Susurros
Capítulo 19
y estuviera recorriéndole el cuerpo.
Capítulo 19
–Es cierto. Se ha marchado. Sin siquiera despedirse. – Dan Riley estaba apoyado en el rastrillo y trataba de no mirar a Miranda a los ojos. Era un hombre enjuto y fuerte, con el pelo rapado, canoso y fino. Tenía los dientes amarillentos debido al consumo de cigarrillos y café durante años. Se quitó la gorra de béisbol que llevaba y se frotó la arrugada nuca en señal de frustración-. Siempre supe que ese día llegaría, el día en que Hunter se marcharía. Pero no esperaba que fuese así. – Sus ojos cansados se cruzaron con los de Miranda. A continuación, apartó la vista con rapidez, como si estuviera avergonzado, como si supiera o sospechara algo-. Ojalá supiera por qué. ¿Por qué no me lo dijo antes?
«Porque estaba asustado, asustado por la responsabilidad que conlleva ser padre», pensó Miranda preocupada a la vez que forzaba una sonrisa.
Habían pasado tres días desde que Tessa le había contado que Hunter se había ido, pero Miranda no había creído a su hermana pequeña. Esperaba escuchárselo decir a Dan, aunque tenía la esperanza de que Hunter no la hubiese abandonado. Finalmente, aquella mañana, Miranda decidió hablar con su padre.
–No sé por qué no se lo contó -le dijo, aunque estaba mintiendo. Por supuesto que no podía confiar aquello a su padre.
–Ningún problema puede ser tan grave.
–¿Problema? – repitió Miranda- ¿Qué problema?
Dan pensó la respuesta y aguantó el aire en la boca mientras examinaba el borde interior de su mugrienta gorra.
–El chico se buscaba problemas como un sabueso busca a un conejo muerto. Durante años él… bueno, él y la policía llegaron a ser íntimos. Yo siempre lo achacaba al hecho de haber perdido a su madre a tan tierna edad.
De cualquier manera, en el último medio año, cambió, pagó su deuda con la sociedad, por así decirlo, consiguió sacarse el equivalente al título de bachillerato y empezó a asistir a clases de formación profesional. Pensaba que finalmente había encontrado el camino correcto.
–Y así era -dijo Miranda.
Dan levantó una ceja gris, preguntándose en silencio el porqué de aquella defensa hacia un chico al que, según Dan, Miranda apenas conocía.
–Pero Hunt últimamente había cambiado. Salía a escondidas de casa, para hacer sólo Dios sabe qué. – Frunciendo el ceño, se volvió a poner la gorra de béisbol de los Dodgers y arrastró el rastrillo por la tierra, alrededor de un roble musgoso que había cerca del ala norte de la casa-. Las cosas han cambiado por aquí. – Levantó la vista con rudeza-. Su madre, ¿ha encontrado a alguien que sustituya a Ruby?
Miranda negó con la cabeza.
–Aún no. Creo que aún espera que Ruby cambie de opinión y vuelva a trabajar para nosotros.
–Lo dudo. Esa mujer es terca como una mula. Además, perder a un hijo, en fin, no hay manera de superarlo. No volverá. Aquí hay demasiados recuerdos, recuerdos de un tiempo en que Jack estaba vivo. – Arrastró un grupo de ramitas y hojas, formando un montoncito de vegetación seca-.
Dios, sólo espero saber algo de Hunt pronto.
«Yo también», pensó Miranda, mientras un mal presentimiento inundaba su corazón.
–Seguro que sí.
Dan frunció el ceño, y escarbó una vez más en la tierra.
–Si sé algo, se lo haré saber, y si usted se entera de algo… bueno, ¿por qué se iba a enterar?
Miranda miraba atentamente a Dan justo cuando éste apartó la vista de sus tareas. Por primera vez desde que había empezado su relación con Hunter sospechaba que su padre estaba empezando a comprenderlo todo.
–Yo… lo haré -prometió, cruzando los dedos y rezando en silencio para que Hunter llamase.
–Y si no lo hace, bueno… tal vez no merezca que nos preocupemos. – Se rascó el cuello, haciendo ruido con los dedos al hacer fricción la barba-.
Hay muchas cosas que usted no sabe, señorita Holland. Muchas cosas que Hunter no quería que nadie supiera. Pero era el hijo de mi mujer y se portaba bien conmigo.
De repente la boca se le resecó.
–¿Qué es lo que no sé?
–Nada bueno. – Siguió trabajando en la tierra-. Había una parte en él que…
-hizo una pequeña mueca-…bueno, el reverendo Tatcher la tachó una vez de maligna.
–Oh, no…
–El reverendo se pasó un poco, fue demasiado crítico. Pero es cierto que Hunt tiene una parte salvaje que jamás será domesticada.
–Yo no lo creo -dijo, y se volvió.
Tenía los pies dormidos y el corazón le iba a mil por hora. Cuando empezó a caminar, Dan pareció susurrar:
–Tenga cuidado, señorita.
Pero Miranda no estaba segura de haber escuchado bien. Podía haber sido el sonido del viendo silbando entre las hojas secas que se movían sobre la tierra.
–La historia que yo escuché fue que estuvo tonteando con una chica de catorce años en Seaside.
–¿Catorce años? – repitió Miranda, mirando fijamente a Crystal como si ésta estuviera loca.
Después de no saber nada de Hunter durante cuatro días, Miranda se dirigió a la ciudad, circulando nerviosa por las calles, hasta que se detuvo para tomar un refresco en Dairy Freeze. Nada más entrar vio a Crystal. Miranda no tuvo en cuenta la pena que la chica podía sentir por la muerte de su hermano, ni los celos por que una Holland le hubiese robado la atención de Weston. A Crystal y a su madre les gustaban los cotilleos, así que simplemente se sentó en el asiento vacante de la mesa amarilla de plástico, junto a ella, con la excusa de la marcha de Hunter, para ver si podía sonsacarle algún rumor sobre él.
Miranda esperó, bebiendo a sorbos, que Crystal continuase hablando. De fondo se oía el ruido del aceite chisporreteando en las freidoras detrás del mostrador, la caja registradora sonando y la batidora en funcionamiento mientras preparaban otro batido.
–Lo que yo oí es que Hunter dejó a la chica embarazada y luego quiso que abortara, pero ella es menor de edad.
Miranda notó cómo su rostro se volvía pálido y casi vierte el refresco.
–La madre de la chica es una especie de chalada religiosa, ultraderechista, una nueva Cristina que no apoya el aborto bajo ninguna circunstancia. De cualquier manera, la chica lo cuenta todo, le dice a su madre que va a tener un bebé y a la madre casi le da un infarto.
–No puede ser. – Miranda dio vueltas al cubito de hielo de su Coca-Cola y sacudió la cabeza. Pero la duda la envolvía, como un gran remolino, amenazando con acabar con el ultimo aliento de esperanza que albergaba por el chico al que amaba-. No… No puedo creer que él… -Tragó saliva con dificultad para luchar contra las terribles náuseas que le entraron.
–Ey -dijo Crystal, mojando una patata frita en un tarro de tomate-. Yo sólo te digo lo que se oye por ahí. No sé si es verdad.
–Hunter no podría… -¿O sí? Se le hizo un nudo en la garganta e intentó reprimir la sensación de pánico que crecía en su interior-. ¿Quién es esa chica? ¿Cómo se llama?
Crystal se encogió de hombros.
–Nadie parece conocerla.
Miranda estaba dispuesta a averiguarlo.
–Creo que es mentira.
–Puede ser. – Crystal frunció eí ceño-. ¿Quién sabe?
–Alguien lo debe de saber.
–Sí, Hunt.
–Y la chica. Si es que existe. ¿Quién te contó esa historia?
–Mi madre. Se la oyó contar a una de las mujeres con las que juega a pinacle, y esa mujer le dijo que su marido se lo había contado a ella porque
lo había oído en Westwind Bar la noche anterior.
–Pero… -pero ella había estado con Hunter hacía sólo unas pocas noches.
¿Cómo podía haberse enterado alguien? Miranda iba a hacer todo lo que pudiera para averiguarlo. Se acabó la bebida y se levantó-. Vaya. Gracias.
Ya sabes cómo siento lo de Jack.
Crystal miró por encima de los hombros de Miranda hacia un lugar que sólo ella podía ver.
–Él no se tiró por el precipicio aquel día, ¿sabes? – dijo en tono serio-.
Había estado allí millones de veces. – Apartó las patatas fritas y se mordió el labio inferior-. Y tampoco se cayó por que estuviese borracho.
Miranda había oído la historia de Jack. La historia que decía que después de que le despidiesen de Industrias Taggert, se había emborrachado, había conducido hasta la cumbre y, tras caminar por un sendero indio, se había tirado desde el precipicio.
–Le empujaron. – Crystal parecía segura.
A Miranda se le cerró el estómago de golpe.
–¿Le empujaron? – Una vez más, las tripas se le revolvieron, y tuvo que tragar saliva para hacer bajar la bilis que le corría por la garganta-. ¿Quieres decir que fue un asesinato?
Crystal se limpió una lágrima que le salía por el borde del ojo.
–Mi madre y yo no tenemos la más mínima duda. Es sólo que todavía no podemos demostrarlo. Pero lo haremos.
–Entonces supongo que te deseo buena suerte. – Miranda de pronto se sintió incómoda-. Echamos de menos a Ruby, ¿sabes?
–¿Sí? – Crystal soltó una risotada cruel y clavó sus negros y perspicaces
ojos en Miranda-. ¿O echas de menos tener a una piel roja como esclava?
–¡Sabes que eso no es verdad! Creemos que Ruby es una más en la familia -
dijo Miranda, encolerizada-. Siempre ha sido así.
–Entonces ¿por qué tu padre no gasta un poco de su asqueroso dinero en contratar a un buen detective privado para que averigüe lo que le ha pasado a Jack?
–Creía que la policía concluyó que era…
–Un accidente, sí. Y pensaron que nos estaban evitando una vergüenza al no sugerir que se trataba de un suicidio. ¡Suicidio! ¿Te lo puedes creer? Nadie quería vivir tanto como Jack.
–Lo siento…
–Pues entonces haz algo. ¿No tenías pensado convertirte en una prestigiosa abogada de mierda?
–Algún día.
El labio inferior de Crystal temblaba. Se tapó la cara con las manos.
–Maldito sea todo.
Demasiado orgullosa para llorar en público, salió del establecimiento en dirección a la calle. Miranda se sentía peor que nunca. Salió después que Crystal en dirección al coche, caminando con la cabeza gacha para evitar el viento. Crystal tenía razón en una cosa: iba a ser abogada, la mejor maldita abogada que la ciudad hubiese visto jamás, y tendría que utilizar su ingenio para engañar al abogado contrario. Por lo tanto, averiguar lo que le había sucedido a Jack Songbird y a Hunter no podía ser tan difícil.
Pero Miranda se encontraba hundida emocionalmente. La historia que Crystal le había contado sobre Hunt, junto con la advertencia de Dan, iban
minando la confianza que sentía por Hunt, la fe en su amor.
–No -se dijo. Necesitaba hablar con Hunt, separar la verdad de las mentiras.
Tenía que averiguarlo. Eso era. ¿Cuánto le costaría?
Teniendo en cuenta la sugerencia de Crystal, se detuvo en una cabina telefónica, ojeó entre las hojas estropeadas de las Páginas Amarillas, y paró en una página donde aparecía un listado de detectives privados. Fue bajando con el dedo por la columna, hasta que encontró el nombre de un hombre en Manzanita. Introdujo la mano en el bolso para buscar unas monedas.
Encontraría a Hunter, de una manera u otra, y entonces se enfrentaría a la verdad, por muy espantosa que fuese. Se lo debía a su bebé.
Los ventiladores del techo daban vueltas al ritmo de Madonna, mientras la cubertería tintineaba en la trastienda, detrás de la barra, donde la caja registradora sonaba tras el último pedido de hamburguesas y patatas.
Paige pegó un último lametazo a la nata montada de su helado y extendió las piernas, sentada en el Dairy Freeze. Había visto a Miranda Holland y a Crystal Songbird sentadas en la esquina, y se había escondido detrás de un separador de madera que dividía dos secciones del Dairy Freeze. Las chicas mayores mantenían una especie de conversación aburrida, y Paige habría dado dos de sus pagas semanales con tal de descubrir de qué estaban hablando. Sin embargo, siguió escondida en su asiento hasta que las dos chicas salieron del local. Paige se preguntó si Weston habría sido el tema de aquella conversación. Probablemente. Qué criatura tan patética era Crystal.
Pero, en aquel momento, Paige no quería pensar en Crystal, ni en Weston, ni en nadie, excepto en sí misma. Su amuleto le colgaba de la muñeca, le gustaba el tintineo que hacía al moverse. Le hacía recordar que Kendall aún la quería, y eso le causaba una sensación de paz, igual que la que le producía el arma que llevaba en el bolso. En su rostro se dibujó una sonrisa.
¿No alucinarían todos en el local si supiesen que llevaba una pistola?
Desde el primer momento en que Kendall insinuó que desearía ver a Claire muerta, Paige había tomado como misión personal encontrar el modo de eliminar a Claire. Pero no podía ser tonta, no podía disparar a una hija de Dutch Holland. No. La policía lo descubriría. Además, de todas maneras no estaba segura de poder disparar a nadie. Había una gran diferencia entre matar a alguien y planear un crimen. Lo cierto era que Paige se encontraba en una situación muy delicada. No sólo por tener aquella arma quería decir que fuese capaz de apretar el gatillo. Quizá sólo asustaría un poco a Claire para que se arrepintiese. O mejor aún, podría asustar a Harley. Aquello no sería difícil.
Dejó algunas monedas en la mesa. A continuación, paseó sin prisa por el frío local, hasta salir a la calle, donde la luz del sol destellaba sobre las aceras y la fuerte fragancia a sal y a algas disimulaba el olor de los gases de escape de los coches que circulaban por la carretera, atravesando la ciudad.
No sabía qué la había llevado a coger la pistola aquel día, pero no quería dejarla en casa, donde alguien podría encontrarla. Estaba segura de que cualquier día su madre podría echarla en falta, y entonces Paige tendría que mentir, o confesar que la tenía ella. Se estremeció al imaginarse explicando por qué la había cogido del cajón. Mikki Taggert tenía normas estrictas sobre sus cosas. En una ocasión había pillado a Paige jugando a disfrazarse con una combinación y tacones altos, y no dudó en atizarle. Le pegó un buen bofetón en la cara, le dijo que nunca más volviese a tocar sus cosas, le quitó la ropa y los zapatos, y la dejó desnuda en el ático. Paige encontró una sábana vieja que olía a humedad, y se tuvo que tapar con ella. Luego salió corriendo y llorando hacia su habitación. Aquel incidente nunca más se volvió a mencionar, pero Paige sintió el ardor en la mejilla durante horas.
Así pues, debía inventarse una historia acerca del arma o volver a dejarla en su sitio. Paige caminó, dejando atrás una librería, una tienda de antigüedades y una galería de arte. A continuación vio a Claire de pie en la avenida que se dirigía a la playa. Se trataba de un paseo cubierto de cementocon un pequeño muro de piedras en forma de arcos que separaba la playa de la ciudad. Cada tres bloques de piedra había un arco por el cual los peatones podían acceder a unos senderos sobre pequeñas dunas de hierba
que desembocaban en el mar. Allí, en uno de esos arcos, se encontraba Claire Holland. Vestía vaqueros y camiseta, y parecía nerviosa. Simulaba no mostrar interés por el chico de aspecto desaliñado que estaba montado en una moto color negro y cromo. Paige no recordaba su nombre, pero sabía que le había visto anteriormente. Era un camorrista, pensó, cuyo padre tenía algún tipo de problema. Aquel chico miraba a Claire como si fuese la única chica en el universo.
Paige contuvo las punzadas de celos y tragó saliva. Cruzó el muro, caminó por entre las dunas, y poco a poco se acercó, esperando escuchar algo de la conversación. Oh, qué haría ella si algún chico, cualquiera, le mirase como aquel chico estaba mirando a Claire.
El viento le salpicó arena sobre los ojos y la boca. Paige escupió, se limpió la boca con la manga y las lágrimas se encargaron de expulsar los granos que le habían entrado en los ojos. Estaba lo bastante cerca para escuchar sus voces, pero no podía distinguir las palabras entre el rugido del viento y las olas. Paige no podría enterarse de qué hablaban, a no ser que se acercasen más a ella, avanzando por el sendero, hacia la duna donde Paige estaba escondida.
Parpadeó. Bajó la vista a su pulsera. ¿Qué importaba lo que Claire estuviese conversando con aquel chico? El hecho era que estaba hablando con él, y aquello podía ser suficiente para Kendall. Ojalá se acordase de su nombre…
Claire apretó las llaves hasta que el metal se le clavó en la palma de la mano. ¡Vaya suerte la suya! Esperaba ver a Harley y había terminado viendo a Kane. El chico la había visto al salir de la tienda de deportes y, de repente, había cambiado de sentido en mitad de la calle. Se había dirigido a la playa, delante de Dios y de todo el mundo, sin tener en cuenta las señales de tráfico que prohibían la entrada de vehículos motorizados en aquel paseo, exclusivo para peatones.
Cuando Claire vio a Kane el corazón le empezó a latir a toda velocidad.
Llevaba sin verle desde el funeral de Jack, y no había hablado con él desde
la noche en que Kane había desnudado su alma frente a ella. Claire había soñado con él, siempre sueños eróticos que, tras despertar, le provocaban una respiración acelerada y una vergüenza constante, ya que se sentía como si estuviese engañando a Harley.
Y allí estaba de nuevo, montando su moto, con gafas de sol de espejos y la cazadora de cuero negro sobre los hombros.
–Bueno, princesa -alargaba las palabras de aquella manera provocativa e irritante-, ¿cómo te trata la vida?
–Bien. – Era mentira. ¿Por qué con él siempre sentía como sí tuviese que esquivar la verdad?
–¿Sí? – Una ceja rebelde se arqueó sobre las gafas-. ¿Ninguna queja?
–Ninguna -volvía a mentir una vez más. Se preguntó si Kane tenía la habilidad de poder leerle la mente.
–Qué suerte tienes.
Aquel tono sonaba a burla. La acusaba, sin decir palabra, por un centenar de mentiras.
–Sí.
–Bueno. Entonces puedo irme con la conciencia tranquila.
–¿Irte? – «¡Oh, no!»
–Pasado mañana, al ejército.
Una sensación de ansiedad, de tremenda pérdida, le penetró el corazón.
Algo vital e intenso estaba a punto de desaparecer de su vida…
–Entrenamiento básico en Fort Lewis.
–Ah. – No era el fin del mundo. Fort Lewis estaba en Washington, a 150
millas-. ¿Y después?
–Después el mundo. – Apretó los labios al sonreír. Movía sin parar los dedos, apoyados en el manillar.
El viento sopló sobre el cabello de Claire, dejándole un mechón de pelo sobre los ojos. Movió la cabeza para retirarlo y ver mejor a Kane.
–¿Así que esto es una despedida? – Sintió un profundo dolor en su alma.
–Sí.
Claire forzó una sonrisa falsa y dijo:
–Buena suerte.
–Yo no dependo de la suerte.
El corazón de Claire latía con fuerza. Aunque sabía que iba a cometer un error estúpido del cual se arrepentiría más tarde, avanzó por la corta distancia que les separaba, se inclinó, y le rozó la mejilla con los labios.
–Llévate un poco, de todos modos.
Retrocedió y Kane tragó saliva. Tras las gafas de sol, tenía los ojos clavados en los de Claire. Durante un segundo, el mundo pareció detenerse y el sonido de las olas chocando contra la orilla, el ruido de los motores de los coches, el trino de las gaviotas y las ráfagas del viento enmudeció el tiempo que dura un latido del corazón. Claire intentó sonreír, pero no pudo, y notó que se le deslizaba una lágrima.
–Te echaré de menos -dijo él.
Por un instante estaba convencida de que Kane le envolvería la nuca con
sus largos dedos, acercándole el rostro al suyo, y que sus labios se fundirían en un beso.
–Y yo… yo a ti también.
Un músculo del extremo de la mandíbula se le movía mientras la miraba.
–Cuídate, y si Taggert se atreve a levantarte un dedo… ¡maldita sea!
Aceleró la moto con la muñeca, metió la marcha y salió zumbando por el paseo, botando por el pavimento y derrapando en una curva.
–Oh, Dios -susurró, apoyándose en el muro de piedra.
¿Qué estaba haciendo? ¿De verdad amaba a Harley Taggert? Entonces ¿por qué, oh, por qué el pulso se le aceleraba cada vez que oía el nombre de Kane Moran? ¿Por qué Kane, con aquella cazadora negra y aquella gran moto, invadía sus sueños, tocándola tan íntimamente como si fuesen amantes? ¿Por qué, cuando había declarado su amor eterno a Harley con toda su alma y corazón, le desgarraba el dolor al pensar que no volvería a ver a Kane?
Se golpeó el muslo con el puño y vio el diamante en el dedo anular. Un diamante que se suponía que era para siempre. Se sintió fatal. La terrible verdad de todo aquello era que no podía casarse con Harley, cuando se encontraba tan confusa y tenía tantas dudas. Se mordió el labio con tanta fuerza que notó la sangre. Lentamente, consciente de que estaba a punto de tomar la decisión más importante de su vida, se quitó el anillo de compromiso. Por el rabillo del ojo, le pareció ver algo moviéndose entre las dunas, unos mechones de pelo rubio, pero cuando se volvió había desaparecido, así que pensó que su mente la estaba engañando, que sólo era un pajarillo, una gaviota, nada más.
Intentando reprimir las lágrimas, y maldiciéndose en silencio por sus pensamientos rebeldes, se guardó el anillo en el bolsillo de los vaqueros y se dijo que debía ver a Harley para romper el compromiso.