograr sin procesamiento consciente, y que las destrezas se automatizan o las predilecciones se actúan sin influencia del self que sabe, ¿para qué sirve la consciencia? La respuesta más simple: la consciencia sirve para ampliar el alcance de la mente del organismo, y con ello mejorar la vida de este organismo cuya mente posee más alcance.

La consciencia es valiosa porque introduce un nuevo medio para lograr la homeostasis. No me refiero a un medio de equilibrar el medio interno que sea más eficaz que la maquinaria inconsciente que tenemos desde antiguo en el tronco del encéfalo e hipotálamo. Me refiero mas bien a nuevos métodos para resolver diferentes tipos de problemas, aunque éstos se conecten con los problemas resueltos por medios de regulación homeostática previamente instalados. En otras palabras, aunque los dispositivos localizados en el tronco del encéfalo e hipotálamo pueden coordinar —no conscientemente y con gran eficacia— el trabajo de corazón, pulmones, riñones, sistemas endocrino e inmune, a fin de mantener en un rango adecuado los parámetros que permiten la vida, los dispositivos de la consciencia ayudan a manejar el problema de la forma en que el individuo resuelve desafíos ambientales no previstos en su diseño básico, para cumplir condiciones fundamentales de supervivencia.

Un hecho compatible con esta conclusión es el desajuste entre las demandas del entorno y el grado en que los organismos pueden arreglárselas con ellas mediante dispositivos estereotipados y automáticos. Las criaturas no conscientes pueden regular la homeostasis, respirar aire, hallar agua y transformar la energía requerida por la supervivencia en el tipo de entorno al cual las adaptó la evolución. Las criaturas conscientes cuentan con algunas ventajas: pueden establecer un vínculo entre el mundo de la regulación automática (el de la homeostasis básica entretejido con el proto-self) y el mundo de la imaginación (donde imágenes de diversas modalidades pueden combinarse y generar nuevas imágenes de situaciones que aún no suceden). El mundo de las creaciones imaginarias —el de la planificación, de la formulación de escenarios y predicción de resultados— se conecta con el mundo del proto-self. La sensación de self vincula pronósticos y automatismo preexistente.

La consciencia no es el único medio de generar respuestas adecuadas a un entorno para lograr la homeostasis: solo es el medio más nuevo y sofisticado de hacerlo, y desempeña su función desbrozando caminos para la creación de respuestas novedosas en un entorno no previsto en el diseño del organismo, en términos de respuestas automáticas.

Diría que la consciencia, en su diseño actual, obliga al mundo de la imaginación a ocuparse prioritariamente del individuo, de un organismo individual, de un self en su acepción más amplia. Diría que la eficacia de la consciencia proviene de su desenvuelta conexión con el proto-self no consciente. Esta conexión garantiza que se preste la debida atención a los desafíos de la vida individual mediante la generación de una inquietud. Tal vez el secreto subyacente en la eficacia de la consciencia sea la mismidad (selfness). En resumen, el poder de la consciencia proviene de la conexión eficaz que establece entre la maquinaria biológica reguladora de la vida y la maquinaria biológica del raciocinio. Esta conexión es básica para la creación de una inquietud individual que impregne todos los aspectos del procesamiento mental, enfoque todas las actividades destinadas a resolver problemas e inspire las soluciones subsecuentes. La consciencia es valiosa porque centra el conocimiento en la vida de un organismo individual.

Encontramos pruebas del valor de la consciencia al considerar las secuelas de sus deterioros más mínimos. Cuando se suspende el aspecto mental del self pronto desaparecen las ventajas de la consciencia. La regulación individual de la vida se torna imposible en un entorno complejo. En lo personal y social, los individuos siguen poseyendo la capacidad inmediata de mantener su cuerpo. Pero su conexión con el entorno del que dependen se rompe y, debido a esta rotura, no pueden, valga la redundancia, mantener esa mantención de su cuerpo. Librados a sus propios dispositivos, surge la muerte en asunto de horas porque el mantenimiento del cuerpo colapsa. Este ejemplo, y otros equiparables, sugiere que un estado de consciencia que abarque la sensación de self tal como se explica en este libro es indispensable para la supervivencia.

El nivel imagético del «self en el acto de conocer» es ventajoso para el organismo porque orienta todo el artefacto de conducta y cognición hacia la autopreservación, como hubiera querido Spinoza y, finalmente, hacia la cooperación con el otro, como debemos anhelar.

 

¿EXPERIMENTAREMOS ALGUNA VEZ LA CONSCIENCIA DE OTRO?

 

Se me pregunta a menudo si, como consecuencia de nuestro mayor entendimiento de la consciencia, seremos capaces algún día de tener acceso a la experiencia mental de terceros. Mi respuesta a esta pregunta siempre fue no, y mi opinión no ha cambiado. Esto puede parecer sorprendente a primera vista, ya que estamos reuniendo tantos hechos nuevos en neurobiología. Sin embargo, tal como lo veo, ningún volumen de saber acerca de la biología subyacente en las imágenes mentales será capaz de producir, en la mente del poseedor de saber, el equivalente de la experiencia de una imagen mental en la mente del organismo que la crea.

Imagina que, en un futuro acaso no muy lejano, un asombroso escáner te permita explorar mi cerebro hasta profundidades ignotas mientras miro, digamos, la bahía de San Francisco. Allí estamos, tú, yo, el maravilloso escáner y la bahía de San Francisco. El escáner no solo enfocará los niveles hoy disponibles, el de las «estructuras a gran escala», sino niveles mucho más profundos. Imagina, por ejemplo, que puedas hurgar mis retinas, mis núcleos geniculares laterales y todas las regiones visuales paleocorticales, por separado y en momentos diferentes, mientras se construye la imagen visual que en ese momento estaré formando. Además, imagina que la exploración te pueda llevar a las diferentes capas de células de las diversas cortezas cerebrales y núcleos subcorticales, y que la resolución espacial sea tan perfecta que te permita ver con claridad el patrón de descarga de las neuronas correspondientes a las cosas que tú y yo podemos ver afuera de nuestros organismos. Supón, por último —para llevar este escenario de ciencia ficción más allá de la envoltura actual, pero de ninguna manera más allá de la envoltura plausible— que tu asombroso escáner te provea además de una descripción de la física y química de los patrones de activación neural que detectas en mis conjuntos neuronales.

Equipado con datos de esos escáneres de alta resolución y suponiendo que poseas computadoras igualmente poderosas para analizar el volumen de datos de manera sensata, podrás obtener un notable conjunto de correlatos de los contenidos imagéticos de la mente. Lo que digo es que nunca captarás mi experiencia de esa imagen. Es un punto crucial que debe ser aclarado en cualquier discusión de neurobiología de consciencia y mente. Tú y yo podemos tener la experiencia del mismo paisaje, pero cada uno generará esta experiencia de acuerdo a su perspectiva personal. Cada uno de nosotros poseerá una sensación separada de apropiación y agencia individual. Conforme miras los patrones de actividad en mi cerebro que subyacen en mi experiencia de la bahía de San Francisco, tienes tu experiencia personal de los datos neurológicos, pero no mi experiencia del lugar. Aunque percibes una experiencia muy relacionada con la mía, es experiencia de algo diferente. No ves lo que veo cuando miras mi actividad cerebral. Ves una parte de la actividad de mi cerebro mientras percibo lo que veo.

Mi propia experiencia del paisaje surge fácil, económica y directamente, sin necesidad de tecnología intermedia. Para tener la experiencia de la bahía de San Francisco no necesito conocer la singular conducta de las neuronas y moléculas en diferentes áreas de mi cerebro. De hecho, la evocación mental de mis conocimientos neurobiológicos sobre la formación de imágenes mentales de paisajes no agrega nada a la manera en que mi cerebro cumple su tarea. Es satisfactorio conocer un poco el trabajo del cerebro, pero no es necesario para experimentar algo. Sería mejor saber más acerca del cerebro, pero eso no nos ayudará a experimentar el mundo.

Así, el punto queda claro: sabremos cada vez más acerca de la fisiología del procesamiento mental de imágenes y ello nos dará cada vez más comprensión del mecanismo subyacente en mente y consciencia. Esto es perfectamente compatible con el hecho de que tal saber no es imprescindible para experimentar imágenes.

Ahora se plantea otro problema. El hecho de que el conocimiento de la biología del procesamiento de imágenes sea irrelevante para la experiencia de éstas suele servir de base para alegar que no es posible descubrir su biología subyacente. Por supuesto, el alegato anterior nada tiene que ver con éste. Vimos que una cosa es nuestro saber acerca de los subterráneos mecanismos biológicos de formación de imágenes y otra la experiencia de éstas. Por más que profundicemos, ningún volumen de saber acerca de la neurofisiología de la formación y experiencia de imágenes podrá jamás producir la experiencia de éstas tal como aparecen en la mente de quienes las perciben, aunque un mayor conocimiento nos dará explicaciones más satisfactorias acerca de la manera en que experimentamos las imágenes.

El filósofo Frank Jackson escribió un relato acerca de este problema, relato que ahora es muy famoso en los círculos filosóficos y suele ser citado en los debates

acerca del tema[6]. El relato habla de Mary, neurocientista diplomada que conoce todos los hallazgos neurofisiológicos relativos a la visión cromática, pero se crió en un entorno blanco y negro, sin jamás percibir colores. Un día Mary abandona su cúpula incolora, sale al mundo real y experimenta por vez primera el color, hecho totalmente nuevo para ella. El primer punto tradicional de la historia es que el conocimiento superior que Mary posee acerca de la neurofisiología del color jamás le dio la experiencia de éste. Hasta ahí vamos bien. Por supuesto, debería ser así, conforme a lo que expliqué. Ahora bien, en cuanto al segundo y principal punto de la historia, con el que no estoy de acuerdo: el hecho de que Mary no haya experimentado nunca colores pese a su copiosa inteligencia de las bases biológicas se interpreta como prueba de que el saber neurofisiológico no puede emplearse para explicar la experiencia mental, que hay un abismo entre saber y experiencia, abismo insalvable por la ciencia.

No concuerdo con estas conclusiones por varios motivos. El primero y más importante es que explicar el mecanismo tras una experiencia y tener la experiencia son dos cosas distintas, como lo ilustra la pequeña historia que abrió esta sección. Pero el hecho de que la posesión de conocimiento sea distinta a la experiencia del fenómeno que intentamos explicar no significa que el saber neurofisiológico sea inadecuado para explicar el fenómeno. No debería ni podría ser así. La segunda razón de mi desacuerdo deriva de los argumentos citados: la experiencia de un estímulo particular, como el color, no solo depende de la formación de una imagen sino asimismo de la sensación de self en el acto de conocer. La fábula de Mary es inadecuada para el propósito que se emplea porque nunca interpela neurofisiológicamente el tema de su experiencia del color, sino solo su formación de

una imagen coloreada[7].

Ahora bien, Mary podría llegar a conocer los sustentos neurales de la consciencia. Podría leer este libro. En ese momento sabría explicar más o menos el mecanismo general de la experiencia del color, pero eso no le permitiría tener la experiencia. Explicar en términos científicos cómo hacer algo mental o algo propio es completamente diferente de producir ese algo mental y propio directamente.

 

LA RESISTENCIA en ciertos ámbitos científicos al uso de observaciones subjetivas es simple revisitación de un añejo argumento de los conductistas, para quienes solo las conductas (no la experiencia mental) pueden ser estudiadas objetivamente, y de los cognitivistas, que postulan la ineptitud del estudio de conductas para abarcar la complejidad humana. La mente y su consciencia son fenómenos prioritariamente privados, aunque ofrezcan diversos signos públicos al observador interesado. La mente consciente y sus propiedades constitutivas son entidades reales, no ilusiones, y deben ser investigadas como lo que son, esto es, experiencias personales, privadas y subjetivas.

No tiene sentido alegar que la experiencia subjetiva no es accesible científicamente: igual que la objetiva, requiere de un número suficiente de observadores dedicados a efectuar investigaciones rigurosas conforme a un mismo diseño experimental; y que las observaciones sean comprobadas por otros investigadores y entreguen parejos resultados. Además, el conocimiento extraído de observaciones subjetivas —esto es, de atisbos introspectivos— puede inspirar experimentos objetivos y, no menos importante, explicaciones de la experiencia subjetiva sobre la base del saber científico disponible. La idea de que la naturaleza de la experiencia subjetiva pueda ser captada eficazmente por el estudio de sus correlatos conductuales es errónea. Aunque mente y conducta sean fenómenos biológicos, mente es mente y conducta es conducta. Pueden relacionarse, y la relación será más precisa conforme progrese la ciencia, pero mente y conducta son diferentes en lo tocante a sus especificaciones respectivas. Es la razón por la que, presumiblemente, jamás conoceré tus pensamientos a menos que me los digas, ni tú conocerás los míos si no te los explico.

 

¿CUÁL ES EL LUGAR DE LA CONSCIENCIA EN EL MARCO GENERAL?

 

La plétora de significados del vocablo consciencia lo vuelve casi inutilizable sin calificación, y probablemente sea esta superposición la responsable del estatus superlativo al que se le ha elevado. Ello condujo a la irrestricta atribución a la consciencia de propiedades mentales que juzgamos extremadamente refinadas y solo humanas, como nuestra capacidad para distinguir el bien y el mal, nuestra percepción de las necesidades y anhelos del prójimo, nuestro sentido del lugar que ocupamos en el universo. Esta atribución ostentosa tornó intocable la consciencia. A mi modo de ver, la consciencia no es la sustancia de las cualidades que admiramos, sino aquello que permite a la mente desarrollarlas. Consciencia no es conciencia. No es lo mismo que amor, honor, misericordia, generosidad, altruismo, poesía, ciencia, invención matemática y técnica. Ni la ineptitud moral, angustia existencial o falta de creatividad son ejemplos de malos estados de consciencia. Muchos criminales poseen una consciencia intacta. Tal vez les falte conciencia.

Los maravillosos logros de la mente humana requieren consciencia a igual título que precisan vida, y ésta exige digestión y un medio interno químicamente equilibrado. Pero la consciencia no es causa directa de ninguno de aquellos extraordinarios logros. No, éstos son consecuencia directa de un sistema nervioso que —al ser capaz de consciencia— posee una memoria vasta y la poderosa capacidad de categorizar hechos en ella, la novedosa habilidad de codificar el espectro íntegro del conocimiento bajo forma de lenguaje, y una mayor capacidad de conservar y desplegar conocimientos en la mente y manipularlos con inteligencia. Todas estas habilidades, a su vez, pueden ser atribuidas a miríadas de componentes neurales y mentales.

La consciencia nuclear no ocupa un lugar demasiado destacado en el orden de operaciones que permite a los humanos ser lo que son. Es parte de los cimientos de un edificio complicado, no uno de los fantasiosos arabescos del ápice. Por estatus, la consciencia nuclear se ubica encima pero no lejos de otras capacidades funcionales como acción, emoción y representación sensorial, que compartimos con numerosas familias no humanas.

Figura 10.1. De la vigilia a la conciencia.

 

La esencia de estas capacidades fundacionales tal vez haya cambiado poco si comparamos la versión humana con la animal. Por ejemplo, nada me prueba que la emoción sea «mejor» en los humanos. Lo que cambió es la sensación acerca del papel de las emociones en nuestra vida, y esta diferencia deriva del mayor conocimiento que tenemos respecto de la sustancia de nuestras vidas. La diferencia no proviene de la emoción, sino de la memoria, la inteligencia, el lenguaje. Tal vez algo análogo se aplique a la consciencia. Su versión ampliada ocurre en mentes dotadas de consciencia nuclear, pero solo si pueden contar con memoria superior, lenguaje e inteligencia, y si el organismo que construye las mentes interactúa con entornos sociales adecuados. En suma: aunque la consciencia es un gran pase a la civilización, no es civilización.

Al bajar a la consciencia de su pedestal no estoy denigrando la mente humana. Digo que lo que sitúa a la mente en ese pedestal —y debiera dejarla allí— no solo son los fenómenos biológicos subsumidos en el término consciencia, sino además otros fenómenos que necesitamos describir, nombrar e intentar entender científicamente. Ahora bien, estoy dispuesto a admitir que tal vez hayamos sido expulsados del Edén a causa de la consciencia. Esta no es el sabor pleno del fruto del conocimiento, pero la consciencia inocente dio el paso inicial, muchas especies atrás y muchos millones de años antes de que los humanos empezaran a erigir conceptos acerca de su propia naturaleza.