Susurros

Lisa Jackson · Capítulo 11 de 37

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Susurros

Capítulo 10

–Señor, ayúdame -murmuró Kendall, con el abdomen encogido y paseándose por el porche de la casa en la playa de su padre.

¿Por qué no podía dejar escapar a Harley? ¿Por qué aquella obsesión podía con ella? Paige tenía razón, podría haber tenido a cualquier chico que hubiera querido, pero el único que le importaba era Harley Taggert.

No se trataba sólo de que era un Taggert, sino que también era agradable y dulce; bueno, lo había sido. Hasta que conoció a Claire, aquella inútil mosquita muerta de la familia Holland. ¿Qué, qué había visto Harley en ella?

Cuando Kendall se enteró de que Harley iba romper con ella, enloqueció.

Quería casarse con él y no estaba acostumbrada a no salirse con la suya.

Tenía el estómago revuelto, y estaba a punto de llorar. Colocó las manos sobre la baranda, mirando más allá de las dunas movedizas cubiertas de hierba, hacia las oscuras aguas del Pacífico. Aquella vista, que desaparecía en el horizonte, siempre le había causado un efecto tranquilizador, ayudándola a ver su vida desde una cierta perspectiva. Pero aquella tarde no era así. No cuando las cosas estaban fuera de control. Una pareja caminaba por la playa, cogidos de la mano, riéndose. Iban descalzos y hacían dibujos con los pies en la húmeda arena de la playa, mientras la marea espumosa se arremolinaba y les rodeaba a la altura de los tobillos. El perro que iba con ellos, un setter irlandés de color pardo y patas largas y fuertes, brincaba por encima de las olas, yendo a por los palos que su dueño le lanzaba y trayéndoselos.

Los enamorados parecían felices. Tanto como Harley y ella lo habían estado

anteriormente. Antes de que apareciese Claire. Se le hizo un nudo en la garganta y luchó contra la terrible necesidad que sentía de llorar. Jamás se había sentido tan desdichada ni tampoco había deseado algo como deseaba a Harley.

Oyó un coche detenerse frente a la cabaña y abrió la puerta corrediza al escuchar pisadas en la escalera del porche. Parecía que se le fuera a salir el corazón del pecho. Había venido. Aún le importaba.

–¡Harley! – gritó. Su nombre le resonó en la garganta cuando vio aparecer a Weston, en carne y hueso, con una sonrisa relajada de oreja a oreja-. Ah. –

La decepción invadió hasta lo más profundo de su corazón.

–Pensé que estarías aquí.

–¿Te ha… te ha enviado Harley?

Weston sonrió, formando aquella curva perfecta que había derretido tantos corazones.

–No. He venido por mí mismo.

–Pero ¿cómo sabías que yo estaba…?

Weston apoyó la cadera contra la barandilla del porche y se cruzó de brazos.

–Si dejas un mensaje en la oficina todo el mundo se entera.

–Yo no dejé…

Weston hizo un gesto con la mano para que dejara de preguntar.

–Da igual. Sólo he venido a darte un consejo.

Los músculos de la espalda de Kendall se contrajeron.

–No recuerdo habértelo pedido.

–Créeme, lo necesitas. – Weston la miró y suspiró-. Sabes, Kendall, me sorprendes. Siempre había creído que eras una chica lista, que sabía lo que quería y cómo conseguirlo.

–Con Harley es diferente.

–¿Por qué?

–No es tan fácil.

–Claro que sí.

Frustrada, se pasó los dedos por el pelo.

–¿Cómo?

–Bueno, aprovecha el hecho de que él no es tan listo, y no me discutas eso,

¿eh? – le dijo levantando la mano en el momento en que ella iba a protestar-. Ambos conocemos sus límites -Sonrió diabólicamente.

–¿Qué me sugieres?

–Que le hagas caer en una trampa.

–¿Qué? – ¿Le había oído bien?

–Quédate embarazada.

Kendall frunció los labios.

–Yo nunca…

–Claro que sí -la interrumpió, con un gesto en el rostro de repentino aburrimiento-. Pude oír vuestra última conversación. Le tienes contra las

cuerdas, ahora acaba el trabajo. – Weston se subió encima de la baranda, con la espalda al océano, y la observó-. No me digas que no tienes agallas, Kendall, porque no te creo. Creo que eres una mujer que sabe lo que quiere y cómo conseguirlo.

Kendall se mordió el labio y pensó.

–¿Qué pasa… qué pasa si no existe tal bebé?

–Pues hacéis uno.

Ella nunca había pensado que Weston fuese idiota, pero actuaba como si todo lo que tuviera que hacer fuese sacar una varita mágica y…

–No puedo simular eso.

–Yo no he dicho simularlo, he dicho hacerlo.

–Creo que necesitaré a Harley para eso.

Weston la miró fijamente, como si fuera increíblemente estúpida.

–Vamos, Kendall. Harley es débil. Todo el mundo lo sabe. Lo único que tienes que hacer es seducirle.

–¿Seducirle? ¿Sólo eso?

–Créeme, no podrá decir que no.

Kendall consideró su propuesta. Tenía mérito, cierto, pero no quería aceptar ningún consejo de Weston. Él nunca había hecho nada sin tener un propósito, su propósito. Le miró de reojo, mientras ajustaba la sombrilla de una mesa exterior. Entonces preguntó:

–¿Y a ti qué más te da todo esto?

Weston miró el océano por encima del hombro, pensando en la respuesta:

–Supongo que no me creerás si te digo que lo hago porque me preocupo por mi hermano.

–No. Prueba otra vez. ¿Qué ganas tú?

–De acuerdo. Harley es como un grano en el culo. Ahora está embobado con Claire Holland. Dice que se va a casar con ella…

Kendall dio un grito ahogado. Sintió un pinchazo en el corazón. Nunca antes había mencionado que quisiera casarse con ella.

–… y eso sería un desastre.

–¿Para ti?

–Sí, y para toda la jodida familia. Papá está tan exaltado con el tema que apenas puede concentrase en el negocio. Le va a dar un ataque al corazón.

Paige está disgustada, y apuesto cualquier cosa a que al viejo Dutch le gusta tan poco como al resto. La enemistad entre las dos familias comenzará de nuevo, y eso probablemente acabe con papá.

Aquel argumento no sonaba convincente. A Weston nunca le había importado nadie en su familia. Lo primero en su vida era él, y no había segundo ni tercer puesto en su lista de preocupaciones.

–Hay algo más, ¿no? Es algo personal.

Weston apretó los dientes.

–Harley no puede estar con una Holland - dijo francamente.

–¿Por qué no?

Estrechó los ojos y se volvió a dirigir a ella.

–Porque no se merece a ninguna, ni siquiera a Claíre.

–¿Pero a mí sí que me merece? – ¿Había ido hasta allí para insultarla?

–Mira, te estoy ofreciendo una manera para que consigas lo que quieres, eso es todo.

–Para que así Harley no se case con Claire y te estropee tus planes, cualesquiera que sean.

–Eso es, más o menos.

–¿Y si no se deja seducir?

–Consigue una prueba de embarazo falsa, cásate con él, y que te deje embarazada la noche de bodas. Piensa algo, Kendall, no es tan difícil.

Kendall se mordisqueó los labios.

–¿Qué pasa si tardo tres o cuatro meses en quedarme embarazada? Se daría cuenta…

Weston soltó unos tacos en voz baja, y cuando volvió a mirarla, lo hizo con una mayor y renovada intensidad.

–¿Quieres un niño para cerrar este trato? – le preguntó.

–Bueno… Supongo…

–Entonces te daré uno.

–¿Qué? – la boca se le secó. No podía creer haber oído bien.

–Te dejaré embarazada.

Bajó de la baranda y se aproximó a ella. A pesar de la repugnancia que Kendall sentía hacia él, la emoción le recorrió la columna vertebral.

–¿Tú?

–Tengo los mismos genes que Harley. El mismo tipo de sangre. No habrá ninguna duda sobre la paternidad.

–Oh, Dios. – El corazón le latía a mil por hora. Se miraron a los ojos el uno al otro-. ¿Qué… qué consigues tú con todo esto? – tragó saliva mientras él la recorría con su mirada, y luego volvía a pararse en los ojos.

–Tu eterno afecto y gratitud.

–No creo que pueda…

–¿Ni siquiera para conseguir ser la esposa de Harley?

Weston le cogió la mano, la colocó en sus labios, y le besó el interior de la palma.

Kendall sintió que las rodillas se le doblaban, pero tiró de la mano rápidamente, como si aquel beso le hubiera quemado la piel.

–Esto es de locos. De ninguna manera…

–Piénsatelo. Serás la señora de Harley Taggert.

–Con tu bebé.

–Podrías abortar…

Casi vomita. Se tapó la boca con la mano.

–Estás más que enfermo.

–Sólo intento ayudarte.

Kendall se volvió, pero rápidamente Weston la envolvió con sus fuertes brazos por la cintura, de manera que los pechos le descansaron en sus antebrazos.

–Piénsalo, Kendall -le susurró al oído mientras el océano retumbaba junto a las dunas y el sol del caluroso mes dejulio desaparecía por el horizonte-.

Podríamos divertirnos, y luego… bingo, tú tendrías a Harley. ¿Qué podría salir mal?

–Todo -dijo indignada, aunque a la vez sintió un hormigueo sobre la piel que le estaba rozando Harley-. Podría estropearlo todo.

Él se rió en su oído.

–No lo creo, nena. Tú ya te has encargado de eso. – La soltó y comenzó a caminar, pero antes de doblar la esquina de la casa, le dijo por encima del hombro-: pero si eres feliz dejando escapar a Harley entre tus dedos, y que de esa manera pueda casarse con Claire Holland, no me culpes. No, cariño, tú serás la única culpable de todo.

La voz de Harley parecía preocupada.

–Lo siento, Claire, luego te llamo, ha sucedido algo. Negocios. Papá no me dejará librarme.

Cerrando los ojos, Claire se enrolló el cable del teléfono en los dedos e intentó no gritar. Algo iba mal, definitivamente. Todas aquellas dudas que intentaba mantener a raya avanzaban poco a poco, invadiéndola.

–Tu padre sólo intenta mantenernos alejados.

–Lo sé, pero te veré. Sabes que lo haré.

–Ya hace una semana.

Claire casi podía sentir la preocupación en su mente. ¿Le estaba mintiendo?

¿Evitándole? ¿Por qué simplemente no rompía con ella? La desesperación le encogía el alma. Amaba a Harley, le adoraba, sin embargo…

–Nos vemos luego… Bueno, probablemente esta noche no, pero pronto. Te lo juro. Claire, te echo de menos.

«¿Me echas de menos? ¿De verdad?»

–¿Harley…?

–¿Qué?

¿Había indicios de enfado en la voz de Harley? Claire iba a decirle que le quetóa, pero se lo pensó mejor. Estaba demasiado distraído, demasiado distante.

–Nada.

–Bueno. Mira, podríamos ir a navegar, esta noche.

–Eso… eso me gustaría.

–Nos vemos en el club náutico a la diez… no, a las diez y media. Ya sabes qué amarradero.

–Sí, pero…

–Siento no poder quedar antes. Te quiero. Ya lo sabes.

–Yo también te quiero -le dijo, pero las palabras sonaron huecas y falsas, pues era lo que se esperaba que dijera.

Luchando contra un dolor de cabeza, Claire miró por la ventana y vio el sol

hundirse tras las cumbres de las montañas situadas al oeste. ¿Desde dónde había llamado Harley? ¿Quién estaba con él? ¿Por qué había vuelto a cancelar su cita?

«No te quiere de verdad.» Aquella idea era demasiado dura para aceptarla, necesitaría demasiado amor propio para superarlo. Se sirvió un vaso de limonada y presionó el frío recipiente contra su frente.

La casa estaba vacía y caliente. Hacía muchísimo calor y Dutch se negaba firmemente a poner el aire acondicionado en la vieja casa. En la cocina hacía un calor infernal, incluso con las ventanas abiertas costaba respirar.

Aparte del reloj del abuelo haciendo tictac en la pared frontal, el suave zumbido del frigorífico y el crujido ocasional de la madera antigua, las habitaciones estaban en completo silencio. Miranda se había marchado muy temprano, sin dar explicaciones, como hacía a menudo aquellos días.

Dominique había insistido para que Dutch pasara con ella el fin de semana en Portland, visitando a viejos amigos, viendo una obra de teatro y disfrutando de la ciudad. Tessa había salido pronto con algunos amigos, a ver una película, pero probablemente era mentira, como todo aquellos días.

La sombra de la noche caía a través de las ventanas. Claire salió al exterior y se sentó en la vieja mecedora que había en el porche. Cuando la puesta de sol dio paso al crepúsculo color púrpura, unos cuantos murciélagos pasaron rozando la superficie del lago y los peces saltaron en el agua haciendo ruido. De repente, todas las estrellas empezaron a aparecer, y Claire volvió a preguntarse qué estaría haciendo Harley y con quién. Tenía ya demasiadas excusas, y Claire estaba empezando a pensar que estaba liado con otra chica, posiblemente Kendall Forsythe.

–Idiota -murmuró.

Detestó su tendencia al romanticismo mientras golpeaba las tablillas del suelo con el dedo del pie. ¿No le habían dicho todos que estaba comportándose como una tonta? ¿No le habían advertido su padre y sus hermanas que no debía verse con Harley? Pero ella había sido terca, y había

intentado probarles que se equivocaban.

Había estado haciendo el tonto.

La vieja mecedora crujía al balancearse. A solas, podía comportarse como una llorica, llorar y sentir pena por sí misma, pero no estaba de humor para llantos y no le gustaba aquella escena tal y como se la imaginaba en la mente. Quería a Harley, de eso estaba segura, pero no iba a ser su felpudo, ni de él, ni de ningún otro chico.

Saltó de la silla, caminó por la cocina hasta la puerta trasera, cerca de la cual colgaban las llaves. Su padre poseía vanos coches, así que escogió un Jeep de color verde militar. Subió y se dirigió a Chinook. Era una ciudad pequeña, con poco más de un semáforo, dos tabernas, un par de restaurantes, unos cuantos moteles y una tienda de comestibles, pero al menos era más interesante que quedarse en casa, sentada y triste por un chico que parecía no tener tiempo para ella.

Superando el límite de velocidad, dejó atrás la iglesia metodista, la única con forma de aguja, y vio a un grupo de críos pasando el rato en la pizzería.

Había varias motocicletas y viejas furgonetas de reparto esparcidas por el aparcamiento, y, mientras se guardaba las llaves en el bolsillo en dirección al establecimiento, el aroma a pasta horneada, ajo, salsa de tomate y humo de cigarrillos le dieron la bienvenida.

Había familias apiñadas alrededor de las mesas y grupos de adolescentes pidiendo mesa junto al horno de las pizzas, pero la primera persona en quien Claire fijó la mirada fue en Kane Moran. Estaba sentado en una esquina, con las piernas extendidas. Llevaba vaqueros y una camiseta negra rota. Reposaba la espalda en el pequeño respaldo de la silla y examinaba la puerta. Como si la estuviera esperando.

¡Genial! El único chico al que quería evitar. El pulso se le aceleró debido al horror.

Cohibida, pidió una Coca-Cola en la barra. A continuación, intentando

mostrarse segura de sí misma, se aproximó a él.

Con barba de un día, Kane curvó los labios en lo que era una misteriosa y peligrosa sonrisa de bienvenida. Encima de la mesa había un vaso de cola a medias y un cigarrillo, al parecer olvidado, consumido en un cenicero de hojalata.

–Pero si es la princesa -dijo lentamente, dándole una patada a una silla con las botas militares rajadas que llevaba-. ¿Visitando los barrios bajos?

–Ésa soy yo. La princesa Claire. – Cogió la silla que le ofreció y le observó por encima del borde del vaso, deseando que el refresco aliviara la sequedad repentina de su garganta. Inclinándose hacia él, le dijo-: Pero no, no estoy visitando los barrios bajos, sólo hago lo mismo que tú.

–Ésta es mi gente.

–¿Ah, sí? – replicó-. Pues yo había oído que te juntabas con matones y gorilas.

Su atractiva sonrisa disminuyó.

– Touché, señorita Holland. – Le guiñó un ojo, y dijo-: Pero creo que es justo al revés, ellos se juntan conmigo.

Al menos tenía una especie de sentido del humor retorcido.

–¿Por qué pareces pensar que tu misión personal es intentar molestarme?

–¿Es eso lo que hago? – Dio una calada al cigarrillo y la acompañó de un trago a su bebida-. ¿Te molesto?

Su mirada la penetró, y Claire sintió como si todo el local retrocediera de repente, el aire dejase de correr, y estuviera a solas con él, aunque el restaurante estaba lleno de clientes y empleados. La miraba como si ella fuera la única mujer en la Tierra y se viese obligado a sufrir celibato durante

años. Una gota de sudor le recorrió el canalillo.

–Yo, bueno, simplemente entré a tomar algo.

–¿Sola?

Se encogió de hombros e intentó ocultar la vergüenza.

–¿Dónde está tu media naranja?

–No estoy casada.

–No me lo creo.

Acabó su bebida mientras Claire se limpiaba con la servilleta las gotas de refresco alrededor de la boca. Ojalá dejase de mirarla con esos ojos entreabiertos de color dorado.

–De todos modos, es cuestión de tiempo.

–¿Cómo lo sabes?

–Ya has tomado la decisión, para bien o para mal.

Apretó los labios contra los dientes.

–Tú no sabes nada de mí.

–¿Es eso cierto? – resoplando mientras reía, se rascó la perilla-. Sé más de lo que te piensas, princesa. Probablemente más de lo que debería. – Ahora le tocaba a él acercarse más. La miraba fijamente, mientras estudiaba cada centímetro de su cara-. Eres el tipo de mujer que toma sus propias decisiones. Excesivamente leal y fiel. No creerías nada malo acerca de cualquier persona que te importe, incluso aunque fuese obvio que se están aprovechando de ti.

–No se están…

–Despierta, Claire. Eres demasiado lista para seguir así. – Tan rápido como un tigre, extendió las manos por la mesa y cogió a Claire por las muñecas.

Sus dedos parecían esposas cálidas y posesivas-. Entonces, ¿dónde está?

–¿Quién? ¿Harley? Trabaja hasta tarde. – La excusa sonaba falsa.

–Taggert en realidad no ha trabajado en su vida. Prueba otra cosa.

–Está… está haciendo algo para su padre. Negocios.

–¿Harley Taggert metido en algún trato importante? No puede ser que te tragues eso.

Claire levantó la cabeza ligeramente.

–Él no me mentiría.

–Claro que sí, Claire -dijo Kane. Las yemas de sus dedos, alrededor de la piel sensible de Claire, estaban calientes. Su rostro, tan cerca, parecía estar marcado por más años de los que en realidad había vivido-. Todos los hombres lo hacen.

–Me llamó y me dijo…

¿Por qué tenia que justificarse ante Kane Moran? Ni siquiera era amigo suyo, en realidad no. Solamente era un muchacho que se había criado cerca, y que llevaba a cuestas un resentimiento del tamaño de Stone Illahee.

–Que no podía quedar.

–He quedado con él más tarde.

Un destello de emoción se encendió en los ojos de Kane por un segundo, pero se desvaneció rápidamente, en cuanto Claire se dio cuenta de que sólo

había imaginado aquel indicío de puro dolor y sufrimiento en el muchacho.

Moran era duro como una piedra, crudo como el cuero, inmune a cualquier emoción, un muchacho con problemas cuyo destino era convertirse en un delincuente. O eso era lo que había oído decir a su padre y a otros hombres con los que se reunía para jugar al póquer cada martes por la noche. Pero aquel chico sentado al otro lado de la mesa que le agarraba por las muñecas con sus manos ásperas, el hombre que decía saber tanto sobre ella, no era tal y como lo pintaban. El corazón de Claire se aceleró cuando se preguntó cómo sería besar aquellos labios finos siempre cínicos. Despacio, avergonzada por sus pensamientos rebeldes, retiró las manos.

–Creo que debería irme. – Era consciente de que Kane le fascinaba de manera enigmática.

– Pizza para llevar a Brown -dijo un empleado por el micrófono.

La caja registradora se abrió, se oía a la gente conversar, y por debajo de todo aquello, el compás de un clásico de Buddy Holly, escogido por alguien en la máquina de discos que apenas podía oírse con aquel alboroto. Sin embargo, Claire apenas podía oír otra cosa que no fuera el irregular ritmo de su estúpido corazón.

Kane permanecía allí. Dio una última calada a su cigarrillo, y lo apagó en la bandeja.

–¿Quieres dar un paseo? – le preguntó en una nube de humo y con una insinuación oculta.

–No, debería irme.

–¿A esperar junto al teléfono a que te llame Taggert?

–No, pero…

–Es sólo una vuelta, Claire.

–Ya lo sé.

Los ojos de Kane, bajo las gruesas cejas, la incitaban a aceptar el reto.

–No creo que…

–Como quieras. – Deslizó los brazos por las mangas de su chaqueta de cuero y se subió el cuello-. ¿Qué quieres hacer?

¿Por qué no? Todo lo que sabía era que Harley estaba con Kendall o con alguna otra chica. Pensó en aquel «no» que estaba a punto de decir.

–De acuerdo -dijo finalmente, echándose el pelo por encima de los hombros.

La sonrisa de Kane era peligrosa. La agarró de la mano.

–Vamos.

Fuera, en el aparcamiento, estaba la motocicleta cromo y negra. Todo el camino Claire estuvo pensando: ¿y si alguien les veía?, ¿y si tenían un accidente?, ¿y si Kane la llevaba a algún lugar y luego se negaba a llevarla de vuelta a las diez y media?, realmente, ¿qué sabía de él? Que era un delincuente a media jornada, un sospechoso en todos los crímenes alrededor de la ciudad, un chico que tenía que cargar con un padre lisiado y el ferviente deseo de librarse de Chinook. Sin embargo, también sentía el instinto visceral de que no era tan malo como lo pintaban.

Dejando a un lado sus pensamientos, le rodeó la cintura con sus brazos, mientras él arrancaba la moto con el pedal. Renqueó y, con un estruendo, aquella gran máquina se puso en funcionamiento.

–Agárrate -le gritó.

Ella escondió la cabeza detrás de sus hombros, donde notó el fuerte olor a cuero y humo. La gravilla salió disparada bajo las ruedas traseras de la

motocicleta.

En pocos segundos cruzaron el aparcamiento y se unieron al resto del tráfico que fluía por la ciudad. Las luces de neón de bares y moteles indicando vacantes brillaban igual que las luces de los faros de los coches en sentido opuesto, los cuales, al pasar por su lado, se convertían en una mera nebulosa que hacía escocer los ojos. El sonido de la moto zumbando a toda velocidad retumbaba en su cabeza, un sonido débil, al principio, pero que poco a poco aumentaba hasta que se cambiaba la marcha. En un abrir y cerrar de ojos la ciudad quedó tras ellos, y aparecieron corriendo a todo gas por la carretera. A Claire le lloraban los ojos, mientras el viento se los secaba al presionarle contra el rostro y le revolvía el cabello.

«¡Esto es de locos!» pensó, dándose cuenta de que tenía que estar loca para haber aceptado aquel descabellado paseo a la luz de la luna. Sin embargo, se sintió alegre y libre en el momento en que cruzaron las puertas de hierro forjado y piedra de Stone Illahee, el complejo turístico de su padre.

El sentimiento de culpa por estar con otro chico se disipó y continuó recostada en la espalda de Kane. Pobre y rebelde, testarudo y sarcástico, era tan diferente de Harley Taggert como de cualquier otro chico.

Desafiando a la ley, corrieron a gran velocidad por la playa. Seguidamente, volvieron a la carretera y atravesaron la oscuridad del bosque. La luna brillaba pálida, tras las ramas. La única iluminación era el rayo continuo del único faro de la moto, que rebotaba en la calzada, la cual comenzaba a estrecharse. Kane disminuyó la marcha, pues el asfalto se convirtió en gravilla.

–¿Adónde nos dirigimos? – preguntó Claire, alzando la voz por encima del viento. De repente, aquello no le parecía tan buena idea.

–Ya lo verás.

Maniobrando con la moto, Kane giró por unas puertas rústicas, en dirección a un camino de leñadores abandonado. Se dirigió hacia las montañas,

acelerando por entre las rocas, hacia un camino de tierra que cruzaba por un campo de troncos cortados y blancos. Los restos de árboles desnudos parecían espectros centinelas en aquellos montes que anteriormente habían estado repletos de vida. Era una zona que había sido completamente deforestada, y había dado lugar a una ladera desnuda y desgarrada. El corazón de Claire fue invadido por una sensación espantosa al ver aquel espectáculo. Aceptar aquel paseo, subirse a aquella moto, había sido un error.

La moto rugió en dirección a la cumbre de la colina, donde un único abeto, que de algún modo se había librado del hacha del leñador, permanecía intacto. Kane disminuyó la marcha y apagó el motor.

–¿Sabes dónde estamos? – le preguntó, mientras la cogía de la mano y la llevaba al saliente de una roca.

A lo lejos se veían las luces brillantes de Chinook, y al oeste unas cuantas hogueras en la playa, junto a las negras y agitadas olas del océano.

–En el bosque. En un campo de leñadores abandonado.

–De tu padre.

–Ah.

¿Por qué su voz sonaba como un toque de difuntos?

–Por allí -la envolvió por la cintura con un brazo, le puso la barbilla encima de un hombro, y señaló con la mano que le quedaba libre a un pequeño valle, hacia una colina donde no quedaba ningún abeto-. Allí es donde mi padre sufrió el accidente.

A Claire se le cerró el estómago. A pesar de aquella noche cálida e iluminada por las estrellas, y de tener el cuerpo de Kane tan cerca, sintió un escalofrío por la columna vertebral.

–¿Me has traído aquí para enseñarme dónde sufrió tu padre el accidente?

Kane no respondió, la soltó y se colocó al borde del precipicio. Buscó en su chaqueta un paquete de cigarrillos, cerró los ojos e inclinó la cabeza hacia atrás, en lo que parecía un movimiento para aclarar sus ideas.

–A veces vengo aquí a pensar.

Se metió un cigarrillo Camel en la boca, cogió una cerilla por el extremo y la encendió frotándola contra el fósforo. Por un instante, la pequeña llama de la cerilla creó sombras de color dorado en los duros rasgos de Kane. Dio una profunda calada al cigarrillo.

–¿En qué piensas? – se atrevió a preguntarle Claire.

Sacudiendo la cerilla, Kane sonrió, con los dientes relucientes. La punta roja del cigarrillo era la única luz que había en medio de aquella oscuridad.

–En ti, a veces.

Claire tragó saliva con dificultad.

–¿En mí?

–Alguna que otra vez -admitió, mirándola a los ojos a pesar de la oscuridad-. ¿Tú nunca piensas en mí?

Situada junto a la moto, se tocó la punta de los dedos con los pulgares.

–Bueno…, intento no pensar.

–Pero lo haces.

–A veces -admitió, y se sintió como una traidora.

–Me he alistado.

–¿Qué? – casi se le detiene el corazón. Aquellas palabras parecían resonar por las montañas que les rodeaban-. ¿Qué has hecho?

–Alistarme. Ayer.

–¿Por qué?

Una pequeña parte de Claire pareció debilitarse y morir. Una parte que no quería descubrir del todo. Kane se iba. No era que realmente le importara, se dijo, pero la ciudad, de alguna manera, quedaría vacía, menos viva sin él.

–Era el momento.

Claire se mordió el labio.

–¿Cuándo, cuándo te vas?

Kane se encogió de hombros y dio una fuerte calada a su Camel.

–Dentro de unas semanas. – Colocó un brazo sobre la rodilla en la que se estaba apoyando. Miró hacia el oeste-. Siéntate -le dijo sin sonreír-. No muerdo, bueno, al menos en la primera cita.

–Esto… esto no es una cita.

Él no contestó, pero Claire sabía que la estaba llamando mentirosa en silencio, mientras seguía consumiendo su cigarrillo.

–Creo que te tengo miedo -se atrevió a decirle.

–Y yo creo que deberías tenerlo.

–¿Por qué? – Nerviosa como un potro desbocado, y casi a punto de salir corriendo, se acercó al borde y se sentó junto a él.

–Tengo mala reputación, o eso es lo que me dice la gente. – Su mirada pensativa se centró en la boca de Claire, cuyos pulmones dejaron de respirar-. Tú no, Claire. Al menos aún no. – Arrojó el cigarrillo en la tierra.

–No creo que estar contigo a solas una única vez te haga cambiar de idea.

Sentada tan cerca de él, se decía que podía controlarse, que no estaba nerviosa, que las palmas de las manos le sudaban porque la noche era húmeda y calurosa, que su corazón tendía a latir irregularmente cuando menos lo esperaba.

–Tienes más fe en mí de la que deberías.

–No lo creo.

Kane no contestó, sólo se la quedó mirando con una intensidad que hizo que a Claire le hirviera la sangre. Una brisa, suave como la noche, acarició su rostro y la despeinó. No podía evitar preguntarse cómo sería besar a aquel demonio, sentir sus brazos rodeándole, cerrar los ojos y perderse en él. Pero jamás podría hacerlo. Amaba a otro hombre.

–¿Por qué me has traído aquí? – Su voz sonaba tan floja y débil que incluso se asustó.

Kane frunció el ceño. No la tocó, pero examinó su rostro durante un segundo, aunque a Claire le pareció una eternidad.

–Ha sido un error.

–¿Por qué?

Kane suspiró, se apoyó en los codos y ladeó la cabeza en dirección a ella.

Por primera vez desde que se conocían, la máscara de hierro de Kane desapareció y su rostro se desnudó en toda su crudeza, dejando ver un dolor que no se podía describir.

–No lo entiendes, ¿verdad?

–¿Entender qué?

Kane apretó los dientes.

Ella no pensaba callarse.

–Tú empezaste todo esto, Kane -le recordó-. Tú me pediste que viniera aquí contigo.

–No me costó mucho convencerte, ¿no? No tuve que retorcerte un brazo ni algo por el estilo.

Kane se inclinó más hacia ella, quien tuvo que volver a tragar saliva con dificultad para refrescarse la garganta seca.

–Reconócelo, Claire, querías averiguar qué es lo que me hace ser como soy.

Estás aburrida de tu vida predecible y sosa, cansada de hacer siempre lo que esperan de ti… Por eso empezaste a salir con Taggert, para fastidiar a tu padre. Pero Harley Taggert no es que te haga vivir al límite exactamente,

¿verdad?

–Deja a Harley fuera de todo esto. – El corazón le latía como loco, a punto de salírsele del pecho.

–¿Por qué? ¿Tienes miedo de que se entere de que piensas que es un bobo?

–Él no es… -Se mordió la lengua. Defender a Harley no serviría de nada.

Además, Kane estaba dándole la vuelta a sus palabras, manipulando el curso de la conversación-. Tú me has traído aquí, Kane, y, sin que intentes psicoanalizar los motivos que me han hecho venir, quiero saber por qué.

Levantó una ceja, escéptico.

Sin pensarlo, Claire se le acercó, le clavó los dedos en las mangas de la

chaqueta de cuero, y sintió sus duros músculos. Despacio, Kane dirigió la mirada a los dedos de Claire, luego la miró directamente a la cara. Aquella mirada hacía imposible respirar. Claire comenzó a sudar por todo el cuerpo.

–Estás jugando con fuego, princesa -le advirtió mientras se le acercaba, observándola con aquella misteriosa mirada.

Claire se humedeció los labios, nerviosa. Él gimió.

–Me voy a arrepentir de esto en dos minutos -dijo. Tenían las caras tan cerca la una de la otra que Claire podía oler a tabaco en su aliento, y adivinar la duda que ensombrecía sus ojos-. Pero como igualmente me voy de la ciudad, creo que es el momento de confesar la verdad.

Claire temblaba por dentro. Estaba asustada de lo que pudiera decir, pero se moría por oírlo. Con sus fuertes manos, Kane cogió por los hombros a Claire. La agarró, desesperado, con sus cálidos dedos.

–Nunca volveré a decirlo, y nunca admitiré haberlo dicho, ¿me entiendes?

Claire asintió.

–Maldita sea, te quiero, Claire Holland -dijo rotundamente-. Dios sabe que yo no quiero. Lo cierto es que me odio por ello, pero es la verdad.

Claire no podía articular palabra, tenía miedo a moverse, y se sintió terriblemente confundida y asustada. El corazón le latía con fuerza, y le miró de reojo a los labios, preguntándose si iba a besarla o si sería ella la que empujara sus labios contra los de él.

–Hay algo más que deberías saber. Si fueses mía, no te tendría esperando.

Harley Taggert es un tonto, y tú eres demasiado para él para que te trate así.

¿Quieres saber por qué te llamo princesa? Porque así es como se te debería tratar. Como a la maldita realeza.

–Oh, Dios -susurró ella. Su perfecto mundo se rompió en pedazos. ¿Él la

quería? ¿Kane Moran la quería?

–Ésos son mis sentimientos. Menudo follón, ¿eh? – se desahogó Kane.

Claire dejó caer las manos-. Vamos, Claire, te llevaré de vuelta al coche. –

Tenía la mandíbula tan dura como una piedra-. No queremos hacer esperar a Harley, ¿verdad?

En sólo unos instantes Kane se puso en pie, dirigiéndose a la moto.

–Kane…

El muchacho se paró en seco y miró de reojo.

Claire se aclaró la voz.

–Yo… yo no sé qué decir…

–Nada. No mientas. No pongas excusas. No digas nada. – Colocó una de sus largas piernas sobre la moto, encendió el motor, y se inclinó hacia el pedal de las marchas. El motor de la gran máquina se encendió y rugió. El ruido resonaba por entre las montañas-. Será mejor para los dos que no digas nada.

Pero Claire no estaba tan segura.

Tenía la garganta tan seca como la tierra en la que estaban. Caminó, casi sin sentir las piernas sobre la arena, y se colocó en la moto detrás de Kane.

Parecía algo natural y correcto rodearle la cintura con los brazos. Mezclado con el ruido del motor, le pareció oírle murmurar algo:

–Vamos a olvidar lo que ha sucedido.

Pero ella no podía. Sabía que siempre guardaría en su corazón aquellos momentos juntos.