Susurros
Capítulo 33
presentimiento.
Capítulo 33
A Weston le temblaba la mano al servirse licor en un vaso. Estaba perdiendo el control. Estupendo. Cómo le reventaba todo aquello. Aquella misma noche Dutch Holland haría oficial su candidatura a gobernador.
Mientras aquel cabrón estaba allí, cenando y ganándose a la élite de Oregón, bailando, riendo, bebiendo, preparándose para un emocionante y tardío viaje, la policía estaría encajando todas las piezas de lo que le había sucedido a Hunter Riley.
Por no mencionar lo que había descubierto Kane Moran con su maldita investigación. Maldición.
Weston se llevó el vaso de güisqui a los labios y miró por el ventanal de su oficina, captando una vista panorámica de la ciudad de Chinook y más allá de ésta, por encima de los tejados, hacia el inmenso océano Pacífico, oscuro y misterioso, espejo de sus propios e inconmensurables pensamientos. La oficina estaba en penumbra; excepto por la lámpara del pasillo. Weston observó su reflejo en el vaso, una figura fantasmal, bebiendo a solas. Tras él, las luces de la ciudad brillaban sin descanso. Daba la sensación de que Weston estaba superpuesto al resto de Chinook. De hecho, así era como debía ser: siempre a la sombra, en las alturas, impresionando al resto de la ciudad. Pero también había otra imagen, una que Weston sólo podía ver en su mente: la de un chico encerrado en un sótano oscuro, al que habían amenazado con perder su casa, su herencia, el amor de sus padres.
–No me vuelvas replicar en la vida, chico -le había gritado Neal Taggert, abofeteándole en la cara mientras le empujaba hacia la puerta del sótano-. Y
a tu madre tampoco. Si lo haces, te juro que te golpearé en cada centímetro
de tu miserable cuerpo y tendrás que ir olvidando que vives aquí, conmigo, con tu madre. Me aseguraré de que todo vaya a parar a manos de Harley y Paige. – Le clavó los dedos en el brazo. Se inclinó a su oído-. Y me aseguraré de que cualquier hijo bastardo que engendre consiga más que tú.
Ni se reía ni sonreía. La expresión de Neal Taggert era dura como una piedra. Tenía los ojos oscuros por la decepción y la ira, mientras ordenaba imperiosamente a Weston que entrara en el sótano.
Temblando, Weston hizo lo que su padre le había ordenado. La puerta se cerró con un estruendo y Weston pudo oír cómo su padre le echaba el cerrojo.
No había luz en aquel sepulcro. El interruptor estaba colocado al pie de las escaleras, al otro lado de la puerta. Neal Taggert soltó unos tacos en voz baja, mientras subía las escaleras y dejaba a Weston a solas. La única iluminación que había era la que entraba por debajo de la puerta. Weston había pasado horas en aquel lugar. Cada minuto le había parecido una eternidad. El miedo le corría constantemente por la espalda. Su imaginación se disparaba, imaginaba ratas, arañas y murciélagos. Se sentó con la espalda apoyada en la puerta, los brazos sobre las rodillas. Tenía la vejiga tan llena que casi se le escapó el pis, hasta que finalmente se dirigió a una esquina y orinó contra la pared. Más tarde, cuando una criada descubrió la mancha, le golpearon nuevamente, porque su padre pensó que Weston había orinado allí simplemente para demostrar aún más su rebeldía.
Dios, el viejo era un cabrón. En la actualidad el carácter de Neal se había suavizado debido a la vejez y a la debilidad, las cuales le habían arqueado la espalda y le habían dejado sin poder hacer uso de las piernas. Al menos no podría tener más hijos. Y por el momento, no habían aparecido más hijos bastardos. Había habido uno… Hunter Riley… pero ahora estaba muerto.
Como Songbird. Weston no estaba seguro sobre el indio. Corrían rumores que decían que Neal y Ruby Songbird habían estado juntos. Nunca se había probado, pero aquel Songbird era un gilipollas, siempre llegaba tarde, se burlaba de Weston, rayaba coches… y Neal nunca había querido despedir a aquel hijo de puta. Así pues, Weston comenzó a atar cabos. Aunque Jack no
hubiese sido hijo de Neal, era como un grano en el culo, siempre metiéndose con cómo trataba Weston a Crystal, y luego lo del coche… Por una u otra razón, aquel desgraciado hijo de puta merecía morir.
Las luces de la ciudad iban desapareciendo poco a poco, a la vez que la niebla comenzaba a cubrir el mar.
Weston agitó su bebida. A continuación pegó un trago. De fondo, un coche de policía con las luces encendidas cruzaba la ciudad a toda prisa y a continuación desaparecía tras una esquina. La niebla se hacía más espesa.
Weston comprobó el reloj. Era la hora…
Otra tragedia estaba a punto de acontecer.
Weston ya lo había puesto todo en marcha. Se acercó al ordenador y envió un par de e-mails. Uno de ellos a su contable, el otro a un capataz de la maderera, a sabiendas que ambos e-mails quedarían registrados indicando la fecha y la hora. Poco después, realizó dos llamadas rápidas desde el teléfono de su oficina, por si acaso la policía comprobase el uso del aparato.
Su coche permanecía aparcado en su plaza habitual, al cuidado de un vigilante nocturno. Weston no pensaba moverlo, tenía otro vehículo a su disposición, una furgoneta de encargos a domicilio que años atrás había conducido el padre de Kendall. Se trataba de un vehículo corriente, de color azul oscuro, de la marca Ford, como había docenas en la ciudad, casi idéntico al que conducía el padre de Jack Songbird, el marido de Ruby…
Sí, era perfecto. Sobre todo porque llevaba dos matrículas falsas con número distinto. Weston había robado ambas placas. La de delante pertenecía a un Dodge que había aparcado junto a un bar del pueblo; la trasera la había cogido discretamente la noche anterior de la furgoneta de Songbird, mientras se encontraba aparcada frente a su domicilio. Todo estaba preparado para aquella noche en la que Dutch Holland pensaba anunciar su candidatura a gobernador. Solamente quedaban unos cuantos cabos sueltos por atar.
Colocándose un par de guantes negros y ajustados, Weston cerró con llave la puerta de su oficina y bajó por la escalera trasera.
En silencio, abrió la puerta, adentrándose en la noche sobre la cual caía una densa niebla.
Sean dio una patada a una piedra y frunció el ceño mientras avanzaba por la calle. La piedra rebotó en un bache y golpeó el guardabarros de un Toyota nuevo y reluciente. Genial. Justo lo que necesitaba. Más problemas. Como si no tuviera suficientes. Colocó el monopatín en el suelo y comenzó a rodar rápidamente por las calles de la pequeña y silenciosa ciudad. Dios, cómo odiaba aquel lugar. No podía entender por qué su madre no se mudaba de nuevo a Colorado.
«Claro que lo entiendes. Es por ese gilipollas. Por tu padre real.»
No podía librarse de aquel pensamiento. Escupió a la vez que avanzaba sobre el monopatín doblando una esquina, mientras sentía el viento húmedo sobre el rostro. Por suerte, empezaba a haber niebla, así que podría pasearse por aparcamientos, jardines y callejones sin que nadie le viera. De nuevo aquella imagen de su madre con aquel tipo, Kane Moran.
–No es más que un imbécil -murmuró subiéndose el cuello de la chaqueta de camuflaje y evitando no pensar en su madre. Joder, no era mucho mayor que él cuando se había acostado con aquel cerdo. No le gustaba aquel tipo.
Y no iba a cambiar de opinión sólo porque a Moran le gustaran las motos.
El tío era un holgazán, todo el día por ahí y… y… Sean nunca jamás, jamás, llamaría papá a aquel imbécil. Oh, joder, no.
Sean vio un coche policía con las luces encendidas cruzando la ciudad en dirección norte. Rápidamente cambió el rumbo hacia el sur, lejos de la chillona sirena. No necesitaba problemas esa noche. Su madre probablemente había llamado a la policía, ya que llevaba mucho tiempo fuera de casa. Sean sintió remordimientos de conciencia. No quería preocupar a nadie, solamente necesitaba espacio, tiempo para pensar cómo llevar todo aquello. Sabía que de ninguna manera su madre querría mudarse de nuevo a Colorado, lo que le fastidiaba tremendamente. Quizá pudiese
llegar a un trato con Jeff y sus padres, quizá dejasen que se quedase con ellos.
Como si Claire fuese a permitirlo.
Oyó un coche tras él y balanceó el peso de su cuerpo para girar en dirección al aparcamiento de la escuela primaria. Sean esperaba que el coche pasara de largo. Pensó en volver de nuevo a casa. Sin embargo, las luces del coche, borrosas en la niebla, giraron hacia el aparcamiento.
¡Mierda!
Sean se dirigió hacia la salida.
El coche le siguió. Los dos rayos idénticos le alcanzaron con su luz difusa, justo cuando Sean esquivaba un bache. Genial. Sencillamente genial.
Se dispuso a salir de allí cuanto antes. Cogió velocidad, a la vez que se atrevió a echar una mirada de reojo. No se trataba de un jeep, ni de un coche policía. De hecho… el coche se parecía mucho al Mustang de su tía Tessa. Se sintió mejor. Tessa le gustaba. La hermana mayor de su madre, Miranda, abogada fiscal, por el amor de Dios, le parecía un fulana de la metrópolis. Era demasiado seria y trabajaba para la puñetera policía. En cambio, la hermana menor, de pelo color rubio platino, pirsin en el ombligo, tatuaje y guitarra, era enrollada. Sean comenzó a aminorar el paso cuando Tessa bajó la ventanilla.
–¿Sean?
Pillada.
Tessa le había visto. No importaba lo que pasara, se lo diría a su madre. A no ser que Sean hablara con ella. Sean se detuvo y se volvió. El rostro de Tessa, iluminado bajo una farola, estaba pálido y ojeroso. Leía el miedo en sus ojos.
–Creo que deberías subir al coche.
–No… Yo…
Entonces se percató de la presencia de un tipo, sentado en el asiento del copiloto. Aquel hombre tenía el rostro sombreado, oculto bajo la oscuridad y la niebla. Aun así, las vibraciones que Sean percibió no fueron buenas, además de la mala cara que tenía su tía.
–Tu madre está preocupada.
Peor para ella.
–Lo superará.
–Sean, por favor.
Dios, su voz sonaba desesperada, tensa.
–No. – Se dio la vuelta, dispuesto a marchar, cuando vio al hombre moverse, salir del coche. La adrenalina fluyó por sus venas. El temor hizo que se lanzase sobre el monopatín, pero el hombre dio la vuelta al coche en un instante.
–Será mejor que entres en el coche -le dijo a Sean con una voz que le aterrorizó.
Sean saltó sobre su monopatín, pero el hombre le cogió bruscamente del brazo.
–Vamos, Sean -le dijo mientras se abría la chaqueta para que Sean pudiese ver el arma que llevaba enfundada-. Ya.
Kane golpeó suavemente la mesa con el lápiz mientras ojeaba sus notas.
Allí se hallaban los informes de la autopsia de Hunter Riley y Jack
Songbird, dos personas que habían muerto en circunstancias desconocidas, igual que Harley Taggert, hacía dieciséis años. Tres hombres que, según parecía, tenían poco en común, aparte de vivir en Chinook y trabajar para Neal Taggert. Harley, amante de Claire, era un muchacho rico y consentido que no encajaba en su trabajo; Jack, un nativo americano rebelde de actitud inconformista; y Hunter, un chico que se había desencaminado pero que luego había intentado enmendarse. Este último también había estado enamorado de Miranda y la había dejado embarazada.
Dos de los hombres habían estado relacionados con las Holland. Dos de los hombres pertenecían a la clase baja de la ciudad. Los tres habían muerto antes de tiempo.
¿Por qué?
¿A quién le beneficiarían aquellas muertes?
Si Tessa había matado a Harley, ¿había matado a los otros dos también?
¿Con qué fin? No parecía una psicótica, y había matado a Harley pensando que era Weston… Kane hizo una mueca mientras pensaba en el mayor de los hijos de Neal Taggert. Prepotente. Manipulador. Pura maldad. La pistola que habían encontrado en el agua seguía sin ser reclamada. Sin embargo, Kane había podido averiguar que Mikki Taggert había adquirido un revólver de pequeño calibre hacía años, en una feria de armas. Había conseguido dicha información entrevistando a una antigua criada que había estado trabajando en la casa de los Taggert. La doncella juró haber visto una pistola en el cajón de la cómoda de Mikki, y aunque era igual que la pistola encontrada en la bahía, cerca del cuerpo de Harley, la criada no podía asegurar que se tratara de la misma. Además, le había explicado que, meses antes de la muerte de Harley, robaron o perdieron el revólver. En diversas ocasiones se interrogó al personal de la casa acerca de objetos perdidos, uno de los cuales era la pistola.
Pero a Harley no le mataron de un tiro. No tenía una herida de bala. La pistola se encontró cerca de su cuerpo, pero todas las balas estaban en el tambor.
Tessa mató a Harley.
Tessa no pudo haber matado a Jack o a Hunter.
Kane indicó en un mapa los lugares donde se encontraba todo el mundo cuando atacaron a Jack, suponiendo que no se hubiese caído por accidente del acantilado, lo cual descartó, ya que existían más asesinatos. Había demasiadas coincidencias. No. Kane no creía en las coincidencias.
Miró su ordenador portátil, en cuya pantalla había una imagen de un mapa de Chinook y alrededores. Faltaba algo. Maximizó otra ventana y comprobó la lista que había confeccionado con los principales protagonistas del misterio: Holland, Taggert, Songbird, Riley, y se preguntó acerca de la conexión entre ellos.
Existían rumores generalizados acerca de que ambos, Neal Taggert y Dutch Holland, no eran monógamos. Diablos, su propia madre había sucumbido a los encantos del viejo Benedict. Kane contrajo la mandíbula mientras consideraba su propio papel en aquel drama, más parecido a una telenovela, teniendo en cuenta el accidente de su padre, la traición de su madre y el encaprichamiento de Kane hacia Claire Holland. Era como si todo el mundo en Chinook estuviese liado con todo el mundo.
Había habladurías sobre hijos ilegítimos de Neal Taggert. El viejo había estado relacionado amorosamente con varias mujeres de la localidad.
Años atrás, las pruebas de ADN no estaban disponibles, al menos no eran tan conocidas. Sin embargo, ahora eran posibles. La paternidad se podía probar. Donde antes sólo había rumores o pruebas sanguíneas que pudiesen demostrar la posibilidad de la paternidad de un hombre, ahora se podía tener la certeza. Kane lo había comprobado. Las pruebas sanguíneas realizadas hacía años concluyeron que Hunter Riley podía haber sido hijo de Neal Taggert. En cambio, Jack Songbird no, a pesar de los rumores que se habían extendido por paseos, bares, iglesias y cafeterías de Chinook.
Kane había intentado hablar con Neal Taggert en numerosas ocasiones, pero el viejo se había negado a verle. Aquella noche, la noche en que su rival iba a anunciar su candidatura a gobernador, parecía ser un buen momento para que Neal Taggert confesara.
¿Cómo es ese dicho, «Si Mahoma no va a la montaña, la montaña va a Mahoma»? Algo así. En fin, definitivamente la montaña iría a Mahoma.
Dejando sus notas sobre la mesa, Kane cogió las llaves y salió de la vieja y estropeada cabaña donde había crecido.
En el exterior, la niebla era densa y húmeda, la cual le envolvió el cuello y le alisó el pelo. Sin embargo, Kane no prestó atención a la bruma. Se colocó tras el volante, introdujo la llave en el contacto y puso el vehículo en marcha. Aquella noche, cayese quien cayese, averiguaría la verdad.
Las luces de los faros cortaban la noche, dos rayos que penetraban en la densa niebla. Un coche, una especie de todoterreno, se detuvo en el paseo circular. Cuando Paige ojeó entre la persiana, tuvo un mal presentimiento.
Nadie iba a visitarles, a ella o a su padre, por la noche. No, no podía ser nada bueno. Se mojó los labios, nerviosa, mientras observaba a un hombre moverse en el asiento del conductor. Cuando se abrió la puerta del vehículo, se encendió la luz interior. El corazón de Paige se encogió al reconocer a Kane Moran. Las facciones de Kane estaban borrosas en la oscuridad, pero aun así pudo reconocerle. Maldita sea, aquel tipo era como un grano en el culo, como un chicle pegado en la suela del zapato en un día de calor.
Paige no esperó a que llamara al timbre. Le abrió la puerta cuando Kane iba por el segundo escalón del porche que rodeaba la casa. Una casa situada en las montañas, la misma en la que Paige llevaba viviendo toda la vida.
–¿Qué estás haciendo aquí? – le preguntó, avanzando hacia el porche para que su padre no pudiera oír la conversación.
–Tengo que ver a tu padre.
–Está descansando -contestó rápidamente-. Está inválido. Se acuesta pronto.
–Me ha estado evitando.
–¿Y le culpas? – Por Dios, el tipo no se daba por aludido y Paige estaba empezando a ponerse nerviosa. Miró de reojo las ventanas del estudio, donde su padre estaba viendo la televisión-. Estás removiendo demasiado dolor para él. Pensaba que tendrías la decencia de dejar las cosas tal y como están.
–Yo sólo quiero la verdad.
–Y sacar provecho de ello -dijo, levantando una ceja con desdén-. No intentes elevar todo esto a nada más que lo que es: una persona haciendo dinero a costa de la tragedia de otra.
–¿Es eso lo que crees que estoy haciendo?
Elevó un extremo de la boca formando una atractiva sonrisa, la misma que Paige recordaba de su juventud, antes de perder diez kilos, antes de llevar la ortodoncia, antes de aprender a teñirse el pelo y cortárselo con un estilo favorecedor, antes de descubrir la magia del maquillaje. Se trataba de la misma sonrisa de complicidad que los amigos de Weston le dedicaban mientras se mofaban de ella despiadadamente.
–Sé lo que estás haciendo.
–¿De qué tienes miedo?
–¿Yo? – preguntó mientras empezaba a sudar nerviosamente-. De nada.
–Entonces déjame ver a Neal. Déjame escuchar lo que tiene que decir.
–No, ahora no, le molestarás.
–¿Preferiría una citación judicial? – preguntó Kane. La sonrisa desapareció
de su rostro. El brillo de sus ojos reflejaba determinación-. Porque ése será mi próximo paso. Creo que tengo suficientes pruebas para demostrar que tu hermano fue asesinado y que el asesino fue alguien a quien conocíais. Pensé que tu padre y tú querríais conocer esa información. Estoy seguro de que la policía querrá. No hay ningún artículo de prescripción en casos de asesinato, ya sabes, y como recordarás, murieron tres hombres aquel verano. Tres hombres jóvenes. Harley sólo fue uno de ellos. Creo que todos están conectados, y el hilo que los une es que los tres trabajaban para tu querido padre. Ahora bien, o hablo con él aquí y ahora o le mostraré al distrito del fiscal lo que he descubierto y Neal tendrá que hablar con un detective de homicidios.
–Ya lo ha hecho, docenas de veces. – La voz de Paige sonaba convincente, pero las palmas de sus manos estaban húmedas, e hizo todo lo posible por no secárselas en el pantalón.
–Bueno, eso sólo fue un precalentamiento para lo que está por llegar -dijo Kane.
Por el rabillo del ojo, Paige vio moverse la persiana del estudio, unos dedos entre las láminas, unos ojos de anciano tras el cristal observando.
–Vete a casa y déjanos en paz.
–No puedo.
Tap. Tap. Tap. Paige y Moran se volvieron hacia la ventana. Neal abrió la persiana e hizo un gesto para que entraran. Paige quiso que la tierra se la tragara. Sacudió la cabeza, pero Neal frunció el ceño y empezó a gesticular bruscamente.
–Parece que quiere charlar -observó Kane, y pasó junto a Paige, hacia la puerta.
Ella le agarró fuerte del brazo.
–No sé qué has averiguado, pero creo que antes tendrías que hablar conmigo.
–¿Algún peso del que te quieras librar?
Paige se humedeció los labios. La verdad le martilleaba en la cabeza.
Imágenes de la noche de la muerte de Harley. Visiones horribles. Recuerdos oscuros. Estaba tan oscuro, solamente unas pocas farolas del puerto. El velero chocaba contra el amarradero. Los mástiles se elevaban en las alturas. Las luces brillaban en el interior. En la lejanía, Paige oía ruido de fiesta y música flotando sobre el agua. Había gente en cubierta, un hombre alto que Paige reconoció como Harley y una mujer rubia que llevaba algo en la mano. Un arma.
Paige se estremeció. Aunque se encontraba lejos y estaba oscuro, Paige pudo recordar cómo la mujer había golpeado a Harley por detrás.
Ferozmente. Furiosamente. Lo bastante fuerte para que el sonido, el desagradable crujido de huesos resonara sobre las aguas. Paige, de pie entre las sombras, comenzó a respirar con dificultad y dejó caer la pistola con la que pretendía asustar a Harley para hacerle despabilar, para hacerle darse cuenta de que Kendall era la mujer a la que amaba. Pero ahora… Aquella rubia… ¿Kendall?… Estaba furiosa, como poseída, golpeando a Harley en la cara. Paige había dejado caer la pistola de su madre. El revólver resbaló por el embarcadero, hasta caer en el agua con un fuerte plop. Paige no esperó a que la descubrieran. Dio media vuelta y corrió tan rápido como sus piernas le permitieron en dirección a su bicicleta, escondida entre los coches aparcados. Seguidamente, pedaleó tan deprisa como pudo, antes de que Kendall la viera, antes de que la dulce y preciosa Kendall se diera cuenta de que Paige había presenciado su crimen.
«Deberías haberte quedado allí. Deberías haber pedido ayuda. Deberías haber hecho algo por salvar la vida de tu hermano, aunque eso significase incriminar a la única chica que te había tratado con una pizca de dignidad.
Sin embargo, huíste para que nadie te viera, dejando allí el arma, dejando que Harley se ahogara. Cabía la posibilidad de que le hubieras salvado. No murió del golpe, sino porque se ahogó, y tú sabías nadar, habías estado en el
equipo de natación…» La culpa la carcomía por dentro. Se dio cuenta de que estaba llorando. Las lágrimas le corrían por las mejillas mientras Kane Moran la observaba. Se había acabado. Por fin se iban a descubrir todas las mentiras.
–Sí -dijo finalmente, golpeándose la cara con el dorso de la mano. No había razón para intentar proteger a Kendall durante más tiempo. Además, el encaprichamiento de Paige hacia su amiga se había desgastado con el paso de los años… ¿Cómo podía Kendall haberse casado con Weston? Harley era débil, pero Weston… era una persona cruel-. Tal vez tengas razón -
admitió-, pero hay algunas cosas que quiero contarte sin que mi padre escuche.
Abrió la puerta y guió a Kane hacia el estudio donde su padre estaba a punto de enterarse de que su nuera, la madre de su nieta, había asesinado a su hijo.
Paige hizo entrar a Kane en el estudio. Su padre estaba sentado en su silla de ruedas. Neal miró a Kane de arriba abajo, luego hizo un gesto a Paige en dirección al mueble bar.
–Ofrece una copa a nuestro invitado.
–No hace falta, gracias -dijo Kane, negando con la cabeza.
–Pues a mí sí. Tomaré un cubata de güisqui escocés.
Paige dudó.
–Pero el doctor ha dicho que…
–Al diablo con ese matasanos. Sírveme un trago. ¿Qué más me puede hacer? ¿Dejarme en una maldita silla de ruedas? – ordenó Neal.
Paige sabía que no se podía razonar con él. Tenía un humor de perros. De acuerdo. Entonces le pondría un güisqui doble, no, tal vez triple. A Neal no
pareció importarle que Paige le pasara el vaso y él le diera un buen trago.
–Ahora, ¿por qué demonios estás aquí? ¿Por ese puñetero libro que estás escribiendo?
–Esa es la principal razón.
–Entonces dime, ¿quién mató a mi hijo?
–Todavía estoy trabajando en ello -Kane miró a Paige, que miraba la televisión, donde se emitía una vieja repetición de una comedia que a su padre le encantaba-. Pensaba que vosotros dos podríais ayudarme.
–Bah. Yo ya dije lo que tenía que decir hace mucho tiempo. ¿Crees que mi historia va a cambiar?
–No, pero pensé que podría arrojar algo de luz sobre quién podía querer ver muerto a Harley.
Kane tenía una teoría en la que había estado trabajando. Sabía que Tessa había golpeado a Harley en la cabeza, que principalmente había sido ella quien le había propinado el golpe que le había arrebatado la vida, pero faltaban algunas piezas en el rompecabezas. El revólver en el agua no tenía sentido. Harley se ahogó, con un fuerte golpe en la cabeza. Sin embargo, no fue lo bastante fuerte para hacer que se desmayase. Así pues, ¿por qué no había intentado salvarse?
–¿Quién?
–Eso es lo que le estoy preguntando.
Paige apenas podía respirar. Se estaba acercando.
–Tenía problemas con las mujeres. Más que Weston. No podía elegir entre Claire Holland o Kendall Forsythe, que ahora es la esposa de Weston -
resopló, como si para él fuera una elección fácil. Kane se irritó
visiblemente, pero Neal no pareció notarlo-. Kendall venía de una buena familia, la quería, de verdad, pero todo se torció cuando apareció la chica de los Holland, la mediana. Le tenía tan bien cogido que Harley pensaba que se iba a casar con ella. – Bufó enojado. A continuación, agitó la bebida-. En mi opinión, probablemente fue ella. Harley debió de haber roto el compromiso… y ella enloqueció.
Todos los músculos de la espalda de Kane se contrajeron. Su sonrisa hacía rato que había desaparecido.
–No lo creo. Según Claire, fue ella quien rompió el compromiso.
–Sí, claro. – Neal razonaba como si pensara que nadie sería tan estúpido-.
Siempre le dije a la policía que había sido ella. Harley no se cayó por la borda, golpeándose la cabeza y ahogándose.
–¿No como Jack Songbird? – replicó Kane.
–¿Qué estás diciendo? ¿Que los mató la misma persona?
–Y a Hunter Riley.
–Por el amor de Dios, estás escribiendo una obra de ficción, ¿verdad?
–Lo único que quiero saber es quién saldría beneficiado con la muerte de Harley.
Paige tragó saliva mientras su padre observaba a Kane por encima de las gafas.
–Bueno, eso es bastante fácil de adivinar, ¿no? Pero créeme, Weston no mató a su hermano.
Los ojos de Kane se estrecharon y Paige notó las chispas en su mirada. Era como si Kane estuviera esperando a que Neal pronunciara aquellas palabras.
–¿Por qué no?
–Porque estaba lejos de aquí. Ni siquiera se encontraba en la ciudad.
–¿Estás seguro?
Hubo un momento de duda. Durante aquella fracción de segundo Paige supo que su padre estaba mintiendo. Lo había estado haciendo durante dieciséis años. Igual que ella.
–Ya dije que estaba conmigo, ¿no?
–Durante la mayor parte de la noche. Luego estuvo con Kendall, y el resto aún no se sabe.
«¿Kendall? ¿Ella y Weston habían mentido para protegerse el uno al otro?»
No tenía sentido.
–Estás pescando, Moran, sin ningún anzuelo -el anciano rió como si se hubiera marcado un tanto sobre Moran.
Sin embargo, Paige pensaba de otra forma, y supo que aquella noche tendría que contar la verdad. Había vivido con la mentira durante demasiado tiempo. Siempre leal a Kendall por razones equivocadas. Había intentado proteger a la única amiga que pensaba que tenía, y ¿para qué? Todo iba a salir a la luz, y Weston estaba perdiendo el control. Sólo era cuestión de tiempo que su hermano se acabara delatando. Entonces todo el mundo, incluidas Kendall y ella, correrían peligro.
–No me gusta… -Claire se frotó los brazos y contempló la noche húmeda y brumosa.
Sean llevaba desaparecido horas, no las necesarias para denunciar la desaparición de una persona pero sí las suficientes para pasar de estar
preocupada a crispada y finalmente desesperada. Por primera vez deseó haberse dejado convencer y haberle comprado un teléfono móvil para comunicarse con él. Le había esperado y buscado. Ahora, le gustase o no, se vio obligada a coger el teléfono y llamar a Kane al móvil.
Kane atendió la llamada tras el segundo tono.
– Moran.
Claire se apoyó sobre el borde de la repisa de la cocina. La voz de Kane era tranquilizadora, sin embargo, hizo que rompiera a llorar.
–Soy Claire.
– ¿Estás bien?
–No… La verdad es que no. Es Sean. Ha desaparecido.
Kane de pronto tomó aliento.
– ¿Desde cuándo?
–Hace unas cuatro horas.
– ¿Dónde podría haber ido?
–No lo sé. Discutimos y… y… -«¡Cálmate, Claire!»- se marchó. Pensé que iría a alguna parte hasta que se le pasara, ya sabes, que cuando se le pasara volvería. Eso es lo que suele hacer siempre.
«Pero nada es normal desde que volví a Oregón.» Miró por la ventana. No podía ver nada a través de la densa niebla.
– ¿Sobre qué discutisteis?
Claire dudó. A continuación se atrevió.
–Le dije la verdad sobre ti. Que tú eras su padre.
– Y supongo que la noticia no le hizo ilusión.
Claire resopló.
–En absoluto.
– ¿Dónde podría haber ido?
–No lo sé. Le esperé un par de horas y luego salí a buscarle con el coche. –
Se mordió el labio y pasó un dedo a lo largo del borde la repisa-. Fui a un par de sitios donde los críos suelen juntarse. Luego llamé a tres chicos de los que Sean me ha hablado desde que estamos aquí, pero no le encontré, y si los chicos saben dónde está, no me lo han querido decir.
– Tampoco hace tanto tiempo.
Pero había algo en la voz de Kane, algo que no decía.
–Ya -dijo Claire. Justo entonces oyó un pitido en el auricular-. Está entrando otra llamada. Debo cogerla. Podría ser Sean.
– Voy de camino, estoy sólo a unos veinte minutos. Llegaré enseguida. No te muevas de ahí -dijo Kane, y colgó.
Claire cogió la llamada que había en espera.
–¿Hola?
– ¿Claire? -la voz de Tessa sonaba lejana y asustada.
–¿Dónde estás?
– Sean está conmigo.
–¿Le has encontrado? Bien. Tráele a casa. – Miró el reloj-. Si nos damos prisa podemos llegar a la fiesta.
– No voy a ir.
–¿Por qué no? – El pavor le rozó el corazón-. Espera un momento. Déjame hablar con Sean.
– No puedo.
¿No parecía que a Tessa le costara articular las palabras?
–¿Por qué no? – preguntó.
– Porque es demasiado tarde, Claire. Demasiado tarde para todos.
–Espera, Tessa. ¿Dónde estáis? Dime dónde estáis e iré a buscaros.
Clic. La llamada se cortó.
Claire estaba orientada hacia la izquierda, mirando por la ventana las agitadas sombras. Tessa tenía a Sean, estaban juncos. Tessa había matado a Harley. Tessa parecía desesperada al teléfono, diferente. Dios santo, ¿qué pensaba hacer?
Rápidamente, volvió a coger el teléfono y marcó el número de Kane. Un tono. Dos. Tres.
–Vamos, vamos. – Pero saltó el buzón de voz y Claire colgó el teléfono frustrada.
Kane venía en camino, ¿no era lo que había dicho? «Dale tiempo a que llegue.» Necesitaba tranquilizarse, pensar con claridad. ¿Qué podía hacer?
Llamar a Miranda. Como ayudante del fiscal del distrito tenía suficientes contactos en el departamento policial para conseguir la ayuda que
necesitaban para encontrar a Tessa y a Sean. No sería difícil localizar el Mustang de Tessa.
Claire marcó el número del teléfono móvil de Miranda y esperó a que diera tono. Dios, ¿es que nadie iba a contestar aquella noche? Un tono. Dos. Al fin oyó la voz de su hermana.
– ¿Hola?
–Miranda, soy Claire. Tienes que ayudarme. Tessa tiene a Sean y…
– ¿Hola? ¿Hola? -La voz de Miranda se perdía en la línea.
–¡Miranda, soy yo! Tessa tiene…
–¿Claire, eres tú? Se corta… Vuelve a llamar… momento.
– ¡Miranda! Por favor, ¡tienes que escucharme!
Pero las interferencias en la línea se hicieron más fuertes y de repente se cortó.
–¡Maldita sea! – Claire empezó a marcar el número de Kane otra vez.
–¿Mamá?
Claire se volvió, no esperaba ver a su hija de pie en la puerta de la cocina.
El rostro de Samantha lucía una mueca de preocupación. Llevaba un vestido amarillo de dos piezas que dejaba al descubierto parte de su abdomen liso y pequeño. Tenía el pelo recogido en lo alto de la cabeza y llevaba demasiado maquillaje en los ojos, pintalabios y algo que hacía que le brillara la piel.
–¿Pasa algo?
«De todo.»
–Sólo estoy preocupada por Sean -dijo, intentando tranquilizarse. No había razones para asustar a Samantha.
–Ya vendrá.
«Oh, Dios, eso espero.»
–Solamente está haciendo el imbécil… el idiota.
«Ojalá pudiera creerte», pensó Claire.
–No estás vestida… Eh, ¿pasa algo?
–Ya te he dicho que estoy preocupada. Yo, um, puede que al final no vaya a la fiesta. Kane viene de camino y vamos a salir a buscar a Sean.
La expresión de Samantha cambió.
–Eso quiere decir que no iremos a la fiesta del abuelo, ¿verdad?
–Iremos luego. Cuando encontremos a tu hermano.
–Eso es lo que quiere, ¿sabes? Estropearlo todo. – Hizo un gesto con los ojos, cuya sombra era excesiva, y se cruzó de brazos. El vestido se le subió, descubriendo más su estómago.
–¿Por qué no te pones algo más adecuado? – sugirió Claire a la vez que su mente estaba atemorizada por su hijo. ¿Donde narices estaba Kane? En realidad no habían pasado más de unos minutos desde que había hablado con él, pero le parecía una eternidad.
–Me gusta éste.
–Es bonito. Te queda bien, pero necesitas algo un poco mas serio.
Acompañó a su hija escaleras arribas, hacia la habitación. Una vez allí, revolvió en el armario, pero Samantha rechazaba todo lo que le sacaba su madre.
–Tú quieres que parezca una cateta.
–No, quiero que parezcas una pardilla -le contestó Claire, intentando mostrar humor cuando en realidad no lo sentía. No tenía tiempo para ese tipo de discusiones. No tenía tiempo para nada más excepto para encontrar a su hijo. ¿Dónde demonios estaban Tessa y Sean? ¿Por qué se estaba comportando así su hermana? Y Kane, ¿dónde diablos se había…? Oyó un ruido de motor aproximándose a la casa-. Mira, Sam, sólo estaba bromeando. ¿Por qué no te pones esto? – le preguntó, mostrándole un vestido azul marino de cuello alto.
–Qué aburrido. La tía Tessa se moriría si se pusiera algo así.
–Yo no llamaría a la tía Tessa un ejemplo de moda. No va a ser ella quien elija lo que te vas a poner, ni vamos a tener en cuenta sus gustos. – Dejó el vestido sobre el respaldo de la silla del escritorio-. Simplemente encuentra algo formal y de buen gusto, ¿de acuerdo? Ya ha llegado Kane.
–¿De veras estás preocupada por Sean?
–Sí -admitió Claire-. Lo estoy -contestó mientras salía corriendo de la habitación, pero pudo ver a su hija haciendo un gesto con los ojos y murmurando en voz baja.
–…Siempre fastidiándolo todo…
–Quédate aquí, luego vengo -le dijo Claire bajando apresuradamente las escaleras.
Llegó a la planta baja, cogió el bolso, el móvil y las llaves. En ese momento oyó llamar a la puerta. Aliviada, la abrió. Esperaba que fuera Kane y estaba dispuesta a echarse en sus brazos.